Seattle

Después de horas en el avión por fin había llegado a mi destino. Fue una grata sorpresa, me comenzaba a gustar este nuevo lugar aun sin conocerlo por completo. Sentía sin duda que me hacía falta la mitad de mí pero nadie había dicho que los cambios fuesen fáciles. Una bonita asistente de la empresa llegó al aeropuerto para atenderme.

-Sr. Morinaga, mi nombre es Elisabeth Matthews soy asistente de su nuevo jefe el señor Alexander Smith. ¡Bienvenido a Seattle! Por ahora nos dirigiremos a su nuevo departamento, después tendrá una cena de presentación. No se preocupe por su equipaje, llegará a su departamento en unos momentos. Esperemos la pase muy bien por aquí, estamos entusiasmados de tenerlo aquí.-

En ese momento todo pintaba bien, no veía como las cosas se podían arruinar, llevaba conmigo mi maleta de mano con mi computadora para instalarla y poder avisar a algunos amigos que ya había arribado a mi destino pero primero dormiría ya que estaba sumamente cansado. El departamento era hermoso y para mi gusto, bastante lujoso. Contaba con una pequeña cafetería en el primer piso y varios locales de comida cerca, era bueno saber que no moriría de hambre en ningún momento. El clima –como me habían dicho- era agradable pero había mucho viento. El problema de mudarte es que sí, piensas que comenzaras de cero pero llega a ti un sentimiento de nostalgia que inunda todo tu ser y eso hace que sufras durante los primeros días, los primeros meses, después ya todo es más fácil pero primero hay que probar la sal para poder disfrutar de la azúcar.

Olvidé instalar la computadora, me quedé profundamente dormido hasta que arribo mi equipaje y ahí estaba la señorita Elisabeth.

-Sr. Morinaga, en dos horas será su cena de bienvenida. Le entrego su equipaje, por favor revise que todo esté bien. El Sr. Alexander ha decidido ir a un restaurante japonés en su honor, es uno de los mejores de Seattle, ojalá sea de su agrado.- sonrió y clavó su mirada en mí como esperando que hiciera algo, -Señor, estoy esperando a que revise que su equipaje venga bien.- dijo algo avergonzada. Me sonroje e inmediatamente hice lo que me pidió, una vez dada la luz verde se retiró no sin antes decirme que un auto de la compañía pasaría por mí.

Un restaurante japonés…un poco cliché y esperado pero bueno, supongo sólo querían ser amables. No sabía cómo vestirme, no sabía cómo sería el Sr. Alexander o qué imagen se suponía debía dar, revisé entre mi ropa y escogí finalmente unos pantalones oscuros, un suéter azul marino y un abrigo. Enseguida me duché y arreglé para la cena. Me veía bien, presentable pero sin sobrepasarme, no quería pensaran era un japonés estrafalario. El timbre volvió a sonar, está vez era un joven poco menor que yo, me sonrió y se presentó. Él me llevaría al restaurante y me acompañaría durante unos días en lo que me daban un carro.

Llegué al lugar y era impecable, sinceramente estando allá en Japón no sé si hubiese podido ir a alguno de estos restaurantes, parecía carísimo. La señorita Elisabeth –nuevamente- se acercó con su sonrisa radiante, me miró de cabeza a pies y dijo, -¡Se ve muy bien Sr. Morinaga! Acompáñeme, nuestra mesa está al fondo a la derecha, estoy ansiosa por presentarle al equipo.- La seguí con algo de vergüenza, no sentía que encajará en ese lugar. Aun teniendo lo que consideraba lo mejor de mi guardarropas, había personas vestidas muy elegantemente incluyendo a la señorita Elisabeth que vestía un ajustado vestido que hacía lucir su delgado cuerpo. Finalmente llegó el momento de conocer a mi jefe…

-¡Señor Morinaga! Ko… ¿cómo era? Konnichiwa. Espero así esté bien dicho, disculpa que mis idiomas son limitados. Teniéndolo aquí seguro podré aprender algo de japonés…disculpa, voy muy a prisa diciendo todo lo que se me viene a la mente. Mi nombre es Alexander Smith, bienvenido. Estaba ansioso por tenerlo aquí con nosotros, parte del equipo.- extendió su mano para saludarme. Yo me quedé perplejo. Miré hacía la mesa y había al menos ocho personas más…iba a ser una noche interesante.

El señor Alexander me dirigió hacía el lugar donde me sentaría, era a su lado. Pude ver realmente a Alexander. Era un hombre atractivo, pero su belleza era… ¿cómo explicarlo? No parecía un personaje de algún cuento como Ryo quién parecía una obra maestra o inclusive como Senpai. Más bien su belleza era simple, en el sentido que no requería de un cabello largo u ojos que parecieran estrellas para ser bello. Tenía ojos verdes almendrados, era ligeramente más bajo que yo pero era musculoso, se podía ver sus brazos fuertes y podía imaginarme invertía un buen tiempo en el gimnasio. Su nariz era respingada y tenía labios bonitos. Lo que más me gustaba era su cabello, un color rubio cenizo que tapaba sus orejas. Era un jefe –o al menos parecía- jovial pero muy inteligente. Me sonroje al ver como su pantalón se ajustaba a sus nalgas cuando se sentó. Realmente tenía muy buen cuerpo. No era bello, era apuesto.