De regreso, siento mucho la espera, pero bien dicen que la espera a veces vale la pena, no sé que tanto la valga está vez, pero hice lo mejor que pude. Como agradecimiento y regalitos a todas aquellas personas que dejaron sus comentarios sobre el fic. Muchas gracias a cada una.
Espero cubrir las expectativas o que esperaban de la continuación. Así que ustedes son las jueces y deciden que hacer, despedazarlo, llevarlo a esos lugares recónditos y desabitados o con mis queridos canibalitos. Que por cierto, les mando un beso a mis canibalitos por si es que la curiosidad y el morbo los trajo por aquí.
Gracias de nuevo.
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Siempre se considero inútil, pese a la buena relación con su familia. Por un momento creyó que su padre le reprocharía lo del hospital, la carga de tener un hijo enfermo. Dominado por la ira, su padre rompió en tiras el vestido, encerró a su hijo en el bañó, advirtiéndole que no quería verlo sino se quitaba todo el maquillaje del rostro.
El agua caía dentro de la bañera y el vapor comenzó a nublar la visión del cuarto. Limpiaba sus ojos con el agua, pero seguían humedecidos por el llanto. No estaba arrepentido, sólo avergonzado que su padre lo descubriera en tal situación. Aquello parecía un drama televisivo. Necesitó un par de minutos para lavar su cara y ponerse el pijama.
Al salir del baño escuchó a su padre.
Explicaba con lujo de detalles y en un tono exagerado lo que sucedió en el parque. La madre de Yukimura escuchaba con sorpresa, creía que era una broma. Normalmente se llevaban bien, aunque la diferencia de ideas era muy notable entre ambos hombres de la familia.
Seiichi entró a su habitación sin hacer ruido. Secó su cabeza mientras buscaba su celular. Quería decirle a Sanada que estaba bien. Sin embrago, desconocía que su padre había vaciado la bolsa que llevaba con su contenido y cortado el Internet en su habitación. No había manera para comunicarse con nadie.
Buscando su celular, escuchó un alboroto en el pasillo del departamento. Su padre abrió la puerta con ira, su madre tras de él, tratando de detener a su esposo.
—Escucha bien—advirtió su padre—si en el instituto me entero de otro de estos… asuntos. No dudaré en enviarte al colegio militar—después salió de la habitación, murmurando algo sobré los consejos de su padre y algún tío que paso sus días en el ejercito.
Seiichi seguía de pie, la amenaza de su padre los consternó por un momento. No notó a su madre, que en el umbral de la puerta lo miraba con infinita paciencia.
—Mamá—oyó la voz de su hermana menor, ella se acercó a su madre—¿le pasa algo a mi hermano?—la niña asomó su cabecita, miró a su hermano mayor—¿estás enfermo otra vez?
—¿Por qué dices eso?—cuestionó enseguida su madre. Limpiaba con discreción algunas lágrimas.
—Se ve pálido, como antes de ir al hospital. Y papá esta preocupado.
—No es nada. Sólo está cansado. Ve a ver televisión—la niña sin creer las palabras de su madre, obedeció, sonrió a su hermano y se marchó a la sala.
Yukimura no tenía nada de que hablar con ella. Aun que siempre lo comprendía y nunca lo dejó solo. Esta vez la ignoró, regresó a su búsqueda del móvil. Movió las sabanas, apartó las tiras del vestido, pero no encontraba nada.
—Te quiero hijo—dijo su madre con dulzura. Yukimura se sobresalto. Se acercó a él, besó su frente—¿lo quieres?
Seiichi no contestó, quedo de la misma manera que con la anterior amenaza de su padre. Aquella mujer entrando a los cuarenta, brillaban sus ojos y era noble su sonrisa. Acariciaba su cabello despacio, hasta aspirar el aroma del shampoo. Suspiró sin contener las lágrimas. Yukimura imaginó que su madre pensaba en los momentos difíciles que habían pasado meses atrás. La angustia de un año perdido en el hospital. Era la misma expresión que en aquellos días. Las manos frías y pálidas que recordaba, recorrían su rostro. A veces pensaba que su madre padecía lo mismo que él, pues cada vez que la tocaba, creía que se desarmaría como los maniquís.
—La decisión que tomes; yo estaré contigo, pase lo que pase—aquella delgada mujer, de cabellos oscuros con aroma de comida, lo abrazó con fuerza, quería atraerlo a ella, regresarlo al mismo lugar del cual salió. Porque tenía miedo. Un miedo creado a base de supersticiones, de leyes medicas, las ideas de su marido, de los peligros en el mundo, los rumores del odio y a causa de sus propios miedos.
—Gracias mamá—sus voces tenían el mismo timbre. Seiichi creyó que si hubiera sido mujer, sería como ella; enseguida reprimió ese pensamiento.
—¿De verdad lo quieres?—volvió a preguntar separándose un poco para poder mirarlo—mira lo que has hecho por él. ¿Vale la pena? ¿Vale la pena pelear con tu padre por él? Lo que hiciste demuestra un valor especial, sólo puede ser movido por el amor, por que éste nos hace cometer idioteces—la voz de su madre sonaba más enérgica. Aunque lo apoyara no dejará pasar la oportunidad de decir lo que en verdad piensa—¿Él lo valorará? A veces ni nostras las mujeres apreciamos las cosas que se hacen por nosotras. ¿Crees que un muchacho sí? ¿Por qué? ¿Que hay de las animadoras que emocionadas te llevaban obsequios al hospital? ¿De los chocolates en San Valentín? ¿De las cartas que enviaban? Recuerdo que lo contabas emocionado. Incluso en segundo año no dejabas de hablar de una compañera de clase. ¿Qué paso? Ya no te gustan las niñas…—afirmó con un nudo en la garganta.
—…No es eso, es difícil de explicar. Sigo mirando a las niñas al pasar, pero…
—Lo amas a él—volvió a afirmar—creo que esto es lo que llaman: "amor ciego" No importa como sea la persona, si es especial, los defectos o prejuicios que se tengan desaparecen. No sé si estar feliz por que eres honesto y valiente; estás enamorado. O furiosa por ser descarado y deshonrar el nombre de tu padre.
Por lo menos su madre era directa. No esperaba felicitaciones por parte de su familia, pero si un poco de comprensión.
—A los quince años… no importa—su madre sonrió, pensaba que sólo era algo pasajero, como el primer amor a esa edad. No había de que preocuparse—vive los momentos de tu vida como si fueran los últimos. Nada dura para siempre Seiichi.
Esas mismas palabras las había dicho su madre en el hospital, a los tres días fue la operación y ahora estaba en casa. "¿A eso se refería?" Pensó Yukimura sin dejar de mirarla. No sabía que pensar, ¿eran buenos deseos o una advertencia?
—Se trata de disfrutar la vida al máximo—volvía a decir ella—cuando estabas en el hospital, dijiste una vez que, para recuperar el tiempo perdido allí, harías miles de cosas, tal vez no te daría tiempo, pero pasará lo que pasará tú harías que el tiempo valiera la pena. ¿No sé si te referías a él también?
Ahora sabía de quien heredó la astucia. Yukimura reflexionó un momento. Sanada siempre estuvo en sus planes. Nadie sabía realmente quien le dio las fuerzas para superar aquella prueba. Entre los buenos deseos de los amigos, el amor familiar y la fraternidad de quienes lo conocían, existía alguien que no lo dejo caer en ningún momento. Que se escapaba a deshoras para poder estar con él. Sanada escuchaba cada detalle mínimo en la estancia del hospital. En medio de proverbios y frases calidas, Seiichi Yukimura pasaba las desoladas noches con esas palabras. Igual que el invierno donde sol tenía un nombre. A él le debía agradecerle su madre por la recuperación. Sin el apoyo moral y la fuerza mental para soportar los retos que le imponía la vida en ese momento, no estaría ahora mirándolo y acariciando el cabello que tanto admiraba. Parecía que todos eran ajenos e ignorantes. Tratados igual a un villano.
—Mamá, si sabes que es pasajero, ¿por qué te preocupas tanto?
Su madre sonrió con ironía.
—Eres muy joven, de nada sirve que hable contigo de detalles que no comprenderás por la edad. En un par de años nos reiremos de esto.
Aquellos días antes de ingresar al instituto, aprovechaba para jugar con su hermanita menor que ingresaría a cuarto años de primaria. Los juegos de mesa habían perdido su interés. A veces miraba películas de terror de la colección de su padre, con quien se habían calmado las tensiones. Después de una tarde viendo los clásicos de terror; su padre explicó detalles de las películas y los actores. Yukimura ya no se sentía tan intimidado por la autoridad de casa. Aun que no dejaba de recordarle ciertos puntos que debería manejar en el instituto.
Con ayuda de su madre, el jardín de la entrada al edificio, lo había modificado, plantando rosas y hasta gardenias. Seiichi se mantuvo ocupado durante las dos semanas siguientes. No había salido de casa, tenía acceso restringido por unas horas a Internet y con vigilancia. A pesar de eso, no se sentía enclaustrado. Yanagi lo visitaba, luego de dos mensajes específicos de la situación. Él le hablaba de Sanada. Lo satisfacía saber que las fricciones terminaron con su madre, aun que se angustiaba por él.
A veces Yanagi servía de mensajero, lo hacía más por diversión y sacar algo provechoso, que por mera fraternidad. Lo encontraba casi poético, una especie de Romeo y Julieta bastante patético que llegó a sentir nauseas de sólo pensarlo. Se divertía con ello.
Contaba los días de regresar al instituto. Lo encontraría y hablaría largas horas con él. Visitarían juntos el club del instituto, jugarían un rato. Lo convencería de ir al cine, de estudiar juntos. Muchas cosas imaginaba en la habitación que remodeló con su padre a petición de éste. Ahora era de un amarillo canario que le recordaba el uniforme de la escuela; los libros estaban en orden y había una repisa cerca de la ventana donde podía cuidar sus geranios y mirar el jardín que adornaba la entrada del edificio. Con todos aquellos campos semánticos, tenía la esperanza de que el siguiente año fuera mejor.
Yagyuu lucía más varonil, incluso más alto que Yukimura, su voz era más grabe, sonaba como todo un muchacho de instituto. Al verlo en la entrada, su felicidad aumento. Era como los tiempos de antaño. Nioh se presentó con su singular caminar y el cabello más largo. Renji comentaba sobre la diferencia del instituto a la secundaría, el ritmo era más veloz y los profesores más exigentes. Bunta hizo una broma sobré si Akaya sobreviviría, esperaban con emoción encontrarlo pronto el año entrante. Jackal era el único ausente. No era malo que decidiera probar estudiar en Brasil, cuando regresará tendría otros conocimientos. Sanada apareció detrás de algunos alumnos conocidos. Yukimura se llevó una fuerte impresión, era él o su hermano mayor, no había diferencia con esa estatura y porte.
—Miremos nuestras clases—sugirió Bunta entrando al pasillo.
Se acercaron al pizarrón.
—¡Yagyuu, estamos en la misma clase!—exclamó Nioh emocionado, no pudo contenerse y cargó a su compañero de la cintura, cual quinceañera. Éste protestó y ordenó que lo bajara inmediatamente.
—Quieren dejar sus… para otro momento, hay mucha gente mirando—Sanada volvía a reprenderlos. Yukimura tenía la sensación de que nada cambiaría.
—Mala suerte, nadie está en mi clase, en cambio "los tres grandes" tienen la misma.
Yanagi confirmó con sus propios ojos y trato de mantener su emoción. En cambio Yukimura sonrió. Esto era mejor de lo que esperaba, en la misma clase con Sanada. El timbre sonó, todos los alumnos corrían a sus salones, nada era igual a la secundaría. Era un mar de jóvenes y choques de estudiantes en las escaleras y pasillos. Como un simulacro.
—Corramos, sino no llegaremos—advirtió Renji y todos se separaron.
Sanada iba al frente de Yukimura, hasta ese momento pudo notar que sus mejillas eran mas redondas y los brazos más anchos. Ahora que analizaba, todos habían cambiado, también Bunta con su nuevo corte de cabello y unos centímetros más alto. Estaba seguro que si veía a Akaya, pasaría lo mismo. Se sintió ajeno a todos ellos. Era el único que no había madurado tanto como ellos.
—Es aquí—oyó decir a Renji y señaló un salón. Entraron de inmediato. Había tres sillas al final, se sentaron.
—No está el profesor—observó Yukimura, miró alrededor, las caras nuevas no dejabas de parlotear y había tres o dos personas que conoció en la secundaría a quienes saludó con un ademán.
—¿Estás nervioso Renji?—preguntó Sanada al notar las manos inquietas de su amigo.
—Un poco, a la mitad del día pasará—contestó tranquilo. Luego desvió su mirada a Yukimura a quien le dedicó una sonrisa.
Ese gesto sólo decía una cosa, nada había cambiado.
"Mi madre una vez más tenía razón. Vive los momentos como si fueran los últimos, quizá más tarde se termine, pero no se olvidará"
—Gen-kun—llamó una joven frente a Sanada—hola, es una suerte que estemos en la misma clase.
—¿Yuki Sarasawua?—preguntó Sanada confundido. La muchacha de cabello castaño y rizos en las puntas le sonreía coqueta.
Renji miró entrar al profesor y Yukimura tenía un mal presentimiento al observar a la jovencita cruzar las piernas y guiñarle un ojos a Sanada.
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Gracias por leer.
Buen día, felices fiestas por que es la fecha. Y sin nada más que comentar, espero que les guste esta última entrega. Siempre que pienso que es la última, resulta que no, que dicen que da para más, bueno, ya veremos, ustedes decidan ^^
Ya saben, críticas objetivas y bla, bla, si hay error de dedo, es noche, el texto fue un poco improvisado al principio pero conforme pasaban las letras y oraciones tomó forma.
Bye bye
