CAPITULO 38. JUNTOS
Continuamos el beso hasta que yo necesité oxigeno. Separamos nuestros labios, pero seguimos pegados, con las frentes apoyadas.
Edward, en un giro rápido y estudiado, me alzó en cuello y ante mis risas, me subió escaleras arriba.
- Tu risa es como canto de ángeles para mis oídos – Me dijo mirándome fijamente a los ojos. Yo creí explotar de felicidad.
- ¿Pues sabes? Cuando tú ríes, me alegras el día. – Le contesté sincera. Él sonrió complacido.
- No te haces una idea de cuanto tiempo llevo esperándote – Me susurro con la mirada puesta en mí, pero perdida.
Sus palabras no tenían mucho sentido, ya que tenía 26 años… Así que tampoco había tenido que esperar tantos años… Pero el tono con el que me lo dijo me impactó de lleno en el corazón. Sus palabras denotaban tanto sentimiento y a la vez sufrimiento, que me enternecieron produciéndome cierta congoja.
En respuesta, le acaricié la cara con mucho sentimiento, sin apartar mis ojos de los suyos, los cuales habían quedado hipnotizados, como siempre me pasaba cuando me clavaba la mirada de esa forma.
Al notar mi contacto, tan tierno, sobre su rostro, cerró los ojos saboreándolo, disfrutándolo. Y sin previo aviso y aun conmigo entre sus brazos, me besó. Con urgencia, con anhelo.
Y sin despegar nuestros labios, llegamos a mi dormitorio.
La luz de la luna llena entraba por la ventana dándonos cierta claridad, distinguiendo poco más que las formas. Parecía que asta el astro lunar quería favorecernos el momento íntimo.
El beso adquirió otra temperatura, otra connotación, llenándose de pasión. Me bajó de sus brazos y sin apenas separarnos, comenzamos a desvestirnos. Aunque los dos teníamos prisa, fuimos despojándonos mutuamente de la ropa con cierta calma. Saboreando el momento.
- ¿Sabes que hoy estás espectacular? – Me afirmó más que me preguntó. – Sé que te has puesto así solo con intención de volverme loco… Más loco aun por ti – Sus palabras estaban cargadas de erotismo.
- Te lo reconozco… - Le confesé mordiéndome el labio – Mientras me preparaba solo tú estabas en mi mente… Quería impresionarte. Que no pudieses quitarme los ojos de encima en toda la noche.
- Bella – Separó su cara de la mí para mirarme – Cuando tú estás cerca, ya no tengo ojos, percepción ni sentidos más que para ti. ¿Todavía no te has dado cuenta? – Se acercó un poco, rozó las puntas de nuestras narices y volvió a separarse – Estoy locamente enamorado de ti… - Pestañeé seguido ante la inmensidad y sinceridad de sus palabras – Desde el primer día… Desde que entraste por error en mi despacho preguntando por Carlisle. En aquel momento, te adueñaste de mi corazón y de mi alma.
- Te amo… Edward – Sencillo, sincero y directo. Tampoco mis cuerdas vocales daban para decir mucho más.
Volvimos a besarnos. Nuestras manos se volvieron avariciosas por el cuerpo del otro. Nos liberamos de la ropa con mucha sensualidad, dejándola caer a nuestros pies con suavidad. Rozándonos la piel cada vez que nos despojábamos de una prenda.
Lo más insufrible fue cuando me quito las medias.
Yo de pie frente a él, se arrodillo y me cogió un pie alzándome la pierna; y con sus dos manos fue subiéndolas hasta llegar al muslo y con mucha pericia, metió los dedos por la puntilla de la liga y fue deslizando las medias con un erotismo matador; haciendo que a mi bajo vientre le llegaran oleadas de descargas eléctricas. El mismo recorrido hizo con la otra media, volviéndome loca.
Ya no había vestido, solo la lencería. Por su parte, solo los pantalones. Me acerqué a él de forma sexy y después de regodearme tocándole el torso, bajé por su vientre hasta llegar a la hebilla del cinturón. Metí los dedos traviesa, haciéndolo jadear. El sonido de su voz, excitada, me dio una descarga eléctrica directamente al cerebro y de allí bajó directamente a mi clítoris, estallando como una bomba.
Le desabroché los pantalones y de un golpe se los bajé, llevándome, intencionadamente, los boxes en el camino. Dejando su portentosa erección al descubierto. Al verlo, abrí la boca y me pasé la lengua por los labios.
- Espero que lo que ves sea de tu agrado – Me susurró al oído.
- Ummm… - Le contesté cerrando los ojos, mostrándole un gesto de placer. – Ahora habrá que ver como lo usas. Le lancé una mirada insinuante, caliente, morbosa…
No me dio tiempo a más… Me agarró y con un movimiento certero se deshizo de mi sujetador, me dio la vuelta, dejándome de espaldas y con esa sensualidad que lo caracteriza, me bajó el culote de encaje.
- Es precioso… pero lo es mucho más lo que hay debajo – Susurró, besándome y lamiéndome las piernas y las nalgas.
Me acarició la espalda, los brazos, el vientre… y con mucha delicadeza, sus manos iniciaron el ascenso. Notaba como mis pechos reclamaban sus manos… Llegaban casi a dolerme pidiendo que me los acariciase.
Y poco a poco, haciendo el momento glorioso… Por fin llegó a ellos. Primeramente los acarició con la yema de los dedos, haciendo a mis pezones erguirse. Hasta que por fin, los abarco con toda la amplitud de su estilizada y suave mano, haciéndome doblar la espalda hacía atrás, apoyándome en su pecho, y soltar un gemido de puro placer.
Mientras seguía regalándome caricias en mis pechos avariciosos, me besaba la clavícula, el cuello… Sobre todo por encima de la yugular… Punto erógeno por excelencia. Haciéndome emitir bajos gemidos.
- Dios… hueles tan exquisitamente bien… - Me dijo completamente extasiado.
Por fin, me dio la vuelta y después de seguir explorándonos el cuerpo, calentándonos hasta lo imposible, me tumbó en la cama. Quedándonos de lado.
Sus manos comenzaron otro recorrido torturador desde mi cara, pasando por mis pechos, el vientre, y poco a poco, preparándome fue bajando por zona íntima, acariciándome el clítoris. Primeramente muy despacio, haciendo que la zona se humedeciera; que se preparara. Era una tortura lenta y deliciosa.
Yo me giré un poco ya que mis manos me picaban por tocarle. Al igual que él, también hicieron un recorrido lento, para devolverle el dulce tormento. Hasta que mis manos encontraron su bajo vientre, musculado y perfectamente delineado. Este hombre era una escultura griega, modelada al detalle.
Extendí mis manos, hasta que los dedos se encontraron con enorme erección. Erguida, firme, dura… Esperándome.
La agarré con todo el contorno de mis manos, los cuales casi no llegaban a abarcarla y lentamente, comencé a masajearla bajándola un poco; rozándole la punta entre mis dedos índice y pulgar.
Él se estremecía y gemía al igual que yo misma por su contacto en punto del placer.
Moví la mano un poco más, bajándola casi hasta el final y él emitió un sonido gutural, casi un gruñido. Eso me volvió loca, así que comencé a masturbarlo de forma continua, modificando el ritmo para su mayor goce.
Él, animado por mis movimientos, también se aventuró a progresar en sus caricias, deslizando un dedo entre mis labios mojados e introduciéndolo de golpe en mi interior.
Debido a la sensación de placer, yo le apreté el miembro haciéndolo gemir más alto. Dejé la mano quieta de golpe.
- Dios… lo siento. – Me disculpé acongojada – ¿Te he hecho daño? – Le pregunté temerosa de haberlo lastimado.
- Bella… si paras ahora, soy capaz de morderte – Me susurró de forma casi tenebrosa, pero erótica al extremo.
Sonreí pícara, gesto que él me devolvió y seguimos en nuestro peculiar masaje. El cual acompañamos enroscando las piernas y besándonos allí donde nuestras bocas llegaban.
La temperatura del ambiente iba subiendo cada vez más… Los movimientos habían dejado de ser tan suaves y cuidadosos para ser frenéticos. Mi piel comenzaba a sudar y me sentía sumamente acalorada. Sabía que el clímax, si Edward seguía a este ritmo no estaba lejos.
- Edward… - Lo llamé jadeante – Si sigues… yo… voy a… voy a… - Los gemidos que mi garganta me obligaba a soltar, me imposibilitaban el hablar con normalidad, a parte de que no sabía muy bien que término utilizar.
- ¿Vas a que…? – Me preguntó también jadeante. – ¿A correrte? – Esa palabra, en su boca, con su voz aterciopelada, me pareció lo más erótico que jamás me habían dicho.
- Siii… - Jadeé.
- Pues correrte, quiero que acabes para mí… Que me impregnes los dedos de tu esencia, de tu almíbar. – No podía más, mis oídos y mi sexo no podían resistir más.
- No… - Gimoteé – Quiero que nos corramos juntos… Pero te quiero dentro de mí. – Le susurré lasciva; muerta por el deseo. – Quiero sentirte, necesito sentirte… - Le murmuré al oído.
Suavemente, fue sacando los dos dedos que ya tenía en mi interior, y con mucho tacto y sutileza, para que no fuera algo cortante, poco a poco, entre besos y caricias, se posicionó encima de mí, comenzando a besarme por la cara, los labios, el cuello… y poco a poco, dejando un reguero de tiernos y carnosos besos, llegó hasta mis pechos. Yo no pude más que arquear la espalda y gemir ante su aliento frío sobre mis pezones erectos.
Se los metió en la boca, degustándolos, chupándolos y hasta mordisqueándolos. Era lo más delicioso que me habían echo en esa zona jamás.
En su recorrido descendiente por mi cuerpo, no dejó de mirarme a los ojos ni un solo momento. Y aunque en ellos había fuego y hambre… Su mirada denotaba un amor inmenso. No estábamos follando, sino que habíamos el amor. La forma más antigua y carnal de demostrar amor entre un hombre y una mujer.
Y siguiendo ese contexto, fue introduciéndose lenta y tortuosamente dentro de mí. Y yo lo recibí húmeda y preparada. Una vez todo su miembro en mi interior, se quedó quieto y vi como disfrutaba de ese momento.
- Dios Bella… eres tan caliente, tan suave… me vuelves loco en todos los aspectos que existen – Susurró en éxtasis.
El movimiento, al fin, llegó. Y debía de reconocer que se movía extraordinariamente bien. No abusaba de ningún movimiento, sino que los iba cambiando. Imagino que para ir tanteándome; conociéndome… y buscando ese punto que tanto les gusta a los hombres encontrarnos a las mujeres, y que nosotras rezamos porque encuentren.
Lo rozó, varias veces, en distintos movimientos y posiciones, ya que no estaba tampoco quieto. Me alzó las piernas, de frente, de lado, dobladas, estiradas. Y cada vez que su pene, rozaba mi punto interno, yo chillaba contorsionándome, mientras él sonreía orgulloso de su hallazgo.
Y una posición que me encantó y él podía perfectamente realizar, ya que el tamaño de su pene se lo permitía, era la posición de lado. Mientras me penetraba, con su pulgar me estimulaba, más aun, el clítoris haciéndome llegar hasta chillar, y con la otra mano, apretaba mis pechos.
Después de sabe Dios cuanto tiempo, volvió a posicionarse encima de mí. Me sujetó las manos por encima de mi cabeza, inmovilizándome y me penetro bruscamente; esta vez, sus movimientos fueron letales. Ya sabía donde "pillarme" y fue directo ahí.
La sacaba y la metía profundamente, moviéndose, restregando su cuerpo contra el mío mientras empujaba hasta llegar al fondo; hasta encontrar ese punto que me hacía perder hasta el sentido.
En pocos movimientos, el clímax empezó a invadirme y dejándome llevar, exploté.
- Dios Edward… yaaa… Yaaaa cariño… Diosssss! – Grité como poseída.
- Oh Bella… Joder… Nena… ohhhh… - Y él se derramó en mí con dos embestidas brutales.
Se dejó caer sobre mí, sofocado y exhausto. Y yo me quedé tumbada, con los brazos en cruz sobre mi cabeza, intentando recobrar el sentido.
Había sido la experiencia sexual más de lo más de toda mi vida. Después de esto, cualquier otra cosa ya no me valdría.
Al cabo de un momento, Edward se tumbó a mí lado, jadeante aun, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
Nos acariciamos dulcemente el uno al otro, dejando pasar unos minutos para recobrar aliento.
- ¿Estás bien? – Me preguntó al ver que no decía nada. Noté como su voz tenía un ligero timbre de preocupación.
- ¿Qué si estoy bien? – Me giré y lo encaré alzando una ceja. – Mucho mejor que bien, cielo…
- Ahh… Estaba empezando a pensar que no te había gustado – Me dijo de forma tímida.
- ¿Cuánto tiempo necesitas para recuperarte? – Le pregunté sonriendo lujuriosa. Él me devolvió el gesto.
- Nada – Contestó con los ojos en llamas otra vez.
Miré de reojo, y efectivamente, su miembro estaba empezando a levantarse otra vez. Increíble.
Sin darle tiempo a nada más, di un salto y me puse encima de él, a horcajadas. Esta vez era mi turno.
Me froté un poco, de forma sensual, mirándolo con deseo para ayudarlo a ponerse a tono. No tuve que rozar mucho, ya que enseguida noté entre mis labios como su erección era más que palpable.
Y así, volvimos a unirnos en otra experiencia maravillosa y casi aun más increíble que la anterior.
Pero un sentimiento iba cambiando entre nosotros a medida que nuestra intimidad crecía a la luz de la luna llena… Y era la sensación de estar juntos.
Cuando desperté a la mañana siguiente, me encontraba pletórica de felicidad, pero exhausta. Nuestra primera vez y la segunda, nos había llevado casi tres horas de frenesí y placer sin apenas interrupción.
Me estiré y me encontré sola en la cama. Eso me hizo fruncir el ceño. Gesto que me duró poco, ya que una voz de terciopelo me hizo girar y poner una gran sonrisa en mis labios.
- Buenos días nena – Me saludó Edward cargando una bandeja con el desayuno.
- Ummm… Edward… Qué bien, el desayuno en la cama – Me alcé decidida y cuando me quedé sentada me di cuenta de que estaba completamente desnuda.
Me tapé con la sábana y noté como mis mejillas se teñían de rojo.
- ¿Va a entrarte vergüenza ahora? – Me preguntó pícaro.
- Bueno… no… - Le dije mordiéndome el labio.
Posó la bandeja en la mesita, y se acercó a mí, quedando a escasos centímetros de mi cara.
- No creo que necesites que te recuerde todo lo que he hecho con ellos esta noche, verdad? – Alzó una ceja – Aunque a lo mejor es lo que pasa… que ya se te ha olvidado – Sonrió divertido ante mi cara de sorpresa. – Toma, desayuna… Necesitas recuperar fuerzas – Deposito la bandeja sobre mi regazo.
- Y tú… ¿no desayunas? – Le pregunté.
- Por las mañanas solo tomo un café… Siempre me levanto con el estómago cerrado. Pero te acompañaré, por supuesto. – Rodeó la cama y se tumbó a mi lado mientras yo devoraba el exquisito desayuno que me había preparado.
Después de un rato, excesivamente largo, de silencio y mi desayuno casi devorado por completo, Edward se decidió a romperlo.
- Bella… Espero suponer bien, en que no te arrepientes de nada de lo ocurrido esta noche, ¿verdad? – Preguntó cauteloso. Yo por poco me atraganto con un trozo de fruta.
- ¡Claro que no! – Exclamé, mirándolo con los ojos desorbitados.
- Eso pensaba… Solo que hoy te veo… No sé, como tímida, cohibida.
- Bueno… eso sí. La verdad es que no sé muy a que atenerme… A que nos vamos a atener de ahora en adelante. – Suspiré ante su mirada agachada – Nos dijimos cosas… Importantes pero… - No sabía como continuar la frase. Me estaba sintiendo acongojada.
Me retiró la bandeja del regazo y la colocó en la mesita de su lado; se inclinó sobre mí, quedando de lado y me envolvió la cara entre sus manos.
- Bella… Efectivamente que nos dijimos cosas importantes. Y yo sentía cada una de ellas. No es que lo dijera por la efusividad del momento… Llevaba mucho tiempo con ganas de poder decírtelas. Y consideré que haciendo el amor por primera vez, era oportuno. – Explicaba sin perder de vista mis ojos. – Te amo… ya te lo dije ayer, y te lo repetiré todos los días de mí vida… - Mientras seguía mordisqueándome el labio, una sonrisa se escapaba de mi boca. – Quieres cumplir conmigo ese… ¿Empecemos con un para siempre…? – Me preguntó con un brillo deslumbrante en los ojos.
- Si… quiero empezar contigo un para siempre… - Le dije mirándolo fijamente. – Yo también te amo… más de lo que pensé llegar a amar a nadie.
Estaba hecho. Estábamos juntos. Y nos amábamos.
Después de afirmar nuestra relación, nos fundimos en un beso romántico hasta lo infinito, que dio paso a acabar haciendo el amor para dejar bien asentados nuestros sentimientos mutuos.
Esta vez, todo fue mucho más despacio. Más sensual. Muchas caricias, roces y besos. Disfrutando el momento; el uno del otro. Sintiéndonos.
Una experiencia extracorpórea en toda regla. Las sensaciones eran tan maravillosas como estar en el paraíso… O eso me pareció a mí.
A media tarde, después de que Edward me dejara dormir otro rato, me desperté nueva. Notaba el cuerpo cansado, lógicamente, pero mi estado de ánimo era tan sumamente bueno que envolvía cualquier otra sensación que pudiera estropear ese momento glorioso.
Me levanté y por supuesto, estaba desnuda. Vi la camisa de Edward en el suelo y la recogí para colocarla en el galán, y no pude evitar olerla. Y el aroma que emanaba de esa prenda era tan sumamente exquisita, que hizo despertar brincando a todos mis sentidos.
Así que en vez de estirarla en el galán, me la puse sobre mi piel desnuda. Y así, ataviada únicamente con su camisa, me fui en busca de "mi chico".
Nada más salir del cuarto, ya escuche sonidos abajo. Edward debía estar hablando por teléfono.
Por un momento me quedé parada, para darle privacidad, pero…
¿No éramos pareja? No debía haber secretos entre nosotros.
Fui haciendo ruido a propósito mientras bajaba las escaleras, para avisarlo de que andaba por la casa, y él, no defraudándome, no dejó de hablar. Si no que se giró y me miró, quedando gratamente sorprendido por mi atuendo.
- Es Alice… - Me susurro, tapando el micrófono del teléfono con la mano. – Esta poniéndose pesada. – Rodó los ojos. Yo sonreí. – Quiere que vayamos a casa para celebrar… bueno, ya sabes… Que estemos juntos – Ahora su sonrisa si fue auténtica.
Era increíble lo mucho que le gustaba la idea de que fuésemos pareja, siendo él un chico. Por regla, solemos ser las chicas las que nos ilusionamos más con esas cosas. Fuera como fuere, yo estaba pletórica, por mi misma y por su propia felicidad.
- Trae, anda… - Le pedí el teléfono rodando los ojos y sonriendo divertida.
- Bonito atuendo – Me susurró al pasar a su lado. Yo le miré provocativa alzando una ceja.
- Dime Alice… - Escuche pacientemente como Alice me daba sus argumentos para que fuéramos a casa. Convenciéndome.
Mientras tanto, Edward empleaba su tiempo en otros menesteres mientras me dejaba a mí batallar con su hermana; y cuales eran…? Estar toqueteándome, introduciendo sus suaves manos por debajo de su camisa, acariciándome la piel desnuda.
- Verás Alice… si yo entiendo todo lo que me dices, y estoy agradecida de que queráis compartir este momento con nosotros… Pero va a haber muchos días y muchas celebraciones… - Le contesté – Pero hoy, tu hermano está secuestrado en mi casa, y no creo que nos vayamos a mover de aquí en todo el día. Fuera hace un día de perros y aquí se está muyyyy calentito, jajaja! – Reí; pero no solo estábamos calientes por la calefacción, sino por como me estaba poniendo Edward con sus caricias. – Aliceeee… Lo siento, pero hoy no te van a servir ninguno de tus truquitos para embaucarme… Mañana nos pasamos por allí a comer, de acuerdo? Y ahora te dejo… Un beso para todos… y de Edward también. Chaoooo – Me despedí casi dejándola con la palabra en la boca.
- Guauuu… Eres fantástica – Me aduló Edward – Te has desecho de mi hermana con una facilidad pasmosa… jajaja – Rió divertido él, metiendo su adorable boca en mi cuello.
- Hoy eres mío… solo mío… Llevamos meses de retraso… - Alcé una ceja de forma provocativa; lasciva – Y quiero recuperarlo todo… Así, a partir de mañana ya podemos empezar normalmente… Si no, - Puse carita de angelito – Siempre llevaremos ese retraso a cuestas… No crees?
- Y que es lo que quieres poner al día? – Me preguntó de esa misma forma, lasciva, provocadora.
- A ti… en mí cama… - Le contesté casi jadeando.
Dicho y hecho. Me cargó en sus brazos y me llevó casi en volandas al dormitorio, de donde no salimos en otras dos horas largas.
Cada vez nuestra compenetración e intimidad iba en aumento. Y solo llevábamos unas horas como pareja. Disfrutando de nuestro 4º encuentro íntimo, ese pensamiento llegó a mi mente, inundándome de felicidad y satisfacción.
En ese momento comprendí que seríamos muy felices juntos; que nada se interpondría entre nosotros.
Aunque teníamos caracteres fuertes y agresivos, nos entenderíamos a la perfección. Habría momentos malos, pero estaba segura de que los solventaríamos juntos. No habría nada que pudiera llegar a ser más fuerte que nuestro amor.
Y así, pasó nuestro primer día. Entre arrumacos, comidas a deshoras, caricias, confesiones de cama, y mucho amor.
Ese día, hicimos el amor seis veces, y a cual mejor de todas ellas.
