¡Feliz Navidad!
He aquí un pequeño regalo para este día tan especial.
South Kensington (Londres). 25 de diciembre de 1853.
Astrid no había dormido en toda la noche, por tanto Hipo tampoco.
Estaba a punto de salir de cuentas y le era cada vez más complicado encontrar una postura en la que realmente se viera cómoda para dormir. Hipo se pasaba las noches masajeando sus pobres pies hinchados y ayudándola a buscar una posición óptima que la ayudara a dormir aunque sólo fueran unas horas.
Pero aquella noche había sido realmente imposible.
—Este bebé va a ser una auténtica pesadilla, te lo digo desde ya, no para de moverse —se quejaba con amargura.
No obstante, cuando la pequeña Clara entró sobreexcitada a la habitación de sus padres y se puso a saltar sobre la cama anunciando que el Padre de la Navidad había pasado por casa y que el salón estaba lleno de regalos. Astrid, olvidando por un momento su enorme malestar y su cansancio, sonrió cuando Hipo cogió a su hija y la subió a su espalda. La niña chilló de alegría y Astrid les suplicó que tuvieran cuidado mientras se ponía una bata. Antes de llegar a la escalera, Hipo bajó a Clara de su espalda y le explicó que su madre requería también de sus servicios. La niña, siempre comprensible, bajó la escaleras brincando y Astrid le llamó la atención:
—¡Clara! ¡Vas hacerte daño!
—¡Y no se te ocurra empezar a abrir regalos sin nosotros! —exclamó Hipo.
La niña puso los ojos en blanco, pero esperó pacientemente sentada en el suelo a que su padres bajaran de la escalera. Pasaron juntos al salón, donde se encontraba el árbol de Navidad con un montón de regalos a sus pies. Astrid se sentó, no sin esfuerzo, en el sofá más cercano, con la mano sobre su vientre, mientras Hipo y Clara lo hicieron en el suelo para tener más acceso a los paquetes envueltos con papeles de diferentes colores que Astrid y él habían envuelto durante una de sus noches en vela.
Clara abrió el primero de sus paquetes y se quedó sin habla al ver el bonito oso de peluche que la señora Williams había cosido para ella. Astrid le había insistido que se lo diera ella misma, pero la señora Williams era demasiado modesta y vergonzosa como para querer llevarse el mérito de nada. Había sentido fascinación por la pequeña Clara desde que Hipo y Astrid la habían rescatado siendo apenas una recién nacida de una granja de bebés y la habían registrado como biológicamente suya.
La aparición de Clara en el joven matrimonio sólo había sido un escándalo más a la colección que ya acumulaban. Primero, el repentino anuncio de su compromiso, sin haber habido ningún cortejo previo aparente; la boda en el que la novia se negó rotundamente a jurar obediencia a su marido —¿cómo voy hacerlo si yo más que nadie estoy más que feliz de hacer todo lo que ella me diga?, replicó Hipo sonriente al párroco cuando éste le pidió que se impusiera sobre su prometida—; la luna de miel de casi año y medio en el que viajaron por Europa, pero también hasta Constantinopla, la India y Nueva Zelanda. Por no mencionar, el asunto de que la misteriosa Lady Stormfly, autora de una fantástica pero polémica saga de libros de aventuras y fantasía, era ni más ni menos que Lady Astrid Haddock.
—El día que se revele que eres oficialmente la heredera de la editorial les va a explotar la cabeza —bromeó Hipo cuando leyeron la noticia filtrada en el Times.
Dicha decisión la habían tomado los Hofferson cuando Astrid demostró que estaba sobradamente capacitada para dirigir el negocio. No se dejaba engañar por nadie, era exigente, pero muy respetada entre los empleados por su amabilidad y por ser tan trabajadora, pues a veces se quedaba trabajando hasta altas horas de la noche. Aunque legalmente era imposible que una mujer heredara todas las acciones de la empresa, Hipo accedió a coger una parte de las participaciones para así Astrid pudiera heredar el resto. De esa manera, las acciones pasarían a sus hijos llegado el momento y Astrid podría dirigir la empresa sin un hombre externo que le pusiera trabas.
Por otro lado, tras numerosas cartas de Finn Hofferson suplicándole a Hipo que le revelara la identidad de la autora de los cuentos que le mandaba, Hipo le pidió a su esposa que hablara con su tío. Consciente de que los secretos no habían sido buenos en su familia, Astrid se presentó en la editorial poco antes casarse con el cuaderno de tapas de cuero rojas que le regaló la noche que conoció a Hipo. En ella, se encontraba escrita su primera novela. La sorpresa de su tío no fue mayúscula en absoluto, es más, no parecía nada sorprendido. Abrazó a su sobrina profundamente feliz de ver cómo poco a poco volvía a retomar su vida y le prometió dar una respuesta en una semana, aunque no tardó ni tres días en confirmarle que le publicaría la novela bajo dos condiciones:
—Tienes que firmar con un seudónimo, no quiero que nadie te acuse de favoritismo por ser miembro y trabajadora de esta editorial —explicó él pasando las manos por su bigote—. La segunda es que debes contárselo a tus padres, por muy poco que te guste.
Astrid accedió con mucho recelo, pues conocía bien la reacción negativa de su madre. La señora Hofferson intentó convencerla de que debía centrarse en crear una familia y no en tonterías como la escritura, pero finalmente fue Hipo quién la convenció de que se estaba equivocando con su hija. Le instó a que leyera sus cuentos y si no le gustaban, Astrid dejaría de escribir. Su prometida por aquel entonces, escandalizada ante aquel trato, intentó retractarse, pero Hipo le pidió paciencia.
Y así fue. La señora Hofferson no volvió a mencionar que su hija abandonara la escritura, pues había disfrutado enormemente con sus cuentos y expresó su orgullo con un afecto tan profundo que emocionó a su hija.
A costa de sus numerosos y supuestos escándalos, el matrimonio Haddock era conocido por ser peculiar y siempre parecían indiferentes a los comentarios despectivos y a los cuchicheos a sus espaldas. A diferencia de la mayor parte de las parejas casadas de su alrededor, ellos seguían pareciendo dos adolescentes enamorados y siempre bromeaban y se hacían carantoñas, sin importar si se encontraban en un lugar público o no. Eran envidiados, no solo porque se habían casado por amor, sino porque realmente parecían felices y la entrada de la pequeña Clara a sus vidas había supuesto un maravilloso añadido a esa felicidad.
La verdad sea dicha, ninguno de los dos se veían como padres, ni siquiera cuando sus progenitores les instaban a que tuvieran hijos pronto. La llegada tan repentina de Clara al seno de las familias Haddock y Hofferson había sido como el de un huracán y todos pensaron que no estaban preparados para asumir tal responsabilidad. No fue nada fácil, eso había que admitirlo, la pequeña era enfermiza y pasaron meses hasta que consiguió recuperarse de su estado de malnutrición. Astrid e Hipo pasaron largas noches en vela para atender a su hija con fiebre, rezando para lo que sufriera fuera un simple catarro y no algo peor. Sin embargo, al margen de la salud, Clara resultó ser una niña maravillosa, alegre que rápidamente había cogido rasgos de los caracteres de sus padres adoptivos. Le gustaba leer y dibujar y, al haber viajado mucho con sus padres, estos descubrieron que tenía una facilidad increíble para aprender idiomas.
Sin embargo, aunque cara al mundo Clara fuera hija biológica de sus padres, la necesidad de un hijo biológico varón era patente en el entorno de los Haddock. No obstante, el fantasma del bebé no nacido seguía permanente en sus mentes, y Astrid no se veía preparada para afrontar un embarazo. No lo buscaban, por tanto, siempre tomaban medidas anticonceptivas cuando tenían sexo. Cuando Clara cumplió los dos años, la familia casi había desistido en convencerles en que tuvieran hijos propios.
Sin embargo, sin comerlo ni beberlo, Astrid se quedó embarazada por culpa de un conjunto de casualidades. Clara se había quedado a dormir con sus abuelos maternos porque sus padres habían sido invitados a un baile benéfico que acabó con ellos dos borrachos perdidos y revolcándose en el salón de su casa como dos adolescentes desenfrenados. Lo que para la mayoría fue recibido como una bendición de Dios, para Astrid fue revivir una experiencia traumática. Se pasaba los días llorando y ansiosa, aterrada de perder a la criatura que llevaba dentro. Hipo no se apartaba nunca de su lado y había hombres que le acusaban de ser "débil de mente" por preocuparse tanto por un embarazo. Pero Henry Haddock nunca se había avergonzado de ser un devoto de su familia y le daba igual que la gente le insultara precisamente por preferir pasar tiempo con su esposa y con su hija que beber y fumar con imbéciles de su edad mientras yacían con prostitutas.
Sin embargo, el embarazo de Astrid resultó ser sano y poco problemático. Tan pronto empezó a sentir las patadas de la criatura, la ansiedad de Astrid fue sustituida por una dicha que le era muy complicada explicar. Clara parecía fascinada ante la idea de tener un hermanito y seguía a su madre a todas partes como un patito seguía a su madre pata.
Astrid debía salir de cuentas la semana después de Navidad, por lo que aquellos últimos días estaban siendo agónicos. Sin embargo, la mañana de Navidad consiguió despejar su mente ante la maravillosa perspectiva de su marido y su hija mayor abriendo los regalos. La escena de Hipo ayudándola a romper los papeles de colores, bromeando y jugando con ella y abrazarla con el amor que todo niño merece de un padre, hacia que su pecho le doliera, pues eso hacía que se enamorara aún más de él si es que eso era posible. De vez en cuando él se acercaba a ella y la besaba suavemente en los labios mientras acariciaba su vientre. También le llevaba sus regalos y los abrían juntos: libros, cuadernos, plumas y tinta para escribir… Astrid no era de las que le gustara recibir joyas o ropa por Navidad. Sin embargo, ese año hubo un paquete que iba dirigido para la joven familia Haddock.
El regalo era ni más ni menos que del mismísimo Charles Dickens.
Hacía tiempo que había abandonado su labor de escribir cuentos navideños, pero Hipo y Astrid no habían olvidado que si no hubiera sido por ellos jamás se hubieran conocido, por lo que todos los años, por Navidad, le mandaban una cesta llena de fruta, dulces y vino. Nunca habían tenido ocasión de conocerle personalmente ni les había contado su historia, pero el señor Dickens siempre mandaba una nota de agradecimiento. Pero ese año, parecía que Charles Dickens había estado más inspirado que nunca, pues les mandó un pequeño libro forrado a mano que contenía un cuento de Navidad llamado El tronco de Yule, junto con una nota que rezaba:
"Para Lady Stormfly, de un gran admirador"
—¡Cielo santo! —exclamó Astrid sorprendida— ¡Charles Dickens lee mis novelas!
Decidieron leer aquel cuento después del desayuno y antes de levantarse, Hipo le entregó otro paquete.
—Este es de otro profundo admirador tuyo —dijo dándole un guiño.
El bebé se revolvió dentro de ella, propinándole una patada en el sitio menos propicio, pero Astrid sonrió de oreja a oreja. Rompió el papel con mimo y dentro había un pequeño marco de plata que enmarcaba un boceto hecho a lápiz. Astrid se reconoció a sí misma, con diecisiete años, llevando aquel incómodo vestido de volantes que llevó en aquel baile de Nochebuena. Sus rostro era más joven, inocente y travieso que ahora, pero había sabido captar el gesto que su boca cuando no quería parecer que estaba contenta.
—Fue el primer dibujo que hice de ti tras conocerte. Lo hice en la mañana de Navidad, ansioso por no olvidarme de todos los detalles de tu rostro —explicó él con timidez.
—Es precioso, me encanta —dijo ella emocionada—. Muchas gracias, Hipo. Esto deja mi regalo por los suelos.
Le había regalado unos lápices de colores especiales y, como ya era tradición, un relato navideño escrito a mano por ella misma.
—¿Estás bromeando? ¡Me encantan tus cuentos navideños!
Sonó el gong que anunciaba que el desayuno estaba listo. Clara, que hasta entonces había estado centrada en su nuevo osito, se levantó de un salto y corrió al comedor con el oso debajo del brazo. Hipo se levantó del sofá y cogió de sus manos para ayudarla a levantarse. De repente, Astrid sintió algo húmedo caer de entre sus piernas.
—Cielos —soltó ella mirándose a los pies.
—¿Qué? —preguntó Hipo y miró también hacia abajo— ¡Cielos!
Sin lugar a dudas, nunca olvidarían esas Navidades, pues la joven Lady Haddock dio a luz, a las cuatro de la tarde del día de Navidad, a un niño sano al que bautizarían después como James Henry Haddock, futuro heredero del Condado de Drumnadrochit. Y fue aquella noche de Navidad en la que Astrid Haddock comprendió que todo su sufrimiento había sido compensado con una familia que hace años pensó que no se merecería. La visión de su marido acunando al recién nacido mientras su hija dormía acurrucada junto ella le hizo ver que, por fin, había cumplido con su penitencia.
Hipo miró a su esposa sonreír cansada y no pudo evitar besarla suavemente en los labios antes de decir:
—Feliz Navidad, señora Haddock.
A lo que ella respondió:
—Feliz Navidad, señor Haddock.
FIN.
Y c'est fini. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí y espero de todo corazón que lo hayáis disfrutado.
Aprovecho este momento para hacer spam y pediros que os animéis a leer mi otro fic, Wicked Game, si no lo habéis hecho. Va sobre un universo paralelo en el que sucede la primera película, pero Astrid no está, pues aparece más tarde como una bruja a la que vinculan mágicamente con Hipo Haddock, el Maestro de Dragones de Isla Mema. Si también os gusta Trollhunters, sabed que tengo publicado una serie de One-Shots llamado Juntos y que, además, tiene un especial de Navidad.
También pediros que no me hagáis spoiler de Cómo entrenar a tu dragón 3, pues en España no se estrena hasta el 22 de febrero, por lo que por favor no me digáis nada de saberlo.
También me gustaría agradecer a ciertas personas: Holly Blue (por sus preciosos comentarios y audios), Nade (que estás ahí desde el principio y has comentado en absolutamente todo lo que he publicado de HTTYD), my drinking years, Malala2014, Luz Andres, Cathrina Frankenstein (sobre todo por esa maravillosa carta que me escribiste) y Nube de Invierno. A todas vosotras, muchísimas gracias por vuestras reviews, me hacéis ser mejor y me hacéis enormemente feliz con vuestros preciosos comentarios.
Agradecer también a Sakura Li-Taisho, Sakura Yellow, AD S. Gris y Poppys-fanworld (Poppy, j'aime tes dessins [pardon, mon français ce n'est pas très bon])
A todas, muchísimas gracias por estar ahí y os espero ver muy pronto.
Quién sabe, quizás el año que viene haya otro especial de Navidad :)
Pasad una muy Feliz Navidad y disfrutad del día.
