Sus ojos se abrieron de súbito en medio de la oscuridad absoluta cuando sintió como la cama se inclinaba levemente a su lado derecho. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerte mano se aferró a su cadera y el cuerpo se fue encima suyo. "No…" susurró instintivamente, pero una poderosa fuerza ajena a él le impidió decir más, su voz desapareció, y Faramir comprendió lo que estaba a punto de pasar. Una mano áspera y fría se coló bajo su camisa y acarició su espalda. Sus ojos aún no se acostumbraban a la penumbra, pero Faramir conocía muy bien el toque de aquellas manos violentas, el olor que desprendía ese cuerpo y la intimidante presencia que lograba menguarlo, pero no lo suficiente como para hacerle desaparecer, como hubiera deseado.
Las manos llegaron hasta sus anchos hombros y lo tocaron con fuerza, y las uñas dejaban marcas a su paso. Faramir yacía inmóvil, preso de su propio miedo, mientras su cuerpo era cruelmente asaltado como en tantas otras noches. Las manos se aferraron al cuello del capitán y pensó que le estrangularían, sin embargo no fue más que obligado a arquear la espalda y la mano se coló por sobre su pecho, recorriendo la esculpida figura del Hombre. Faramir apretaba los dientes, no había nada que decir, nada que hacer, solo esperar a que la pesadilla terminara.
Tocaba sus pezones con frenesí, apretándole y halándole sin importar cuánto dolor pudiera sentir. "No vas a regresar…" susurró Denethor con voz áspera al oído de su hijo "No vas a regresar…" La mano bajó por su abdomen, asegurándose de explorar cada volumen, cada rincón del cuerpo de Faramir. Se coló por los pantalones y fue cuando el capitán intentó liberarse, pero Denethor enterró sus uñas en el cuello que apretaba y le obligó a inclinarse hacia abajo para mantenerlo dominado "Eres demasiado débil… vas a morir…" susurraba, llevando su mano más cerca de su objetivo "voy a tomarte hasta que el sol esté a punto de alzarse, y tú no tengas más destino que dirigirte a tu final…" la mano rosó el vello dorado y Denethor jadeó de placer al sentirlo entre sus dedos "morirás sin ser amado… sin ser recordado… sin honor…". La mano se cerró sobre el flácido miembro del joven Lord. "Respóndeme…" ordenó, "Si, mi Señor..." contestó Faramir con voz vacía. Denethor entonces llevó su mano hasta la abertura y sin el menor cuidado, introdujo sus dos dedos profundamente, y Faramir resopló sintiendo como si le quemaran vivo desde las entrañas. "¿Amas a tu padre, Faramir?" preguntó Denethor entre jadeos, moviendo sus dedos en el interior de su hijo. Faramir no respondió, nunca lo hacía, a menos que su padre se lo pidiera. Sus ojos permanecían cerrados, y su cabeza yacía enterrada en la almohada.
Sintió la hombría de Denethor cerca de su abertura. Su cuerpo se cerró, no lo deseaba, lo aborrecía, pero ese era su lugar. El duro miembro se abrió paso con ferocidad, entrando hasta la raíz, y Faramir no pudo contener los gritos. Aún cuando deseaba con todas sus fuerzas mantener la boca cerrada, el dolor era extremo y sus lamentos no hacían más que alimentar la lujuria del Senescal.
"Oh, Faramir…" susurraba "mi hijo…". Cada vez que Denethor empujaba hacia adentro Faramir sentía su propia carne al rojo vivo. Para sorpresa y horror del capitán, Denethor sacó su hombría de su cuerpo y le obligó a tenderse sobre su espalda. Ahora que los ojos de Faramir se habían adaptado a la penumbra, pudo verlo claramente. Siempre ataviado con sus ropas oscuras, la cascada plateada que caía sobre su cabeza y reposaba en sus hombros, la mirada orgullosa, llena de pesares y ambición… los ojos dilatados de pasión por su propia sangre. Denethor nunca había obligado a Faramir a voltearse mientras lo tomaba, siempre había evitado el rostro de su hijo en el acto, pero esta vez se encontraron cara a cara. "Esta será la última vez que te tome…" susurró con rigidez "quiero verte mientras lo hago."
Separó las piernas de su hijo y una intensa llamarada de lujuria alumbró los ojos del Senescal. "Tan hermoso…" susurraba observando al Hombre dorado que yacía tendido sobre la cama. Faramir mantenía sus ojos cerrados, evitando que sus recuerdos grabaran demasiado aquella expresión en el rostro de su padre. "Mírame…" ordenó, pero los párpados continuaron cerrados. "He dicho, ¡MÍRAME!" gritó airoso y Faramir no tuvo más remedio que desvelar sus ojos, que no demostraban más que humillación y una insondable desolación. Con las lagunas azules obligadas a observarlo, Denethor se impulsó de nuevo dentro de su hijo y lo tomó con desenfreno, ahogado en su propio placer.
La tortura duró la noche entera, tal y como lo había prometido el Senescal, quien luchaba con todas sus fuerzas contra la necesidad de dejarse arrastrar por el clímax, hasta que no tuvo más remedio que permitir que la explosión de sensaciones le inundara, y su semilla corrompió una vez más el cuerpo de su hijo.
Faltaban pocas horas para el amanecer y Faramir se levantó de la cama luego de que su padre abandonó la habitación. El simple hecho de sentarse resultaba sumamente doloroso, pero luchó por llegar hasta la bañera y lavarse toda aquella desdicha. Frotó sus uñas contra su piel para intentar arrancarse la horrible sensación que dejaban las manos de su padre, pero no importaba cuanto lo intentara, ya formaba parte de su ser.
Pensó en Boromir. Muchas veces había sido tema de discordia entre él y Denethor por la manera en que trataba a su hijo menor. Denethor había aprendido a controlarse cuando Boromir estaba cerca, y la mayoría de las veces simplemente se limitaba a pretender que Faramir no estaba ahí. Hace tiempo atrás Boromir había llegado a sospechar que alguien estaba abusando físicamente de su hermano, cuando lo notaba adolorido o con marcas en su cuerpo que no eran producto del ejercicio o de las misiones, Boromir conocía las heridas que producían las batallas, y esas no se le parecían. Faramir se enfrentó a duros cuestionamientos. Boromir le había prometido matar a quien fuera el responsable, y aquellas palabras incluso las había pronunciado delante de su padre, aunque sin ninguna pretensión. Boromir estaba al tanto del rechazo que sufría su hermano por parte de Denethor, pero ni siquiera a él se le ocurriría que era su propio padre quien lastimaba el cuerpo de su hijo y además lo utilizaba para satisfacer sus deseos sexuales. Faramir estaba seguro que su hermano podría matar a su propio padre si se enteraba de lo que sucedía, y no quería hacerle cargar con la maldición de haber levantado la espada contra su sangre. Boromir era feliz, e iba a tomar las riendas de Gondor después de su padre, y por tanto Faramir no era capaz de hacer pública la terrible deshonra que humillaba su Casa.
Salió del cuarto de baño y se vistió. El cielo comenzaba a teñirse de purpura, y Faramir supo que tenía que darse prisa.
El toque de la puerta interrumpió sus pensamientos, "Adelante" contestó, y dos caballeros entraron a las estancias. "Mi señor", dijeron hincando la rodilla para después dirigirse rápidamente a la escultura de piedra al fondo de la habitación que vestía la armadura del capitán. Ambos caballeros comenzaron a armar a Faramir y uno de ellos le entregó su espada y el yelmo. "Ya es hora, mi Señor."
Afuera hacía bastante frío, la ciudad aún dormía, pero en el castillo ya había mucho movimiento. Los caballeros iban de un lado a otro gritando y atendiendo órdenes y Faramir se dirigió a uno de sus comandantes "¿Cuántos guerreros?" preguntó, el Hombre sonrió y contestó "Todos los exploradores de Ithilien se han presentado, mi Señor, además de otro puñado más de caballeros que desean acompañarle. Sin embargo no hemos preparado los suficientes menesteres para llevar una compañía tan numerosa, por lo que delegué la tarea de seleccionar a los mejores para el honor".
Faramir observó a su alrededor. Había cientos de hombres preparándose o ayudando con los últimos arreglos para el viaje, y no pudo evitar sentirse tremendamente agradecido. Todos estaban ahí por voluntad propia, y Faramir prometió nunca olvidar aquella muestra de fidelidad y valentía. "Entonces tenemos que partir ya" resolvió dirigiéndose hacia la salida del castillo donde los caballos aguardaban. Habían sido seleccionados cien hombres, de los cuales treinta eran arqueros, y entre ellos Faramir reconoció al joven comandante que le asistía con el mantenimiento de las armas, y no pudo evitar devolverle la sonrisa que este le dedicaba.
"¡Faramir!" ante el llamado, el capitán volteó la cabeza, encontrándose con el viejo mago gris, y cuando estuvo a punto de replicarle que no intentara convencerlo de olvidar la venganza, Gandalf simplemente lo abrazó con ímpetu y exclamó "Cuídate, idiota testarudo..." susurró, y Faramir se dejó envolver por los cálidos y protectores brazos. "Lo haré." contestó, "por favor, encárgate de manejar a mi hermano cuando despierte…" La preocupación de la posible reacción de Boromir le prensaba el corazón. "Oh, por supuesto que me encargaré de él, mi querido Faramir, un hermano idiota es más que suficiente" dijo con una amorosa sonrisa en el rostro. Faramir le depositó un beso en la mejilla y le agradeció, luego se dirigió a su compañía exclamando "El tiempo nos apremia. Cabalgaremos con pocos intervalos de descanso, si es que queremos alcanzarlos a la mañana del tercer día. Todos aquellos que han estado envueltos de cualquier manera en la ejecución de esta misión, no serán olvidados ni por mi hermano ni por mí. No hay modo de asegurar lo que allá encontraremos, puede que lo resolvamos con una rotunda victoria o que muchos de nosotros perezcamos en el intento, pero estoy seguro que es una perspectiva de la que todos estamos conscientes." el majestuoso capitán, que había aplastado por completo aquella parte temerosa e insegura que solo su padre lograba hacer surgir, subió a su corcel en la vanguardia de la valerosa compañía, con un regio porte que lograba llenar el corazón de sus guerreros con gran vigor y ferocidad por la batalla cercana "¡Ha llegado nuestra hora de tomar venganza!" gritó "¡Con nosotros cabalga el honor de las gentes de Gondor!" Y entre vítores voraces, la compañía inició su descenso por la resplandeciente ciudad de Minas Tirith.
Gandalf los siguió hasta la Puerta, y ahí observó como el capitán y sus caballeros se perdían en la lejanía sobre los campos del Pelennor no pudiendo evitar que la zozobra le oprimiera ante la perspectiva de un futuro incierto. Había demasiado movimiento en las ciudades muertas, y tal y como lo había dicho Faramir, no cabía duda de que ignoraban lo que encontrarían sobre aquellas tierras malditas.
