Dejé de escribir, sintiendo mi mano acalambrada por casi las dos páginas que había usado y un suspiro salió de mis labios. La profesora ya estaba pasando entre las mesas para ir recogiendo los exámenes y podía oír las quejas y súplicas de mis compañeros para que les dieran más tiempo. Cuando llegó a mi lado, le tendí mis hojas y después recogí las cosas.

—¿Te ha salido bien, Kagome?— me preguntó con simpatía una compañera de clase cuando ambas íbamos saliendo del aula.

Asentí, mis labios ampliándose mientras pensaba en todo el verano libre que me esperaba.

—Pues será a ti— hizo un mohín, disgustada— En la segunda pregunta me he quedado en blanco y la tercera... pfff, creo que me mezclé cosas del tema anterior.

Reí sin sonido, porque a pesar de su tono de voz, parecía resignada. Ayame era una buena chica. Hacía poco que habíamos caído en la misma clase y aunque no entrábamos exactamente en el término de "amigas", sí nos llevábamos bien.

Estaba por añadir algo más cuando de pronto se detuvo bajo el marco de la puerta, sorprendiéndome. Siguiendo la dirección de su mirada, observé al frente. ¡InuYasha!

Mostrando una amplia sonrisa, esa que me salía sola con él, mis pies se movieron inconscientemente en su dirección. Este, despegándose de la pared donde estaba apoyado y sacando las manos de los bolsillos, no tuvo tiempo de hacer nada más antes de que mis brazos ya hubieran rodeado su cuello.

—¡Hey, qué entusiasma!— aunque no lo vi, supe que estaba sonriendo.

¡Lo había echado muchísimo de menos!

Me separé de él, lo justa para sacar la libreta de mi maleta y el bolígrafo y bajo la atenta mirada ambarina de él, me puse a escribir.

¡No sabía que ibas a venir, podrías haberme avisado!

—Entonces no sería una sorpresa.

A pesar de que mi atención estaba en él, podía notar como a mi alrededor todas las miradas caían en nosotros. Aunque estaban acostumbrado a vernos juntos (pues desde ese día en el comedor no nos habíamos separado en los dos últimos años), a todos le perduraba el asombro de ver el comportamiento de InuYasbha cuando yo estaba alrededor.

Porque seguía mostrándose igual de reservado y arisco con el mundo, sin relacionarse con al gente y un ceño fruncido de forma permanente, sin embargo, conmigo... cuando estaba conmigo... cambiaba. El oro líquido de su mirada se dulcificaba junto a sus facciones. Y sonreía. Sí, podía sonreír y cuando yo lo veía era como estar en el séptimo cielo.

InuYasha me acompañaba y comprendía como nadie lo había hecho. Amaba estar en su compañía y ya no podía pensar en una vida en la que él no estuviera presente. Él había conseguido que fuera más segura de mi misma y de mis habilidades, que los demás vieran que la brecha conmigo no era tan inalcanzable y pudieran acercarse a hablar, que incluso Naraku no me molestara...

Estaba segura que InuYasha no sabía cuán profundamente agradecida estaba por su amistad.

Pero...

Sí, había un pero. Uno que me carcomía por dentro, que me impedía ser feliz del todo. Y ese era el secreto sobre el pasado de InuYasha, porque aunque se abría conmigo y yo podría llegar a distinguir el momento en el que estaba relajado del enfado, el triste, del melancólico, jamás había atisbado nada sobre lo que escondía el chico.

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta por el patio?— me señaló la dirección con un movimiento de cabeza.

Acepté sin dudarlo. Salimos del edificio uno al lado del otro al enorme patio de atrás y nos dirigimos a uno de nuestros lugares favoritos, un frondoso y alto árbol que se encontraba en el borde del lugar. InuYasha se sentó en sus raíces y abriendo las piernas, me dejó un hueco a mi. Ambos nos sentíamos cómodos así, además de que era mucho más fácil que él me fuera leyendo mientras escribía y no tener que ir dándole la vuelta una y otra vez. Pero sobretodo, por lo que me gustaba eso, era porque amaba estar entre sus brazos. En ellos me sentía segura y querida, como si estuviera en casa.

—Bueno, venga, cuéntame: ¿qué has estado haciendo estos días?

Sus brazos rodearon mi cintura y yo me apoyé en su pecho. Doblé mis rodillas para poder apoyar la libreta en ellas.

No mucho. Estudiar, estudiar y estudiar. ¡Pero ya estoy libre! ¡Ahora tengo todo el verano por delante y pienso disfrutarlo! ¡Vamos a disfrutarlo!

Lo escuché reír a mis espalda y una placentera sensación se expandió por mi pecho. InuYasha no era de los reía ni sonreía si quiera, pero cuando ocurría, cuando conseguía eliminar por completo su coraza y se mostraba tal cual era... me hacía sentir la mujer más feliz del mundo. Su risa era muy bonita: grave, profunda y podría decirse que contagiosa, pues cada vez que la oía mis labios se curvaban sin excepción.

—Sí, señorita. No seré yo quien le lleve la contraria.

¿Has oído las nuevas noticias?

—No, ¿qué pasa? ¿Alguien te ha estado...?

Callé su pregunta con un apretón en sus manos. Lo miré fugazmente por el rabillo del ojo, lo justo para decirle que todo estaba bien con ese tema, y seguí escribiendo.

Nada de eso. Lo vi hace casi una semana en el tablón de anuncios y estoy muy entusiasmada por ello. ¡Nos vamos de campamento, InuYasha!

—¿Campamento?— preguntó sorprendido. Seguro que se esperaba cualquier cosas menos algo como eso.

Resulta que este verano, todos los niños mayores de 15 años pueden inscribirse para ir 10 días a un campamento. ¡Y nosotros vamos a ir, te lo ordeno! Le he estado preguntando a Kaede y dice que será muy divertido, haremos muchas cosas: escalada, piragüismo, tiro con arco, habrá una piscina allí...

Volví a mirar a su dirección y le puse mi mejor mirada de "¿sí, por favor?" a la cuál él mismo me había dicho una vez que no podía competir contra ella. Sus ojos ambarinos me miraron fijamente con una ceja ligeramente arqueada, pero cuando empecé a parpadear repetidas veces de forma exagerada, las comisuras de sus labios se alzaron. Poniendo los ojos en blanco, sacudió la cabeza, divertido.

—Cualquiera te dice que no, pequeña. Claro que podemos ir.

Saltando emocionada, me di la vuelta completamente para abrazarlo, aunque no estuve mucho tiempo pues me volví a acomodar. ¡Había muchas cosas que contarle!

Pues hay que ir a la oficina del director para apuntarnos. ¡Y rápido! No vaya a ser que no haya plazas y al final nos quedemos aquí. ¡InuYasha, estoy tan entusiasmada, nos lo pasaremos muy bien, ya lo verás! ¡Serás inolvidable!

Y le conté todo lo que había oído del lugar, lo que me había dicho Kaede y todas las cosas que había imaginado. InuYasha me leía con su completa atención, comentando a veces o incluso riéndose por mis ideas. Había escrito casi otros tres folios de tantas cosas que quería decir y unidos al examen de antes, ya sentía como la mano no me daba para más.

¡Qué frustrarte!

Nunca había sido una chica que se había preguntando el porqué de mi situación. Simplemente lo aceptaba como algo de mi, a lo que tenía que acostumbrarme... pero sí reconozco que había algunos momentos en los que sentía una pequeña punzada en el pecho.

Yo deseaba conversar por siempre con InuYasha, pero por culpa de esta... tara...

—Kagome— habló InuYasha en algún momento, llevando una de sus manos a la que sostenía el bolígrafo, obligándome a detenerla— ¿Por qué no descansas un poco? Sé que te molesta ya la mano, llevas escribiendo mucho.

¿Cómo lo sabía? ¿Cómo podía siempre saber lo que estaba pasando por mi mente?

Sacudí la cabeza con orgullo.

No pasa nada. Estoy bien, recalqué la última palabra.

—Pero mira tus trazos...—insistió— Estás cansada. Después seguirás contándome todo lo que quieras, no voy a irme a ningún lado.

Su voz sonaba preocupada... Bajé la cabeza. ¿Por qué no podía ser una chica normal? ¿Por qué tenía... esto?

Kaede me dice que hay otra manera de comunicarse para la gente como yo. Una en la que no hace falta escribir. Eso es lo primero que haré cuando salga de aquí: aprenderlo.

—¿Te refieres al lenguaje de signos?

Apresuradamente, me giré a él y con que tan solo nuestras miradas se conectaran, pudo saber lo que pensaba.

—No sé mucho de ellos, tan solo lo general. Una vez en mi escuela vinieron a enseñarnos un poco— se encogió de hombros, apartando la mirada al suelo.

¿Puedes enseñarme algo, lo que sea?, me apresuré a escribir y para que lo viera, sostuve su barbilla.

InuYasha me miró, seguramente viendo el entusiasmo y la determinación en mis pupilas, que terminó asintiendo.

—Como te digo no es mucho lo que sé, además de que la mitad se me ha olvidado— parecía estar pidiéndome perdón mientras hablaba— Pero bueno, mas o menos sería así para presentarte.

Y se llevó una mano al pecho. Después con los dedos índice y anular solamente extendidos, se llevó una mano a su barbilla y otra al frente, y con un movimiento circular la mano de la barbilla bajó hasta que sus dedos extendidos tocaron los otros. A continuación con su mano derecha empezó a mostrar y esconder dedos, en movimientos dubitativos.

—Acabo de decirte "yo me llamo" y después he descrito mi nombre.

Mi boca se abrió unos centímetros. Era increíble. ¿Cómo sería el momento en el que yo supiera dominar esto? ¿En el que no sería necesario ir cargando con la libreta a todos lados?

Pegando saltitos por la emoción que me consumía, toqué mi pecho y no hizo falta traducción para que entendiera que yo quería saber como sería lo mío.

Y así fue como pasamos la tarde: yo aprendiendo como si fuera una niña pequeña, él poniendo su máximo esfuerzo en acordarse todo lo pudiese... De nuevo, InuYasha no sabía lo mucho que hacía por mi. La deuda hacia él crecía hasta límites insospechables, pero yo era feliz.

InuYasha era mi felicidad hecha persona.

·

—¡Qué buen día hace hoy, ¿verdad?!— preguntó Ayame mientras salía del baño secando su indomable cabello pelirrojo.

Asentí con una sonrisa en mis labios y me dirigí hacia donde estaba mi ropa. Ahora era mi turno de ducharme.

—Coge ropa de deporte, Kagome. Y zapatillas cómodas. Las monitoras nos han dicho que después de desayunar iremos a hacer senderismo, iremos a ver unas cascadas.

Hice el universal gesto de entendido alzando mi pulgar y rápidamente me dirigí a la ducha. Sería rápido, pues no pensaba lavarme el pelo.

Mientras el agua caía por mi cuerpo pensé en los últimos días. Finalmente me encontraba aquí, en el campamento, junto a InuYasha y Ayame, quién supe más tarde que vendría y fue ella misma la que me dijo que podríamos compartir la cabaña. Eso fue un alivio porque llevaba tiempo con la espinita de que no sabría con quién podría tocarme.

En estos cuatro días que llevaba, nunca llegué a pesar que podría llegar a pasármelo de esta manera. La realidad estaba sobrepasando mi imaginación y gratamente.

Con esto de compartir una cabaña, mi relación con Ayame se había estrechado. Pasábamos mucho tiempo juntas, sobre todo nos quedábamos hasta altas horas charlando entre nosotras, después de que nos mandaran a cada uno a sus cabañas. Pero el tiempo en el que todos estábamos juntos, InuYasha no se separaba de mi lado. Aunque se mostraba reservado cuando Ayame estaba cerca, sabía que esa chica le caía bien y por eso no se quejaba cuando ella se sentaba con nosotros en algunas comidas.

Ya habíamos hecho piragüismo y escalada (todavía me dolían los brazos por eso) y a partir del medio día nos dejaban ir a la piscina hasta que la cerraran antes de la cena. Hoy nos tocaba otra actividad especial: senderismo, y todavía nos quedaba tiro con arco y paseo a caballo.

—¡Venga, Kagome, o se irán sin nosotros!— bromeó Ayame dándole unos golpes a la puerta.

Sacándome de mis pensamientos, cerré el grifo después de quitarme toda la espuma y me sequé y me vestí con la ropa que descansaba en el bidé. Tras eso, recogí mi pelo en una cola alta y después salí del cuarto de baño.

—Qué guapa— piropeó, guiñándome el ojo.

Reí sin emitir sonido. Juntas salimos de la cabaña, asegurándose Ayame de cerrar bien la puerta, y en el comedor pudimos encontrar una mesa vacía.

Ayame era una buena compañía para una chica como yo porque, al contrario de InuYasha, a ella le gustaba hablar mucho y sabía como manejar una conversación de forma que yo me encontrara aportando cosas sin mucho esfuerzo.

—Buenos días— escuché de pronto a mis espaldas.

InuYasha se sentó a mi lado. Ayame le correspondió el saludo mientras que yo le sonreí, acto que fue recompensado ligeramente.

—¿Y Koga?— inquirió mi amiga y aunque quiso sonar desinteresada no lo consiguió. Se le notaba bastante que estaba colada por el chico que era compañero de cabaña de InuYasha.

Este último la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.

—Y yo qué sé. ¿Qué te crees, que soy su niñera?— sabía que no lo hacía con mala intención, ese era su tono, pero le reprendí con un codazo en el costado. El me miró por un momento antes de bufar y sacudir la cabeza— Lo dejé en la cabaña. Supongo que ahora vendrá— modificó, un poco más educado.

Y otra de las cosas por las que me caía bien esta chica era porque ella no se molestó. Compartimos una mirada y ella riendo, le quitó importancia.

—¿De verdad que no os habéis matado todavía? Parece todo un récord el tiempo que lleváis conviviendo.

—No me lo recuerdes— gruñó él, llevándose una mano a la sien— No deja de sacarme de mis casillas.

Toqué su otra mano que descansaba en la mesa y cuando sus pupilas se conectaron con las mías, una pequeña mueca se formó en mis labios. Yo había sido la que había insistido para que viniera, así que, teóricamente, parte de la culpa por la que estuviera así era mía.

—¿Qué?

Busqué con mi mano libre la libreta y el bolígrafo. Mi ceño se frunció cuando no lo encontré. Oh, no, la había dejado en la cabaña.

Rápidamente me levanté. Pronto nos tendríamos a ir, así que debía apresurarme en cogerlo. InuYasha se levantó a la misma vez que yo.

—¿Qué pasa?— me miró su ceño levemente arrugado.

Rayos, ¿y ahora cómo se lo decía?, pensé mientras me mordía el labio inferior. Intenté mediante gestos decirle que me esperara, que volvería pronto, pero sentía la mirada de casi todo el mundo puesta en mi y eso me puso aún más nerviosa, causando que ni si quiera supiera que hacer para que me entendiera. El aire salió por mis fosas nasales, enfadada conmigo misma.

—Hey, tranquila— sujetó mis inquietas manos, sin apartar sus bonitos ojos de los míos— Mírame a mi y olvídate de todos, ¿vale?

Cabeceé, notando su tacto en mis manos como un bálsamo para mis nervios, y cogí aire profundamente.

Un poco más calmada, metí mis manos en los bolsillos bajo su atenta mirada y cuando los saqué vacío hice como que apuntaba en la palma de mi mano para después señalar la dirección de las cabañas. Por fin, InuYasha me entendió.

—Bien, vale. Vamos, te acompaño.

Mi mirada se escapó a su desayuno a medio comer.

—No importa. No perdamos tiempo antes de que nos llamen— me instó y pasando una mano por mi espalda, me hizo caminar.

Me despedí hasta más tarde con Ayame, que nos observaba con una pequeña sonrisa en los labios, y nos dirigimos a mi cabaña.

—Quita ese ceño o te saldrán arrugas permanentes.

Hasta que no lo había dicho, no me había dado cuenta que mi entrecejo estaba poblado de arrugas. Pero es que odiaba esta dichosa situación... Mi vida estaba en manos de un trozo de papel y un bolígrafo...

¿Cuándo cambiaría la cosa?

Un suspiro salió de mis labios y haciendo un mohin, decidí alejar esos pensamientos de mi cabeza. Ahora lo único que tenía que hacer era divertirme junto a InuYasha.

Y eso no era algo muy difícil de conseguir.

·

Resoplé, mientras seguía cortando el pan a tiras.

En el día de hoy, nos habían despertado con una actividad extra a la cual nunca nos habían hecho referencia: "¡Hagámoslo por nosotros mismos!", en la que resulta que nos íbamos de acampada y debíamos subsistir con aquello que consiguiéramos nosotros, a parte de una mochila que ellos habían preparado con algunas cosas dentro y un saco de dormir.

Y el día no estaba siendo precisamente templado.

Sintiendo la fina capa de sudor por todo mi cuerpo, fantaseé con la idea de un buen baño, mientras me detenía por un momento en mi tarea para recoger mi cabello con la gomilla que siempre llevaba en la muñeca. Mi mirada se encontró con la de Ayame, que estaba cocinando junto a un par de chicas más, y ella me sonrió comprensiva. A InuYasha se lo habían llevado desganado, y por insistencia, a pescar al río que había por aquí cerca y creo que Koga iba con ellos. Espero que no terminara ahogado alguno de los dos...

—¿Necesitas ayuda?— escuché, de pronto, una voz a mi espalda.

Sobresaltándome, me giré para encontrarme con la sonrisa amable de Akitoki. Correspondiéndosela, sacudí la cabeza. Ya había terminado prácticamente. Él se encogió de hombros y cuando reanudé mi tarea, no se alejó, sino que se quedó a mi lado mirando lo que hacía. Eso consiguió ponerme nerviosa.

—Debe de ser un palo muy grande, ¿no crees?— comenzó entonces a hablar cogiéndome por la guardia baja. Desconcertada, lo miré esperando que explicase sus palabras dicha. Akitoki se llevó una mano a la nuca, incómodo repentinamente, y apartó la mirada por un segundo— Bueno, ya sabes, eso de que InuYasha se va a ir pronto cuando cumpla los 18...

Mi cuerpo se tensó y él pareció darse cuenta de mi reacción porque se apresuró a alzar las manos.

—No quería molestarte, Kagome, es solo que... bueno...

¿Molestarme? No sabía decirle a ciencia cierta si lo había conseguido, pero lo que sí había hecho era tocar un tema muy difícil para mi. Porque sí, yo sabía que a InuYasha tan solo le quedaban unos meses, exactamente 3, para ser mayor de edad, lo que eso significaba que era tiempo de marcharse del orfanato, mientras que a mi todavía me quedaba casi un año en él. Ninguno había querido sacar el tema de qué pasaría en ese momento, pero yo tenía mucho miedo. Si InuYasha se iba, empezaba a tener su vida... ¿se olvidaría de mi? ¿Volveríamos a reencontrarnos cuando yo saliera? ¿Estaría esperándome?

Eran muchas las noches en las que no había podido pegar ojo, con esos pensamientos rondando por mi cabeza, sin embargo, no me atrevía a decírselos. Porque, como dije, tenía miedo de la respuesta.

—Tú... a mi...— seguía balbuceando Akitoki frente a mi. Descubrí como sus mejillas se habían ruborizado intensamente. De pronto, me miró con una extraña determinación y yo no supe a que atenerme— ¡Tú me gustas mucho, Kagome!

Silencio.

Parpadeé, asimilando las palabras que había escuchado. Si bien que Akitoki era un chico muy amable, yo no sabía... no pensaba que...

Sentí las miradas de todos a nuestros alrededor puestas en nosotros, porque en, seguramente un acto de valentía, había decidido chillar las palabras y habían sido capaz de escucharlas también. Uh, ¿y ahora cómo...? Miré en la dirección de Ayame, buscando un poco de ayuda de su parte, pero como los demás nos miraba con los ojos como plato.

Aunque tampoco le presté mucha atención. El rostro que estaba a pocos pasos de ella mirándome fijamente consiguió que mi corazón se revolviera.

—Sé que es algo repentino, yo mismo no pensaba decírtelo aún— añadió como si no estuviera pensando lo que estaba saliendo de su boca— Pero honestamente al verte ahora, no he podido evitarlo y me ha salido solo. Kagome, llevo mucho tiempo observándote, sin atreverme a acercarme demasiado a ti... pero yo c-creo que estoy e-enamorado de ti. Y bueno... ahora qué InuYasha va a marcharse... pues... yo... pensaba que... bueno...

Realmente ni si quiera estaba escuchándolo bien. Toda mi atención estaba puesta en esos ojos dorados, que brillaban de una forma que conseguían ponerme los pelos de punta. Intenté preguntarle que le pasaba con la mirada, pero este parecía no darse cuenta. Es como si aunque me estuviera mirado, su cabeza estuviese lejos de la realidad.

Entonces, agarraron uno de mis brazos y fue como si despertara. El cuerpo de InuYasha se irguió y apartando la mirada de la mía, la clavó en mi acompañante mientras daba largas zancadas.

—¿Kagome? ¿Estás escuchándome?

Desvié mi mirada hacia Akitoki y no me dio tiempo a moverme para asentir o negar, que sentí unos labios posarse en los míos.

El mundo se detuvo, momentáneamente, antes que mi cuerpo racionara, queriendo apartarlo. ¡Me estaba... besando! ¡¿Qué?!

—¡Eh, tú!— oí una grave voz a mi espalda justo antes de sentir un tirón. Choqué contra una dura pared y cuando alcé la cabeza, todavía conmocionada, me encontré con el duro y peligroso rostro de InuYasha que parecía querer destrozar a Akitoki con tan solo mirarlo— ¡¿Qué mierda estabas haciendo, imbécil?!

Temblé por el tono que usó, había tanta rabia en sus palabras que hasta yo, que sabía que jamás me haría nada, tuve miedo. Akitoki palideció, como si el mismísimo Lucifer se hubiera presentado ante él, y dio un paso a atrás.

Y antes de que me hubiera dado tiempo a parpadear, InuYasha me había soltado para, a continuación, agarrar las solapas de la camiseta de Akitoki. Yo no pude moverme, paralizada como estaba de la impresión.

—Como vuelvas a tocarle un solo pelo, te enteras, ¿me estás oyendo?— susurró, a tan solo un palmo de él. Akitoki, con los ojos abiertos como platos y sin sangre en el rostro, cabeceó varias veces— Que no te vea mirarla ni a lo lejos, ¿entendido? Sino tú y yo tendremos una charla muy interesante.

—Lo si-siento, tío... yo p-pensé...

—¡Silencio! ¡Me da igual tus estúpidas escusas! ¿Tienes claro lo que te he dicho?— su voz se volvió más fina y... depredadora— Porque no me importaría repetírtelo, solo que esta vez me aseguraría de que lo entendieras estupendamente...

Cuando vi su mano derecha temblar, no pude aguantarlo más. Sintiendo el corazón correr como un loco en mi pecho, me dirigí hacia ellos de prisa y rodeé su brazo con mi mano en un intento de que lo dejara. Tironeé para que lo soltara, pero InuYasha tenía mucha fuerza y fue en vano.

De pronto, InuYasha cambió el rumbo de su mirada y sus ojos que ahora parecían estar hechos de cobre, se conectaron con los míos. Durante un segundo, todo siguió igual. La ira irradiaba en cada poro de su cuerpo mientras que un siniestro brillo se mostraban en sus pupilas. Pero, entonces, lentamente su cuerpo fue relajándose hasta que soltó el trozo de tela de la camiseta y como si hubiera visto la luz al final del túnel, Akitoki cayó al suelo de culo justo antes de ponerse de pie y huir como si no hubiera un mañana. Sin embargo, yo apenas reparé en él. Toda mi, tan solo lo miraba a él, a InuYasha.

—Kagome...— musitó, al igual que si fuera un lamento. Fue cuando una de sus manos abarcó mi mejilla que no supe que las lágrimas se habían escapado de mis ojos, aunque no podría decir exactamente el significado de estas— Estás...

Sacudí la cabeza, mis labios curvándose, y ahogando un sollozo que quería escapar de mi garganta, me tiré a sus brazos, los cuales tras reponerse de la sorpresa me acogieron con mucha ternura.

Por un momento pensé que le pegaría, que sucumbiría a la furia y no podría detenerse...

Porque si eso ocurría, InuYasha iría de cabeza a un correccional, aunque le quedaran 3 meses aquí. Lo apartarían de mi lado mucho antes de que yo estuviera preparada, y eso era algo que había que evitar totalmente. El orfanato Shikon tenía unas reglas muy estrictas en las que estaba absolutamente prohibido cualquier agresión física, siendo sancionado con la expulsión. Gracias a Dios, aunque InuYasha tenía su genio y sus arranques, nunca había llegado este extremo, pero ahora...

—Shhh, tranquila— susurró por encima de mi cabeza.

Una pequeña parte de mi no dejaba de pensar en el espectáculo que estábamos dando a los demás, sin embargo, imperaba la idea de que se estaba demasiado bien en sus brazos como para separarme ahora.

—Deberías alejarte un poco con ella. No te preocupes, yo me encargo de lo suyo, ya terminé mi parte.

—¿Te parece bien, Ayame?

—Sí, vamos, id.

Me pareció notar como InuYasha asentía, en un gesto de agradecimiento, antes de que con sus manos rodeando mis hombros, me instara a caminar. De mala gana me separé de él, y nos metimos entre los árboles que bordeaban en lugar donde nos estábamos quedando. Podía oír el cuchicheo a mi alrededor, pero hice caso omiso.

Después de andar yo que sé cuanto tiempo, InuYasha se detuvo y un suspiro salió de sus labios antes de atraerme de nuevo a su pecho. Yo gustosa correspondí el abrazo, ya sintiéndome más calmada.

—Lo siento si te asusté, pequeña. Pero cuando vi a ese imbécil... me volví loco...

No quería hacerlo, pero tuve que separarme y bajo su atenta mirada, saqué mi libreta.

Tuve miedo, escribí mientras un estremecimiento recorría mi espalda.

Su rostro se tensó y como si quemara, dio un paso atrás y apartó la mirada de mi.

—Sabes que yo nunca te haría daño— espetó incómodo.

Lo miré, sorprendida por sus sus palabras.

¡No de ti, sino por ti!, hice especial énfasis.

InuYasha leyó esto último y aunque su cuerpo se relajó un poco, aun seguía teniendo el rostro evasivo, lo que consiguió preocuparme. ¿Qué es lo que estaba pensando? Lentamente me acerqué a él y con mi mano libre, toqué uno de sus brazos para que me mirara a los ojos, lo que me costó varios intentos.

Frunciendo el ceño, apreté mi agarre y cuando me quise dar cuenta, había movido mi rostro hasta quedar a tan solo un palmo, no pudiendo así escapar de mi mirada. Finalmente, sus orbes doradas se conectaron con las mías y yo sentí mi corazón saltar en el pecho.

Estaba cerca, muy cerca. Nunca habíamos estado a esta distancia... y nunca me había afectado de esta manera.

De pronto, sus ojos me atraparon y yo no opuse ninguna resistencia. No podía, mi cuerpo y conciencia se había paralizado. Sentí unas manos rodeando mi cintura y abrí mis labios, con el aire saliendo por ahí en una exhalación.

—Kagome...— susurró, acunando con una de sus manos mi mejilla.

Yo cerré los ojos, perdiéndome en las sensaciones que inundaban mi cuerpo. ¿Cómo podía hacerme sentir así? Desde el primer momento que empezó nuestra "relación-amistad" no podía negar que me había fijado en él, ya no solo como amigos, sino como chico. E InuYasha me gustaba, pero sabía que él me veía como solamente una amiga a la que cuidar y proteger. Así que esos sentimiento los había guardado en la cajita en mi corazón, teniendo especial cuidado en no dejar que los viera... pero ahora... ¿qué significaba...?

—Lo siento, pero no puedo aguantarlo más— fue lo último que escuché antes de que sus labios asaltaran los míos.

Y yo me dejé llevar.


Nota 1:Para la escena donde InuYasha le enseña el lenguaje de signo, las señas pertenecen al sistema español y como él bien dice, se trata de lo que recuerdo cuando me enseñaron hace tiempo. Espero no haberla liado mucho.

Nota 2: Al principio dije iban a ser tres capítulo, pero el tercero se me ha alargado demasiado así que lo dividiré en dos partes.

Nota 3: Amo a InuYasha, je, je (se merece su propia nota).

Nota 4: ¿Os ha gustado? ^^

¡Contadme!