Trigger warning con este capítulo porque contiene material sensible que puede dañar vuestra sensibilidad.
Nos leemos abajo.
Quedan dos días para Navidad.
Efford House (Condado de Cumbria), 24 de diciembre de 1847.
La casa de veraneo de los Hofferson siempre había sido fría.
Los veranos eran sumamente agradables, dado que el frescor de la casa protegía a sus integrantes de las terribles olas de calor. Pero en invierno, aquella casa era un auténtico infierno helado, hasta tal punto que había necesidad de contratar a una persona para asegurarse de que todas las chimeneas estuvieran en pleno funcionamiento.
A Astrid siempre le había gustado Efford House y, aunque la casa era pequeña —para ser una mansión localizada en el Distrito de los Lagos— y estaba llena de goteras, tanto ella como sus padres amaban aquel lugar tan tranquilo con paisajes que cortaban la respiración. Sin embargo, aquel primer año que pasaron las navidades en Efford House sufrieron la peor ola de frío que se recordaba en décadas y habían caído unas nevadas que dificultaban los largos paseos matutinos de la joven Hofferson.
Desde que habían llegado a Efford House el pasado octubre, Astrid había adquirido la costumbre de levantarse temprano y desayunar sola. Cada día cogía una ruta distinta y volvía a casa con las botas y la falda llenas de barro. Su madre nunca decía nada sobre su aspecto ahora siempre desaliñado. En realidad, la señora Hofferson había dejado de decir muchas cosas. A diferencia de la casa de Londres, donde siempre reinaba el bullicio de la calle y el ruido de los criados yendo de un lugar a otro, Efford House era silencioso y tranquilo. Tal vez demasiado. Lo poco que se hablaba se hacía en susurros y Astrid había podido jurar que ya no recordaba cómo sonaba una risa.
La mañana de la Nochebuena de 1847, Astrid Hofferson se había despertado a la hora de siempre, cuando todavía ni siquiera había salido el sol. Se puso el mismo vestido del día anterior y una gabardina que había pertenecido a su padre cuando era joven. Entró en el comedor, donde le esperaba un café humeante, unos scones recién hechos y un bol lleno de fruta. Astrid se sirvió un café y cogió una manzana que guardó en el bolsillo de la chaqueta. No tocó los scones que la muy madrugadora señora Williams, el ama de llaves, insistía en servir con la esperanza de que la pequeña Hofferson probara bocado. Pero Astrid ya no comía casi nunca y había perdido tanto peso que se estaba quedando esquelética, hasta el punto que todos los vestidos le quedaban grandes. La señora Williams sufría en silencio y rezaba porque el señor y la señora Hofferson, ahogados en un bucle de dolor por el suicidio de su primogénito, se dieran cuenta de que su hija se estaba matando poco a poco también.
Pero los padres de Astrid no podían soportar pensar que Tommy ya no estaba.
El suicidio de su hijo había sido tan traumático como inesperado. Nadie parecía comprender por qué Thomas Hofferson Hijo se había quitado la vida teniendo una familia que le quería y un negocio rico que heredar. Tommy tenía lo que cualquier hombre podía soñar y sus padres no comprendían en qué habían fallado para que su hijo tomara una decisión tan drástica. Thomas Hofferson Padre estaba convencido de que había sido culpa suya, de que tal vez le hubiera presionado demasiado, mientras que Lilian Hofferson estaba segura de que había fallado como madre al no haberse esforzado lo suficiente para apartarle de sus vicios a tiempo.
Aquellos pobres padres habían estado tan centrados en su propio dolor que ninguno se paró en pensar en el dolor de la que era ahora su única hija.
Es más, a medida que pasaban los meses, más gruesa era la coraza que Astrid había construído a su alrededor. El sentimiento de culpa había sido insoportable los días siguientes al suicidio de Tommy, hasta tal punto que parecía haberse vuelto loca. Tenía ataques de ansiedad día sí y día también y el médico terminó recéntadole láudano para que pudiera conciliar el sueño. Sin embargo, la actitud de la joven Hofferson cambió radicalmente pasados dos meses del suicidio de Tommy.
Para entonces, Astrid ya había roto el compromiso con Hipo y había cortado toda comunicación con él. No podía soportar la simple idea de verle. El solo pensar que ambos estaban haciendo el amor mientras su hermano se colgaba le daba ganas de vomitar. Seguía estando perdidamente enamorada de él, pero su enlace estaba manchado por la culpa y la muerte y Astrid no veía posibilidades de encontrar la felicidad nunca con él. Es más, estaba segura que sólo conseguiría la infelicidad para él y para toda su familia.
Hipo había intentado llegar a ella de todas las formas posibles. Le mandaba tres cartas al día e incluso se había presentado varias veces en su casa. Pero Astrid se había cerrado en banda y se aisló por completo del mundo. ¿Qué había peor que ser la causante del suicidio de su hermano? Nada, o eso pensaba ella.
Hasta que ocurrió.
Era marzo y Astrid se estaba quitando el camisón para darse un baño cuando reparó en la sangre que caía por sus muslos. Hasta ese momento, Astrid no se había dado cuenta de que hacía meses que no sangraba y estaba convencida de que había sido probablemente a causa del estrés. Sin embargo, cuando empezó a sentir el dolor agudo en su bajo vientre estaba convencida de que aquello no era la menstruación.
Astrid no recordó sentir nunca un dolor como aquel, pero cuando la sangre empezó a manar de entre sus piernas creyó comprender lo que estaba pasando. Se puso a llorar histéricamente y no tardó en escuchar a la señora Williams aporrear la puerta, pero a Astrid sentía demasiados dolores como para poder decir algo coherente, por lo que el ama de llaves entró en el baño sin permiso.
Tuvieron la suerte de que ninguno de los Hofferson estuviera en casa ya que la bañera y las baldosas de marfil estaban cubiertas de sangre y líquido amniótico. Astrid sintió que el mundo de su alrededor se desmoronaba cuando vio a la pequeña criatura muerta, no más grande que medio plátano, y se desmayó tras ver que ya tenía sus deditos desarrollados.
Había sido un niño.
El que hubiera sido el futuro heredero del condado de Drumnadrochit había muerto antes de que su propia madre hubiera sido siquiera consciente de su existencia. El dolor por la muerte de su hermano y el láudano no le había hecho ver los síntomas: el no haber sangrado desde diciembre, el leve hinchazón de su vientre, sus constantes mareos y vómitos…
La señora Williams consiguió encontrar una matrona que cobraba bien por su silencio y llamó a la última persona que Astrid esperaba volver a encontrarse. Heather acudió de inmediato a casa de los Hofferson tan pronto recibió la breve nota de la señora Williams. El ama de llaves prohibió la entrada de los criados al piso superior y limpió el baño con esmero, mientras que Heather sujetaba con fuerza la mano de una Astrid inconsciente y delirante durante la intervención de la matrona.
La matrona no supo explicar el motivo del aborto, pero la señora Williams estaba convencida de que se debía al abuso del láudano y a la falta de alimentación de la pequeña de los Hofferson. Cuando los Hofferson volvieron a casa, Astrid ya estaba vestida con un camisón limpio y todavía no había salido de su estado de inconsciencia. La señora Williams le aseguró que la señorita Hofferson había amanecido con fiebre y que necesitaba reposo absoluto. Cuando sus padres la visitaron ambos rompieron a llorar, preocupados de que pudieran perder a su otra hija también. Nadie preguntó por qué Heather estaba allí, aunque la señora Williams apuntó que había venido de visita y se había ofrecido a cuidar a Astrid hasta que se recuperara del todo.
Astrid se despertó en medio de la noche y pensó que todo había sido un mal sueño, pero cuando sintió las molestias en su bajo vientre se dio cuenta que su pesadilla había sido más que real. Heather la sujetó tan pronto vio que Astrid intentaba salir de la cama.
—Señorita, no se mueva, tiene que guardar cama hasta que se recupere.
—¿Dónde está? —preguntó ella con voz de hilo y los ojos cubiertos de lágrimas.
—La señora Williams se ha encargado que recibiera un entierro digno. Ahora descansa en Brompton con otros muchos que tampoco llegaron a conocer el mundo.
Astrid rompió a llorar en sus brazos hasta que volvió a caer dormida. Estuvo una semana en cama hasta que consiguió recuperarse por completo. Pero Astrid dejó de ser Astrid para siempre. Apenas hablaba, apenas comía y apenas mostraba ilusión por nada. Rachel se lo había dicho en una de sus visitas, ignorante de lo acontecido a su amiga, tras anunciarle que estaba embarazada y ante el poco entusiasmo de la joven Hofferson por la noticia le achacó:
—Estás muerta en vida, Astrid.
Y era verdad. La pérdida de su hijo había sido el castigo que se merecía por haber causado el suicidio de su hermano. Si alguna vez se había planteado volver a contactar con Hipo, ahora era impensable. ¿Cómo podía mirarle a los ojos cuando ella misma había asesinado a su hijo? Astrid no se lo perdonaría nunca y era una carga que solo ella debía llevar.
Tanto la señora Williams como Heather juraron no contar nada a nadie y no se atrevieron a preguntar por la identidad del padre, aunque Heather estaba casi convencida de que era Henry Haddock. Astrid las compensó con un cheque con una cuantiosa cantidad de dinero a cada una. Ambas quisieron rechazarlo, pero Astrid fue clara:
—Sé que habéis asumido todos los gastos de la matrona y el funeral. Si no cogéis esos cheques los tiraré al fuego.
Antes de que Heather se marchara definitivamente de la casa de los Hofferson, Astrid se disculpó por lo acontecido entre ellas. Pero Heather le quitó importancia anunciándole que que se había casado al poco de marcharse de casa.
—Él es amable y cariñoso —dijo ella con una sonrisa triste—. Fui a buscar a Justin, pero descubrí que estaba comprometido con la hija de un Lord. Me puse a trabajar en una sastrería y fue allí donde conocí a Archie. No tardó mucho en pedirme matrimonio y, aunque vivamos con lo justo, somos felices.
—Sabes que siempre encontrarás trabajo aquí —le aseguró Astrid.
—Gracias señorita, pero me gusta mi trabajo y creo que lo mejor que he podido hacer por mí ha sido pasar página —insistió ella—. Usted debería hacer lo mismo.
Y Astrid hizo lo que mejor pudo. Desde el suicidio de Tommy, la editorial estaba pasando por un mal momento. Su padre, quién había tenido siempre un olfato exquisito para seleccionar futuros best-sellers, había abandonado su labor y se pasaba el día con la mirada perdida en su despacho, y su tío, desesperado por sacar el negocio adelante, era el único que parecía llevar las riendas del lugar. Astrid se presentó una mañana en su despacho y fue clara en su petición:
—Quiero implicarme en esta empresa. Me da igual lo que queráis que haga, soy rápida leyendo, puedo editar textos, seleccionar obras… Lo que necesitéis.
Su tío parecía atónito por la inusual petición de su sobrina y frunció el ceño.
—Astrid, sabes que no puedes.
—¿Por qué? ¿Porque soy una mujer? —preguntó ella a la defensiva.
—Exacto, no dudo en ningún momento que tengas capacidad, creo que tienes de sobra. Pero esta editorial ya está manchada por el suicidio de tu hermano como para que metamos ahora a una mujer en el equipo directivo. Sería un escándalo y la empresa no está para aguantar más palos. Haz lo que debes: cásate y ten hijos que puedan heredar este negocio.
Astrid se levantó tan violentamente que volcó la silla, asustando a su tío. Finn Hofferson jamás pensó que vería tanta frialdad en los ojos de lo que en su día había sido la muchacha más risueña y alegre que había conocido nunca.
—Estoy harta de vuestras tonterías y de vuestras exigencias. Si pretendéis hacer conmigo lo que hicistéis con Tommy estáis muy equivocados. Ni voy a casarme ni voy a tener hijos nunca. No soy un maldito florero, tío, y si ni siquiera tú quieres aceptarlo entonces pierdo el tiempo aquí.
Astrid se marchó de su despacho antes de que su tío pudiera replicar. Desde aquel encuentro, la que entonces había sido una cálida y cariñosa relación entre tío y sobrina había desaparecido por completo. Astrid no le dirigía la palabra a menos que fuera estrictamente necesario y Finn, sin realmente saber cómo debía actuar por temor a que se aconteciera una desgracia similar a la de Tommy, dejó de frecuentar la casa familiar de los Hofferson. Sin embargo, Astrid terminó saliéndose con la suya y se implicó en la empresa a su forma. Robaba los manuscritos que acumulaban polvo sobre la mesa del despacho de su padre, los leía y los editaba. Después, imitando la mala caligrafía de su padre, los mandaba a la editorial para confirmar si los manuscritos pasaban su filtro o no. Revisaba uno al mes como mucho, por lo que no se levantaron sospechas.
El veinticuatro de diciembre de 1847, tras su paseo matutino en el que había terminado con los pies congelados y un inicio de resfriado, Astrid terminó de leer junto al fuego de su cuarto un manuscrito que la había tenido absorbida durante la última semana. La obra, titulada Jane Eyre, lo había escrito un tal Currer Bell de Yorkshire, aunque Astrid estaba convencida de que aquella novela había sido escrita por una mujer. La novela era escandalosa, atrevida y fantástica y Astrid no dudaba que aquella sería la obra que volvería a poner a la editorial en la cúspide.
Alguien tocó a la puerta y la joven Hofferson escondió el manuscrito debajo de los almohadones en los que se encontraba sentada. Su madre entró con cautela y arrastrando los pies.
—Me preguntaba si querrías bajar al salón a tomar el té conmigo. Tu padre ha bajado al pueblo a buscar a tu tío y no ha vuelto todavía.
—No tengo hambre, mamá —replicó Astrid con voz cansada.
—Nunca tienes hambre, hija, pero el té no te hará ningún mal —insistió su madre—. Por favor, no quiero estar sola. Hoy no.
La cara rota de su madre la convenció y bajó al comedor con su madre agarrada de su brazo. La señora Williams había preparado una pequeña mesa junto al ventanal del salón con té, pastas y el periódico de aquel día recién planchado. Ambas se sentaron y se sirvieron el té en silencio. La sala estaba fría y no había árbol de Navidad. La señora Hofferson, que en su día había sido la mayor amante de la Navidad de toda Londres, no quería ni oír hablar de las fiestas. Aquella había sido una de las razones por las que habían abandonado la capital, esa y por no soportar las habladurías y las malas lenguas de la gente.
Tomaron el té en silencio mientras la señora Hofferson leía el periódico. Astrid estaba sumergida en sus pensamientos cuando una expresión de sorpresa la trajo de nuevo a la realidad.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Astrid extrañada.
—Nada, es que no esperaba leer esto —su madre dobló el periódico y señaló un recuadro para que lo leyera su hija—. Justo aquí.
Astrid cogió el periódico y leyó curiosa:
"Lord Estoico Haddock, conde de Drumnadrochit anuncia complaciente el compromiso entre su hijo, Lord Henry Haddock de Drumnadrochit con Lady Cassandra McCullens de Ashington, hija de Nicholas de McCullens, Barón de Ashington, el próximo veinte de enero. El feliz acontecimiento tendrá lugar en…"
Astrid no pudo continuar, pero tuvo que esforzar en esconder su angustia ante su madre, quien estaba sumida en su monólogo.
—Habrá que mandar felicitaciones a los Haddock, al fin y al cabo Lord Haddock es buen amigo de tu padre. Aunque no entiendo como no hemos recibido una invitación a la boda. No es que me apetezca ir, pero qué menos que mostrar un poco de cortesía por unos viejos amigos.
Astrid podía imaginarse por qué no habían sido invitados. Era casi seguro que Hipo hubiera anunciado a sus padres sobre su compromiso antes de enterarse del suicidio de Tommy. Probablemente, a los Haddock no les había hecho la más mínima gracia de que Astrid hubiera roto tan abruptamente el compromiso, rompiendo el corazón de forma tan cruenta a su hijo. Afortunadamente, habían sido lo bastante discretos como para no decirles nada a sus padres, quienes jamás habían conocido la naturaleza de la relación entre Hipo y Astrid.
—Se supone que Henry era amigo tuyo, ¿no? —preguntó su madre de repente.
A Astrid le sorprendió la pregunta y tardó en responder más de lo debido.
—¿A qué te refieres con que era amigo mío?
—Siempre habéis congeniado bien —respondió su madre—. No te mentiré, tu padre y Lord Estoico llegaron a pensar que un matrimonio entre vosotros hubiera funcionado. Pero con todo lo de…
Su madre calló de repente y rompió a llorar al recordar a su hijo perdido. Astrid la abrazó para consolarla, como hacía casi todos los días cada vez que el fantasma de Tommy aparecía en sus breves conversaciones. Cuando su padre y su tío aparecieron, Astrid se excusó en que se sentía muy cansada y que ya comería más tarde. Nadie quiso contradecirla, su aspecto daba la impresión de que realmente estaba agotada y nadie reparó de que Astrid se había llevado el periódico consigo a su habitación.
La joven Hofferson acarició el nombre de Henry Haddock con inmenso cariño. Parecía que Hipo había decidido pasar página y seguir adelante con su vida casado, seguramente, con alguien que le merecía mucho más. Se preguntó, como todos los días, qué estaría haciendo en ese momento. Si estaría montando a Desdentao por los bellos páramos de las Tierras Altas, si estaría leyendo alguna buena novela o si pensaría alguna vez en ella.
Astrid había sido terriblemente egoísta. Hasta varios meses después del aborto, Astrid jamás se había detenido en pensar sobre los sentimientos de Hipo hacia ella. Realmente había sido cruel con él, apartándole de su vida como si nunca hubiera valido nada cuando, en realidad, Hipo lo había sido todo para ella. En pocos días, Astrid había destrozado su sueño común y no había querido siquiera verle, dejando claro de que no quería saber nada de un matrimonio con él. Astrid era consciente que se había adueñado de su corazón, lo había arrancado y pulverizado entre sus manos. Ahora estaba convencida de que jamás se ganaría su perdón, aunque nunca se lo reclamaría, puesto que no era merecedora de él.
Sin embargo, Hipo también se había llevado su corazón y sólo él sería su único dueño. Astrid lo tenía muy claro: si no podía casarse con el hombre que amaba, jamás lo haría con nadie. Por esa misma razón, Astrid debía sacarse las castañas del fuego por sí misma.
Astrid tiró el periódico al fuego y se quedó dormida junto a la chimenea. La señora Williams la despertó con una bandeja con comida en mano y la forzó a comer. Astrid, consciente de que la mujer solo quería lo mejor para ella, accedió a regañadientes y, para su sorpresa, comió con un apetito que no recordaba tener en mucho tiempo. Pasó el resto de la tarde leyendo, aunque para su suerte el señor Dickens no había publicado ningún relato navideño ese año —probablemente no le habría parecido apropiado presentar un relato navideño a su editor cuando el hijo de éste se había suicidado en Navidad—, por lo que se ahorraría la agonía de tener a Hipo en su mente más de lo habitual.
Cuando se acercó la hora de la cena, Astrid se vistió de negro por el luto y bajó a cenar con su familia. El menú era sencillo: sopa de pescado, pavo adobado y tartaletas de picadillo de fruta. Los Hofferson comieron en silencio la mayor parte de la cena, murmurando sobre lo deliciosa que estaba la sopa y lo terrible que estaba siendo aquella ola de frío. Cuando decidieron tomar el café en el salón, Finn pidió un momento a solas con su sobrina.
—Creo que te debo una disculpa, no he sido justo contigo.
Astrid arqueó las cejas sorprendida por la repentina disculpa de su tío y éste sonrió con suma tristeza.
—No creo que seas un florero, eres una mujer lista y probablemente estés demasiado adelantada a tu época y reconozco un buen trabajo cuando lo veo —comentó él.
—Creo que no entiendo a qué te refieres tío —dijo Astrid claramente confundida.
Finn sacó un papel del bolsillo interno de su chaqueta y leyó en voz alta:
—"Este autor no ha conocido a una mujer en su vida, probablemente porque esté enamorado de su madre y de ahí que toda esta novela gire en torno a un estúpido trauma infantil que dejó de tener sentido e interés desde el segundo párrafo del primer capítulo" —Astrid palideció al reconocer aquel texto. Lo había escrito furiosa en una de sus noches de insomnio y había estado tentada de tirar aquel manuscrito por la ventana—. Tu padre siempre ha sido muy honesto, pero está claro que el ingenio lo has heredado de tu madre.
—Tío, yo…
Finn interrumpió a su sobrina con un gesto con la mano, aún sin perder la sonrisa.
—Tenías toda la razón, esa novela era una bazofia y fuiste la única que entendió por qué lo era.
—Lo siento mucho, tío, pero…
—Quiero que a partir del año que viene te incorpores en la editorial y revises los manuscritos —anunció Finn Hofferson con orgullo—. Trabajarás junto con otros editores y escucharemos tus opiniones antes de decidir qué manuscritos publicaremos o no. Por supuesto, cobrarás prácticamente lo mismo que cualquier editor que tengamos en plantilla.
Astrid, aún sin creerse si su tío estaba riéndose de ella o no, preguntó:
—Tío Finn, ¿estás seguro de lo que dices?
—Totalmente, tu padre está convencido que das la talla para el puesto. Aunque no le digas nada a tu madre, tu padre quiere esperar a que acaben las fiestas para anunciárselo.
Astrid sintió que las lágrimas amenazaban con salir de sus ojos. Sonrió por primera vez en mucho tiempo y no dudó en abrazar con fuerza a su tío.
—Gracias, tío, de verdad, muchísimas gracias. No os decepcionaré —murmuró Astrid.
—Sé que no, pequeña —respondió él acariciando su pelo con cariño.
—Justo esta mañana he terminado de leer un manuscrito fantástico ¡Tienes que leerlo! —exclamó Astrid con entusiasmo.
—¿Qué te parece si lo dejamos para mañana? Así, aprovechamos y me comentas a ver qué te parece este.
Finn Hofferson sacó un montón de papeles de su cartera de piel y se los entregó a su sobrina. Astrid leyó el título y su corazón le dio tal vuelco que por un segundo pensó que estaba sufriendo un infarto.
El león, la bruja y el unicornio.
Leyó la primera línea, queriéndose convencer de que era una mera coincidencia, pero no. Aquel era uno de los relatos que Astrid le había regalado a Hipo el año pasado, concretamente el cuento navideño. Lo peor de todo fue que Astrid reconoció a la perfección la caligrafía de Hipo, más redonda y cuidada de lo habitual, transcribiendo palabra por palabra el texto que ella con tanto amor le había escrito.
—¿Quién te ha mandado esto? —preguntó ella con voz temblorosa.
—¡Oh! Ha sido el hijo de Lord Estoico Haddock, ¿Harper? ¿Harry?
—Henry —se apresuró a corregir ella—. ¿Acaso lo ha escrito él?
—¿Qué? ¡Oh, no! En absoluto. Al parecer, este relato se lo había escrito una persona muy cercana a él. Una mujer, concretamente, aunque se ha negado a darme el nombre —Finn sacudió la cabeza—. Un chico curioso ese Henry Haddock, vino a entregarme este manuscrito en mano. Ya sabes lo poco que me gusta juntarme con los autores, eso va más con tu padre, pero se negó a marcharse hasta que le recibiera. Fue directamente al grano y me dijo que si no publicaba ese relato era el hombre más ingrato que había conocido. Tiene la suerte de sacarme una cabeza, porque le habría golpeado allí mismo por su insolencia. Pero creo que tiene todo la razón, tengo que ser un ingrato si no apruebo publicar esto las próximas Navidades.
—¿Cu-cuándo vino Henry Haddock a la editorial? —preguntó Astrid intentando disimular su ansiedad.
—Hará como un mes —calculó él no muy convencido—. ¿Estás bien? De repente te has puesto muy pálida.
Astrid asintió con la cabeza y sonrió a su tío a la vez que abrazaba el manuscrito contra su pecho. Procuró controlar su voz antes de prometer a su tío que para mañana habría leído el relato. Su tío la besó en la frente, satisfecho y feliz de volver a retomar la relación con su sobrina favorita.
La pequeña de los Hofferson se retiró temprano con la excusa de que deseaba descansar. Ese año no habría regalos ni esperarían a medianoche para brindar por la Navidad. No, todos los Hofferson deseaban cerrar aquel año de luto sin ningún tipo de celebraciones, por lo que nadie puso pegas a que la benjamina se retirara antes de tiempo.
Astrid estaba a punto de meterse en la cama, cuando alguien tocó la puerta. La abrió levemente y vio que la señora Williams con una expresión preocupada dibujada en su rostro.
—¿Ocurre algo, señora Williams? —preguntó Astrid.
—Señorita, ha llegado una carta para usted —respondió la señora Williams.
—¿Ahora?
—Ha llegado esta mañana, pero parece que se ha traspapelado y no la he visto hasta ahora.
La señora Williams parecía incómoda sosteniendo aquel sobre, como si aquello supusiera grandes problemas para ella. Pero Astrid la recogió sin muchos miramientos y sonrió a la señora Williams con enorme afecto.
—Muchas gracias, señora Williams. Retírese pronto y descanse —titubeó un momento— Feliz Navidad.
—Feliz Navidad, señorita Hofferson —dijo el ama de llaves antes de retirarse con una reverencia.
Astrid cerró la puerta y se extrañó al no reconocer la caligrafía en la que estaba escrita su nombre y su dirección. El sobre venía sin remitente, lo cual le pareció sumamente extraño. Sacó la carta del sobre y comenzó a leer con aire curioso, pero tan pronto leyó las primeras palabras apartó la vista.
Era una carta de Hipo.
Astrid intentó controlar su respiración acelerada y mantener la calma. Tal vez podía quemar la carta y actuar como si nada de aquello hubiera pasado. Pero aquel era un movimiento cobarde, más para ella, y sabía que tenía que enfrentarse a los sentimientos de odio de Hipo algún día. Tenía que hacerlo por él, pero también por ella misma.
Respiró hondo y comenzó a leer de nuevo.
20 de diciembre de 1847
Querida Astrid,
No sé si llegarás a leer estas palabras, pero espero que al menos hayas abierto el sobre. Le he pedido a Bocón que escribiera tu dirección por mí para asegurarme de que no supieras de ninguna forma que esta carta te la estaba escribiendo yo, ya que a día de hoy sigo sin estar seguro que hayas leído alguna de las que te he escrito. Espero que no te haya molestado, pero uno hace cualquier cosa cuando está desesperado.
Llevo tiempo pensando en si debería escribirte o no, sobre todo porque no he recibido ninguna respuesta de las anteriores cartas. Pero dados los recientes acontecimientos en mi vida, creo que te mereces saber que se me ha concertado un matrimonio con Lady Cassandra de Ashington, aunque ella prefiere que la llamen Camicazi. No ha sido de forma voluntaria, pero no sé si ha llegado a tu conocimiento que mi padre anda delicado de salud. Este verano sufrió un infarto mientras cazaba y desde entonces ha tenido que bajar el ritmo con su agenda. Desconozco si esta información ha llegado a tu padre, pero puedes tranquilizarle y asegurarle que se encuentra mucho mejor y con energía, pero desde el suceso, de repente, han entrado muchas prisas por buscarme una esposa con la que pueda concebir un heredero lo antes posible.
He intentado retrasarlo todo lo que me ha sido posible, tal vez demasiado esperanzado de que algún día volverías a mí. Este año lejos de ti ha sido una pesadilla, pero no ha de ni de compararse con el horror que has de vivir tú todos los días. Aún así, no negaré que me rompiste el corazón cuando recibí tu carta el día después de Navidad, tan repleta de dolor y miseria, en el que te culpabas de la muerte de tu hermano por haber preferido estar conmigo que a atenderle a él. No es justo que cargues sola con esa culpa, sobre todo porque si consideras que tus manos están manchadas, las mías lo están tanto como las tuyas. Tu hermano tomó esa decisión él sólo y, aunque no nos hubiéramos encontrado esa noche en tu habitación, es probable que tu hermano ya hubiera decidido hacer lo que hizo o terminaría haciéndolo en días venideros.
Es algo que nunca sabremos.
Astrid, desconozco si lo que sientes hacia mí ahora mismo es odio, asco o algo peor, pero yo no he dejado de amarte. Siempre contarás con mi afecto y, sobre todo, con mi corazón, pues fue tuyo desde el momento que entraste en mi vida. Una sola palabra tuya es lo que necesito para anular esta locura de boda o silenciar mis sentimientos hacia ti para siempre.
Pero nunca dejaré de amarte.
Es lo único que no puedo prometerte.
Feliz Navidad, amor mío.
Te quiero, ahora y siempre.
Hipo.
Astrid tuvo que morder su almohada para que no se escucharan sus sollozos. Había leído tres veces la carta y las lágrimas continuaban cayendo de sus ojos como auténticas fuentes.
Henry Haddock la amaba.
A pesar de todo, seguía amándola.
En la carta no mencionaba nada sobre su reunión con su tío, pero Hipo parecía estar dispuesto a probar que él seguía amándola. Pese a su rechazo, pese a romper todo tipo de contacto con él, él insistía en quererla. ¿Pero cómo iba a reaccionar si descubría que no hacía ni un año había perdido a su hijo?
Astrid estuvo toda la noche en vela. Dando vueltas en la cama, sentada en el suelo observando como el fuego de la chimenea iba reduciéndose en brasas y caminando de una punta de la habitación hacia la otra. Cuando se empezaron a atisbar las primeras luces del amanecer del día de Navidad, Astrid mojó su pluma en tinta china.
Y comenzó a escribir.
Xx.
Escribir este capítulo fue intenso y me rompió el corazón. La escena del aborto fue terriblemente dura, pero al igual que lo suicidios, es algo que nos pasa muchísimo a las mujeres, solo que nunca se habla de ello porque parece que es un tabú hablar de lo que supone perder un bebé. Siento si os ha parecido desagradable y fuerte, pero no soy de las que le gustan ocultar verdades.
Heather ha vuelto en este episodio y sentí mucho que lo suyo con Patapez no pudiera funcionar, pero creo que ella necesitaba seguir hacia delante y no depender de alguien que no está dispuesto a darlo todo por ella. Si Patapez decidió casarse —aunque ello supusiera la infelicidad para él—, Heather no puede cargar con eso también. Por eso me parecía importante remarcar la idea de la importancia de pasar página, aún cuando duele muchísimo.
Aquí he metido otra referencia victoriana, que es la novela de Jane Eyre de Charlotte Brontë. Dicha novela se publicó en octubre de 1847, por lo que me he dado la licencia de atrasarlo un poco la salida y hacer que sea la editorial de la familia de Astrid quien la publique. Si no la habéis leído os la recomiendo encarecidamente, pues es una de mis novelas favoritas. Y si no, os recomiendo la película. Por cierto, Brompton es un cementerio de Londres que se encuentra por la zona de Kensington y Chelsea.
Sé que el capítulo de ayer y de hoy están siendo terriblemente tristes, pero tranquilas, mañana sale el último capítulo de este short-fic, por lo que la historia puede dar muchos giros todavía.
Muchas gracias por leerme, espero de corazón que os esté gustando y me encantaría saber de vosotras y vuestra opinión.
Pasad un día bonito.
Y Feliz Navidad.
