Les avisé que con más tiempo iba a poder escribir más. Creo que es el capítulo más largo (hasta ahora), espero que eso no les moleste.
¡Disfruten!
DISCLAIMER: Los personajes, criaturas, escenarios, hechizos, etc. pertenecen a J. K. Rowling
CAPÍTULO 12: MIRADAS
Después de esa conversación en el baño, si era posible, Hermione se sentía peor. Ya no le importaba que Malfoy no la tratara como sabía que merecía. En su cabeza, sólo podía cuestionarse por qué él era capaz de ser amable con Myrtle, después de todo, pero no con ella. Hizo una lista mental de todas las cosas que podría haber hecho en el pasado para molestarlo, pero solo pudo anotar el golpe del tercer año. Cuando eso no dio frutos, empezó a dudar si merecía el reconocimiento. Quizás no había hecho nada fuera de lo común y esperaba una reacción desmedida de su parte. Él siempre había sido de esa manera, sin embargo, ahora ella esperaba una actitud distinta, lo cual finalmente, le pareció absurdo. Tenía que enfrentar la realidad y aceptar que él no iba a cambiar por un par de accidentes que tuvieron la desgracia de compartir.
Iba a mantenerse lo más lejos de él que le fuera posible, de esa manera todo el drama quedaría en el pasado y podría seguir su vida normalmente. No podía negar que a pesar de su decisión sentía cierta tensión cuando el tema favorito del colegio era tratado frente a ella, pero generalmente conseguía escaparse de las teorías sobre el ataque a Malfoy, y si bien no siempre podía hacerlo, definitivamente nada le iba a impedir evitarlo a él.
A pesar de su determinación, Hermione terminó por descubrir que esa tarea no era tan simple como había supuesto. Notó que después de su último cruce, Malfoy no había vuelto a su minucioso arreglo personal, se lo veía de mal humor y ni siquiera se molestaba en abusar de los estudiantes más chicos. Sin querer preocuparse por sus cambios, los atribuyó a la cantidad de cosas que debían rondar su cabeza. Para mayor asombro, eso no era lo único que había cambiado.
En cada clase en la que coincidían sentía su penetrante mirada sobre ella. Hermione instintivamente esperaba el insulto o burla que le había seguido durante años a dicha ojeada, pero se sorprendía al notar que nada pasaba. No la desafiaba, no se burlaba. Lejos estaban de la intensidad de sus antiguos enfrentamientos. Ni hablar de la noche en la Sala de Menesteres. Sentía a flor de piel su cercanía, tanto que pensar en ello le daba escalofríos. Comparó mentalmente ese encuentro y el último en el que habían cruzado palabra, la diferencia era abismal. No había nada más que la sensación de unos ojos fijos en ella, sin ninguna clase de razón. De alguna manera, prefería la antigua costumbre del insulto. La ponía nerviosa que sólo la mirara, porque las veces que juntó el coraje para darse vuelta y enfrentarse a los insistentes ojos grises, no encontraba nada. Sólo la acechaba con un aparente desconcierto. Estaba serio pero ansioso, inclinándose hacia adelante hasta donde su mesa lo permitía, con los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba sus puños con frustración. A veces, cuando ella se decidía a devolverle la mirada, él se relajaba y la observaba fijamente. Parecía estar esperando algo que dependía de ella. En esas ocasiones, Hermione simplemente lo veía con incredulidad y automáticamente volvía a concentrarse en sus anotaciones.
A medida que la semana iba avanzando, la escena empezó a repetirse no sólo en las clases. Cuando caminaba por los pasillos, escuchaba pasos detrás de ella que no lograba identificar. Sabía que era una locura, pero suponía que él la seguía. Casi siempre lo cruzaba en el patio o a la salida de innumerables clases, forzándose a escapar de manera obvia, gracias a su amenazadora y constante presencia. Incluso en comedor. Él se sentaba en la mesa de Slytherin, por supuesto, pero frente a ella. Hermione sospechó que su ubicación no era casual. Al principio, la cohibía hasta el punto de verse obligada a abandonar el lugar con mentiras absurdas, hasta que decidió que no tenía por qué sentirse intimidada por él. Cansada de su vigilancia amenazadora, decidió buscar la manera de estar siempre acompañada o devolverle la mirada con las expresiones más altivas que era capaz de representar. Se palmeó la espalda mentalmente, porque al poco tiempo, fue evidente que su técnica de soberbia e indiferencia, daba resultado. Llegado el final de la semana, ya no había más miradas ni pasos que la inquietaran.
Durante la mañana del sábado, ya había terminado sus tareas. Ginny le había pedido que fuera a verla preparar las jugadas en el campo Quidditch. Hermione sabía cuán importante era para su amiga ese deporte y no quería fallarle, por lo que resolvió, en su afán de seguir acompañada, reunirse con Neville allí. Además de continuar con el plan de no quedarse sola, sabía que si nadie la acompañaba, iba a aburrirse muchísimo.
- Hermione, algo muy raro me pasó ayer, quise contártelo antes, pero siempre estabas acompañada de alguna de las chicas, y no me pareció apropiado –empezó Neville, una vez que se acomodaron en las gradas del campo de Quidditch. Estaba ruborizado, más de lo usual. En ese momento le recordaba más que nunca al chico tímido que había perdido a su sapo en el tren, lejos, muy lejos del joven que había cortado a la mascota de Lord Voldemort en dos.
- Tranquilo –dijo Hermione, sonriéndole con ternura, viendo cómo su amigo había crecido sin que se diera cuenta.
- Hannah…Quiero decir, Hannah Abbott, me preguntó si quería ir con ella a Hogsmeade como una cita – confesó sin preámbulos -. Pensé que me iba a pedir mis notas de Pociones así que sólo me quedé mudo. Como yo no contestaba, me dio un beso en la mejilla y se fue. ¡Un beso, Hermione!–remarcó abriendo los ojos todo lo que podía.
- Neville, creo que sos el único que no lo vio venir –rio abiertamente, divertida- Hannah no deja de mirarte desde sexto ¿Te gusta ella? Digo, siempre creí que entre Luna y vos…
- Ese es el problema –suspiró-. Sí, me gusta, pero creo que en algún punto esperaba que fuera Luna la chica que hiciera alguna clase de avance hacia mí, o al menos respondiera de una manera más entusiasta a mis sentimientos.
- De la manera en que lo veo, todos lo esperábamos, pero no por eso tenés que dejar de aprovechar otras oportunidades. Sabés que adoro a Luna, es una de mis mejores amigas, pero no creo que tengas que esperar por nadie. La situación es extraña siendo amigos, pero vos dejaste claro lo que te pasaba, si ella no hizo nada, es mejor no estancarse.
- ¿Eso pasó con Ron, no? ¿Su amistad era más importante? Sé que ya no están juntos, pero no quise preguntarlo antes.
- Eh, algo así. –contestó secamente, dándole un codazo disimulado a Neville, a medida que Ginny se acercaba a ellos.
- ¿¡Vieron a Madame Hooch!? –dijo Ginny tirando su escoba al piso, sin poder ocultar su enojo- Le cedió la mitad de nuestro tiempo a otro equipo. Va a escuchar lo que pienso al respecto.
- Tranquila, Gin –dijo Hermione un poco alarmada-. Es sábado, los profesores tienen las reuniones semanales.
- ¡Tengo que irme! McGonagall la va a matar cuando se entere. Nev, ¿podés llevar mi equipo al…? No, no podrías hacerlo sin romper la mitad de las cosas ni aunque tu vida dependiera de ello–se contestó mordiéndose el labio considerando las opciones- Hermione, ¡mis cosas al vestuario! –gritando, se alejó.
- Me decías que "algo así"… –recordó Neville, continuando la conversación, haciendo caso omiso a la afirmación de Ginny, sabiendo que no estaba equivocada.
- No es complicado, Ron y yo nos queremos, de eso no hay duda. Pero para que funcionara siempre tenía que estar Harry con nosotros.
- ¿Harry? No sabía que los tres… –se rascó la cabeza, despeinándose. No sabía cómo continuar.- Siempre escuché ese rumor, pero no pensé que estuvieran los tres, bueno, juntos.
- ¡No así! Me refiero a que no podemos estar en paz si no está el para mediar. Cada vez que estábamos solos, discutíamos. Estaba muy bien las primeras veces, porque la euforia que le poníamos a las peleas siempre terminaba en otras cosas… -se sonrojó- El tema es que pasé muchos años pensando que eventualmente todo esto que pasaba entre él y yo sería distinto. No me malinterpretes, no me arrepiento, pero me hubiera gustado no haber estado tan pendiente de él y simplemente haber aprovechado otras oportunidades. Al final, sólo funcionamos como amigos. Somos geniales en eso, pero en nada más.
- Entiendo. Tengo que hablar con Hannah. –decidió después del consejo de su amiga-. Tampoco estaría mal que esta información llegara a oídos de Luna, si sabés a qué me refiero.
- Dalo por hecho –dijo sonriéndole con complicidad- Andá a buscarla, mientras yo llevo el equipo de Ginny al vestuario.- Antes de que pudiera terminar de apilar los protectores y el casco de su amiga, Neville había salido de su campo de visión.
Hermione valoraba los pequeños momentos de tranquilidad que vivía. Era gratificante poder distenderse y hablar de amigos, romance y cosas por el estilo. Ella no era El Elegido, sus padres no dependían del Ministerio de Magia. Ni siquiera tenía registros de sangre mágica en su familia pero, de alguna manera, se había convertido antes de tener siquiera 20 años en una heroína de guerra mágica. Comparaba sus experiencias con la de sus compañeros. ¿Todos tenían esa clase de vida? Quizás era el precio que debían pagar por poseer magia. Ensimismada en sus pensamientos, guardó el equipo de su amiga con envidiable prolijidad. Volvió a pensar en Neville, y cómo podría ella ayudarlo sin entrometerse. Disfrutaba que sus pensamientos no rondaran entorno a Malfoy. Lamentablemente, esa tranquilidad le iba a durar poco.
. . .
- Salí de mi camino, Longbottom –ordenó Malfoy, cuando el Gryffindor lo chocó en la entrada del castillo. Por un segundo, esperó que se acobardara de alguna manera, que respondiera a su advertencia con algo parecido a la sumisión, pero no pasó. Sólo lo miró con incredulidad y se rio burlonamente en su cara. Draco se sintió ridículo ante su nueva falta de poderío, si no podía intimidar a Neville, había caído a lo más bajo de la pirámide jerárquica. – Recordame otra vez por qué estamos entrenando tan temprano, Blaise –preguntó Draco, con mal humor, en un intento de alimentar su antigua autoridad.
- Lamentablemente, nuestro día y horario normal se interponía con la primera salida a Hogsmeade, y puesto que ya tenía una cita, no quería desperdiciar la oportunidad y le rogué a Madame Hooch que nos hiciera ese favor.
- Por supuesto que tenés una cita –dijo rodando los ojos.- Todavía no hace una semana que llegamos y ya empezaste con tus conquistas –rio- ¿Quién es la nueva víctima, si se puede saber?
- ¡Sh! –le ordenó un poco nervioso, señalando a Pansy con los ojos- ¿Podrías ser más disimulado?
- ¿Pan…? ¿Pansy? Zabini –dijo utilizando un tono más despótico-, ella no es alguien con quien vayas a jugar. No es cualquier chica y sabés que no voy a permitir que la lastimes –amenazó, en un intento de proteger a su única amiga- Además, no te hagas ilusiones, creo que le gusta Nott.
- Tal parece que no –dijo con seguridad-. Me dijo que Theo nunca fue a lo que apuntó. Ahora, si me disculpás, tengo que ir a asegurar mi juego.-dicho eso, se adelantó hasta llegar a la chica en cuestión, que acompañaba a Millicent Bulstrode, la nueva guardiana de Slytherin.
Draco se quedó pensando en varias maneras para torturar a su mejor amigo. Podía aceptar que jugara con cualquier chica de Hogwarts, pero no con Pansy. Por un momento, deseó poder dedicarse todo el tiempo a esa clase de asuntos, pero eso era lo que menos le importaba. Ocupaba su cabeza con cosas como un loco intentando matarlo, padres encerrados y una reputación casi destrozada. Eso, y la cuestión con Hermione, claro. No sabía si llamarlo cuestión era lo correcto, pero utilizaba ese término a falta de otro. ¿A caso existía un nombre para describir una "obsesión inexplicable hacia una chica que odiaste desde que se conocieron, salvó desinteresadamente tu vida dos veces y por la cual habías mentido, porque creías que tu compañía la ponía en peligro y no soportabas la culpa"? Si existía una palabra que se ajustara a esa definición no la conocía, y prefería no divagar al respecto. Cuestión le quedaba bastante bien. Antes de hablar con Hermione por última vez, había decido que las cosas no estaban del todo bien y tenía que tomar cartas en el asunto. Esperando que con esa charla todo se normalizara, se alejó de ella obligándola a hacer lo mismo. Debía admitir que por más que tuviera las intenciones correctas, todo había empeorado.
No podía evitar sentirse culpable por haberla insultado, cuando recordaba que lo había hecho, sentía un sabor desagradable en la boca, como si se lo hubieran dejado las palabras. Después de soportar verla llorar, corriendo lejos de él, reconsideró si la distancia era lo mejor. Si él la ahuyentaba por su bien, y eso la entristecía ¿Qué propósito tenía? Que siga viva, se recordaba constantemente. Sabía que su intención era mantener su bienestar, pero en su cabeza existían dos maneras de asegurar eso; la parte más egoísta le decía que la cuidara de cerca, a pesar de los peligros que podía implicar, pero la razón, aplaudía la decisión de alejarla de él y sus problemas. Sin poder decidirse, optó por vigilarla clandestinamente, una mezcla de ambas. Eso no podía hacerle mal a nadie, aunque sin darse cuenta, se había convertido en su nuevo hobby.
La miraba y no entendía su indiferencia. Le molestaba más de lo que podía admitirse que para ella hubiera sido tan fácil quedarse al margen. Primero le daba a entender que pretendía un mejor trato o alguna especie de amistad por lo que había hecho, y de repente ya no existía para ella. Estaba claro que no se daba cuenta que él se alejaba por su bien, y eso, lo ponía de un peor humor, lo obligaba a vigilarla más de cerca. Quería saber si su postura desinteresada era actuada o realmente lo ignoraba. Por eso, cada vez que podía, la seguía e intentaba ponerse en su camino. Normalmente se escapaba de él, pero de un día para el otro, empezó a ignorarlo. Ya no lo le devolvía la mirada con incredulidad cuando él la perforaba con los ojos. Claramente, a Granger no le importaba nada. Había jugado a la heroína, como hacían cada año con El Niño que Misteriosamente Vivió y el Pobretón Colorado, y rápidamente se había aburrido. Ni siquiera se encontraba amparado bajo la protección de la mascota de todos los profesores de Hogwarts, estaba solo.
Pensó cuán injusto era que ella siempre tuviera las cosas fáciles. Todo camino que tomara, estaba allanado. Incluso él, Draco Malfoy, se ocupaba de gastar su valioso tiempo en vigilarla para asegurarse que no le pasara nada a cambio de, nada más ni nada menos, una total y completa indiferencia. Estaba cansado, realmente cansado, de seguirle la corriente. Ahora era su turno de quejarse y protestar. Definitivamente, iba a tener que escucharlo. No había nacido la persona capaz de hacer de él un ser servil o miserable. Empezaba lentamente a armarse un discurso realmente duro, uno que ni ella no iba a poder callar. Sólo necesitaba tiempo para pensarlo bien.
Entró al campo de Quidditch después que sus compañeros, quienes le hicieron notar que no llevaba el uniforme puesto. Ensimismado en su monólogo se dirigió a los vestuarios para ponerse rápidamente el equipo y empezar el entrenamiento. Eso seguro lograría distraerlo. No esperaba cruzarse con nadie allí, no obstante, había alguien. El dichoso olor a jazmines volvía a atacarlo. De todo el maldito colegio, la persona que nunca, jamás creyó ver en el vestuario de Quidditch, estaba sola, de espaldas a él. A la mierda con el discurso premeditado, tenía que aprovechar la oportunidad.
Con un carraspeo ruidoso, le hizo entender que no estaba sola. Ella, sorprendida, se dio vuelta tan rápido como pudo y lo miró a él y luego la puerta, como si esa fuera su única salvación. Con los ojos muy abiertos y una expresión de sorpresa, tragó ruidosamente sin saber qué decir.
- Que raro encontrarte sola, no algo común en estos días –reclamó él.
- Malfoy, no tengo tiempo para… Tengo que irme, Neville me está esperando –mintió, encaminándose a la puerta.
- No –exclamó Draco, dando un portazo-. No te atrevas a dar un paso hacia la puerta, Granger. Me vas a tener que escuchar.
