CAPITULO 22 LA CENA


PV BELLA

Cuando desperté, me encontraba nueva. La siesta me había sentado de fábula. Me giré en la cama, pero Edward no estaba. En ese momento, me fijé que encima de la mesita de noche, había un papel.

Bella,

Baja al salón de belleza. Tienes cita para las 6:30.

Voy a llevarte a un sitio muy especial…

Por cierto… mira la caja que tienes en la sala.

No tardo…

Besos, Edward.

Hice lo que la nota me ponía: Me dirigí a la sala, y allí descansaba una preciosa caja con un enorme lazo rojo, junto con varias bolsas.

Al abrirlo me quedé de piedra…

Dónde pensaba llevarme Edward?

No sé de dónde, pero de pronto, unas inaguantables ganas de saber nuestro destino se apoderaron de mí y de mí estado de ánimo, acelerándome.

Me metí a toda prisa en la ducha y me unté el cuerpo con las cremas que allí había por gentileza del hotel. Puede comprobar que el perfume que yo usaba, estaba en el baño. Eso me hizo sonreír…

"Gentileza del señor Cullen", pensé.

Bajé al salón de belleza y la esteticien y la peluquera ya me esperaban.

- Su marido nos ha informado que va a darle una sorpresa… y por supuesto nos ha dicho donde piensa llevarla… - sonrieron cómplices – pero no vamos a decírselo, jaja – rieron divertidas. – No se preocupe por nada, señora Cullen… – al llamarme así, un escalofrío de satisfacción me invadió el cuerpo, dándole una sacudida a mi corazón – la dejaremos perfecta para su cita – y volvieron a sonreír.

"O sea que Edward había dicho que éramos matrimonio?"

Bueno, eso era lo lógico; ya que nos alojábamos juntos, en la misma habitación, y me había pedido cita en el salón de belleza… Sí, era lo más lógico. Así evitábamos habladurías y chismorreos.

Pero la idea seguía gustándome; demasiado.

Después de más de dos horas de sesión intensiva de peluquería, maquillaje, manicura y pedicura estaba más que lista para mi "cita misteriosa".

Subí a nuestra habitación y en la gran mesa redonda que daba acceso al salón, había dispuesto un grandísimo, a la par que hermoso, ramo de rosas rojas. Por supuesto, entre las bellísimas flores había una nota de Edward.

Para la atención de la señorita Swan:

Te espero en el recibidor a las 8:00.

Estoy deseando verte…

Atentamente, Edward

Estoy deseando verte

Esa frase se quedó grabada en mi cerebro de forma automática. Pero exactamente… qué es lo que significaba? Estaba yo dándole más valor del que realmente tenía? O era un mensaje claro y conciso, sin misterios ni ocultaciones? La segunda teoría me gustó mucho más que la primera, sobre todo ateniéndome a que Edward estos días estaba más… comunicativo, agradable y en cierta manera, cariñoso que de costumbre.

Y otra vez las dudas… por un lado estaba encantada con la idea de que Edward pudiera sentir algo más por mí… pero por otro lado… tenía miedo de volver a sufrir, de volver a entregar mi corazón, cosa que ya estaba haciendo pese a mis reparos, y que me lo volvieran a pisotear de aquella forma que había hecho en su día Jacob.

En estos momentos, Carlisle estaba perdiendo posiciones respecto a mis dudas. Por supuesto, él seguía ahí… Pero ahora que estábamos Edward y yo solos… las dudas se hacían presentes entre nosotros; sin factores externos. Sin tener tanta consideración por la opinión de Carlisle. Ya que puestos a pensar, a lo mejor no le parecía tan mala idea que su hijo predilecto y yo estuviésemos juntos…

Me saqué la idea de la cabeza y acabé de vestirme. La verdad es que Edward había pensado en todo:

El vestido, zapatos, bolso, más lencería, hasta un abrigo precioso de lana negro; pero lo que más me sorprendió y me sacó una sonrisa, fue que se acordó hasta de las medias.

Cuando acabé, me miré al espejo y la imagen que me devolvió me encantó. No solía ser vanidosa, pero la verdad es que el trabajo de la peluquera y de la esteticien, había sido perfecto. Y acompañándolo del fabuloso vestido que Edward había elegido, todo en consonancia me hacía parecer muy atractiva. Esperaba que él opinara exactamente lo mismo. Lo deseaba; como jamás había querido parecer deseable para ningún hombre.

Al bajar al recibidor me puse a mirar en todas las direcciones, buscándolo. A los pocos instantes, me sentí observada, me giré y ahí estaba él… Deslumbrante.

Llevaba un pantalón vaquero azul oscuro ajustado al cuerpo, marcando sus increíbles muslos y de paso, lo que no eran los muslos; una camisa negra de rayas azules haciendo juego con mi vestido, y una americana. Estaba irresistible, abrumador, impresionante… pero sobre todo, deseable.

- Vamos? – Me dijo tendiéndome su brazo – un coche nos espera para llevarnos a cenar.

- Claro… - le contesté sonriéndole con ganas, pero con unos nervios que me corroían las venas.

Un coche fabuloso nos esperaba a la puerta del hotel. El chofer se bajó y le abrió la puerta a Edward, el cual me ayudó a subir.

Debía reconocer que me impresionaban esos modales en Edward. Él, que de primeras me había ofrecido una imagen de sí mismo tan brusca y desagradable, se mostraba ahora como un auténtico caballero; de los que ya no quedan… los cuales se habían extinguido en el siglo XX. Me recordaba al Edward de "Sentido y Sensibilidad"; el cual era mi personaje favorito. Para mí, era más encantador que el propio Romeo, de Shespeare.

En ese momento, una sonrisa me atravesó la cara; gesto que no pasó desapercibido para Edward.

- De qué te ríes? – me preguntó curioso.

- De una similitud que acabo de hacer – le contesté escondiendo mi sonrisa juguetona.

Él me miró alzando una ceja y moviendo la cara instándome a decirle la "similitud".

- Esta bien… Tus modales me recuerdan a Edward Ferras… el protagonista de "Sentido y Sensibilidad" – le dije mordiéndome el labio.

Él se quedó por un instante perplejo. Cómo si hubiera dicho algo extraño. Por un momento creí que el símil le había ofendido por algo, ya que su cara reflejaba algo de malestar; aunque realmente no entendía el porqué de que le hubiera molestado.

- Edward? – Lo llamé pasado un minuto – No quería ofenderte… tus modales me parecen algo exquisito. No hay caballeros como tú, están extinguidos – le dije sonriendo algo tímida, haciendo rodar mis ojos.

- Me agrada que te guste que te trate así. La verdad es que ya no hay mujeres que acepten el brazo de un… caballero, o que permitan que les abran las puertas. – dijo pensativo. – Ahora queréis igualdad para todo… no entendiendo el gesto de respeto que implica dejar pasar a alguien mientras tú esperas – me miraba sonriente, pero entonces su mirada cambio por una pícara – Entonces, si yo soy Edward Ferras… tú eres…? – dejó la pregunta en el aire con toda la intención.

- Elinor Dashbooth, por supuestísimo – le dije alzando la cabeza y sonriendo ante la broma.

- Por supuestísimo… - contestó sonriendo. – Sabes que ellos… acaban juntos, verdad? – sus palabras llevaban un toque de broma, pero su cara se quedó seria; mirándome fija e intensamente.

Giré mi cara para mirarlo con una sonrisa en ella, pero al ver su rostro la sonrisa se difuminó para dar paso a un leve jadeo.

Me miraba fijamente, con un brillo especial saliéndole de los ojos el cual parecía que quemaba mis pupilas, pero ante el cual no era capaz de apartar la vista; me tenía… hipnotizada y lo peor de todo es que con mi pleno consentimiento.

- Bella? – me instó a responderle acercándose un poquito hacía mí; haciendo que su aliento golpeara contra mi boca, haciéndome respirar profundo de forma inconsciente para llenar mi paladar de su sabor, el cual se presentaba de lo más apetecible para mi lengua.

- Sí… - susurré – sé que ellos acaban juntos. Es una historia de amor preciosa… una de mis favoritas – seguí susurrando, pero con mis ojos clavados de forma perpetua en sus orbes dorados y brillantes.

Edward se acercó un poco más; sentía como el beso estaba cada vez más próximo; inminente. La lengua me picaba llamando a la suya a gritos silenciosos, pasándomela por los labios para posteriormente mordisqueármelos; gesto que no pasaba desapercibido para Edward, el cual, aunque quería ser discreto, no podía evitar posar su atención en mis labios humedos.

Volvió a acercarse otro poquito; muy despacio… Nuestras narices prácticamente se rozaban. Nuestras respiraciones estaban agitadas y mi pulso, y suponía que el de él también, estaba agitado, bombeando mi sangre de manera frenética, pero el momento se estaba alargando en exceso.

Prolongar el momento del beso, sobre todo del primero, es excitante, pero cuando se supera el tiempo normalmente establecido, empieza a aparecer la sensación a angustia y desesperación; así que antes de que eso llegara a ocurrir, y suponiendo que Edward no quería cometer ningún movimiento en falso y por eso se lo estaba pensando tanto, decidí ser yo quien acortara un poquito más la distancia para darle a entender de una forma clara y concisa que sí, que estaba deseando que me besara.

Justo en el momento en que acorté hacia él los dos centímetros escasos que nos separaban, él se echó para atrás. No fue un movimiento del todo brusco, pero si rápido y repentino; y por supuesto, para nada esperado. Se quedó en su posición original mirándome con disculpa en los ojos, pero no solo había ese sentimiento en su rostro. También había temor y… hambre; incluso en la penumbra de la noche pude distinguir, o eso me pareció, que sus ojos se habían oscurecido, pareciendo casi hasta negros.

Los míos mostraban el sabor agrio del rechazo; haciendo que mi cara se mostrara tensa y mi cuerpo estuviera rígido igual que un palo.

- Señores, hemos llegado – anunció el chofer sacándonos del embrujo de miradas al que estábamos mutuamente sometidos.

- Gracias Enrique. Te llamaremos cuando queramos volver de regreso al hotel, de acuerdo? – le respondió Edward con sus, ahora, habituales modales.

El tal Enrique bajó del coche y le abrió la puerta a Edward el cual dio rápidamente la vuelta al coche para ayudarme a bajar a mí.

Lo miré con una sonrisa algo tímida agradeciéndole el gesto. Pero mi cara reflejaba el disgusto por lo que acababa de pasar, o mejor dicho, lo que "no" había llegado a pasar, y Edward lo notó.

Era increíble la facilidad que tenía ese hombre para darse cuenta de hasta el más mínimo cambio en las fracciones faciales; el más leve suspiro, gurguteo, o cambio de sentimientos. Era algo que llevaba fijándome desde que habíamos llegado a Chicago, aunque en ese momento no le di mayor importancia. Llegando a la conclusión de que era un hombre observador… Excesivamente observador.

Acompañando el gesto de abrirme la puerta del coche, extendió su brazo para que me agarrara de él, mirándome simpático y con una sonrisa graciosa en su rostro.

- Señorita Dashbooth? – me preguntó a la vez que estiraba el brazo hacía mí.

- Señor Ferras… - le seguí la broma mientras pasaba mi mano por su musculado brazo.

Echamos a andar y cuando quise darme cuenta estábamos entrando un restaurante cubano. Me quedé boquiabierta; tanto por el sitio escogido por Edward, como por el local en general.

Era algo increíble. Parecía que hubiéramos cambiando no solo de estado, sino de país; ya que la decoración del restaurante era espectacular, haciéndote sentir como si realmente estuvieras en Cuba.

- Te gusta? – me preguntó Edward después de unos minutos; los cuales me dejo para que asimilara.

- Claro! – exclamé mirándolo todo con ojos curiosos. – Es increíble! Cómo se te ha ocurrido traerme a un sitio como este? – le pregunté entre sorprendida y divertida.

- Sé que te gusta bailar… y tenía la esperanza y la casi certeza de que te encantaría.

- Pues sí; así ha sido… Me encanta Edward, en serio. – le dije agarrándolo del brazo haciéndolo girar hasta encararme. – Es genial! Has acertado de pleno, en serio. No lo olvidaré jamás, te lo aseguro. – clavé mi mirada en la suya de forma intensa, notando como se me escapaban de ellos chispazos de emoción y… qué demonios! De deseo por él. Estaba completamente derretida ante él.

Pero por supuesto, no podía dejarme ver así. Aun había muchas trabas para dejarme sentir y percibir las sensaciones del cortejo ante mí. Por lo que bajé la mirada, cambiándola por una simpática y divertida.

- Entramos? O vamos a quedarnos en la puerta? – le piqué sonriendo como una niña traviesa.

Él reaccionó rápido a mi cambio de actitud no dándole importancia al cambio en mi mirada; la cual había pasado en tan solo unos instantes de una devoradora, a una simpática.

- Claro! Estoy deseando que veas el interior del restaurante; - sonrió de forma melosa – me encanta lo expresiva que eres. Sabes controlar las reacciones para que no sean excesivas, pero tienes ese punto de natural, de espontánea que me encanta… Que me atrae… - ahí se cayó. Se forma abrupta, dándose cuenta de que había hablado demasiado.

Yo por mi parte, sonreí mordisqueándome el labio, intentando ser discreta ante su comentario "indiscreto", pero una sensación de vanidad y de satisfacción se recorría la columna vertebral. Sensación que no sabía por qué, intuía que Edward estaba notando por su forma de mirarme; con esa sonrisa que le salía a borbotones de los ojos, y la cual me encantaba.

La distribución de las mesas formaba un semi circulo; en el medio había una enorme pista de baile y coronándola, un atril lleno de instrumentos musicales… O sea, que había una orquesta que tocaba en directo. Ese sitio era una autentica pasada!

Pero una ligera duda inundo mi cabeza: Si había música… ¿Bailaríamos?

Edward hizo que nos atendieran y un metre ataviado con ropa muy acorde al restaurante nos llevó a nuestra mesa.

Estábamos sentados al bode de la pista de baile, la vista no podía ser mejor. Al momento de sentarnos, anunciaron por el micrófono central de la orquesta, que la susodicha comenzaría a tocar en breves, con música relajada para amenizar la cena de los comensales.

Después de revisar una y mil veces la carta, acabamos por pedir la cena en conjunto. Yo no había estado nunca en un restaurante cubano, y por lo tanto, nunca había probado su comida… pero lo que me extraño, y bastante, es que Edward, el cual ya había estado allí, tampoco sabía que pedir; se le veía incluso más perdido que a mí misma.

"Había estado en ese sitio y no había cenado?" Eso era imposible!

Intenté despejarme la cabeza de ideas absurdas, y centrarme en lo que estaba y con quien estaba; sobre todo eso último.

La velada fue discurriendo de lo más tranquila, amena y placentera. De vez en cuando nos lanzábamos alguna indirecta que otra, acabando por sacarme los colores…solo a mí, porque Edward, aunque tenía los síntomas de un sonrojo, su piel jamás se tornaba colorada, algún que otro acercamiento… pero nada demasiado importante o significativo. Que había feeling entre nosotros? Si, y mucho!

Entonces mi pregunta sobre si bailaríamos, quedo completamente resuelta.

- No tardarán en comenzar a tocar – comentó Edward mirando hacía la orquesta.

- Cómo que no tardarán en tocar? – repetí yo en forma de pregunta. – Pero si llevan toda la cena tocando!

- Si, para amenizar la cena… Ahora que la gente ya está acabando, toca bajarla… - me miró sonriendo con esa picardía que me hipnotizaba, a lo que yo lo miré de un modo similar, alzando una ceja – bailando! – finalizó, envolviendo la palabra de forma sensual.

- Ahhhh! – no supe más que decir.

Siempre me había encantado bailar, y no la hacía nada mal por lo que no tenía vergüenza. Pero la salsa era un baile muy sensual, y a poco que te "esmeraras" podía volverse sexual en cuestión de segundos.

Esos movimientos de cadera, frotando un cuerpo con el otro, deslizando las manos por el cuerpo del otro, las caras acercándose, los cuerpos calientes, las respiraciones agitadas… Vamos, era un calentamiento sexual en toda regla.

Nos acabamos el postre y la orquesta cambió el ritmo interpretando una salsa; suave, para ir haciendo boca.

Junto con el postre, nos trajeron un chupito digestivo típico de cuba, por supuesto: un Pru, una bebida hecha a base de raíces, el cual ayuda a que los alimentos entren en digestión.

Después, los camareros iban pasando bandejas con bebida, las cuales iban explicando a los clientes.

Uno de los susodichos camareros se acercó a nuestra mesa y nos tentó con los combinados.

- Buenas noches señores, les apetece probar algún coctel? – nos preguntó muy educado y sonriente.

- Bella, te apetece probar alguno? – me preguntó Edward ilusionado.

- Claro… pero no conozco ninguno… - me excusé.

El camarero muy paciente, comenzó a explicarme qué llevaba cada coctel, decantándome por un Saoco, una bebida de ron, agua de coco y hielo.

Al ratito, el mismo camarero volvió a pasar y me decanté por un mojito, ron, limón, azúcar y hierbabuena. Algo más fuerte, y sobre todo, más dulce.

La orquesta ya tocaba canciones más fuertes, más bailables, y a mí los dos cocteles me estaban haciendo entrar en calor. Y viendo que Edward no se decidía a sacarme a bailar, fui dándole pistas:

Comencé a mover la pierna y los dedos de la mano al son la de música, y a dejar el cuerpo balancearse levemente, a ver si así, le quedaba claro que sí que quería bailar.

- Bella… me preguntaba… sí tú… - titubeaba – Te gustaría bailar? – me preguntó mirándome con duda.

- Claro! – le contesté efusiva – Llevo un rato deseando que me lo pidas – y lo miré tentándolo; retándolo más bien, con ese punto juguetón en la mirada que sabía que a él le fascinaba.

- Estupendo… prepárate entonces – me siguió el reto.

Esto iba a ponerse interesante; estaba más que segura de ello.

Salimos a la pista justo cuando empezaba una nueva pieza y yo empecé a mirar hacía todo el mundo a ver cómo bailaban, cómo se movían al son de la música.

Entonces Edward se acercó a mí oído, sigiloso como siempre, y me susurró:

- Tranquila, tú déjate llevar… - su voz era sensual, atrayente. Parecía que su invitación traía algo más que simplemente el referirse al baile. O eso, o que yo oía donde no había nada que escuchar.

Y así hice; me dejé llevar por él. Por su seguridad la cual no le falló en ese momento. Me agarró con suavidad, pero con fuerza y me pegó a su cuerpo; colocó nuestras manos en la posición adecuada y poco a poco comenzamos a danzar al ritmo de la salsa.

Al principio íbamos con cautela; bailando de una forma coreografiada, pero poco a poco comenzamos a relajarnos bailando más sueltos; disfrutando el momento.

Y durante varias piezas, lo único que hicimos fue divertirnos, bailar, reír… pero sin acciones escondidas que te mantuvieran en alerta.

Decidimos sentarnos un ratito y aprovechar a beber algo para refrescarnos, y otra vez ese camarero tan amable se acercó a nosotros a tentarnos con alguna de esas bebidas exóticas.

Está vez me decanté por un Mulata, ron, limonada, crema de cacao y hielo picado… Exquisíta!

La orquesta se tomó un descanso mientras nosotros seguíamos sentados en nuestra mesa, conversando tranquila y agradablemente. Conociéndonos.

Edward me hablaba de sus estudios, de lo mucho que le gustaba su trabajo y de sus aficiones, tales como el piano, componer, y el darle "grasa" al coche para despejar de las tensiones. De la familia, que aunque era un poco raro, a todos les encantaba haberse hecho adultos y seguir conviviendo juntos; y que no les costaba nada en absoluto compartir techo… Aunque eso mismo lo había adivinado yo en tres noches que me había quedado a dormir.

Yo le relaté de mi vida con mi madre, y los problemas con Phil, los cuales me llevaron a vivir esos dos años en Forks, los cuales fueron de los más felices de mi vida.

- Me alegro de que te gusten los pueblos pequeños… es raro en la gente joven. Por lo normal suelen apetecerles más ciudades grandes y ruidosas, jaja! – reía y conversaba relajadamente.

- Bueno… a vosotros también os gusta Forks, no? Y sois más o menos de mí misma edad – le refuté.

- Sí, pero nosotros hemos vivido en varios sitios, entre ellos ciudades grandes, siguiendo a Carlisle en sus trabajos, por lo que ahora nos apetecía algo tranquilo para vivir. Eso no significa que en algún tiempo nos gustaría cambiar de zona, probar las exquisiteces de una gran ciudad…

- Claro… es lógico. Además, antes o después, os gustaría probar la vida en solitario, en pareja – dije sin mala intención… pero al acabar de pronunciar esas palabras, me di cuenta de cómo habían sonado: a intención escondida.

Sin poder evitarlo, noté como me salían los colores en la cara.

- Bueno… no siempre hemos vivido juntos… - comenzó a relatar Edward, pero de pronto se calló de forma abrupta. Cómo si se diera cuenta de que estaba a punto de decir algo que no debiera. Como si fuera a revelar un gran secreto.

- Si, lógico… cuando fuisteis a la universidad, no? – pregunté sin más, de forma natural.

Edward asintió con un gesto afirmativo de su cabeza, pero su cara seguía compungida; contraída por cierta tensión. Yo no acababa de comprender a que venía su cara. Pero en esos momentos no le di más vueltas, ya que la bebida iba a haciendo su efecto sobre mi capacidad de razonamiento.

- La orquesta ya está tocando otra vez, te apetece que salgamos a bailar? – preguntó después de un par de minutos en silencio.

- Claro, por supuesto! – le contesté animada.

Salimos a la pista de baile, pero esta vez estábamos más desinhibidos, o por lo menos yo. Edward también había bebido, pero parecía como si esos cócteles no le afectaran; Su rostro seguía inmaculadamente pálido, sin un atisbo de sudor y su respiración no estaba agitada del esfuerzo físico del baile como la mía.

Eso me parecía raro, pero la bebida ya estaba llegando a su punto álgido, o sea, que ya había llegado al "puntito", por lo que mi razonamiento lógico de las cosas, estaba algo trastocado y no estaba capacitada para analizar nada en profundidad.

Debido al efecto del alcohol, las vergüenzas pasaron a un segundo plano, por no decir que desaparecieron, y añadiendo que la música había cogido un ritmo un poco más… calentito y sensual, así comencé a bailar yo: sensual… mucho más sensual y para rematar, Edward me seguía más que complacido.

Nos movíamos al ritmo de la música pegados el uno al otro como si fuéramos un solo cuerpo; nuestras manos danzaban al mismo son rozando la piel del otro, y nuestras respiraciones se acompasaban haciéndonos estremecer a ambos.

Cada vez que su mano se perdía por mi costado, notaba una corriente, como un cosquilleo que me alborotaba el estómago y se iba alojando en mi bajo vientre.

Y hablando de sus manos, ellas también habían perdido vergüenza y, sin pasarse en ningún momento, iban conquistando más territorio por mi cuerpo. Acto que me hacía, aparte de estremecer, ansiar más.

Y por primera vez, estaba viendo a Edward "afectado". Su respiración era fuerte, dejándome el rastro de su aliento por mi cuello y mi cara, la cual estaba ligeramente sonrojada, y sus manos se habían templado, aparte, claro está, que de sus ojos salían chispazos de puro deseo… más bien de lascivia pura.

Y ahí fue mi perdición, sus ojos. Cuando me paré a analizar su mirada, no pude más; no fui capaz de encontrar un resquicio de cordura, de sensatez, y como si Edward hubiera leído mi pensamiento, nos lanzamos el uno a por el otro.

Sin contemplaciones, sin miramientos; dejando salir todo el deseo que habíamos estado "intentando" disimular estos días.

Podíamos decir que nos estábamos comiendo literalmente el uno al otro. Jamás me habían besado con tal intensidad, con tanta necesidad y con semejante pasión. Al igual que yo misma nunca había dado un beso así. En ese mismo momento, mientras nos besábamos, me di cuenta de que nunca había sentido nada igual por nadie.

Los besos con Jake, que me parecían los más románticos y pasionales que había dado y recibido, eran castos y puros comparados con este. Pero no solo la pasión y el deseo estaban presentes, otro sentimiento incluso más poderoso que esos iba ganando posiciones: Amor.

Y ese si era casto y puro. Parecía que miles de ángeles habían bajado del cielo y me habían envuelto en un aura celestial, haciéndome flotar, sintiéndome feliz, plena… completa.

Cuando mis pulmones necesitaron recargarse de aire, después de varios minutos de un beso que no quería verse interrumpido, separamos nuestras bocas, pero las frentes quedaron unidas la una con la otra. Nos miramos de forma intensa y suspiramos. Pero no podíamos estar separados, ya no. Nuestros labios querían estar unidos, y no íbamos a ser nosotros quienes los separan ahora que por fin las máscaras se habían quitado y las barreras bajado, por lo que nos dimos una consecución de cariñosos y sensuales besos.

- Sácame de aquí – le suplique a Edward al oído con voz casi inaudible.

- Estaba pensando exactamente lo mismo – me contestó sonriendo ligeramente haciendo que su aliento entrara por mi oído haciéndome estremecer.

Ufffffffffff... Vaya como se ha puesto el temita...!

Por fin, después de esos días aguantando y teniendo bien puestas las máscaras y las corazadas... La pasión los ha podido, y a Bella, el alcohol la ha podido, jaja! Y Edward, sin ser un fresco, ha sabido aprovechar la ocasion.

Y ahora... Después de esa sesión de "calentamiento"... Al hotel! Veremos a ver como acaba la velada... Ummmmm!

Un besazoooooooooooo!