Capítulo 4: cambio de sabor.
En cuanto el coche hubo aparcado, Gin abrió su puerta desde dentro y salió a la calle. Estaba desierta. Apenas se oía el murmullo lejano del tráfico que congestionaba la carretera más próxima.
Hacía unos diez años, una empresa había comprado la mayoría de los solares de aquella calle y había construido e instalado allí sus oficinas. Pero la felicidad no fue eterna. Hacía unos cinco años, dicha empresa había ido a quiebra, y hacía apenas cuatro había cerrado definitivamente. En ese momento, mientras Gin se ajustaba la gomilla con la que llevaba recogida su larga melena plateada, la mayoría de edificios de la calle, otrora oficinas, estaban vacíos y abandonados. Más o menos al mismo tiempo que quebraba la empresa, aquella zona se había devaluado mucho; cuando los solares fueron puestos en venta, ya nadie los quería. El ayuntamiento apenas había derribado uno o dos edificios que amenazaban con caerse, pero el resto seguía intacto. Gracias a todo ello, era de los mejores lugares para un encuentro turbio.
Para la ocasión, el chico iba vestido de negro de pies a cabeza: pantalones, chaqueta y zapatos. La única excepción era su camisa, de un suave tono verde. En una mano llevaba el maletín que debía entregar en unos minutos. Le echó un vistazo. No sabía lo que contenía, ni se lo había dicho "esa persona". Lo único que sabía era que se trataba de algo de "gran importancia" y que debía entregárselo a los hombres con los que había quedado en cuestión de minutos.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. "Esa persona" había dado órdenes claras con respecto a ellos: "Si hace falta, matadlos". Gin no sabía apenas quiénes eran, ni qué pretendían, pero sí una cosa: que no eran de fiar. Dirigió la mano que tenía libre al interior de su chaqueta y palpó la pistola que guardaba allí. Aún no había tenido que usarla fuera de los entrenamientos, y ciertamente le aterraba pensar que fuera a necesitarla. Respiró hondo.
-¿Entramos ya? –escuchó tras él.
Gin se giró. Aún junto al coche, Vodka lo miraba fijamente con sus pequeños ojos pardos.
Desde la discusión de hacía dos días, ambos apenas se hablaban. Gin se sentía a la vez enfadado e indignado por la actitud de Vodka y todo lo que le había dicho, y éste parecía mucho más molesto con él de lo que había estado previamente. Gin comenzaba a replantearse pedir a "esa persona" un cambio de compañero, aun a sabiendas de lo improbable que era que se lo concediera.
-Sí –contestó con tono distraído-. Será mejor estar allí con tiempo.
Vodka asintió y los dos echaron a andar hacia uno de los antiguos edificios de oficinas. Al llegar a la puerta se detuvieron unos segundos; tras comprobar que nadie los veía, Vodka disparó a la cerradura y entraron.
El interior del edificio estaba desierto y lleno de polvo. Gin y Vodka subieron varias plantas hasta llegar frente a la puerta del que en otro tiempo fuera uno de los despachos principales del edificio. Por suerte, la puerta estaba abierta. En el más absoluto de los silencios, entraron.
-¿Y bien? –inquirió Vodka-. ¿A quién se supone que tenemos que esperar?
-A dos hombres –respondió Gin mientras paseaba por el despacho. Tras la mesa había una silla giratoria; se acercó y le echó un vistazo. Pasó la mano por encima un par de veces para eliminar parte del polvo que la cubría y tomó asiento. Era cómoda-. El encuentro está planeado para dentro de diez minutos; no tardarán. Las instrucciones son claras: si es necesario, debemos acabar con ellos.
-¿"Debemos"? –repitió su compañero, para al momento darle la espalda-. No me hagas reír…
-¿Perdón? –inquirió-. ¿A qué se supone que ha venido eso?
-Pues a qué va a ser, Gin – respondió su subordinado a la vez que se giraba para mirar a los ojos al niño-. A que me hace gracia que digas que "debemos" acabar con ellos cuando sé que el trabajo sucio, como siempre, lo terminaré haciendo yo.
Gin frunció el ceño y desvió la mirada.
-Vodka, no empieces otra vez.
-No, Gin, empezaré todas las veces que quiera –replicó el muchacho de ojos castaños-. Estoy harto de que tú te lleves el mérito sin mover un solo dedo cuando las cosas se ponen serias.
-Aún no he terminado mi entrenamiento… -comenzó el chico mientras rebullía en la silla.
-¡Deja de excusarte con eso! –le increpó Vodka, molesto-. No haces más que repetirlo mismo una y otra vez: "No he terminado mi entrenamiento", "Me tiene que dar permiso esa persona", "Aún estoy aprendiendo"… ¡Madura de una vez! ¡No eres más que un niño quejica!
-No te consiento que me hables así –intervino Gin con tono enfadado.
-¡Te hablaré como me apetezca! ¿Quién te crees que eres para darme órdenes? –replicó Vodka, acercándose más a él.
-Soy tu superior y…
-¡Superior! ¡Ja! –rió, sarcástico-. Sólo porque "esa persona" lo diga no significa que tengas autoridad sobre mí, Gin. No eres más que un crío. Y, si el jefe te da tantos caprichos y privilegios no es más que por ser hijo de quien lo eres. No eres nada, Gin –apuntó con dureza-. Sólo un "hijo de" con suerte; un niño de papá mimado y consentido que ha visto cómo la vida le sonreía desde que nació. Así que, si te apetece, llora. Corre a casa y ve a llorar a tu papá y a tu mamá, y luego tal vez a "esa persona", para que te den sus mimos e inflen más tu enorme ego…
Sin poder aguantar más, Gin dejó el maletín sobre la mesa con un fuerte golpe. Tenía los dientes apretados y las mejillas encendidas; todo su cuerpo temblaba ligeramente. Un torbellino de ideas cruzaban su mente, incluyendo abofetear a Vodka tal y como había hecho dos días antes o tirarle aquel maletín a la cara. Finalmente, se puso en pie y se encaminó hacia la puerta del despacho.
-¿Y ahora qué haces? –inquirió Vodka, colocándose frente a él.
-Me marcho –informó el muchacho-. No pienso aguantarte ni un minuto más.
-Pero qué…
Sin embargo, antes de que pudiera terminar la frase, Gin lo rodeó y salió de aquel despacho cerrando la puerta tras de sí.
La mente del chico bullía mientras bajaba corriendo las escaleras del edificio. Miles de recuerdos de su padre y su madre iban y venían como en un torbellino. Cuando por fin salió del edificio por la puerta por la que había entrado, se apoyó contra ella y comenzó a llorar.
Permaneció varios minutos allí, descargando sus lágrimas, hasta que se encontró más tranquilo. Cuando paró de llorar, levantó el rostro y dejó que la brisa refrescara sus ardientes mejillas. Maldito Vodka… No lo soportaba. No soportaba que le tratara así, que le hablara así… sobre todo porque actuaba como si lo supiera todo de él, cuando la realidad era que no sabía apenas nada. Miró a algún punto en la infinidad del cielo azul y se propuso una cosa: la próxima vez que viera a "esa persona" le pediría un cambio de compañero. Y, aunque tuviera que insistir durante horas, conseguiría que se lo concediera.
Finalmente, se soltó de la puerta y echó a andar hacia el coche de Vodka. No tenía más remedio que esperarlo allí. Sin embargo, cuando apenas había dado unos pocos pasos, un murmullo a su espalda le llamó la atención. Dio media vuelta y caminó con sigilo hacia el origen del sonido. Tras unos momentos lo localizó: dos hombres jóvenes hablaban en un pequeño callejón formado por dos edificios. Al fijarse, se dio cuenta de que eran precisamente los hombres con los que debía encontrarse allí para el intercambio. Gin se apoyó en una pared y aguzó el oído.
-¿Está todo listo? –preguntó uno de los hombres.
-Todo –respondió el otro-. Las bombas están repartidas por todo el edificio, colocadas en puntos estratégicos.
-¿Cuándo será la explosión?
-Cuando el reloj dé en punto; activé el temporizador cuando vi entrar a esos dos, el chaval y el niño vestidos de negro –explicó. Un escalofrío recorrió a Gin de pies a cabeza-. Aquel niño, aunque no lo parezca, es un alto cargo de esa organización. Me preocupé en informarme bien antes de contactar con ellos…
-Con esto les asestaremos un buen golpe -rió el que había hablado primero-. En apenas unos minutos, todo el edificio explotará, y esos dos serán historia. Y ahora, alejémonos de aquí…
Sin una palabra más, los dos hombres echaron a correr en dirección opuesta a Gin. El chico se llevó una mano al pecho; tenía el pulso acelerado. Todo había sido una trampa… Miró su reloj de pulsera: quedaban menos de cinco minutos para la hora en punto. Y Vodka seguía dentro del edificio… Sin pensárselo ni un segundo, salió corriendo a buscarlo.
Volvió a entrar en el edificio y corrió escaleras arriba, piso tras piso, hasta llegar al tercero. Una vez allí se dirigió al despacho en el que había estado con Vodka hacía unos minutos. Sin embargo, en el camino se chocó con él.
-¿Qué haces aquí? –inquirió Vodka.
-¡Menos mal que te encuentro! –exclamó el chico. Tenía el pulso acelerado y la respiración agitada por haber subido corriendo las escaleras-. Vodka, tenemos que salir de aquí ahora mismo.
-¿Qué? –se extrañó su compañero, apartándose de él-. ¿Y eso a qué viene ahora?
-¡Lo digo en serio! –insistió Gin a la vez que lo agarraba por los hombros-. ¡El edificio está lleno de bombas! ¡Va a explotar en cuestión de minutos!
-¡Deja de decir tonterías!
-¡No son tonterías! –exclamó, acelerado-. Se lo he oído a los hombres con los que teníamos que hacer el intercambio. ¡Este encuentro era una trampa! ¡Sabían quiénes éramos, Vodka!
-Pero… -comenzó el muchacho. Parecía que, poco a poco, iba creyendo lo que oía-. ¿Hablas en serio?
-¡Completamente! –aseguró-. ¡En menos de cinco minutos va a explotar este edificio, y si no huimos ahora mismo, nosotros con él!
Vodka se quedó mirando a su compañero con sus pequeños ojos marrones, como buscando una prueba final que lo convenciera. Gin soltó un suspiro.
-Escucha, Vodka, -le habló- sé que no hemos comenzado con el mejor pie, y que no confías en mí y me consideras sólo un crío… pero escucha lo que este crío te dice y, por una vez, por favor, cree lo que te digo. Por favor. El edificio va a explotar. ¡Tenemos que huir de aquí… ya!
Vodka no reaccionó. A cada segundo que pasaba, Gin sentía que se ponía más nervioso. ¿Así iba a morir? ¿Encerrado en un edificio plagado de bombas intentando convencer a un muchacho tozudo que no confiaba en él? Sin embargo, por fin Vodka varió su expresión y, a la vez que asentía con la cabeza, apoyó una mano en el hombro del chico.
-Te creo –musitó-. Y, ahora, vámonos de aquí.
Gin asintió y sonrió, y los dos echaron a correr. Mientras bajaban la escalera, el chico miró su reloj de pulsera y tuvo que contener un grito: apenas quedaba para la explosión. Dejó escapar una palabrota.
-¡No nos dará tiempo! –exclamó-. ¡Corre, Vodka! ¡Corre!
Los dos aceleraron el paso. Gin contaba mentalmente las plantas que quedaban para llegar a la puerta de salida: tres, dos, una… Cuando por fin llegaron al vestíbulo del edificio, escuchó a Vodka gritar:
-¡Ahí está! ¡Lo conseguimos!
Gin miró su reloj y, sin pensárselo un momento, agarró la mano de Vodka y aceleró cuanto pudo. Quedaban apenas cinco segundos para la explosión… cuatro… tres… dos… uno…
El reloj dio en punto en el mismo instante en que Gin ponía un pie fuera del edificio.
La explosión sonó tan fuerte que el chico creyó que lo dejaba sordo. Pero, antes de que pudiera preocuparse por su oído, la onda expansiva lo empujó hacia delante con una fuerza inesperada. Su cuerpo se elevó en el aire unos segundos, para luego caer de manera repentina. Su mano resbaló y se soltó de la de Vodka, y en un gesto instintivo se cubrió la cabeza como pudo con los brazos. Al chocar contra el suelo notó que la tela de su camisa se desgarraba y el roce con el cemento quemaba su piel; cuando su cara hizo contacto, oyó un crujido desagradable proveniente de su nariz y sintió un repentino dolor. De mientras, toda una ráfaga de pequeños fragmentos del edificio volaron hacia él, rozando dolorosamente su cuerpo y produciéndole pequeños cortes y heridas.
Cuando oyó el fuego rugir a su espalda y cesó la lluvia de partículas, Gin se irguió como pudo. A su alrededor, el suelo estaba lleno de pedazos de cristal y cemento; contuvo un gemido al apoyar la mano derecha en uno de ellos. Le dolía una pierna del golpe que se había dado al caer. De rodillas sobre el asfalto, se llevó la mano izquierda a la nariz: al apartarla, sus dedos estaban manchados de sangre. El corazón le latía muy rápido y le costaba respirar a través de su nariz rota, pero estaba vivo.
-Vodka… -llamó a su compañero; la sangre que le brotaba de la nariz se derramaba sobre sus labios, con lo que toda la boca le sabía a hierro-. Vodka, ¿estás bien? Vodka…
Pero en cuanto se giró y lo vio supo que Vodka no estaba bien.
Caído en el suelo, el muchacho aullaba de dolor. Tenía el cuerpo lleno de pequeñas heridas y la rodilla de su pantalón se había desgarrado, pero eso no fue lo que más le preocupó.
Vodka tenía la cara llena de sangre y se tapaba el ojo derecho con una mano.
-¡Vodka! –lo llamó a la vez que se acercaba-. Vodka, ¿qué te pasa? ¡Dime algo!
Temiendo lo peor, Gin agarró la mano con que su compañero se tapaba parte del rostro y tiró de ella lentamente. Pero cuando pudo apartarla temió vomitar.
El ojo derecho de Vodka estaba completamente reventado
-T-tranquilo… -tartamudeó el chico sin poder despegar la vista de la masa sanguinolenta que hasta hacía unos minutos había sido el globo ocular de su compañero-. Vas a salir de ésta… Tranquilo… Voy a buscar ayuda… quédate aquí…
-Gin… -habló Vodka con voz trémula-. Gin… yo…
-Tranquilo –repitió el chico-. Todo va a salir bien, ¡te lo juro! ¡Vamos a salir de ésta!
Las lágrimas brotaban del ojo izquierdo de Vodka y se derramaban hasta caer en el asfalto. Tras unos segundos sin saber qué hacer, Gin le tomó la mano y la apretó entre las suyas. La sangre que manchaba a una y a otras se confundió y goteó hasta caer sobre el cemento. Gin tomó aliento a través de su nariz rota y musitó:
-Todo va a salir bien. Confía en mí.
Notas de la autora:
¡Hola! Hello! Konnichiwa! Hallo! Salut! ¡Aquí vuelve Shiho Furude, lista para el ataque!
¡Y aquí llegó el "incidente del ojo", la historia del porqué de las gafas de sol de Vodka! Desde que lo mencioné en El fin tenía muchas ganas de contarlo de manera más extendida, describiendo, recreándome. Pese a todo, debo reconocer que al final no me vi capaz de describir con mucho detalle la parte más sangrienta. ¡se me revolvían un poco las tripas! Pese a todo, me gustó mucho escribir este capítulo por su importancia en la trama.
Muchas gracias por leer el fic. ¡Ya sólo queda un capítulo! Espero que os esté gustando tanto como me gustó escribirlo a mí.
Hasta la próxima y muchos besos.
Sherry F.
