¡Holi!

Un capítulo más y un día menos para Navidad.

Quedan cuatro días.

Nos leemos abajo.


Belgravia (Londres), 24 de diciembre de 1845.

Astrid estaba tan nerviosa que no podía dejar de moverse sobre el sofá.

Rachel puso los ojos en blanco, irritada por la actitud de su amiga.

—En serio, Astrid, eres la persona con la cabeza más fría que conozco, ¿por qué te pones así por un hombre cualquiera?

—Cállate, Rachel —le pidió la joven Hofferson molesta.

Rachel Thorston suspiró aburrida. Iba hacer casi un año desde que había conocido a Astrid Hofferson en el baile de Año Nuevo y no terminaba de acostumbrarse a la actitud nerviosa de la pequeña de los Hofferson cada vez que veía Henry Haddock. No obstante, Rachel ya había oído hablar de Astrid Hofferson de antes de conocerla. En realidad, ¿quién no había oído hablar de la arrogante hija de los Hofferson? Había rechazado la propuesta de matrimonio a Richard Jorgerson dos veces y a otros tres pretendientes más en el último año. No era popular entre las damas de clase alta y eso había captado la atención de Rachel al instante. Sin embargo, cuando fueron presentadas, Astrid no lanzó ningún tipo de comentario despectivo ni parecía soberbia en ningún sentido, sencillamente dibujaba un gesto aburrido cada vez que se juntaba con las damas para hablar del tiempo o de cualquier superficialidad. La noche que se conocieron, mientras las otras damas empezaron a hablar sobre lo último en los sombreros de París, Rachel las interrumpió preguntando:

—¿Qué opinais de la deplorable gestión de nuestro gobierno respecto a la situación en Irlanda?

Las damas se quedaron mudas ante la pregunta de Rachel, evidenciando su ignorancia por la crisis de la patata en dicho país. Pero, de repente, los hombros de Astrid dejaron de estar caídos y Rachel reconoció el brillo inteligente de una mujer intelectual en sus ojos. Sonrió y pasaron el resto de la velada hablando. Para el final de la fiesta se habían declarado oficialmente como amigas y empezaron a verse con frecuencia.

Tanto los padres de Astrid como de Rachel estaban encantados de que sus hijas se hubieran hecho amigas, convencidos de que ambas ejercerían la una sobre la otra la influencia necesaria para ser las damas que debían ser. Sin embargo, el desengaño vino pronto, puesto que ambas eran mujeres deseosas de libertad, aspiraciones y mostraban más bien poco interés en casarse. Astrid, para desesperación de su madre, cada vez se desinteresaba más por los eventos sociales y aún más por el asunto del matrimonio que cada vez obsesionaba más a sus progenitores. Astrid estaba en la edad ideal para casarse, pero sus constantes rechazos a sus pretendientes estaba empezando a generar una polémica que no agradaba a los Hofferson en absoluto. Sin embargo, su tío Finn sospechó que si Astrid se había negado a casarse no era únicamente por su creciente rebeldía, sino por algo más.

—Ella es un alma libre, Lily y tú deberíais concienciaros de una vez que Astrid no se casará con nadie al que ella no ame —le aseguró Finn a su hermano días antes de Navidad, tras otro fatídico encuentro de Astrid con uno de sus pretendientes.

—Esto no es Orgullo y Prejuicio, Finn —replicó Thomas Hofferson—. Adoro a mi hija, pero no puede seguir así. A este paso, Astrid será la joven más despreciada de todo Londres. ¿Quién querrá casarse con una mujer con tal fama y un carácter tan rebelde?

—Puede que te sorprendan, hermano —le aseguró Finn antes de dar un sorbo a su whisky.

Ninguno de los Hofferson sospechaba que hubiera ningún hombre en la vida de Astrid. Sin embargo, también desconocían la existencia de una correspondencia asidua entre su hija y Lord Henry Haddock. Astrid se había asegurado de que no se enteraran quedando con Heather de que toda correspondencia dirigida a Astrid solo pasaría por sus manos. No es que Astrid se avergonzara de su amistad con Henry Haddock, más bien lo contrario; pero no quería que nadie manchara aquella relación con expectativas e ilusiones innecesarias.

Se escribían varias veces por semana. Hipo, grandísimo dibujante, le mandaba dibujos de Drumnadrochit, de su caballo, Desdentao, o los diseños de algún objeto que había diseñado. Astrid le mandaba pequeños relatos —únicamente porque Hipo se los pedía— y novedades que la editorial de su familia sacaba. Hablaban de sus preocupaciones, de sus problemas y del futuro que les gustaría vivir. Se habían cruzado varias veces a lo largo del invierno pasado, antes de que Hipo volviera a Escocia, y aunque no gozaron de la privacidad de la Nochebuena pasada, hablaron como si fueran amigos de siempre.

Sin embargo, Hipo no la escribió ni por su cumpleaños ni las dos semanas siguientes. La ansiedad de la joven se acrecentó, pensando de que quizás Hipo ya no quería conservar su amistad, pero se sorprendió recibiendo una carta de la mismísima Lady Haddock:

Estimada señorita Hofferson,

Le escribo de parte de mi hijo para comunicarle de su parte que pronto volverá a escribirla. Debo informarla que hace unas semanas Henry tuvo un accidente mientras montaba uno de los caballos que su padre había comprado para las salidas de caza. No entraré en detalles, pero la situación se descontroló mientras Henry entrenaba al caballo y cayeron por un saliente. El caballo cayó sobre la pierna de Henry, destrozándosela hasta el punto que el médico fue incapaz de salvársela más abajo de la rodilla.

Él está bien ahora, ha estado todo el tiempo dormido y con fiebre, pero tan pronto recuperó la consciencia me suplicó que le escribiera para informarle de la situación. Lamenta enormemente no poder hacerlo él mismo, pero espera poder escribirla muy pronto.

Espero que usted y su familia gocen de buena salud.

Atentamente,

Lady Valka Haddock

Condesa de Drumnadrochit

Astrid pasó unos días terribles, achacando a su egoísmo por creer que su amigo ya que no quería saber nada de ella y sufriendo por él. Ella no paró de escribirle, pero Hipo no volvió a escribirla hasta pasado un mes. El tono de sus primeras cartas era triste, aunque agradecía de todo corazón sus cartas, que habían sido su único consuelo en aquel tiempo en cama. Sin embargo, sabía que Hipo estaba deprimido, pues ya no podía volver a montar a caballo y mencionaba mucho la creciente tensión entre él y su padre. Astrid le insistía en que no perdiera la fe, en que quizás él pudiera ser el primer hombre en montar a caballo con pierna y media. Era lo bastante cabezota para conseguirlo.

Astrid estaba convencida de que no vería a Hipo esas Navidades, pero a principios de diciembre él le escribió una carta más que ilusionante:

Espero verla esta Nochebuena y que pueda leerme el nuevo cuento navideño del señor Charles Dickens. Aguantaré mi tentación de leerlo antes de tiempo.

Astrid casi tuvo que ahogar un grito de emoción y fue a comprobar por sí misma la lista de invitados. Efectivamente, los Haddock habían mandado la confirmación de su asistencia al baile, incluida Valka, que sería su primer baile de Navidad en casa de los Hofferson. Para agrado y sorpresa de su madre, Astrid se implicó en que todo estuviera perfecto para el baile. Compró un vestido nuevo, rojo burdeos con encajes dorados de mangas cortas. Era simple, pero hermoso y navideño. ¿Y lo mejor de todo? Que no necesitaba llevar el estúpido arnés para que tuviera vuelo.

La pequeña de los Hofferson tampoco había abandonado su costumbre de acudir al orfanato. En realidad, visitaba varios, en donde enseñaba a leer y a escribir, daba clases de piano si lo había y contaba cuentos. Con el tiempo, fue implicándose más, y ayudaba limpiando o bañándoles. Aquella actividad la había mantenido a espaldas de su padres y contaba con el respaldo de Rachel, quién la cubría cada vez que iba sola a los barrios pobres. Sin embargo, Tommy terminó pillándola. Astrid había estado buscando a un niño que había salido del orfanato sin permiso y había estado largo rato corriendo por las calles hasta que le encontró llorando en un callejón. El niño corrió a sus brazos y ella se le devolvió con enorme alivio, puesto que le había cogido tanto cariño a aquellos huérfanos que le resultaba muy doloroso el solo pensar que pudieran encontrarse solos y abandonados en las crueles calles de Londres. Astrid cargó con el pequeño por la calle hasta que se dio cuenta que alguien la seguía. La joven aceleró el paso, rezando porque el desconocido no le diera por atacarla. Sin embargo, cuando llegó al orfanato se giró para ver quién era su acosador y el alma se le cayó a los pies al ver a su hermano observándola atónito y confundido.

Astrid no tuvo otro remedio que explicarle casi todo. Mintió sobre cómo empezó todo y omitió la parte que exponía su relación con los Haddock.

—Siempre has sido rara, pero creo que pierdes un poco el tiempo con esto —dijo su hermano cuando Astrid terminó su explicación—. Son pobres, por tanto darles clases de piano y llenarles la cabeza de tonterías realmente no les será útil para nada.

Astrid sintió su sangre hervir y apretó los puños con fuerza, conteniendo sus ansias de darle una bofetada. Sin embargo, su hermano continuó:

—Aún así, no les diré nada a nuestros padres. Si esto te hace feliz, no seré yo quién te rompa con la ilusión, hermanita.

Astrid frunció el ceño, sospechosa.

Tommy sonrió al ver la expresión confundida de su hermana.

—No soy tan malo como te piensas, As. Pero no negaré que soy un admirador de cómo fastidias a nuestros padres, por lo que toma este secreto como una pequeña recompensa —le dio un beso en la frente—. Aprovecha cuanto puedas, pronto tendrás un marido que te tendrá controlada las veinticuatro horas del día.

Astrid puso los ojos en blanco. Sin embargo, Tommy guardó el secreto, incluso la cubrió un par de veces ante sus padres cuando Rachel no pudo hacerlo. A Astrid no se fiaba del todo de él, pero lo tomó como un punto positivo hacia él que nunca le había dado.

La noche de Nochebuena, Rachel vino poco antes de que llegaran los invitados con un bonito vestido amarillo mostaza. Chasqueó la lengua tan pronto supo que Henry Haddock iba a venir, pero la joven Thorston sentía una enorme curiosidad por conocer al misterioso tullido que había captado la atención de Astrid Hofferson.

—¿Vas a declararte hoy? —preguntó Rachel mientras robaba unos bombones de la mesa de la comida.

—¿Qué? ¿Estás loca? ¿Por qué iba hacer algo como eso? —reclamó Astrid con un fuerte rubor en sus mejillas.

—¡Vamos Astrid! Te escribes prácticamente todos los días con él, los dos sois más raros que unos perros verdes, te da igual que le falte una pierna y pareces una adolescente enamorada.

—¡Yo no estoy enamorada!

Rachel rió sonoramente y Astrid deseó que le tragara la tierra. Al poco rato, sonó el timbre y Astrid se juntó con su familia para recibir a los invitados. Observaba a cada persona que entraba una a una, expectante de ver la sonrisa torcida de Hipo, pero no apareció. Se sintió consternada cuando sus padres consideraron que era hora de entrar en el salón de baile y Astrid no oyó siquiera la música que daba comienzo a la gala.

¿Dónde estaba Hipo?

Le había prometido que vendría.

¿Y si estaba herido otra vez? ¿Y si le había pasado algo camino a su casa? ¿Y por qué demonios se sentía tan desolada? Tampoco era para tanto, ¿verdad? ¡Por supuesto que no! Ella era Astrid Hofferson, alguien como ella no podía comportarse así, mucho menos con un amigo. No, en absoluto. Ella no estaba enamorada de Henry Haddock.

Ella no era de las que se enamoraban.

¿Verdad?

Astrid intentó ocupar su mente con Rachel, quién estaba dispuesta a hacer lo que fuera por irritar a su hermano gemelo, Terry. Sin embargo, cuando vio a los Jorgerson entrar en la fiesta, se escaqueó a la salita que se había cerrado para los invitados. En lugar donde se había encontrado con Hipo por primera vez. No obstante, ese año la jugada no le salió bien, ya que su madre la encontró antes de lo esperado y la llevó de vuelta a la fiesta. Se esforzó en ocultarse entre el gentío, pero Richard "Mocoso" Jorgerson terminó encontrándola.

—¡Señorita Hofferson! ¡Está más radiante que un árbol de Navidad!

Astrid se mordió el labio para no soltar un improperio. No soportaba a aquel tipo, más bajito que ella y de rostro arrogante. Lo único que Astrid podía admirar de Mocoso era su insoportable insistencia en conquistarla. Parecía que daba igual cuántas veces Astrid le mandara a paseo o le insultara, él hacía tripas corazón y continuaba con su estúpido juego de seducción.

—Deje de intentarlo, señor Jorgerson —respondió ella a su halago—. Mi respuesta seguirá siendo no.

—¡Vamos, señorita Hofferson! ¿Cuántas veces tiene que hacer que resiste mis sentimientos para que se case conmigo? ¡Es un juego muy cruel!

—¿Hacer que resisto? —repitió Astrid atónita—. Señor Jorgerson, ¿de verdad se cree que todas mis negativas son porque quiero jugar con usted.

—¡Es un juego muy típico entre las damas de su clase! Se derrite de amor por mí, pero en realidad sólo finge para que mis sentimientos hacia usted se fortalezcan.

Astrid estaba tan impresionada y escandalizada por su discurso que no supo con qué contraatacar. ¿Se podía ser más idiota? Astrid estaba convencida de que no. La mano le temblaba, deseosa de darle un bofetón que le dejara marca en aquel rostro de imbécil que Mocoso Jorgerson lucía en ese momento.

—Querido primo, si pretendes conquistar el corazón de una dama cuando son tres las veces que te ha rechazado tienes menos amor propio de lo que pensaba.

A Astrid se le detuvo el corazón al reconocer la voz nasal que oyó a su espalda. Se giró de forma más brusca de lo debido, pero estaba ansiosa por descubrir que aquello no era un producto de su imaginación. Sin embargo, ahí estaba Lord Henry Haddock. Alto, vestido con un bonito traje oscuro y apoyado sobre un bastón. Hizo una reverencia con la cabeza a Astrid, quién se lo devolvió con gusto, y se dirigió a Mocoso:

—¿Cómo estás, primo? Te veo más ancho que la última vez.

—¡Cállate, Hipo! Me estás humillando delante de la dama —replicó Mocoso furioso.

—¡No lo creo! Es imposible generar más humillación de la que ella te ha causado —dijo Hipo provocando el rubor de Astrid—. Deja a la dama, tranquila. Es evidente que no está cómoda en tu presencia.

Mocoso abrió la boca, pero finalmente la cerró, consciente de que una confrontación con su primo no le llevaría a ningún sitio. Se despidió haciendo una leve reverencia a Astrid y se perdió entre la multitud. Astrid e Hipo compartieron una mirada de complicidad y contuvieron sus carcajadas.

—No sabía que Richard Jorgerson fuera su familia —comentó Astrid.

—¡Desafortunadamente! Su padre es el hermanastro de mi madre por línea paterna —respondió Hipo con cierto aire dramático—. Nunca nos hemos llevado bien, la verdad. ¿Está usted bien?

—Sí, no se preocupe, estoy acostumbrada a lidiar con hombres como Richard Jorgerson —explicó Astrid sin querer dar muchos detalles, ya que no le había explicado en ninguna de sus cartas sobre las peticiones de mano que había rechazado en ese último año.

—Me pregunto cuántos corazones habrá roto usted, señorita Hofferson —comentó Hipo con aire divertido.

Astrid se volvió a ruborizar, pero aquello no la frenó para replicar:

—No menos que usted, eso seguro.

Ahora fue Hipo el que se puso colorado, lo cual provocó la risa de Astrid. Entonces, la joven Hofferson se fijó en su pierna izquierda, oculta bajo el pantalón. Hipo, un tanto azorado le explicó:

—Llevo una prótesis de madera y metal, puedo andar casi con total normalidad —agitó un poco el bastón—. Esto es solo para no apoyar todo el peso en el pie, aunque me siento como un anciano.

—¿Le duele?

Hipo se quedó pensativo mientras la miraba fijamente.

—Ya no —terminó respondiendo con una sonrisa triste—. ¿Le importa si nos sentamos? Aún me canso con cierta facilidad.

—Claro, faltaría más.

Hipo cojeaba levemente, pero no parecía sufrir grandes estragos a la hora de andar y era casi seguro que pronto no necesitaría el bastón para andar con libertad.

—En realidad, el bastón lo llevo por insistencia de mi padre y el médico, pero puedo andar perfectamente —explicó él mientras se acomodaban en un asientos localizados junto al árbol de Navidad.

—¿Y cómo se encuentra usted? ¿Ha conseguido convencer a su padre para que le vuelva a dejar a montar?

—Ya sabe lo cabezota que es él, me ha amenazado con vender todos los caballos si me ve montado en uno —le aseguró él con gran tristeza—. ¿Acaso es tan difícil de comprender que con la prótesis no hay problema? Solo he perdido poco más del pie. Además, Desdentao no quiere que lo monte nadie más y lo tienen aislado de los demás porque está muy nervioso.

Astrid sintió su congoja y tuvo que reprimir las ganas de abrazarle y consolarle. Miró a su alrededor para ver si alguien les observaba y, al no ser así, posó su mano sobre la de él. Hipo soltó un respingo al sentir su mano vestida con guantes de satén sobre la suya. La miró impresionado y ella sonrió con ternura.

—Verá como toda va bien, señor Haddock —dijo ella—. Seguramente su padre tenga todavía muy reciente el accidente y tema que le vuelva a pasar algo malo, pero dele tiempo, estoy convencida de que terminará cambiando de opinión.

—Usted no conoce a mi padre, señorita Hofferson, es la persona más cabezota que conozco —le aseguró él.

—¿Más que usted? Permítame que lo dude —replicó ella sonriendo con picardía.

Hipo fingió ofenderse, pero no tardaron en echarse a reír. Hipo observó la pista de baile, donde varias parejas bailaban al ritmo de un bonito vals.

—Me apena mucho no poder sacarla a bailar, señorita Hofferson —comentó apenado mientras miraba su pie—. Pero me temo que ahora, literalmente, no tengo ni pie izquierdo.

—No se preocupe, podemos buscar otros entretenimientos —Astrid buscó a sus padres con la mirada y vio que estaban enfrascados en una conversación con su tío Finn—. Reúnase conmigo en diez minutos en la puerta del cuarto de Heather. Simplemente tiene que salir al vestíbulo y bajar por una puerta oculta que se encuentra junto a las escaleras. Por allí irá a las cocinas y al comedor de la servidumbre, nadie le dirá nada, simplemente siga hasta el fondo del pasillo donde encontrará una puerta que lleva a los dormitorios. Le estaré esperando allí.

Ella sabía que no era una propuesta adecuada, pero a esas alturas estaban acostumbrados a romper las normas. Hipo sonrió con entusiasmo y aquello convenció a Astrid que no estaba sola en esto. Dio una pequeña reverencia y salió del baile con discreción. Bajó a la zona de la servidumbre con aire solemne, aunque todos parecían demasiado agobiados para fijarse en ella. Heather la esperaba en su cuarto, quien le dio la mano preocupada.

—Señorita, ¿cree que es buena idea? Sus padres se enfurecerán si descubren que está sola aquí con un hombre.

—No te preocupes, Heather, no nos encontrarán. Además, no es que vayamos hacer nada escandaloso, solo queremos leer el cuento del señor Dickens —señaló Astrid cogiendo el libro que había bajado Heather esa misma mañana. Heather no parecía convencida con sus palabras—. El señor Haddock y yo solo somos amigos.

—Señorita, ¿en serio no se ha dado cuenta? –preguntó la criada sorprendida.

—¿Darme cuenta de qué?

—El señor Haddock está locamente enamorado de usted ¡Sólo hay que ver cómo la mira! —exclamó Heather—. Y usted no para de dar indicios de su atracción hacia él. Solo se arregla cuando sabe que va a verle, se escriben asiduamente y sus ojos brillan ante la sola mención de su nombre. Me estoy metiendo donde no me llaman, lo sé, pero sólo quiero lo mejor para usted.

—Heather, el señor Haddock no está enamorado de mí —apuntó Astrid un tanto molesta—. Solo somos amigos con pasiones en común. No tiene nada de malo y ello no implica que vaya a fugarme con él. No soy tan insensata como…

Astrid se mordió la lengua antes de continuar.

—¿Como yo? —Heather parecía dolida por sus palabras—. No todos gozamos de tener la riqueza, el título o la aceptación social que tiene usted, señorita Hofferson. La gente como yo o como Justin sólo podemos conformarnos con soñar y esperar por un futuro mejor.

—Heather, por favor, no…

—Me ha quedado perfectamente claro, señorita —Heather abrió la puerta de su cuarto y sorprendió a Hipo con intención de tocar. La criada dio una pronunciada reverencia al joven Haddock y otra a Astrid, con gesto furioso—. Buenas noches.

Hipo se apartó para dejar salir a Heather y entró en el cuarto cerrando la puerta. Frunció el ceño ante la expresión de angustia de Astrid.

—¿Va todo bien? —preguntó con discreción.

Astrid sacudió la cabeza y forzó una sonrisa.

—Un pequeño desacuerdo, nada más —apuntó ella y le mostró el libro—. ¿Está preparado para la lectura de este año?

Hipo sonrió de oreja a oreja al reconocer la copia de El grillo del hogar de Charles Dickens.

—Sabe usted bien que sí.

Ambos se sentaron en la cama de Heather e Hipo se ofreció a comenzar con la lectura. Astrid no tardó en darse cuenta de que el joven Haddock había estado practicando su lectura en voz alta, puesto que sonaba más dinámico y melódico y apenas se le atascaban las palabras en su lengua. Pronto su atención en el relato fue desviándose en su perfume, pino y menta, y la calidez que emanaba su cuerpo. Fijó su vista en su pelo peinado hacia atrás y le llamó la atención los tonos que adquiría su cabello cobrizo ante la luz de la vela. Astrid quería tocar su mejilla y unir en una línea invisible del rastro de pecas que la cubría. Sin embargo, los ojos frondosos de Hipo, que ahora estaban puestos en los suyos, la detuvieron.

Hipo había dejado la lectura tan pronto se había dado cuenta de que Astrid no le estaba prestando atención. Pensando que tal vez la señorita Hofferson no estaba conforme con su lectura, pensó que tal vez debía preguntarle si todo estaba bien. Pero al encontrarse los penetrantes ojos azules observándole parecía que el mundo entero se paraba.

Ninguno se atrevió a abrir la boca. Estaban demasiado fascinados y abrumados por sus presencias. Llevaban meses imaginando el momento de su reencuentro en privado, pero ninguno se esperaba que habría tal tensión. Astrid, siempre más valiente y directa, puso su mano sobre la suya e Hipo, sorprendido, captó el mensaje.

Fue un beso muy torpe. ¿Quién podría culparles? Los dos no tenían experiencia alguna en el amor. Sin embargo, fue un beso cargado de ternura y algo más. ¿Amor?, quiso pensar Astrid. El segundo beso, más coordinado y profundo, le hizo ver lo que no había querido admitir en los últimos meses:

Estaba profundamente enamorada de Henry Haddock.

Astrid no pudo evitar reprimir una sonrisa e Hipo más de lo mismo. Él había caído a sus pies desde el momento en el que ella le había leído Canción de Navidad hacía dos Nochebuenas. Pero jamás, ni en sus mejores sueños, habría pensado que una mujer tan inteligente, hermosa y admirable como Astrid Hofferson se fijaría en él. Necesitaba oírlo de su boca para realmente creerlo.

—Señorita Hofferson, n-no quiero hacerme ilusiones, pe-pero necesito saberlo —balbuceó él.

Astrid no podía dejar de sonreír y acunó su mejilla en su mano.

—Sí, señor Haddock, es real. Yo…

—¿Astrid?

Ambos jóvenes palidecieron al escuchar la voz de la señora Hofferson al otro lado de la puerta. Al principio no se atrevieron a hablar, esperanzados de que la señora Hofferson desistiera muy pronto. Pero aquello solo le alentó a tocar con más fuerza e intentar abrir la puerta en la que Astrid previamente había puesto el cerrojo.

—Astrid, sé que estás aquí, ábreme ahora mismo.

—En el armario —susurró ella desesperada.

Hipo obedeció al instante, aunque no le resultó fácil. Astrid le ayudó a meterse haciendo el menor ruido posible mientras su madre ladraba tras la puerta:

—Astrid Hofferson, ¿con quién demonios estás?

Tras asegurarse de que Hipo estaba bien escondido en el armario, Astrid se estiró la falda del vestido para estirar las arrugas invisibles y puso su mejor cara de póker. Abrió la puerta encontrándose con el rostro enfurecido de la señora Hofferson.

—Madre —saludó ella.

La señora Hofferson le dio un empujón, apartándola hacia un lado, y dio un rápido barrido al cuarto. Se dirigió a su hija con voz furiosa:

—¿Qué demonios haces aquí, Astrid? ¿Y con quién estabas?

—¿Qué te hace pensar que estaba aquí con nadie? —se defendió Astrid—. Sólo estaba leyendo en voz alta en un lugar donde podía encontrar un poco de paz, nada más.

—¿En el cuarto de tu criada? ¿Te piensas que soy tonta o qué? ¡No eres más que una niña malcriada! ¡Vuelve ahora mismo a la fiesta!

Astrid apretó los puños.

—No.

—No conviene que me contradigas, Astrid. Estoy harta de tu tozudez, tengo a tres familias que quieren que conozcas a sus hijos en el salón de baile y no quiero hacerles esperar más —dijo su madre con gran frialdad.

—Diles que esta noche no estoy disponible, que tu mono de feria tiene mejores planes que atender a una panda de imbéciles holgazanes —soltó Astrid furiosa.

El bofetón que la señora Hofferson propinó a su hija resonó por todo el cuarto y casi podía jurarse que podía haberse escuchado desde el comedor de la servidumbre. Astrid se llevó la mano a su mejilla, sorprendida por el acto de su madre, quien nunca había sido partidaria de agredir a los hijos para educarles. Pero parece que con el paso de los años, había cambiado radicalmente de opinión.

—¿Qué he hecho para merecer una hija como tú? ¿Piensas que puedes estar así para siempre? ¿Crees que ser tan rebelde e independiente te hace ser mejor que los demás? ¡No sabes nada, Astrid! No eres más que una mocosa insolente que acabará siendo nadie, puesto que ¿sabés qué? No vas a heredar ni un penique de la fortuna de tu padre a menos que te cases —la madre de Astrid sorbió fuertemente la nariz, reprimiendo las lágrimas—. Me he desvivido por vosotros dos desde que nacisteis. Os lo he dado todo, ¿y así me lo compensáis? Puede que tu hermano no sea perfecto, pero tú… tú eres una decepción como hija. A partir de ahora, estás sola. No voy a molestarme más contigo.

Astrid podía sentir las cálidas lágrimas caer por sus mejillas ante las crueles palabras de su madre y cayó sobre sus rodillas cuando la señora Hofferson abandonó la habitación. Escondió su cara entre sus manos e intentó reprimir sus sollozos. Sin embargo, cuando sintió la calidez del abrazo de Hipo no pudo evitar ponerse a llorar desconsoladamente. En ese momento, olvidaron el decoro y las formalidades. Hipo acariciaba su pelo mientras ella escondía su cara en su pecho. Estuvieron así hasta que Astrid consiguió calmarse e Hipo limpió las lágrimas que quedaba en su rostro con un pañuelo que guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta.

—L-lo s-siento —tartamudeó ella terriblemente avergonzada.

—No te disculpes, por favor. Tú no tienes culpa de nada —señaló él con tristeza y cogió de su barbilla—. Astrid, ella te quiere, pero no consigue ver lo que te hace ser tan especial. Que no seas como el resto del mundo no significa que seas una decepción, para mí es todo lo contrario.

—Pero…

—Astrid, te quiero.

Astrid no pudo evitar preguntárselo.

—¿Por qué?

—No lo sé, sencillamente lo siento. Cada vez que te veo, cada vez que recibo una carta tuya, cada vez que leo uno de tus cuentos, cada vez que me escuchas… Siento una calidez en el pecho que hace que quiera ponerme a bailar y a gritar a los cuatro vientos lo mucho que te quiero. Tú, Astrid Hofferson, eres especial por ser quién eres.

Astrid volvió a ponerse a llorar ante aquellas bellas palabras. Además, su nombre sonaba tan bien en su boca. Volvieron a besarse, pero se detuvieron tan pronto escucharon unos pasos dirigirse a la habitación. Hipo no tuvo tiempo a volver a su escondite, pero afortunadamente sólo era Heather. Astrid disimuló su malestar como mejor pudo y decidieron volver a la fiesta. Primero regresó él, despidiéndose de Heather con una inclinación de cabeza, y antes de que pudiera retirarse, Astrid intentó hablar con su criada, pero esta parecía más interesada en estirar los pequeños dobleces de su cama.

En ese momento, Astrid no podía imaginarse que tan pronto abandonara el lugar, Heather escribiría su carta de dimisión. Tal vez, de saberlo, se habría esmerado más en disculparse. No obstante, la reciente discusión con su madre y la declaración de Hipo tenía ocupada toda su mente, por lo que abandonó el cuarto sin mirar atrás.

Volvió al baile como si nada hubiera pasado, vio de reojo como Hipo hablaba con sus padres e ignoró a su madre, quién estaba dispuesta a hacer exactamente lo mismo. Buscó a Rachel con la mirada, pero no consiguió encontrarla. Su hermano estaba en el otro extremo de la sala, bebiendo y observando la sala más pálido de lo habitual. Astrid se preguntó si no debería hablar con él; pero, sinceramente, no le apetecía más rencillas familiares por esa noche.

Cuando por fin terminó aquella fatídica fiesta, Astrid se puso como ya era costumbre junto a sus padres para despedirse de los invitados. Rachel le dijo que se verían la próxima semana, pero no parecía dispuesta a explicarle dónde se había metido durante toda la fiesta. Richard Jorgerson se despidió con una simple reverencia. Los Haddock se despidieron calurosamente de toda la familia Hofferson, aunque Valka actuó con enorme cortesía con Astrid, para simular que se conocían únicamente de esa fiesta. Hipo se despidió como siempre, cogiendo de su mano para besarla. Aunque esta vez, Astrid apreció sus ojos frondosos y cálidos hacia ella, repletos de amor y cariño. Se despidió en un tono que sólo ella pudo oír:

—Feliz Navidad, Astrid.

A lo que ella le respondió:

—Feliz Navidad, Hipo.

Xx.

Aclaración por si no ha quedado claro: Rachel es Brusca/Brutilda/Ruffnut. Pero es que no tenía sentido llamarla Brusca en este contexto, así que he decidido llamarla así porque en muchos fanfics he leído que la llaman así.

En este capítulo se menciona la crisis de la patata en Irlanda, también considerada como el "Holocausto Irlandés", pues fue un periodo de hambruna, enfermedad y inmigración que acabó con la vida de un millón de personas y causa la inmigración de otro millón. Es una movida compleja y larga de explicar, pero digamos que la religión y la terrible gestión del gobierno británico fue la principal causante de todo esto. Esta es una de las razones por las que los irlandeses detestan a los ingleses.

Espero que os haya gustado este capítulo donde este par declaran sus sentimientos por fin. Parece que la cosa va rápida, pero os recuerdo que en este fic pasan muchas cosas fuera de escena y que ellos ahora se hablan con muchísima frecuencia, por lo que no es de extrañar que se hayan enamorado y por fin se declaren. Aún queda mucha historia por contar y espero que estéis aquí para descubrirla.

Muchísimas gracias por vuestros reviews y por leer este fic. Espero de corazón que os esté gustando.

Pasad un día bonito.

Y Feliz Navidad.