4.- Sacudidas emocionales.
Aquel domingo, tal y como había prometido a Ron —pero sobre todo a sí mismo— Harry se propuso pasarlo por completo con Teddy. Su prometida, Cho Chang, le facilitó mucho esta tarea, ya que en cuanto Harry le propuso pasar un día en familia, en el campo, con su ahijado Teddy, ella se excusó diciendo que hacía tiempo que había acordado pasar ese día con sus mejores amigas. A Harry no le pareció una excusa muy convincente, pues no conocía de ninguna mujer que realmente fuese una buena amiga de su novia —aunque aduladoras no le faltaban, sobre todo debido a la gran fortuna de su padre—, pero como favorecía sus propios planes, aceptó las palabras de la morena sin rechistar; eso sí, que Cho rechazase tan rápidamente y con tanta contundencia pasar tiempo con Teddy le dio mucho en qué pensar.
Y estaba sumido en sus pensamientos, precisamente, mientras Teddy se dedicaba a quitar el envoltorio a las ranas de chocolate que él le había regalado, con la intención, más que de comerlas, de comprobar si el cromo de celebridades que le salía en cada una de ellas era nuevo en su amplia colección o pasaba a formar parte de los "repetidos con los que negociar" con sus amigos de Hogwarts durante el próximo curso.
Los dos descansaban sentados al borde de un pequeño riachuelo, con los pantalones remangados y los pies metidos en el agua, dejándose refrescar y deleitándose con la suave corriente que discurría entre ellos.
— ¡Vaya! —Teddy exclamó, de pronto, asombrado, sin dejar de observar fijamente el cromo de la última rana de chocolate que acababa de desenvolver.
— ¿Qué pasa? —Harry quiso saber, alertado por el grito. Había sido devuelto de golpe a la realidad.
—El profesor Longbottom me ha sonreído —el niño aseguró, alucinado.
Harry vio que, entre las pequeñas manos del niño, se hallaba un cromo con una figura enmarcada, en cuyo pie podía leerse: "Neville Longbottom". Inmediatamente sonrió con calidez, recordando a uno de sus mejores amigos. Lo sorprendente fue que un segundo después habría jurado que la figura de la foto le había guiñado un ojo, también sonriente; tras lo que había desaparecido sin dejar rastro.
—Menudo figura —Harry afirmó, divertido —. ¿Ese cromo ya lo tenías?
—No; hacía mucho tiempo que lo andaba buscando; es uno de los más codiciados en Hogwarts porque casi todos los alumnos admiran al profesor Longbottom—Teddy afirmó con pasión —. Menos los Slytherin.
—Menos los Slytherin, claro. ¿Y a ti qué te parece?
— ¡Que es el héroe más alucinante que he conocido nunca! Si no te cuento a ti—el niño se apresuró en añadir, azorado. A lo que Harry soltó una sonora carcajada.
—Yo tan sólo quiero ser como un padre para ti; nada más. — Comenzó a hacer cosquillas a su ahijado y se vio obligado a retenerlo con fuerza entre los brazos para que este no cayera al agua, pues había comenzado a retorcerse, presa de la risa. — ¿Eres feliz? — le preguntó con voz seria, sin dejar de estrecharlo en un abrazo.
—Claro que soy feliz — Teddy respondió con tanta obviedad, que Harry no pudo evitar enarcar una ceja, sorprendido —. Eres el mejor padrino del mundo —añadió, rotundo—. Eres el único padre que he conocido —miró a Harry con tanta devoción, que al joven se le ensanchó el corazón, lleno de amor por él.
Por un momento, Harry mantuvo la mirada de Teddy con intensidad.
— ¿Eres feliz estando con Cho? ¿Lo pasáis bien juntos cuando ella te cuida? —preguntó por fin, preocupado.
—Bueno…
— ¿Y ese "bueno"? — Instintivamente, volvió a abrazar a su ahijado, protector —. Siempre has podido contarme cualquier cosa que te pase, lo sabes; y esta vez tampoco va a ser distinto.
—Bueno… yo no puedo ser feliz con alguien que no es feliz estando conmigo —miró a su padrino, preocupado por haberle contrariado con sus palabras; pero Harry le había pedido la verdad, y esa era la única verdad para él.
— ¿Cho no es feliz estando contigo? ¿Te lo ha dicho ella? — Harry no salía de su asombro; aquella afirmación era la última que habría esperado escuchar, pues la chica no cesaba de asegurarle que era todo un placer para ella cuidar del ahijado de su prometido. ¿Ron iba a tener razón, finalmente? —no pudo evitar preguntarse.
—No hace falta que lo haga, padrino; cuando alguien no es feliz estando conmigo lo noto; y cuando está conmigo, ella es tan feliz como pueda serlo un Malfoy dando la libertad a uno de sus elfos domésticos.
— ¿Qué sabes tú de los Malfoy? — el estupor de Harry no paraba de crecer.
—Te he escuchado hablar de ellos miles, millones de veces, cuando crees que no estoy prestando atención; y también a la tía Hermione y al tío Ron; ellos dicen que son las personas más crueles que uno pueda echarse a la cara —el niño afirmó, cruzándose de brazos—. Ya soy mayor para que me sigas ocultando las cosas.
—Yo no quiero ocultarte nada; lo que pasa es que me gustaría que ciertos… asuntos, no te salpiquen —le explicó con tristeza; tomó nota mental de llevar más cuidado con las conversaciones que mantenía en presencia de un niño que acababa de demostrar que ya no lo era tanto—. ¿No será que le has cogido un poco de manía por tener que compartirme con ella, de ahora en adelante? —intentó enfocar el asunto que les ocupaba de un modo distinto.
— ¡Yo no soy así! ¡Ojalá tú te enamorases y te casases! ¡Pero con alguien que te quiera de verdad! ¡No con ella! — Teddy gritó con pasión, ofendido, algo muy raro en él. Y al darse cuenta de lo que acababa de decir, su rostro enrojeció como un tomate—. Lo siento padrino, yo no quería…. — Las lágrimas estaban apunto de saltarle de los infantiles ojos, y Harry lo abrazó con todas sus fuerzas, intentando tranquilizarlo a pesar del caos que había estallado en su propio corazón.
¿Cómo un niño tan pequeño se había dado cuenta de algo que él intentaba negarse a sí mismo con tanta obstinación? Ni él amaba a Cho Chang, ni ella lo amaba a él; y aunque se empeñase en afirmar a los cuatro vientos que el amor no era importante en la vida, al menos en la suya sí lo era; y de qué modo. ¿Qué estaba intentado hacer, entonces? Y lo que más le preocupaba: ¿Cómo sus propios actos podían afectar a sus seres queridos? Aquello era algo que no iba a tener más remedio que meditar profundamente, antes de tomar decisiones tan trascendentales como la de casarse sin amor.
—Está bien, hijo, no pasa nada; nada…—aseguró a su ahijado, sin embargo.
El silencio se hizo entre ambos, unidos por aquel abrazo que decía más que mil palabras.
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Aquella mañana de domingo, Ginny, sentada en una silla ante la mesa de la sala de estar, se sostenía la cabeza con una mano, con fastidio, sin poder evitar desviar la vista de una foto que parecía devolverle la mirada, descaradamente, desde una de las páginas centrales de El Profeta de aquel día. Aprovechando que la tía Tessi, y también James, aún dormían, la joven pelirroja daba rienda suelta a toda la agitación, toda la zozobra, que mantenían a su corazón en un naufragio permanente desde que, hacía tan sólo un día, se había reencontrado con Harry de un modo tan abrupto.
Una lágrima solitaria discurría hacia su barbilla, que se secó con el dorso de la mano con rabia, sin decidirse a pasar la maldita página que tanto la estaba trastornando y que a la vez proporcionaba tanta calidez a su maltrecho corazón. En un arrebato de furia lleno de frustración, cogió un rotulador negro que había sobre la mesa, de los que James usaba para pintarrajear lo que deberían ser hojas de papel en blanco —que demasiado a menudo no lo eran— y dibujó unas cejas de sátiro y un exagerado bigote en el rostro apuesto del hombre moreno que seguía mirándola con descaro. Inmediatamente se arrepintió y ejecutó un hechizo "Obliteración" para eliminar todas las marcas que había hecho tan a la ligera. En cambio, estampó un dulce beso en los labios del hombre de la foto y afirmó: —Si tú supieras…
De pronto, el sonido del timbre la sorprendió, logrando que se pusiese de pie de un salto. Nadie conocía su paradero, ni siquiera el entrenador de las Holyhead Harpies o los miembros del equipo; nadie excepto… ¿Y si era Harry quien aguardaba ante su puerta? Aquel pensamiento le producía mareos por la excitación llena de temor que le hacía sentir.
Recomponiéndose lo mejor que pudo, caminó hasta la puerta; había decidido abrirla, fuese quien fuese quien aguardase tras ella; no podía continuar viviendo siempre con aquel temor a toparse con él, no, si realmente deseaba volver a vivir en el Reino Unido. Al abrirla, quedó petrificada: del otro lado, no era Harry, sino su hermano Ron, a quien no había visto en casi cinco años, quien le ofreció una sonrisa cariñosa.
—Ron… ¡Ron! –dejándose llevar por sus sentimientos, se abalanzó sobre su hermano y se abrazó a él con todas sus fuerzas—. ¡Cuánto te he echado de menos!
— Vaya… —él respondió, abrazándola también, emocionado —. Teniendo en cuenta que no has venido a vernos en casi cinco años, y que cada vez que yo he intentado ir a verte siempre has tenido una escusa "oportuna" para dejar la visita para otra ocasión, me sorprende, la verdad.
— Pues claro que te he echado de menos. Las cosas han tenido que pasar así, pero…
— ¿Qué cosas, Ginny? — Él la miró a los ojos con dureza, exigiendo una respuesta que no llegó, pues ella quedó en silencio—. Bueno, da igual por el momento. ¿Puedo pasar?
— ¡No! N-no, Ron—ella suavizó su tono de voz, intentando mostrarse tranquila—; prefiero que no lo hagas; la casa está patas arriba y…
— ¿Desde cuándo ese ha sido un problema entre nosotros? Ginny, soy tu hermano.
—Para mí sí lo es. Vamos a charlar a la cafetería del pueblo, si te parece; allí estaremos tranquilos.
—Como quieras. — Él aceptó, resignado, con el fin de lograr desentrañar el misterio que la había mantenido lejos de él y de toda la familia durante tanto tiempo, por fin.
Ginny cogió su chaqueta de un perchero que había junto a la puerta, cerró la puerta con llave, y condujo a su hermano hasta una acogedora cafetería situada en uno de los edificios más antiguos y con más encanto de la pequeña villa que ella había elegido para ocultar su gran secreto. Ya sentados a una mesa, con sendos cafés calientes ante ellos, la pelirroja cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de cómo Ron la había localizado.
— ¿Cómo has logrado encontrarme? —le preguntó a bocajarro, suspicaz.
— ¿Te molesta que lo haya hecho? —él respondió del mismo modo.
— Esa no es la cuestión, Ron. ¿Cómo has sabido dónde estaba? —insistió, temerosa de que el secreto que había estado guardando tan celosamente hubiese sido finalmente desvelado.
— Harry me ha dicho dónde encontrarte —él dijo sin más, mientras la miraba fijamente a los ojos.
Al escucharle, Ginny, sin darse cuenta, enrojeció como una colegiala. Intentó decir algo, pero Ron la detuvo alzando una mano.
—No vas a hablar mal de él delante de mí —dejó bien claro. Y Ginny soltó una exhalación, pero calló.
— ¿Vendrás a La Madriguera, a ver a papá y a mamá? —se centró en el asunto por el que había venido a verla, además de por él mismo.
— ¿Ellos querrán verme? — Ginny objetó con vergüenza.
— ¿Pero qué estás diciendo, tonta? ¡Ellos se mueren por verte! No puedes imaginar cuánto han sufrido por ti durante estos largos años en que tú has decidido permanecer alejada de nosotros.
—Oh, Ron, lo siento tanto… —él hubiese deseado decirle "¿Y por qué lo has hecho, entonces?" pero decidió no buscar pelea con ella; al menos no aquel día—. Está bien, iré… un día de estos.
—Un día de estos, no; mañana mismo te quiero allí, si todavía te consideras mi hermana —. Aquello no era una amenaza… o quizá sí lo fuera; estaba harto de la desconfianza de su hermana pequeña, de su distancia. Su voz, más que sus palabras, afectó profundamente a Ginny, quien tomó una rápida decisión.
—Lo haré, Ron; mañana por la tarde iré a visitarles, sin falta —prometió.
—Bien. — La tomó por ambas manos, intentando transmitirle su calor y su cariño—. ¿Por qué lo hiciste, Ginny? ¿Por qué te alejaste de nosotros sin darnos un motivo siquiera, por pequeño que fuera? — Había ruego en sus palabras, un deseo loco de recuperarla de una vez y para siempre. Y ella estrechó con cariño las manos que tanto adoraba, pero se mantuvo firme; no por ella misma, sino por defender su "secreto".
— Mira, Ron, sólo una cosa te pido: si todos queréis que volvamos a ser una familia, respetad mi silencio hasta que yo esté preparada para romperlo —le acarició la mejilla con ternura, rogándole con aquel gesto cariñoso que tuviera paciencia.
— ¡Mierda! — Ron sacudió la cabeza con fuerza, frustrado—. ¡Eres la mujer más cabeza dura que me he echado a la cara!
— ¿Más que tu adorada Hermione?
— Ella está fuera de todos los rankings – él rezongó, molesto. Y Ginny rió, divertida.
— ¿Vas a respetar mi decisión, entonces?
— Lo haré, si eso es lo que quieres. Y avisaré a papá y a mamá de que no te pregunten nada… ¡de lo que más desean saber! ¡Por Merlín!
— Gracias, Ron; eres el mejor hermano del mundo —volvió a besarle para reforzar aquella afirmación.
— Un blando, es lo que soy. Bueno… es hora de que me marche; tan sólo he venido a pedirte que vengas a ver a papá y a mamá, y eso ya lo he hecho. — Las defensas del joven pelirrojo habían hecho acto de presencia, de pronto—. Hasta mañana, hermanita; y más vale que no te retrases.
— No lo haré. Hasta mañana, entonces —ella afirmó, dejándole marchar, a sabiendas de que aquel reencuentro había sido tan duro para él como lo estaba siendo para ella.
Aún sentada ante el café que se enfriaba en su taza, Ginny lo observó marchar, pensativa; en aquel momento, no podía evitar sentir que le debía una, y una muy grande… a Harry. Pensar aquello la abofeteó con crueldad.
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James Sirius bajó las escaleras, aún en pijama, mientras se frotaba los ojos de forma descuidada, intentando terminar de despejarse. No sabía porqué, pero a pesar de haberse marchado a la cama lleno de sueño la noche anterior, al poco rato de haberse dormido despertó bruscamente, y le costó lo que le parecieron auténticos eones volver a conciliar el sueño. Tan sólo el constante e insistente ruido producido por su barriga había acabado obligándole a levantarse de la cama tan temprano y caminar hacia la cocina, en busca de algo con qué llenarla. Esperaba que su madre estuviese allí, o en cualquier lugar de la casa, pero despierta; se moría por echarse en sus brazos para que ella le estampase uno de sus "súper enormes besos de bruja", como solía llamarlos para que él no parase de reír. Instintivamente, revolvió aún más su rebelde pelo moreno, mientras sus brillantes ojos color esmeralda oteaban a su alrededor, y sus oídos atentos a cualquier ruido que se escuchase en la casa, por mínimo que fuera. También había deseado que la tía Tessi no se hubiese levantado todavía, para poder tener a su madre toda para él, como tanto le gustaba; pero al permanecer unos cuantos segundos escuchando, llegó a la conclusión, decepcionado, de que ni su madre ni su vieja tía se habían levantado todavía; la casa permanecía en absoluto silencio. Pero él seguía teniendo tanta hambre que acabaría con la primera cosa aparentemente comestible que le pusiesen por delante.
Así que, ni corto ni perezoso, terminó de bajar las escaleras y entró en la cocina, yendo directo a la nevera; sacó una gran jarra de leche y llenó un vaso a rebosar con ella; la habría calentado con un encantamiento de aire caliente —que había copiado de su madre, después de habérselo visto hacer en un montón de ocasiones, y que nadie sabía que podía ejecutar— pero decidió hacer caso a esta, quien le había advertido que si ejecutaba magia sin su presencia, se le podía caer el pelo. Muy en el fondo, él no creía que por ejecutar un hechizo, que ella utilizaba un día sí y otro también y que jamás la había dejado calva, fuese a caérsele el pelo; pero por si acaso, siempre había tomado la advertencia de un modo literal. Guardaba todos los hechizos que era capaz de ejecutar para la soledad y protección de su propia habitación, donde sentía que nada malo podía suceder, pasase lo que pasase.
Resignado a tomar la leche fría porque mamá tampoco le permitía usar los fogones —con magia o sin ella— buscó en la alhacena un paquete de galletas que estaba a rebosar, lo cogió entero, e hizo malabares para llevar ambas cosas hacia la sala de estar, donde su madre había hecho instalar una televisión muggle que emitía los dibujos animados que a él tanto entretenían, sobre todo en momentos como aquel.
Le vino justo para llegar hasta la mesa de la sala de estar y depositar la leche y las galletas sobre ella de un modo apresurado, tanto, que no pudo evitar que las galletas se desparramasen sobre el periódico que, seguramente, había estado leyendo su madre. Ella se ponía hecha una furia si él husmeaba en los periódicos, y siempre los escondía donde él no pudiese encontrarlos; así que encontrar uno abandonado de un modo tan descuidado fue toda una promesa de aventuras para él. Apartando las galletas con entusiasmo, fijó la vista en las imágenes del periódico, y su asombro fue tanto y tan grande, que apunto estuvo de caer de la silla donde había comenzado a acomodarse: él mismo se miraba desde la foto del periódico; no, no se había vuelto loco; había parpadeado montones de veces y cuando abría los ojos, siempre estaba él mismo devolviéndose la mirada, sonriente; eso sí, mucho mayor de los cuatro años que él tenía en ese momento; todo un adulto, quizá de la misma edad que su mamá. ¿Qué magia alucinante era aquella? — Se preguntó con la boca abierta—. Seguramente, si era capaz de descifrar alguna de las palabras que acompañaban a aquella foto, lo sabría.
Por suerte para él, era perfectamente capaz de leer cualquier texto, siempre que estuviese escrito en letras mayúsculas; las minúsculas se le resistían aún —se vio obligado a admitir—y en aquella página había un titular escrito en enormes y perfectas mayúsculas: "HARRY JAMES POTTER, NUEVO Y FLAMANTE DIRECTOR DEL DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD MÁGICA DEL MINISTERIO DE MAGIA INGLÉS". Leyó una y otra vez aquel titular: esa persona no era él, sino alguien llamado Harry James Potter; pero era tan parecido a él que le había hecho confundirse por completo. ¡Y se llamaba James, como él! De pronto, un pensamiento cruzó su mente como una exhalación: ¿Y si ese Harry James Potter era su padre? ¿Era eso posible? ¿Por eso su madre había dejado el periódico abierto por aquella página, para que él lo viera? Dudaba sobre esto último profundamente, pero la primera pregunta que se había formulado, cuanto más se la repetía, más seguridad hallaba en su interior de que había hallado la respuesta correcta.
Recordó lo que su madre le había contado sobre su padre: era un hombre apuesto, amable y honesto, un héroe que había salvado a los magos ingleses en numerosas ocasiones… y muy parecido a él. Jamás le había revelado su nombre, pues decía que su padre no podía estar con ellos para protegerles… aunque tampoco nunca le había contado de qué debía protegerles. Le había asegurado una y otra vez que ella y su padre se habían querido mucho, tanto, que con el tiempo de ese amor había nacido él. Su mente bullía a una velocidad de vértigo, planteándole millones de preguntas que no tenía ni idea de cómo responder: ¿Por qué los había dejado? ¿Por qué él no podía ni siquiera conocer su nombre? ¿De qué había tenido que protegerles? ¿Y eso tan malo seguía siendo una amenaza ahora? Entendía que su padre no estuviese con ellos cuando vivían en Canadá pero, ¿y ahora, que habían regresado a Inglaterra? ¿Podría estar con ellos ahora? Algo en todas aquellas preguntas no encajaba; o más bien, en todas las respuestas que su madre le había dado para acallar la mayoría de ellas, cada vez que él se las había formulado.
A sus cuatro años recién cumplidos, conocía lo suficiente a su propia madre como para intuir que siempre que él le preguntaba por su padre, ella respondía con evasivas y con frases más dignas de uno de los cuentos infantiles que ella a menudo le contaba, que con una realidad que él fuese capaz de entender y asimilar; y siempre estaba aquella profunda tristeza en sus ojos, al recordarlo.
Hasta ahora, nunca había sabido cómo sortear las profundas barreras que su madre había interpuesto entre él y todas las respuestas verdaderas; no podía preguntar a la tía Tessi, porque se encontraba, una y otra vez, con las mismas respuestas que le habría dado su madre; las dos se habían puesto de acuerdo para responderle lo mismo, seguramente. Pero ahora tenía a quién preguntar: Harry James Potter. Si no era su padre, al menos sabría ponerle sobre su pista; pero en el fondo, sabía perfectamente que él era su padre, que su búsqueda había terminado por fin.
Armado de un valor y de una resolución que sólo los niños pueden tener, comenzó a trazar su plan: HARRY JAMES POTTER; DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD MÁGICA; MINISTERIO DE MAGIA INGLÉS. Por tanto, tenía que buscar a Harry James Potter en el Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio de Magia Inglés. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo alejarse de la casa sin que lo supiese su madre, ni su tía Tessi? ¿Y cómo llegar al Ministerio de Magia Inglés? Se estrujó la mente una y otra vez, y al final decidió tomar el vaso de leche con galletas; con el estómago lleno, seguro que algo se le ocurriría.
Por lo pronto, se marchó de la sala de estar de vuelta a la cocina, por si su madre lo sorprendía ante aquella foto; ella no debía sospechar nada, nada en absoluto, si quería llegar a encontrarse con su padre… por fin.
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Aquella misma tarde, Teddy se entretenía ojeando uno de los comics que su padrino le había comprado aquella misma mañana; se suponía que debería estar haciendo la siesta, o eso creía Harry; pero la pura realidad era que, desde que esa mañana le había hablado de un modo tan duro, y a pesar de que él parecía no haber dado importancia alguna al asunto, Teddy sí que se la daba; y mucha.
"— ¡Ojalá tú te enamorases y te casases! ¡Pero con alguien que te quiera de verdad! ¡No con ella!"
Aquella frase revoloteaba en su mente sin cesar, haciéndole sentir miserable.
Pero es que no podía olvidar aquellos días en que su padrino había sido feliz de verdad… junto a Ginny Weasley. No recordaba bien todos los momentos vividos entonces, tan sólo retazos, pues él había sido mucho más pequeño en aquella época; pero lo que no podría olvidar, jamás, era el sentimiento de felicidad que él y su padrino habían compartido junto a aquella mujer que, de pronto, los había abandonado sin más.
Durante los años transcurridos desde entonces, no había podido evitar preguntarse un montón de veces por qué ella los había abandonado, porqué, al menos, no había dado a su padrino una explicación para convencerle, para calmarle… Los dos se habían querido muchísimo, de eso él no tenía ninguna duda… Y ahora su padrino iba a casarse con alguien que ni siquiera sabía cómo hacerle sonreír…
Se preguntó porqué Ginny Weasley volvía a su cabeza en un día como aquel, en que estaba tan preocupado por su padrino; quizá porque sabía que ella había sido una de sus mayores preocupaciones, aunque él se hubiese empeñado en negarlo cada vez que se le preguntaba por el tema. O quizá porque en el plazo de tres días, el niño se había topado con el nombre de ella una y otra vez, sin descanso: en El Profeta, en la radio para magos, en aquel papel que había descubierto con ese nombre y una dirección en el despacho de su padrino, que luego desapareció sin dejar rastro…
Aquella dirección… ¿Quería decir aquello que Harry había ido en busca de las explicaciones que ella le debía? Negó con la cabeza, contundente; Harry no paraba de afirmar que iba a casarse con Cho, y que sólo eso le importaba; jamás reconocería que seguía llevando a Ginny en su mente, y quizá también en su corazón… Y muchísimo menos iría en su busca para nada, y menos para exigirle respuestas. Y si su padrino no las pedía, ¿quién quedaba que pudiese reclamarlas? Sólo él, al parecer, el único que las necesitaba lo suficiente como para arriesgarse a pedirlas. A lo mejor, si era capaz de dar a su padrino las respuestas que en el fondo necesitaba, él recapacitaría y abandonaría la loca idea de casarse con aquella mujer odiosa que ni lo quería, ni era capaz de hacerle feliz; tampoco se casaría con Ginny, pero mejor solo, que mal acompañado —Teddy reflexionó para sí.
Lo único que tenía que hacer para intentar arreglar las cosas, era conseguir esa puñetera dirección de Ginny Weasley que había visto escrita en el papel, presentarse en su casa y reclamar las explicaciones que ella les debía a ambos. Sencillo, ¿no? Así dicho parecía sencillo, pero ¿y si ella se negaba a dárselas? Paso a paso —se obligó a pensar— primero consigue ese papel, y después ya irás solucionando cada problema cuando se presente.
Satisfecho de sí mismo, salió del cuarto a hurtadillas, como hacía siempre que no quería molestar a su padrino, o para escuchar todas aquellas conversaciones que él intentaba evitar en su presencia. Siempre había deseado conocerlo todo sobre su padrino, su mayor héroe, así que lo que este le ocultaba, había aprendido a "obtenerlo" por sus propios medios. Se había convertido en un maestro en el "arte de investigación con ocultación", como él lo llamaba, algo que, en esta ocasión, iba a resultarle muy útil.
Sabía que Harry se hallaba en la gran sala de estar de la casa, conversando junto con la tía Hermione y el tío Ron —los había escuchado hacía unos minutos, cuando había ido al baño con sigilo, para aprovechar, de paso, los retazos de conversación que le llegaban— así que si se esmeraba en alcanzar el despacho de Harry sin que le viesen, allí podría buscar el papel con la dirección con cierta tranquilidad. Así lo hizo, alcanzó el despacho fácilmente sin ser detectado, y una vez allí se dedicó a buscar entre todos los documentos, los libros, en los cajones, con cuidado de dejar todo tal y como lo había encontrado para que Harry no sospechase nada… pero no había encontrado ni rastro de lo que buscaba. Frustrado, cogió el taco de papel del que su padrino, sin duda, había arrancado la primera hoja, escrita con la dirección que él estaba buscando sin éxito; agarró un lápiz y se puso a emborronar la hoja, frustrado y apunto de rendirse, cuando al fijarse en lo que estaba haciendo, por casualidad, vio que en aquel papel comenzaba a aparecer marcas de escritura. Excitado, continuó emborronando con más rapidez el papel, con mucho cuidado de no romperlo, y al cabo de unos segundos, en la cabecera del mismo podía leerse claramente: "Ginevra Weasley". Hubiese dado un grito de alegría si no hubiese temido ser descubierto en aquel mismo momento; Harry había escrito la nota en la primera hoja de un taco de papel, sobre el que se había marcado claramente, y que sólo había necesitado ser "descubierto" para mostrar todo su secreto. ¿Qué secretos podría descubrir, a partir de ahora, con aquella técnica? Negó con la cabeza, decidido; ese no era momento para pensar en nada que no fuese en la misión que había decidido cumplir. Más y más nervioso a cada segundo que pasaba, arrancó la hoja que había emborronado con sumo cuidado, la guardó en uno de los bolsillos de sus pantalones, comprobando que no se arrugase, y salió del despacho tal y como había entrado.
"Mañana obtendré respuestas; y Harry podrá volver a ser feliz" —se prometió a sí mismo, emocionado.
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Aquella noche, una nueva y bellísima rosa color perla fue depositada en el cenador del jardín secreto, oculto tan cerca de La Madriguera; y los más profundos sentimientos de un hombre enamorado y pensativo la custodiaron durante horas.
COMENTARIOS DE LA AUTORA:
Hoy subo el capítulo con prisas, así que voy a pasar a los agradecimientos, lo más importante para mí, y me despido hasta el próximo capítulo, esperando que el giro que ha dado la historia os guste, o al menos, no os decepcione.
Agradezco a:
— Gelygirl: por su review (la respuesta a tu pregunta es "sí", aunque esto ya lo habrás deducido en este capítulo).
— Celtapotter: por su review (bueno... las respuestas, poco a poco, jeje).
— María: por su review (ojalá sigas pensando lo mismo, jeje)
— Vickyy Riddle: por añadir la historia a sus favoritos y a sus alertas.
— lunatipola: por añadir la historia a sus favoritos y a sus alertas.
— casymalfoy: por añadir la historia a sus alertas
— misticfairy378: por añadir la historia a sus alertas
Nos vemos en el capítulo 5.
Rose.
