Hoy es Nochebuena y es hora de que este cuento se acabe.
Mañana es Navidad.
Nos leemos abajo.
Haddock House, Drumnadrochit (Escocia), 24 de diciembre de 1848.
Cuando los Hofferson recibieron la invitación de los Haddock para pasar las Navidades con ellos en Escocia, la primera reacción de la señora Hofferson fue:
—Ni hablar, no pienso ir a ninguna parte a celebrar nada cuando es el aniversario de la muerte de mi hijo. ¡Muchísimo menos a Escocia!
Sin embargo, cuando supo de su negativa, Lady Haddock se presentó en Efford House pocos días después junto a su hijo. Tomó el té con la señora Hofferson y ambas madres estuvieron metidas en el salón al menos tres horas. Mientras tanto, a Astrid le fue asignada la importantísima tarea de entretener al futuro Conde de Drumnadrochit. La señorita Hofferson le ofreció a Lord Haddock la posibilidad de salir a dar un paseo hasta el lago si aquello no le suponía un impedimento para su prótesis. Henry Haddock aceptó, educado y amable, y ambos salieron de Efford House ataviados con sus abrigos y caminaron separados a una distancia prudencial, como los casi desconocidos que se suponía que eran. Tan pronto se adentraron en el bosque y perdieron de vista la casa, los enamorados se dieron la mano, no sin antes compartir un tierno beso en los labios.
La pareja volvió antes de que sus madres hubieran terminado de hablar, por lo que cuando Lady Haddock fue a buscar a su hijo se lo encontró en el comedor riendo por algo que le había dicho la señorita Hofferson. Valka Haddock hizo un gesto con la cabeza a su hijo para darle a entender que debían marcharse y la dama se despidió de Astrid con un abrazo, sorprendiendo a la joven. Astrid los despidió en la puerta hasta perder su coche de vista y fue al salón al ver a su madre, quién tenía la vista clavada en la ventana. Cuando se dio cuenta de que su hija estaba presente, la señora Hofferson le anunció que ese año pasarían las Navidades en Haddock House.
Astrid, aún sorprendida de que Lady Haddock hubiera cambiado el parecer de su terca madre, llegó a preguntarle a Hipo por carta si le había mencionado a su madre algo sobre su relación. Hipo le respondió:
Desde que te vio en el orfanato contando cuentos a los niños, mi madre sabe que estoy perdidamente enamorado de ti. Sus sospechas se confirmaron cuando le anuncié hace dos años mis intenciones de casarme contigo y, después de que rompieras el compromiso, ella seguía convencida de que yo seguía enamorado de ti. Es probable que tras romper mi compromiso con Camicazi el pasado enero provocó que mi madre pensara que habíamos retomado el contacto. Sin embargo, nunca me lo ha preguntado o le he dado pistas que afirmaran que fuera así, pero sí que puedo confirmarte que, al margen de la fuerte dispuesta que mi padre y yo tuvimos tras la cancelar la boda, no ha vuelto a ponerse el tema del matrimonio sobre la mesa. La propuesta de invitaros a pasar las Navidades aquí me ha cogido tan o más por sorpresa que a ti, por lo que debemos esperar que ocurra cualquier cosa.
Una semana antes de Navidad, los Hofferson fueron en coche hasta Carlisle, lugar donde cogieron el ferrocarril que les llevó hasta Edimburgo. Astrid había sido muy insistente en ver la ciudad antes de partir a las Tierras Altas, por lo que se quedaron tres días haciendo turismo por la ciudad. Fueron unos días tranquilos y agradables pese a la tristeza que les cernía dada la inminente fecha que se estaba acercando. El veinte de diciembre, un coche de los Haddock pasó a buscarles temprano frente al hotel donde se alojaban y viajaron durante todo el día por las Tierras Altas. Astrid, nerviosa por su encuentro con Hipo, disfrutó enormemente de los hermosos y sombríos paisajes de Escocia y su mente, siempre creativa, estuvo imaginándose grandes batallas y acontecimientos para sus historias. Llegaron a Haddock House al atardecer, agotados y helados por el viaje, pero Lady Haddock se había encargado de que hubiera té, sandwiches y scones recién horneados para que entraran rápidamente en calor.
Cuando Lady Haddock les sirvió el té en el espléndido salón de Haddock House, el señor Hofferson preguntó por Lord Haddock y su hijo, quien no habían hecho acto de presencia todavía.
—Al parecer, mi hijo quería arreglar unos asuntos en Inverness y mi marido ha creído que era conveniente acompañarle —explicó Valka con una sonrisa—. Me imagino que se habrán entretenido más de la cuenta, pues se supone que vendrían antes de su llegada.
Astrid bebió su té en silencio junto al árbol de Navidad, con su mente distraída y nerviosa ante la perspectiva de reencontrarse con su amante. No hacía ni un mes que se habían visto y se escribían prácticamente todas las semanas, pero hasta ahora sus encuentros se habían dado casi siempre solos, nunca delante de sus progenitores. Astrid temió que se notara la tensión romántica entre ellos, aunque nadie había parecido sentir la ansiedad que acompañaba a Astrid desde que habían salido de Edimburgo esa mañana.
De repente, escucharon la puerta de la entrada y unas voces masculinas discutiendo acaloradamente. Astrid reconoció la voz nasal de Hipo y la profunda voz de su padre regañándole por algo que no llegó a escuchar. Valka puso los ojos en blanco y se disculpó ante sus invitados antes de salir a buscar a su marido y su hijo.
Los Hofferson se quedaron solos y su madre aprovechó para preguntar a su marido:
—Querido, ¿llegó a contarte Lord Haddock por qué su hijo rompió el compromiso con Lady Ashington?
—Lily, ¿cómo quieres que le pregunte algo como eso? ¡Sería muy poco decoroso por mi parte! —exclamó el señor Hofferson en voz baja.
—Sin lugar a dudas, aquel matrimonio habría sido muy beneficioso para ellos —apuntó la señora Hofferson pensativa—. No entiendo porque han permitido que su hijo rompiera el compromiso.
Astrid, que le temblaban las manos, soltó casi enfadada:
—¿No has pensado que tal vez Henry Haddock tenga sentimientos, mamá?
La madre se sorprendió por el repentino comentario de su hija. Hacía tiempo se habría molestado por la insolencia de Astrid, pero la señora Hofferson había captado que ante el fuerte carácter de su hija lo mejor era suavizar el tono.
—Por supuesto que no dudo que los sentimientos del joven Lord Haddock habrán influido en toda esta situación, cielo, pero los jóvenes no comprendéis que la seguridad de un buen matrimonio es lo mejor para la familia, pero sobre todo para vosotros.
Astrid puso los ojos en blanco, pero no quiso replicar. Estaba aburrida de aquella conversación. Tras la muerte de Tommy, el asunto del matrimonio de Astrid había pasado a un segundo plano; pero cuando Thomas Hofferson anunció a su mujer la incorporación de Astrid a la editorial como editora, su madre estalló. ¿A quién se le había ocurrido semejante estupidez? ¿Quién iba a querer casarse con una mujer que se ganaba su propio salario? Astrid ya de por sí era una dama lo bastante impopular, como para además contar con la fama de ser una emprendedora. Sin embargo, al darse cuenta de que la decisión ya había sido tomada y los ojos de su hija pequeña habían recuperado levemente ese brillo avispado, la señora Hofferson terminó accediendo, aunque no aprobando, el trabajo de su hija. Aún así, de vez en cuando, Lily Hofferson mencionaba el tema del matrimonio a Astrid, quien había aprendido a no perder los nervios respecto a ese asunto, pues su madre mostraba una enorme ansiedad ante la perspectiva de que su hija se quedara sola cuando ella y el señor Hofferson murieran algún día.
Hipo y Astrid no habían hablado de matrimonio desde que ella decidió retomar el contacto. Ni siquiera estaba segura de que los Haddock, quienes eran plenamente conscientes de que hubo algo entre ellos en su día, fueran a aceptarla en el seno de su familia si se diera el caso. Al fin y al cabo, un suicidio tampoco era algo que otorgara prestigio a nadie, por mucho dinero que tuviera.
La familia Haddock al completo entró en el salón y los Hofferson se levantaron de inmediato para saludarles con una reverencia. Lord Haddock se acercó a su viejo amigo y le dio un abrazo amistoso, más que contento de tenerle allí. Hipo se acercó a la señora Hofferson y la saludó con un beso en la mano, para después dirigirse a Astrid. Su aspecto estaba un poco desaliñado a causa del viaje, pero tan pronto le sonrió, Astrid pensó que era imposible encontrar una visión más hermosa que aquella. Le devolvió la sonrisa con timidez y se saludaron con una reverencia para mantener las formas.
—¿Han hecho bien el viaje? —preguntó Lord Haddock cuando se sentaron a la mesa para cenar—. Siento mucho que mi hijo y yo no hayamos estado aquí para recibirles, pero mi hijo es de esas personas que se entretienen casi por cualquier cosa.
El tono de Estoico no era de reproche en absoluto, pero Hipo no pudo evitar poner los ojos en blanco, molesto por el comentario.
—No se preocupe, Lord Haddock —dijo el señor Hofferson—. Su mujer ha sido una excelente anfitriona.
—Me alegra mucho, pero no me sorprende —comentó Lord Haddock dando un apretón cariñoso en la mano de su mujer.
Pocas veces había visto Astrid ver a una pareja tan abiertamente cariñosa delante de otras personas, entonces Astrid cayó en cuenta de que en el matrimonio de Estoico y Valka Haddock realmente había amor. Los padres de Astrid se apreciaban y se guardaban un inmenso cariño, pero su casamiento había sido arreglado cuando apenas eran unos adolescentes. Astrid nunca había visto el amor que Estoico y Valka compartían en sus miradas en sus padres.
—Señor Hofferson, espero que no le importe que le comente que recientemente hemos tenido la oportunidad de leer Jane Eyre —comentó Lady Haddock cuando trajeron el segundo plato.
—¡Oh! Sin lugar a dudas, una de nuestras publicaciones más populares en este año —comentó el señor Hofferson satisfecho—. Astrid ha tenido mucho que ver en ese éxito, ¿sabe?
La señora Hofferson le dio una patada a su marido por debajo de la mesa, escandalizada de que haya sacado el tema ante los Haddock. Pero Hipo, sobradamente conocedor del trabajo de Astrid en la editorial de su familia, preguntó:
—¿Qué ha hecho usted, señorita Hofferson, para influir en la consecución de Jane Eyre?
Astrid se ruborizó intensamente, pero al ver las miradas expectantes de los comensales, respondió con timidez:
—Yo misma he revisado la obra y he estado en contacto con la autora.
—¿Autora? —dijo Valka sorprendida.
—¡Oh, sí! El señor Currer Bell en realidad es una mujer de Yorkshire, pero dado que esta sociedad no acepta que las mujeres seamos escritoras se vio obligada a publicar bajo un seudónimo. Es más, ¿han tenido oportunidad de leer Mary Barton? —por supuesto que sí, Astrid le había mandado una copia a Hipo—. También lo ha escrito una mujer casada de Manchester.
—¡Qué sorpresa más grata saber que hay mujeres escritoras también! —exclamó complacido Lord Haddock— Aunque es una verdadera pena que tengan que mantener el anonimato.
—Desafortunadamente, nuestra sociedad es lo bastante ignorante para considerar que un libro no pueda ser bueno si está escrito por una mujer —apuntó Hipo mirando a Astrid con complicidad.
Los comensales se quedaron hablando hasta tarde y antes de retirarse a dormir, Hipo se dirigió a los Hofferson:
—Me preguntaba si querrían que les enseñara los alrededores mañana, podríamos ir a caballo.
—Lord Haddock es usted muy amable, pero me gustaría descansar del viaje —explicó la señora Hofferson con amabilidad.
—En mi caso, me gustaría ponerme al día con Lord Haddock, ¿vendría usted, señor?
—Mi médico no me recomienda actividades fuertes, amigo mío. Preferiría que nos quedáramos por aquí, ¿qué le parece si nos vamos a pescar a Loch Ness?
Mientras el señor Hofferson aceptaba con efusividad la invitación de su amigo, Hipo se giró a Astrid, quien intentó disimular su gran interés en ir con él.
—A mí sí me gustaría ir —dijo ella.
—¿Vosotros solos? —preguntó su madre casi escandalizada.
Parecía que su madre había olvidado por completo que ya habían estado solos antes en Efford House, pero Valka les hizo el favor de entrometerse.
—Yo iré con ellos, señora Hofferson, no tiene nada de lo que preocuparse.
Y así acordaron su encuentro a primera hora de la mañana y todos se retiraron a dormir. Una doncella de la casa ayudó a Astrid a desvestirse y se retiró tan pronto la joven se metió en la cama. Astrid esperó pacientemente a que los ruidos de la casa se fueran apagando hasta que llegó el más puro silencio. Cerró los ojos y entonces escuchó tocar la puerta. Astrid se levantó de la cama y abrió la puerta con el menor ruido posible para dejar entrar a Hipo. La besó con delicadeza en los labios cuando ésta cerró la puerta y cogió de sus manos.
—Tienes las manos heladas —comentó él preocupado—. Ven, vamos a la cama.
A Astrid le resultaba extraño verle vestido con su camisón de dormir, pero tan pronto se metieron en la cama y la abrazó contra su pecho, Astrid pensó que podía acostumbrarse a eso. Hipo se quitó la prótesis antes de meterse y siseó al sentir los pies fríos de Astrid contra sus piernas. Ella se rió.
—¿Cómo estás? —preguntó acariciando su pelo.
—Bien —respondió ella con voz cansada—. ¿Qué ha pasado esta tarde para que te hayas retrasado? ¿Has vuelto a discutir con tu padre?
—Tenía que recoger un paquete y no estaba donde me habían dicho que debía estar. Mi padre insistía en que volviéramos, que ya lo cogería la próxima vez que fuéramos, pero no estaba dispuesto a irme sin él —explicó él—. Hemos recorrido toda Inverness, pero al menos lo he encontrado.
—¿Qué era tan importante como para que tuvieras que patearte toda la ciudad?
—Es una sorpresa —respondió él misterioso.
Astrid le pellizcó la piel y él saltó riéndose.
—Tu tío me escribió el otro día —dijo Hipo con una sonrisa—. Me ha asegurado que El león, la bruja y el unicornio se está vendiendo muy bien. ¿Cómo decía el Times? ¡Ah sí! «Sin lugar a dudas, la misteriosa autora de este relato cuenta con un talento inusual para los cuentos fantásticos y este periódico no puede esperar a que esta dama nos deleite con más escritos».
—Madre mía, ¡qué vergüenza! —replicó Astrid con las mejillas ardiendo—. Aunque has olvidado la parte en la que señala que dicha autora también debería priorizar sus responsabilidades maritales en lugar de dedicarse a escribir cuentos de hadas.
—Bueno, sabías los riesgos que suponía firmar como "una dama" —le recordó él con simpatía—, pero debes sentirte orgullosa, tu tío no para de insistir que quiere leer más cosas de mi misteriosa amiga. ¿Cuándo vas a decírselo?
—Me gustaría acabar mi novela antes de revelarle nada y llevo un tiempo atascada —explicó Astrid con tristeza.
Hipo la empujó para que acomodara su cabeza a su altura y enlazaron sus piernas. Acarició su mejilla con delicadeza, como si tuviera miedo de que su pálida piel se quebrara bajo sus dedos.
—¿Quieres que hablemos de ello?
Astrid sabía bien a qué se refería y suspiró cansada.
—Es lo mismo de siempre —dijo ella avergonzada.
—No importa, yo también quiero hacerlo.
Hipo estaba muy familiarizado con las heridas abiertas de Astrid. Aún recordaba perfectamente su primer encuentro tras la muerte de Tommy. Habían decidido verse en una de las habitaciones de El Cerdo Feliz y fue una reunión triste, dolorosa y difícil. Hipo no esperaba encontrarse con una Astrid tan delgada, demacrada y perdida, aunque le había comentado que había empezado a trabajar en la editorial de su padre esa misma semana. Sin embargo, lo que pensó que sería un reencuentro positivo terminó siendo un abismo muy doloroso para él cuando Astrid le contó desgarrada lo del aborto. Al principio, se sintió furioso con ella por haberle ocultado tal secreto, pero al ver que Astrid se culpaba por todo ocurrido comprendió que no podía permitir que cargara con ello sola. Terminaron abrazados, llorando larga y tendidamente, y poco a poco, comenzaron a cicatrizar las heridas. Hipo rompió el compromiso con Camicazi tras aquel encuentro, aún sin estar convencido de que Astrid realmente siguiera interesada en él, pues la carta que recibió dos días después de Navidad no le había dado indicios de que fuera así. Con el paso de las semanas, Hipo entendió de que la joven Hofferson no se había atrevido hablar de sus sentimientos porque temía que la odiara tras romper el compromiso y la pérdida de su hijo. Astrid realmente seguía enamorada de él, solo necesitaba tiempo y paciencia.
Y si algo le sobraba a Henry Haddock era paciencia, pues sabiendo que el amor de su vida seguía amándole era suficiente para soportar aquella agonía.
Su padre se enfureció con él cuando le anunció que había roto el compromiso con Camicazi, quien no parecía especialmente molesta por su decisión, pues a ella le hacía la misma gracia que a él lo de tener que meterse en un matrimonio forzado. Su padre, en cambio, encolerizó de la rabia y Valka tuvo que intervenir entre ellos para evitar que la sangre llegara al río. Hipo nunca llegó a saber qué le dijo su madre a su padre, pero semanas después de lo acontecido, padre e hijo volvieron a la relación cariñosa y tirante de siempre.
En lo que llevaba de año, la pareja no habló ni del matrimonio ni del sexo. Retomaron sus actividades conjuntas en los orfanatos y, aunque Astrid estaba absorbida por su trabajo, sacaba tiempo como fuera para verse con él. No le mencionó ni a Rachel, ni Heather ni a nadie que había retomado el contacto con Hipo, pues prefería mantenerlo en secreto por el momento.
Sin embargo, aquellos días fríos previos a la Navidad, mientras cabalgaban por los paisajes nevados de las Tierras Altas solos —¡qué coincidencia de que Lady Haddock siempre sufriera dolores de cabeza cuando salían juntos a cabalgar!— y pasaban las tardes en el salón de Haddock House leyendo El Hechizado del señor Dickens y otros relatos que Astrid había escrito en el último años, ambos comprendieron que aquello no era más que un espejismo que duraría poco a menos que tomaran una decisión. ¿Pero qué hacer? Hipo no se atrevía a confesarle sus deseos de casarse con ella, mucho menos en Nochebuena, y a ella le aterraba la simple idea de que la rechazara.
No obstante, su situación dio un giro de ciento ochenta grados precisamente en la cena de Nochebuena.
Los Haddock habían organizado una cena con pocos amigos y sin baile por respeto a la memoria de Tommy. Entre los invitados estaba Bernard, quién Hipo apodaba cariñosamente Bocón, el abogado de los Haddock, íntimo amigo de Lord Haddock y jefe de Justin. Astrid casi grita de la excitación al ver a Rachel Jorgerson entrar en el salón de Haddock House con una niña de poco más de un año en brazos. La saludó con un abrazo fuertemente correspondido por su amiga, besó a la bebé en la coronilla y dio una reverencia a Richard Jorgerson, quien por primera vez en años no parecía prestarle mucha atención, pues solo tenía ojos para su esposa y su hija. Los Hofferson también se sorprendieron al ver a Finn, quien había anunciado semanas antes que iba a pasar las Navidades solo en Londres.
—Me he dado cuenta que prefiero pasar las navidades comiendo haggis con vosotros en medio de ninguna parte que en el club rodeado de viudos tristes —se excusó él cuando Astrid le preguntó por su cambio de parecer—. Además, quién sabe, quizás la misteriosa amiga de Lord Haddock esté aquí. ¡Estate atenta, sobrina!
También hizo acto de presencia un tal Eret Eretson, un vecino y amigo de la infancia de Hipo, que mostró un especial interés en la desconocida señorita Hofferson de Londres. Astrid fue cortés con él e Hipo, quien mantenía las distancias, no parecía muy consciente del acercamiento de su amigo hacia su amante.
Cuando todos se sentaron a la mesa, Hipo se colocó frente a Astrid, mientras que Eret se sentó a su derecha y Rachel a su izquierda. Ambas amigas, que hacía tiempo que no se veían, se pusieron al día. Al parecer, Rachel se estaba involucrando en un movimiento relacionado con el voto de la mujer.
—Hacemos reuniones todos los miércoles en mi casa, son muy informales y no cuento con mujeres muy adeptas a participar, pero deberías acercarte.
—¿Qué opina tu marido de todo esto? —preguntó Astrid sorprendida por la propuesta.
—No parece muy dispuesto a discutir mis ideas políticas, sabe que tiene todas las de perder —susurró ella con una sonrisa pícara.
Astrid rió ante su comentario e iba preguntarle sobre los avances que habían hecho hasta ahora, cuando el señor Eretson las interrumpió:
—Señorita Hofferson, ¿sabe usted tocar el piano?
Astrid palideció al escuchar su pregunta e Hipo, quién había estado pendiente de la conversación entre Bocón y Finn Hofferson, se giró hacia ellos. Rachel no parecía entender qué estaba pasando, pero no se le pasó por alto la expresión de advertencia del joven Haddock. Astrid carraspeó, dubitativa, antes de responder:
—Sí, señor Eretson, sé tocar, pero hace tiempo que ya no lo hago.
—¿Y eso?
—Eret —llamó Hipo con frialdad.
—¿Qué? —preguntó el hombre sin comprender la actitud de su amigo—. No es más que mera curiosidad, nada más.
—Verá, señor Eretson, no toco desde que mi hermano…
A Astrid se le trabaron las palabras en la lengua y apretó los puños frustrada por su debilidad, pero Eret pareció captar el mensaje enseguida.
—¡Cielo Santo! ¡Cuánto lo siento, señorita!
—No… no se preocupe —dijo ella forzando una sonrisa que se quedó en una tensa mueca—. No es algo de lo que me guste hablar.
Eret parecía interesado en saber más, pero Hipo carraspeó cuando abrió la boca. Eret miró a Hipo molesto, pero al ver la cara de pocos amigos del joven heredero cambió de parecer y no dijo nada más. Rachel no perdió atención a toda la escena, mientras que Astrid estaba concentrada en separar los guisantes y los trozos de salmón en su plato. Cuando trajeron el postre —un delicioso pudin de galleta y chocolate—, Rachel susurró:
—¿No está Henry demasiado centrado en ti?
Astrid hizo un mohín que provocó que Rachel arqueara una ceja sospechosa.
—No sé de qué me hablas —insistió Astrid.
—Hace años estabas loca por él —dijo Rachel con picardía.
—Hace años era inocente y tonta —replicó la joven Hofferson de mala gana.
—Pues será mejor que le digas a Henry que o se controla o todos los de la mesa se darán cuenta de que estáis juntos —soltó Rachel en voz baja.
Astrid casi se atragantó con el pudín. Tosió sonoramente captando la atención de toda la mesa y Rachel le dio palmaditas en la espalda para ayudarla a tragar con una sonrisita de satisfacción.
—Es que el pudín está tan bueno que no ha podido evitar el ansia de comerlo rápido —dijo Rachel al resto de invitados sin dejar de sonreír.
Los comensales rieron sonoramente y volvieron a sus respectivas conversaciones. Hipo no apartó la vista de Astrid preocupado e hizo una señal a un criado para que le rellenaran el vaso con agua. La joven Hofferson dio un sorbo largo y respiró hondo. Le sonrió para tranquilizarme y él asintió con disimulo antes de unirse a una discusión que se estaba dando a su lado sobre el último debate en el Parlamento.
—¿Señorita Hofferson? —volvió a dirigirse Eret—. ¿Cuando tienen pensado volver a Londres?
—Me imagino que mis padres desearán regresar para después de Año Nuevo —respondió Astrid antes de dar otro sorbo de agua—. Supongo que volveremos en un par de días a nuestra casita en el condado de Cumbria.
—¿Qué? —soltó Hipo de repente, irrumpiendo en la conversación.
Eret y Richard se sorprendieron por la reacción del joven Haddock, quien lucía molesto por el último comentario de Astrid. Rachel observaba la escena con sumo interés. Astrid intentó mantener la compostura y forzó una sonrisa que parecía más una mueca nerviosa.
—Bueno, Lord Haddock, mi familia y yo estamos muy a gusto aquí, pero comprenderá que no podemos abusar mucho más tiempo de su hospitalidad —argumentó Astrid.
—Discúlpeme, señorita Hofferson, pero ninguno de nosotros creemos que ustedes estén abusando de la hospitalidad de nadie —dijo Hipo más tenso de lo habitual—. Ni siquiera les hemos llevado a Inverness. Deben quedarse.
—Lord Haddock, sabe bien que no es algo que dependa de mí —replicó ella ahora molesta.
—¿Se puede saber qué os pasa? —preguntó Richard confundido.
—¡Nada! —respondieron los dos al unísono, sin apartar las miradas furiosas del uno de la otra.
—Veo que ustedes han hecho muy buenas migas estos días —comentó Eret algo violento por la tensión que había entre ellos.
—No sé de qué me habla, señor Eretson —replicó Astrid enfadada.
—¿Ah no? —soltó Hipo indignado.
Rachel soltó una carcajada y se dirigió a su marido mientras los amantes echaban chispas por los ojos:
—Son como un matrimonio… Veinte peniques a que están casados para verano.
—¡Hecho! —respondió Richard con alegría.
—Por el amor de Dios, ¿queréis hacer el favor de parar? —suplicó Astrid muerta de la vergüenza.
—¿Qué pasa, Astrid? Seríais una pareja estupenda. ¡Imagínate ser la señora de esta casa! —comentó Rachel más alto de lo debido, captando la atención de algunos comensales, entre ellos los padres de Hipo y Astrid.
—Rachel, aquí nadie va a casarse, no puedo imaginarme eso porque jamás va a pasar, ¿vale? —replicó Astrid furiosa.
—¿Qué?
Astrid se arrepintió de sus palabras tan pronto escuchó la voz dolida de Hipo. Se llevó la mano sobre la boca, aterrorizada por su error, e intentó enmendar su error.
—Hipo, no…
Pero Hipo se levantó de la mesa antes de que Astrid pudiera decir nada. Un silencio estridente reinó sobre la mesa y todas las miradas apuntaban a la joven Hofferson. Los Jorgerson parecían apurados por la situación, pues no se imaginaban que las suposiciones de Rachel fueran reales y se había dado cuenta que había metido la pata hasta el fondo.
—¿Astrid?
Su madre se había levantado y se estaba acercando a ella con el rostro desencajado y confundido. Astrid actuó casi sin pensar y se levantó de la mesa para correr a buscar a Hipo. No pudo escuchar los murmullos y las exclamaciones de sorpresa de los comensales, pero Astrid sabía que ya no había vuelta atrás.
Necesitaban tomar una decisión.
Seguir o dejarlo.
Lo encontró en los establos, oculto en el nicho de Desdentao, quien dormía plácidamente sobre el suelo cubierto de paja. Astrid cogió de su falda y se sentó a su lado, sobre un bloque de paja. Hipo ocultó su cara entre sus manos mientras Astrid acarició su espalda.
—La he fastidiado, lo siento —sollozó él.
—No te culpes por eso… A mí también me estaba costando mantener la compostura —dijo Astrid con una sonrisa triste.
Se quedaron en silencio y escucharon la respiración acompasada del caballo dormido. Astrid apoyó la cabeza contra su hombro y cerró los ojos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Hipo dando su mano.
—Supongo que deberemos decir una parte de la verdad —respondió ella—. Aunque estoy casi convencida de que tus padres ya lo saben, los míos en cambio…
—Ya, pero…
Hipo parecía dubitativo y Astrid comprendió que no se refería únicamente a revelar su relación con sus familias. La joven Hofferson se apretó los puños sobre la tela púrpura de su vestido.
—No… no hablaba en serio, sólo quería que Rachel dejara el tema —explicó Astrid un tanto nerviosa—. Lo siento mucho, Hipo.
—Es solo que… saber que no quieres casarte conmigo es una cosa, pero oírlo decir en voz alta es como si me clavaran una estaca en el corazón —balbuceó él afectado, con lágrimas en los ojos.
—¿Qué?
Hipo se limpió las lágrimas con la manga, sin atreverse a levantar la mirada de sus pies. Astrid acarició su mejilla y le forzó a mirarla. Hipo abrió mucho los ojos, sorprendido por ver que ella también estaba llorando.
—Después de todo lo que te he hecho, ¿sigues queriendo casarte conmigo? —preguntó ella en un hilo de voz, todavía sin creerse lo que acaba de oír.
—¿Estás bromeando? Claro que quiero casarme contigo, nunca he cambiado de parecer —afirmó él convencido, pero seguido titubeó—. ¿Acaso tú… quieres casarte conmigo?
Astrid se perdió en sus ojos mientras buscaba las palabras correctas. Siempre le había impresionado lo frondosamente verdes y expresivos que eran. A veces creía que le gritaban "te quiero", aunque ahora solo suplicaban una respuesta.
—Sí, claro que quiero casarme contigo, tonto. ¿Cómo no voy a querer hacerlo?
Hipo le respondió con un beso desesperado que ella le correspondió con la misma ansia. Su boca estaba caliente y sabía a vino y a pudin de galleta. Sus lágrimas de emoción se mezclaron con las suyas, las más alegres que había llorado nunca.
—Te quiero, te quiero, te quiero —le susurraba él cuando cogían aire entre beso y beso y ella reía, feliz de que aquello era cierto.
Cuando por fin pararon, sus frentes se quedaron apoyadas mientras recuperaban el aire y tenían las manos sujetas y heladas por el sangrante frío escocés de diciembre. Sin embargo, era difícil sentir frío cuando había tanto calor dentro de ellos.
—Me imagino que nos estarán buscando —comentó Astrid al rato, con la cabeza acomodada en su hombro.
—Sí…
Hipo no parecía muy dispuesto a moverse, pero Astrid no quería ni imaginarse lo preocupados y confundidos —y escandalizados—, que debían estar sus padres tras el numerito de la cena.
—Tengo que hablar con mis padres y explicárselo todo.
—¿Todo todo? —preguntó él con cautela.
—Casi todo, ahorrémonos todo lo que cruce la línea del decoro.
—Como si nunca nos hubiéramos besado —concluyó él—. ¿Crees que es el mejor momento para decírselo? Esta noche hace dos años de lo de tu hermano…
Astrid se quedó un momento pensativa.
—No tenemos otra opción, prefiero anunciarles nuestro compromiso ahora que hacerles pensar que mantengo una relación indecorosa contigo.
—Bueno, técnicamente llevas dos años teniendo una relación indecorosa conmigo.
Astrid le pellizcó la mejilla roja por el frío con aire travieso.
—Como ya he dicho, no tienen la necesidad de saber todos los detalles.
Ambos rieron y se levantaron para anunciar, por fin, el enlace que llevaban años esperando. Seguramente, desde que se conocieron en aquella salita, abrumados por el gentío y el agobio de un baile de Nochebuena, se unieron por las mágicas palabras de un canto hacia la Navidad. Salieron del establo dados de la mano, había empezado a nevar cuando dieron las doce y justo antes de entrar en el comedor, Hipo le susurró al oído:
—Feliz Navidad, milady.
A lo que ella le respondió:
—Feliz Navidad, mi amor.
Xx.
Y con esto y un bizcocho termina esta historia. No obstante, queda un capítulo más, un pequeño regalo de Navidad: un epílogo. Mañana lo tendréis.
Quiero remarcar que el misterioso paquete que Hipo cogió en Inverness era el regalo de Navidad de Astrid, pero he decidido dejar a vuestra imaginación qué regalo ha decidido hacerle esa Navidad. Es más, me gustaría que me contarais que creéis que Hipo ha podido darle al día siguiente de esta escena. También es cierto que podía haber añadido mucho más, sobre todo la escena en la que ellos anunciaban su compromiso y la madre de Astrid flipando de que su hija haya decidido casarse con el hijo de un Lord. Pero creo que eso habría roto la magia de este capítulo y me parecía más importante la reacción de ellos que la de todos los demás.
Este es su final feliz, no el de su familia.
Espero de todo corazón que os haya gustado este short-fic. Yo estoy muy contenta porque oficialmente es el primer fic que acabo, y aunque sea cortito es justo lo que necesitaba escribir y lo he disfrutado -y sufrido- un montón. Muchas gracias por estar ahí leyéndolo y siguiéndolo. Si os ha hecho un poco feliz, que sepáis que con eso me vale.
Os deseo una Feliz Navidad a todas.
Pasad una noche mágica.
