(La historia pertenece a Kelly Oram y los personajes de Candy Candy pertenecen a Mizuki e Igarashi)

El lunes por la tarde, cuando fui la primera en responder a la puerta y encontrar al Detective Niel Legan del departamento de policía de Detroit, casi caigo sentada en el piso. Dejando de lado el hecho de que el tipo tenía un aspecto tan oficial y aterrador con un arma colgando de sus caderas, parecía estar aquí para hablar conmigo.

De alguna manera, había asumido que sería Terry el que había tocado a la puerta porque no nos habíamos visto desde nuestra salida a Patty's de ayer. Anoche dijo que había cosas que tenía que hacer, y yo no lo había invitado al partido de hockey de esta mañana. No creía que fuera una buena idea, teniendo en cuenta su desagrado hacia Anthony, y sabiendo como habían empezado a atosigarme los chicos desde que habían descubierto mi "buena delantera".

Así que, sí, que el gran policía de los barrios pobres pareciera saber exactamente quien era cuando abrí la puerta me dejó algo sorprendida.

—¿P-puedo ayudarlo? —tartamudeé.

Sonrió con tranquilidad.

—Tú debes ser Candice.

—Uh, sí. —Escuché mentalmente a mamá gritándome que cuidara mis modales—. Es decir, sí, señor.

—Detective Legan está bien, Candice.

—Candy.

—De acuerdo, Candy. Estoy aquí para hacer un seguimiento de la denuncia que puso tu hermana ayer por la tarde.

—¿Ángela puso una denuncia?

—Sí, ya lo creo. Tengo que hacerle un par de preguntas más. ¿Por casualidad está en casa en este momento?

—Uh, sí. —Giré mi cabeza hacia las escaleras y grité—: ¡Ángela!

Era la primera palabra que le dirigía desde nuestra pelea.

—¡Es para ti! —Miré de nuevo al policía, preguntándome si se suponía que debía dejarle pasar. No lo hice. Solamente abrí la puerta un poco más y dije—: Enseguida baja.

—¿Disculpa, Candy? —me preguntó el tipo cuando comencé a alejarme—. También me gustaría hablar contigo, si no te importa. Me gustaría escuchar tu opinión sobre el asunto.

—¿Qué asunto? —pregunté lentamente. Comencé a tener un mal presentimiento.

Antes de que el policía pudiera responder, Ángela apareció en las escaleras. Ella se detuvo en seco cuando notó al uniformado en la puerta.

—Oh —dijo, sorprendida—. Hola.

Me lanzó una mirada nerviosa, y ahí fue cuando comprendí todo.

—¡Dime que no lo hiciste! ¿Llamaste a la policía por mi novio? ¿Estás loca?

—¡Bueno, obviamente tú no ibas a hacerlo! —gritó en respuesta.

—¡Por supuesto que no!

El oficial se aclaró la garganta. Hay algo en los oficiales de policía que te hacen sentir la necesidad de obedecer. Tanto Ángela como yo nos detuvimos y esperamos sus instrucciones.

—¿Señoritas? ¿Podría pasar para poder resolver este asunto?

Una vez estuvimos todos sentados en la sala, Ángela dijo—: Entonces, ¿por qué está usted aquí? Ya le dije al tipo de ayer todo lo que sé. Y para ser honesta, no creo que me creyera mucho. Creo que ni siquiera escuchó la mitad de lo que dije.

—Porque lo que dijiste era estúpido —refunfuñé—. Lo siento oficial, mi hermana le está haciendo perder el tiempo. Terry no es más asesino de lo que yo lo soy.

El estúpido tipo me ofreció una sonrisa condescendiente, y se dirigió a Ángela.

—Es nuestro trabajo seguir cada pista que aparece, sin importar lo pequeña que sea, señorita White. Si está realmente preocupada, entonces hizo lo correcto en llamar a la policía. Ahora, ¿podría comenzar desde el principio?

—Pero, ¿por qué? Ya les dije ayer a los policías todo lo que sabía.

—Soy del Departamento de Policía de Detroit. El investigador a cargo del caso del Mutilador. Tengo mucha más información que el departamento local. Puede que encuentre algo en tu historia que los de blanco y negro ignoraron.

—Oh, de acuerdo.

—Entonces, háblame de ese chico, Terry.

¡Esa estúpida traidora se lo contó todo! Le contó como los asesinatos habían comenzado justo cuando él se mudó aquí, y cómo al principio había sido yo la primera en sospechar de él. Le dijo como Terry me había estado acosando, y cuando dije que me había secuestrado. Incluso le habló de su colección de cuchillos y su puntería. Luego, habló detalladamente sobre la muerte de sus padres, y su posible trastorno de personalidad. Eso pareció interesarle muchísimo al tipo, así que comenzó a hacerme montones de preguntas.

Entonces, Ángela continuó hablando y le explicó que lo habíamos seguido y visto hablar con un tipo que parecía un agente secreto, y que después se había dirigido a la escena del crimen en Garden City. Cuando ella le contó sobre todas las preguntas que le hizo sobre Travis, el policía también pareció muy interesado en eso.

—¿Y quién es Travis?

—Sólo un estúpido al que mandé a tomar viento.

—Es un chico de último año de la secundaria Stevenson de Livonia. A él también le gusta Candy, y cuando la invitó a salir, Terry se puso todo loco de celos.

—¡No fue así! —protesté—. Fue sólo que no le hizo gracia el hecho de que prácticamente Travis estuviera acosándome. ¡A Anthony tampoco le gustaba Travis, pero no te vi acusándolo!

—Anthony no irrumpió en tu habitación ni te obligó a ser su novia. Terry es un psicópata y un acosador. ¿Por qué no puedes verlo?

—¿Entonces Terry irrumpió en tu hogar? —preguntó el detective Legan. Tomaba notas de nuevo. Seguramente a este punto se estuviera quedando sin hojas en su libreta—. ¿Y te está obligando a ser su novia?

—No —contesté, y le repetí a Ángela—. ¡No!

El oficial esperó por una explicación.

—De acuerdo —bufé—. Vino hasta la ventana de mi habitación, ¡la cual yo abrí para él! Y sí, dijo que no tenía otra opción más que ser su novia, pero sólo porque sabía que quería serlo pero me sentía muy nerviosa para decir que sí. No es un psicópata. Quiero retirar las acusaciones que haya sobre él.

El oficial se rió de mí como si fuera una niñita estúpida. Juro que estuve así de cerca de ir a la cárcel por agredir a un oficial de policía.

—Lo siento, Candy. Es mi trabajo seguir todas las pistas. Y mientras la historia parezca puramente circunstancial, debes admitir que hay muchas similitudes entre este chico y los asesinatos.

—Bien, pero no se atreva a poner mi nombre en esa queja con el de ella. No quiero tener nada que ver con esto.

—No te preocupes, Candy, estoy al tanto de tus sentimientos sobre el asunto. —El tipo dejó de hablar y me lanzó una mirada distante—. Es sorprendente —dijo, casi para sí mismo—, lo mucho que encajas con el perfil. Eres exactamente igual que una de las victimas.

—Heather Monroe —susurré automáticamente.

La temperatura de la habitación descendió unos notables diez grados. Todos nos estremecimos.

—Puedo ver por qué tu hermana se está tomando esto tan seriamente —dijo el detective Legan, hablando de Ángela casi con admiración. Luego se giró para mirarme con un rostro lleno de preocupación—. Pensaría que deberías estar más preocupada por tu seguridad, dadas las circunstancias.

—Lo estoy. —No pude evitar el tono de queja en mi voz, y quise patearme internamente—. Sólo porque no crea que Terry sea un condenado asesino en serie no quiere decir que sea una idiota. Nunca salgo sola. No voy a ninguna parte cerca del centro de la ciudad, y me mantengo encerrada aquí cada fin de semana. Prácticamente, mi padre hace guardia con una escopeta.

—Buena chica. —El detective Pierce finalmente se levantó—. Bueno, gracias por su tiempo, señoritas. Comprobaré esto y…

—¡Pero él no ha hecho nada!

—Prometo ser muy discreto, Candy, y muy minucioso. No voy a andar acusando a nadie si no estoy seguro al cien por cien, y con evidencia sólida para apoyarme.

Entonces, se me ocurrió algo. Algo horrible.

—¿Va a hablar con él? —pregunté con un jadeo—.¿Va a decirle que Ángela lo acusó a la policía?

—Oh, no, claro que no. —Hizo una pausa—. Si preguntara, no diría quién lo hizo. Si hay algo de verdad en esta historia, no queremos espantarlo. Revisaré el asunto con tranquilidad, y si necesito algo más de ustedes, se lo haré saber. No te preocupes, Candy, es probable que tengas razón y todo esto sea un malentendido. Sin embargo, por el momento, deberías ser un poco más precavida. No estés a solas con él, siempre lleva un móvil y gas pimienta contigo, y sigue haciendo lo que has estado haciendo para estar a salvo. No queremos que te suceda nada.

Ángela y yo miramos por la ventana hasta que la patrulla hubo desaparecido. Ángela se movió primero.

—Candy, tuve que hacerlo —dijo. Sonaba alterada, casi tanto como para llorar. Sin embargo, si de mi vida dependiera entender la razón por la cual estaba tan alterada, no tendría mucha suerte.

Me enojé demasiado. No creo que haya estado tan enojada en toda mi vida. Me sentía tan enojada que ni siquiera quería golpearla. Ni siquiera podía mirarla. Simplemente me alejé de la ventana y caminé a mi habitación.

—Candy, sé que estás enojada —dijo Ángela, siguiéndome por las escaleras—. Pero tenemos que estar seguras. Si no es él, entonces la policía lo sabrá y no tendremos que preocuparnos de nuevo. Pero si es… Candy, tenía que hacerlo.

Me siguió todo el camino hasta mi habitación, ahogándose en sus últimas palabras, a punto de llorar. No me importó. Entregó a Terry a la policía. Lo acusó de asesinar a cuatro chicas. Cerré la puerta justo en su cara y la ignoré durante los siguientes dos días.


—De acuerdo, mira, si vas a venir conmigo entonces debes comportarte.

Terry arrugó su frente mientras dejaba caer su monopatín a sus pies. ¿He mencionado lo sexy que es que patine?

—¿Qué se supone que significa eso?

—Significa —dije atándome los cordones de mis patines—, que eres demasiado sobreprotector, y el hockey es un juego de contacto. Los chicos no se contienen sólo porque sea una chica. Si me golpean, no tienes permitido causar problemas.

La frente de Terry se arrugó todavía más profundamente y me lanzó un ademán indicando que era ridícula.

—También eres del tipo celoso —continué. Me reí gracias a la mirada feroz que recibí como respuesta a mi comentario—. Soy la única chica que juega, y la mayor parte del tiempo, soy la única chica presente. Me echan mierda por eso. Siempre. Lo más probable es que haya comentarios sugestivos y/o pervertidos hechos a mis expensas, y de nuevo, no tienes permitido causar problemas.

—Oye, si un tonto jugador de hockey se pone alegre con mi novia, no voy a sentarme allí y mirar.

—¿Terry? —le advertí—.¿Puedes manejarlo o no?

—Sólo no coquetees con medio vecindario como haces con Holcomb, y no habrá ningún problema.

—Estar a quince metros de alguien del sexo opuesto no cuenta como coquetear. Supéralo o quédate en casa.

—Quiero verte jugar, así que voy contigo. Puedo entender que el partido es una práctica, pero me niego a que un montón de idiotas acosen sexualmente a mi novia, así que no prometo nada. ¡Olvídalo!

Durante un minuto nos miramos con ferocidad el uno al otro, pero ninguno de los dos dio un paso atrás, así que al final lo dejamos así y nos dirigimos al parque. Tuve que contener una risa cuando Anthony nos saludó con una gran y amigable sonrisa cuando llegamos, diciendo que desde que tanto él como yo íbamos a ser los capitanes hoy, yo ya había perdido el partido antes de aparecer.

Le dije a Anthony que ya veríamos y me giré hacia Terry.

—Eso sólo son provocaciones deportivas, no coqueteo. —Terry estaba claramente muy poco convencido, así que le dediqué mi mejor movimiento de pestañas y agregué—: Voy a jugar. Diviértete dándole vueltas a la cabeza.

Terry me sostuvo por la muñeca cuando comencé a alejarme, me giró hacia él con tal fuerza que choqué contra su pecho. Sus brazos serpentearon alrededor de mi cintura al instante.

—Terry, vamos —dije, combatiendo un estremecimiento. No había nada tierno o inocente en la forma que me sostenía contra su cuerpo—. No delante de los chicos, ¿por favor?

Terry echó un vistazo sobre mi hombro, y cuando estiré mi cuello para ver si los chicos nos miraban, tomó mi mentón y lo movió hacia él.

—Sólo quiero darte un beso de buena suerte —dijo, y entonces durante el siguiente minuto, convirtió el parque en un lugar inadecuado para niños menores de trece años.

Los silbidos de todo tipo y los comentarios rudos por parte de mis compañeros comenzaron inmediatamente, pero yo simplemente levanté cierto dedo en su dirección y dejé que Terry me besara.

—¿Has terminado de marcar tu territorio? —refunfuñé, alcanzando mi cabello para volver a hacer la cola de caballo que Terry había estropeado.

—Depende —contestó, sus brazos todavía reposaban alrededor de mi cintura—. ¿Entendieron todos el mensaje?

—Creo que todos en el estado de Michigan entendieron el mensaje —dijo una voz a nuestras espaldas.

—¡Ángela! —exclamó Terry agradablemente. Demasiado agradable—. Qué agradable sorpresa. ¿Qué te trae al parque esta mañana?

No le había hablado a mi hermana desde antes de ayer, cuando el policía apareció en nuestra casa, sin importar lo mucho que había intentado ser agradable. Terry, por otra parte, parecía estar dando suficiente conversación por ambos.

Él había estado intentando con todas sus fuerzas redimirse por haber asustado a Ángela. Especialmente desde que le dije que ella no quería que saliera con él. Al menos, creo que esa es la razón por la que ha actuado extra amigablemente con ella durante el último par de días. Qué mal que mientras más intentaba ser agradable, más espeluznante parecía.

—Sólo vine a ver de qué se trataba tanto escándalo —dijo Ángela.

Ella emanaba esa extraña combinación de miedo e ira cada vez que le había hablado a Terry esta semana. Se podría decir que quería molerlo a golpes, pero tenía mucho miedo para hacerlo. Recuerdo esos días. Estoy contenta de que hayan terminado.

—Si Candy pudo darle una oportunidad a salir de compras conmigo, supuse que era justo venir a ver uno de sus partidos.

¡Mentira! Vio que Terry venía conmigo y no quería dejarme a solas con él.

—Bueno, me alegro de que estés aquí —le contestó Terry a mi hermana mientras pasaba un brazo por sus hombros—. Voy a necesitar que alguien me explique el partido. También, para mantenerme alejado cada vez que alguien toque a Candy, dice que no se me tiene permitido causar problemas.

Terry se rió de su propio chiste, pero Ángela parecía un poco mareada mientras él la conducía hacia el banco más cercano.

Era algo bueno que Terry y Ángela estuvieran allí, no para verme jugar, sino para mantener la vista en mí, ya que el partido terminó dos segundos después de haber comenzado.

Travis era la última persona que esperaba que jugara hockey en mi parque, mi cancha, y no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde. Teniendo en cuenta que una vez estaban todos los cascos puestos y las camisetas puestas, todos eran bastante iguales. Miré dentro de aquellos ojos cuando nos enfrentamos, pero no lo reconocí hasta más tarde cuando ilegalmente me tiró al suelo tan fuerte que comí pavimento. El hecho de que me hubiera dado un golpe en mi pecho no podía ser más obvio.

—Ups, lo siento.

Ignorando el dolor ardiente en mi pecho, salté a mis pies e intenté tomar a mi agresor un segundo antes de que Terry lo hiciera. Terry parecía un asesino, pero ni loca iba a robarme esa pelea. Lo empujé, y entonces me fui contra el tipo que me había golpeado.

—¡¿Qué diablos?! —chillé.

—¿Qué sucede, Candy? Creía que te gustaba jugar duro.

En ese momento fue cuando lo reconocí.

¿Travis?

—Así que me rechazaste por el gran hermano, ¿eh? —se burló—. No te molestes. —Apuntó con la mirada a mi pecho y sonrió—. De todos modos, no las noté como creí que sería. Son más pequeñas de lo que parecen.

Acarreé contra Travis lanzando un golpe con todas mis fuerzas, pero él lo esperaba. Atrapó mi golpe y torció mi brazo detrás de mi espalda con tanta fuerza que casi creí que me lo sacaría del hombro.

—Entonces, te gusta jugar duro —dijo riendo, y ahí fue cuando todo se volvió un infierno.

Terry voló contra Travis, liberándome de un golpe de su agarre, lanzándome también al suelo en el proceso. Anthony se hallaba allí mismo para echarme una mano. Me preguntó si me encontraba bien, pero no era por mí por quién me preocupaba en ese momento.

—¡Terry!

Terry se había movido tan rápido que no creí que nadie, además de Travis y yo, supiera lo que ocurría hasta que grité—: Suelta eso, Terry. Estoy bien, ¿de acuerdo?

Terry mantuvo el filo de su cuchillo en la base del cuello de Travis.

—Si vuelvo a verte alguna vez —dijo, con su voz inquietantemente controlada—, será razón suficiente para mí.

El rostro de Travis se había vuelto pálido y el círculo de chicos que nos rodeaba se había congelado.

—¡Terry, cálmate! ¡Estoy bien!

Lentamente, alejé la mano de Terry del cuello de Travis y agarré el cuchillo.

—¿Ves? —pregunté, volviendo a guardar la cuchilla y después lo puse frente a la vista de Terry—. A esto me refería con no causar problemas.

Se estiró para tomar el cuchillo, pero lo atraje lejos de él y lo introduje en los bolsillos delanteros de sus pantalones. Miré alrededor, a todas las caras sorprendidas de mis amigos. Suspiré.

—Vamos —dije a un Terry todavía enojado—. Demos una vuelta en coche o algo por el estilo, pero no en tu pedazo de mierda de Beemer.

La multitud se removió para darnos una salida. Solamente Anthony fue lo suficientemente valiente para dar un paso al frente y ayudar a Travis.

—Entonces, uh —me dijo mientras colocaba al chico sobre sus pies—. Te vemos el sábado, ¿no?

—Será lo mejor —dije, y lo despedí con un golpe de manos. Entonces, ya que estaba lo bastante cerca y Travis no lo esperaba, le di con mi rodilla en su miembro hasta ponerlo en el suelo—. Ups. Lo siento. Nos vemos, chicos —saludé a la multitud estupefacta sin mirar atrás.

A Ángela le costó un minuto juntar el valor necesario para ir tras nosotros.

—¡Espera! ¡Candy! ¿A dónde crees que vas?

—A quitar algo de hierro al asunto —dije—. Con Terry. Y sin ti.

Me sorprendí cuando mi hermana tuvo el descaro de cruzarse en mi camino.

—Creo que no. Acaba de amenazar con un cuchillo a una persona.

—Me defendió. Travis casi me rompe el brazo.

—No me importa, no irás a ninguna parte con él.

El rostro de Terry volvió a enrojecer de rabia. Comenzó a decir algo pero no pudo encajar palabra antes de que gritara.

—¡¿Entonces, por qué no llamas a la policía?!

Su cara se transformó de repente.

Casi como si mis palabras tuvieran algún súper poder, dos autos de policías aparecieron a la vuelta de la esquina. No podía creerlo. Me quedé allí, asombrada, cuando Ángela sostuvo el teléfono que había dejado junto a mis pertenencias en la mesa de picnic, frente a mí.

—Ya lo hice —susurró.

Terry y yo nos miramos el uno al otro, y el dolor en su expresión fue suficiente para hacer que odiara a mi hermana para siempre. Ella también lo sabía. Lo podía ver en mis ojos.

—Candy, tenía un cuchillo en la garganta de Travis. Sólo estaba siendo responsable. —Miró a Terry, quien todavía lucía sorprendido y no sabía qué decir—. Lo siento, Terry. Pero no me digas que no eres capaz de usarlo. ¿Qué se suponía que debía hacer?

Miramos detrás de nosotros. Los policías hablaban con los demás chicos. Algunos apuntaban en nuestra dirección. Entrelacé mis dedos con los de Terry y suspiré.

—Entonces vamos.

Al final, mi hermana logró que me arrestaran. La policía tomó declaración de todos en el parque, y luego nos transportaron a Travis, a Terry y a mí a la comisaría.

Después de escuchar la historia completa, la policía nos preguntó si queríamos presentar cargos de acoso, ya sea físico o sexual, contra Travis. El tipo es un imbécil, pero hacer eso va en contra de las reglas de los partidos en el parque. Sin mencionar que si yo presento cargos en su contra, él podría presentar los mismos cargos contra mí, por casi retraer uno de sus testículos. Eso habría abierto las puertas a otro millón de chicos de presentar cargos contra mí. Kowalski podría, probablemente, encerrarme durante veinte años en la cárcel, culpable por todas las veces que lo había golpeado.

Cuando me negué a presentar cargos, Terry se enojó muchísimo conmigo y comenzamos a discutir. Entonces, Travis hizo un comentario para nada necesario, llamándome de "naturaleza fácil", y me lancé contra él. Los policías me tuvieron esposada casi tan rápido como Terry había puesto aquel cuchillo en la garganta de Travis un rato antes.

Travis y yo recibimos una severa advertencia, y nos dijeron que si nos encontraban peleando de nuevo, seríamos fichados por conducta indisciplinada y nos harían pasar la noche allí. Pero, gracias a todo eso de amenazar-con-un-arma-letal, el pobre Terry fue acusado de delito menor y dejado en libertad bajo fianza por su tía. Todos fuimos amenazados con asistir a clases de control de ira asignadas por el tribunal.

Después de todo eso, estaba segura que cualquier tipo de relación entre Terry y yo, iba a convertirse en una historia como la de Romeo y Julieta. Ya saben, prohibida. Entonces, vi la mirada en el rostro de mi padre cuando fue a recogernos, y mis sospechas fueron confirmadas. Él se encontraba furioso.