2.- Pánico en el estadio.

Harry respiró hondo; no estaba dispuesto a aceptar nada que estuviese relacionado con ella, excepto el hecho de haberse visto obligado a gestionar la seguridad del estadio que iba a usar el equipo para el que ella trabajaría de ahora en adelante. No quería saber nada de su vida, su trayectoria profesional, o de sus intenciones; aspiraba a quitársela de encima lo antes posible, que ya era mucho decir.

Pensando en todo esto, se colocó el estrafalario brazalete en su brazo izquierdo; refulgía con una luz tan blanca y potente que convertía a todo auror que lo usase en un blanco perfecto para cualquier varita maliciosa; si sus chicos se veían obligados a exponerse de aquel modo, él sería el primero en hacerlo. Kingsley le había dicho que él no tenía porqué llevarlo, que bastaba su sola presencia en el estadio para que todos los magos y brujas allí reunidos reconociesen su identidad y su autoridad de inmediato; pero él tenía muy claro que, o él mismo era el primero en sufrir aquella aberración, o no lo haría nadie. Y que no lo hiciera nadie no era una de las opciones que le habían permitido escoger; en realidad no le habían dado ninguna, él había interpretado las órdenes recibidas con su propio criterio; al menos había logrado introducir la cordura en aquella operación, a través de los aurores infiltrados de incógnito entre el público.

¡Maldito brazalete! Se sentía como una estrella de Navidad en la punta de un abeto lleno de adornos. Con el carácter agriado ya para el resto del día, caminó hacia la puerta principal que daba a las gradas del estadio. Nada más traspasarla, comprobó que este estaba a rebosar de magos y brujas dispuestos a pasar quizá el mejor día del verano, que reían, alborotaban, lanzaban cánticos de ánimo a sus respectivos equipos… Tan distraídos como estaban, y fue llegar él, y todo el mundo giró su cabeza para fijar la vista en su persona, emocionados. ¡Maldito brazalete! – se dijo una vez más.

Sin prestar la más mínima atención a todas las miradas expectantes que seguían fijas en él, localizó a su subordinado más cercano a la posición que él ocupaba, y le hizo las señas pactadas, liberando una cadena de señales entre todos los aurores con identificación del Ministerio de Magia, que concluyó poco después cuando, de su otro lado, le llegaron los mismos gestos, identificativos de que todo marchaba según lo planeado. Sobre la posición de los aurores de incógnito no había problema: había elegido a los mejores del Cuartel General, y ellos sabían perfectamente qué hacer.

Así que se cruzó de brazos y adoptó una postura de descanso militar; había llegado el momento de centrarse en el terreno de juego.

Los Chudley Cannons, como los visitantes que eran en aquel estadio – a pesar de que el recinto no pertenecía a las Holyhead Harpies, sino que había sido montado por el Departamento de Deportes y Juegos Mágicos para tal evento, con intención de que fuesen adoptadas en él todas las estrictas medidas repelentes de muggles- , habían saltado ya al terreno de juego, y se dedicaban a exhibir con pavoneo sus túnicas de un naranja refulgente bajo los potentes rayos de sol del verano, lo que hacía que la bala de cañón que había grabada en cada una de ellas, pareciese salir disparada hacia allí donde su portador emprendía una veloz carrera. En aquella ocasión, la doble C en negro que remataba sus túnicas, no parecía ser más que una mera circunstancia.

El equipo se dedicó a realizar rápidos vuelos alrededor del perímetro del campo, para verdadero deleite de los espectadores; en algunas ocasiones estos vuelos fueron demasiado rasantes al césped, de un modo intencionado, para arrancar exclamaciones de temor y admiración, cuando el jugador en cuestión remontaba el vuelo sin problemas, arrogante.

"Menudos payasos" – Harry se dijo para sí. Aunque tuvo que reconocer que durante gran parte de su infancia y adolescencia, este equipo había sido su propia guía e inspiración. Sonrió por un momento con tristeza: ni él era un adolescente ya, y muy poco era capaz de impresionarle a estas alturas.

De pronto, una intensa ovación hizo centrar toda su atención en el fondo del campo: las Holyhead Harpies habían comenzado a ocupar también el terreno de juego, bajo la emoción que los intensos gritos del locutor del encuentro no dejaba de dedicarles, llenos de alabanzas y de ánimo; una gran parte del estadio había prorrumpido en vítores y aplausos. Las anfitrionas habían hecho su aparición ondeando al viento aquellas túnicas color verde oscuro que tanto impresionaban, aunque mucho más lo hacía la fiera garra dorada sobre su pecho.

Pero algo no iba bien; tras varios vuelos espectaculares de las aguerridas chicas que componían el equipo anfitrión, el público había enmudecido. Se obligó a escrutar a las jugadoras para intentar detectar qué estaba sucediendo, alarmado, y al hacerlo cayó en la cuenta de que la gran estrella por la que todos se habían congregado allí aquella tarde, Ginevra Weasley, brillaba, pero por su ausencia.

- ¡Magos y brujas del Reino Unido y de Irlanda! ¡Amigos del quidditch, ese deporte regio y legendario! – escuchó que la voz del locutor, ampliada por el micro, llamaba la atención del público con veladas promesas de buen espectáculo por el tono que empleaba.

Y se vio obligado a contener una carcajada, al imaginar a la reina de Inglaterra, toda regia y solemne ella, y muggle, por supuesto, pero la única reina existente en el Reino Unido, arremangándose las faldas para subirse a una escoba con intención de ponerse a golpear pelotitas voladoras. A veces las arengas de los locutores para despertar el ardor deportivo en sus oyentes, eran más que ridículas; pero a la gente parecía no importarle.

- ¡Amantes del buen deporte! – el hombre continuó, enardecido. - ¡A continuación, lo que todos ustedes estaban esperando! ¡La magnífica! ¡La única! ¡La inigualable cazadora cuyo espectacular e imparable juego todos hemos deseado contemplar! ¡Ante ustedes: Ginevra Weasley! ¡Cazadora estrella de las Holyhead Harpies durante la próxima temporada! ¡Démosle un cálido aplauso de bienvenida!

El público rompió a ovacionar y a aplaudir a la joven pelirroja, cuando esta entró en el campo como un meteoro y lo atravesó de punta a punta, para después dar un par de vueltas alrededor de todo el perímetro, saludando con la mano, radiante.

Harry sintió cómo su corazón se detenía abruptamente, su estómago subía a su garganta, y un terrible nudo constreñía su columna vertebral como una serpiente perversa. Pero cualquiera que recordase haberle visto en aquel mismo momento, tan sólo alabaría su impasibilidad, su entereza y profesionalidad; nada más, en absoluto.

Aunque la famosísima cazadora pronto se reunió con el resto de su equipo, quienes la recibieron con palmadas en la espalda de compañerismo, los vítores y aplausos entusiastas no cesaron durante varios minutos más.

"Regresa tal y como se marchó: alejada de todo aquello que en algún momento fue o le importó" – Harry afirmó para sus adentros con tristeza. El auror hizo una vistosa señal con su brazo derecho, dirigida a todos los aurores del estadio para que intensificasen su vigilancia; y él mismo se centró en esa tarea.

- ¿Están ustedes preparados para el mayor evento deportivo del verano? – el locutor preguntó al público.

Se oyó un "Sí" rotundo y excitado.

- ¿Están dispuestos a dejar que sus corazones lleguen al borde del infarto?

"Sí" – se oyó de nuevo, más fuerte si cabe.

- ¡Empecemos pues! Pero no sin antes recordar a jugadores y espectadores las faltas que restarán puntuación a ambos equipos.

Los abucheos se oyeron por doquier.

"Tú sí que eres tocapelotas" – pensó Harry – "Todo el mundo conoce a la perfección esas faltas que al final siempre se acaban cometiendo; déjate de historias y vamos al asunto".

- Está prohibido hacer al contrario blagging, blatching, blurting y cobbing a todos los jugadores; bumphing a los golopeadores; flacking a los guardianes, haversachking, stooging y quaffle pocking a los cazadores, y snitchnip a todos menos a los buscadores. Y por supuesto, ¡prohibido usar las varitas contra el contrario, las escobas o las pelotas, chicos y chicas!

Ante esta última frase, la gente prorrumpió en una sonora carcajada.

- ¡Ahora sí! ¡Que empiece la fiesta! – el locutor gritó con todas sus fuerzas.

Y el estadio se vino abajo en aplausos y ovaciones.

Los jugadores de ambos equipos corrieron a tomar sus posiciones en el campo, e inmediatamente después el árbitro del encuentro liberó las dos pesadas bludger, que comenzaron a rondar el terreno de juego en busca de jugadores a los que golpear sin piedad. La switch dorada no se manifestó, por el momento. Nada más aparecer la roja quaffle en escena, Ginevra Weasley se hizo con ella en una arriesgada maniobra y sin pensarlo siquiera, la arrojó por encima del hombro a su compañera mejor situada para anotar un tanto, en una jugada de Reverse Pass que hizo enloquecer al público. Totalmente alerta, de inmediato su compañera batió al guardián del equipo contrario sin apenas darle tiempo a darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Los espectadores comenzaron a corear el nombre de Ginevra Weasley con auténtica devoción, pues no sólo había comenzado a demostrar que era la mejor, sino que también era capaz de mostrar generosidad y compañerismo en aras del buen juego de su propio equipo.

En su puesto de control, Harry bufó por lo bajo, infinitamente molesto.

El guardián de los Cannons ya iba a poner la quaffle en funcionamiento de nuevo, cuando un terrible estruendo se adueñó de todo el estadio; el ruido fue tal que el público comenzó a mirar hacia todos lados lleno de alarma, esperando que una de las gradas, o quizá varias, se hubiesen hundido, dando con los huesos de decenas de magos y brujas en el suelo. Pero nada de esto había sucedido; en cambio, el hueco de los tres aros de ambos equipos se llenó de una luz cegadora. En un principio no podía distinguirse silueta alguna en estas seis figuras, pero cuando el cegador brillo comenzó a atenuarse, poco a poco una marca que todos bien conocían, pero que creían haber dejado atrás y olvidado desde hacía mucho tiempo, encogió todos los corazones: la Marca Tenebrosa se reveló no una, sino seis veces, ante las atónitas y aterradas miradas de todos los espectadores.

Harry no podía dar crédito a sus ojos, pero no se frenó a pensar en lo que veía o sentía por ello, sino que inmediatamente hizo aparecer un majestuoso patronus en forma de ciervo, grabó en él un mensaje claro y conciso, y lo hizo recorrer todas las gradas en busca de los aurores que debían escucharlo y actuar en consecuencia.

"Los que lleváis lo brazaletes, impedid que la gente se dirija en tromba hacia las salidas, y que se atropellen en su huída; contened cualquier agresión producido por los espectadores debido a los nervios. Y los de incógnito, reuníos conmigo en el campo de juego y tened prestas las varitas para repeler cualquier ataque proveniente de agentes externos que pueda producirse" – decía sin más.

En su rápida carrera hacia el campo de juego, el auror, como había previsto, se topó con gente aterrorizada, que no pudiendo abandonar el campo a través de un traslador o de la desaparición, pues debido a las aglomeraciones que se creaban durante los partidos de quidditch estaba totalmente prohibido hacer ambas cosas dentro del estadio, había optado por apresurarse a alcanzar las salidas, en un desesperado intento por protegerse. Intentó pasar entre todos ellos, pues los aurores se estarían encargando ya de calmar al público y retenerlo hasta lograr que el desalojo del recinto se hiciese de un modo seguro y ordenado; pero al no conseguirlo y darse cuenta de que la situación empeoraba por momentos, conjuró un nuevo y esta vez gigantesco patronus, que dirigió hasta el centro mismo del campo, y que inmediatamente bramó con su propia voz:

- ¡Todo el mundo quieto!

Había conjurado al animal a la desesperada, con la alocada esperanza de evitar atropellos que causasen heridos, y quizá muertos; pero no había creído en el rotundo éxito que iba a lograr su iniciativa: nada más escuchar al animal, y girarse sin poder evitarlo para verlo, habiendo reconocido la voz del auror, la mayoría de la gente que corría alocadamente hacia la salidas, se detuvo en seco, momento que él aprovechó para reanudar su rápida carrera hacia el centro del campo, donde muy pronto se reunió con todos sus hombres que, hasta hacía unos momentos, habían permanecido de incógnito y que ya habían acordonado todo el perímetro del campo para proteger a los catorce jugadores, al árbitro, y a todo el personal allí congregado de posibles ataques, ya fuesen de mortífagos, como en un principio todo indicaba, o no lo fuesen.

- ¡Ningún mortífago va a atacar a nadie hoy aquí! – Harry prometió, tajante, usando todavía su majestuoso patronus para ampliar el volumen de su voz, y darle eco. - ¡Todos ustedes están protegidos por la élite del Cuartel General de Aurores! ¡Así que tranquilícense, y vayan creando poco a poco una fila en cada salida del campo para abandonarlo sin contratiempos! ¡Hay aurores ya apostados fuera del recinto! ¡Así que tampoco ahí nadie será atacado! ¿Entendido? ¡Mantengan la calma, y márchense a sus respectivos hogares nada más salir del estadio! ¡El Departamento de Seguridad Mágica les informará de los resultados de la investigación realizada sobre lo que aquí ha sucedido nada más obtenga un resultado! ¡Tienen mi palabra!

Un leve y persistente murmullo se adueñó de las gradas, nada más Harry hubo terminado de dar sus indicaciones; la gente parecía poco convencida, pero para la mayoría, la palabra de Harry era casi sagrada y confiaban en ella a pies juntillas. Así que hicieron como él les ordenaba y poco a poco el estadio se fue desalojando fluidamente, sin contratiempos.

Harry no abandonó su postura firme, ni disolvió su patronus, hasta que el último de todos ellos se hubo marchado, y tan sólo quedaron dentro del estadio los más de cincuenta aurores que él había convocado para garantizar la protección del evento, y los catorce jugadores junto al árbitro que, totalmente sorprendidos, observaban al auror con auténtica admiración. Incluso Ginevra Weasley hubo de reconocer la heroica y casi imposible labor que el hombre había realizado, al impedir que los heridos y los muertos se multiplicasen por doquier, siendo arrollados por sus compatriotas allí reunidos. Superado por el exagerado gasto de magia que aquel patronus le había ocasionado, no pudo evitar echar una rodilla a tierra, exhausto.

- ¡Harry! – Ron abandonó la formación, nada más verlo desfallecer, y corrió a ayudarle a sostenerse, preocupado.

- No es nada; ya pasó – respondió el moreno, poniéndose en pie nuevamente, sin ayuda.

No podía permitirse el lujo de mostrar debilidad ante gente ajena al personal a su cargo.

Muy lentamente, las maléficas figuras que se habían manifestado en el hueco de los seis aros del campo de juego, fueron difuminándose hasta lograr disolverse minutos después. Tras ello, un silencio sepulcral se adueñó del estadio por completo.

Todos los auores, tanto los que llevaban brazaletes identificativos como los que no, se congregaron en torno a Harry; tan sólo una veintena de ellos fueron asignados por el auror para continuar protegiendo a jugadores y árbitro.

- Ya sé que es tarde, pero os quiero a todos en el Cuartel General de Aurores hasta nueva orden – el jefe ordenó, contundente. - Yo llegaré allí en cuanto pueda.

Todos asintieron en silencio, y marcharon a cumplir la orden recibida.

Seguidamente, Harry se reunió con ambos equipos, el árbitro y los aurores que habían quedado a cargo de su custodia; no dedicó ni una sola mirada a Ginevra, quien intentó no dar muestras de especial interés por su persona, más allá de las que todos sus compañeros estaban mostrando debido a las extraordinarias circunstancias que allí se habían vivido.

Pero lo cierto, es que Ginny se sintió apunto de desfallecer. Desde aquel fatídico día en que todo había terminado entre ambos de forma tan abrupta, ella jamás había vuelto a tenerlo tan cerca, a pesar de que noche tras noche y en absoluto secreto, desde entonces, ella había soñado con él de mil maneras distintas, pero siempre bien pegadito a su cuerpo.

- Ha sido flipante – Lon Voltrood, buscador de los Cannons, afirmó, alucinado. – Tío, has evitado una auténtica tragedia – dijo a Harry con admiración.

Todos los demás asintieron con énfasis.

- No me jodas que los putos mortífagos han vuelto a hacer de las suyas – Live Meier, buscadora y capitana de las Harpies, añadió, al parecer más cabreada que preocupada por aquella muestra de malvado poder que se había manifestado en el terreno de juego.

- Sinceramente, señorita, tengo motivos para dudar de que los mortífagos tengan nada que ver en en lo que ha sucedido hoy aquí – el jefe de aurores sentenció con seriedad. – A pesar de ello, no voy a descartar ninguna línea de investigación, hasta que los sucesos aquí acaecidos queden explicados por completo y el culpable, o culpables, de ellos, paguen por aterrorizar de este modo al personal asistente al evento. Tal y como yo esperaba, no se han producido ataques, más allá de los causados por los propios espectadores, provocados por el miedo; parece más un acto reivindicativo; de qué, eso está por ver.

- Pues mira que usar la dichosa marquita para llamar la atención… - Winona Wood, la guardiana de las Harpies, lamentó. - ¿Quiénes pueden ser? ¿Detractores del quidditch? ¿Alguna asociación medioambiental, quizá?

- No adelantemos acontecimientos, señorita. Por prudencia, un auror va a acompañar a cada uno de ustedes a sus respectivos hogares. Y por supuesto, el partido queda suspendido hasta que los acontecimientos sean aclarados.

- ¡No! – Ginevra Weasley gritó, de pronto, mostrándose repentinamente nerviosa.

- ¿No qué, señorita? – Harry dirigió su severa mirada hacia la pelirroja, por vez primera.

- Nadie va a acompañarme a mi casa; iré yo sola, y punto. No es negociable – ella afirmó con rotundidad, sin poder evitar desviar su mirada por un momento.

- Usted tiene razón, no es negociable. Aquí mando yo, hasta que pueda garantizarse la seguridad de todos ustedes, y usted hará, ni más ni menos, que lo que yo ordene – él respondió con frialdad, haciendo valer toda su autoridad.

- No lo permitiré – la mujer se empeñó en negarse, mostrándose excesivamente nerviosa y empeñada en el asunto.

- ¿Pero por qué? – Winona preguntó a su compañera, extrañada. – El Sr. Potter tiene razón, es mucho mejor que alguien nos acompañe a casa, no sea que algún mortífago, o loco, o quien sea, nos esté esperando para rematar lo que aquí no ha querido o no ha podido hacer.

- Porque no, y punto.

- ¡Esto se acabó! – Harry gritó, harto de tanta tontería. – Yo mismo me encargaré de dejar a la señorita Weasley sana y salva en su casa. Los demás, acompañad al resto y, tras ello, regresad al Ministerio de Magia.

- Sí, señor – un auror aceptó la orden por todos los demás.

- Bien. Señorita Weasley, ¿piensa cooperar conmigo, o voy a tener que inmovilizarla y obligarle a que me revele la dirección donde vive, para que pueda cargármela al hombro y hacerla llegar a su casa sin contratiempos? – Harry preguntó a la chica con voz de abierta amenaza, haciéndola sentir en parte humillada.

El rostro de Ginny enrojeció como la grana y ella desvió la mirada, sintiendo una rabia y una vergüenza que le corroían las entrañas.

- No será necesario, Sr. Potter, le guiaré de buen grado – aceptó finalmente, soltando las palabras con veneno en la voz.

- Se agradece.

- En el Ministerio de Magia dentro de media hora – recordó a los aurores. – Señorita Weasley, cuando guste.

~~o&0O0&o~~

Un cuarto de hora después, Harry y Ginny aparecieron ante una modesta pero coqueta casita, situada en un pueblo de la más bella campiña inglesa. Nada más hacerlo, Harry soltó la presión que había ejercido sobre la mano derecha de la mujer, ya que había sido él quien se había encargado de realizar la desaparición y aparición para ambos.

- Sitúese entre la puerta y yo – él ordenó a la mujer, mientras enarbolaba su varita y escrutaba los alrededores en busca de amenazas.

Pasados unos segundos, cuando el auror se hubo convencido de que nada ni nadie iba a intentar agredirles allí, guardó de nuevo su varita y se encaró con la mujer, severo. Con un gesto de la mano, indicó a Ginny que abriese la puerta de la casa.

Ella, temblorosa como una hoja de otoño, extrajo una pequeña llave del monedero de piel de moke que había recuperado en los vestuarios del estadio, y tras un par de intentos totalmente infructuosos, logró encajar la llave en la puerta, haciéndola girar en la cerradura hasta que esta se abrió. Tras ello, pasó dentro y quedó paralizada, a la espera de lo que pensara hacer él.

- Buenas noches, señorita Weasley – Harry deseó a la chica, sin traspasar el umbral de la puerta. – Intente no exponerse demasiado mientras el Departamento de Seguridad Mágica trata de esclarecer lo sucedido en el estadio. Mantendré informado a su equipo de los progresos alcanzados durante la investigación.

Y dicho esto, cerró la puerta ante él, tras una leve inclinación de cabeza a modo de despedida.

Ginny no supo cuánto tiempo permaneció frente a la puerta ahora cerrada, mirándola fijamente como si esta ejerciese una extraña atracción que ella no era capaz de evitar. Era imposible pensar, todos sus sentidos se habían adueñado por completo de ella, tomando su ser al asalto y logrando que se descontrolara.

Al notar una ligera presencia a su espalda, ella se giró lentamente, reconociendo al momento a su tía abuela Tessi, quien la observaba con la más absoluta estupefacción en el semblante; aquello fue el detonante para que Ginny estallara en un llanto desgarrador, se llevase la mano derecha al corazón y apoyase la espalda contra la puerta, para dejarse resbalar por ella hasta el suelo, destrozada.


Comentarios de la autora:

Pues aquí estoy de nuevo, con el segundo capítulo de este fic que parece estar tirando de mí como loco para que no deje de actualizarlo. Pero eso sí, esta semana no habrá más actualizaciones, que se acerca el fin de semana y durante esos días no puedo, ni quiero, hacer más que disfrutar de mi familia.

Quiero agradecer su inmensa generosidad (y curiosidad, jeje) a todo el mundo que ha dado una oportunidad al primer capítulo de este fic, pero en especial a esas cuatro personas que me han dejado cuatro mensajes como cuatro soles, y que me han alegrado la semana: GLLNMR, cieloskie, chiisitax y Celtapotter.

Hasta la semana que viene.

Rose.