- ¿Por qué has tapiado la puerta? – protestó. Greg le miró con seriedad.
- ¿Qué quieres? ¿La dejo abierta para que tengamos más problemas? – con un bufido, apartó la última viga y miró a John – Hazme un favor, llama a Molly y pregúntale qué ha podido hacer con el cuerpo.- pidió entregándole su teléfono móvil. John asintió y se alejó por el pasillo. Mycroft se acercó a los hombres.
- Si tocáis el pomo de esa puerta otra vez, muy posiblemente se vuelva a calentar.- apuntó.
- Ya, ya contaba con ello.- replicó Greg que, pistola en mano, se acercó a la puerta de la habitación.
- Así que… vas a destrozarla… - Mycroft enarcó una ceja.
- Otra opción es echarla abajo con una viga, pero vuestra especialidad es la gimnasia mental - replicó Greg sin mirarle -. Así que voy a hacer saltar la cerradura, en vista de que John está lesionado y sólo quedo yo.- sin dar tiempo a réplicas, el inspector cargó su pistola y apuntó al pomo que anteriormente abrasó la mano de John. Un segundo después, apretó el gatillo. El sonido del disparo atronó la estancia. El pomo saltó del sitio y cayó al suelo. Con cautela, el inspector se acercó hasta la puerta y la empujó ligeramente con la mano. Sherlock y Mycroft contuvieron la respiración casi al unísono. John, que había acudido a la carrera al escuchar el disparo, se detuvo en medio de la habitación. Conforme la puerta que Greg había empujado se abría con un sonido chirriante, los cuatro hombres contemplaron lo que parecía una estructura de metal con forma de mujer. La dama de hierro era antiguo instrumento de tortura y ejecución que tenía hierros afilados en su interior, los cuales no afectaban a los órganos vitales cuando alguien era encerrado dentro, por lo que tardaba días en morir, preso de una increíble agonía.
- ¿Qué demonios hace esto aquí…? – Greg avanzó con paso lento hacia aquella estructura. En la zona de la cabeza tenía una abertura por la cual uno podía asomarse al interior y enfrentarse a los ojos del condenado a muerte. Greg tragó saliva y se alzó ligeramente para poder ver a través de aquella rendija. Estaba vacía. Aliviado, exhaló un suspiro. Al examinarla más de cerca, vio que tenía algo dentro. Al abrirla, su sorpresa no tuvo límites. Había un montón de panfletos promocionales, en los que podía leerse: "Bienvenido a la XIII feria del cine de terror de Londres". Greg extrajo uno de ellos incrédulo – La madre que me parió… - susurró. Pronto, la puerta de la calle se abrió y el anciano que habían encontrado avanzó hacia ellos sonriendo.
- Gracias, señores, por participar en nuestra pequeña casa del terror… nos alegramos de haber tenido como invitados a los señores Holmes y a un inspector de Scotland Yard. Queríamos ver hasta qué punto podíamos confundir a las mejores mentes de Londres… Y ya lo sabemos.- en silencio, los cuatro hombres abandonaron la mansión. Después de aquello, Greg y John siguieron con su vida diaria, mientras que Sherlock y Mycroft experimentaron problemas para dormir y estrés durante semanas.
FIN
