- Lo que me faltaba… - murmuró Greg antes de avanzar hacia el interior – Hola – enunció en voz alta -. Soy el inspector Greg Lestrade, de Scotland Yard. ¿Quién es usted? – preguntó acercándose con cuidado al sofá, rodeándolo con cautela. No obstante, su interlocutor no se movió.

Cuando se situó a un lateral del sofá, Greg contempló lo que parecía un cuerpo momificado, seco, delgado, de una mujer. Aún tenía lo que parecía un vestido de fiesta que fue de color rosa, ahora descolorido y raído. El inspector frunció el ceño. Aquella broma era de demasiado mal gusto. Rápidamente, retrocedió a una pared para que no pudieran verle desde la puerta, y volvió a echar un vistazo. Alguien tenía que haber encendido ese fuego. Y probablemente, ese cuerpo no había podido moverse solo. Pero cuando miró de nuevo hacia la chimenea, casi se le cayó la pistola de las manos. El cuerpo estaba de pie y girado hacia él. Greg ahogó un grito de sorpresa y se pegó aún más a la pared mientras aquella mujer, momia o lo que fuera, dio un paso hacia Greg.

Tenía la boca deforme, con la mitad de la piel descolgada de la mandíbula, lo que dejaba a la vista sus dientes y músculos faciales, y los ojos casi blancos. Las manos, grises, exhibían unas uñas cortas pero podridas. El inspector contuvo la respiración. ¿Debía disparar? ¿Qué era aquello? ¿Contaría como defensa propia? Y sobre todo, ¿quién demonios le iba a creer? Pero cuando aquella criatura dio un segundo paso, se desplomó sobre el suelo. Greg sintió una descarga recorrerle la médula espinal y se apresuró a correr hacia la puerta, pero las piernas apenas le respondían y se llevó por delante una mesita y un jarrón antes de caer al suelo. Con el corazón a mil, se giró para ver si le seguían, pero no vio nada ni escuchó algo más que el crepitar de las llamas de la chimenea. A los pocos segundos, la mano de aquella criatura emergió por el lateral del sofá arrancándole un grito de sorpresa al inspector. Pero pronto, dejó de avanzar. Greg se puso de pie lentamente.

- ¡Greg! ¿Qué pasa? – escuchó la voz de John detrás de él. El soldado había salido corriendo en su ayuda al oír el estruendo sin dudarlo, y ayudó al inspector a ponerse de pie. Al no obtener respuesta, echó un vistazo al interior de la habitación y enarcó las cejas al ver la mano tendida en el suelo, inmóvil.- ¿Qué demonios…? – con paso lento, ambos hombres avanzaron por la habitación con cautela hasta la posición inicial de Greg, ambos armados con sus pistolas. Pero no llegaron a utilizarlas. En el suelo yacía el cuerpo de la criatura, ya inerte, y a su alrededor se había empezado a expandir un líquido espeso e incoloro.- ¿Qué crees que es…? – preguntó John. Greg se acercó con cautela y tocó el líquido con la yema de los dedos.

- Está muy caliente… - dijo con un quejido, retirando la mano inmediatamente; a los pocos segundos, su expresión cambió.- Se enfría deprisa… - Geg echó un vistazo a sus dedos, ahora recubiertos de una capa gruesa y sólida.

- Eso es… - John enarcó las cejas.

- Es cera… - asintió Greg mirándole fijamente a los ojos. Tras apagar el fuego de la chimenea, ambos hombres se dirigieron al segundo piso, donde Sherlock y Mycroft seguían enzarzados en un duelo de deducciones.

- No seas tonto… - insistía Mycroft – El metal no puede calentarse en segundos y enfriarse de nuevo.

- ¡John tiene una quemadura en la mano! – vociferó Sherlock - ¿Qué metal es un conductor tan rápido?

- Quedarían restos de calor, ¿no te parece? – Mycroft se mantenía tranquilo. John se adelantó en las escaleras para alcanzar a los hermanos.

- ¿Qué pasa?

- Mi hermano está convencido de que alguien manipula los elementos de la casa a placer para algún fin desconocido.- explicó Mycroft.

- ¿Un montaje?

- Eso mismo.

- Eso explicaría lo que he visto abajo… - comentó Greg acercándose a ellos. Los presentes se giraron en redondo hacia él.

- ¿Qué has visto? – preguntó el mayor de los Holmes.

- Un muñeco… bueno, una mujer… parecía real, estaba delante de una chimenea encendida, pero de pronto se puso de pie y echó a andar hacia mí… - explicó Greg -; tenía el rostro desfigurado, pero pronto empezó a fundirse… era un muñeco de cera, casi como una marioneta…

- Estás temblando como una hoja - se burló Sherlock -. ¿Desde cuándo te asusta algo así? Hasta lo has tocado.- añadió señalando la mano del inspector.

- Dijo el que perdió la voz al ver una cara flotando en medio de la oscuridad.- replicó Greg mirándole fijamente.

- Vamos a tranquilizarnos… intentemos mantener la poca cordura que nos queda - propuso John, interponiéndose entre los hombres -. Si es un montaje, lo mejor que podemos hacer es esperar a mañana por la mañana. Con la luz del sol se descubrirán muchas trampas. Además, en este piso hay dos habitaciones y dos baños, con suerte y si no están muy hechos polvo, podremos utilizarlos…

- Ni loco me meto en una cama putrefacta.- replicó Sherlock.

- Bueno, yo iba a dormir en el suelo… - John se encogió de hombros.

- Ni hablar. No con la mano herida.- replicó Sherlock tajantemente.

- Es sólo una quemadura superficial.- protestó John.

- Hecha con un pomo herrumbroso del año Maricastaña, como tú sueles decir.

- ¡Yo no…!

- Tengo una idea mejor, marchémonos. Si esto es una farsa, quizá ni siquiera haya cadáver - propuso Mycroft, interrumpiendo la pelea entre los dos hermanos -. ¿Qué sentido tendría quedarnos aquí?

- Yo quiero saber quién se dedica a organizar apariciones espectrales para asustar al vecindario – espetó Greg mientras se quitaba los restos de cera de los dedos.

- Tú haz tu servicio a la comunidad. Yo me voy. Me aburro y además, John está herido.- Sherlock echó a andar hacia las escaleras, seguido del médico.

- Es sólo una quemadura, no seas dramático. Ha estado en Afganistán, por dios… - Mycroft echó a andar detrás de Sherlock sin abandonar su tono de burla.

Greg suspiró y se quedó donde estaba. El segundo piso tenía un enorme agujero en el suelo que comunicaba con el comedor, y a su alrededor se esparcían los dormitorios, los baños y habitaciones de invitados. El inspector suspiró. No tenía ganas de adentrarse en ninguna otra habitación. No quería llevarse más sustos inútiles. Pero si era un montaje, iba a tener que demostrarlo. Con paso lento, volvió al primer piso. Las voces de Sherlock y Mycroft aún resonaban por el pasillo, por lo que no habían abandonado la casa. Quizá entre los cuatro aún podían resolverlo.

- Abre la puerta.- ordenó Mycroft. Sherlock se apartó de la misma con un bufido.

- Está atascada.

- ¡Eh, Sherlock! – Greg se detuvo ante la puerta que bloqueó con unas vigas- ¿Puedes ayudarme?

- No tengo ningún motivo para entrar ahí.- replicó el aludido.

- Quizá sea la única manera de salir.- aventuró el inspector apartando los escombros.