Trigger warning con este capítulo porque contiene material sensible que puede dañar vuestra sensibilidad.
No quiero hacer spoiler, pero aviso que hacia al final ocurre algo que puede afectaros, así que por favor, si sufrís algún trastorno relacionado con la depresión o la ansiedad, pido que tengáis cuidado.
También este capítulo (y el siguiente) es la razón por la que este fic está catalogado como Mature. Muchas seréis menores de edad, pero bueno, yo también leía smut con quince años y no me he muerto. Así que sois responsables de lo que leéis.
Nos leemos abajo.
Quedan tres días para Navidad.
Belgravia (Londres), 24 de diciembre de 1846.
Tommy había amanecido con un humor de perros.
Astrid tampoco se extrañaba. Su madre barrido la casa para encontrar todo el alcohol que había escondido por la casa y había encargado a los criados que echaran todo al alcantarillado. El vino y el jerez reservados para la fiesta de esa noche estaban guardados bajo llave y la única copia de la misma la llevaba su padre siempre encima. Su hermano, ciego por el dolor que le causaba la abstinencia, había estado a punto de saltar al cuello de su madre de no ser por su padre y su tío.
—¿No os conformáis con arruinarme la vida? ¿Tenéis que seguir buscando una forma para joderme todavía más? —chilló él mientras le arrastraban a su cuarto.
Por muy triste que pareciera, Astrid ya se había acostumbrado a estas escenas, puesto que se repetían una y otra vez. Tommy siempre prometía que no volvería a beber, pero no duraba más de medio día hasta que volvía a dar un trago de whisky. Sin embargo, en las últimas semanas su hermano había estado bebiendo más y más y le era indiferente el sufrimiento que generaba a su alrededor. Al principio, Astrid había intentado acercarse a su hermano, ayudarle a salir del agujero en el que estaba cavando su propia tumba, pero Tommy siempre reaccionaba violentamente, achacándole que ella no entendía nada.
—Jamás entenderás lo que es ser algo que no quieres. Odio todo esto: esta familia, el dinero, la clase, la compostura, la maldita editorial y los libros. ¡Ojalá poder quemarlo todo!
—¡Maldita sea, Tommy! ¡No eres el maldito ombligo del universo! ¿Crees que eres el único harto de cumplir con las expectativas impuestas por nuestros padres y esta sociedad? —gritó ella furiosa.
—Tú sólo tienes que casarte, tener hijos y estar guapa, tampoco es que valgas para mucho más —le achacó él con voz envenenada.
Ambos llegaron a las manos y Astrid terminó rompiéndole la nariz, sorprendiendo a un Tommy demasiado borracho para defenderse. Aquello fue un auténtico escándalo en casa de los Hofferson y sus padres prohibieron a la joven Hofferson salir de la casa o recibir visitas durante un mes. Astrid no puso pegas, la satisfacción de haber callado a su hermano había sido demasiado grande como para no disfrutarla. Desde entonces, los hermanos Hofferson no se dirigían la palabra y ninguno había dado el paso para arreglar lo que para ellos era casi irreparable.
La mañana de Nochebuena había comenzado como siempre: siendo un auténtico caos. Su madre subía escaleras arriba y escaleras abajo ladrando órdenes a los criados y, de vez en cuando, lloraba por las esquinas disgustada por el último numerito de su hijo. Ese año, Astrid se había mantenido al margen de los preparativos y se había encerrado en su habitación. Ni ella ni su madre habían enterrado el hacha de guerra. Es más, desde la boda de Rachel Thorston con Richard Jorgerson la relación madre e hija pendía de un hilo muy fino.
La verdad es que todo el mundo se sorprendió cuando los Jorgerson anunciaron la repentina boda entre la extraña pareja, sobre todo Astrid. Sin embargo, Rachel fue honesta con ella:
—¡Ay Astrid! No todas tenemos las expectativas tan altas como tú. Si sabes manejar bien a tu marido y encima cuentas con fortuna, tienes la vida solucionada. Las mujeres como nosotras no podemos aspirar a estar solteras de por vida.
Aquellas palabras perseguían a Astrid como la peste. Sin embargo, los planes de boda no estaban presentes en su mente y, al parecer, tampoco lo estaban en los de su enamorado. Desde su declaración, Hipo y Astrid se habían visto con bastante frecuencia en el último año. Se encontraban en secreto, aunque no sin dificultad, en pequeños locales o en los barrios pobres donde nadie les conocían. No obstante, Astrid cada vez lo tenía más complicado, ya que sin el respaldo de una doncella de confianza era complicado escaquearse de casa sin dar explicaciones. Desde que Heather se había marchado, Astrid ya no contaba con nadie en la que pudiera ampararse y, teniendo en cuenta de que Rachel tenía preocupaciones más importantes que los romances de su amiga, la pequeña de los Hofferson se veía a veces sola ante el mundo.
Sin embargo, Hipo se había convertido en su mayor confidente y en su mejor amigo. Había convencido a sus padres para que pudiera quedarse en Londres durante un tiempo porque, según él, la capital ofrecía más tratamientos y terapias para su pierna que Escocia. A su padre no le hizo la más mínima gracia aquella decisión tan unilateral, pero acabó accediendo tras la intromisión de Valka, quién sospechaba que aquella no era la única razón por la que Hipo deseaba quedarse allí. Probablemente, de adivinar que su hijo estaba cortejando a Astrid Hofferson, le habría alentado a que pidiera su mano mucho antes, más sabiendo que su hijo estaba perdidamente enamorado de la joven Hofferson.
No obstante, ambos jóvenes, de alma demasiado revolucionaria para su tiempo, disfrutaban de aquel romance en secreto. No deseaban que nadie marcara el ritmo que debía llevar su relación. Se conformaban con verse, escribirse y besarse de forma poca decorosa en rincones oscuros y escondidos; aunque, en el fondo, eran conscientes que aquel noviazgo tendría un final muy pronto y debían tomar una decisión. Ninguno había mencionado la palabra "matrimonio" en ninguno de sus encuentros, pero la respuesta por ambas partes era evidente que sí. Hipo sólo tenía que hacerle una declaración formal, pedir permiso al padre de Astrid y organizar la boda. Ambas partes ganarían, Hipo era el candidato perfecto cara a los Hofferson: apuesto, heredero de un título importante que integraría a los Hofferson entre la aristocracia y futuro dueño de uno de los patrimonios más importante de Escocia. Astrid tampoco tardaría en ganarse la aprobación de los Haddock: era hermosa, aparentemente fértil y sobradamente capacitada para llevar una casa. Todas las demás cualidades que gozaban los jóvenes eran irrelevantes para los adultos.
Astrid sospechaba que Hipo le pediría su mano esa Nochebuena. De ser así, calmaría las aguas en su familia y ella abandonaría aquella casa tan pronto el párroco los declara marido y mujer. ¡Quién iba a decirle a Astrid Hofferson que el matrimonio sería la llave hacia su libertad! Ironías del destino, lo llaman. Sin embargo, la joven Hofferson tenía claro que no seguiría la antigua usanza y que ella no era ninguna puritana.
Quería sentirse totalmente libre antes de unirse por siempre con Hipo.
Las probabilidades de que su plan saliera adelante eran muy reducidas. Astrid sabía bien que Henry era agnóstico y no iba a la iglesia a menos que fuera estrictamente necesario, pero Astrid nunca había sacado el valor para sonsacarle sus opiniones respecto al sexo antes del matrimonio. Tal vez Hipo fuese un tradicionalista respecto a ese asunto, pero estaba dispuesta a vencer su vergüenza y proponérselo como una experiencia más antes de unirse por siempre jamás.
Astrid lo había planificado todo al detalle, sólo tenía que esperar a que Hipo diera el primer paso.
Como ya era costumbre, los Hofferson recibieron a los invitados en la puerta. Muchos preguntaron por Tommy, pero sus padres mentían con una sonrisa:
—Se encuentra indispuesto, ha cogido un resfriado del quince y el médico le ha recomendado reposo absoluto.
Saludaron a los Jorgerson —padre, hijo y esposa del último— y Rachel arqueó las cejas ante lo arreglada que se veía Astrid.
—Ni que fueras anunciar tu compromiso hoy —señaló ella con burla cariñosa.
Astrid rió, haciéndose la loca ante su comentario. A continuación, entraron los Haddock y la pequeña de los Hofferson tuvo que contener su alegría al ver a su enamorado quien la observaba de arriba abajo maravillado. Ese año, Astrid se había decantado con un vestido azul con costuras plateadas y había recogido su pelo en un espléndido recogido trenzado y decorado con rosas blancas. Los señores Hofferson y su hija saludaron a los Haddock con una ceremoniosa reverencia y no tardaron en intercambiar los saludos cálidos entre los dos viejos amigos, las preguntas corteses entre las mujeres y un silencio que decía muchas cosas entre los discretos enamorados.
Cuando pasaron al salón de baile, Astrid no tardó en recibir la señal que Hipo y ella habían acordado para estar solos. ¿Su lugar de encuentro? La antesala en la que se conocieron. Como todos los años, sus padres la habían cerrado al público, por lo que estarían a salvo durante un tiempo hasta que alguien los echara de menos. Cada uno entró por su propia cuenta vigilando que nadie les viera y Astrid, la última en entrar, se aseguró de poner el pestillo antes de correr a sus brazos y besarle.
Hipo se vió obligado a romper el beso al darse cuenta de que se estaban entreteniendo demasiado. Astrid gimió frustrada y él rió más nervioso de lo normal. Ella intentó volver a besarle, pero esta vez Hipo sujetó sus manos e intentó mantener la compostura.
—Astrid.
—¿Sí?
—Ha-hay algo q-que tengo q-que pe-pedirte —tartamudeó él.
Astrid sonrió y acarició su mejilla con ternura. Era muy raro verle tan nervioso.
—Pide lo que quieras, el no ya lo tienes —dijo ella con aire juguetón.
Hipo tragó saliva y apretó sus manos con más fuerza. Respiró profundamente un par de veces antes de hablar:
—Esta es nuestra cuarta Nochebuena juntos y este último año ha sido el mejor de mi vida. Tú has sido el color en una vida que estaba predestinada a ser una aburrida escala de grises. Eres inteligente, divertida, preciosa y, esto no se lo digas a Desdentao, mi mejor amiga —ella se mordió el labio, emocionada por sus palabras—. Este noviazgo me ha hecho ver que no todo tiene que ser como los demás dicen que debe ser. Aunque haya sido difícil, estos meses a tu lado me han hecho ver que soy algo más que un heredero tullido…
—Hipo —le regañó ella molesta por aquel ataque hacia sí mismo.
—Perdona, malas costumbres, ya sabes —carraspeó antes de continuar hablando— Sólo quería decirte que a tu lado soy mi mejor versión, Astrid, y quiero… quiero… —Hipo titubeó y Astrid se dio cuenta de que estaba temblando—, quiero seguir siéndolo. Quiero despertarme todos los días a tu lado y pensar: "soy mejor persona gracias a esta mujer… mi mujer".
Astrid contuvo la respiración y pudo sentir las lágrimas caer por sus mejillas cuando Hipo se puso sobre su rodilla buena y abrió una cajita que había sacado de su bolsillo. Dentro había un precioso anillo de oro blanco con detalles florales. Astrid puso su mano sobre su boca para no sollozar demasiado alto.
—Astrid Hofferson, ¿me darías el honor de convertirme en tu esposo?
Astrid no encontró su voz, por lo que se puso a asentir con vehemencia y terminó soltando un sollozante, pero feliz "sí" antes de abrazarlo. Hipo le devolvió el abrazo con fuerza y Astrid saboreó sus lágrimas de felicidad a través de los pequeños besos que fue regalándole por sus pecosas mejillas.
—Te quiero, te quiero… —le susurró ella en su oído.
Hipo terminó besándola, apasionado y cálido como él era siempre con ella. Astrid gimió contra su boca, disfrutando la cercanía de su cuerpo contra el suyo. Cogió su rostro y rompió el beso. Su rostro debía estar teñido de rojo, pero la lujuria y la euforia le daban el valor que necesitaba para pedírselo.
—Hagámoslo.
—¿Hacer el qué, mi amor? —preguntó él confundido.
—¡Ay Hipo! A veces te cuesta tanto ver lo más evidente.
Astrid cogió de su mano y lo puso sobre su pecho. Hipo abrió la boca y después de la cerró. Entonces volvió a abrirla, para después volver a cerrarla. Entonces, las dudas empezaron a invadir la mente de Astrid. ¿Y si decía que no? No pasaba nada, Astrid respetaría su voluntad de esperar hasta la noche de bodas, pero… ¿y si ahora se arrepentía? ¿Quizás no se sentía atraída hacia ella de esa manera? Astrid temió haber metido la pata hasta el fondo y empezó a ponerse nerviosa. Hipo aún la miraba atónito, incapaz de pronunciar respuesta y con su mano aún posada en su pecho.
Avergonzada por haber destrozado su momento perfecto, Astrid se apartó de él y balbuceó:
—Per-perdóname, ha sido una tontería proponerlo.
—¿Tontería? —consiguió decir él.
—Sé que estarás pensando que soy una lujuriosa y una cualquiera, pero realmente quería tener esta primera experiencia contigo porque, ¿qué mejor forma de mostrar nuestro afecto que haciendo el amor? —Astrid sentía que estaba metiendo más y más la pata—. Pero eso no importa, puedo esperar, en serio. No rompas el compromiso por esta petición estúpida, te lo suplico. Yo...
—Astrid —le interrumpió él posando sus dedos en sus labios—. No voy a romper el compromiso por esto. Solo estaba sorprendido por la propuesta, no escandalizado. Jamás en la vida se me habría ocurrido proponértelo por miedo a ofenderte, pero… lo he pensado muchas veces, aunque jamás hubiera pensado que sentías ese tipo de atracción hacia mí.
—¿Cómo no voy a sentirlo? Eres el hombre más guapo y atractivo que conozco.
—¡Exageras!
—¡Henry Haddock, no te atrevas a cuestionar mis gustos! —exclamó ella molesta.
Entonces, Astrid agarró de su mano y se perdió en sus ojos frondosos y verdes, llenos de amor y deseo por ella.
—¿Quieres hacerlo entonces?
—Sí, pero he de decirte que pareces muy segura y yo no tengo ni pajorera idea de lo que hay que hacer salvo de lo poco que he leído.
—Bien —susurró ella contra sus labios—. Así partiremos en igualdad de condiciones.
El plan había sido sencillo.
Hipo le explicó a sus padres que había comenzado a sentir dolores en la pierna amputada y que tal vez necesitaba guardar reposo en un lugar tranquilo. La propia Astrid, que se encontraba junto a sus padres en el momento en el que Lord Estoico Haddock había pedido a los anfitriones un espacio en el que su hijo pudiera descansar, sugirió la salita roja.
—Está apartado del jolgorio de la fiesta y estoy convencida de que Lord Haddock podrá descansar a gusto sin que nadie le moleste.
Sus padres les pareció una idea acertada, habiendo olvidado que la salita roja tenía una puerta que llevaba directamente a la planta superior, donde se encontraban las habitaciones. Astrid se había asegurado de dejarla abierta antes del inicio de la fiesta y le había dado indicaciones a Hipo de cómo llegar a su cuarto.
—Cuando llegues a mi habitación, escóndete en el vestidor y espera a mi señal.
—¿Se puede saber por qué siempre termino metido en un armario? —se quejó él.
Astrid, por su parte, fingió una fuerte migraña. Su padre se creyó la mentira del todo, siempre preocupado por el estado de salud de su hija. Dando un margen de veinte minutos a Hipo, la pequeña de los Hofferson acudió con una mala cara muy bien ensayada a su padre, quien inmediatamente le ordenó que fuera a su cuarto a descansar.
—¿Qué ocurre? —preguntó la señora Hofferson cuando vio a su marido guiar a su hija debilitada hacia la puerta.
—Astrid tiene migraña.
—¿Ahora mismo? —cuestionó su madre arrugando la nariz con sospecha— ¡Qué casualidad!
—Lily…
—Manda a una criada que la acompañe, te necesito en la fiesta —le pidió la señora Hofferson con frialdad.
—Pero Lily…
—Papá, haz lo que mamá te pide —le indicó Astrid con falsa debilidad—. Me las arreglo bien yo sola hasta mi cuarto.
Astrid se despidió con una corta reverencia y subió escaleras arriba apoyada en la barandilla, simulando que le suponía un enorme esfuerzo dado el dolor de cabeza. Cuando sus padres volvieron al baile, Astrid se sujetó la falda de su vestido y subió el resto de las escaleras casi de dos en dos. Llegó al rellano y torció en dirección a su cuarto, sentía su corazón latir tan rápido como el de un colibrí y podía sentir a las mariposas bailando un vals en su estómago. Tenía la mano sobre el picaporte cuando escuchó una voz a sus espaldas:
—¿Ya te vas a dormir, hermanita?
Tommy estaba observándola muy pálido, vestido con su ropa de dormir. Astrid tragó saliva, sus padres habían encerrado a Tommy en su habitación, por lo que debía haber forzado la cerradura. Temerosa de que su hermano estuviera al borde de uno de sus ataques de ira, Astrid se puso en guardia, sin saber muy bien qué debía hacer.
—Estás preciosa, pareces una princesa —señaló él con una amabilidad inusual.
—Tommy, vuelve a la cama —le pidió Astrid intentando mantener su voz firme.
Pero Tommy se acercó más y Astrid intentó caminar hacia atrás para alejarse de él, pero la puerta de su propio cuarto le cerraba el paso. Tommy tocó la falda de su vestido con delicadeza, fascinado por los preciosos tonos añiles de la tela.
—Tommy, por favor —suplicó ella alterada.
Los ojos azules de su hermano, tan parecidos a los de ella, lucían dolidos ante el rechazo de su hermana. Se apartó como si estuviera avergonzado y bajó la vista a sus manos, temblorosas por la abstinencia de alcohol.
—Lo siento —se disculpó él con los ojos llorosos—. No soy más que una molestia que, encima, no deja de decepcionar a todo el mundo. ¿Por qué no basto con lo que soy, As?
—No… no lo sé, Tommy —tartamudeó Astrid confundida—. Supongo que desde que empezaste a beber, a jugar y a rondar prostitutas dejaste de ser suficiente.
—La gente cambia —apuntó él esperanzado.
Astrid se mordió el labio. No quería tener esta conversación ahora, tenía cosas más importantes en las que pensar y no le apetecía ejercer de psicoterapeuta de su hermano.
—Se te han dado más oportunidades de las que mereces, Tommy —dijo Astrid, consciente de que tal vez estaba siendo muy cruel con él, por lo que intentó suavizar el tono—. Vuelve a la cama, Tommy, duerme y mañana hablamos de esto si quieres. Ahora estás demasiado alterado.
—No estoy alterado, As. Solo que…
Tommy titubeó y Astrid se dio cuenta de que estaba sudando. Su pelo rubio estaba totalmente empapado.
—Me siento muy solo, As —confesó él con tristeza.
—Todo estamos solos en este mundo, hermano —replicó ella con impaciencia—. Mentalízate de una vez, madura y deja de hacerte la víctima.
Astrid no era consciente de la crueldad de sus palabras. Ni siquiera se despidió de su hermano, harta de sus constantes cambios de humor, victimismo y consentimiento por parte de su familia. La pequeña de los Hofferson entró en su cuarto y cerró la puerta en las narices de su hermano, poniendo el pestillo para asegurarse de que ni él ni nadie le estropearan esa noche. Su noche y la de Hipo. Tommy tardó en un momento en marcharse, pero finalmente regresó a su cuarto arrastrando los pies y Astrid, por fin, respiró tranquila cuando escuchó la puerta cerrarse al fondo del pasillo.
Astrid golpeó dos veces el tacón de su zapato contra el parqué e Hipo salió del vestidor con cautela. Astrid corrió a su dirección para besarle y él la acogió con gusto. Aún así, aquello no impidió a Hipo preguntar entre beso y beso:
—¿Con quién hablabas?
—Con mi hermano, pero ya se ha ido.
Hipo soltó el enganche de su collar para besarle el cuello sin que nada se interpusiera entre su piel y su boca.
—¿Qué quería? —preguntó él.
—¿Estamos a punto de perder la virginidad y te preocupa mi hermano? —preguntó ella un tanto molesta.
Hipo paró un momento y frunció el ceño.
—Lo siento.
—Menos disculpas y más besar —concluyó ella antes de volver adueñarse de su boca.
Poco a poco fueron quitándose la ropa, aunque no fue fácil la parte de tener que desnudar a Astrid. Hipo se agobió especialmente ante la complejidad que suponía quitarle el corsé y Astrid no podía parar de reírse. Aquello relajó la tensión del ambiente y Astrid encontró el valor para desatar su corbata y desabotonar su camisa. Observó su pecho desnudo fascinada por el vello cobrizo que lo cubría, la tensión de sus músculos y la visión de sus costillas marcadas. Sonrió y se quitó la fina camisa de lino que cubría sus pechos.
Hipo acunó sus senos en sus manos con suma delicadeza, como si tuviera miedo a hacerla daño; pero al sentir el cálido tacto de su amante, Astrid arqueó la espalda con un gemido, alentándole a que continuara. Hipo la empujó con suavidad contra la cama y se puso a cuatro patas sobre ella. Volvió a besarla en la boca mientras quitaba las flores de su pelo ansioso. Astrid rió contra su boca y él gruñó frustrado.
—Eres un impaciente —se burló ella.
—No, es que te arreglas demasiado y uno no puede centrarse teniendo que retirar tantas cosas—se quejó él antes de lamer la curva de su mandíbula.
Mientras Astrid se quitaba el resto de las flores y las horquillas de su recogido, Hipo bajó su boca hacia sus pechos e, inesperadamente para la joven, metió un pezón en su boca. Astrid soltó un gritito e Hipo se apartó al instante, preocupado de haber cometido un error.
—¡No pares! ¡Vuelve a lo que estabas haciendo!
Astrid no le quitó ojo de encima cuando volvió a sorber su pezón mientras que masajeaba su otro pecho con la mano, acariciando el pezón con el dedo pulgar. Astrid gemía sonoramente en aquella maravillosa nube, no podía imaginarse nada mejor que aquello hasta que él comenzó a bajar su mano libre por su vientre hasta el dobladillo de sus pololos. Sin embargo, por muy desesperada que estuviera, Hipo no terminaba de meter la mano. Liberó su pezón, ahora increíblemente erecto y, un tanto avergonzado, pidió:
—Explícame.
—¿El qué? —preguntó ella sin entender.
—Cómo he de darte placer.
Astrid ahogó un gemido en su garganta y se mordió los labios un tanto nerviosa. No esperaba que le fuera a preguntar algo como aquello, pero Hipo parecía realmente decidido a hacer las cosas bien. Astrid cogió el dobladillo de sus pololos con los pulgares y se los quitó, quedándose completamente desnuda ante él. La piel pálida y cremosa de Astrid había adquirido un matiz rosado dada la vergüenza, pero Hipo no podía apartar la vista de su cuerpo. La joven Hofferson se incorporó hasta quedarse de rodillas e indicó a Hipo que hiciera lo mismo. Aún con el pantalón puesto, Astrid podía sentir su excitación contra su estómago, pero procuró concentrarse en coger su mano y guiarla hasta los labios ocultos entre sus piernas.
—¿L-lo sientes? —tartamudeó ella al sentir sus dedos contra su piel extra sensible.
—Está húmedo —murmuró él mientras tanteaba sus labios externos'.
—Es por ti —gimió ella contra su oído y guió su mano hasta la pequeña perla que estaba empezando a hincharse—. Ahí, tienes que tocar ahí. Con suavidad, por favor, es muy sensible.
Hipo procuró seguir sus indicaciones y Astrid tuvo que sostenerse contra él para no perder el equilibrio. Ciega por el éxtasis, Astrid actuó por instinto y soltó su pantalón para liberar su miembro. La joven gimió al sentir la piel ardiente y palpitante contra la palma de su mano e Hipo se detuvo, con la respiración claramente agitada.
—Enséñame —casi le suplicó ella.
Hipo gimió contra su oído cuando hizo que Astrid sujetara su pene. Astrid, siempre intuitiva y espabilada, captó la dinámica enseguida e Hipo no tardó en retomarlo donde lo había dejado. Ambos suspiraban sonoramente y habían comenzado a sudar. Hipo terminó de soltar su pelo y la larga cabellera rubia de Astrid cayó como un manto de oro por su espalda.
La empujó suavemente contra el colchón y Astrid le soltó cuando metió un dedo dentro de ella. Hipo volvió a besarla en los labios a la vez que probó a meter un segundo dedo. La boca y las cuerdas vocales de Astrid vibraron. Hipo, como buen autodidacta, observó sus reacciones hasta que dio con la tecla correcta. La joven no podía controlar el movimiento de sus caderas contra su mano y cerró sus ojos con fuerza a la vez que luchaba por respirar, pues cada vez le era más y más difícil hacerlo.
—Hi...
Pero antes de que pudiera decir nada, soltó un pequeño chillido que Hipo tuvo que acallar con su boca. Astrid se abrazó a él con fuerza mientras sentía una oleada de placer sacudir todo su cuerpo. Cuando dejó de temblar se dejó caer en la cama, con una sonrisa satisfecha en sus labios.
—¿Ha estado bien? —preguntó Hipo con absurda timidez.
—No, Hipo, parece ser que no tenía pinta de estar disfrutando —dijo ella simulando molestia.
—El sarcasmo no es lo tuyo, milady.
Astrid acarició su bella cara antes de volverle a besar, quién la correspondió con gusto.
—Hipo, te necesito… —susurró Astrid apartando el pelo de su cara.
—¿Es-estás segura? —preguntó él un tanto nervioso.
—Creo que no lo he estado más en mi vida.
Sin embargo, Hipo no parecía tan convencido, pues no se movió. Astrid, preocupada de que tal vez estuviera forzándole a hacer algo que realmente no quería hacer, acunó su rostro entre sus manos.
—¿Qué ocurre?
—Tengo miedo de hacerte daño.
Astrid sonrió con ternura.
—Solo al principio y sé que serás cuidadoso, como siempre lo has sido —señaló ella.
Hipo asintió con la cabeza, pero siguió sin moverse, por lo que Astrid se lo preguntó:
—¿Quieres que lo dejemos aquí?
Hipo negó con la cabeza, pero Astrid no se conformó con eso.
—Quiero oírlo, Hipo.
—¿El qué?
—Dime que me necesitas tanto como yo te necesito a ti.
Hipo la observó con atención, intentando buscar una respuesta coherente a su reclamo. Era muy difícil concentrarse cuando todo su cuerpo parecía más centrado en las zona sur de su cuerpo.
—Astrid Hofferson… Quiero hacer esto contigo… Te… te necesito.
Astrid sonrió y volvió a besarle antes de ayudarle a quitarse el pantalón. Sin embargo, la prótesis de Hipo dificultó el proceso. Avergonzado por la situación, Hipo hizo un amago de apartarse para que ella no tuviera que verlo, pero Astrid le detuvo.
—¿Puedo hacerlo yo?
—¿Estás segura? No es una visión agradable —le advirtió él azorado.
—Nada que tenga que ver contigo puede resultarme desagradable.
Astrid levantó la pata de su pantalón hasta donde se encontraban madera y piel. Con cuidado y afecto, Astrid soltó la prótesis y pudo ver la cicatriz de la amputación. Dejándose llevar por sus instintos, Astrid la besó y escuchó como Hipo tragaba un sollozo, abrumado por la aceptación de su amada. Cuando Astrid dejó la prótesis junto a la cama, Hipo se quitó por fin los pantalones y se puso a cuatro patas sobre ella. Astrid abrió sus piernas para que él se acomodara entre ellas. Aún nervioso, Hipo la miró esperando una última aprobación y ella asintió con la cabeza sin poder evitar sentir cierta inquietud en su estómago.
Las manos de Astrid se tensaron en sus brazos cuando comenzó a penetrarla lentamente. Se mordió el labio, pero no dio señales para que se detuviera. Hipo continuó adentrándose en ella poco a poco, procurando que ella se adaptara con mayor facilidad en medida de lo posible. Astrid sintió de repente como rompía la barrera de su virginidad y siseó de dolor.
—¿Estás bien? —preguntó Hipo ansioso.
—Sí, dame… solo un momento —pidió ella incómoda.
Esperó unos segundos que parecieron eternos y entonces ella dijo con voz simuladamente firme:
—Sigue.
Hipo empezó a entrar y salir de ella con lentitud, pero Astrid se removió sin estar del todo a gusto con el ritmo que llevaba.
—¿Puedes… puedes ir un poco más rápido?
Hipo parecía extrañado por su petición, pero cuando Astrid hizo un movimiento de cadera contra él, no dudó en cumplir con sus deseos. Un tanto torpes al principio, consiguieron coordinarse a una mayor velocidad y entonces ambos empezaron a disfrutar de la deliciosa imagen de estar unidos en carne por fin. Astrid se abrazó a él, borracha de Hipo y las sensaciones tan inhibidas y prohibidas que había despertado en ella. Se besaron con desesperación, abrumados y necesitados de más y más del uno y de la otra.
La cama de Astrid crujía con más fuerza a medida que iban aumentado el movimiento de sus cuerpos. Se perdieron entre los besos, los gemidos y los suspiros ahogados y cuando Hipo parecía estar cerca, la sorprendió metiendo la mano entre sus cuerpos para acariciar su perla hinchada. Se vio obligado a callar sus chillidos metiendo la lengua en su boca y Astrid clavó sus uñas en su espalda cuando el orgasmo casi la noquea. Afortunadamente, no se desmayó, pues se habría perdido la preciosa visión de su amado corriéndose dentro de ella con un agitado gemido que salió de su pecho y su bello rostro desencajado por el placer. Astrid sintió el calor dentro de su útero mientras que Hipo bajaba el ritmo de sus estocadas hasta parar del todo y caer sobre la cama de Astrid.
Ambos se quedaron mirando al techo de la habitación, luchando por recuperar el aire, y abrumados por la experiencia que acababan de vivir. Finalmente, Astrid se tumbó de lado y se pegó a su cuerpo.
—Gracias —dijo ella en bajito con afecto.
Él no hizo otra cosa que abrazarla, pues no tenía realmente palabras suficientes para explicar lo que sentía en ese momento. No es que lo necesitara, Hipo era como un libro abierto para ella, pues sabía leer cada uno de sus gestos, miradas y expresiones. Terminaron metiéndose a la cama cuando comenzaron a quedarse fríos y Astrid se acomodó sobre su pecho.
—¿Has pensado en cómo vamos anunciárselo a nuestros padres? —preguntó Astrid acariciando los vellos de su pecho con la punta de los dedos.
—Supongo que lo primero que debo hacer es comunicárselo a mis padres, tengo pensado decírselo mañana durante el desayuno —respondió él acomodando su brazo tras la cabeza a la vez que apretaba más el cuerpo desnudo de Astrid contra el suyo—. Una vez que lo aprueben, me acercaré aquí para pedirle tu mano a tu padre.
—La hora del té es buen momento para hacerlo —apuntó ella con una sonrisa—. ¿Tienes un discurso preparado?
—Supongo que sí, se resume básicamente en enumerar todas las cualidades que te hacen perfecta para ser mi esposa, así que me temo que estaremos un buen rato hablando de eso —comentó él sonriente—. Y para la hora de la cena, tú y yo estaremos oficialmente comprometidos.
—¿No te suena extraño? Comprometidos —repitió ella fascinada—. No sé si llegaré acostumbrarme nunca.
—Astrid, para cuando te acostumbres ya estaremos casados —dijo él besando la coronilla de su cabeza.
Astrid se incorporó un poco y observó su hermoso rostro.
—¿A dónde iremos de luna de miel? —preguntó ella con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿París?
—Todas las damas de alta alcurnia van a París de luna de miel —señaló ella con aburrimiento.
—¿Y por qué no hacemos una ruta por toda Europa? —sugirió él—. París para contentar a nuestros padres, Venecia, Roma…
—Viena, Budapest, Atenas… —continuó ella con aire aventurero.
—Constantinopla —dijo él con una enorme sonrisa.
—Constantinopla —repitió ella fascinada por la idea—. Eso está muy lejos, increíblemente lejos.
—Y algún día iremos a las Indias.
—¿Hasta allí me llevarías? —preguntó ella conmovida.
—Astrid, si tú me lo pides, te llevo hasta la luna si hace falta.
Ambos rieron, emocionados ante la aventura que les esperaba como marido y mujer.
—Esta es la mejor Nochebuena de mi vida —dijo Astrid abrazándose a él.
—Hasta que te conocí, no creía en los milagros de la Navidad, pero tú, Astrid Hofferson eres sin lugar a duda el mejor milagro que ha podido sucederme —declaró él emocionado.
Astrid sintió las lágrimas de alegría apelotonadas en sus ojos e intentó ocultarlas dándole delicados besos en sus mejillas pecosas.
—Tal vez debamos mandarle una cesta de fruta al señor Dickens, al fin y al cabo es por él por lo que estamos aquí hoy —comentó Astrid.
—Con todas las emociones que hemos vivido hoy, se me ha olvidado por completo preguntarte si te has leído el relato de este año —dijo él jugando con los mechones de su cabello.
—Lo creas o no, este año he conseguido leer su cuento justo en la fecha que salió su libro.
Ambos comentaron con entusiasmo el cuento de La Batalla de la Vida de Dickens. Aunque no tardaron en volver hacer el amor y en perderse en la pasión que sentían el uno por la otra. Finalmente, poco antes de que dieran las doce, Hipo se vio obligado a salir de la cama para vestirse y volver a la salita roja. Astrid se puso el camisón y le ayudó a ponerse la prótesis. Después se encargó de peinar su pelo indomable y le arregló la corbata.
Antes de que Hipo saliera de su cuarto, Astrid recordó que todavía no le había dado su regalo de Navidad. Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un paquete envuelto torpemente, aunque Hipo estaba tan abrumado por el detalle que no le dio la más mínima importancia.
—Yo… yo no te he comprado nada —se disculpó avergonzado.
—Hipo, me has dado el mejor regalo de Navidad del mundo —dijo Astrid con ternura—. Además, esto no lo he comprado.
Hipo abrió el envoltorio y se encontró con un bonito cuaderno con tapas de cuero verdes y detalles dorados. Lo abrió para encontrarse todas las páginas llenas de la caligrafía de Astrid.
—Es… es…
—Es una colección de cuentos que he escrito yo misma —explicó ella con timidez—. Eres la única persona a la que me atrevo mostrar mis relatos, por lo que pensé que quizás te gustaría tener una copia casera de mis cuentos. Algunos ya los conoces, pero otros muchos son nuevos. ¡Hay incluso un relato de Navidad! Y…
Hipo la abrazó con fuerza antes de que pudiera continuar. Astrid aspiró su aroma de pino y menta y saboreó aquel momento como si fuera el último. Hipo le agradeció el regalo de todo corazón y la besó antes de salir de su cuarto, no sin antes decir:
—Feliz Navidad, amor mío.
A lo que ella respondió.
—Feliz Navidad, mi amor.
La noche hubiera podido terminar ahí. La vida de Astrid iba a cambiar por completo al día siguiente, tan pronto sus padres aprobaran su enlace con él. Se metió en la cama, que todavía olía a él y sonrió como la tonta enamorada que era. No podía esperar a que empezara aquel nuevo capítulo en su vida.
Astrid se durmió sintiéndose como en una nube.
Una nube que duró poco más de unas horas, ya que un grito desgarrador la despertó.
Confundida y desorientada por la hora intempestiva —las tres de la madrugada—, la joven Hofferson cogió su bata y salió de su cuarto apurada por saber qué demonios estaba pasando. La fiesta debía haber acabado recientemente, ya que el batallón de criados que se encontraban en el pasillo estaban todavía vestidos con el uniforme. Astrid se abrió paso entre ellos, sumamente confundida por el revuelo. Su tío Finn estaba junto a la puerta de la habitación de su hermano, muy pálido, como si estuviera en shock, y no reaccionó a la voz de su sobrina cuando esta le preguntó qué había ocurrido. Escuchó los gemidos lastimeros de su madre al otro lado del pasillo y, sin comprender todavía qué había pasado, Astrid entró en la habitación de su hermano.
Pese a que los criados intentaron detenerla, pese a la leve iluminación de aquel cuarto oscuro, pese a la peste a alcohol y a muerte, a Astrid no se le olvidaría nunca las cuencas vacías de su hermano que le preguntaban:
—¿Por qué no estuviste ahí cuando te necesitaba más, Astrid?
Ni aún cuando vino la policía a descolgar el cuerpo de su hermano y el médico para certificar la muerte de Thomas Hofferson Hijo, consiguió que Astrid despertará del estado de inconsciencia que había caído al darse cuenta de que su vida, efectivamente, había cambiado para siempre.
Solo que a peor.
Xx.
Decidir lo que ha pasado en este capítulo fue demoledor, no os voy a engañar. Este acontecimiento no estaba en plan original, es más, ni la muerte de Tommy ni el encuentro sexual de Hipo y Astrid ocurrían en un principio. Cuando decidí matar a Tommy, al principio iba a ser en una rencilla a causa de una deuda, pero luego vi más lógico que decidiera quitarse la vida. Aunque no he podido realmente enfocar en este personaje tanto como me gustaría, lo veo como una persona deprimida y cansada de tener que ser algo que no quiere ser. Si su muerte os ha ofendido de alguna forma, pido disculpas, pero no podemos negar que hay gente que se quita la vida y los efectos que producen en los senos familiares son terribles.
Espero que os haya gustado el smut, aunque sea muy ligero y torpe, pues es el primero que publico y quería que fuese sencillo, pues no deja de ser su primera vez. Preguntaréis si es canónico los deseos de Astrid de mantener sexo con Hipo, pero investigando sobre el tema descubrí que durante la época victoriana era bastante común este tipo de situaciones. El sexo era un tema tabú, pero resulta que la mayoría de los británicos eran unos hipócritas y les encantaba mantener sexo desenfrenado. Así que bueno, sabed que esto, técnicamente, podía pasar.
No me enrollo más. Una vez más, muchísimas gracias por vuestros reviews. Espero que os esté gustando la evolución de este fic.
Pasad un día bonito.
Y Feliz Navidad.
