¡Espero que sepan disculparme! Estuve muy ocupada estudiando para mis exámenes (por lo general eso no me detiene, pero me temo que además sufría de un grave caso de bloqueo). De cualquier manera, acá está el nuevo capítulo. Ojalá la espera haya valido la pena.


DISCLAIMER: Los personajes, criaturas, escenarios, hechizos, etc. pertenecen a J. K. Rowling

CAPÍTULO 10: HUMORES

Hermione seguía pasmada. No era ninguna tonta, y sabía que lo que fuera que estuviera pasando no estaba bien. Preocupada, confundida y un poco ida, se dirigió a la torre de su casa. No podía engañarse a sí misma con excusas, así que decidió ignorar el tema. Obvió el malestar estomacal imaginario con el que llegó a su habitación y se dispuso a dormir todo lo que pudiera.

Un aplastante calor la despertó agitada. Para nada era una amante del verano, pero nada iba a ponerla de mal humor ese día. Su añorado frío no iba a tardar en llegar, por lo que no iba a darse el lujo de desaprovechar los últimos calores del verano. Aún con el pelo húmedo después de darse una ducha y una gran sonrisa, cargó su mochila con los libros necesarios dirigiéndose al comedor. Allí, tomó una manzana verde y se encaminó hacia el patio. Tranquilamente, caminaba sin rumbo por los pastos del castillo, erróneamente pensando que sería la única allí. Dándole un mordisco a su manzana, sintió una presencia que la congeló. Como si lo hubieran planeado, se encontraba frente a Draco Malfoy, aunque a unos cuantos metros de distancia. Su corazón se aceleraba con cada paso que él daba hacia ella. El sol hacía que su pelo pareciera blanco, y ni hablar de su piel. Tragó rápidamente, ahogándose un poco, sin poder concentrarse más allá de su vista. Tenía el pelo alborotado, la ropa desalineada y la corbata demasiado suelta. Si no lo hubiera conocido, diría que era la perfecta imagen del típico rebelde sin causa. Pero lo conocía, y por más atractivo que se viera así, sabía que su estado de nula exigencia estética sólo significaba que no estaba para nada bien. Pensó en su encuentro de la noche anterior y no entendía por qué si hacía unas horas la había tratado como la había hecho, ahora se acercaba a ella con los ojos enardecidos. Se recordó a sí misma hacerle caso a Ginny la próxima vez que le advirtiera algo, esta vez ya era muy tarde.

. . .

Al abandonar a la chica frente al retrato donde lo había citado, corrió hasta las mazmorras. Pensaba en lo que había hecho. Le había dado las gracias y le había explicado por qué lo hacía. Por lo menos hasta ese punto, estaba bastante complacido con lo que había hecho, sentía que su orgullo seguía intacto. Al menos, esa satisfacción duró hasta que entró en la Sala Común de Slytherin.

La habitación de Draco, Theo y Blaise –antes también compartida con Crabbe, Goyle y Pike-, constaba de tres grandes camas de hierro, cuyas ropas y abrigos, mostraban suntuosamente bordado el escudo de la casa. Draco se recostó y estiró la mano derecha hasta tocar la cabecera de la cama. La marca que le había hecho en su segundo año seguía ahí. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en casa. No aquella que ocupaba durante el verano y alguna que otra festividad durante el año, la suya. Respiró profundamente e intentó pensar al menos en su tarea, pero estando solo, su mente lo llevó hacia otro lugar. Uno que, aunque le costara, tenía que explorar con muchísimo cuidado.

Primero, estaba la preocupación. Aquella que, si se conocía tan bien como creía, sabía que no lo dejaría dormir. No tenía un plan para defenderse, ni siquiera sabía contra lo que se enfrentaba. Lo único que de lo que estaba seguro era que quien sea que fuera, no iba a darse por vencido hasta terminar con él. Por fin caía en la realidad, estaba en peligro y solo, técnicamente. Que Granger estuviera expuesta ante el mismo problema, en parte lo hacía sentir acompañado, pero sabía que lo buscaba a él. Sentía el mismo miedo que había sentido hacía dos años, cuando supo que a pesar de la clara orden que le habían impuesto, no iba a poder matar al director del colegio. Claro que en ese momento el temor estaba justificado, se enfrentaba a un maníaco genocida obsesionado con la sangre. ¿Contra quién estaba ahora? Trató de hacer un recuento mental, y concluyó que no se había metido con nadie. Al menos no lo suficiente como para que intentaran matarlo de camino y dentro del edificio más seguro de todo Gran Bretaña. Supo que si su supervivencia dependía sólo de él, estaba perdido. Iba a necesitar la ayuda de alguien valiente, inteligente, competente. Eso lo catapultó hacia el otro punto que atormentaba su cabeza.

Hermione Granger. Su cabeza pedía a gritos un repaso cronológico de lo que había estado pasando entre ellos desde el tren, pero no se atrevía a saciar esa necesidad. Definitivamente las cosas no estaban saliendo bien. Al menos, no eran normales y eso lo incomodaba bastante. Tenía que admitir que el jueguito de ganar discusiones contra ella apelando a su físico, había resultado un arma de doble filo. Según lo que demostraba, no parecía que a ella le afectara. Él no podía decir lo mismo. Después de siete años de insultos, peleas y hasta golpes, empezaba a replantearse la naturaleza de sus múltiples y enormes enfrentamientos. Sin saber qué pensar al respecto, se decidió por que, gracias a sentirse protegido y ante la falta de intimidad con otras mujeres, su cuerpo estaba confundido. Además, siempre le habían gustado los jazmines. Suspiró, tranquilo con su conclusión. Granger seguía siendo la misma sabihonda hija de muggles, con un mal criterio de compañía y ropa por lo menos un talle mayor a lo que correspondía.

Sí, definitivamente ésa era. Y por supuesto no le gustaba que discutieran como pares, no le atraía su cuerpo, su olor no era lo que lo desconcentraba, ni su actitud protectora lo reconfortaba. Dudó. La había llamado por su nombre y todo se derrumbaba de a poco, como si eso hubiera sido la llave que abría paso a una idea enterrada hacía años. Y la cara de ella al escucharlo decirlo le había confirmado esa vaga idea. Quería repetirlo cien veces más, solo para ver su expresión. Recapitulaba una y otra vez el momento, y no conseguía averiguar por qué lo había hecho. Maldición, gritó, logrando que la palabra hiciera eco en la habitación. Era solo una palabra, un nombre. El nombre de la sangre sucia amiga de Potter. No podía permitirse pensar de otra manera, algo tenía que hacer. Se durmió con su ceño fruncido y muy decido respecto a lo que debía hacer.

Se había despertado de muy mal humor y no le importaba esconderlo. Se bañó con paciencia y se puso la ropa sin siquiera fijarse en el espejo. Subió al comedor y se sentó en su mesa, sin tocar el desayuno. Movía impacientemente su pierna derecha. Sabía que en cualquier momento se llenaría de alumnos, de todos ellos. Era cuestión de esperar.

Cuando ya estaba demasiado impacientado, vio entrar a Hermione con una mochila enorme, probablemente llena de pergaminos, libros y más libros. Bufó, sorprendido de cuán predecible podía ser, y molesto porque era muy evidente que el peso de aquella mochila era mayor al que debería cargar. Demasiado peso para ella y cualquier otro, se apuró a aclarar en su cabeza. Más enojado de lo que estaba, la siguió mientras salía del comedor, unos segundos más tarde.

Una vez en el patio interno, notó realmente el calor que hacía. El sol era simplemente insoportable. Se quedó apoyado en una columna interna de la galería, viendo cómo ella se acomodaba en el piso minuciosamente. Concluyó que era meticulosa en todos los aspectos de su vida. En la cabeza de Draco, su falta de espontaneidad y su temperamento al enfrentarlo o la valentía que había demostrado en la Batalla de Hogwarts, no eran cosas que fácilmente se complementaban. Definitivamente, era una caja de Pandora. Decido, se asomó a través del arco que llevaba al patio y esperó hasta que ella lo viera, lo cual no tardó mucho. Entrecerró los ojos debido a la excesiva claridad y se paró frente a ella, acomodándose el pelo descuidadamente hacia atrás.

- Hola –dijo Hermione, tosiendo automáticamente a causa de un leve atragantamiento, parándose y acomodando su falda con rapidez.

- Granger –contestó a modo de saludo. Hermione sintió cómo algo dentro suyo desaparecía, probablemente algún tipo de esperanza. Volvía a ser Granger.- No tengo tiempo como para andar con rodeos. Temo que no dejé las cosas claras ayer. Nada de lo que haya dicho cambia nuestra… No cambia nada –se corrigió, hundiendo en un pozo el buen humor de Hermione, quien de a poco se sentía humillada-. No somos amigos, no somos aliados, no somos nada. Y preferiría que te mantengas al margen de todo esto. Sobre todo, lejos de mí.

Esa era la verdad, la razón por la cual debía mantener su postura fría y distante. Hermione tenía que salir del ojo de la tormenta. Su bienestar dependía de eso, por más que Draco necesitara de su ayuda para salvarse. Cuantas más razones ella tuviera para mantener la distancia, mejor.

- Tengo muy claro que es lo que no somos –marcó con orgullo- No necesito que nadie me explique esta clase de cosas, y por supuesto, menos vos.

- Me alegra escucharlo, sangre sucia –siseó a propósito, viendo como la cara de la chica se transformaba de enojo a decepción. La había lastimado – Eso era todo. ¿Vos…? ¿Algo que tengas que decirme? –preguntó, usando las palabras exactas que ella había usado la noche anterior

- Sí. Andate a la mierda, Draco – lo insultó sosteniéndole la mirada unos segundos. No podía creer lo raro que era. ¿Cómo podía ser tan ciclotímico?

- No te excedas con la confianza -amenazó, sacándole la manzana de la mano con un movimiento rápido y elegante.

- ¿O qué…? –lo desafió- Te recuerdo que no soy yo a la que están queriendo matar.

- No estaría tan seguro –dijo con seriedad. Era toda la preocupación que podía expresar, sin advertirle con claridad que se encontraban en igual peligro. Aunque todavía guardaba esperanzas. Quizás Blaise y Theo se equivocaban, y su atacante olvidaba a Hermione…

- Como sea. Si me disculpás, quiero seguir estudiando – largó enojada, con su mochila colgando del hombro.

Draco la vio alejarse corriendo por donde él había venido y se sintió, por primera vez, orgulloso y decaído. Alejarla era lo correcto, pero no se sentía bien. Se sentó donde ella había estado antes y miró la fruta como si fuera un objeto con magia propia. Alrededor de la única mordida que tenía, había un pequeño rastro de labial. No sabía que ella usaba esa clase de cosas. Pensó en su boca, dudó si alguna vez había dado alguna pista de femineidad. Haciendo memoria, pudo recordarla en reiteradas ocasiones mordiendo su labio inferior y notando con demasiada exactitud cómo este se hinchaba y coloreaba en consecuencia. Pensó en el brillo y el sutil tono rosáceo que siempre tenían. ¿Cuál sería su sabor…? Queriendo borrar esa imagen de su cabeza, mordió la manzana sobre la marca que había dejado su anterior dueña, como si eso pudiera borrar cualquier clase de pensamiento acerca de ella o su boca. Volvió a concentrarse en esa insulsa manzana verde, temiendo que por obra de Merlín, el labial de Hermione volviera a aparecer. Estaba jodido.