Me gustaría saber qué piensan… ¡Espero sus reviews!
DISCLAIMER: Los personajes, criaturas, escenarios, hechizos, etc. pertenecen a J. K. Rowling
CAPÍTULO 7: LA FIGURA ENCAPUCHADA
La oscuridad abrazaba la enfermería entera. A veces, podía distinguirse el viento golpeando las ventanas o el goteo de una canilla cercana, pero ningún otro sonido delataba la presencia de algo vivo en esa habitación, ni siquiera en el castillo. Reinaba el silencio, y eso molestaba a Draco. El silencio lo hacía pensar. Todo le dolía y sabía que no podía hacer nada al respecto. Se reía de sí mismo pensando en que años antes hubiera escrito miles de cartas a su padre quejándose de absolutamente todo lo que había vivido desde que llegó al castillo. Ahora, Lucius alternaba su vida entre interminables interrogatorios en Azkaban y la Mansión Malfoy, sitiada hasta nuevo aviso. Poco iba a importarle la comodidad de su almohada, y de importarle, dudaba que fuera capaz de hacer algo al respecto. De su poder, sólo quedaba el recuerdo. Eso había sido evidente con el ataque que había sufrido.
¿Quién había sido? Su primera opción fue Potter, y un segundo después de habérsele cruzado por la cabeza, más allá de la respuesta de Granger, supo que no era un acto digno del adorado niño que vivió. Maldito. Siempre rodeado de gente buena, justa, valiente… Rodeado de amigos. Desde que entró a ese colegio lo único que había recibido era ayuda y entendimiento, claro, el pobrecito no tenía padres. ¿Y qué si no tiene padres? Yo los tengo y no hicieron más que llenarme la cabeza con cosas absurdas. Todos ayudaban a Potter, mientras él pasaba veranos enteros rodeado de planes malignos y estrafalarios o mortífagos locos. ¿Acaso nadie veía que él crecía y convivía con todo el mal que el idiota de Potter enfrentaba solo una maldita noche al año? Claro, ayudemos al huérfano, al elegido; Malfoy está perdido. Le habían dado la espalda a un chico igual de necesitado. Estaba solo, tratando de crecer sin que toda la maldad que lo rodeaba lo afectara, apañándose en el poder que tenía Lucius, su único escudo. Ya no tenía nada. De su pasado, no quedaban ni los mortífagos. A la deriva, resultado de una guerra por la que había peleado sin convicción y abandonado como un cobarde. Demasiado bueno para los malos, demasiado malo para los buenos.
Todo pasó muy rápido. Escuchó un ruido que lo sacó de sus pensamientos y antes de que pudiera ver de dónde salía, una luz se estrelló contra su cama, de la que saltó con la rapidez suficiente para que el hechizo no lo afectara. Se arrastró a gatas hasta el lado opuesto de la enfermería y se escondió detrás de un biombo. Unos pasos firmes se acercaban lentamente hasta donde estaba él, que no se atrevía a abrir los ojos. Los pasos se detuvieron, pero lejos de tranquilizarse, su corazón se aceleró. Entendió que quien fuera que estaba ahí, no necesitaba acercarse más. Un susurro le indicó a la varita del atacante qué hacer y aún con los ojos cerrados, pudo divisar que una luz cada vez más fuerte iba en su dirección. En menos de lo que hubiera sido esperado, reconoció el efecto. Su cuerpo quedó rígido en el piso mientras decenas de cuchillos lo atravesaban, sin dudas el susurro había sido Sectumsempra. No había nada que pudiera hacer. Ningún Severus que viniera a salvarlo con ese hechizo-canción que lo había sanado tiempo atrás. El dolor era insoportable, no podía pensar. De a poco sentía cómo la vida dejaba su cuerpo y algunas imágenes pasaban en su mente. No eran recuerdos, no se sentía capaz de reproducir más que cosas al azar: la madera de su escoba, el jardín de la mansión, los ojos de Narcisa mirándolo con amor, el olor de los jazmines. No, no podía ver el aroma de una flor. Lo estaba oliendo de verdad. Sí, jazmines… y de pronto, luz.
. . .
A Hermione le sorprendió ver la puerta de la enfermería abierta, pero no dudó en entrar. Entornó los ojos intentando acostumbrarse a la oscuridad y casi instintivamente, agarró su varita. Con todo el cuidado y silencio del que fue capaz, se acercó a la cama de Draco y tanteó el colchón, pero no estaba ahí y tampoco había rastros de la enfermera.
- ¡Lumos Maxima! –gritó sin titubear, haciendo que una bola de luz saliera de su varita, ubicándose en el centro de la habitación. En la pared opuesta a la camilla de Draco, al notar la presencia de Hermione, una figura encapuchada se erguía lentamente de espaldas a ella. La capa bajo la que se escondía no permitía distinguir su cuerpo. Hermione se quedó quieta, esperando lo peor. Tenía su varita firmemente agarrada, pero ningún hechizo salía de su boca. De repente, la figura se hizo humo, descubriendo el cuerpo de Draco, que yacía firme y herido. Antes que pudiera reaccionar, el encapuchado desapareció, rompiendo el ventanal del fondo de la enfermería. Hermione corrió el tramo de suelo que los separaba y se agachó junto a Draco, que se desangraba a través de muchísimos cortes. Se corrió el pelo de su cara e inspiró con fuerza. Esta vez sí sabía qué hacer.
-Vulnera Sanentum –canturreó repetidas veces con su varita, apuntando cada una de las heridas. De a poco, la sangre parecía volver a su cuerpo, dando paso a un color más saludable y una respiración normal. Sus ojos seguían cerrados, pero ahora parecía una acción forzada. Él no quería abrirlos. –Estamos solos –le dijo, una vez que sus heridas se habían cerrado. Draco abrió los ojos con lentitud y sufrió un déjà vu. Otra vez la cara de Granger lo examinaba preocupada, podía asumir que con un poco de orgullo y la frente manchada de sangre, al igual que en el tren. Al verlo abrir los ojos y notar que estaba bien, sonrió aliviada y sin mirar, arregló la ventana. Sólo había visto esa clase de desaparición dramática en la Madriguera y en la Batalla de Hogwarts. En ambas ocasiones, las habían hecho mortífagos. Tenía que sacarlo de ahí.
Draco la miró desconcertado y abrió la boca varias veces intentando contestar algo coherente. Al verse imposibilitado, se limitó a seguirle la corriente y dejarse levantar con ayuda de ella. Como si fuera algo común entre ellos, Hermione se acomodó bajo su brazo y lo rodeó con uno de ella, para que caminara sin dificultad. Él no podía más que mirarla con una ceja en alto, expresando incredulidad. Había estado a segundos de morir y Granger lo había salvado. Dos veces.
- Alguien está muy poco contento respecto a que hayas sobrevivido lo del tren –concluyó finalmente, en un intento de explicar lo que estaba haciendo-. Acá estás demasiado expuesto, nos vamos a la Sala de Menesteres.
