Otro pequeño sueño que tuve. Espero que les guste y si leen, por favor no duden en decirme qué les pareció. Cualquier opinión será bien recibida siempre y cuando sea escrita con el debido respeto. Manténganse saludables y felices.
Disclaimer: Solo los personajes originales, son de mi propiedad, así como la idea descrita a continuación. Por ende, yo solo utilizo los personajes de Harry Potter y de JK Rowling, para darle rienda suelta a mis ideas y compartirlas con ustedes, sin fines de lucro alguno.
Una tarde en Roma.
Parte uno.
Inesperado tenía que ser, quizá, la mejor forma de describirlo. De todas aquellas personas que imaginó ver alguna vez, en alguno de sus viajes, definitivamente que él ni siquiera estaba en su lista.
Tampoco pensaba siquiera que estuviese vivo.
Su rostro de absoluta perplejidad ante la circunstancia, solo provocó que sonriera como jamás creyó haberle visto sonreír en su niñez. Una sonrisa completamente genuina y carente de su malicia característica. Más bien, ligeramente débil y momentáneamente acompañada de una expresión de cansancio que no pasó desapercibida por ella.
— ¡Vaya! — fue lo único que se le ocurrió decir y el hombre frente a ella simplemente alzó ambas cejas. Si se había sorprendido tanto como ella, era bastante bueno para recobrar la compostura. Por supuesto que sí. De no perder la compostura había dependido su vida durante años.
— Nunca fue muy elocuente, señorita Granger. — creía que solo en algún sueño ocasional volvería a escuchar esas viejas formalidades y aquella voz que en algún momento la intimidó en el pasado. Y sin embargo allí estaban, mirándose fijamente el uno al otro y sosteniendo el mismo guión teatral impreso entre sus manos.
— Y usted nunca se quedó sin palabras con esa viperina lengua suya, ni tampoco pareció mirar a nadie de forma tan sorprendida como lo está haciendo ahora mismo, me parece. — nunca sabía qué era exactamente, pero ese hombre casi siempre lograba sacar a flote, partes de ella que no le gustaban. Y casi siempre, también, ponía su valentía como Gryffindor a prueba.
Por suerte siempre había pasado las circunstancias con los mejores honores.
— El mundo es todo un pañuelo. — le dio la impresión de que prefirió zanjar la conversación, mirando el papel que tenía ella en sus manos y que a no ser que mágicamente fuese diferente, tenía que ser igual al que él tenía entre las suyas. La única obra en exhibición, aquella tarde en el teatro Sistina.
— Así es, profesor Snape. O debería decir, señor Snape. — dijo, volviendo a la realidad y al escuchar un suave *con il vostro permesso, de una pareja deseosa de encontrar sus asientos en el teatro y a la que al parecer les bloqueaba el acceso desde donde estaba parada, haciéndose a un lado y observando con una expresión de sorpresa, matizada con un toque exacto de confusión que debía estar perfectamente plasmada en su rostro, al hombre con el que se había topado, hacer lo mismo y moverse en su dirección.
— Qué está haciendo en un lugar como éste. — no lo pensó bien y antes de que pudiera formular mejor su pregunta, se topó con una de aquellas sonrisas sarcásticas del pasado que por un momento le provocó una inesperada sensación de melancolía. Tenía curiosidad de oír sus motivos para estar en un lugar así, tan apartado de Hogwarts y tan... Muggle.
— He venido a ver una obra de teatro, así como el resto. Para eso fue que se construyó éste lugar, ¿no es así? — hizo una breve pausa y como si supiera a lo que se estaba refiriendo ella, pero decidiendo zanjar el tema, una vez más y como lo había hecho antes. — No es la única que disfruta de una buena obra de teatro, Granger.
— Muy bien eso me ha quedado claro, gracias. — respondió ella ligeramente irritada de que aún a pesar de todo no pudiera sostener una conversación decente con ese hombre, sin respuestas cortantes de por medio. — lo que quería saber era... por qué precisamente aquí en Roma y por qué tan lejos de Hogwats. Pensaba que usted siquiera soportaba a los Muggles como para siquiera imaginar existir entre ellos.
— No lo sé, señorita Granger. Supongo que podría hacerle la misma pregunta a usted. ¿Por qué precisamente aquí y ahora? — encogiéndose de hombros, Severus Snape prosiguió como si nada. — Me gusta el arte de calidad, así como expandir mis horizontes. Como ya he estado en la mayoría de los teatros londinenses, pensé que un cambio estaría bien para variar. Después de todo, si tengo que continuar viviendo, entonces tengo que aprovechar el tiempo. ¿No es así?
Despegó los labios para hablar, pero volvió a cerrarlos por un momento. Parecía que las preguntas que tenía que hacerle acerca de cómo diantres había logrado sobrevivir y lo que había estado haciendo durante todo ese tiempo, se encontraron opacadas por un repentino interés de descubrir otras cosas, ahora que tenía quizá la única oportunidad de hacerlo, ya que no se había marchado a la primera oportunidad que había tenido y permanecía allí, mirándola como si todo lo que hubiesen vivido en el pasado, así estuviera. En el pasado.
— Ya veo. — sonrió y esperó que el gesto no diera la impresión equivocada. — entonces... ¿qué tipo de obras, además de las trágicas, son sus favoritas? Si no le importa que le pregunte, claro.
De pronto y se dió cuenta de que sus hombros, que se encontraban tensos como sus brazos cruzados sobre su pecho, parecieron relajarse por unos milisegundos y como si hubiese estado esperando por esa charla que seguro ya debió tener muchas veces, luego de que Harry limpiara su nombre y lo catalogara como otro héroe más de la guerra de Hogwarts.
Por un momento pudo y hasta creer que en sus ojos, momentáneamente, se cruzó una extraña expresión de sorpresa y agradecimiento por no tener que gastar saliva en información que tal vez consideraba personal. Y se lo debía luego de que prácticamente todo el mundo ya sabía todo acerca de su pasado.
O casi todo.
Y era lo que más curiosidad le causaba, ahora que estaba vivo.
Conocerlo mejor, ahora que tenía la oportunidad y estaban en terreno neutral. Siempre y cuando así lo quisiera, claro.
— Y más o menos qué espera obtener con toda esa información. — pero por supuesto que había barreras que tenía que derribar primero. No esperaba que fuese tan fácil y mucho menos proviniendo de un hombre que jamás verdaderamente había intimado con alguien, mucho menos con una mujer y una ex estudiante por lo demás. Creía que jamás nadie se había tomado la molestia de hacerle preguntas tan personales y parecía querer debatirse si responder y mostrar que tenía una vasta lista de intereses que por ende le volvían superior al resto de los cavernícolas con los que tenía que convivir diariamente, y el hecho de permanecer callado y no mostrarse vulnerable ante nada ni nadie que pudiera usar esa información en su contra.
De pronto sintió un ligero ardor en el pecho y de pensar que seguramente, Albus Dumbledore lo había hecho un centenar de veces para mantenerlo doblegado y a su disposición todo el tiempo. Deseó no haberlo reflejado en su rostro y darle una impresión equivocada de lo que en verdad quería.
— Por qué me mira de esa forma y como si fuera un animal indefenso al que abrazar y proteger. — no tenía ni idea de que lo estuviera mirando de esa forma, pero inmediatamente intentó encontrar algo que decir que pudiera remediarlo.
— Solo recordé algo, es todo. — dijo rápidamente, alzando un brazo y mirando su reloj de pulsera para aligerar la conversación un poco. — ¡Oh vaya! Ya casi comienza la obra y ni siquiera estamos en nuestros asientos. — echó un pequeño vistazo a su boleto y leyó en voz alta. — yo tengo asignada la fila H y el asiento número veinticinco. ¿Qué tal usted, señor Snape?
Llamarlo profesor se sentía tan inapropiado. Pero señor Snape tampoco era mejor.
— H veintisiete. — fue lo que dijo, mirando tan rápido como ella lo había hecho y como si quisiera seguir cada uno de sus movimientos, esperando que lo siguiera a todas partes y le acechara sin descanso, ahora que se habían encontrado allí. Otra conducta que Hermione recordó que siempre había tenido y lo que provocó que se preguntara si ahora que nadie esperaba nada de él, si iba a poder ser capaz de superarlo.
A pesar de que él no se había marchado apenas si tuvo la oportunidad.
Supuso también que no quería vuelto a ser llamado cobarde, si evadía la conversación.
Qué complicado y difícil.
— Descuide. No es como si vayamos a sentarnos juntos y con lo que hemos hablado ahora me es suficiente para saber que se encuentra bien y recuperándose de todo lo que sucedió en el pasado. Me contenta saber que está vivo y espero que disfrute de la obra y tenga un felíz viernes y fin de semana también. Oh, y felíz Navidad y felíz año nuevo por adelantado si no volvemos a vernos. Que por supuesto no hay una razón para volver a hacerlo, supongo.
Se dió cuenta de que divagaba y de que ya debían entrar, así que se detuvo y simplemente asintió con la cabeza como si quisiera reafirmarle que no se preocupara por ella, simplemente pasó a su lado y de camino a la oscuridad de aquella sala de teatro.
Ni siquiera supo si decidió seguirla o si entró un poco después de ella, pero al encenderse las luces del escenario ya estaba en su asiento y se dió cuenta al echar un rápido vistazo en su dirección.
Si se percató de una fugaz mirada, no hizo gesto alguno y finalmente ella pudo respirar y llevarse una mano al pecho.
¡Qué inesperada y extraña coincidencia aquella!
Después de aquel sorprendente encuentro, sin embargo, las cosas se volvieron aún más surrealistas de lo que esperaba.
Al terminar la obra y mientras recogía su abrigo y lo doblaba minuciosamente para guardarlo en su viejo bolso de cuero, se percató de que alguien de encontraba de pie junto a ella. Alzó la cabeza violentamente para así mirar fijamente a aquellos ojos negros que continuaban mirándola con esa profundidad que le provocaba escalofríos.
— No puedo creer que todavía use ese bolso viejo. — dijo con desdén y para Hermione fue como si aceptara su curiosidad por el pasado, prefiriendo simplemente zanjar la conversación y brindándole la oportunidad de abrirse a su tiempo y a su modo.
— Yo tampoco puedo creerlo a veces, pero es tan cómodo y resistente. Además de que con un poco de magia todo entra a la perfección en él, que ya es una costumbre para mí el usarlo cada vez que estoy fuera de casa.
— Ya veo. — fue lo que dijo y Hermione se preguntó si había entendido mal y pensar que se refería a aquel momento en el que ella, Harry y Ron se habían visto forzados a abandonar la escuela y dormir en un peligroso bosque, perseguidos por carroñeros, depositándolo todo en un mágico bolso de cuero.
Un incómodo silencio precedió mientras se ponía de pie y le miraba también, sin exactamente saber qué decir para despedirse. Supuso que ese había sido el final aquella interacción entre ambos y que cada quién debía partir a sus respectivos lugares.
— Bueno... ya debo volver al hotel. — lo dijo más rápido de lo que quiso y casi se ahogó al hablar, sintiendo la garganta súbitamente seca y como si no hubiese bebido agua durante años, para acabar con aquel silencio tan desesperante. — como ya le dije antes, ha sido un placer en verdad y de verdad que le deseo la mejor de las suertes. Por si el destino vuelve a cruzar nuestros caminos, que continúe tan bien como hasta ahora.
Se decidió pues a emprender su camino y cuando apenas si había dado un par de pasos, él agregó algo más y por ende se detuvo, dándose la vuelta para mirar.
— Me gustan las obras de drama, así como la Opera.
Arqueó las cejas por un momento y luego sonrió cándidamente. No pudo evitarlo y no le importó qué pensara él al respecto.
— ¡Oh, ya veo! A mí también me gustan. — la idea se formuló en su cabeza y pensó en intentarlo. Qué tenía que perder de todos modos. — ¿le gustaría venir conmigo al hotel y beber un poco de vino en el bar? — agregó rápidamente y sin vacilar, para que no pensara cualquier cosa de su propuesta. — solo para charlar, ¡nada más!
— Lo sé, Granger. — fue su respuesta con apenas y una sonrisa, en tanto que no se lo esperaba. — de acuerdo, como guste. Siempre y cuando pueda invitar la primera ronda.
¿Invitar? ¿Primera ronda?
Dijo lo primero que se le ocurrió, sentada frente a la barra del hotel en el que se hospedaba. Durante toda la velada siquiera se había fijado en el verdaderamente Muggle atuendo que su ex profesor de Pociones llevaba puesto.
No dejaba de ser negro y eso estaba más que claro que no iba a cambiar, pero la camisa manga larga negra y los jeans del mismo color, no dejaban de ser una sorpresa.
— La ropa común, fuera de esas pesadas túnicas negras que solía llevar, en verdad que le sientan. — intentaba romper el hielo y tal vez alagarlo no era la mejor manera, pero no tenía mucho que agregar si no quería hablarle de la escuela ni recordarle cosas en las que siquiera quisiera pensar. Al final de cuentas estaban de vacaciones o eso creía.
— Parecía lo apropiado para mezclarme entre ellos sin problema. — fue lo que Snape dijo tras un momento de silencio en el que Hermione se imaginó que le había tomado por sorpresa su aprobación al respecto. Y no demoró en añadir. — más un hechizo cosmético para que nada ni nadie se detuviera a preguntarme al respecto de la muy vistosa cicatriz que esa condenada serpiente me dejó. — se bebió su copa en dos tragos y observándola de arriba hacia abajo, en tanto que Hermione se sintió estudiada como si se tratara de un espécimen nunca antes visto y por la expresión de concentración que adoptó por un momento breve.
— Y usted ha crecido sorprendentemente mucho. Dejó de ser la jovencita encorvada con el rostro enteramente cubierto por libros y ese cabello rizado y voluminoso. — pronto aprendió o más bien reafirmó, que Severus Snape no era muy bueno con los cumplidos. Y sin embargo lo encontró extrañamente encantador a su manera.
— Gracias, supongo. — sonrió un poco y se avergonzó automáticamente al recordar momentáneamente lo que el hombre una vez había dicho acerca de su dentadura. Un gesto que aunque así lo deseaba, no pasó desapercibido por el hombre sentado a un lado.
— Por Merlín, Granger, sus dientes son como los de cualquier otro ser humano que haya visto.
Pensaba que quizá estaba mintiendo solo por ser elegante, pues gracias a que sus padres eran ambos dentistas, había pasado por muchas transformaciones dentales que finalmente habían dado frutos. Desde aquel duelo con Malfoy y el hechizo que había rebotado hasta su boca, su dentadura no volvió a ser la misma y requirió de mucho esfuerzo mantener los dientes recortados para que dejaran de crecer alarmantemente. De todos modos agradeció el gesto con un simple movimiento afirmativo de su cabeza.
— Sus padres son dentistas, ¿no es así? — Snape continuó, tomándola por sorpresa. Su pregunta fue como una intrusa en sus pensamientos.
— Así es, profesor. Pero me temo que solo trabajan en casos muy específicos. Recién recuperaron sus recuerdos tras la guerra y todo aún les resulta muy confuso. Pero valió la pena, creo. Los salvó de posiblemente haber muerto por tenerme como hija.
El hombre no dijo nada, así que decidió entretenerse mirando la carta que estaba sobre la barra. Temblaba un poco, así que decidió enfocar toda su atención y concentración en la lista de platillos escritos allí.
— ¿Quisiera comer algo? Yo invito. — no tenía ni idea del por qué se comportaba tan amable con ella luego de tanto, y no dudó en inquirir al respecto.
— No quiero sonar grosera ni nada parecido, pero encuentro extrañamente curioso que no haya querido escaparse de mí desde que nos topamos el uno al otro en el teatro. — apenas si lo miró al decirlo, esperando una explosiva escena de reclamos y vejaciones, que nuevamente nunca llegó. Junto a ella en la barra se encontraba un hombre calmado y al que parecer su curiosidad continuaba causándole cierta gracia. Al menos eso no había cambiado.
— Decido no gritarle una vez y a usted no le parece. A veces creo que a las mujeres les gusta complicarse sin razón. — fue lo que dijo mientras servía más vino en ambas copas, como si nada, mirando de reojo la carta que reposaba en el regazo de ella. — es mandatario probar un plato de pasta o tal vez una pizza, ya que estamos en el país donde mejor preparan ambos platos. Sería como un insulto, supongo. Es como si los turistas visitaran nuestro país y no probaran nuestro pescado y patatas.
Lo pensó por un momento y decidió que tal vez tenía razón. Si no era hostil con ella, sus razones debía tener y debía disfrutar el momento antes de que recuperara la razón y decidiera volver a ser el patán de siempre.
— Muy bien. Entonces creo que probaré la lasagna. Suena muy apetitosa en la descripción del menú.
El hombre apenas si sonrió, tomando su copa y la botella de vino a la mitad, levantándose para dirigirse a una de las mesas vacías, apartando una de las sillas y haciendo una exagerada y falsa reverencia para invitarla a sentarse.
La cena más silenciosa que había tenido jamás, a pesar de que no había podido ganar la batalla para al menos pagar la mitad de la cuenta del bar y la comida.
— Admito que me tomó por sorpresa, no me esperaba verla allí en el teatro. — dijo Snape de pronto, enrollando cuidadosamente su pasta bolognesa sin levantar siquiera la mirada.
— Usted no fue el único sorprendido.
Y fue en aquel momento en el que aquel hombre que la mitad de su vida había creído que la odiaba sin razón aparente, dijo algo que no esperaba jamás escuchar de sí mismo.
— Y entonces me dí cuenta de que en verdad estaba vivo y de que el tiempo subsecuentemente había pasado. — finalmente alzó la mirada y la profundidad de su mirar atravesó su piel como si la desnudara de poder hacerlo con solo verla. — no había vuelto al mismo momento, en mitad de la guerra y con el señor tenebroso aún vivo. Había pasado un tiempo considerable y todo había cambiado. Usted también.
— Pero yo lo veo muy bien, señor Snape, así que supongo y espero que no despertó de un prolongado coma y simplemente caminó hasta venir aquí.
— Supongo que aún no había caído en cuenta de que estaba vivo, Granger, hasta que me topé con usted. — dijo, mirando de vuelta su plato y la pasta plenamente enrollada en el tenedor.
— ¿Y qué tal ha estado su visita a Roma hasta ahora, señor? — se aseguró de cambiar el tema y de sonreír para alivianar la tensión. — he visto un par de museos en la libreta turística que recibí al viajar en tren. Si gusta puedo buscarla en mi habitación y prestársela para que pueda visitarlos también.
No dijo nada al alzar la cabeza y mirarla, por unos minutos, por lo que pensó que la conversación estaba más que acabada.
— De acuerdo. — le pareció una eternidad, pero en cuanto lo dijo suspiró extrañamente aliviada, exhalando aire que ni siquiera sabía que había estado reteniendo en su pecho.
La cena se había prolongado hasta el postre que por un momento le dió la impresión de que Snape había sugerido solo para que la conversación en la que estaban, no terminara tan pronto.
Y todavía le costaba comprender la razón.
Si ya sabía que estaba vivo y que el tiempo había pasado y todos habían crecido y madurado de algún modo, qué más podía querer.
— Tal vez, si así lo quiere y su hotel no está lejos de aquí, podamos encontrarnos mañana por la mañana en la recepción y de ahí, recorrer algunos de los museos que están en el itinerario de la libreta de viaje. — se aventuró a decir entonces, tras terminarse un delicioso tiramisú y sonreír contenta sin poderlo evitar ante la deliciosa cena, satisfecha. No pasó desapercibido mientras se limpiaba los labios disimuladamente con su servilleta, que el hombre no le había quitado los ojos de encima, de principio a fín.
Y lo que en el pasado le habría resultado aterrador y un signo de alarma, en aquel momento le pareció intrigante y de algún modo encantador nuevamente a su modo, como si el estar vivo hacía de cualquier mundana experiencia, algo digno de atención.
— De acuerdo. — repitió y verdaderamente no se lo esperaba. Lo tomó como que el hombre quería continuar con su experimento y ver hasta dónde lo llevaban dichos resultados.
Elegantemente parado junto al mostrador, aquel alto hombre esperaba mirando un reloj de pulsera que ni se había percatado que tuviera la noche anterior, nuevamente ataviado de negro y extrañamente de acuerdo con sus planes de viaje que insistían en incluirlo en sus actividades turísticas.
— Elegantemente imputual, señorita Granger. — recalcó aunque se dió cuenta de que su tono no poseía su veneno característico sino un nivel de sarcasmo suficientemente tolerable que le hizo preguntarse si así era siempre y si simplemente amplificaba su nivel frente a todos para protegerse.
— Lo siento, no encontraba mis gafas y verá... no puedo leer sin ellas.
— ¿Desde cuándo utiliza gafas? — Severus entornó los ojos así que no pudo evitar sonrojarse. — No las estaba utilizando en el teatro.
— Un pequeño defecto tras la batalla de Hogwarts, supongo. Algún hechizo debió enceguecerme o algo, pero desde ese momento mi visión cambió. Entre muchas otras cosas. — dijo con cierta incomodidad, frotando uno de sus brazos bajo la silenciosa mirada del hombre frente a ella. — Ese día, me temo, las olvidé en el hotel. Tenía muchas cosas en la cabeza, por así decirlo, así que me practiqué un hechizo a mí misma. ¡Con el mayor de los cuidados que pude! Momentáneamente permitiendo leer sin ayuda de las gafas.
Lo podía ver como ella lo veía. Ambos utilizaban un hechizo cosmético en cada cicatriz que la guerra les había dejado. Se lo podían reconocer el uno al otro, pero no tenían por qué hablar de ello de todos modos.
A ninguno de los dos le incumbía la vida del otro.
— Ese... vestido de flores luce... aceptable en su cuerpo.
— Muchas gracias. También até mi cabello por el calor y para que no vaya a incomodarle de algún modo durante el viaje.
Le dio la impresión de que Snape quería decir algo, conteniéndose a último minuto.
Con un gesto de sus manos la invitó a liderar la marcha y ella así lo hizo en silente agradecimiento por su permiso para continuar.
Ni siquiera podía recordar la mitad de lo que la guía turística había dicho. Se había encontrado tan absorta en escuchar a Snape hablarle sobre algunas de las pinturas, que ya hasta y había perdido el interés de seguir el recorrido guiado y así, caminar a su lado y participar más bien de una interesante guía privada.
— Todavía no puedo creer que los Muggles describieran a las brujas de la forma en la que lo hacían en aquellos tiempos y de que estuvieran dispuestos a matarse los unos a los otros con acusaciones sin fundamento. Se siente tan extraño que la magia exista verdaderamente y que ellos no puedan saberlo.
— Y con el récord que tienen, es mejor así. Créame.
Se llevó una mano a la cabeza de repente. Aún y con el aire acondicionado en el lugar, se sentía extrañamente ligera y como si flotara.
— Seguramente se trata del calor. — le dijo él, tomándola por uno de los codos para guiarla hasta uno de los bancos públicos. — éste verano ha sido extrañamente inclemente. Incluso en Inglaterra.
— Puede seguir sin mí si quiere. Estaré bien aquí, siempre y cuando permanezca sentada. No soy muy buena con los cambios violentos de clima.
— De ninguna manera permitiré que se desmaye mientras esté conmigo. — hizo una breve pausa. Apenas si lo notó debido al agotamiento que sentía. — y que luego alguien me culpe de lo que pueda pasarle. La llevaré sobre mis hombros si tengo que hacerlo.
Su ofrecimiento le habría sorprendido de no sentirse mareada.
— Estoy segura de que estaré bien luego de un rato y de que podremos volver al hotel.
Durante todo el camino y el viaje en taxi, trató de recordar vagamente si había dejado algún objeto comprometedor regado por la habitación que ocupaba y por si el hombre decidía acompañarla hasta allí.
— No se preocupe, solo tengo que abordar el elevador y caminar hasta la habitación.
— Sufrió un golpe de calor, así que lo mejor será que le acompañe y al menos me asegure de que permanezca recostada y de que beba la suficiente agua. Solo debe decirme el número de su habitación y yo me encargaré de pedir su llave.
— Creo que solo entregan llaves a los que hayan hecho la reserva, señor.
— Entonces vendrá conmigo.
Apenas si había oído lo que Snape le había dicho al recepcionista, pero el botones, un joven tal vez en sus treinta, parecía muy consternado al respecto, permitiéndole sentarse en su carro para maletas, sobre algunas de ellas que ni siquiera sabía a quién pertenecían, prometiendo llevar toallas extra, hielo y más botellas de agua de las que creía necesitar.
Snape fue el primero en entrar, empujando la puerta con cuidado de que permaneciera abierta y no la golpeara al pasar, aún sosteniéndola por el codo y guiándola hasta la cama, recogiendo con mucho cuidado y sin mirar demasiado, un par de libros y revistas que ocupaban espacio.
— Trate de descansar. — le ordenó, acomodando las almohadas y quitándole los tacones sin siquiera preguntar si estaba de acuerdo. Tenía que admitir que se sentía bien el estar de vuelta y en aquella mullida cama, bajo el refrescante toque del aire acondicionado sobre su rostro y las manos del hombre en sus pies.
Lo último que supo fue que le daba la espalda y recibía al botones con lo prometido, dándose la vuelta tras cerrar la puerta y quizá percatándose de que no podía evitar cerrar los ojos.
Despertó con una pequeña nota en su mesa de noche, más tarde ese día.
"El botones dijo que subirán a su habitación lo que sea que desee comer, así como preguntó si quería solicitar servicios médicos. Dijeron que podía llamar a éste número, si necesitaba asistencia médica de algún tipo".
Suspiró llevándose una mano a la frente para tomar la temperatura y esperando que no fuera necesario.
Estaba contenta de sentirse mejor, pero agradeció el gesto de todos modos.
"El número de mi habitación es éste, por si algo sucediera y debiera cancelar nuestro recorrido de mañana. Aunque le aconsejo que lo haga y se tome un descanso. La ola de calor continuará y no sería... lo adecuado, que su condición empeorara. Asegúrese de descansar lo suficiente".
Le resultó tentador por un momento el tener su número de teléfono, donde fuera que estuviera alojado, pero consideró que a pesar de que las banderas de la paz estaban arriba, que no lo estaban lo suficiente como para llegar a ese extremo de una llamada telefónica.
Se sobresaltó al escuchar el timbrar del teléfono de la habitación y por un momento pensó como tonta, que podría tratarse de él.
Pero simplemente se trataba de una muy consternada recepcionista de turno, preguntando si ya se sentía mejor y si había algo en lo que pudiera servirle.
Aquella noche durmió como no lo había hecho en mucho. Los sueños acerca del pasado ni siquiera se suscitaron como ya estaba acostumbrada y en cambio fueron reemplazados por las infinitas posibilidades si volvían a encontrarse a la mañana siguiente.
No esperaba verlo, de hecho, sin anunciarse siquiera. Solo había recibido un recado de recepción acerca de un hombre que la esperaba en la cafetería del hotel.
— Veo que recuperó el color en su rostro y de que ya se siente mucho mejor. Eso es bueno.
— No esperaba verlo aquí, señor. ¿Por qué simplemente no llamó anoche para saber cómo estaba y así no tenía que viajar hasta aquí? — preguntó con la intención de tomar la jarra de café en la mesa y servirse un poco, pero el hombre simplemente negó con la cabeza y la apartó de su alcance, a pesar de que él bebía café.
— La cafeína, a pesar de que se sienta bien, podría empeorar las cosas. — negó con la cabeza y le restó importancia a su pregunta. — decidí que lo mejor era que descansara y como no recibí ninguna urgente noticia de que estaba en algún hospital de la ciudad, asumí que estaba bien y decidí esperar por la mañana para asegurarme de que no abandonara el hotel y así constatar por mí mismo, su mejoría.
Se sintió extrañamente abochornada. ¿Acaso esperó por una llamada que debió hacer y nunca hizo? ¿Acaso había estado preocupado por ella, toda la noche?
No. Esa era una idea ridícula.
— Había tanto que quería conocer hoy. — dijo apenas si en un murmullo, acariciando su cuello con una de sus manos y a modo de disculpa. — lo lamento, no quería arruinar sus vacaciones preocupándolo. Si quisiera seguir la guía turística sin mí, puede contarme los detalles después.
Severus Snape simplemente asintió y tras asegurarse de que había desayunado lo suficiente, se marchó tras una muy solemne despedida, haciéndole prometer que por ningún motivo abandonaría el hotel a menos que fuese absoluta y estrictamente necesario.
Tal vez entonces podía tomar un relajante baño en su tina/jacuzzi del hotel.
Ya casi se quedaba dormida en cuanto el teléfono sonó, por lo que agradeció que tuviese una conexión al baño.
— ¿Sí? — apenas si dijo, ahogando un bostezo.
— Vuelva a dormir, Granger. Conversaremos luego.
— ¡No no, espere! — dijo, reincorporándose en la tina. — cómo consiguió mi número.
— En recepción, obviamente. — le preocupó que ninguno en el mostrador pensara en respetar su privacidad ya que ni siquiera le conocían y por un momento pensó que Snape había utilizado magia para confundir y obtener información, para desechar luego la idea y recordar que no se podía utilizar magia sobre los Muggles. — solo quería informarle que durante el recorrido turístico de ésta mañana, encontré algo que tal vez pudiera interesarle y pensé en invitarla nuevamente a cenar, mañana, para que pueda verlo.
— ¿Me permitirá pagar al menos la mitad ésta vez, señor?
— Como quiera. — fue lo que dijo. — ahora, vuelva a dormir y recuerde cenar muy bien e hidratarse lo suficiente.
Un breve hasta luego y fué todo. No se esperaba invitaciones a cenar y de pronto se encontró mirando la habitación desde el baño y preguntándose como una niña, qué debía usar.
Y por qué era tan importante el vestirse bien para un hombre que de seguro ni la miraría más de una vez.
Esa noche, esperaba con ansias aquella invitación para cenar. Snape no quería que dejara el hotel hasta que se recuperara y a pesar de que dudaba que estuviera vigilando de alguna manera, sabía que ese hombre era capaz de cualquier cosa.
No tenía ni idea de qué le preocupara tanto.
— ¡Oh! Es un libro. — dijo. No quería sonar decepcionada, le encantaba leer. — ¡Las mil y un maravillas de Italia! ¡Y con fotografías! — acarició el lomo con mucho cuidado — muchas gracias.
— Al menos podrá ver los recorridos que se perdió ésta mañana. — dijo el hombre sin despegar la vista de su copa de vino y como si fuese la cosa más interesante que jamás hubiera visto. Lo podía entender. Severus Snape no estaba acostumbrado a los cumplidos.
Tras unos minutos de silencio, finalmente apartó la vista del cristal y la miró fijamente.
— Señorita Granger...
— ¿Hmm? — respondió ella, levantando la mirada de su plato de albóndigas y puré de patatas. — ¿Dígame, profesor?
— Por qué nunca preguntó acerca de lo que he estado haciendo durante todo éste tiempo y acerca de cómo logré vencer a la muerte.
Sopesó las posibles respuestas para dar y tras unos breves segundos de tragar y analizarlo bien, sonrió en respuesta.
— Porque considero que hay muchas otras cosas más interesantes que me gustaría conocer de usted que eso, profesor.
Parpadeó un par de veces en señal de que no entendía lo que ella decía, mientras Hermione reía suavemente, limpiando sus labios con una servilleta de tela.
— No me malinterprete. Usted mencionó qué tipo de obras le gustaban y de pronto sentí esa típica curiosidad que usted tanto odia y tuve que saber más. Y ahora, aquí estamos.
No se le escapó que el hombre sonreía apenas si un poco, bebiendo de su copa de vino tinto, bajando la vista de vuelta hacia su plato de pasta Carbonara.
— Y ahora, si me lo permite, yo le haré una pregunta a usted. — sonrió ella mientras terminaba de acomodar limpiamente el puré de patatas en su tenedor, con su cuchillo. — ¿Por qué le preocupa lo que pueda pasarme? Es decir, se lo agradezco, pero ya no soy su alumna. Ya no tiene ninguna responsabilidad para conmigo.
Severus Snape no dijo nada y tuvo miedo de haberse pasado de la raya. Más sin embargo luego de un par de bocados de pasta, se encogió de hombros sin mirarla.
— Supongo que soy un hombre que al saber que una dama se encuentra en apuros, lo más lógico sería socorrerla y asegurarse de que esté bien.
— Y que nos conozcamos de hace mucho, definitivamente ayuda. Pues dudo mucho que lo hiciera por algún Muggle u otra bruja. ¿No? — Hermione rió al decirlo, pero su corazón latía extrañamente fuerte de pensar en lo que pudiera decir.
— Mmm... sí, tal vez. — admitió el hombre, sirviendo más vino en ambas copas. — aunque para poder corroborar su teoría, Granger, alguna mujer debería querer pasar tiempo conmigo, como usted lo está haciendo ahora mismo.
A los oídos de ambos sonó muy extraño, por lo que el silencio precedió al final de la cena y a una solemne despedida, nuevamente.
Volver a la habitación fue todo un desafío por la cantidad de copas y todo lo que había aprendido de ambos en un espacio corto de tiempo.
Le extrañó luego de recostarse en la cama, que Severus le hubiese permitido beber vino tras estar todos esos días, recalcándole que debía cuidarse mejor de los golpes de calor.
Se aseguró de beber suficiente agua e irse a dormir temprano. No quería perderse el siguiente recorrido en la lista.
Y así pasaron dos semanas enteras. De pronto habían comenzado a disfrutar la compañía del otro y consideraba que Snape hacía un gran esfuerzo por tolerar sus imperfecciones, así como ella las de él.
Un día se tomaron por sorpresa el uno al otro. Ninguno podía decir exactamente qué había cambiado, pero sí que había una enorme diferencia a como habían empezado la estadía en Roma.
Se besaban acaloradamente, dentro del brillante ascensor del hotel donde ella se quedaba, apenas si murmurando el piso para que el hombre pudiera presionar el botón, torpemente, con una de sus manos en uno de los bolsillos de la larga gabardina negra que ella llevaba sobre un vestido combinado y tal vez un poco más corto de lo que usualmente estaba acostumbrada, una de las tantas genialidades de Ginny, en busca de las llaves de su habitación. Habían decidido cerrar la noche con broche de oro, en el teatro, por una obra de Ópera.
Snape debía tener buena memoria pues retrocedía de camino a la cama de la habitación sin siquiera mirar atrás. Él lideraba el camino, con ambas manos firmes sobre su cadera.
Jamás olvidaría el gruñido de apreciación al desvestirse y mostrar la ropa interior que por supuesto que combinaba con su vestido y el resto de su atuendo. Un secreto bien guardado durante años. No necesariamente tan recatada como se veía en el exterior. Y a él parecía gustarle el encaje. Quién lo diría.
Pensó distraídamente en cuanto pudo volver a respirar y formar ideas coherentes en su cerebro, mientras desabrochaba su elegante camisa negra, en que su instinto no le había fallado y que tal vez para una próxima visita a la tienda, elegir otro conjunto de ropa interior igual.
Snape no era precisamente el hombre más fornido que hubiese visto, pero no tenía un solo gramo de grasa fuera de lugar. Tras tanto ir y venir si por Albus Dumbledore o Voldemort, se había mantenido en excelente forma y estaba segura de que eso había facilitado su recuperación en gran medida.
Al momento de besar su piel por sobre el cinturón de sus pantalones, pudo sentir cómo retenía el aliento y no dejó de preguntarse si esperaba que lo que veía le resultara tan desagradable como para retroceder horrorizada y escapar.
Más bien se distrajo en todas las cicatrices de guerra que pudo encontrar, besando delicadamente cada una de ellas. Años y años de preparar pociones, por supuesto que debía tener sus ventajas y desventajas. La piel de sus dedos se sentía ligeramente callosa y reseca, a pesar de sus toque tímido. Casi ni podía decir que sucedía en verdad.
En algún momento, no supo cuándo, terminó de espaldas entre la, a su juicio, exagerada cantidad de almohadas que los hoteles solían colocar en las habitaciones, intentando descifrar nuevamente aquellos pozos negros y profundos que en aquel minuto la miraban como si quisieran hacerle arder de poder. Una intensidad que solamente era comparable a una de sus miradas de odio más profunda.
Sus labios se encontraban entre abiertos, apenas si logró captar lo que decía, dentro del estupor en el que se encontraba. Hacía mucho tiempo que no dormía con alguien, además de Ron, y a pesar de que estaba segura de que sus medidas entraban dentro de la categoría estándar para cualquier otro hombre, resultaban mayores de lo que esperaba y por supuesto que ninguno estaba preparado, y no se encontraba muy deseosa de experimentar con productos de uso diario como el jabón, y tampoco creía que su ex profesor fuese un hombre que disfrutara del sexo oral como lubricación.
Tampoco quería que el hombre se practicara algún hechizo sobre sus partes privadas y que éste saliera terriblemente mal y terminara siendo su culpa. Apenas si podía pensar en el hechizo anticonceptivo, por lo que no quería que tras lo agitados que estaban, dijera mal alguna de las palabras y entonces conjurara un hechizo totalmente distinto.
— Eres... maravillosa. — no tenía idea de si lo decía porque lo pensara en verdad o si se encontraba simplemente impulsado por el deseo que hacía temblar su entero ser, pero de todos modos se sintió extrañamente tocada por sus palabras.
La ropa desapareció de su vista en un segundo e hizo un interesante descubrimiento. Al parecer, Snape disfrutaba de tocar su pecho más que otros lugares de su cuerpo. Parecía embelesado con la forma, a pesar de que considerara que era una más del montón, no dejaba de deslizar tímidamente sus dedos alrededor y como si quisiera trazar un mapa mental de ello. Se imaginó que si tenía alguna experiencia en la materia, nunca había tenido el tiempo de apreciar los detalles.
Por lo que parecía favorecer que estuviera arriba, sobre su cintura. Se encontraba bastante contento de poder verla por completo, pasear apenas si la punta de sus dedos por cada centímetro de piel que pudiera alcanzar con ellos.
No estaba segura de cuánto tiempo habían permanecido así, con sus cuerpos unidos, moviéndose suavemente al mismo compás. Sabía que dolería al amanecer, pero en aquel momento era lo menos en lo que quería pensar.
Jamás lo habría creído así se lo hubiesen repetido un centenar de veces, acostarse con el hombre que había pasado aterrorizándola la mitad de su vida y que en ese preciso momento y en el ahora, no parecía poder creer que estaba pasando. Que estaba vivo.
La tomó por sorpresa al alcanzar el orgasmo y querer apartarse violentamente y recoger su ropa como si esperara que ella cambiara de parecer y lo hechizara allí mismo o tal vez como mecanismo de defensa para evadir las cosas. Para no verse vulnerable frente a nada ni nadie.
Parecía haber vuelto en sí y al escuchar su nombre entre sus labios en un gemido. Quizá había dicho algo más de lo que siquiera había estado consciente y eso había bastado para asustarlo.
¿Tal vez se le había escapado alguna palabra de amor? No tenía sentido. Apenas si habían estado en un tour por una semana.
— Por Merlín, Severus — lo tenía que decir. Le resultaba incómodo volver a decir señor Snape, estando ambos tan expuestos como lo estaban en aquel momento. — ¿Crees que acabas de hacerme un servicio o un favor y que espero que te vayas? — preguntó, ligeramente aterrada ante su violenta reacción. — ¿Crees que de haber cambiado de opinión, te habría permitido continuar con ésto? ¿O es acaso que dije algo inapropiado para tus oídos?
Se aseguró de cubrirse rápidamente con las sábanas, para que su mirada pudiera enfocarse en sus ojos y cruzó la habitación prácticamente en dos pasos, para pararse frente a él y detener cualquier pensamiento estúpido que estuviera cruzando por su cabeza. Sostuvo el cobertor entre sus manos y de tal modo que le permitiera tomarlo y cubrirse con él. Protegerse de cualquier mirada.
Tal vez estaba malinterpretando la situación. Así como el inicio de ésta. Quizá había actuado de forma errónea, pero estaba segura de que había correspondido cada uno de sus besos sin dudarlo.
— Por favor... quédate al menos por ésta noche. Eh... podría pedir algo de cenar para los dos y podrías leer ese libro que me regalaste, si quieres. Yo puedo... no lo sé, mirar un poco de televisión. Puedes dormir aquí si quieres y yo dormiré en el sofá. No tenemos que hablar de ésto hoy y dejarlo para mañana, o siquiera hablarnos, pero de verdad quisiera que te quedaras. — suspiró al no escuchar respuesta más que una mirada fija sobre todo su ser. — Creo que... que tomaré una ducha. Solo tardaré un momento, ¿de acuerdo? Puedes tomar un baño después de mí... si quieres quedarte.
Esperó un tiempo prudente por una respuesta pero y en cuanto no escuchó ni una sola palabra del hombre frente a ella, que parecía literalmente haber abandonado su cuerpo, apenas si parpadeando como única señal de vida, asintió tímidamente a su monólogo y de camino al baño, cerrando la puerta tras de sí y apoyando su espalda silenciosamente en la fría madera. Suspiró profundamente y con miras al tejado del baño, de pronto llenándose de lágrimas que ni un pequeño segundo tuvo de procesar. Ni un solo pensamiento coherente cruzó su cabeza más que un sin fín de voces riéndose por su imprudencia y la realidad de las cosas, provocando que sus manos temblaran al acercarse a las llaves de la ducha. Tenía que ducharse como había dicho o de lo contrario Snape sabría de la tristeza por la que estaba atravesando.
Aunque dudaba a ciencia cierta que se hubiese quedado y no podría culparlo. Quién era ella para exigirle alguna cosa.
La ducha más corta que había tomado jamás, pero verdaderamente se sentía lo suficientemente miserable como para siquiera tocar su propio cuerpo más de la cuenta. Se sentía extrañamente sucia y como si hubiese abusado del hombre, a pesar de que la diferencia intelectual y en todo sentido, era verdaderamente apreciable como para que tomara sus propias decisiones y no le hubiese seguido el juego.
Apenas si se secaba el cabello con una toalla, cuando se percató de que Snape permanecía sentado en la cama, completamente vestido ahora y evitando su mirada como si de hacerlo, pudiera morir súbitamente.
— ¡Oh!.. te quedaste. — fue lo más obvio para decir, pero fue completamente ignorada y mientras se ponía en pie y así como ella había sugerido, se encerraba en el baño.
Deseaba aún tener el giratiempos en su poder y volver atrás.
Había sido ella quien se había quedado con la cama y en cuanto Snape se había acomodado en el sofá sin mediar palabra, apenas si tocando la cena que ella misma había tenido que ordenar para ambos y prácticamente comer sola.
No podía dormir y constantemente daba vueltas en el colchón, imaginándose a sí misma como todos aquellos que habían hecho de la vida de Severus Snape, lo que habían querido, despertando violentamente, sudorosa y ante los primeros rayos de la mañana.
Y por supuesto que ya no estaba.
Cómo había arruinado lo que parecían ser unas vacaciones idílicas, encontrándose con su pasado e intimando con él.
Quería simplemente quedarse allí y jamás salir.
El sonido del teléfono de su habitación la tomó por sorpresa y literalmente brincó en la cama para atenderlo, esperando poder oír su voz en reproche.
Pero solo se trataba de la recepcionista para informarle acerca del desayuno y el próximo horario del tour.
¿Cómo podría siquiera pensar en algo así, después de todo? Sus dedos cosquilleaban con aquella carta que había escrito y en el que estaba el número de su habitación de hotel.
Quizá necesitaba tiempo para pensar, por supuesto. Y no era nadie para impedirlo.
Tal vez necesitaba tiempo lejos de ella. Así fuese para siempre y tampoco era alguien para impedirlo.
Se aseguró de lucir lo más presentable posible, a pesar de que todo su cuerpo dolía, más sentimental que físicamente, caminando lentamente y sin levantar la mirada del piso y con miras al comedor.
Comer era en lo que menos podía pensar, pero no quería parar en un hospital por descuidarse y volver a preocupar a medio staff del hotel.
Se repondría, de eso estaba segura. Quizá con el tiempo, y sería uno de los secretos con los que iría hasta la tumba.
Apenas si entendió lo que la sonriente mesera dijo. Algo que sonaba a qué desea ordenar.
Ordenó lo primero en lo que puso sus ojos en el menú y mientras sorbía un poco de café de su taza, sopesó las posibilidades.
Ella era una Gryffindor hecha y derecha que había atravesado y sobrevivido una de las peores guerras de su generación. Cómo era capaz de dejarse intimidar una vez más por aquel hombre al que ya le había cedido demasiado terreno.
Si quería escapar y jamás volver a verle la cara, al menos quería que escuchara lo que tenía para decir y así mismo, escuchar lo que fuera que tuviera que decirle.
Por más hiriente que ésto fuera.
Al terminar el desayuno, decidida, subió al elevador y con la mente puesta en tomar esa carta y discar el número las veces que hiciera falta hasta que decidiera encarar el asunto como el hombre adulto que se suponía que era.
De camino por entre los pasillos e ignorando sus alrededores, concentrada en su meta, su brioso caminar fue detenido por un objeto sólido con el que chocó o que chocó con ella, casi haciéndole caer de no ser por una mano que oportunamente la rescató de un fuerte encontronazo con el suelo a sus pies.
— Lo lamento, no veía por donde caminaba y tenía un poco de prisa. — alcanzó a decir con una mano sobre la frente, sobando el golpe que se había dado y alzando la mirada al poco tiempo.
No sé lo esperaba.
— Seve... señor Snape.
— Tenemos que hablar, Granger. Ahora mismo.
Le tomó un momento recomponerse de su asombro, para volver a sentir ese fuego bullir dentro de su interior y solo así poder sostenerle la mirada sin vacilar.
— Estoy de acuerdo. Sígame por favor.
Al cerrar la puerta de la habitación tras de sí, tuvo una desagradable sensación de estarse encerrando.
— Lo escucho. — dijo al darse la vuelta para encararlo e invitándole a tomar asiento. El hombre contempló la cama apenas si por un segundo para luego desviar la vista y tomar asiento en el sofá de la habitación, mientras ella se cruzaba de brazos tratando de no mostrar debilidad, a pesar de lo cansada que estaba. Supuso que como espía y maestro en la Oclumancia, que podía notarlo.
Severus Snape se aclaró la garganta, mirando el suelo a sus pies y como si el hecho de simplemente mirarla a la cara, le recordaría lo que había pasado la noche anterior. Como si de hacerlo, la desnudaría con la mirada de ser posible.
Apartó dichos pensamientos de su mente y trató de ser lo más conciso que pudo.
— Supongo que entiende, señorita Granger, la gravedad de los hechos. — dijo con su tono más formal y lo cual le trajo recuerdos a Hermione, en los que siquiera quería pensar y mucho menos en aquellas vacaciones.
— No se atreva a utilizar ese tono conmigo, señor, como si estuviera de vuelta en la escuela y usted impartiendo cátedra. — apoyó ambas manos sobre su cadera, buscando una manera de suavizar la tensión que sentía o de lo contrario, creía que iba a desfallecer allí donde estaba de pie. — ya no somos dos adolescentes, mucho menos usted. Estoy plenamente consciente de lo sucedido, gracias. No he podido olvidarlo ni aunque quisiera.
— ¡Maldición, Granger! ¿¡Cómo debo hacérselo comprender!? Acabo de tener sexo con una de mis ex estudiantes, y usted por sobre todas las cosas. — apenas si pudo entender. Tenía los dientes apretados y solo así pudo levantar la mirada y verla escalofriantemente con aquella intensidad comparada con la gran pasión que había sentido la noche anterior y lo que le hizo temblar de pensar en lo sencillo que le resultaba cambiar de humor y como si fuese un switch que podía prender y apagar como si nada.
Intentó enmascarar su sorpresa con enojo, sonrojándose ante sus palabras y los recuerdos.
— ¿Conmigo por sobre todas las cosas? ¿¡Qué se supone que debo entender con eso, señor!? ¿Que soy tan repugnante como para siquiera pensar en poner un dedo sobre mí? Además, para que lo sepa, yo no tengo "sexo" con cualquiera. Que recuerde, usted me besó también, ¿¡no es así!? — inspiró cuando creyó que moriría sin aliento. — sexo puede tener con cualquiera, pero no conmigo. No se confuda.
— ¡No se trata de eso! — Snape perdió la paciencia poniéndose de pie y caminando alrededor de habitación, con andares apresurados. — ¡No me refería a que la encontrara detestable! — se escuchó gritar y cerró los ojos por un momento, para encontrar de nuevo la calma y volver a su frialdad característica. — tampoco dije que era una cualquiera. — su tono de voz disminuyó considerablemente, se le dificultó entenderle pues le pareció que lo decía para sí mismo. — es la mejor amiga de Harry Potter y prácticamente una celebridad o como quiera llamarlo. — dijo, aunque no comprendía su punto, así que esperó. — ¿Acaso no pensó en las consecuencias de... ésto?
— Por favor, señor, como si el resto del mundo mágico tuviera que saberlo. — dijo con una sonrisa cargada de ironía, para luego pensarlo bien y preguntar. — Un momento. ¿Lo dice por miedo a que yo corriera a contárselo a Harry o a Ginny? ¿Que me burlara de algún modo de su privacidad o de que le obligara a estar conmigo en público, solo porque dormimos juntos una vez? Por cierto, no sé cuánta experiencia tenga en la materia y no lo juzgo. No sé si el resto de las mujeres con las que ha estado solo requerían de un servicio y le pedían que se marchara o usted simplemente las dejaba como si nada, pero jamás se atreva a siquiera volver a sugerir una cosa así. No me compare con el resto, no estoy ni cerca.
En cuanto volvió a hablar, lo hizo tan tranquilamente que la tomó por sorpresa.
— No... por supuesto que no es como ninguna de ellas.
Quiso seguir allí sin demostrar debilidad, pero no pudo más y tuvo que sentarse en la cama, llevándose una mano hasta la frente y frotándola con incomodidad y agotamiento.
— Lo siento. — dijo, frotando uno de sus brazos, luego, donde Snape sabía que debía estar aquellas terribles palabras en las que siquiera quería pensar, al parecer como una respuesta inconsciente a la ansiedad.— su vida personal y privada no me incumbe y no debería siquiera hablar de ello. Le pido disculpas.
— Nunca he estado con una mujer como usted, si le contenta saberlo. — no la miró en cuanto lo dijo y apenas si se percató de que había vuelto al sofá. La luz del sol se alzaba por los aires, así que lo que parecían minutos conversando, ya eran horas. Debían de ser las diez y un poco más. — las mujeres... nunca... — se detuvo súbitamente y deseó pedirle que no continuara y salvara lo poco de su privacidad que podía quedarle. Considerando lo que ambos ya habían visto, el uno del otro. — nunca permanecieron el tiempo suficiente...
— Señor... — se levantó de la cama con mucho cuidado y para que no creyera que iba a atacarlo una vez más, dándole su espacio y sentándose tan lejos como pudo en el sofá. — ¿pensaba que yo haría lo mismo? ¿Que solo quería tenerlo como si fuese un trofeo y pasar una noche divertida, de vacaciones en Roma? — se atrevió a mirarlo, aunque su rostro se encontrara cubierto por dos largas cortinas de cabello negro. — cuando nos besábamos al salir del teatro, creía que ambos deseábamos lo mismo. No estoy segura de qué sea, exactamente, pero creí que me correspondía de la misma forma. Si no era así, ¿por qué continuó besándome, hasta el momento en el que hicimos el amor?
Casi podía sentir su respiración agitada, vibrar el sofá en el que estaba sentada, a pesar de que eso era obviamente imposible.
En cuanto lo dijo, volvió a susurrar y como si no quisiera que nadie más que ellos pudiera oírlo.
— Nunca... y desde que nos vimos aquel día en el teatro, quiso saber cómo había sobrevivido o me atosigó con preguntas acerca de mi pasado y mi lealtad. A pesar de todo lo que le hice, insistió en tratarme como otro más de sus amigos. Esa noche me dí cuenta. Me dí cuenta de que estaba forzándome en una de las alumnas que peor había tratado y simplemente no pude...
— Descuide, señor. Hace mucho tiempo ya que comprendí la mayor parte de lo que pasó durante mi infancia y también, entendí que debía dejar ir y perdonar. — suspiró ligeramente aliviada de comprender muchas cosas y sonrió por un momento, con los ojos cerrados. — no estoy plenamente segura de la razón por la que lo besé. No puedo decirle que lo amo, si apenas y hemos estado juntos una noche, por accidente o lo que sea, pero en aquel momento sentí que era lo correcto. — abrió los ojos y sonrió al encontrarse con sus ojos mirándola insondable. — y estoy segura de que si lo permitiera y fuese un poco menos hostil, podría tener a cualquier mujer que quisiera.
Mucho más fácil decirlo que hacerlo.
