Disclaimer: Naruto ni sus personajes me pertenecen.
Aclaración: Universo Alternativo.
Advertencias: Muerte de personajes. Pareja crack. Diferencia de edad. Y contenido no tan tolerable para ciertas personas
El siguiente trabajo ficticio tendrá como principal enfoque la pareja conformada por Shikaku Nara e Hinata Hyuga.
Hago esta nota-advertencia para no sorprender a nadie.
Tienen todo el derecho de sentir lo que deseen por dicha pareja y tener su propia opinión, lo cual respetaré.
Pero también advierto para evitarnos un mal rato.
Si no desean leer este contenido pueden abstenerse de continuar, de esa manera yo también evitaré leer comentarios con respecto a mi selección de parejas que no dudaré en borrar.
Con todo esto, gracias por su atención.
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Prólogo
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Shikaku Nara no era vengativo.
Estaba en contra de aquel pensar al saber que nada se conseguiría matando al responsable de la tragedia. Creía en el castigo justo, aquel dado por un veredicto oficial de una figura de autoridad aceptada por el pueblo y emitida por el Emperador. De esa manera funcionaba el mundo en el que vivía, aquello que los dividía de los barbaros.
Pero cuando recibió el cuerpo inerte de su único hijo, aquel que despidió el agosto pasado, viéndolo partir montado en su corcel negro que le regaló exclusivamente para el viaje que emprendería hasta la frontera, completamente pálido, sin aliento y con esa decoloración tan conocida en los muertos, Shikaku se consideró un ingenuo.
Imagino el sentir de todas aquellas personas, como el de esos momentos cuando abrazó la cabeza de su hijo contra el pecho, desgarrarle las entrañas. El cómo sus palabras, tan ignorantes, habrían golpeado a la pobre alma de una madre, padre o esposa que lo escucharon cuando pidieron verlo para pedir permiso para emprender un viaje en solitario para buscarle el causante de sus males.
Yoshino se mostró en el umbral, pasando por los espectadores del momento, abriéndose paso con desesperado llanto.
Cuando llegó al centro donde Shikaku se mecía con el cuerpo de Shikamaru, los ojos de Yoshino se llenaron de lágrimas, cayendo de rodillas al otro extremo sin emitir palabra alguna, salvo los desgarradores sollozos que brotaron del quiebre interno de su alma al presenciar el término de la vida de su adorado hijo, aquel quien siempre gustaba ver las nubes cuando no le veía, a quien frecuentemente regañar por su holgazanería, al mismo a quien despidió en compañía de su padre, en una muda tregua, para darle una buena imagen a su hijo antes de partir, aligerándole la consciente de que en su ausencia ellos no se matarían.
En el funeral llevado a cabo dentro del hogar de los Nara que por años habían poseído, con los labios de Yoshino resecos, con las mujeres del clan a su lado en un intento por darle calor en aquella noche fría de verano, Shikaku bebió otro trago con sake.
Adentro el hogar estaba lleno de figuras de negro, caminando en silencio, sin atreverse a hablar en voz alta. Sabía que el Emperador estaba presente, con el joven príncipe quien fue uno de los mejores amigos de su hijo. Sería una falta de respeto no mostrarte ante él y aceptar sus condolencias, pero Shikaku no quería entrar a la casa.
Cada pared le recordaba a los primeros pasos de Shikamaru, a ese breve lapso de paz que tuvieron antes de que el caos se desencadenara pos los barbados que rondaban en el territorio desconocido, más allá de las fronteras y las rutas de comercio establecidas hace dos décadas.
El cuerpo de Shikamaru había sido magullado de una manera inhumana, tuvo que ser retirado de sus brazos para cremarlo de manera inmediata, sin la posibilidad de que le diera un adiós definitivo. No era extraño que se tomaran dichas acciones en una época sangrienta. Era un método que lograba suavizar el impacto.
Había criado a Shikamaru lo mejor que pudo, dando todo de sí para lograr convertir a ese muchacho de bostezo incesante y ojos desinteresados en un buen hombre. Lo guio en los momentos de debilidad, cuando el corazón de Shikamaru se sumió en una oscuridad, una ardiente venganza por ir detrás del asesino de su querido mentor, Asuma, haciéndole saber que él estaría en cada momento que quisiera desahogarse.
Todos los hijos del Reino eran enviados a la guerra en un determinado momento. Shikamaru estuvo preparándose para ello desde la infancia. Podía siempre tener un rostro que detonaba un completo cansancio por participar en búsquedas o enfrentamientos, pero era alguien con un honor indiscutible, alguien que difería de las tradiciones pero igualmente las seguía si con ello lograba salvar a quienes le importaban.
La muerte acechaba a todos, era una verdad universal que Shikaku aprendió con el tiempo durante sus aventuras como la mano derecha del actual Emperador. Sabía el peligro que acechaba y los retos que representan salir de la seguridad del Reino. Igual que Shikamaru.
Pero él no fue enviado a la guerra, sino a pactar un acuerdo de paz con otro territorio que se quería desligar de la opresión de los barbaros.
Shikamaru no corría peligro en ese viaje, duraría apenas unos tres meses en lo que convivía con la gente de allá, tomaba notas, aprendía su cultura, les contaba sobre ellos y entablaba amistades con los jefes.
No obstante, adentro, aun con el llano de las mujeres, Shikaku recordó que las cenizas de su hijo continuaban en la urna.
El cielo carecía de nubes, era una noche desnuda. Ni siquiera la Luna le bendecía con su luz. Shikaku era un hombre lógico, veía la situación desde puntos distinto, siempre analizando, pensando en todo. Pero por un momento dejó de ser el comandando quien siempre tiene hecho un plan en cada situación y dejó que las ideas escondidas en lo más remoto de su mente salieran a la superficie con ayuda del sake y de la noche sin estrellas.
Miró por encima del hombro el interior de lo que ahora no podía sentir como su hogar. Yoshino estaba sentada, bajo el umbral, observándole de vuelta. En el transcurso de esos sombríos días había perdido tanto peso, con esas ropas negras su silueta se veía más pequeña. Casi le recordó a la muchachilla que conoció en su juventud salvo que ahora no mostraba un rostro entusiasmado, sino la perfecta expresión de la desesperanza.
Se preguntó si así como él la veía también luciría igual. Si llevaba aquel parco mirar y la palidez enfermiza tatuada en su semblante. Pero recordó que Yoshino fue quien trajo al mundo a Shikamaru, quien lo cargó durante esos nueve meses y que el dolor de ambos no tendría igual.
Pensó que le reclamaría, que le gritaría después de días de silencio y llantos descontrolados, que por fin ella sacaría lo que llevaba guardado adentro. No quería que Yoshino se pudriera de esa manera, no le haría bien. Podían tener marcadas diferencias después de tantos años casados, de silenciosa tregua por el bienestar de Shikamaru y una relación complicada que solo podía ser fácilmente descrita con un audible Problemático que Shikamaru solía soltar al ser testigo de sus acaloradas discusiones que eran siempre iniciadas por Yoshino.
Sin embargo, seguía siendo su mujer, al menos en papel. Con la muerte de Shikamaru desconocía si Yoshino querría continuar con el divorcio. Había tantas cosas por las cuales pensar, el estado de su actual matrimonio no era prioridad.
—Yoshino…
—Venga a nuestro hijo.
A Shikaku no le sorprendió la petición de su mujer. Era algo esperado, un pensamiento que igualmente se paseaba en su propia mente pero no se atrevía a vociferar.
—Hazlo, Shikaku —continuó Yoshino en un tono serio pero débil a la vez, mitad súplica, mitad demanda—. Hazlo para que yo pueda seguir viviendo.
—Eso no te traerá paz, Yoshino, ni a nuestro hijo de vuelta…
—No puedo aceptar que el asesino de Shikamaru siga vivo. Es injusto. ¡Es injusto que nuestro hijo haya sido convertido a cenizas cuando el responsable siga viviendo!
El grito de Yoshino enmudeció el ruido de adentro. Una de las mujeres del clan se acercó para cerrar con suavidad la puerta detrás, dándoles privacidad.
—No puedo hacer algo así. Y lo sabes —Shikaku buscó la manera de razonar con Yoshino, hacerla entender que, aunque él también quisiera hacerlo, quitarle la vida a quien trajo esa tragedia a su hogar, eso no le ayudaría a nadie—. Mi accionar podría poner en peligro al Emperador y al Reino…
—El Emperador prometió hacer todo lo posible para ayudar, Shikaku. Si le pides que te deje atrapar al asesino de Shikamaru, te lo dará. Eres su hombre más fiel.
—Ve a descansar, Yoshino, no has dormido nada durante estos días…
—¡No quiero dormir! —gritó nuevamente, llegando a su espalda, apretando la tela de su fúnebre vestimenta con furia, haciendo girones las ropas—. ¡Quiero a mi hijo, Shikaku! ¡Trae de vuelta a mi hijo! ¡Mata al responsable, hazlo por favor! ¡No debe vivir después de lo que le hizo a Shikamaru!
No se defendió ni tampoco contestó a las demandas de su esposa, dejó que Yoshino se desquitara, era necesario.
Si con ello podía darle un descanso temporal, aguantaría todo.
