Disclaimer: How to train your dragon no me pertenece, es propiedad intelectual de Cressilda Cowell y fue animada por DreamWorks.

Advertencias: AU. Parejas de Dragones con Humanos. Muerte de personajes .

Lilith: La segunda parte del fic. Al principio pensé en hacerlo como un one-shot, pero me anime a escribir un poco más, algo que compensara un poco lo agridulce de la primera parte (aunque no me arrepiento de escribirla).

Disfruten el capítulo.


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Epílogo.

Absolución.

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"No perdones y olvides. Perdona y aprende. Porque el olvido sugiere estancamiento, y el aprendizaje avance. No te estanques, avanza".

—Abel L. Kiryû, en prensa.

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Hiccup Haddock V revisaba por quinta vez los documentos que su tío Fishlegs le había enviado hace un mes. La evidencia revelaba información muy importante del tema que se había convertido en su pequeña obsesión desde que Tuffnut Thorston le obsequiara el libro Cómo Entrenar a tu Dragón. Había descubierto, después de una minuciosa leída, que el contenido ocultaba extraordinarios pedazos de información verídica sobre la época vikinga, aunque no le sorprendía descubrir las costumbres de los hombres y mujeres de esos tiempos, lo que intrigaba más, eran las diferencias entre otros pueblos.

Al parecer, el libro describía a la Tribu de los Hairy Hooligans. Vikingos poderosos, de orgullo profundo y valentía incuestionable. Y entre el barullo de notas de información, había algo que resaltaba.

Dragones.

Habían sido un pueblo que había logrado entablar vínculos con criaturas mitológicas. El relato del libro no sólo contenía información sobre las distintas especies, también sobre los jinetes, sobre las formas de hacerte amigo de una bestia escamosa. En algunos apartados al final del libro, Hiccup V había descubierto notas particulares, escritas con una caligrafía pulcra y temblante, muy diferente, e impreso hasta abajo estaba la firma de alguien más.

Hiccup Horrendous Haddock IV, tátara nieto de Hiccup III.

Cuando leyó esas partes, Hiccup V tuvo que recurrir a su padre. Drago Haddock no había esperado tener que explicarle la historia tan larga como la de su clan, pero frente a los ojos verdes insistentes y anhelantes, no pudo más que contar todo lo que sabía. Así fue como pudo encontrar el vínculo que lo unía a los Hairy Hooligans, en especial, a los Hiccup del pasado.

Eran sus antepasados.

—Debes dormir un poco, Hiccup —susurró Ruffnut cerca de su rostro, sentado en el asiento de lado del avión.

Él le sonrió con ternura y negó levemente.

—Tengo que revisar bien todo —explicó con tranquilidad—. No sé qué cosas nos topemos allá, así que quiero estar lo más preparado posible.

Ruffnut entornó la mirada con cansancio.

—Lo sé —replicó con calma, acurrucándose en el hombro de Hiccup y quitándole cuidadosamente los documentos para hojearlos—. Sólo pensaba un poco sobre todo lo que ha sucedido en estos años…

No tuvo que decir más. Hiccup lo entendía bien. Lo que le había pasado hace veinte años era algo imposible de olvidar. No había podido superarlo completamente, pero había salido adelante gracias a las ayuda de su familia y sus amigos. Sabía que nadie tenía la culpa, ni siquiera Toothless, pero el dolor y la desesperación eran cosas que no podía dejar atrás simplemente. Así que, cuando tuvo en sus manos una prueba de que lo que había sucedido ese día no había sido un sueño, se aferró en buscar el origen para encontrar una solución.

Primero, había leído todo el libro, las notas y los apuntes. Descubriendo y conociendo más a Hiccup III a través de los capítulos, sorprendiéndose al ver que el Snotlout de esa época era su primo, que Ruffnut y Tuffnut habían sido hermanos gemelos, que Astrid había sido su esposa por apariencia, que Camicazi y Heather habían sido buenas amigas, y que Fishlegs había sido quien edito el libro; descubrir que Drago había intentado asesinar a su antepasado, al igual que Dagur, era para hacer una antología, mucho más al enterarse de Eret y la relación que mantenía con una dragona llamada Stormfly.

Al parecer, no era cosa sólo de Hiccup III y Toothless mantener relaciones tabú.

—Perdón por hacerlos venir conmigo —dijo Hiccup de pronto, tomando su mano y rozándola con sus labios.

—Oh, no es para tanto, hombre —sonrió ella, besando su mejilla—. Rowan y Rowen fueron sinceros. Te dieron su apoyo en cuanto contaste lo que pasó, y me sentí muy orgullosa por ella.

—Sí, pero…

Dos dedos cerraron su boca, y Hiccup V enfrentó la mirada celeste de su esposa.

—Te lo dije, y volveré a repetirlo hasta que lo captes —dijo seriamente—. Estamos juntos en esto. No te dejaré solo, Hiccup, y los niños tampoco.

Se sintió conmovido, y no pudo evitar que sus ojos se pusieran vidriosos y que su corazón se acelerara. Tomó de las mejillas a Ruffnut, acercando sus bocas cuando el eco de dos risitas unos asientos delante de ellos, lo detuvieron. Dos pares de ojitos, unos verdes y unos azules, los observaban con diversión.

—Pensé que estaban dormidos —dijo Hiccup, riendo quedamente ante las miraditas de sus hijos—. Si no descansan, no tendrán energía suficiente para recorrer toda la isla cuando lleguemos.

—¡Pero yo quiero ver como papi besa a mami! —lloriqueó Rowen de forma adorable.

—Hiccup tiene razón —refutó Ruffnut, levantándose lentamente para ir con sus hijos—. Deben dormir.

—¡Eh, pero ustedes estarán despiertos! —se quejó Rowan Haddock. Era una copia de Hiccup en miniatura, con sus expresivos ojos verdes y las mejillas regordetas llenas de pecas.

—Anda, a dormir —pidió Ruffnut con calma, sonriendo ante las mejillas infladas de los dos—. Si no lo hacen, les daré de los panqueques que Astrid les envía cada navidad.

Sólo eso bastó para que Rowan y Rowen se ocultaran bajo la manta, y se acurrucaran más en el amplio asiento de la avioneta.

—Me dijiste que no utilizarías más la gastronomía de mi madre para asustar a los niños —exclamó Hiccup como con regaño, pero sólo recibió esa sonrisa pícara que tanto le gustaba.

—Si dices algo más, serás tú el que se los coma, Hiccup —amenazó puntual.

Fue entonces cuando Hiccup no volvió a decir nada y decidió dormir un rato.


La avioneta privada de su padre aterrizó sin problemas en la bahía desolada de arena blanca y llena de cangrejos. Al bajar, Rowen comenzó a correr tras los crustáceos con una vara, mientras que Rowan se mojaba los pies en la orilla de la playa. Hiccup fue el último en salir, con el corazón apabullándolo y respirando agitadamente.

Por fin había llegado a su destino.

Fue hace una semana cuando había decidido realizar el viaje, al leer la última nota de Hiccup IV en la que revelaba qué había acontecido en la isla de los Hairy Hooligans. Los detalles no eran muchos, al parecer algo había sucedido y Hiccup IV tuvo que dejar la isla junto a un grupo pequeño de sobrevivientes hacia el continente. Sin embargo, una nota escrita por Hiccup III le había dado una pista interesante.

Él había escrito… «Nadie sabe la razón, pero los dragones están desapareciendo rápidamente…».

Entonces, supuso, los últimos Hairy Hooligans había abandonado Berk cuando los dragones se habían ido, y Hiccup IV había sido el último jinete de dragón (entre tantas notas, supo que había montado a un Skrill).

Bajar por los escalones del transporte fue la cosa más difícil que haya tenido que hacer en su vida. Lo hizo lento, respirando cada tanto cuando sentía que sus fuerzas flaqueaban y recuperando la consciencia cuando el viento salado golpeaba su cara.

Al tocar la arena blanca, sintió algo diferente, pero extrañamente familiar.

Era como haber pisado su antigua casa, como si hubiera llegado de un largo día de trabajo con su familia. Cómodo. Correcto…

Había llegado a sus raíces.

Sin saber por qué, sonrió.

Ruffnut se quedó quieta mirándolo por varios segundos, sorprendida de ver esa sonrisa. Era fantástico, casi como si Berk hubiera esperado el regreso de Hiccup, como si fuera natural que él estuviera parado ahí.

—Vamos —dijo él, extendiendo su mano izquierda a ella.

Algo tocó la profundidad del pecho de Ruffnut, era como si nunca hubiera conocido a su esposo y haya aprendido algo nuevo de él, algo que le había dejado sin palabras, pero que también la había cautivado. Tomó el ofrecimiento, y un escalofrío placentero recorrió su palma hasta su corazón, y sintió sus mejillas arder, como si fuera una niña de nuevo.

—Rowan, Rowen —llamó Hiccup con un tono de voz autoritario, pero dulce.

Los niños corrieron para tomar de la mano a su padre y a su madre. Era increíble el parecido que cada uno tenía con sus progenitores. Rowan Haddock podría tener enormes dientes y una nariz bulbosa extraña, pero Ruffnut sabía que cuando creciera, ese cuerpo escuálido y esa cara redondita tomaría se transformaría en algo digno del deseo de mujeres y hombres (su padre era el ejemplo perfecto de eso). Mientras, Hiccup disfrutaba de las risas escandalosas de Rowen Haddock, su hija flacucha, con sus dos grandes trenzas y sus gestos demasiados maniacos, sería una mujer hermosa, igual que su madre.

La Isla de Berk era un lugar con vegetación corta, de praderas con pastizales bajos y pocos árboles, de montes altos cubiertos de delgadas capas de nieve, que tomaban un brillo encantador con los rayos del sol. Era hermoso, lo admitía. Lo más asombroso era que nadie más había estado ahí, pues la isla permanecía en incógnita permanente para los aventureros, como si algo la cubriera y sólo hasta que Hiccup llegó, sus secretos se abrieran.

—¡Miren! —señalo Rowen con entusiasmo, su manita enguantada dirigiéndose hacia la zona de chozas en ruinas en lo alto de los montes.

Hiccup y Ruffnut supieron que habían llegado. La ruinas estaba cubiertas de pastos, musgo y los utensilios se notaban gastados y oxidados. La curiosidad fue insoportable, y la familia Haddock se perdió en el pueblo fantasma de sus antepasados.

Encontraron cosas interesantes que se mencionaban en los libros. Sillas de montar, retratos, armas oxidadas y cubiertos rotos, incluso cascarones vacíos y piel de dragón impecable a pesar del tiempo. Ruffnut se paseó hasta llegar a la que había sido la casa de Ruffnut Thorston, la gemela que había muerto debido a la ira de un dragón antiguo llamado Furious y cuyo hermano gemelo había encontrado muerte hasta la vejez.

Mi casa estaba frente a la tuya —dijo Ruffnut a su esposo, sin importarle sonar demasiado infantil.

Ruffnut Haddock encontró un diario con algunas hojas escritas, y sintiendo un impulso incontrolable, supuso que la Ruffnut anterior no le reprocharía si se lo quedaba y lo leía.

—Veo que has encontrado algo interesante —pronunció Hiccup, observando la espalda delgada.

—Creo que... —mencionó ella, echando un vistazo a la choza derrumbada— me quedaré otro rato. Puede que sea mi imaginación, pero necesito estar aquí.

Él sonrió.

—Toma el tiempo que quieras.

Salió dejándola sola, llevándose a sus hijos con él, recorriendo todo el pueblo. Visitó la casa de Gobber el Rudo, aquel herrero que era mencionado con cariño en el libro, visitó los niños y el hangar de los dragones imaginándose a las potentes bestias revoloteando por el lugar.

Volando…

—Papá —llamó Rowan—, ¿crees que puedas perdonar a Toothless?

La pregunta lo tomó por sorpresa. De los dos hermanos, Rowan se caracterizaba por su aguda perspectiva a pesar de su corta edad.

—Es que no pienso que sea malo o que haya querido hacerte daño —siguió él con fervor—. No me puedo imaginar cuánto dolor albergó por tanto tiempo. Debe ser difícil ver a tus seres queridos morir uno a uno… —tomó la mano de su hermanita—… debe ser solitario, saber que tanto humanos como dragones te abandonan.

Hiccup V se sorprendía a menudo de la capacidad de razonamiento de su hijo. Se agachó a su nivel, enfrentando ojos del mismo color y misma mentalidad.

—Tampoco creo que Toothless sea malo, Rowan —puso una mano sobre sus despeinados cabellos rubios.

—Pero no lo perdonarás —comentó en voz baja, casi a regañadientes.

Hiccup no tenía respuesta para eso.

—No te apresures, papi —apuntó Rowen Haddock, sus ojos azules resplandeciendo y agarró las mejillas de su padre con sus dos manitas—. Perdonar no significa olvidar todo, significa aprender. Aprender a que es imposible que alguien no te haga daño. No podemos controlar eso, por eso, debemos aprender a perdonar para poder avanzar.

Sin pensarlo, abrazó a sus dos diablillos con ternura. Era increíble que dos pequeños hubieran logrado desbaratarlo con sus argumentos.

—¡Hiccup! —gritó Ruffnut desde lo alto de los establos—. ¡Creo que encontré el Gran Salón! Aunque es difícil entrar, ¡mi trasero no pasa por el hueco!

Los tres rieron.

—Bueno, es mejor ir con su madre ahora —dijo Hiccup—, si es que no queremos que nos aplaste con su enorme trasero.

—¡Oí eso, Hiccup! —amenazó Ruffnut.

—¡Su enorme y lindo trasero, quise decir! —contraatacó Hiccup con picardía.

—¡Eso no te ayudará, Haddock!

Hiccup suspiró divertido. Miró a sus dos hijos y les indicó que fueran con Ruffnut, explicándoles que él los seguiría luego. Los niños asintieron comprensivos y sortearon los escalones hasta donde estaba su madre.

Estando a solas, Hiccup V pudo respirar tranquilo, ver con más detenimiento las mediaciones del hangar de dragones. Esas criaturas que habían desaparecido hace tanto tiempo, que habían surcado los cielos nórdicos con su majestuosidad. Pensó en Stoick el Vasto, el padre de Hiccup III y antiguo jefe de la Tribu que había muerto por la ambición de Drago (no su padre, otro Drago), en su voz gruesa y autoritaria y en el sacrificio que había hecho por su único hijo. Pensó en Valka, la mujer protectora de los dragones, la más sabia de todas y la más valiente.

Y sin proponérselo, pensó en Hiccup. En el Hiccup de Toothless. En el humano que más había amado en el mundo.

Y entonces, escuchó una voz.

Volteó al instante, creyendo que era alguien de su familia, pero no encontró a nadie. Sin embargo, seguía escuchando que lo llamaban, que le pedían algo.

Como un autómata, empezó a caminar siguiendo el eco. Pasó por el pueblo, por la casa del antiguo Hiccup III, por el bosque, por entre los árboles… caminó hasta que se topó con una arbolead que cubría la entrada a una cala. Pasar fue difícil, pero pudo hacerlo.

La luz del atardecer iluminaba etéreamente la fachada del pequeño lago y el pasto corto de la cala.

Era precioso. Aislado. Único.

Hiccup V avanzó hasta estar frente al espejo de agua, disfrutando de la vista, y como una corriente eléctrica recorriendo todo su cuerpo, retazos de memorias olvidadas en el tiempo aparecieron en su mente.

No eran sus recuerdos, no eran sus memorias. Eran la de Hiccup III y Hiccup IV, que se presentaban ante él por haber encontrado la verdad.

Pudo ver los recuerdos de Hiccup III. La muerte de cada uno de sus amigos; primero, Astrid (cuando se interpuso entre el fuego de un Hotburgles dirigido hacia Camicazi), Fishlegs (muerto en batalla junto a su valiente Gronckle), Snotlout (fallecido un día después de casarse con Heather, en un ataque sorpresa romano), Ruffnut… sólo Tuffnut, Camicazi y Heather se quedaron con él hasta la vejez. Pudo ver el misterio de la desaparición de los dragones, pudo ver la confusión en los ojos de todos los Berkianos, pudo ver todo lo que Hiccup III vio.

Y después vinieron los recuerdos de Hiccup IV. El último jinete de dragones. El amo del Skrill. quien tuvo que abandonar Berk porque ya no quedaba más en la vieja isla, quien se casó con una mujer galesa llamada Brunhilda… y vio que había muerto de tuberculosis.

La marea mental de imágenes pasadas lo mareó y cayó de rodillas sintiendo el estómago revuelto. Con la respiración agitada, trató de poner sus ideas en orden, recuperar lo perdido, y sin poder evitarlo, lágrimas conmovedoras inundaron sus ojos.

—Yo… lo siento —murmuró, porque en el fondo, había guardado rencor por ellos.

Un rencor que no tenía base, pues ya estaban muertos.

El sonido de pasos pesados conocidos lo trajo de vuelta.

Volteó sobre su hombro, encontrándose a Toothless de nuevo.

No como lo recordaba, ya no había desesperación en su mirada, ni dolor, ni soledad, ni anhelo. Había en cambio alegría, gozo y sensatez.

Hiccup sorbió la nariz y limpió las lágrimas antes de hacerle frente por completo.

Llegó frente al Furia Nocturna, sosteniendo su mejor sonrisa.

—Han pasado 20 años, Toothless… —no sabía cómo empezar, no había imaginado verlo de nuevo ahí. Se suponía que había encontrado el consuelo cuando el alma de Hiccup III se reencontró con la suya después de su muerte.

Toothless puso una expresión de arrepentimiento. Agachó sus orejas y se acercó con cautela hacia el Hiccup al que había lastimado.

Él no pudo evitar temblar ante el recuerdo.

Pero Toothless no le hizo daño. Esperó el contacto deseado, esta vez no confundiría señales.

Hiccup V recordó las palabras de sus hijos y las de Ruffnut. Y le tomó tiempo antes de decidirse finalmente.

Sin saber por qué, extendió su mano derecha hacia enfrente y agachó la cabeza.

El mundo se detuvo en cuanto sintió el contacto de la trompa de Toothless con su palma.

Levantó la mirada para ver el contacto más genuino de todos, más especial, pues significaba tantas cosas para ser algo tan sencillo.

—Oye, Toothless —dijo Hiccup cuando el dragón abrió los parpados. El hombre sonrió con calidez—. Te perdono.

Una lamida en su mejilla fue el gesto con el que Toothless le indicó que estaba feliz porque, por fin, tras tantos años, lo habían perdonado.

—¡Deja de babearme, dragón loco! —se quejó Hiccup V, limpiándose la mejilla—. Que a mí antepasado le gustara que lo babearas, no significa que sea lo mismo para mí.

Pero Toothless lo ignoró y caminó dando saltitos a su alrededor. Hiccup rió con ironía, pensando en las cosas que sólo a él podían sucederle.

Miró hacia el cielo, ya estaba oscureciendo. Era hora de volver a la avioneta para dormir un poco y estar listo para el día siguiente.

—Me voy —le dijo a Toothless—. Creo que ésta sí será la despedida final.

Hiccup acarició la cabeza del Furia Nocturna, como saludo final. Pero Toothless tenía otros planes.

En un brusco movimiento, subió al hombre a su lomo, donde repentinamente apareció una silla de montar y el pedal junto con la cola artificial.

—¡E-Espera un momento! —exclamó Hiccup V sosteniéndose de donde pudiera—. ¿No estarás pensando en hacer eso? ¿O sí? —Toothless ronroneó afirmativamente para el gran susto de Haddock—. ¡Pero no se conducir! Es decir, ¡no sé conducir un dragón! ¡Ni siquiera sé si se dice conducir!

Pero Toothless ya estaba corriendo para tomar vuelo, dando un salto final cuando alcanzó la velocidad adecuada. Decir que el despegue había sido fantástico sería una mentira. Hiccup V entró en pánico por unos segundos, gritando a todo pulmón cuando Toothless, debido al mal manejo del pedal, iba a chocar contra unos peñascos.

—¡MIERDA! —gritó, tratando de serenarse y tomando las riendas lo mejor que podía.

Por alguna razón, Hiccup V encontró que al relajarse, podía controlar el pedal muy bien, por lo tanto, el vuelo de Toothless cobraba vida y sentido.

Entonces, los ojos verdes de Hiccup V se maravillaron con el paisaje.

El atardecer era hermoso, tonos dorados, anaranjados, con tintes índigos y con el inicio del brillo de algunas estrellas en el firmamento era un espectáculo que ninguna cámara podría captar. La belleza de sus colores deleitaron sus pupilas y Toothless sonrió satisfecho al verlo extender los brazos para sentir mejor el viento.

«Las sorpresas no acaban aquí», la voz del dragón, por primera vez, sonó clara y profunda en su mente, «Mira hacia abajo».

Hiccup lo hizo y sonrió enormemente al ver a Rowan y Rowen subidos a un dragón de dos cabezas de escamas verdes y rojas, que los hacía reír provocando grandes explosiones.

—¡Increíble! —exclamó Hiccup, identificando la especie y el nombre. Un Zippleback llamado Barf y Belch.

Sus hijos habían nacido para montar un dragón, de eso estaba seguro.

—Aunque me falta algo… —murmuró pensativo, tocó el cuello de Toothless—. Oye, muchacho, ¿podríamos ir por mi esposa? No creo que le guste perderse la diversión.

Toothless asintió y en un rápido aleteo, llegó donde Ruffnut estaba. Con sus patas delanteras, Toothless la tomó por los hombros y la lanzó en el aire para que cayera detrás de Hiccup V.

—¿Qué está pasando? —preguntó Ruffnut asombrada.

—Digamos que —respondió Hiccup— hicimos las paces.

—¿En serio? —volvió a preguntar, pero esta vez respondió Toothless con un ligero gruñido—. Oh, ¿así que tú eres quien desvirgó a mi esposo? Gracias, cariño. Ese movimiento de caderas que adquirió me vuelve loca.

«¿De nada?», sugirió Toothless con duda, mientras las mejillas de Hiccup V se ponían rojas.

—¿Y bien? ¿Es algo así como un último paseo o qué? —cuestionó Ruffnut, sosteniéndose mejor de la cintura de Hiccup.

Hiccup lo meditó por un segundo. Mirando hacia enfrente.

—Sí, es una despedida —contestó con sinceridad—. Después de todo, vino por algo y ahora que lo tiene, debe regresar con Hiccup III.

—Mmmm —pensó Ruffnut—. Entonces, a disfrutarlo. Porque hemos aprendido algo hoy, ¿no?

Hiccup asintió y rió suavemente.

«¿Vamos a volar o vas a perder el tiempo riéndote como idiota?», cuestionó Toothless con ironía.

Hiccup le dio un golpe amistoso en una de sus orejas, le dijo a Ruffnut que se agarrara bien y señaló el lugar en el cielo en el que el Zippleback volaba con sus hijos.

—Bien, Toothless —dijo Hiccup Haddock V—. Muéstrame que tan veloz eres.

Toothless rugió triunfal, batiendo las alas y emprendiendo camino hacia el cielo.


Lilith: Bien, eso es todo. No quise poner Lemon porque no lo creí necesario.

Sinceramente, Abel Lacie Kiryû.