¡Holi! Nuevo capítulo de este cuento.
Como siempre, las notas al final.
Quedan cinco días para Navidad.
Espero que os guste.
Hyde Park (Londres), 24 de diciembre de 1844.
Aquella mañana hacía un frío del demonio.
De las prisas, Astrid se había puesto el primer abrigo que había encontrado, que resultó ser uno raído de entretiempo, y su pelo caía como una cascada por su espalda pese al sombrero. Llevaba un vestido de terciopelo granate que le quedaba grande sobre sus piernas, dado que Astrid había decidido no ponerse el arnés, aunque lo notaba más ajustado por la cintura por la falta del corsé.
Sin embargo, el descuidado aspecto de la muchacha, que fácilmente se la podía confundir con una dama de poca monta, era la última de sus preocupaciones. Había entrado en Hyde Park con el corazón en un puño y la mano contra su pecho, sosteniendo el papel arrugado que la pequeña de los Hofferson se había encontrado esa mañana.
Astrid nunca había sido madrugadora, mucho menos en los días festivos. Sin embargo, aquella mañana se había despertado antes de tiempo, como un mal presentimiento que le había dado escalofríos. Al ver el sobre sellado con la letra de Heather sobre su tocador supo que algo no iba bien.
La carta contenía más disculpas de las que Astrid pudo contar. Sin embargo, las palabras de amor de Heather ante el desconocido amante convenció a Astrid de que aquella no era una fantasía de su doncella.
Realmente se había fugado con un hombre.
Astrid consiguió colarse en el pequeño dormitorio de Heather, localizado en el ala de la servidumbre, donde buscó pistas de su actual paradero. La joven Hofferson estaba convencida de que Heather se habría marchado no mucho antes de que ella se hubiera despertado. Los armarios y los cajones estaban completamente vacíos, sin rastro de ropa u objetos personales, y la cama estaba desnuda, con la colcha y las sábanas dobladas en el pie. Aún vestida con su camisón y con una trenza mal hecha, Astrid se había sentado sobre la cama, disgustada y enfadada por la insensatez de su criada.
¿Quién iba a querer contratar a una mujer que se había fugado con un hombre? ¿Cómo podía Heather haberle hecho eso a su hermano?
El hermano de Heather, Dagur, trabajaba en una fábrica de algodón en Manchester, en unas condiciones que según tenía entendido no eran menos que deplorables. Sin embargo, mandaba dinero a su hermana todos los meses y Heather iba a visitarlo con frecuencia. ¿Quién sabe lo que Dagur haría al desgraciado que había osado a enamorar a su hermana? Astrid sabía que estaba casado y a la espera de un bebé, pero Dagur no tendría contemplaciones en matar al hombre que mancillara el honor de su hermana, aunque ello supusiera una larga pena de prisión.
Astrid no podía permitirlo. Tenía que encontrar a Heather costase lo que costase y su primera opción había sido Hyde Park, lugar en el que, según su criada, habían tenido el primer encuentro. Sin embargo, la nieve sucia por el paso de los carromatos, los excrementos de caballo y el barro no facilitaron su misión, más bien lo contrario. Se resbaló un par de veces, causando las risas de un par de damas que paseaban muy temprano por allí, convencidas de que Astrid sería una pordiosera. Sin embargo, a la tercera vez que se cayó, tras una hora pateando aquel endemoniado parque, alguien vino a socorrerla.
La última persona que quería ver en el mundo.
Astrid no podía olvidar su mirada tan verde e intensa; su cabello cobrizo, más despeinado que la última vez que se vieron; su rostro pálido cubierto de pecas y aquella mandíbula tan perfectamente perfilada cubierta por una barba incipiente que no se había afeitado esa mañana.
Henry Haddock.
—¿Señorita Hofferson? —preguntó él extrañado cuando la reconoció al ofrecer su mano.
—Lord Haddock —saludó ella con lo poca dignidad que le quedaba.
—¿Qué hace usted aquí tan temprano? —Hipo reparó en su aspecto y frunció el ceño, preocupado— ¿Está usted bien?
Hipo fue a ayudarla a levantarse, pero Astrid le dio un manotazo. Se levantó sola, con la falda de su vestido húmeda y pesada, y con un gesto de ira contenida. Hipo tragó saliva, nervioso. Astrid recogió la carta de Heather del suelo, levemente mojada por la nieve y la apretó dentro de su puño.
—Buenos días —se despidió ella sin mirarle.
Escuchó al joven suplicarle que esperara cuando volvió a resbalarse, pero esta vez parecía que Hipo la agarraría a tiempo.
No fue así.
Lord Henry Haddock había nacido con dos pies izquierdos.
Literalmente.
Ambos se cayeron de bruces al suelo.
Astrid cayó sobre él, quién se había golpeado la cabeza contra el suelo. En su rostro se dibujó un gesto de dolor y Astrid sintió un nudo en el estómago.
—¡Lord Haddock! ¿Se encuentra bien? —preguntó la joven preocupada a la vez que se levantaba torpemente.
Hipo se incorporó y siseó de dolor. Se frotó la nuca, esperanzado de que el dolor se pasaría más rápido haciéndolo así.
—Estoy bien, señorita Hofferson.
Astrid miró hacia los lados antes de ayudarle a incorporarse. Afortunadamente, nadie había sido testigo de tan vergonzosa escena. Hipo no soltó sus manos, temeroso de que si la soltaba volverían a caerse. Finalmente, Astrid encontró las fuerzas para apartarse de él e hizo una reverencia.
—Discúlpeme, Lord Haddock, pero ando con prisa.
—¿Necesita que le acerque a algún sitio? —preguntó él con educación—. Mi coche está cerca.
Astrid sacudió su cabeza, ruborizada, con gesto negativo.
—No, señor, no será necesario. Me arreglo muy bien sola —se excusó la joven.
—Discúlpeme, señorita, pero me temo que no puedo estar menos de acuerdo con usted. Sé que no es asunto mío, pero juraría que ha salido de su casa sin avisar a nadie y a toda prisa.
La cara de Astrid empezó a arder por la vergüenza que estaba sintiendo. Se recolocó el sombrero y se estiró su abrigo manchado antes de disponerse a andar, bien lejos de él.
—¡Señorita Hofferson!
—Lord Haddock, usted sería el último hombre de esta ciudad al que le solicitaría ayuda, así que puede volver por donde ha venido —dijo ella sin poder contener su rabia.
Aquel comentario sorprendió a Hipo de tal forma que se quedó mudo. Sus cejas se habían arqueado hasta tal punto que casi podía desaparecer bajo su flequillo, pero aquella expresión de sorpresa no tardó en convertirse en una de ira.
—¿Cómo se atreve? —preguntó él—. ¿Así es como se educan a las damas en Londres? ¿Promete intercambiar correspondencia con un hombre tras pasar una velada leyendo cuentos de Navidad para después devolverme las cartas sin respuesta alguna?
Astrid abrió la boca indignada por sus palabras y apretó los puños con tal fuerza que casi perdió la sensibilidad de los dedos.
—¿Devolverle las cartas? ¡Fue usted el que insistió en que nos escribiéramos para después no encontrar respuesta alguna! —chilló ella—. Pensó que sería fácil engañarme con sus bonitas palabras y sus halagos, pero no dude que usted es como todos los demás. ¡Solo les interesa la fortuna de mi familia y una mujer lo suficientemente curvilínea para que pueda tener niños sanos!
La expresión de ira de Hipo fue transformándose en una de confusión a medida que Astrid soltó su discurso. La joven continuó con su discurso cuando Hipo preguntó:
—¿Nunca recibió mis cartas?
Astrid imitó su gesto confundido.
—¿Es que acaso las hubo? ¡Le escribí por más de tres meses y no recibí respuesta alguna! —exclamó ella.
—Yo le estuve escribiendo durante medio año y todas mis cartas regresaron de vuelta. Jamás recibí ninguna carta de usted.
Hipo y Astrid se intercambiaron miradas atónitas y desconcertadas. Entonces ambos revisaron sus direcciones. Astrid había apuntado mal su dirección y había estado enviando cartas a un código postal a la que no habían siquiera devuelto sus cartas. Hipo había mandado sus cartas a otra dirección a la que cuyos dueños, al no conocer a la tal Astrid Hofferson, no se habían molestado siquiera en escribir al pesado de Henry Haddock de las Tierras Altas escocesas que estaba escribiendo a la casa incorrecta.
—Santo cielo, verdaderamente somos terribles confidentes —murmuró ella con una sonrisa de alivio—. Disculpe mis palabras, de verdad se lo digo, estoy teniendo una mañana terrible y estoy un tanto enfadada con el mundo.
—Sabiendo ahora la verdad, jamás podría tomarme en serio ese discurso tan cruel —señaló él con una sonrisa torcida—. Siento que acabo de librarme con una carga que pesaba sobre mis hombros desde hacía un año, fíjese que iba a decirle a mi padre que no tenía intención de acudir al baile de Nochebuena de su familia con tal de no verla ¡Habría sido demasiado embarazoso!
—Llevo un tiempo esperando a que precisamente usted rechazara a venir a su baile, ya que dudo que hubiera podido contener mi ira contra usted.
Ambos rieron nerviosos. Entonces, Hipo carraspeó un tanto incómodo.
—¿Me permitirá ahora acercarla a donde necesite? Parece usted bastante apurada, ¿ha ocurrido algo?
Astrid tragó saliva, sin saber muy bien a qué responder.
—No sé si debo contárselo, señor Haddock, temo a que se extienda el rumor antes de lo debido y creo que estoy a tiempo de detener esta locura.
La expresión de Hipo se ensombreció al escucharla y rebuscó algo en su bolsillo, del que finalmente consiguió sacar un sobre abierto. Astrid palideció.
—No sé si debo decírselo, ya que desconozco qué quiere detener, ¿pero puedo suponer que está buscando a alguien? ¿A una mujer, tal vez?
Astrid afirmó con la cabeza.
—Yo busco a un hombre, uno de los pupilos del mejor amigo de mi padre, quién se dedica a la abogacía en esta misma ciudad y asesora a mi padre en la administración de nuestras tierras en Escocia —Hipo sacó la carta del sobre—. Dicho pupilo y yo compartimos una larga amistad, aunque últimamente le he sentido muy extraño. Esta misma mañana un muchacho me ha entregado esta carta en mano y podrá comprender que no he entrado en mi propio asombro cuando mi amigo me ha asegurado que está dispuesto a dejarlo todo por cierta mujer de la que está, y cito textualmente, «perdidamente enamorado».
Astrid desdobló su bola de papel con las manos temblorosas y leyó:
—«Espero que entienda que estoy perdidamente enamorada de este caballero, que aún sin fortuna y una aspiración no mayor que trabajar en un pequeño bufete de abogados, me ama por encima de todo. Sé que no aprobará esta unión dada mi posición, pero tristemente sus padres tampoco lo harán, por lo que nos hemos visto a marcharnos juntos para no volver. Esta es nuestra última oportunidad de ser libres.»
—¿Dice la autora de esa carta el nombre de su enamorado?
—Sí, ¿y en la suya?
Hipo afirmó con la cabeza y ambos nombraron a los fugados al mismo tiempo
Heather.
Justin, o como Hipo le apodaba cariñosamente, Patapez.
—Santo cielo, ¿qué vamos hacer, señor Haddock? Sinceramente, tenía vagas esperanzas de encontrar a mi doncella aquí, pero cada vez veo más difícil encontrarles a tiempo —se lamentó Astrid—. Mis padres no tardarán en despertarse y comenzarán a hacer preguntas cuando no nos vean a Heather y a mí.
Astrid se abrazó a sí misma, muerta de frío y angustiada por su criada. Heather había estado a su lado desde su adolescencia y era una de las pocas personas que había considerado su amiga. Sin embargo, la joven dama no había podido evitar sentirse ofendida porque su criada le hubiera escondido tamaño secreto. Tal vez Heather no la tuviera tan bien considerada como ella había pensado y la carta simplemente fuera un simple gesto cortés con ella. Astrid estaba tan sumergida en su incertidumbre que dio un respingo cuando Hipo puso su abrigo sobre sus hombros. El joven Haddock le sonrió con ternura y Astrid no pudo ocultar su rubor:
—No pierda la esperanza, señorita Hofferson, estoy convencido de que entre los dos los encontraremos —dijo él—. Hyde Park era una de mis opciones, aún tengo que acudir a un par de lugares más. ¿Querría acompañarme? Entre los dos les convenceremos para que detengan esta locura.
—Pero, señor Haddock, por mucho que desee encontrar a Heather, no deberían vernos solos —dijo Astrid preocupada.
—Créame, señorita Hofferson, Patapez y Heather no están ocultos en un lugar donde puedan reconocerla —señaló él ofreciendo su mano—. Creo que sé dónde pueden esconderse, pero llegaremos mucho antes si vamos en el coche.
Astrid terminó aceptando su proposición y respiró aliviada cuando llegaron al coche sin haberse topado con nadie. Hipo le indicó al chófer hacia dónde debían dirigirse y cerró la puerta tras de él. El coche no era muy grande, pero era lo bastante amplio para que viajaran dos personas cómodamente. Astrid miró por la ventana en silencio, claramente incómoda por verse a solas de nuevo con él. Hasta hacia bien poco, Astrid tenía claro que jamás iba a perdonar a Henry Haddock por su desvergüenza y su engaño, no podía oír su nombre sin dibujar una mueca de desagrado en su rostro y había evitado cualquier evento al que supiera que él iba acudir. Si Astrid no hubiera sido una dama con decoro que no deseaba decepcionar a su familia, habría buscado a Henry tan pronto hubiera sabido que estaba en Londres y habría demandado las explicaciones que ella merecía. Sin embargo, el descubrir que su incomunicación e indiferencia venían dadas por la mala suerte, había causado que Astrid sintiera una enorme vergüenza en sí misma por haber montado un numerito como el que le había montado en el parque.
Estuvieron viajando en silencio, sin que la joven se atreviera siquiera a mirarle, pero Astrid observó de reojo que Hipo jugaba con sus manos, nervioso, y un leve rubor había aparecido en sus mejillas. Finalmente, abrumado por el incómodo silencio, Hipo se atrevió a hablar:
—¿Cómo está su familia? ¿Gozan todos de buena salud?
—Sí, están todos bien, gracias —Astrid titubeó un momento, consciente de que si había algo que odiaba en esta vida era mentir—. Bueno, en realidad, tenemos las riñas típicas de familia. Mi madre está al borde de un ataque de nervios con la organización de la fiesta de esta noche, mientras que mi padre está al borde de la desesperación con mi hermano Tommy.
—¿Es mucha indiscreción si pregunto por qué?
Astrid soltó una leve carcajada, como si aquello pareciera una broma.
—No, no lo es, la cuestión es que mi hermano no es consciente de lo afortunado que es y prefiere perder su tiempo con prostitutas, en el juego y en beber más que invertirlo en el negocio familiar —explicó Astrid sin entender por qué le estaba contando algo tan escandaloso—. Mi tío y mi padre no saben qué hacer con él, pero siempre están dándole segundas oportunidades. Es injusto que cedan constantemente a sus excentricidades de niñato, mientras que yo no puedo siquiera pasearme por las rotativas ni leer los textos que mandan los autores sin recibir una reprimenda.
Hipo parecía sorprendido que Astrid le contara aquello así sin más, pero la escuchó con gran atención. No era normal encontrar a una mujer tan sincera y honesta como ella y, curiosamente, el joven Lord Haddock no pudo evitar sentir simpatía por ella.
—Siento pasión por la equitación y los caballos —soltó de repente—. No hay nada que me anime más como salir a cabalgar sobre Desdentao junto al lago Ness, cosa que saca de sus casillas a mi padre, pues sólo monta a caballo cuando va a cazar y nunca le acompaño porque detesto cazar. No obstante, la crianza de caballos no es para hombres de mi clase. Los futuros lores como yo debemos mostrar interés en la gestión de la tierra, en las soporíferas charlas sobre política con hombres que triplican mi edad o en el whisky. Sé que mi situación como hombre es mejor que la de usted y que gozo de una libertad que usted no puede disfrutar, pero entienda que la comprendo mejor que nadie cuando se trata de fallar con las expectativas que los demás ponen sobre uno.
Astrid le observaba atónita por sus palabras e Hipo, consciente de lo violento que había podido resultar su discurso para ella, cambió radicalmente de tema.
—¿Ha tenido la ocasión de leer el nuevo cuento del señor Dickens?
A Astrid le hubiera gustado saber más sobre él, pero Hipo había buscado un tema del que siempre le gustaba hablar: los libros. Recordó la copia intacta de Las Campanas que se encontraba esperándola sobre su mesita de noche. Había tenido la esperanza de haber leído el relato esa misma mañana, pero con todo el asunto de Heather supuso que tendría que hacerlo a lo largo de los próximos días.
—Me ha sido imposible, la verdad —confesó ella con tristeza.
Hipo sonrió y sacó algo del compartimento que se encontraba sobre su cabeza. Astrid reconoció la portada roja burdeos con las brillantes letras doradas. Esta vez, Hipo se había preocupado de adquirir su propia edición.
—Un relato interesante, aunque creo que disfruté más el del año pasado, supongo que no es lo mismo leerlo para uno mismo a que alguien tan experimentada como usted lo lea en voz alta —dijo él sonriente—, pero no voy a revelarle nada, prefiero que usted me dé su opinión tan pronto lo lea.
Astrid no pudo evitar sonreír e iba a decirle algo cuando el coche se detuvo. Hipo dejó el libro sobre el asiento y bajó rápidamente, ofreciendo su mano a Astrid para ayudarla a bajar. Ante ellos se encontraba una posada llamada El Cerdo Feliz que estaba repleta de gente chillando y riendo. Astrid tragó saliva. Nunca había venido a los barrios bajos de Londres, no porque no quisiera, sino porque lo tenía terminantemente prohibido. No pudo evitar sentir un fuerte nudo en el estómago, sus padres iban a matarla si se enteraban de que había pisado ese lugar. No obstante, cuando Hipo ofreció su brazo sonriente, la ansiedad de Astrid disminuyó. No supo el porqué, pero la sola presencia de Hipo le hacía sentir como si él fuese un oasis en mitad del desierto y se sentía segura a su lado. Sujetó su brazo gustosa y ambos entraron en El Cerdo Feliz.
Nadie se percató de la presencia de la joven pareja que presentaba un aspecto destartalado a causa de su pequeño incidente en Hyde Park. En la taberna de El Cerdo Feliz, pese a ser las ocho de la mañana, parecía que se habían adelantado las celebraciones de Nochebuena y ya había gente comiendo y bebiendo alegremente. Astrid no se atrevió a separarse de Hipo, quién no parecía en absoluto afectado por la vulgaridad y el jolgorio de aquel lugar. Saludó a un grupo de hombres que respondieron con efusividad y le invitaron a sentarse con ellos, pero Hipo rechazó la oferta educadamente con una sonrisa.
Se acercaron a la barra, donde el tabernero reconoció a Hipo y le atendió con una confianza impropia ante un hombre de su posición, pero el joven Haddock no se le vio ni enfadado ni molesto por aquel trato, más bien lo contrario. Astrid no se atrevió a abrir la boca, pero no le entraban dudas de que Henry Haddock no era un aristócrata al uso.
—Johann, ¿está Patapez aquí? —preguntó Hipo sin mucha dilación.
—No, señor, en absoluto.
Hipo arqueó una ceja receloso por la inmediatez de su respuesta.
—Ya sabes que no me gusta que me mientan, ¿en qué habitación se encuentra?
—Lord Haddock, de verdad que le digo que…
Sin embargo, el rostro de enfado de Hipo hizo que el tabernero se tragara sus excusas. El hombre, resignado, les indicó el número de la habitación e Hipo le dio las gracias amablemente. Guió a Astrid hasta las escaleras que subían a las habitaciones, posando su mano levemente sobre su espalda. La joven ignoró el ligero escalofrío que subió por su columna vertebral y que le puso la piel de gallina.
A diferencia del ruido de la taberna, la planta de arriba estaba silenciosa, probablemente con huéspedes que todavía dormían. Hipo y Astrid se posaron ante la habitación número siete e Hipo tocó suavemente a la puerta. Nadie respondió, aunque ambos escucharon movimiento y susurros dentro de la habitación.
Esta vez, Astrid tocó, pero con más fuerza. Pero la pareja de enamorados no se atrevió a abrir. Astrid e Hipo intercambiaron una mirada preocupada, entonces el joven Haddock habló:
—Patapez, soy Hipo, por favor ábreme.
Escucharon dos veces murmurar y al poco la puerta de la habitación se entreabrió. Un hombre con bigote rubio los observó con miedo. No obstante, parecía casi aliviado de ver a Hipo allí.
—Hipo, no… no deberías estar aquí —entonces, Patapez reparó en la presencia de Astrid—. ¿Quién es ella?
—Una amiga —se apresuró a responder Hipo antes de que Astrid respondiera—. Heather sabe quien es.
—Dios mío, ¿no será quien creo que es? —la voz del hombre tembló—. ¿Por qué la has traído hasta aquí?
—¿Patapez?
Escucharon la voz de Heather desde el interior y Astrid empujó la puerta para adentrarse en el cuarto de la pareja, sorprendiendo a ambos hombres. La criada ahogó un grito al reconocer a su señora y se tapó la cara con las manos, avergonzada y al borde del llanto. Astrid no dudó en abrazarla y Heather ocultó su cara en su hombro.
—Señorita, perdóneme por favor, no pretendía ofenderla, de verdad se lo digo —sollozaba ella desconsolada—. Pero le quiero tanto...
—Heather —Astrid sujetó sus hombros para apartarla y mirarla a los ojos—. ¿Por qué no me dijiste nada?
—¡Porque me habría disuadido de hacerlo! —respondió ella apartándose y sentándose en la cama y volvió a romper a llorar.
Astrid miró a los dos hombres. Hipo observaba la escena claramente incómodo, mientras que Patapez no sabía donde meterse. Parecía querer consolar a su amada, pero se veía abrumado por la presencia del aristócrata y la dama. Astrid le lanzó una mirada a Hipo que claramente decía "ya sabes lo que tienes que hacer" y el joven captó su reclamo al vuelo. Posó su mano sobre el hombro de su amigo y le hizo un gesto con la cabeza para salir al pasillo a dialogar tranquilamente.
Astrid se sentó junto a Heather y no tardó en convencer a la criada para que se lo contara todo. Cómo se conocieron, cómo se enamoraron, las cartas, los breves encuentros en los que ella salía al mercado, las promesas de amor y los sueños de futuro. El único inconveniente era que Heather no tenía ni dinero ni dote ni un apellido que la respaldara y Patapez era hijo de una larga generación de abogados y, aunque su familia no era ni rica ni reconocida, tenían grandes expectativas de que su hijo les diera el salto necesario para integrarse en la élite londinense y, quién sabe, quizás algún día acabar en la Cámara de los Lores. Por esa razón se habían precipitado a fugarse, dispuestos a comenzar su vida de cero en alguna ciudad donde nadie supiera de ellos. Quizás en Irlanda, dijo ella con vaga esperanza.
—Heather, ¿tu hermano sabe algo de esto?
El labio inferior de la joven se puso a temblar y ahogó otro sollozo.
—No me he atrevido —respondió ella—. Si Dagur se entera que me fugado, no dudará en matar a Patapez. Ya sabe como es él, tiene un corazón de oro, pero no controla su rabia.
Astrid agarró su mano y lo apretó con fuerza. Heather se limpió las lágrimas con la manga de su vestido.
—Siento mucho lo ocurrido, señorita, sé que la he puesto en un compromiso y usted no se merece nada de esto —balbuceó Heather con gran tristeza.
—Esto no va sobre mí, Heather, quiero que seas feliz ante todo, pero sabes que esto es una locura. Jamás seréis felices si os fugáis —señaló Astrid acariciando su cabello con cariño—. Ojalá pudiera ayudarte de alguna manera.
—Ya habéis hecho mucho viniendo aquí, señorita —se apresuró en agradecer Heather—. Aunque me rompa el corazón y necesite a Justin como el aire que respiro, tal vez esta no sea la manera más adecuada.
—¿Quiere decir eso que no te marcharás? —preguntó Astrid esperanzada.
Heather asintió con la cabeza, pero no tardó en romper a llorar de nuevo. Astrid la abrazó con cariño y la acunó hasta que consiguió calmarse de nuevo.
—Señorita, sé que no soy quién para pedírselo, pero ¿podría darme una carta de recomendación? Seguro que así no tardaré en encontrar trabajo —dijo Heather con las mejillas ardiendo y llenas de lágrimas.
—¿De qué demonios estás hablando, Heather? —cuestionó Astrid escandalizada—. No pienso permitir que te vayas a ninguna parte, tú te vuelves a casa conmigo.
—Pero señorita, ni su madre ni la señora Williams querrán a una criada que ha intentado fugarse —explicó Heather nerviosa—. No quiero que la vergüenza caiga sobre su familia, me mataría de ser así.
—¡Por el amor de Dios, Heather! Mamá no tiene por qué saber nada, yo te cubriré con lo que haga falta —dijo Astrid con una sonrisa.
—Señorita…
Heather estaba conmovida por la actitud de Astrid. No era normal que una dama de su clase pasara por alto tal acción, pero la criada sabía que Astrid Hofferson era muchas cosas menos alguien usual. No pudo evitar abrazar a la dama, a quién nunca se había atrevido a considerarla su amiga, pero se había portado mejor que una hermana. Astrid le devolvió el abrazo con ternura y limpió el resto de sus lágrimas de su rostro con un pañuelo que había escondido en su manga.
Alguien tocó a la puerta e Hipo la abrió levemente para estudiar la situación. Astrid le sonrió para asegurarle de que todo iba bien. Hipo asintió la cabeza, aunque no parecía tan satisfecho. Le hizo un gesto a Astrid para que se acercara.
—Patapez ha acordado que no se irá con Heather a ninguna parte, pero me ha pedido quedarse con ella un par de horas más.
Astrid se mordió el labio, preocupada. Sus padres no tardarían en levantarse y Astrid no podía presentarse en casa sin Heather, ya que de no hacerlo el despido de su criada sería inevitable. Hipo percibió su ansiedad y posó su mano sobre su hombro.
—Creo que tengo una idea, pero solo la llevaremos adelante si usted no tiene inconveniente —Astrid le observó expectante—. ¿Podría mandar una nota a su casa anunciando que ha tenido que salir inesperadamente porque había olvidado que tenía un compromiso con alguien?
—¿Con quién? No pretenderá que le diga a mis padres que he salido de casa a las seis de la mañana para verme con usted.
Hipo abrió los ojos escandalizado y negó rápidamente con la cabeza.
—¡Por Dios, no! Dirá que usted tenía un compromiso con mi madre y el orfanato con el que ella colabora.
—No sé si mis padres se tragarán tamaña mentira, nunca he hecho nada simbólico por los huérfanos —apuntó Astrid avergonzada.
—Hay una primera vez para todo, ¿no cree? —dijo él con una sonrisa—. Creo que se merecen un tiempo a solas, realmente creo que están enamorados. Démosles la oportunidad de despedirse.
Astrid observó a su criada quién estaba llorando otra vez en silencio y tenía la mirada perdida hacia la puerta. Astrid sintió una lástima tan grande por ella que hizo que soltara un largo suspiro de resignación.
—Está bien.
Astrid abrazó a su amiga antes de salir del cuarto, prometiéndole que volvería en dos horas. No quiso cruzar su mirada con Patapez. Estaba demasiado enfadada con él y no podía perdonar que aquel hombre hubiera mancillado el honor de su criada así como si nada. Mientras Hipo se despedía de su amigo, Astrid escribió una nota y se la dio a un niño que rondaba por allí. Le dio tres peniques y le indicó la dirección a la que debía dirigirse. El niño, loco de contento por la paga extra de Navidad, salió corriendo de la taberna.
Hipo no tardó en bajar y salieron juntos a la calle, donde el día estaba totalmente despejado y hacía un frío que helaba el alma. Hipo le cedió una vez más su abrigo, pese a las insistencias de una Astrid muy avergonzada de que no era necesario. Astrid se preguntó qué harían ahora, pero Hipo parecía muy seguro de qué dirección tomar, puesto que no tardó en ofrecer su brazo y guiarla por aquel barrio pobre. Fueron andando, en silencio, hasta una casita estrecha con aspecto de ser muy antigua. Astrid arqueó las cejas al darse cuenta de que Hipo hablaba en serio respecto acudir al orfanato, pero la joven Hofferson era demasiado orgullosa para siquiera titubear.
La primera impresión que Astrid se llevó de aquel lugar era que hacía mucho frío. También había muchísimos niños con rostro triste y ojos que mostraban que habían perdido la inocencia hacía mucho tiempo. Sin embargo, muchos se alegraban de ver a Hipo y fueron a saludarle con efusividad. Hipo, de carácter tímido, se puso a su altura para hablar con ellos. Astrid observó la escena fascinada, inconsciente de que había alguien muy pendiente de su presencia.
—¿No será usted por algún casual Astrid Hofferson?
Astrid se giró sorprendida al oír su nombre y se encontró a una hermosa y alta dama de mediana edad, de rasgos afables aunque afilados y el pelo largo, color cobrizo, recogido en una simple trenza. La joven Hofferson no tardó en reconocer a Valka Haddock, aunque su vestimenta —una blusa, una falda raída y un delantal— no daba a deducir que aquella mujer fuera la Condesa de Drumnadrochit. Astrid se dio cuenta que dada su sorpresa todavía no se había inclinado ante ella y muy azorada hizo una reverencia. Valka sacudió la mano, molesta por el gesto de Astrid.
—Aquí no, por favor.
Astrid se ruborizó por su error, pero Valka le sonrió en respuesta y le dio la mano en señal de saludo.
—He oído hablar mucho usted, aunque no esperaba verla por aquí.
La joven Hofferson se preguntó qué le habría dicho Hipo a su madre sobre ella. Dado que hasta hace poco más de una hora estaban furiosos en el uno con la otra y Astrid no contaba con la fama de ser precisamente una dama agradable, por lo que no dudó que Valka hubiera oído barbaridades de ella. Sin embargo, si Lady Haddock pensaba lo peor de ella, no se lo demostró:
—¿Ha venido a echarnos una mano? Admito que esperaba que Hipo llegara un poco antes, pero comprendo que se ha retrasado para traerla. Me pregunto qué tarea le puedo buscar…
Valka se quedó pensativa y Astrid se mordió el labio. Le aterraba pensar que le asignaran una tarea en la que no daría la talla. Astrid siempre le había gustado hacer las cosas por sí misma, pero no estaba hecha para ser ama de casa y rezó porque no se le ocurriera meterla en la cocina. Era tan terrible cocinando que la cocinera de su casa había prohibido a Astrid pisar la cocina a menos que fuera estrictamente necesario y con la condición de que nunca cogería una cacerola sin supervisión. Hipo acudió a su rescate, con una niña cargado a su espalda que no paraba de reír y pedir que hiciera el caballito, y dijo:
—Madre, Astrid es una cuentacuentos excelente. No encontrarás una mejor en todo Londres.
Astrid palideció al escuchar sus palabras. ¿Contar cuentos delante de un montón de niños? Hipo se había vuelto loco. Le daba demasiada vergüenza y los niños eran un público cruel, no serían piadosos ante cualquier error. Pero Hipo sonrió confiado y su madre, contenta por su sugerencia, no tardó en reunir a todos los niños en la pequeña salita del orfanato. Astrid se acercó nerviosa a Hipo, quien había bajado a la niña de su espalda y estaba bromeando con otros niños.
—¿Por qué ha dicho eso? ¡Yo no sé qué contarles!
—Señorita Hofferson, estoy convencido que una mujer como usted está más que acostumbrada a la improvisación —Astrid se ruborizó intensamente—. No tiene usted que contar un cuento de la talla de Canción de Navidad o Las Campanas, simplemente inventense algo que les ayude por un momento a olvidarse de que no tienen nada.
Astrid suspiró, pero no podía contradecirle, puesto que tenía toda la razón. Mientras ella vivía entre lujos y una familia que la quería, aquellos niños no tenían nada ni nadie. No estaba convencida de que sus cuentos les ayudara a olvidar su vida desdichada, pero decidió esforzarse en complacerles.
—¿Alguno de vosotros ha oído hablar del sastre de Gloucester y de los ratoncitos de su tienda?
Los niños negaron con la cabeza, curiosos y expectantes por saber más. Astrid se sentó en el suelo y comenzó su relato. Era un cuento que se había inventado hace años, cuando aún era una niña. Era quizás muy infantil para su gusto actual, pero tampoco se atrevía a narrarles una de sus historias actuales, de carácter más adulto y fantástico. Los niños escucharon a Astrid fascinados y se esforzó en no mirar ni a Lady Haddock ni a su hijo, quien la observaba con la intensidad de siempre. Cuando finalizó el relato, los niños aplaudieron intensamente y pidieron otro. Y después otro. Hasta que una de las ancianas que llevaba el lugar, Gothi, tuvo que detener el encuentro para llevar a los niños a almorzar. Valka se acercó a felicitarla:
—Hacía mucho que no veía a los niños tan callados y atentos —Valka cogió de sus manos con cariño—. Tiene usted un don, señorita Hofferson. Muchísimas gracias por compartirlo.
Astrid volvió a ruborizarse y balbuceó un gracias a Lady Haddock, quien no tardó en abandonar la salita para ayudar a las mujeres del orfanato con los niños, sin importarle dejar a Hipo y Astrid solos. Astrid no sabía hacia dónde dirigir su mirada e Hipo no pudo evitar reírse.
—No la concebía como una mujer tímida, señorita Hofferson. De verdad, ha estado usted fantástica. ¿Todos esos relatos son suyos?
—Sí, pero solo por puro pasatiempo, señor Haddock. Mis padres jamás aprobarían una afición como esta.
—Quizás debería dejar de verlo como un pasatiempo —sugirió él—. Usted es de familia de editores, señorita Hofferson, no pueden culparla de querer aspirar a ser algo más que una simple "esposa de". Sinceramente, creo que usted es mucho más que eso.
—Es muy fácil decirlo cuando uno es hombre y no mujer —señaló Astrid irritada.
Hipo alzó las cejas sorprendido por sus palabras e hizo un amago de querer disculparse por si la había ofendido, pero un piano que se encontraba en el fondo del salón clamó la atención de Astrid. Abrió la tapa del instrumento con cuidado y observó las teclas desgastadas y amarillas. Astrid tocó una tecla e hizo una mueca al escuchar el sonido desafinado. No lo dudó y abrió la tapa superior, que mostraba el interior del piano y empezó a toquetear las clavijas de afinación.
—¿Qué hace? —preguntó Hipo sorprendido.
—El piano está desafinado —respondió ella como si aquello fuera la cosa más evidente del mundo.
Hipo abrió y cerró las bocas varias veces, sorprendido porque una dama como Astrid Hofferson estuviera sobre una banqueta con los brazos metidos en la caja de un piano que tenía más años que ella.
—¿Sabe realmente lo que hacer?
Astrid le lanzó una mirada furiosa.
—¿Cree que metería mis manos en esta caja llena de polvo si realmente no supiera lo que debería hacer? He afinado mi piano más veces de las que puedo contar —aseguró ella.
—¿Pero cómo?
Astrid comprendió que aquella no debía ser una acción muy usual entre las mujeres de su edad y clase.
—Soy observadora y leo mucho, prefiero hacer las cosas por mí misma antes de que alguien venga hacerlas por mí porque piensan que no soy capaz de hacerlo.
Hipo asintió con la cabeza y se acercó. Astrid adivinó la curiosidad en sus ojos.
—¿Sabe cómo se afina un piano?
—La verdad es que no —respondió él.
Y Astrid se lo explicó. Él terminó quitándose la chaqueta para ayudarla a mover las clavijas más duras y finalmente consiguieron encontrar el sonido. Astrid tocó una escala para asegurarse de que estaba todo correcto y sonrió. Se puso a tocar Noche de paz e Hipo no tardó en unirse a ella para tocarla a cuatro manos. Algunos niños vinieron corriendo al escuchar el melódico sonido del viejo piano, que siempre había hecho más ruido que música, y no tardaron en ponerse a cantar.
Tocaron varias canciones juntos. Astrid era mucho más habilidosa que él en el piano, por lo que se redujo a tocar villancicos conocidos a los que él no le suponía un gran esfuerzo tocar. Los niños cantaban, bailaban y reían y Astrid se sintió plena. No sabía que con tan poco se pudiera hacer tanto. Entre pieza y pieza hubo un momento en que Hipo apreció la sonrisa risueña de Astrid y le susurró a su oído con ternura:
—Feliz Navidad, señorita Hofferson.
A lo que ella le respondió:
—Feliz Navidad, señor Haddock.
Xx.
Solo para quería recordaros que en este capítulo Astrid tiene 18 e Hipo tiene 20.
Tengo que deciros que me gusta mucho el final de este capítulo. En aquella época era muy normal que la gente de clase alta tocara el piano y visualizo a Astrid como una pianista muy apasionada que le encanta tocar Chopin (si no lo habéis hecho, buscadlo, porque es una ma-ra-vi-lla). Hipo, en cambio, seguramente le forzarían a tocar porque es lo que se debía hacer, pero él es más de escuchar.
Por cierto, en este capítulo hago un pequeño homenaje a Beatrix Potter, pues el cuento del Sastre de Gloucester es de ella. Si no la habéis leído, os la recomiendo, pues sus cuentos son de lo más bonito que hay.
Respecto al tema de Heather y Patapez... Espero que no os enfadéis porque la fuga no haya salido bien, pero realmente os digo que fugarse en esa época siempre salía mal.
Muchísimas gracias por vuestros reviews y vuestros follows. Hacen que se me hinchen el corazón de la felicidad (ala, toma frase ñoña)
Espero que os haya gustado este capítulo y me contéis a ver qué os ha parecido.
Pasad un día bonito.
Y Feliz Navidad.
