Advertencia: Esta trama expone temas sensibles como comportamientos sexuales posiblemente explícitos y consumo de sustancias nocivas. Leer bajo su responsabilidad.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Capítulo 1

Dicen que lo vivido en Las Vegas, se queda en Las Vegas.

Bien, debería guardar en algún lugar de mi mente lo que acababa de ver; un tipo semi desnudo paseándose en tanga estampada con los colores del arcoiris con su flácido trasero a punto de derretirse. Era desagradable de recordar.

Dios, ayúdame a olvidarlo.

Arrugué la nariz mientras seguíamos caminando en las calles de la ciudad. Desde que nos adentramos en las avenidas, un olor extraño y no reconocido, predominaba en el aire, pudiera ser miados de zorrillo. Pero no, en Forks había muchos zorrillos y no era el mismo hedor.

Disimuladamente acerqué mi nariz a la manga de la camisa de mi esposo y olí. Aspiré fuerte encima de la tela color negro, era notorio que la ropa tenía impregnado el olor desconocido.

― Bella, ¿qué haces?

Edward tenía el ceño fruncido mientras me observaba extrañado desde su altura. Porque sí, él era alto. Mi flaco era alto y guapo.

― Huele extraño ―confesé―. Como la orina de zorrillo, pero más potente.

Mi esposo decidió oler su propia ropa y también parte de mi vestido. Parecíamos dos desubicados pueblerinos tratando de resolver qué era ese olor en nuestros atuendos. Así que, sin importar estar estorbando a los peatones, ambos seguimos tratando de descubrir nuestra maldita duda, oliendo parte de nuestra ropa y piel.

― ¿Necesitas esto, hermano?

Un hombre alto, moreno, con rastas en su cabeza y ojos enrojecidos, se nos acercó. Nos ofreció unos cigarros extraños.

Edward siendo el protector que era me puso detrás de él. Así que solo asomé la cabeza entre su costado para seguir poniendo atención al sujeto extraño.

― Sé artes marciales ―mi esposo respondió.

Lo cual no era verdad. Él era profesor de música en la escuela intermedia del pueblo.

El hombre moreno y de ojos saltones enrojecidos, hizo una mueca. De esos gestos que en realidad significan: «me importa poco quién seas».

― Me llamo Laurent ―extendió su mano a mi esposo― soy el amigo de la zona y esto es un regalo para ustedes.

Dejó un par de cigarrillos en la mano de mi esposo.

― Nosotros no fumamos ―farfulló mi marido, observando de todos lados los cigarros de una textura extraña y diferente a todos los demás cigarros.

― Son cortesía de la casa ―dijo el hombre, dándonos un mal guiño que al momento de hacerlo se enchuecaron sus labios―. Bienvenidos a Las Vegas, ¡que se diviertan!

No dijo más. Solo dejó una fuerte palmada en el hombro de Edward que lo desequilibró e hizo que se tambaleara. El tipo extraño llamado Laurent soltó una fuerte carcajada y se marchó lejos de nosotros, perdiéndose entre la gente.

Edward no dudó y se puso a abrir los cigarrillos en plena calle; contenían un tipo de orégano diferente a lo que yo conocía.

Era conocedora de todo tipo de hierbas comestibles. En nuestra casa teníamos un pequeño huerto con sembradíos desde albahaca hasta cilantro, también epazote.

Les dije, era conocedora. Y nada de lo que sabía se comparaba con el tipo de hierba que contenía el cigarrillo. Es decir, sí parecía orégano, pero sabíamos que no lo era.

― Es marihuana ―aseguró mi esposo.

― ¿Marihuana? ―Pregunté entre asombrada y fascinada, nunca en mi vida había tenido un cigarro de hierba en mi mano, disimuladamente lo guardé en mi bolso.

― No puedes guardar eso, es ilegal ―protestó mi esposo, siendo siempre el hombre correcto y respetable.

― Sería ilegal si trajera kilos de la hierba. Creo que alcanzaría cárcel y me acusarían de distribuidora, pero… ―guardé silencio al recordar las palabras del tipo de ojos saltones―. Edward, ese hombre, es un…

― Lo sé ―tiró de mi mano, haciéndome caminar con él mientras nuestra maleta seguía siendo arrastrada―. Apenas tenemos minutos de haber llegado a la ciudad y ya nos dieron marihuana, vaya suerte. No hemos llegado al hotel y ya estamos metiéndonos en líos.

― Mi amor, no debemos de ser tan aprensivos ―le recordé―. Quedamos en que aquí no somos, ni el profesor de música ni la maestra de preescolar. Solo somos tú y yo. ¿De acuerdo?

Sabía que venía la parte difícil para él. En el pueblo éramos tratados como la pareja más correcta y un ejemplo a seguir, ¡por Dios! Éramos jóvenes para seguir siendo tan recatados y puritanos.

Queríamos vivir cosas nuevas. Fue por ello que la ciudad del pecado fue elegida por nosotros para olvidarnos un poco de lo decente que éramos en Forks.

Era nuestro primer lugar turístico en pareja. El haber nacido y crecido en un pequeño pueblo olvidado donde los residentes nos conocen desde que nacimos, era lógico ser más callados e introvertidos. No podíamos siquiera ir a un bar porque al siguiente día todo el pueblo lo sabía.

Acá era diferente. Nadie sabía que somos una pareja que estaba celebrando su primer aniversario de casados.

Teníamos ganas de conocer, experimentar y aprender sobre nuevas cosas y estaba segura que nos íbamos a divertir en grande.

Al menos era la idea.

Seguimos caminando en el boulevard mientras Edward seguía rumiando en contra del tipo. Entonces, la imponente edificación quedó frente a nosotros, abrí la boca. El Bellagio, nos daba la bienvenida.

Era uno de los hoteles más hermosos que había visto en mi vida. Antes también, ya había visto iguales en la televisión, sin embargo, en persona era más imponente.

Frente al hotel estaban las fuentes danzantes, esa sería nuestra vista por una semana.

Tiré más fuerte del brazo de Edward hasta lograr moverlo. Necesitaba estar en nuestra suite y apreciar desde las alturas el espectáculo acuático.

Al entrar mis ojos se torcieron. Tuvo que ser así porque ni siquiera podía parpadear por apreciar tanta belleza junta.

Un poco tímidos nos acercamos a la recepcionista.

Hicimos check-in en el hotel, bajo la intensa mirada color miel de una joven mujer, su nombre se cubría con ese cabello rubio platinado. Por cierto, era tinte, ella estaba lejos de ser rubia natural, lo supuse por las raíces oscuras.

― ¿Es su primera vez en la ciudad? ―Indagó con sus ojos clavados en mi esposo.

La había visto mordiendo su labio inferior mientras se lo comía con la mirada.

― Sí ―respondí, pasando una mano por el hombro izquierdo de mi hombre.

Edward volteó hacia mí, sus ojos puestos a mi mano que recorría su brazo, arriba y abajo. No dudó en reír.

― Así es ―Edward también respondió, pero ahora su brazo rodeó mis hombros.

―Edward ¿la reserva es para una semana?

Mis ojos se ampliaron al punto máximo al escuchar cómo lo tuteaba.

― Si, estaremos una semana ―hablé, haciéndome presente. La mujer no me había dado una sola mirada―. Así que necesitaremos algunas pastillas anti gases, mi esposo suele ponerse mal del estómago cada que salimos de casa.

Edward volteó hacia mí. Encogí mis hombros, restándole importancia.

Él se aclaró la garganta.

― No es necesario ―expresó―. Mi esposa y yo estamos celebrando nuestro aniversario de bodas. No creo que vaya a enfermar.

Esa respuesta fue genial. Vi la desilusión desmoronarse de la mujer. Frunció los labios en una mueca, que supo disimular bien con una sonrisa falsa.

― Qué tengan buena estadía ―dijo, entregando la tarjeta de nuestra suite en la mano de mi esposo, vi cómo sus dedos se arrastraron por el dorso de él.

― Mira, esta ―rezongué en el momento que Edward tiró de mi mano llevándome con él.

Le eché una última mirada a la recepcionista. Era una dura mirada de advertencia y la mujer rodó los ojos. Estaba por regresar y enfrentarla, pero una voz me lo impidió.

― Bienvenidos a Bellagio ―dijo un chico joven vestido con la misma ropa que todo el personal. Su complexión era alta y desgarbada, llevaba nuestro equipaje y caminaba con pereza junto a nosotros―. Mi nombre es Seth ―nos dijo― aquí soy el que pone el ambiente.

Sonreí. El chico no tenía energía ni para caminar. Dudaba mucho que pusiera ambiente.

De pronto sus ojos negros se posaron en mí, dándome una enorme sonrisa.

― ¿Qué es eso? ―señaló unas gomitas de colores que traía en mis manos.

Era una pequeña bolsa que había comprado en una tienda que hallamos en nuestro camino.

― Son dulces. ―Le mostré la pequeña bolsa con gomitas.

Él negó.

― Es la primera vez que vienen a la ciudad, ¿verdad?

No respondí y dejé que mi esposo lo hiciera. Me concentré en las letras pequeñas del envoltorio, fue extraño que no logré enfocar mi vista. Tal vez necesitaba una visita aloculista. Desistí y volví a enfocarme en las altas paredes.

― ¿Nos vemos muy ignorantes? ―Edward preguntó al entrar al ascensor con esas enormes puertas platinadas.

Era vergonzoso estar todo el tiempo con la boca abierta. En nuestra defensa podía aseverar que jamás habíamos salido de Forks. Así que, era como estar en un sueño.

Recorrimos el ancho pasillo sin dejar apreciar la decoración y las grandes murallas altas.

― No ―dijo Seth―. Solo me extraña que parecen asustados. Por cierto, ¿tienen planes?

― No ―aseguró Edward―. Quizás conocer algunos museos y ver obras de teatro.

El chico se encogió de hombros.

― Tengo un amigo que puede llevarlos a recorrer los mejores lugares de la ciudad ―añadió Seth con una sonrisa―. Puedo pasarles su número, le diré que van de parte mía y les hará un gran descuento.

Sacudí la cabeza y centré mis ojos en cada pared. Sentía que todo se movía de su lugar. Me aferré fuertemente al brazo de Edward.

Era extraño que en cada paso sentía que flotaba.

― ¿Es cómo un guía de turistas? ―murmuró mi esposo cuando abrió la puerta.

Por algún motivo los ojos del chico Seth se estrecharon.

― No. Bueno, sí ―admitió el chico, rascando su cabeza―. Es un guía turístico.

Mi esposo me miró buscando mi respuesta.

Agité mi mano hacia él y me adentré en la suite; cubrí mi boca al correr hacia el balcón. Era más imponente las fuentes danzantes desde nuestra habitación.

― Feliz aniversario, bebé ―murmuró Edward, rodeando mi cintura con sus brazos.

Apoyé mi cabeza en su pecho y suspiré. Todo era hermosamente bello.

― Te amo.

Me di la vuelta sin salir de sus brazos y miré sus orbes verdes muy brillantes, mientras algunas hebras cobrizas caían en su frente. Era jodidamente guapo y era enteramente mío, mi hombre.

Removí mis piernas, poniéndome de puntillas y apretando un poco mi ingle. Me sentía muy acalorada y no precisamente por el maldito calor de la ciudad.

Quizá era emoción, empecé a sentirme rara. Más relajada y como si empezara a flotar.

Reí.

Entonces, de la nada todas nuestras conversaciones cobraron sentido.

»Sería capaz de chupar tu polla aquí mismo ―le dije. No sabía porque, pero me parecía apropiado y sexy.

El semblante de él se pintó de un rojo escarlata. Me sentía tan desinhibida que me puse de rodillas.

― Bella, ¿qué haces? ―Un preocupado Edward preguntó ayudándome a ponerme de pie.

Puso sus manos en mi rostro, acunando mis mejillas. Quería enfocar mis ojos en él, incluso llevé una mano frente a su cara.

― ¿Estás ahí? ―Pregunté al ver que su rostro seguía moviéndose.

― Nena, me estás asustando.

Suspiré hondo y caminé a la cama. Me dejé caer de panza aplastando mis tetas, las pocas que tenía.

― ¡Me siento muy feliz, Edward! ―Exclamé sintiéndome eufórica, tenía muchas ganas de reír de lo feliz que me sentía, inclusive quería saltar.

Cerré los párpados para dejar de sentir vértigo. Abrí un ojo y nada mejoró. Con más ímpetu me senté en la cama.

Edward estaba observándome con mucha curiosidad.

― Bella, ¿crees que sea buena idea tener un guía de turistas?

Llevé mechones detrás de mis orejas, asintiendo.

― Es lo mejor. Dile a Seth que aceptaremos su ayuda.

― Bien ―susurró él, gateando hacia mí―. ¿Es qué estábamos?

― En que te la chuparía ―sentí mis mejillas volverse calentitas.

Nosotros no usábamos ese vocabulario. Consideraba que casarnos vírgenes nos mantenía cohibidos.

Capturó mis labios con los suyos. En un beso suave.

― Bella, nosotros… ―carraspeó― nunca hemos… tenido…

― Sexo oral ―terminé de decir la palabra que parecía le costaba pronunciar.

― Yo nunca he querido hablar del tema, porque creí que te incomodarías y no...

Toqué su mejilla, apenas una suave caricia. De algún manera quería tranquilizarlo, que se sintiera cómodo.

― Mi amor, ¿por qué no intentamos más en nuestra vida sexual? ―Apreté un poco los párpados porque todo seguía moviéndose sin control, puse atención a mis manos, no lograba enfocar bien mis dedos. El hecho provocó una leve risa en mí.

― ¡Sí, claro! ―Asintió rápidamente, sin siquiera meditar.

Se tumbó en la cama como si fuese res en matadero y llevó los brazos detrás de su cabeza.

Me incorporé sobre la cama y empecé a tararear Love Me Like You Do mientras empezaba a bailar: contoneando mis caderas como si tuviera algún dolor crónico.

Jamás había hecho algo así, pero me sentía poderosa y atrevida al estar bajando lentamente los tirantes de mi vestido.

Edward tenía la boca abierta y no lo veía pestañear. En cambio la habitación seguía dando vueltas.

El vestido cayó a mis pies; me incliné seductora a levantarlo y, entonces mi pie se enredó en la tela.

Trastabillé al tiempo que intentaba no caer, pero todo fue tan rápido. Se vio como un borrón y mi culo había azotado en el piso.

Me quedé ahí, viendo hacia el techo de la habitación con mi dignidad acompañandome en el piso.

Cerré mis ojos.

Ser atrevida sonaba más difícil de lo que creía.


Hola, aquí vamos de nuevo. Espero que quieran acompañarme en esta aventura, es una historia muy corta que promete mucha diversión.

*Bubbles💜 será actualizada en estos días.

Gracias totales por leer 🍒