Capítulo 5: el segundo primer trago.

Unos débiles golpes en la puerta de la habitación llamaron la atención de Vodka. Se inclinó hacia delante para ver quién llamaba, y al hacerlo se encontró con Gin. El chico esperaba en el umbral, vestido con lo que parecía el uniforme de algún instituto.

-¿Puedo pasar? –preguntó con voz débil.

Desde la cama, Vodka asintió con la cabeza. El niño entró y, tras dejar en el suelo la mochila que llevaba a la espalda, se sentó en una silla junto a la cama.

-¿Has hecho novillos para venir a verme? –inquirió Vodka con una leve risa.

Gin negó tímidamente con la cabeza.

-He venido corriendo en cuanto han terminado las clases –explicó-. Por suerte, este hospital está cerca de mi instituto.

Vodka sonrió.

-¿Qué tal estás? –preguntó el chico.

-Bastante bien, la verdad –confesó su compañero-. Ya casi no me duele la pierna, y el resto de heridas están prácticamente curadas.

-Y… ¿qué tal… el ojo?

Ante aquella pregunta, la sonrisa de Vodka se borró de inmediato. Se llevó una mano al rostro y rozó con las yemas de sus dedos el apósito de algodón que le cubría la cuenca del ojo derecho.

-Los médicos no pudieron hacer nada: lo he perdido. Estaba completamente reventado –explicó-. Opinan que la causante debió de ser una esquirla de cristal.

-Lo siento mucho –se disculpó el niño.

-No tienes que disculparte –repuso Vodka-. Es más, debo darte las gracias. Me has salvado la vida, Gin. Y si me ha costado un ojo… bueno, al menos sigo vivo.

-Pero…

-Nada de peros, Gin –lo cortó-. Lo que hiciste fue admirable. Dejaste a un lado las discusiones y todo lo que yo te había dicho y volviste a por mí, arriesgaste tu vida por salvarme…. Muy pocas personas harían eso. Muy pocas. Siento mucho todo lo que te dije –añadió-. Tenías razón: no sé nada de ti. Y, pese a ello, me atreví a juzgarte y a criticarte… Lo siento mucho.

-No importa –intervino Gin con una leve sonrisa-. Yo también me alteré y… me porté bastante mal contigo. Los dos nos equivocamos.

-Pero, a la hora de la verdad, tú fuiste el que demostró valer más –opinó-. Tus padres pueden estar orgullosos de ti, Gin. Algún día tendrás que presentármelos: quiero que sepan lo que su hijo ha…

-Mis padres están muertos –habló Gin de pronto. Tenía la mirada clavada en sus propias rodillas y un gesto muy serio.

Vodka se quedó sin palabras. Separó los labios en varias ocasiones, pero tuvo que volver a cerrarlos; sencillamente, no sabía qué decir.

-Mi padre maltrataba a mi madre desde antes de que yo naciera –explicó Gin, levantando poco a poco la mirada-. Y, hace unos meses, la… la mató. A ella y a mis hermanos. Pocas semanas después, "esa persona" ordenó el asesinato de mi padre. Pasé poco más de un mes en un orfanato, y luego me adoptaron unos miembros de la Organización. Desde entonces vivo en las instalaciones de la Organización y soy "Gin".

Vodka miró fijamente al niño con el único ojo que le quedaba. El chico le devolvió la mirada y, con una sonrisa triste, añadió:

-Te dije que no era una historia alegre. Ninguna lo es.

-Gin… -comenzó el muchacho con voz débil-. Yo… lo siento mucho… Todas esas cosas horribles que te dije… Perdóname. Si hubiera sabido la verdad…

-Nadie la sabe –lo disculpó el niño-. Ni siquiera "esa persona" conoce la historia completa. Solamente tú. Eres la primera persona a la que le hablo de… lo que vivió mi madre. Bueno, aparte de aquellos policías.

-¿Y… por qué me lo has contado? –quiso saber Vodka-. Si es tan privado y tan importante para ti… ¿por qué me lo has contado… a mí?

El chico se quedó pensando durante unos segundos. Finalmente, negó con la cabeza y se encogió de hombros.

-No lo sé –respondió-. Quizá he pensado que debía ser sincero contigo, ya que vamos a pasar mucho tiempo juntos –teorizó con gesto pensativo-. Quizá quería que confiaras más en mí. O quizá estaba ya harto de mentir y de ocultar la verdad tal y como hice durante tantos años… y necesitaba contárselo todo a alguien. Quizá, a veces, hay que dar el paso y confiar un poco más en los otros. No lo sé.

Vodka no supo qué decir y se quedó mirando al niño. Finalmente, sonrió tímidamente y musitó:

-Gracias.

Gin cerró los ojos un momento y luego correspondió a la sonrisa de su compañero. Después, ambos se quedaron en silencio. Tras unos minutos, el chico preguntó:

-¿Y qué te han dicho los médicos? ¿Podrás hacer… vida normal? Ya sabes, sin… sin un ojo –aclaró, levemente avergonzado por la pregunta que hacía.

-Opinan que sí –contestó Vodka-. Mi percepción de la profundidad se verá afectada, pero, ¡eh!, eso no significa que vaya a atropellar a nadie –bromeó, intentando relajar el ambiente. Gin dejó escapar una leve risa-. Por otra parte, me han aconsejado que no me dé la luz en la zona durante un tiempo, mientras la piel esté cicatrizando.

-¿Y qué vas a hacer? –se interesó el niño.

-No lo sé. Lo más probable es que use gafas de sol. Es la manera más discreta. Además, así no tengo que dar explicaciones a nadie –añadió-. Si llevo la cicatriz al descubierto, la gente la verá y empezará a hacerme preguntas… y no sé si querré contestarlas.

De nuevo se quedaron en silencio. Tras unos segundos, Gin levantó la vista y lo llamó:

-Vodka…

El interpelado lo miró.

-¿Puedo… puedo ver… la cicatriz?

Después de la sorpresa inicial por aquella inusual petición, Vodka esbozó una sonrisa y asintió con la cabeza. Luego, sin una palabra, se llevó las manos al rostro y comenzó a despegar con mucho cuidado el apósito que le cubría la cuenca del ojo derecho.

Gin contuvo la respiración hasta que su compañero terminó de retirar el apósito y bajó las manos. Entonces, dejó escapar el aire que había retenido y observó con detenimiento la herida.

Jamás había visto nada igual. Bajo la ceja, donde antes estaba el pequeño ojo derecho del muchacho, ya no había nada. Mejor dicho, sí que había algo: una cicatriz. Parecía que los médicos habían cosido entre sí los párpados de su compañero, creando una fina capa de piel (dañada y cicatrizante) que tapaba y protegía del exterior la cuenca ocular, ahora vacía. El hilo usado para los puntos, negro y grueso, podría haberse confundido con una fila de pestañas impregnadas en rímel, o quizá con las líneas que muchas mujeres se dibujaban en el párpado usando pequeños lápices. Al pensar en ello, Gin se dio cuenta de lo irregulares que habían quedado los párpados de su compañero, como las hojas de un árbol cuando un insecto mordisqueaba sus bordes; había perdido incluso las pestañas. Toda la cicatriz estaba bañada en algún tipo de antiséptico, por lo que la piel lucía un tono distinto al habitual, cercano al cobre.

-¿Y? –habló de pronto Vodka, sacando al chico de sus pensamientos-. ¿Tiene muy mala pinta?

-¡No! –exclamó él-. Al contrario, estás cicatrizando muy rápido. Seguro que dentro de poco te quitan los puntos… o lo que sea que hagan con ellos.

Vodka dibujó una sonrisa y se colocó de nuevo el apósito.

-Me alegro de oír eso –comentó-. Por cierto, Gin…

-¿Sí?

-¿Tienes tiempo? –preguntó-. Quiero decir, ¿puedes quedarte aquí un rato más, o tienes algo importante que hacer?

-Puedo quedarme, por supuesto –contestó el chico-. No tengo mucho que estudiar hoy. ¿Por qué?

-Verás… me gustaría contarte una historia –comenzó-. Aunque debo avisarte de que no es una historia alegre.

-Espera… -lo cortó Gin, comprendiendo a qué se refería-. Vodka, no tienes que hacer esto.

-Lo sé. Pero quiero hacerlo.

-¿Por qué? –inquirió.

-Quién sabe –contestó con una sonrisa-. Quizá porque creo que mereces conocerla. Quizá porque es importante para mí. O quizá porque quiero arriesgarme y confiar más en ti.

Gin se quedó callado. Vodka le dirigió una mirada elocuente.

-¿Quieres… quieres escuchar esta historia?

El niño reflexionó durante unos segundos, y finalmente asintió.

-Quiero escucharla, por favor –respondió.

Vodka sonrió una vez más, no sin cierta amargura, y se recostó en la cama de hospital.

-Había una vez –comenzó- un niño que nació hace casi veinticuatro años no muy lejos de aquí. Este niño tenía el pelo negro y los ojos castaños y pequeños, y una característica nariz aguileña…


Notas de la autora:

¡Hola! Hello! Konnichiwa! Hallo! Salut! ¡Aquí vuelve Shiho Furude, lista para el ataque!

Y he aquí el último capítulo del fic. La pérdida del ojo de Vodka supone un punto de inflexión en su relación con Gin. Y, ambos, por fn, deciden dejar atrás sus rencillas y abrirse al otro con sinceridad.

Espero que el fic os haya gustado. Recordad que me encantará recibir vuestros reviews. Gracias a todos por haber leído hasta aquí, ¡nos vemos en el próximo fic!

Muchos besos de

Sherry F.