Dos chicas habían llegado asegurando que vivían delante de una casa maldita donde había apariciones y en la que había aparecido un cuerpo físico. Pero Sherlock tenía razón en algo. Era demasiado sencillo. Nunca antes habían encontrado un cuerpo de esas características en esa situación. Una supuesta muerte natural. Para empezar, ¿qué demonios hacía ese hombre encerrado en una casa? ¿Y qué había hecho que muriese? John sacudió la cabeza, intentando aclararse las ideas mientras los dos hermanos seguían discutiendo tras él, impidiéndole concentrarse.

- Perdonad… ¿podéis callaros un rato? – protestó, sin éxito alguno. Dos horas después, Greg llamó al timbre de Baker Street. Un John loco por algo de calma se abalanzó hacia la puerta.

- Wow, qué recibimiento… - bromeó Greg.

- ¿Está todo preparado? – insistió John. Greg asintió en silencio y John se apresuró a coger una bolsa de viaje y salir del apartamento, donde Sherlock y Mycroft seguían sumidos en un duelo de deducciones, intentando adelantarse el uno al otro. Greg enarcó las cejas al oírles y salió detrás de John.

- No me extraña que hayas salido huyendo… - dijo el inspector encendiéndose un cigarrillo antes de extenderle la cajetilla al médico.

- ¿No deberías avisarles? – preguntó John, que rechazó el tabaco de Greg con un gesto de la mano.

- ¿Te has vuelto loco? No entraría ahí ni atado con esos dos. Con Sherlock ya me basta, gracias - repuso el inspector sacudiendo la cabeza -. ¿Por qué no vas tú? – preguntó al cabo de unos segundos de silencio. John le miró de reojo y se giró hacia el interior del edificio, de donde las voces de Sherlock y Mycroft brotaban cada vez más alto.

- No… creo que no.- negó. Greg aspiró dándole una calada a su cigarro. No podía culparle. Seguramente él no hubiera aguantado ni la tercera parte de lo que había aguantado John. No tenía su paciencia. Pero antes de que los dos hombres pudieran reaccionar, una voz femenina se impuso sobre los hermanos Holmes.

- ¡YA ES SUFICIENTE ESCÁNDALO! ¡ESTOY INTENTANDO DORMIR! – vociferó la señora Hudson, que había subido con una cacerola en la mano y un cucharón para detener la discusión como fuera. El efecto fue inmediato: el inspector y el médico se giraron en redondo hacia el interior de Baker Street, boquiabiertos y con los ojos como platos. John apenas respiraba y Greg no se dio cuenta de que el cigarro se consumía en sus dedos sin que disfrutara de él. Al poco rato, Sherlock y Mycroft bajaron las escaleras en completo silencio, como si fueran dos niños a los que les habían pillado haciendo una trastada.

- ¿Qué? ¿Estáis listos? – preguntó el inspector con una sonrisilla burlona – Lo tomaré como un sí. – dijo al ver que no había respuesta y echó a andar hacia su coche personal, consciente de que Sherlock no subiría en un coche patrulla y no tenían demasiado tiempo que perder.

La casa estaba igual que como la habían dejado. Nadie había entrado después de ellos. Al ser invierno, el sol desaparecía bastante antes, por lo que al llegar, la casa estaba prácticamente a oscuras.

- Y no hay electricidad… - murmuró Greg tras intentar activar un interruptor sin éxito.

- Esperad, voy fuera a ver si encuentro la caja de fusibles.- propuso John antes de darse media vuelta. En ese momento, la puerta de entrada se cerró de un solo golpe.

- No hacía falta cerrar con tanta energía… va a derribar la casa él solo.- comentó Mycroft tranquilamente, de pie en medio del pasillo.

- Es así de visceral cuando algo no sale bien.- replicó Sherlock, echando mano de una pequeña linterna para iluminar el pasillo.

- Sigo aquí - protestó John. Sherlock se giró y apuntó directamente a sus ojos, arrancándole un quejido al médico -. ¡Sherlock! ¡Apunta a otro sitio, maldita sea!

- ¿Por qué se ha cerrado la puerta si no hay corriente? – se preguntó el detective, haciendo caso omiso de los requerimientos del médico.

- Es posible que sí la haya. Mira el trazado de la casa. Estamos en un pasillo, pero hemos dejado una pequeña entrada detrás – replicó Mycroft -. Algún hueco entre los tablones de la pared dejará pasar el aire y ya sabes que así, su fuerza se multiplica y habrá podido mover la puerta de la entrada.- Greg se giró hacia la entrada y se acercó a comprobar la teoría de Mycroft, examinando las paredes con su propia linterna.

- No veo ningún hueco… - informó él. Los hermanos se acercaron con paso rápido y aunque examinaron la zona a conciencia, no encontraron ningún hueco por el que pudiera pasar el aire que constatara la teoría de Mycroft. Al cabo de un rato, ambos hombres volvieron al pasillo con seriedad.

- Esto es una pérdida de tiempo – protestó Sherlock mirando a su alrededor-. Vámonos, John… - al no obtener respuesta, se paró en seco – ¿John? ¿Dónde estás?

- No te pongas histérico… - se burló Mycroft con una sonrisa condescendiente – No habrá salido de la casa.