- No me pongo histérico. Es una casa vieja y no es seguro andar por ahí a solas.- replicó el detective.

- Si le hubiera pasado algo, lo hubiéramos escuchado.- comentó Greg acercándose a ellos.

- Sí, suponiendo que hubiera caído, sí - replicó Sherlock echando a andar de nuevo para abrir la primera puerta que se encontró a su izquierda -. ¡Sal de una vez, John! – espetó al interior en tinieblas de la habitación. Pero la voz se le heló en la garganta y se quedó paralizado en el sitio.

- ¿Qué pasa, Sherlock? – Greg se acercó al detective y dio un respingo. Mycroft suspiró.

- Por dios, ¿qué es eso tan terrible? - el mayor de los Holmes abrió los ojos de par en par, al igual que los otros dos hombres, cuando miró el interior de la habitación. Allí se encontraron con el rostro pálido de una chica mirándole fijamente. Exhibía unas grandes y marcadas ojeras, y una maraña de pelo negro le caía por la cara. Clavó sus ojos negros en Sherlock, manteniéndose seria y silenciosa, y antes de poder reaccionar, las luces de la casa se encendieron, cegando a los tres hombres por un momento y arrancándoles un quejido mientras cerraban los ojos.

- He logrado encender las luces de la casa.- celebró John acercándose a ellos.

- ¡Podías haber avisado! – espetó Greg cubriéndose la cara con la mano.

- ¿Pero qué hacéis delante de una puerta abierta? – preguntó John extrañado.

- Hay una mujer ahí dentro.- explicó Mycroft. Sherlock, por su parte, avanzó con los ojos entrecerrados y la mano extendida.

- ¡Sal de ahí! – espetó, molesto por haber sido cegado temporalmente.

- Sherlock… ¿con quién hablas? – John miró a los tres hombres extrañado.

- ¡Con la mujer que hay dentro! ¡Pálida, con el pelo negro! – insistió Sherlock.

- Pero… no hay nadie ahí. Ese cuarto parece un viejo almacén, y está vacío… - replicó John asomándose a la estancia.

- Pero la hemos visto los tres… - replicó Greg pestañeando varias veces para intentar aclarar su visión de una vez por todas – Nadie ha podido salir de aquí sin chocarse con nosotros, además de que la hubiéramos visto… pese al fogonazo recibido cuando has encendido las luces… - John enarcó las cejas y se adentró en la habitación; Sherlock estaba al fondo de la misma, delante de una puerta cerrada. John se acercó a él.

- Déjamelo a mí.- susurró apartando al detective con delicadeza, al mismo tiempo que deslizaba su mano sobre el brazo de Sherlock lentamente, cuidando de no sobresaltarle, en dirección al pomo de la puerta. Con cuidado, lo cogió procurando no hacer ruido, y miró a Sherlock. Éste asintió, indicándole que era el momento de girarlo. Greg y Mycroft se adentraron en la sala en completo silencio. Mycroft se quedó junto a la puerta que daba al pasillo y Greg, pistola en mano, se detuvo en medio de la sala. John se giró hacia la puerta y apretó el pomo en la mano para poder girarlo. Pero antes de poder terminar el gesto, el médico apartó la mano con un grito de protesta que sobresaltó a los presentes.

- ¡¿Qué?! – Greg frunció el ceño y trató de acercarse a John, pero Sherlock se interpuso.

- ¡Me cago en todo! ¡El puñetero pomo se ha puesto al rojo vivo! – protestó John. Sherlock le cogió la mano y pudo comprobar que, efectivamente, la palma de la mano del médico estaba enrojeciendo.

- ¿Qué demonios hay ahí? – preguntó Mycroft haciendo una mueca.

- No me importa - espetó Sherlock-. Vamos fuera, esa quemadura no puede quedarse sin tratar. Siendo una casa vieja, podrías coger cualquier infección.- sin más, arrastró a John fuera de la sala en busca del cuarto de baño. Greg se pasó la mano por el pelo y se giró hacia Mycroft.

- ¿Qué hacemos? ¿Les acompañamos? ¿O seguimos…?

- No me pregunte, inspector. Yo sólo vengo por la diversión de ver a mi hermano intentando resolver un crimen estúpido - replicó Mycroft -. Aunque, a la luz de los acontecimientos, quizá no es buena idea que nos quedemos… no sea que salgamos ardiendo. – Greg se giró hacia la puerta.

- No huele a quemado… no hay humo, ni se siente calor… - dijo acercándose a la puerta – y el pomo… - con un gesto rápido, acercó el dorso del dedo índice hasta el mismo – está frío… - murmuró con sorpresa, tocándolo de nuevo - ¿Qué clase de broma es esta? – murmuró entre dientes.

- Buena suerte, inspector… voy a investigar el piso de arriba y voy a relajarme un poco.- con altivez, Mycroft abandonó la habitación. Greg suspiró y decidió salir de allí, bloqueando la puerta desde fuera con unas vigas de madera y piedras que rescató de los escombros que había a su alrededor. Por suerte para él, la puerta se abría hacia fuera. Después, se marchó en busca de los demás. A los pocos pasos, pudo escuchar a Sherlock y Mycroft enzarzarse en otra de sus interminables peleas.

- ¡Explícame entonces lo que hemos visto! ¡Tú te quedaste igual de helado que yo! – espetaba Sherlock.

- Te lo he dicho. Juegos de ilusión, luces y sombras. Estamos sugestionados por las habladurías que rodean la casa, eso es todo. El subconsciente colectivo hace que todos acaben viendo una misma cosa. Lo sabes de sobra.- replicaba Mycroft con calma mientras John trataba de detener la discusión sin éxito alguno. El inspector sacudió la cabeza y decidió permanecer en el primer piso, investigando por su cuenta un poco más. La siguiente puerta llevaba a una cocina con los muebles desvencijados y saqueados. Quedaba claro que aquel había sido en algún momento, una casa okupa. Pero no tenía muy claro cuándo había sido aquello. Aunque cabía la posibilidad de que aquello tuviera que ver con la muerte del anciano…

- "Céntrate, Greg" – se recriminó a sí mismo mientras salía de allí.- "El anciano estaba encerrado. Tuvimos que forzar la cerradura. No había forma de entrar… ¿verdad?"- pensativo, se detuvo delante de una puerta de cristal, de la cual emanaba una suave brisa fresca que le acariciaba la piel y la ropa.

Tenía algunos tablones clavados, que habían cerrado la puerta a cal y canto. A través de los cristales que aún mantenía, Greg pudo entrever lo que parecía un jardín trasero, descuidado y con algunas piedras entre los matorrales. Con cautela y procurando no cortarse, Greg trató de abrir la puerta sin éxito. Puesto que en el piso superior los gritos de los hermanos Holmes no cesaban, decidió seguir caminando por su cuenta; había dejado a su espalda la cocina; un poco más adelante estaban las escaleras que conducían al segundo piso y enfrente de las mismas, el comedor, derrumbado casi por completo; allí había aparecido el cuerpo. Esa sala sólo tenía un arco de entrada, y aunque el techo se había caído dejando un agujero enorme en el segundo piso, no parecía ser la causa de la muerte del anciano.

Pero claro… sin los resultados de la autopsia no tendría nada seguro, dijera Sherlock lo que dijera. Enfrente de él, estaba la puerta que daba al jardín, bloqueada, y a su derecha quedaba una puerta más. Con paso lento, se acercó a la puerta y tocó el pomo con cautela. No quería que le pasase lo mismo que a John. Pero tuvo suerte. El pomo estaba frío, y además, la puerta estaba abierta. Con cuidado, la abrió, de nuevo pistola en mano, y se asomó al interior. Si había algún okupa todavía, tendría que tener cuidado. La habitación era una sala de estar, no mucho mejor conservada que la cocina, pero con algo más de mobiliario. Dos sofás dispuestos delante de una chimenea encendida, una mesa de madera carcomida y algunas estanterías vacías acompañadas de jarrones descoloridos y cortinas raídas era cuanto había allí. Greg se mantuvo en el filo de la puerta y escudriñó toda la habitación. Los sofás estaban podridos, literalmente. En uno de ellos parecía haber alguien sentado.