Cuando despertó el sol aún no se asomaba por el horizonte. Faramir calculó que faltaba alrededor de una hora para que el amanecer hiciera su aparición en vísperas de la exploración por las tierras de Gondor que Boromir le había prometido a Éomer el día anterior. Se sentó al borde de la cama para desperezarse y de inmediato su consciencia recurrió a los recuerdos de la noche que habían compartido en los Jardines de Minas Tirith, y que en ese momento le pareció un hermoso sueño, pero tan efímero que le llenó de tristeza el corazón, pues se encontró deseando que nada de eso hubiera pasado, porque el recuerdo y la certeza de un deseo imposible no era sino razón de tortura, porque lo que habían compartido no podía volver a suceder jamás.

Faramir acarició su boca y recordó la dulce sensación del beso, uno que nunca había sentido, pues todo lo que sus labios conocían era la crueldad con la que era tocado por su propio padre. La desesperación le oprimía el pecho porque el amor de Boromir significaba algo que no podía ni quería perder, y ahora que la brecha que siempre los había mantenido bajo control se había roto, iba a ser mucho más difícil y angustioso ver a quien amaba alejarse de su lado cada vez más con el pasar de los años, que su cuerpo y su corazón pertenecerían a alguien más; y aunque no fuera así, él jamás tendría derecho de reclamar eso que le estaba prohibido.

Tratando de callar los lamentos en su cabeza, Faramir se levantó a tomar el baño de la mañana permitiendo que las criadas entraran a sus aposentos para no permanecer más tiempo solo, acosado por sus recuerdos. Las doncellas se encargaron de limpiar y seleccionar las ropas que usaría para la expedición, que consistían en el usual jubón ocre con el Árbol de Gondor impreso al frente, pantalones grises y botas negras. Normalmente prefería vestirse por sí mismo, a pesar de que su padre y hermano mantenían la costumbre de ser servidos, pero en aquella oportunidad también permitió que las criadas hicieran su trabajo. Cualquier cosa que mantuviera su mente distraída en lo que fuera era bienvenido.

Cuando estuvo listo salió de sus aposentos directo al Salón del Trono donde aquella mañana se celebraría un abundante desayuno; no obstante, cuando llegó no encontró a nadie más que a los criados que iban y venían preparando la estancia para recibir a los Señores, así que sin saber a dónde ir y sin ganas de permanecer solo, se encaminó hacia las estancias de Éomer, quien seguramente ya estaría preparándose para el viaje si es que sus palabras de la noche anterior no habían sido solo producto del alcohol.

"Deseo ver a Éomer." Exclamó al guardia que se mantenía vigilando la entrada de los aposentos.

"Lord Éomer no está aquí, mi Señor" contestó el caballero "ha salido hace unos momentos hacia las termas. Dejó dicho de que si su persona o Lord Boromir acudían a buscarlo, podían ir directamente hacia allá si así lo deseaban."

"¿Ha pasado mi hermano por aquí?" - quiso saber. No creía buena idea ir hasta allá si Boromir se le había adelantado. Quería evitar los momentos tensos tanto como fuera posible.

El caballero negó y con esto Faramir salió del edificio sin saber a dónde ir. Se suponía que la expedición sería al amanecer y para esa hora el cielo ya estaba tiñéndose de purpura, sin rastros de ningún preparativo para la salida. Vagabundeó por los alrededores, indeciso. Era muy temprano para ir a desayunar y la mayor parte del castillo, a excepción de los criados, aún dormía. Para entonces, luego de varios minutos de consideración, permitió que sus pasos le guiaran hasta el extremo oriental de los Jardines del castillo, donde estaban las termas al aire libre, para uso exclusivo de los Señores.

Y cuando llegó, se encontró con que en efecto ahí estaba Éomer; y sus ojos no tardaron en divisar luego a su hermano.

"¿A que se te pegaron las sábanas, Faramir?" - bromeó Éomer levantando la copa de plata rebosante de vino a modo de saludo. Por su parte, Boromir se limitó a sonreír.

"Pensé que haríamos la expedición al amanecer como acordamos ayer, pero los veo cómodos y bebiendo alcohol." - respondió acuclillándose al lado de Éomer.

"Nunca es demasiado temprano para empezar." - dijo al tiempo que le hacía un ademán a al criado que aguardaba a cierta distancia para que le entregara una copa a Faramir. "No existe mejor forma de matar la resaca que continuar bebiendo. Ahora únetenos, y comparte con nosotros la hermosa vista del amanecer."

"¿Pero qué hay de la expedición?"

"Habrá tiempo para eso más tarde, ahora necesito recobrar los sentidos antes de inmiscuirme en cualquier actividad para este día."

Faramir se aseguró de dedicarles una mirada consternada antes de comenzar a desvestirse. Notó que Boromir apartó la mirada de inmediato hacia el amanecer pero Éomer siguió sus movimientos.

"¿Cómo va ese brazo?" - le preguntó cuando se deshizo de la camisa de algodón y dejó al descubierto el brazo izquierdo que aún continuaba vendado y entablillado.

"Mejor de lo que parece. Aún me molesta a veces, pero no tardará en sanar por completo."

"Bueno, será una cicatriz que te mereces llevar con orgullo, ¿no te parece, Boromir?"

"Definitivamente." - concordó su hermano con afecto, dedicándole una de aquellas sonrisas que solo eran para él. El gesto consiguió que Faramir se ruborizara, aunque se las arregló para voltearse antes de que alguno de los dos lo notara. Parecía que Boromir seguía siendo el mismo de siempre, y el hecho le limpió las dudas del corazón y le hizo sentir más cómodo.

Cuando Faramir se despojó de todo menos sus pantalones y tuvo intenciones de meterse a la terma, Éomer le detuvo indignado "¿A dónde crees que vas medio vestido?" - Faramir entonces reparó que ambos estaban completamente desnudos y esta vez no consiguió esconder el rubor que encendió sus pálidas mejillas.

"Oh no, no, no, amigo mío, quítate eso ahora mismo. ¿Es que nunca cambias?" - añadió soltando una carcajada. "Todo un caballero juramentado ya afamado por sus victorias gloriosas y aún se sigue sonrojando ante la perspectiva de estar desnudo en compañía."

"No me sonrojo." - replicó molesto consigo mismo por no controlar sus propias reacciones.

"Vamos que no tienes nada por lo que debas avergonzarte." - dijo Éomer con malicia, guiñándole un ojo.

Faramir supo que no tenía caso pretender resistirse y terminó por quitarse los pantalones a regañadientes. Boromir mantuvo la vista en el horizonte todo el tiempo.

"Mis queridos amigos, me tomé la libertad de solicitar un poco de compañía para esta mañana, mientras nos despejamos. Y ya que estamos todos presentes, creo que es un buen momento." - dijo Éomer haciéndole otro ademán al criado. "Dado que tendré que volver a Rohan mañana a primera hora del día, será mejor que aprovechemos al máximo nuestro tiempo juntos."

En ese momento los hermanos escucharon unos pasos a sus espaldas, y al voltearse encontraron diez mozas venidas de la ciudad, tan solo vestidas con túnicas de lino blanco demasiado transparente, con la luz del dorado sol naciente contorneando sus esbeltos cuerpos. Boromir no necesitó que nadie le dijera de donde eran, las conocía bien a todas.

"Para escoger." Exclamó Éomer guiñándole un ojo a Faramir, que no había tardado demasiado en ponerse rojo como un tomate. "He escuchado maravillas de las mujeres Gondorianas, y por los Dioses que he tenido la oportunidad de comprobar tantas verdades por mí mismo."

"No hay necesidad de escoger, mi buen Éomer," - dijo Boromir con el característico brillo en los ojos de cualquier joven de su edad en semejante situación. "Hay suficientes caballeros para todas nuestras damas."

Boromir les hizo un ademán y todas las muchachas se acercaron entre risas y saltos que hacían que sus pechos rebotaran bajo sus túnicas de forma bastante atractiva para dos de los tres hombres en la terma. Las mujeres ya desnudas se les unieron y de repente Faramir estuvo rodeado de pequeñas manos que le acariciaban el pecho y el rostro. Miró en dirección a su hermano y lo vio rodeando firmemente a dos con sus brazos y besando lascivamente a una tercera; Éomer ya se había enfrascado en lo suyo también.

"Le noto un poco tenso, mi señor…" - le susurró una al oído tan cerca que Faramir pudo sentir sus sedosos labios rosando su piel "soy una masajeadora muy diestra, si a mi señor le complace." La mujer se colgó de sus hombros esperando respuesta pero Faramir no dijo nada.

"Hemos escuchado muchas cosas sobre usted, lord Faramir," - se aventuró una hermosa pelirroja con los ojos como dos enormes esmeraldas almendradas "desde las tabernas hasta los salones de grandes señores se escuchan las notas de canciones heroicas sobre sus aventuras."

"Oh, pero no solo de sus aventuras…" - añadió una tercera con expresión lasciva mientras le tocaba el abdomen y descendía lentamente "También hemos oído hablar mucho sobre su belleza, tan realzada por los bardos como su destreza en el campo de batalla."

"Y no mienten, mi señor…" - siguió la pelirroja, atreviéndose a tomarlo de la barbilla y depositarle un beso en los labios usando hasta su lengua. Faramir no se apartó, pero tampoco lo correspondió. Volvió la vista hacia Boromir y con una profunda punzada de dolor en el pecho le encontró ocupado con su rostro entre un par de senos grandes con pezones oscuros mientras su mano se perdía entre las piernas de otra. ¿Y qué te esperabas, idiota? – se reprendió para sus adentros – Tú deberías estar haciendo lo mismo. Ahora solo consigues parecer un bicho raro.

"Si me disculpan, mis bellas damas…" - exclamó entonces Faramir quitándose las manos que lo tocaban de encima y atrayendo a la esbelta pelirroja hacia su regazo "pero a pesar de las palabras de mi hermano, he decidido recurrir tan solo a sus servicios." Se levantó con la muchacha entre sus brazos dispuesto a marcharse.

"¿Es que te atreves a dejarnos?" - preguntó Éomer entre los labios de una de sus acompañantes.

"No puedo concentrarme lo suficiente estando en público, como entenderás." Se disculpó "Nos retiraremos a mis aposentos. Los buscaré en cuanto haya terminado."

Y sin mirar a Boromir, aunque seguro de que lo estaba observando, Faramir se enrolló la toalla que el criado le tendió a la cintura y salió con la prostituta en dirección al interior del castillo. La mujer continuaba hablando y soltando risitas juguetonas sin quitarle las manos de encima mientras avanzaban por el corredor, y Faramir se las arregló para contestar con cortesía cuando ya no era posible continuar ignorándola. Cuando llegaron a sus aposentos, cerró la puerta con llave mientras la mujer ya estaba instalándose en su cama.

Faramir entonces se volteó y la miró, tendida de lado y sosteniéndose la cabeza con un brazo que casi se perdía entre la gruesa melena risada, mientras el otro descansaba contorneando su cuerpo níveo y lleno de pecas hasta descansar en sus caderas anchas.

Es hermosa, pero yo no siento nada.

"¿Cuál es tu nombre?" - le preguntó vertiendo vino tinto de Dol Amroth en dos copas de plata.

"Meriel, si a mi señor le place." - respondió seductora, aceptando la copa.

"¿Cuánto te ha pagado Éomer?" - soltó. La mujer lo miró desconcertada, y Faramir pudo notar el miedo que afloraba en las dos esmeraldas que tenía por ojos.

"¿Le he ofendido, mi señor?" - preguntó con un hilo de voz.

"No, Meriel," - respondió asegurándose que su voz sonara afectiva. "Tan solo quiero saberlo."

Meriel dudó, pero sabiendo que no podía negarse a ninguna clase de petición del hijo del Senescal de Gondor, pues de ello dependía que mantuviera la cabeza en su sitio o no, exclamó cohibida - "Un disco real de oro, mi señor."

"Te daré ocho. Con eso podrás vivir seis meses entre comodidades sin trabajar y un año más pagándote buena comida y bebida. O si es tu deseo, hasta podrías invertirlo en un negocio propio."

"¿Por qué?" - preguntó más asustada que entusiasmada. Sabía que aquello no significaba nada bueno. Ya había estado bajo el servicio de señores que le pedían hacer actos deshonrosos varios niveles por debajo de lo que su trabajo demandaba para satisfacer sus desviaciones. Este señor no podía ser distinto, pensaba ella, aún con esos ojos que parecían tan limpios y nobles. Pero Meriel se llevó una sorpresa.

"Para que salgas de aquí y te quedes con la boca cerrada." - soltó Faramir al tiempo que se dejaba caer en la silla frente a su escritorio y tomaba un sorbo de vino que descendió por su tensa garganta en cálidos torrentes aterciopelados. "No voy a tomarte ni haré contigo nada que mancille tu dignidad, tan solo quiero que seas discreta."

La mujer entendió de inmediato.

"Mi señor no necesita pagarme tales cantidades por mantener mi boca cerrada. Cualquiera sabe que hablar mal de los hijos del Senescal es igual a ponerse uno mismo la soga al cuello."

"Eso nunca ha detenido los rumores a nuestras espaldas, y lo sabes muy bien. Ahora, te ofrezco una recompensa por tu tiempo perdido y para asegurar tu palabra." Tuvo especial cuidado en que su voz sonara lo suficientemente dura y autoritaria para que Meriel le tomara en serio. "Pero de que me entere que has abierto la boca…"

"No, mi señor, se lo juro por los Dioses que no lo haré." - respondió de inmediato, pálida.

"Bien, eso es todo." - dijo Faramir sacando los diez discos de una cajita de oro como quien está por pagar con dos peniques de cobre y los colocó en la cama cerca de ella para luego volver a sentarse. "Márchate."

Meriel comenzó a vestirse y se aseguró de guardar bien el oro entre los dobleces interiores de su vestido. Entonces le lanzó una mirada al capitán quien permanecía en silencio con la mirada pegada en el interior de la copa. No necesitaba conocerlo para notar aquella expresión de profunda desolación que tenía pegada al rostro, pues ella también la soportaba en los tormentosos momentos del día a día cuando podía quitarse la máscara que estaba obligada a portar en su trabajo como prostituta y dejaba que todos los pesares le cayeran encima. Meriel vio en Faramir aquellos mismos ojos que vestía ella y sintió pena por él.

"Mi señor…" - dijo con una timidez sincera e impropia de alguien de su profesión. "Si me disculpa el atrevimiento, pero a lo mejor debería esperar unos momentos aquí, para guardar las apariencias. No creo que sea buena idea que me vean saliendo tan rápido de sus aposentos."

Por un momento ella pensó que no le había oído, pero entonces Faramir levantó la mirada azul y asintió levemente. Sin saber qué hacer, Meriel se sentó de nuevo en la cama, atenta a cualquier reprimenda, pero él no dijo nada.

"Te he de parecer patético." - soltó Faramir luego de un largo silencio pesado.

"En absoluto, mi señor." se apresuró a contestar "No es el primero que conozco que prefiere otro tipo de compañías."

Faramir entonces la escudriñó con la mirada. "¿Qué tipo de compañías crees que prefiero?"

Ella se inmutó, nerviosa por la posibilidad de haberle ofendido, pero contestó con honestidad. "La de muchachos como usted."

Para su sorpresa, Faramir sonrió, aunque el gesto no alcanzó sus ojos llenos de pena. "Ojalá fuera así. Ni siquiera sé si eso me complacería. Creo que nada lo hace." A menos que fuera con él. – pensó, pero mantuvo la boca cerrada con eso último, por supuesto.

"Tal vez necesite experimentar." - se aventuró Meriel.

Miró sus bellos ojos que tenían el color de las frondosas copas de los árboles de Ithilien, y volvió a sonreír. "Quizá." Fue su única respuesta.

"Yo podría ayudarle. Conozco a varios muchachos discretos de las casas de placer para los nobles de donde yo vengo, podría conseguirle uno tan diestro en la cama como en mantener la boca cerrada." dijo recuperando la malicia inicial y guiñándole un ojo.

Faramir pensó en Boromir acariciando y besando a las otras prostitutas, y sintió de nuevo otra punzada de dolor. "Pueda que lo necesite." - resolvió. De repente se encontró harto de sentir pena por sí mismo, de ser el que siempre se quedaba atrás, de ser el que siempre recibía lo peor, las miserias. El miedo intrínseco hacia su padre le había privado de conocer muchos placeres, en especial esos que Boromir jamás se había prohibido.

"Es un hecho entonces. En cuanto vuelva los seleccionaré para usted, podrá escoger el que más le plazca justo como ha hecho ahora." dijo con una malicia amigable.

Él solo se limitó a devolver sus ojos hacia el fondo de la copa de vino. No pensó demasiado en la propuesta, puesto que sabía que solo le serviría para arrepentirse. En vez de eso, volvió a llenar la copa y la bebió en un solo trago. Volvió a llenarla otra vez.

"Algunos hombres no consideran demasiado prudente emborracharse en presencia de una prostituta que ha visto donde guarda el oro." - inquirió ella permitiendo que Faramir le llenara la copa.

"No es como que me importe. Si quieres destruir la pizca de confianza que te he dado por un puñado de oro, hazlo, hay mucho más de donde vino esto." Dijo levantando el cobre de oro que por sí solo valía más que todas las posesiones de Meriel. Pero ella no era estúpida, sabía que tener a un noble de su lado le traería más beneficios que unos cuantos discos de oro que se esfumarían tan rápidamente como habrían llegado a sus manos.

Faramir volvió a llenar la copa y la vació de un trago. Le ofreció más a Meriel, pero ella se negó. "Tengo que salir caminando de aquí por mi cuenta."

Luego de un largo silencio y de otro desfile de copas, Faramir volvió a dirigirse hacia ella. "¿Alguna vez estuviste con mi hermano?" - preguntó sabiendo perfectamente que era el alcohol el que hablaba, pero como suele suceder en tales casos, no le importó.

Ella dudó. "Si le contestara con honestidad, ¿entonces cómo estaría seguro que no le revelaré sus secretos al primero que me lo pregunte?"

"Porque yo te he dado diez discos de oro que no los tendrías de otra manera ni aunque trabajaras esos seis meses sin descanso y sin gastar un solo penique, con la esperanza de que tomes en serio las consecuencias caerán sobre ti en caso de que no cumplas con nuestro acuerdo."

Meriel se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa astuta. "Quizás. Pero aún así, no me gusta hablar sobre mis clientes."

Aquello fue suficiente y Faramir la recompensó correspondiendo su sonrisa, luego volvió a llenar la copa.


Boromir y Éomer ya llevaban un buen rato desayunando junto a Denethor y Gandalf en el estrado, pero Faramir seguía sin aparecer. Boromir se había ofrecido para ir a buscarlo, pero Éomer se había opuesto asegurando que si todavía se encontraba disfrutando de los servicios de la prostituta pelirroja él no tenía ningún asunto que atender a sus aposentos. Boromir tuvo que tragarse la negativa de su amigo y no vio más remedio que seguir sentado, a penas sin probar bocado. Por su parte, Denethor, que lo había escuchado todo, permanecía en un silencio casi mortífero al centro de la mesa.

De repente la puerta se abrió y Faramir entró a paso vacilante, visiblemente borracho. Un criado se apresuró a sostenerlo de un brazo, pero él se lo sacudió de encima y avanzó casi trastabillando hasta el estrado. Los invitados trataron de ignorar el penoso acto del usualmente honorable joven lord que no solía hacer cosas como esa, que eran costumbres de su hermano mayor. Se sentó en silencio al lado de Éomer y en cuanto el criado le llenó la copa, se la llevó a los labios y bebió.

"Oye, sobre lo de empezar temprano, no me refería a esto." - le murmuró el príncipe de Rohan entre risas. "Se supone que luego de comer nos iremos a la expedición y tú a penas puedes mantenerte erguido sobre la silla."

"Faramir, ¿Podemos tener unas cuantas palabras a solas?" - interrumpió Boromir visiblemente tenso.

"Sea lo que sea que quieras decir, puedes hacerlo aquí." - respondió con frialdad y la mirada metida en la comida intacta.

Boromir se limitó a fruncir todavía más el entrecejo, consciente que todos los ojos estaban disimuladamente sobre ellos; así que sin saber qué hacer, volvió a tomar asiento en su lugar, a la derecha de Denethor.

"¿Qué tal estuvo nuestra dama de fuego?" - preguntó Éomer dándole un codazo amistoso en las costillas.

"Excepcional." - se limitó a contestar. Se llevó la copa a los labios y continuó bebiendo. ¿Por qué estoy haciendo esto? Se oyó cuestionarse, mientras el líquido se extendía cálido en su estómago. En el fondo sabía la respuesta.

El desayuno transcurrió dentro de la medida de lo normal hasta que al final Éomer se levantó trabajosamente de su asiento y llamó la atención de Denethor en voz alta para que los demás asistentes escucharan.

"Mi señor, le estoy infinitamente agradecido por su generosa hospitalidad, tanto conmigo como para con mi séquito. Me llevo un buen recuerdo, esperando que algún día usted acepte nuestra invitación de visitar La Marca."

"Es una posibilidad, muchacho." - exclamó Denethor con su voz lúgubre, como siempre.

"Nosotros hemos de volver mañana a primera hora," - continuó Éomer con el mismo tono solemne "El rey Théoden oirá de mí todo lo que aquí ha sido dicho, y yo le prometo que el ejército de Rohan estará a su disposición en cuando usted considere conveniente. Sin embargo, antes de partir, debo expresarle la petición que mi tío el rey me encargó transmitirle y de ser posible, llevarle una respuesta definitiva."

Denethor esperó en silencio a que Éomer continuara, mientras Boromir parecía que se había convertido en piedra. Por su parte, Faramir descubrió que el alcohol hacía la situación más llevadera.

"Mi tío desea ofrecer la dulce mano de mi adorada hermana Éowyn, que acaba de convertirse en mujer, a un pretendiente de alta estirpe, de reconocido valor y tan honorable como sólo lo puede ser un noble caballero de Gondor, con la sangre de la antigua Númenor recorriendo sus venas. El rey Théoden ha pensado en su primogénito, lord Boromir, como posible esposo para Éowyn, si a mi señor le place y se muestra de acuerdo con la idea tanto como nosotros."

Las aduladoras palabras de Éomer parecieron agradar a Denethor, reconoció Boromir con impotencia.

"Si le queda alguna inquietud sobre la valía de mi hermana," - continuó Éomer con dignidad "estamos dispuestos a permitir que forme parte de la corte de Gondor un tiempo antes de que usted decida si tal unión es conveniente."

Denethor permaneció en silencio unos segundos como si sopesara la propuesta, aunque Boromir y Faramir sabían que ya había tomado la decisión; entonces se levantó y tomó a Éomer de los hombros. "Nada me complacería más que ver a mi amado hijo Boromir uniendo su vida a la de una doncella de sangre real, de tan reconocida belleza e indiscutible reputación, príncipe Éomer. Desde este momento, la princesa Éowyn tiene las puertas de Gondor abiertas, tanto como si fueran las de su hogar en La Marca. Estoy seguro que Boromir está complacido y lleno de orgullo por las buenas nuevas." finalizó llevando sus fríos ojos grises hacia su hijo.

"Lo estoy, Padre." - se obligó a decir con galantería. "No podría imaginarme una mejor suerte. Éomer y yo tenemos un lazo fuerte, y mi unión con la princesa Éowyn sellará de manera definitiva nuestra amistad con el reino de Rohan."

Faramir volvió a vaciar la copa.

"Que así sea." - resonó la voz de Denethor en los oídos de su hijo menor. Entonces el Senescal levantó la copa para hacer el brindis. "Por la hermosa princesa de La Marca, Éowyn hija de Éomund, y por la ventura de mi primogénito, Boromir. Que sus días juntos sean largos, provechosos y plagados de bendiciones para ambos reinos."

Todos bebieron en su honor, incluido Faramir, que no dudó en llevarse el vino a la boca otra vez. Boromir lo miró, tratando de llamar su atención, pero se dio cuenta que su hermano se resistía. No me hagas esto, Faramir, que yo estoy sufriendo tanto como tú. Se dijo con el corazón encogido, aún en su ignorancia de que las penas de su hermano sobrepasaban por mucho a las suyas.


Éomer y Boromir ayudaron a Faramir a llegar hasta sus aposentos y lo depositaron con cuidado en la cama de plumas que Meriel se había ocupado de dejar prudentemente desordenada.

"Vino…" resopló Faramir mientras Éomer le quitaba las botas entre risas.

"Ya has tenido suficiente, mi buen amigo. Hemos decidido con tu hermano no ir a la expedición este día, pues sería una pena que tú no nos acompañaras. Tal vez conseguimos un poco de tiempo antes de emprender mi camino de regreso mañana."

"No te preocupes por mí," murmuró Faramir con el brazo sobre los ojos tratando de contener el vértigo "disfruta del último día que te queda aquí lo mejor que puedas, que no te detenga mi estupidez. Vayan a la expedición, se los ruego."

"Bueno, ya veremos más tarde." - respondió Éomer con afecto. "Ahora me hace falta un buen descanso, y quizá un poco de vino, ya que estamos en eso."

Se despidió de ambos y salió de la habitación. Boromir cerró la puerta con llave tras su amigo.

"¿Qué crees que haces?" - inquirió de inmediato, visiblemente molesto. "¿Desde cuándo bebes tanto?"

"No empieces." - le advirtió, sintiéndose más osado por el alcohol que le hervía la sangre.

"Padre no estaba contento."

"Como si fuera la primera vez." - resopló.

"Faramir, te necesito de mi lado ahora más que nunca…" - dijo entonces Boromir ahora preocupado, sentándose a tu lado - "Sé que esto no es fácil para ti tampoco, pero no puedo soportar verte así, y encima renuente conmigo como si yo hubiera pedido por esto."

"¿No se te ha ocurrido que a lo mejor tenga mis propios problemas?" - respondió de repente sintiéndose peligrosamente resentido. "¿Por qué siempre tengo que ser yo el que revolotea sobre los tuyos?"

"¿Pero de qué estás hablando? Conoces mis sentimientos por ti. Si hay alguien en esta vida que me importa más sobre todas las cosas y sobre mí mismo, ese eres tú. Me lastima que pienses lo contrario." exclamó sintiendo como la garganta se le tensaba.

Tú no sabes nada. – pensó Faramir con un doloroso resentir.

No es su culpa. – Le oyó responder a otra voz en su cabeza.

Lo sé.

"Basta, que no quiero hablar contigo ahora mismo. Márchate. Déjame en paz."

Aquello laceró el corazón de Boromir.

"¿Qué pasa contigo? Jamás me has hablado de esta manera. Sé que no es solo el vino, sé que hay algo que está molestándote, y no estoy seguro de saber de qué se trata." dijo con la voz plagada de afecto e inquietudes. "Háblame, hermano, que vivo para ti."

"No hay nada que decir." - respondió incorporándose con torpeza para acercarse al escritorio y verter vino en la copa. "Todo ha sido siempre igual desde que tengo uso de razón, no tiene caso."

"Detente." - soltó Boromir con brusquedad quitándole la copa de las manos. "No se trata de Éowyn, ¿verdad? Dímelo, te lo suplico." Boromir le sostuvo de las manos y les besó el torso con ternura. Faramir sintió como las piernas le fallaban. "Llámame idiota, lento de entendimiento, lo que sea, quizás tengas razón, pero si has llegado a pensar que he eclipsado tu sufrimiento sobre mis propios problemas a propósito, te ruego que me permitas demostrarte lo contrario. Perdóname por no ser capaz de intuir lo que te aflige, por los Dioses que desearía poder hacerlo, pero no me es posible. Ayúdame a comprender, y yo juro por el amor que me une a ti que buscaré alivio para tu corazón, sin importar de qué se trate."

Es precisamente por eso, amado hermano mío, que nunca sabrás la verdad.

Faramir se soltó con delicadeza y volvió a sentarse sobre la cama.

"Estoy ebrio." - resolvió al fin "No le des más importancia a mis palabras de la que merecen." se esforzó por sonreír - "El anuncio de tu unión con Éowyn me ha afectado más de lo que estoy dispuesto a admitir…"

Boromir no pareció del todo convencido. Se sentó a su lado y llevó la cabeza de su hermano sobre su hombro. "Sabes que estoy a tu merced, Faramir… Porque te amo y lo único que anhelo para ti es tu felicidad, aún cuando la encuentres en otro lado que no sea junto a mí. Si hay algo… o alguien que figura como la razón de tus penas, dímelo y lo arrancaré de tu corazón aún cuando sea lo último que haga en vida. Y si por cuestiones del destino ese alguien soy yo…"

"No, no…" - se apresuró a contestar arrullando el atormentado rostro de su hermano entre sus manos "¿Cómo podrías ser tú? También te amo, y no hay nada que me llene de más gozo que tenerte conmigo. Perderte sería una peor condena para mí."

Boromir se arrodilló frente a su hermano entre sus piernas, y Faramir le acarició las mejillas con la punta de sus dedos. "Sea lo que sea que hagas, no me apartes de tu vida, de tus congojas y tus alegrías." dijo Boromir y sus afilados ojos reflejaron la devoción sin igual que sentía - "Yo nunca podría apartarte de las mías, pues tu presencia alivia mis dolores y regocija mis triunfos. Estoy para servirte a ti y tu corazón."

"Lo sé, amado mío." Respondió Faramir sintiendo cómo las lágrimas surcaban su rostro.

Boromir se inclinó y le obligó a tenderse sobre su espalda. Se sostuvo de sus manos entrelazadas con los cabellos dorados que se derramaban en el suave colchón cubierto de sedas ocres. "Eres tan bello…" murmuró mirándole debajo de sí. "Todo lo que deseo es poder amarte como te lo mereces y yo lo necesito, ahora mismo…" - Un sonido de frustración salió de la boca de Boromir al tiempo que se dejaba caer hasta que su frente se encontró con el colchón, justo a la altura de la cabeza de Faramir quien le rodeó con sus brazos y le permitió tenderse sobre su cuerpo.

Permanecieron en aquella posición largo rato, tan solo disfrutando de la calidez y la cercanía, inmersos en un silencio íntimo. Entonces Boromir fue el primero en romper con el contacto. "Será mejor que me vaya…" resolvió, y Faramir notó que las palabras le supieron amargas. "Descansa, y no sigas bebiendo."

Faramir se limitó a asentir con la cabeza y esbozar una mueca de sonrisa. Boromir se incorporó, se pasó los dedos por los cabellos con aire de impotencia y decidió por marcharse sin decir más ni mirar atrás.


No supo en qué momento cayó dormido, pero el sonido brusco de la puerta al cerrarse le despertó de sobresalto. Notó que los rojizos rayos del sol de la tarde atravesaban sedosos los cristales de la ventana y arrojaban una larga sombra tras el semblante de Denethor.

No puede ser de otra manera. – Se dijo a sí mismo, derrotado.

"Me avergonzaste esta mañana." - soltó con la misma inclemencia de siempre, como si le hablara a un mozo de cuadra y no a su propio hijo.

"Pido mil perdones, mi señor." - respondió con la voz apagada.

Denethor recorrió la habitación con mirada osca y se acercó al escritorio donde estaba la copa medio llena. La sopesó con la mano y la estudió como si hubiera algo interesante que ver en los relieves de su superficie. Faramir lo observaba, casi conteniendo el aliento, sostenido de sus codos. De repente, en un movimiento rápido y brusco, Denethor le arrojó el contenido en la cara. "Continúa bebiendo, idiota, pueda que descubras que es parte de las pocas cosas que puedes hacer bien."

Faramir no contestó, tampoco se limpió los chorros escarlatas que descendían por su cara y manchaban su jubón.

"¿Desde cuándo contratas los servicios de las putas de la ciudad?" - le fulminó.

"No lo hice yo, sino Éomer."

"No te hagas el listo, Faramir. ¿Cómo estuvo esa pelirroja de la que escuché hablar?" - la expresión osca dio paso a otra lasciva y burlesca. "¿Conseguiste funcionar como un hombre de verdad?" -llenó la copa de vino y añadió "Dime su nombre."

Faramir le lanzó una mirada aterrada. "¿Por qué? N-no hicimos nada, mi señor, puedo jurarlo."

"Dime su nombre." volvió a repetir, amenazante. "¿O es que prefieres que mande a azotar a toda mujer con el cabello rojo de cada prostíbulo de Minas Tirith?"

"Ella no hizo nada malo, mi señor… juro por los dioses que no la toqué…" rogó.

"Y dejaste que la puta se marchara para que le cuente a la chusma de la ciudad que el hijo del Senescal es incapaz de tomar a una mujer."

"No, yo…" - de repente se encontró sin palabras. Estaba seguro que contarle la verdad solo empeoraría las cosas.

"Voy a colgarla. A despellejarla, si con eso consigo que entiendas de una vez por todas que no tienes permitido que nadie más que yo te ponga las manos encima."

"Te lo suplico, padre, mi señor…" - dijo desesperado "Es inocente, solo estaba haciendo su trabajo..."

El Senescal sonrió, dejando entrever sus dientes amarillos. "Veamos pues si te ganas el perdón de una puta."

Lo prensó del brazo y le hizo voltearse. Le bajó los pantalones de un tirón y sin más lo penetró profundamente. Faramir ahogó los gritos de dolor entre las almohadas, elevando la plegaria usual: Dioses, hagan que esto termine rápido.

Pero el dolor era irresistible. Trató de detenerlo, pero no había suficiente voluntad en sus movimientos y Denethor no tuvo problemas en volver a someterlo. Saliva, lágrimas y sudor se mezclaban con el vino tinto que manchaba las sábanas mientras era montado con salvajismo. Escuchaba los gemidos de placer que le revolvían el estómago y la usual evocación del nombre de su madre entre murmullos. Entonces, Denethor se sacudió y soltó un último y ahogado suspiro al llenar el interior de su hijo con su semilla.

Al término, le separó los glúteos e introdujo dos dedos en la irritada abertura para llenarlos con sus propios fluidos y los llevó hasta la boca de Faramir. "Chúpalos." Le ordenó, y así lo hizo, luchando con todas sus fuerzas por no vomitar. El sabor amargo le quedó en la boca aún cuando los restos de la eyaculación habían descendido por su garganta.

Te detesto, maldita basura.

Denethor se separó y caminó hacia la salida sin mirar atrás. Faramir fue hasta el cuarto de baño y se ocupó de limpiarse de encima cualquier rastro de la pesadillezca visita hasta que su piel quedó al rojo vivo.