CAPITULO 33. NUEVA VIDA
Llegué a casa después de 25 minutos conduciendo. Nunca me había llevado tanto el viaje entre la casa Cullen y la mía. Debía de reconocer que me daba pereza venirme a casa, pero a parte de sentir que ya estaba abusando aunque no me lo dieran en ningún momento a demostrar, si no todo lo contrario, sentía que cada día me encontraba más cómoda con ellos; que cada vez estaba haciéndoseme más costoso el poner una fecha para empezar a vivir sola.
Una vez dentro de la casa, me quedé estática. Aquella casa no podía ser la mía. Las reformas que habían echo Esme y Emmet con su empresa cuando me fui aquellos días a la universidad, ahora estaban distintas; rematadas, como diría Emmet.
La distribución de la cocina estaba distinta, más aprovechada y los muebles eran nuevos, al igual que los electrodomésticos. Cortinas, mantel y paños colocados con sumo gusto, haciendo juego entre ellos.
Miré dentro de los muebles y todos estaban repletos de comida y de cacharros de cocina.
La habían equipado enterita.
Me fui por lo que antes era un pasillo y ahora era un hall que comunicaba cocina, salón y escaleras, dándole privacidad a la entrada de la casa.
Estaba prácticamente igual a la anterior reforma, solo que ahora tenía algunos objetos decorativos.
El salón… El mueble que había comprado en Port Ángeles estaba ya montado, y como supuse cuando lo vi en la mueblería, quedaba perfecto. El sofá, grande y majestuoso, repleto de cojines, que hacían sintonía con cortinas y demás decoración.
Subí a mi nueva habitación la cual había sufrido un ligero cambio también. Todo estaba decorado; edredón, cortinas, cojines… Al igual que en el salón, el mueble que había comprado también estaba colocado y quedaba de cine. El baño ídem de lo mismo; La ducha, la cual era de dimensiones enormes, ahora estaba cerrada elegantemente, y el baño estaba amueblado y conjuntado; como el resto de la casa.
Una sonrisa tonta se escapó de mi cara mientras meneaba la cabeza en señal de… disgusto no es que fuera, pero… sabía que todo esto les habría costado un dineral y también sabía que no iban a dejarme pagarles absolutamente nada de todo eso.
Alguna forma habría de devolvérselo… Empezaría por dar señales de vida de forma constante, como me había echo prometer Carlisle, pero eso era un favor mutuo.
Me di una relajante ducha de chorritos y al salir me envolví en mi nuevo albornoz de terciopelo y algodón.
Me acicalé con la multitud de cremas con las que me habían abarrotado los armarios, imaginaba que entre Rose y Alice, y alguna intervención de Esme y una vez finalizado mi sesión de belleza, fui a prepararme algo de cenar.
Cuando llegué a la cocina y miré el calendario un nombre vino a mi mente de forma automática: Jacob.
Durante mi estancia en la casa Cullen lo había llamado, ya que Alice me avisó de que en mi móvil tenía varias llamadas de él. Pero que al no tener mi permiso no contestaron a ninguna.
A los pocos días, una vez más recuperada, lo llamé y le di una explicación previamente estudiada y practicada de lo que me había pasado.
- Tranquilo, no ha sido nada grave… Simplemente que en una revisión rutinaria me vieron algo raro y tirando un poco del hilo, me descubrieron un bultito en la matriz – Jake se sobresaltó, pudiendo oír su jadeo incluso a través del teléfono – Y bueno, como tengo enchufe con Carlisle, para que no estuviese más días ingresada, me llevó a su casa donde iba a estar medicamente atendida igual, o incluso mejor. Era más cómodo para todos. Yo porque iba a encontrarme más a gusto y ellos porque me tenían en su propia casa para cuidarme. – Le expliqué coherentemente del porqué estaba allí.
- Bueno, si… He de reconocer que tiene sentido – Admitió, imagino pese a su voluntad. – En este caso no voy a decirte que estarías mejor aquí con nosotros… Allí tienes varios médicos a tu disposición.
- Pues eso – Le contesté para no alargarme en demasía.
Pero cuando daba la conversación por finalizada, después de hablar un rato más, Jake me hizo una pregunta que me resultó del todo extraña.
- Bella… - Me llamó – Durante estos días de seguido con ellos en su casa… Tú… - Qué sería lo que quería preguntar para dudar tanto? Jacob no era de los que se anda con rodeos. – No has notado nada raro en ellos? – Se lanzó por fin.
- Raro? Pues no sé muy bien a lo que tú llamas raro… Pero, no. La verdad que me parecen de lo más normal. Muy cariñosos y muy atentos, eso sí; pero nada más. – Le contesté.
Nos despedimos sin darle más vueltas al asunto. Pero imaginaba que Jake no dejaría el tema en paz ya que sabía que lo lógico en mí era que yo hubiese indagado en su pregunta, cosa que no hice porque no me interesaba, por supuesto, y eso solo quería decir que entendía más de lo que yo mostraba por su misteriosa preguntita.
Después de ese día, Jake no me llamó más. Me dejaba todos los días un mensaje al móvil, al cual yo le respondía. Esa fue nuestra comunicación durante mi estancia en la casa de Carlisle.
Su pregunta me hizo darle vueltas al tema. Sabía que los Quileuttes y los Cullen no se llevaban bien, aunque no entendía el porqué, pero el preguntarme si había notado algo "raro", me había descolocado. Sobre todo porque si que había percibido algunos detalles que no eran del todo normales en su actitud.
Su esmero en que me encontrara cómoda entre ellos desde el principio; lo muchísimo que valoraban mis muestras de afecto demostrando que eran muy cariñosos, pero entre ellos a penas se hacían cariños; la extraña actitud de Emmet el día en que Carlisle entró con la bolsa de sangre, esa forma de comunicarse… Y luego pequeños detalles como lo del café de aquel día con Edward; a penas los había visto comer, siempre que yo aparecía, ellos ya habían acabado, se acostaban tarde y se levantaban muy temprano.
Y para rematar, el día que me iba, descubro el diario de Edward, en el cual parecía como si hubiese estado en aquellos acontecimientos históricos…
Pero lo que más me extrañaba eran sus sentidos sobre desarrollados; Y entre ellos, el que supieran como me sentía solo con mirarme o tenerme cerca. Era increíble.
Eran pequeñas cosas, pero sumándolas hacían una ligera montañita. No quise darle más vueltas al asunto, ya que los Cullen para mí eran grandísimas personas y porque tuvieran ciertas rarezas no iba a señalarlos con el dedo. Todo el mundo tiene manías… ¿O no?
Y volviendo al momento del calendario, me levanté y marqué un número que después de tantos años, no se había borrado de mi mente.
- Jake…? – Pregunte – Soy Bella, era para decirte que ya estoy en mi casa. Me he instalado hoy mismo.
- Ah, genial. Eso es que ya estás recuperada – Se alegró. – Pues ya me dirás cuando puedo hacerte una visita y ver los cambios que has hecho… O te han hecho, porque me han llegado rumores de que has tenido gente trabajando a destajo – Comentó con cierta guasa.
- Si, la verdad que Esme ha puesto a sus obreros a trabajar para que yo tuviera la reforma hecha para cuando pudiera venirme. – Le contesté con un tono de voz normal. Aunque me había molestado su ligera burla.
Hablamos un rato más y nos despedimos, de que me diera unos días para hacerme a la "nueva casa" y que podía pasar cuando quisiera.
Me puse a cocinar y tuve que reconocer que Esme y Emmet habían echo un trabajo excelente en la nueva distribución. Ahora esta cocina tenía un servicio jamás imaginado, y si añadimos que esa era una de las estancias donde más me gustaba estar… Pues perfecto!
En estas primeras horas, me encontré cómoda; reconfortada allí. Ahuyentando mis miedos iniciales a sentirme angustiada por los recuerdos.
Al estar la casa tan cambiada, parecía nueva. Era mía… Era mi nuevo hogar.
Después de cenar, llamé a Carlisle para darle informes de que seguía viva y bien. Por supuesto hablé con Esme y le di mil millones de veces las gracias y a Emmet también. Al final acabaron por ponerme en manos libres y estuvimos hablando un largo rato todos juntos.
Aunque estuvo bien hablar con ellos, y nos reímos un montón, la conversación no estuvo completa. Faltaba algo… más bien alguien: Edward; él fue el único que no se puso al teléfono.
Ese hecho me dejó mal sabor de boca; haciéndome sentir enfadada y triste al mismo tiempo.
Tampoco me costó mucho dormirme. La cama era nueva, como todo, y el colchón era comodísimo. Así que Morfeo se apoderó de mí rápidamente.
Los dos días siguientes fueron algo extraños. Me aburrí bastante, ya que contaba con tener que salir a comprar y colocar un montón de cosas, pero ya estaba todo listo. Así que yo me quedé sin entretenimiento. Lo único que me dejaron por hacer fue el colocar mis libros y algún objeto personal que traía de Dartmouth.
Pero para compensar, tuve varias visitas.
La primera, por supuesto, fue Alice. Que en ningún momento mencionó a Edward, y sé que en un par de ocasiones estuvo a punto de nombrármelo, pero en el último momento se arrepentía y cambiaba de tema. Imagino que no querría entrometerse.
También vinieron Rose, Emmet y Jasper. Todos por separado, como intentando tenerme entretenida de esa forma más horas del día.
A los tres días, sabía que Carlisle tenía el día libre así que los invité a él y a Esme a casa. Después de enseñársela, aunque Esme ya la había visto por supuesto, nos sentamos a comer los tres de forma muy agradable.
Conversamos durante toda la comida, y después hicimos sobremesa en el salón. Yo estaba encantada con tenerlos allí y así devolverles aunque en dosis muy pequeñas, la hospitalidad que ellos habían tenido conmigo.
Al final, Carlisle y yo acabamos sumergidos en una entretenida conversación hospitalaria, de la cual yo empecé a quejarme de que no llegaba ninguna solicitud.
- Tranquila Bella, ya verás como dentro de poco te surge alguna oferta… No desesperes. – Me intentaba tranquilizar.
Aunque sus palabras eran de lo más normal, parecía como si él estuviera completamente seguro. Como si supiera algo que yo no. Como resulto ser.
Al cuarto día, y después de estar dando vueltas como una tonta por casa, decidí darme una vuelta por los alrededores y coger algún madero para encender la chimenea y de paso la caldera. Estábamos a últimos de noviembre y ya hacía frío por el día, y los pocos leños que quedaban en casa los había gastado la pasada noche al encender la chimenea.
Fui al garaje a por el cesto de la leña y me dirigí al caminito que se adentraba en el bosque.
Según me estaba internando, siguiendo el ya a penas marcado camino, recordé lo que me había sucedido aquella vez. La historia que le había relatado a Alice.
Fui recogiendo un montón de leños, y cuando la cesta estaba casi llena y yo no podía apenas con ella, me di cuenta de que estaba a la orilla del rio. De aquel famoso riachuelo donde me había asustado tantísimo por aquel entonces.
Posé la cesta en el suelo y caminé los pocos pasos que me faltaban para llegar a la orilla. Metí la mano y juguetee un poco con el agua helada, sonriendo, recordando en un minuto mi adolescente vida allí.
Cuando me giré, recogí la cesta y alcé la vista para dar la vuelta hacía la casa, de pronto me quedé estática; allí parada notando como mi corazón se agitaba sin sentido.
La mismísima sensación de ser observada que había percibido aquella vez, se instauró en mi alma, en mi corazón como una losa, haciéndolo palpitar desenfrenado. Y la misma sensación de miedo de antaño me invadió abrazándome con sus brazos de sentimientos engañosos y locura ilógica.
- Hay… hay alguien ahí? – Tartamudeé en un susurro.
Silencio. Esa fue mi respuesta.
Miré hacía todos lados. Otee cual águila intentando ver algo; algo significativo. Algo con lo que justificar ese brote de miedo. De angustia, más bien. Esa sensación abrumadora de ser observado y no poder distinguir a quien te mira.
Intenté ser lógica, poniendo mi cerebro en marcha y eso me dio la suficiente cordura como para poner mis pies a caminar. Apuré un poco la máquina y en seguida mi cuerpo se puso en completo funcionamiento haciendo a mis extremidades inferiores andar más deprisa.
La cesta pesaba, demasiado, y era un bulto muy molesto, así que me deshice de ella dejándola caer y eche a correr hacía casa.
Entré y cerré con todos los pasadores de seguridad que Esme y Emmet habían puesto en mi nueva puerta acorazada.
Comprobé que todas las ventanas estuvieran cerradas con sus pasadores y volví a bajar. Me dejé sentar en el último peldaño de la escalera y me agarré la cabeza con las manos.
Al cabo de un tiempo indefinido, aunque podría asegurar que no mucho, mi móvil sonó en la mesita del salón haciéndome levantar de un salto de mi "nuevo" asiento.
- Bella? – Me preguntó Alice al otro lado de la línea; su voz parecía algo agitada, aunque podría ser un eco de mi propia respiración.
- Sí… claro, quien si no? – Intenté hacer una broma, la cual no me salió demasiado bien.
- Te llamaba porque papá va a hacer un pedido de gasoil para la caldera y nos hemos acordado de ti y de que eres una friolera, jaja – Rió, ahora su voz parecía más normal. – Te lo comento para que no vayas a encargar tú también, ya que hemos pedido para las dos casas, mañana estará ahí el camión del reparto hacía el media día. – Me informó.
- Ajá… Muchas gracias por acordaros, la verdad es que no tenía a penas. Ayer ya tuve que encenderla para calentar la casa – Le contesté más tranquila, aunque mi voz seguía teniendo un deje de desaliento.
- Bella… Estás bien? – Me preguntó cambiando su tono a uno de preocupación. – Te noto… rara, preocupada, o incluso asustada. Estás bien ahí? Si tienes miedo de estar sola puedes venirte a dormir aquí, ya lo sabes. No debes sentir vergüenza en admitirlo. – Me soltó casi sin respirar.
- Gracias Alice, en serio… No pasa nada, solo que… Hay cosas del pasado que por mucho que las evites, siempre vuelven, y en el momento que menos lo esperas – Le contesté meditabunda.
- Bueno… tú sabrás a lo que te refieres, pero mi propuesta queda echa. – Respondió sin darle importancia a mis palabras.
Pero sabía que no era así. Después de tantos días seguidos conviviendo con ella, ya le había ido pillando sus distintos tonos, y estaba completamente segura, de que debajo de esa inocencia de no entender mis palabras, ella sabía o por lo menos se aproximaba bastante, a lo que me podía suceder.
La que no sabía cómo, era yo misma. Pero Alice tenía un sexto, o incluso séptimo sentido para adivinar cosas.
Nos despedimos cariñosas como siempre, después de hablar un rato más, prometiéndonos que nos veríamos al día siguiente y haríamos algo juntas.
En nuestra conversación, Alice me dio ideas para entretenerme, de forma inconsciente… O no tan inconscientemente. Lo dicho, es como si supiera que dándome esa idea de en que emplear mi tiempo, yo estaría más tranquila.
La idea en si, era descargarme un juego, Los Sim's. Mis dotes de informática no eran como para licenciarme, pero no se me daba mal a nivel usuario, así que me puse manos a la obra.
Entre que lo descargué, encontré los permisos que me requerían y demás, se fue pasando el medio día; hasta que al final pude ponerme a jugar; y he de reconocer que el juego en sí, estaba la mar de entretenido.
Tanto me había pillado con el juego, que cuando me di cuenta era ya de noche. La oscuridad había invadido por completo toda la estancia, pero al tener la lamparita del escritorio encendida no me percaté.
De lo que si me di cuenta, era que hacía frío. Giré mi mirada hacía la chimenea y… ¡Sorpresa! La cesta con la leña se había quedado tirada detrás de la casa, por un ilógico ataque de miedo.
Me puse la sudadera, cogí una linterna y ni corta ni perezosa salí dispuesta a recuperar lo que haría entrar en calor el salón y de paso a mí misma. Así de paso dejaría descansar el ordenador que llevaba horas a todo gas y estaba que echaba humo.
Ya que aunque encendiera la caldera, el combustible que quedaba en el deposito solo daría para pocas horas y prefería esperar a que entrara más la noche, ya que no eran ni las siete de la tarde.
Decidida, salí a la oscuridad "tenebrosa" con mi linterna y unas agallas que iban disminuyendo a cada paso que daba. No llevaba ni 20 pasos andados, me detuve. Miré hacía atrás, a la seguridad de mi hogar, y volví la vista hacía adelante, hacía el lugar donde descansaba la cesta que me proporcionaría el calor.
Y realmente no me apetecía pasar frío, ya que la casa no se había caldeado por encender la calefacción un par de noches, y quería seguir jugando al jueguito que me había recomendado Alice, muy sutilmente, pero envuelta en el calor que desprende el fuego de la leña seca.
Así de paso, las paredes se secarían más después de estar reforzándolas y pintándolas, tal y como me había comentado Emmet.
Vamos Bella, no seas paranoica. No pasó nada aquella vez hace años, no va a pasar ahora. No hay nada ahí fuera.
Pensé enfundándome valor a mí misma.
Giré la linterna varias veces y efectivamente, allí no había nada de nada. Así que continúe. La cesta no podía estar mucho más lejos, por lo que recordaba.
Después de unos diez pasos más, efectivamente, la cesta repleta de leña estaba allí, esperando ser rescatada.
Con una sonrisa de autosuficiencia, la cogí y casi me apetecía hasta besarla.
No había sido para tanto, solo un poquito de "cague" en un momento dado, pero lo había conseguido. Debería comentar en la comisaria que me había mudado, que ahora estaba sola en la casa y así que la patrulla se pasara de vez en cuando por allí; más que nada, para ahuyentar a posibles cacos, o simplemente algún gamberrete con ganas de fastidiar.
Llegué a la seguridad de mi hogar, y aunque no había pasado nada, cerré con todos los pasadores… Solo por si acaso.
Preparé la chimenea y en seguida el calor de la leña empezó a hacer el efecto deseado.
En un ratito esto estará de lujo
Pensé complacida de mi coraje al haber salido a por la cesta.
Me fui a la cocina y me preparé algo rápido de cenar. Esme no solo había llenado los armarios, si no que el nuevo congelador/frigorífico de dos puertas, gigantesco, estaba repleto de comida.
Después de revolver un poco, me decidí por un variado de comida china.
Un poco de arroz, unos rollitos, alitas y unas empanadillas rellenas de picadillo. Exquisito.
Cené viendo la televisión al calor del fuego, viendo las noticias. Me preparé un chocolate calentito y me puse manos a la obra con el juego otra vez.
Cuando quise darme cuenta, era casi la una de la madrugada. Encendí la calefacción, la programé con el nuevo aparato que me habían instalado y me preparé para irme a la cama.
Al día siguiente, cuando desperté o más bien, me despertó el móvil, eran las once de la mañana, había dormido como una piedra. Reaccioné, me aclaré la voz y contesté.
- Buenos días, la señorita Isabella Swan? – Preguntaron al otro lado.
- Si, buenos días, soy yo. Quién es? – Respondí.
- La llamo del Clallam County Hospital de Forks – El pulso se me disparó haciéndome despertar de golpe. Qué habría pasado? - Tenemos su solicitud para un puesto de enfermera, y era para saber si sigue usted disponible.
Me quedé en blanco; por unos segundos mi cerebro no asimiló lo que me decían.
Un puesto de enfermera. Para trabajar en Forks. No tendría que mudarme. Por fin iba a desempeñar mi carrera…
- Señorita, sigue usted ahí? – Me preguntó la chica.
- Si, si… perdone. Y contestándole, sí sigo libre.
Me citó para ese mismo día un par de horas después.
Colgué y me quedé sentada en la cama sonriendo como una tonta, y sin saber qué hacer.
Me levanté de la cama y me fui directa a la ducha. Al acabar, me miré en el espejo con ánimo de ponerme sumamente guapa. Pero para esta entrevista no iban a mirar mi apariencia, sino mi curriculum.
Desayuné y al final, acabé acicalándome más de lo primeramente decidido.
Me unté crema en el cuerpo y en la cara, me maquille suavemente y al final opté por alisarme el pelo.
Hacía mucho que no me lo ponía así, y este, me pareció un buen momento.
Me puse un vestido corto azul . Y una chaqueta de lana, acompañado con unos botines de tacón.
Llegué con más de media hora de adelanto, pero fue intencionada. Antes de acudir a la entrevista quería hablar con Carlisle para informarle de la susodicha.
Carlisle… Pensé.
No sé por qué, pero me parece que él, tiene algo que ver en esto.
Llegué a su despacho y Alice estaba allí, en su mesa.
- Bella! – Me llamó gratamente sorprendida. – Qué haces por aquí? Y… guauuu… estás divina!
- Gracias Alice, vengo a ver a tu padre. Está dentro?
- Sí, claro, pasa… Se alegrará de verte. – Respondió risueña.
Entré y efectivamente, Carlisle se alegró enormemente de la visita.
- Vaya… si que has aceptado rápido mi invitación para pasarte por aquí? – Me preguntó sonriente.
- Bueno… No vengo exactamente a que me enseñes urgencias, la verdad – Le contesté de forma un tanto misteriosa.
- Entonces? – Había que reconocer que fingía sumamente bien. Por un momento me hizo hasta dudar de que él supiese algo de mi entrevista.
- Carlisleeee… - Lo llamé condescendiente. – Sabes perfectamente a lo que he venido. – Lo miré girando mi cara y alzando una ceja. – Tu no sabrás nada de una llamada que he recibido hace un par de horas, verdad? Porque procedía de este hospital.
Él se medio sorprendió, pero una sonrisa muy suya lo delataba.
- Antes de que empieces a soltar por esa boquita… - Rió – Hace como cosa de un mes, se rumoreó de que sin tardar quedaría libre un puesto de enfermera interina, y por supuesto yo me acordé de ti. – Iba a contestarle, pero no me dejó – Aunque si quieres reñir a alguien, por el motivo que sea el cual yo no encuentro, por cierto… Te estás equivocando de despacho, señorita. – Eso me dejó completamente descolocada. Por lo que mi ceño se llenó de arruguitas.
- Te oriento… - Sonrió - Debes coger el ascensor y subir a la planta 5ª, donde están los despachos. Según sales del ascensor te encontraras un mostrador con una chica un tanto desagradable, si me permites decírtelo, aunque sé que ya tienes el gusto de conocerla – Según iba hablando, mi sentido de la orientación me llevó a un despacho concreto y mi pulso empezó a acelerarse. – Y le preguntas por el despacho del Dr. Cullen… de Edward Cullen. – Recalcó mirándome de forma pilla.
Según mencionó su nombre, que llenó de gloria mis oídos, el corazón y el estómago me dieron un vuelco, y noté como de mi boca salía un bajo suspiro.
- Él fue el que envió tu solicitud en tu nombre. Yo había oído el rumor, y cuando fui a hablar con personal, Edward me dijo que ya la había mandado él. – La sonrisa de Carlisle era una mezcla entre divertida y pícara. Mi cara un poema – Sí, no te quedes con esa cara, aunque he de reconocer que yo también me quedé algo… sorprendido, cuando me lo comunicó. – Ahora su sonrisa se hizo más patente, llegando casi a una carcajada. – Debes gustarle más de lo que parece… Ya te tiene merodeando su entorno familiar, y ahora quiere tenerte bajo su custodia en el ámbito profesional, jajaja! – Rió abiertamente ante mi cara de pasmo.
Después de que me recompusiera, y Carlisle me diera toda clase de suerte y ánimo, salí para dirigirme a mi entrevista. No sin antes pasar por Alice.
- Ay… Bella… - Alice vino danzando a abrazarse a mí. – Ahora vamos a ser compañeras! – Reía feliz.
- Bueno Alice, no cantemos victoria, el puesto todavía no es mío. Solo vengo a la entrevista – Le contesté muy humilde.
Alice enarcó una ceja a la par que ponía cara de póker. Al final tuve que acabar riéndome.
- Bella… Siendo Edward el jefe de personal y Carlisle el jefe de urgencias… Tú de verdad todavía albergas dudas de que el puesto no sea para ti? – Preguntó con sorna.
- Ya… y no quiero parecer desagradecida, pero no me gustan los enchufes. Quiero conseguir esa plaza por méritos propios – Le respondí sincera.
- Si no tuvieras un curriculum de llamar la atención, Edward no se hubiese molestado en rellenar la solicitud por ti, eso te lo aseguro. Además, estás plazas de interino en hospitales pequeños se suelen ocupar así. A dedo, como se suele decir… Ya deberías saberlo. – Me explicó muy coherente Alice.
He de reconocer que tenía razón. A no ser que saliera una plaza fija, que entonces si salía a convocatoria o en bolsa, estas de interino en este tipo de hospitales, solía ser porque algún médico conocía a alguien o tenía algún familiar enfermero/a y se rellenaba la vacante así. A dedo.
Cuando ya me había despedido y alejado unos pasos de Alice, asomó la cabeza y me dijo algo que hizo que me pusiese nerviosísima. Bastante más que por la entrevista en sí.
- Cuando te den el puesto, acuérdate de girar a la derecha antes de coger el ascensor… Edward está en su despacho. – Y volvió a esconder la cabeza, pero una risita juguetona se oyó de fondo.
Por supuesto… como no iba a pasarme para darle las gracias; pero… aunque tenía excusa más que de sobra para pasar por su despacho a verlo, eso no restaba a que un nudo y unos nervios tremendos se apoderaran de mi estómago.
Como bien me había dicho Alice, el puesto era mío. Lo de la entrevista era una mera formalidad. Estaban encantados con mi curriculum y mis calificaciones en la universidad.
Ya estaba todo hablado. En cinco días empezaba a trabajar.
Me volvió a citar para el día siguiente, ya que necesitaba mi título universitario y mi cuenta del banco. Para entonces ya tendría preparados mis uniformes y mi horario del resto del mes.
Pero antes de acabar, me dio un par de sorpresitas más.
- De mano, la interinidad es para cuatro meses. La enfermera a la que sustituyes ha sido mamá, por lo que es una baja de maternidad… Pero corren rumores de que va a dejarlo – La chica que me atendía alzó las cejas como diciéndome: "la pillas?" – Es el tercer bebé que tiene y parece ser que a su marido le han ofrecido un ascenso en Seattle, así que es posible que la plaza quede vacante… - Sonrió con picardía. – Pero siendo recomendada por sendos Dr. Cullen… por Edward – Y otra vez al oír la mención de su nombre, un escalofrío recorrió mi columna vertebral – y Carlisle, no creo que tengas problemas; esa plaza ya tiene tu nombre y apellidos – Rió.
La verdad que ni en su tono, sus palabras o su risa había maldad, pero me disgustó que pensará que únicamente tenía méritos para conseguir esa plaza por ser amistad de quien era. Aunque realmente, por méritos propios, ahora mismo, no tenía ninguna posibilidad. Nadie, sin enchufe, recién salido de la universidad aspiraba a adquirir una plaza fija.
Los había muy afortunados y en muy poco tiempo conseguían una, pero primero había que pasar por interino. Siempre.
He de reconocer que salí contenta, pero algo disgustada también. Odiaba esos enchufazos a dos mil voltios. Una ayudita, siempre viene bien, pero de eso a que me dijera que la plaza fija era mía… Había un mundo.
Cuando llegué al hall del ascensor, donde el mostrador de la "chica amable", otro tipo de nervios empezaron a recorrerme el cuerpo.
Había llegado la hora de ver a Edward.
Debía reconocer que la excusa era perfecta, ya que llevaba cuatro días buscando una para verlo, pero él tampoco había echo nada por ponerse en contacto conmigo… Ya me había disculpado con la nota, pero él no había devuelto ningún gesto.
Me sacudí la cabeza para no empezar con los clásicos – Yo hice, tu hiciste… -
Respiré profundo y me dirigí al mostrador. "La simpática", no me dio tiempo ni de preguntar.
- Está dentro… y te está esperando… - Me dejó pasmada.
Que me está esperando?
Todavía algo atontada, me acerqué a su puerta y piqué.
- Pase – Respondió con su dulce voz.
Abrí y asomé solo la cabeza, mordisqueándome el labio. Sabía que ese gesto le encantaba.
- Se puede, Dr. Cullen… - Lo piqué. Él se levantó de la silla, haciéndome gestos con la mano para que pasara.
- Claro, Srta. Swan – Me siguió la broma. – Que le trae a usted por aquí? – Entré y me acerqué con una sonrisa traviesa.
- Venga Edward… déjate de bobadas… - Le solté, divertida. – Sabes perfectamente que hoy estaba citada para una entrevista, de la cual tu tenías, cosa extraña, conocimiento antes que yo misma – Le dije con tono sarcástico, pero simpático. – Así que… soy toda oídos. – Dicho lo cual, me senté cómodamente en una de las sillas frente a su mesa.
- Por favor, siéntate – Me ofreció con ironía, pero de su boca salía una clara sonrisa… Y que sonrisa!
- Qué quieres que te explique…? Ya te lo ha dicho todo Alice, así que a mí ya no me queda nada que contar – Por supuesto, la duendecilla y chivata de Alice.
- Bueno, a lo mejor es que quiero oírlo de tus labios. – Mi tono ahí se me fue de las manos, sonando un poco demasiado seductor. Él me miró alzando una ceja pícaro.
- Yo solo quiero la recompensa de haberte hecho el favor… que no llega a la definición de favor. Simplemente por mi puesto, yo me entero de estas cosas, y antes de que se beneficie otra persona, quería que te beneficiaras tú. Sin más. – Respondió sin darle más importancia a mi comentario.
- Recompensa? – Pregunté extrañada – Qué recompensa?
- Eso tendrás que averiguarlo tú misma… - Ahora el que usó, y con total intención, un tono seductor fue él. Yo sonreí de forma sensual en respuesta.
Nos quedamos en completo silencio los dos. Estábamos en un punto… raro. Era el momento de dejar claro que "las paces" estaban echas, de dar un paso. Pero ninguno se acababa de decidir.
El silencio, al cabo de un minuto empezó a volverse algo incómodo.
Se notaba claramente por ambos lados que los dos estábamos deseosos de decir algo, o incluso de hacerlo, pero eso… Que ninguno se decidía.
Entonces mi móvil sonó, haciéndome salir de mis cavilaciones.
- Es Alice – Le comuniqué a Edward. Él asintió con un movimiento de cabeza.
- Dime Alice… - Respondí.
Hablamos un momento y colgué.
- Era para invitarme a comer – Le comenté a Edward. – Para celebrar lo de mí nuevo trabajo. Quedé con ella ahora, donde el despacho de Carlisle – Sonreí sensitiva – Que según Alice, tu padre quiere darme un abrazo enorme – Mi sonrisa se agrando hasta el extremo. La de Edward, se volvió tierna.
En ese momento, sin saber muy bien porqué, me noté triste y sabía que mi cara lo estaba reflejando. Triste porque me hubiese encantado que la invitación a comer la hubiera propuesto él. Los dos solos celebrándolo. Edward me miró frunciendo por un segundo el ceño. Había notado mi cambio de humor; eso me trastoco.
- Pasa algo? – Me preguntó precavido.
- No… no, para nada… - Me levanté de la silla algo acelerada – Tengo que irme, quedé ahora con tu hermana, y tu padre me monopolizará durante tiempo indefinido, y el viaje hasta Port Ángeles nos llevará un rato… Bueno… ya nos veremos… y ya pensaré eso de "recompensarte" – Le expliqué de forma algo atropellada forzando una sonrisa.
Cogí el bolso y la chaqueta que había colocado en la otra silla y me dispuse a irme, pero Edward me detuvo sosteniéndome de un brazo.
- Espera… – Agachó la cabeza y la sacudió en un movimiento casi imperceptible; parecía estar luchando contra su yo interno. – Tú nota… - Abrí los ojos mostrando un cierto temor a sus palabras, no había pensado que fuera a mencionar nada – Me encantó, en serio… - Y me miró, con un brillo muy especial en los ojos.
Ya me estaba empezando a acostumbrar a que me mirase de esa forma, la cual me encantaba, por supuesto.
- Siento haber entrado en tu dormitorio sin permiso… Pero era la única forma de dejarte la nota… - Me disculpé; en sí era verdad, simplemente omití el cotilleo previo a su cuaderno.
Edward puso su dedo índice en mi boca, callándome; y de pasó, abrasándome con su ardiente mirada, la cual estaba fija en mis ojos.
- Shuuu… - me calló. - No me pareció mal para nada. Yo también siento mucho el haber reaccionado así. Debí entender que estés sensible con ese tema… Y quiero decirte que para nada pienso que seas nada de eso que has puesto en la nota. Me pareces alguien muy especial, y con una gran capacidad de amar. – Sus palabras, suaves, aterciopeladas y su forma tan abrumadora de mirarme estaban derritiéndome.
A día de hoy, sigo sin comprender como pude ser capaz de resistirme y no lanzarme a por él y comérmelo allí mismo.
- Iré a tu casa cuando me invites personalmente… Cuando pongas una fecha… - Suspiro y sonrió de esa forma que me mataba; con su sonrisa torcida – Cuando sea algo parecido a una… cita. – Lo dijo sin apartar ni un instante sus ojos de los míos.
- Te llamaré… - Susurré, sin apartar la mirada. Realmente no podía, me tenía hipnotizada.
Y otra vez, estábamos en nuestra burbuja personal e intima, sin apartar la mirada el uno del otro.
Para complementar el momento, Edward me acarició la mejilla con el dorso de sus dedos; suave, muy suave.
- Va a encantarme tenerte pululando por aquí – Susurro, que era el tono adquirido por ambos desde hacía varios minutos. Yo le dediqué una sonrisa tímida pero sincera, de la que llegan a los ojos. – Te quiero en todos los planos de mí vida – En ese momento todo el aire que tenía en los pulmones me salió de golpe, emitiendo un bajo suspiro. Él se acercó a mi oído y me susurró aun más bajo – Estaré esperando impaciente esa invitación – Su aliento rozó en el lóbulo de mi oreja erizándome el bello, y haciendo que un estremecimiento se instaurara en mi bajo vientre.
Y como si entendiera que por mi misma no podía apartar la mirada de sus ojos dorados e hipnotizantes, él fue el que con una sonrisa pícara, desvió la dirección de sus orbes.
