Londres
Dos meses después
Tal vez fuera por causa del collar. Sakura jamás había creído en la maldición, claro, pero todos en la pequeña aldea de Harwood conocían la leyenda de aquella joya. La gente la contaba entre susurros. Temerosa, codiciada y sentía un miedo reverencial por aquella magnífica obra de la orfebrería creada en el siglo Xlll para la novia de Lord Fallon. Se decía que aquella gargantilla – el Collar de la Novia – podía proporcionar a quien la poseyera una dicha sin fin, o hacer que sobre ella recayera la más insoportable de las desgracias.
Todo ello no había bastado para disuadir a Sakura, que de todos modos había robado, y la había vendido a un prestamista de Dartfield por una suma que les había permitido escapar.
Pero de aquello hacía ya casi dos meses, antes de su llegada a Londres. La cantidad que se había visto obligada a aceptar era ridícula, y apenas les quedaba ya dinero.
Al principio confiaba en encontrar trabajo como institutriz en la residencia de alguna familia amable y respetable, pero de momento no lo había logrado. Las pocas ropas que habían conseguido llevarse la noche de su huida eran modernas, sí, pero los dobladillos de Sakura empezaban a deshilarse, y en la capa de muselina de Tomoyo, de color albaricoque, habían aparecido ya unas primeras manchas apenas perceptibles. Aunque sus modales y su modo de expresarse eran los que correspondían a dos jóvenes de clase alta, Sakura no contaba con cartas de recomendación ni referencias y, sin ellas, le habían cerrado todas las puertas a las que habían llamado.
Su grado de desesperación se asemejaba cada vez más al que había sentido en Harwood Hall.
-¿Qué vamos hacer, Saku? Le pregunto Tomoyo, alimentando aún más la marea de autocompasión que se apoderaba de ella – el señor Jennings dice que nos echará si no pagamos el alquiler esta semana.
Sakura se estremeció al pensarlo. En Londres había visto cosas que prefería olvidar, a niños sin hogar que recogían restos de comida junto a los arroyos, a mujeres que vendían sus frágiles cuerpos a cambio de unas míseras monedas para sobrevivir un días más. La idea de que las expulsaran de su último refugio, el minúsculo desván de una sombrerería, de acabar compartiendo la calle con chusma de toda ralea y condición, se le hacía insoportable.
No te preocupes cielo, no pasa nada – le respondió al fin, poniendo, una vez más, buena cara al mal tiempo- . Todo en este mundo tiene solución
Con todo, la propia Sakura empezaba a dudarlo
No sin esfuerzo, Tomoyo logró esbozar una sonrisa.
Ya sé que se te ocurrirá algo. Como siempre.
Con sus diecisiete recién cumplidos, Tomoyo era dos años menor que su hermana, aunque varios centímetros más alta. Ambas eran delgadas, aunque era la menor quién había heredado la deslumbrante belleza física de su madre.
Sus cabellos, negros y ondulados, le llegaban casi hasta la cintura, y su piel era suave y pálida como la de una Venus de alabastro. Tenía los ojos tan azules que, a su lado, incluso los célebres cielos de Kent palidecían. Si un ángel llevara un vestido de muselina color albaricoque y se abrigara con una capa gruesa, se parecería mucho a Tomoyo Whiting.
Sakura se veía a si misma menos llamativa, con su pelo castaño claro, más grueso, que se le rizaban en los momentos menos oportunos, sus ojos verdes y sus pecas. Aunque no solo las diferenciaba su aspecto.
Tomoyo era distinta. Siempre lo había sido. Habitaba en un mundo invisible a los ojos de los simples mortales. Sakura consideraba un ser etéreo, la clase de niña que jugaba con hadas madrinas y que conversaba con gnomos. No es que lo hiciera apropósito, pero su aspecto así lo sugería. Lo que Tomoyo no parecía capaz de hacer era cuidar de sí misma con responsabilidad, tarea que recaía sobre su hermana mayor.
Por eso habían huido de la casa de su padrastro, habían llegado a Londres y ahora se enfrentaban a la amenaza de terminar en la calle. Eso por no hablar del delito de robo – y quien sabía si por el asesinato – por el que sin duda las perseguía ya la justicia.
Una suave brisa de agosto recorría el Támesis y aliviaba el calor que ascendía de las calles empedradas de la cuidad. Cómodamente instalado en su cama de dosel, Shaoran Easton, quinto conde de Brant se apoyó en el cabecero de madera labrada. Frente a él, Olivia Landers, vizcondesa de Westland, permanecía sentada, desnuda, mirándose al espejo mientras se alisaba el pelo negro azabache con un cepillo de plata.
¿Por qué no dejas ya ese cepillo y vuelves a la cama?- le conminó Shaoran. Si dentro de nada tendrás que peinarte de nuevo.
La vizcondesa se volvió y le dedico una sonrisa pícara, separando sus labios de rubí.
-Creía que tal vez no te interesarías por mi tan pronto. –Con sus ojos recorrió el cuerpo del conde, los músculos que daban forma a su pecho, la fina línea de vello que se estrechaba a la altura del vientre y seguía su descenso hasta su sexo. Abrió mucho los ojos al constatar su estado de excitación-. Hay que ver lo equivocada que estaba.
Se puso en pie y avanzó hacía él. El pelo largo, negro, se mecía a ambos lados de su cuerpo seductor, y era lo único que lo cubría en parte. La emoción de Shaoran iba en aumento.
Olivia era viuda, una viuda joven y elegante con quien el conde llevaba viéndose unos meses. También se trataba de una mujer caprichosa y egoísta, que al poco había empezado a convertirse más en un problema que en una diversión. Shaoran creía que tal vez hubiera llegado el momento de poner fin a su romance.
Aunque no ese día. Todavía no.
Ese día había robado un par de horas al montón de papeles que estaba estudiando, pues necesitaba divertirse un poco. Si no era para otra cosa, Livy sí le servía para distracción.
Se retiró el pelo por detrás de los hombros antes de subir al mullido colchón plumas.
Deseo ponerme encima- ronroneó -. Vas a retorcerte de placer.
Lo que deseaba era lo mismo que deseaba siempre, una sesión de sexo salvaje, y él estaba dispuesto a complacerla. El problema era que, últimamente, al terminar, él se sentía cada vez más insatisfecho. Se decía a sí mismo que había llegado el momento de buscar nueva compañía femenina. Pensarlo le elevaba la moral y alguna otra parte de su anatomía. Con todo, en los últimos tiempos, ni la emoción de la caza amorosa parecía atraerle.
Shaoran, no me escuchas- protestó la vizcondesa, retorciéndole el vello pectoral.
-Perdona tesoro- se excusó él, aunque sabía de sobra que nada de lo que ella dijera podía interesarle lo más mínimo. Estaba distraído admirando tus hermosos pechos.
Dicho esto, se concentró aún más en ellos, acercándoles la boca, y restregando su erección contra su cuerpo lascivo.
Olivia gimió y empezó a retorcerse, mientras Shaoran se perdía en los dulces encantos de su cuerpo. Livy llego al clímax, seguida de Shaoran. Su placer empezó de desvanecerse y desapareció, como si jamás hubiera existido.
Mientras ella abandonaba el lecho, la idea que lo había asaltado en los últimos días volvió a su mente: "Seguro que tiene que haber algo más que esto".
Shaoran se archivó aquel pensamiento tras la montaña de problemas de los que había debido enfrentarse desde que, a la muerte de su padre, heredara el título y la fortuna de los Brant. También él saltó de la cama y comenzó a vestirse. ¡Tenía tanto que hacer! Inversiones sobre las que tomar alguna decisión, cuentas que revisar, quejas de aparceros que atender, facturas de envíos que pagar… Y, por si eso fuera poco, estaba la creciente preocupación que le causaba su primo. Ethan Sharpe llevaba casi un año en paradero desconocido, y él estaba resuelto a encontrarlo.
Aun así, por más ocupado que estuviera, siempre encontraba tiempo para su gran adicción: las mujeres.
Convencido de que una nueva amante era la respuesta sus recientes aflicciones, Shaoran hizo votos por iniciar su búsqueda cuanto antes.
¿Y si se trata de una maldición?- Aventuró Tomoyo, preocupada, mirando a Sakura con sus grandes ojos azules-. Ya sabes lo que decía la gente. Mamá nos lo conto cientos de veces. El collar puede hacer muy desgraciado a quien lo posea.
-No seas ridícula, Tomoyo. Las maldiciones no existen. Además nosotras no lo poseemos. Lo tomamos prestado un tiempo, nada más.
Sin embargo, a su padrastro sí le había traído desgracia. Sakura se mordió el labio inferior al recordar el cuerpo del barón tendido en el suelo, junto al tocador, en la alcoba de Tomoyo, al pensar en el hilo de sangre que brotaba de su sien. Desde entonces había rezado a Dios todas las noches, suplicándole no haberle matado, y no es que no mereciera morir por lo que habia intentado hacer.
-y por cierto, no sé si recuerdas la leyenda del todo.- añadió Sakura- el collar también puede llevar la felicidad a su propietario
-Si el corazón de la persona es puro- puntualizó Sakura.
-Así es.
-Y nosotras lo robamos Sakura. Y eso es pecado. Mira qué nos está pasando. Casi nos hemos quedado sin dinero. Están a punto de echarnos de esta habitación y dentro de poco no tendremos ni para comer.
-Es todo una mala racha sin importancia. No tiene nada que ver con la maldición. Y muy pronto vamos a encontrar trabajo ya lo verás.
Tomoyo la miró a los ojos
-¿Estás segura?
-Tal vez no sea la clase de trabajo que esperábamos, pero sí, estoy segurísima.
No lo estaba, claro, pero no quería que las esperanzas de Tomoyo menguaran aún más. Además, encontrarían trabajo. No le importaba lo que tuviera que hacer, pero lo encontraría.
Sin embargo, transcurrieron tres días más y todo seguía igual. Los pies de Sakura estaban llenos de ampollas, y el dobladillo de su vestido gris perla, de alta cintura, seguía deshilachándose.
"Hoy es el día", se dijo, haciendo acopio de renovada determinación mientras se dirigía una vez más a la zona donde más probable le parecía que pudieran ofertarle empleo. Llevaba más de una semana llamando a las puertas del distinguido West End londinense, segura de que alguna familia acomodada precisaría de los servicios de una institutriz. Pero de momento no se había concretado nada.
Tras subir lo que le parecieron cien peldaños de una escalinata exterior, Sakura levantó la aldaba de bronce, llamó varias veces y oyó el eco de los golpes perderse en el interior de la casa. Minutos después un mayordomo moreno, flaco y con bigote abrió el pesado portón.
-Desearía hablar con la señora de la casa, si es tan amable.
-¿Sobre qué asunto señorita, si me permite la pregunta?
-Busco emplearme como institutriz. Una de las ayudantes de cocina de una casa vecina me informó de que Lady Pithering tiene tres hijos y que tal vez precisara los servicios de una.
El mayordomo se fijó en los puños y el dobladillo de su vestido y arrugó la nariz. Iba a decirle que se marchara cuando su vista se posó en Tomoyo, que sonreía con su dulzura característica, mirando alrededor como un ángel caído del cielo.
-A las dos nos encanta los niños- intervino Tomoyo sin dejar de sonreír. Y Sakura es muy inteligente. Sería lo mejor de las institutrices. Yo también busco trabajo. Hemos acudido con la esperanza de que usted nos ayude.
El mayordomo se había quedado cautivado y Tomoyo seguía esbozando su sonrisa más radiante.
Sakura carraspeó y aquel hombre tan flaco, a regañadientes apartó la mirada de su hermana.
-Vayan por la puerta trasera y veré si el ama de llaves acepta recibirlas. Más no puedo hacer.
Sakura asintió, agradecida, pero minutos después, al regresar a la puerta principal, su desesperación no había hecho sino aumentar.
El mayordomo ha sido tan amable que creí que en esta ocasión lo conseguiríamos- Dijo Tomoyo.
-Ya has oído al ama de llaves. Lady Pithering busca a alguien de más edad.
En cuanto a Tomoyo, nunca parecía haber trabajado de doncella para una muchacha tan hermosa como ella. La joven se mordió el labio inferior.
-Tengo hambre Saku. Ya sé que has dicho que debemos esperar a la cena, pero el estómago me rechina. ¿No podemos comer un poquito ahora?
Sakura cerró los ojos, intentando resucitar algo de su antiguo coraje. No soportaba la expresión que se había apoderado de los ojos de su hermana, mezcla de preocupación y temor. Carecía del valor de confesarle que ya se habían gastado hasta el último penique, que hasta que encontraran trabajo no podían ni comprar ni un triste, mendrugo de pan.
-Espera un poco, cielo. Intentémoslo antes en la casa que nos ha comentado la ama de llaves. Está aquí mismo.
-Pero si dijo que Lord Brant no tiene hijos.
-No importa. Aceptaremos los empleos que nos ofrezcan. –Se obligó a sonreír-. Ya verás que no será por mucho tiempo. Tomoyo asintió, armándose de valor, y Sakura sintió ganas de llorar. Siempre había supuesto que sería capaz de velar por su hermana. Ella ya estaba acostumbrada a dedicar interminables jornadas al cuidado de Harwood Hall, pero Tomoyo no sabía que era trabajar. Hasta entonces, Sakura había creído que podría ahorrarle a su hermana aquellas ingratas tareas, pero el destino lasa había conducido hasta aquella encrucijada, y parecía que iban a tener que hacer lo fuera para sobrevivir.
-¿Qué casa es?
-Ésa, la más grande, la de ladrillo. ¿Ves los dos leones de piedra de la entrada? Ésa es la residencia del conde de Brant.
Tomoyo observó con detalle la elegante residencia, la mayor de todas las que alineaban en aquel tramo de la calle, y una sonrisa esperanzada afloró a su rostro.
-Tal vez Lord Brant sea apuesto y amable, además de rico- Aventuró Tomoyo, dando rienda suelta a su imaginación- Y tú te cases con él y las dos nos salvemos.
Sakura dedicó le una sonrisa fugaz.
-De momento podemos darnos satisfechas si necesita una o dos criadas y se muestra dispuesto a contratarnos.
Sin embargo, también allí su petición fue rechazada, en esa ocasión por un mayordomo calvo, de escasa estatura, ancho de hombros y con los ojos pequeños.
Tomoyo bajó llorando hasta el pie de la escalera, algo tan inusual en ella, que Sakura sintió deseos de imitarla. Lo curioso era que cuando Sakura lloraba se le enrojecía mucho la nariz y le temblaban los labios, pero cuando Tomoyo lo hacía, el azul de sus ojos brillaba aún más y sus mejillas florecían como dos rosas.
Sakura estaba desanudando el ridículo en busca de un pañuelo que ofrecer a Tomoyo, como surgido de la nada, alguien tendió uno ante su rostro. Ella se lo llevó a los ojos y dedicó su angelical sonrisa al hombre que acababa de ofrecérselo.
-Muchos gracias, es usted muy amable.
El hombre correspondió con la clase de sonrisa que Sakura había prendido a ver en todos los que conocían a su hermana.
-Shaoran Easton, conde de Brant, para servirle, estimada señorita…
Desde que Tomoyo tenía doce años atraía esa clase de miradas, y el conde no era una excepción. Sakura creía que ni se había dado cuenta que su hermana iba acompañada.
-Señorita Tomoyo Temple, y ésta es mi hermana, Sakura Temple. Sakura dio gracias a Dios por que Tomoyo hubiera recordado usar el apellido de soltera de su madre, y paso por alto su desprecio a las normas de cortesía en relación con las presentaciones. Después de todo, aquel hombre era el conde y ellas necesitaban desesperadamente que les ofreciera trabajo.
Brant sonrió a Tomoyo, y solo tras un gran esfuerzo giró la cabeza para mirar a Sakura.
-Buenas tardes señoritas.
-Lord Brant- intervino Sakura, rogando que su estómago no escogiera ese preciso instante para ponerse a rugir. Como su hermana había imaginado, el conde era alto y extraordinariamente apuesto, aunque su pelo no era rubio, sino castaño oscuro, y sus facciones más duras que las de los príncipes imaginados por Tomoyo en sus ensoñaciones.
Era muy ancho de hombros, no parecía llevar hombreras, y su constitución resultaba maciza y atlética. Se trataba, en conjunto, de un hombre que impresionaba, y su modo de mirar a Tomoyo activó todas las señales de alarma en Sakura.
Lord Brant seguía contemplando a Tomoyo como si su hermana mayor hubiera desaparecido.
-He visto que salían de mi casa- dijo- Espero que su llanto no se deba a las palabras de mi mayordomo. A veces Timmons puede ser algo brusco.
La que respondió fue Sakura, mientras Tomoyo, no dejaba de sonreír.
-Su mayordomo nos ha informado de que en el servicio de su casa no hay plazas vacantes. Ése era el motivo de nuestra visita. Señor, buscamos empleo.
Por un instante se fijó en Sakura, en su silueta delgada, en su pelo castaño y algo despeinado, y ella, al sentirse así observada, se ruborizó.
-¿A qué clase de empleo se refiere?
En sus ojos había algo… algo que ella no alcanzó a interpretar.
-Cualquier puesto que nosotras pudiéramos ocupar. Camarera, cocinera, cualquier ocupación respetable que nos permitiera obtener un salario digno.
-Mi hermana desearía ser institutriz- intervino Tomoyo, sonriente- Pero usted no tiene hijos.
-No, me temo que no- admitió él mirándola de nuevo.
-Aceptaríamos cualquier cosa- insistió Sakura, tratando de camuflar el tono de desesperació nos hemos visto abocadas a circunstancias ciertamente desgraciadas.
-Lamento oírlo. ¿No tienen familia, nadie a quien acudir en busca de ayuda?
-Me temo que no. Por eso buscamos empleo. Y esperábamos que usted, tal vez, pudiera proporcionárnoslo.
Por primera vez el conde pareció entender con exactitud en qué situación se encontraban. Miro a Tomoyo, y las comisuras de sus labios se curvaron. A Sakura se le ocurrió que tal vez aquella sonrisa surtiera efecto en las mujeres el mismo efecto que la de Tomoyo en los hombres.
Con todo, la diferencia era que la de su hermana resultaba totalmente transparente, mientras que la de Brant encerraba una calculadora doblez.
-Pues lo cierto es que sí necesitamos a alguien, aunque me temo que Timmons todavía no ha sido informado de ello. ¿Queréis acompañarme?
Ofreció el brazo a Tomoyo para ayudarla a subir la escalinata.
"Esto no presagia nada bueno", pensó Sakura.
Conocía el efecto que su hermana ejercía en los hombres, aunque ella misma no fuera ni remotamente consciente de él. De hecho, ésa era la razón por la que se encontraban viviendo ese calvario.
Dios santo aquella muchacha era un ángel. Shaoran no había visto jamás una piel tan fina, unos ojos tan azules. A pesar de su delgadez, era visible la curva de sus pechos, marcados bajo su vestido color albaricoque algo desgastado, y que se le antojaban deliciosos. Llevaba un tiempo aguardando la aparición de alguien nuevo, pero no esperaba que una criatura divina como aquella llamara a su puerta.
Shaoran se detuvo al llegar al vestíbulo. Las dos hermanas echaban la cabeza hacía atrás para admirarlo, debajo del mismo de la gran araña de cristal. A pocos metros, Timmons les dedicaba una mirada altiva. El conde se volvió hacia Tomoyo y descubrió que se había acercado a un jarrón de rosas, y que parecía fascinada por un capullo de un rosado muy pálido.
Entonces se percató que la otra hermana lo miraba con algo que sólo podía definirse como desconfianza. Le dedicó una sonrisa inocente, mientras que calculaba el tiempo que tardaría de llevarse a la belleza de pelo negro a la cama.
-Así que señor, me comentaba que disponía de empleos que ofrecernos.
Él centro su atención en la mayor, la de pelo castaño ¿Cómo se llamaba? Sara, Selva o Sakura. Sí así se llamaba.
-Pues sí, lo cierto es que necesitamos cubrir una vacante.
La repaso con la mirada. Era más baja que Tomoyo, aunque no demasiado, y no parecía tan frágil. Aquella era la palabra que definía a la otra hermana. Sakura no. Ella era más capaz, al menos a simple vista, y resulta claro que ejercía el papel de protectora de Tomoyo.
-Mi ama de llaves, la señora Mills, nos lo notificó hace casi dos semanas. Se marchará en cuestión de días, y todavía no he hallado a la persona adecuada para sustituirla. Sakura Temple era demasiado joven para ocupar aquel puesto, y sin duda lo sabía. Pero ni a él le importaba lo más mínimo ni creía que ella fuera a poner reparos- Tal vez te interese el puesto.
-Sí señor sin duda me interesa. He realizado un trabajo similar con anterioridad. Creo que puedo asumir correctamente las tareas que conlleva.
Él empezaba a verla con otros ojos. Le resultaba atractiva. No poseía la llamativa belleza de su hermana, pero sus rasgos eran refinados, sus cejas oscuras se arqueaban sobre unos ojos verdes muy vivos. Su nariz era recta y su barbilla, firme, de persona testaruda, pensó divertido.
-¿Y mi hermana? Me temo que no podre aceptar el puesto si a ella no puede ofrecerle alguna ocupación.
Shaoran notó que la tensión se apoderaba de la joven. Necesitaba desesperadamente ese empleo, pero no estaba dispuesta a separarse de su hermana. Al parecer, aún no se había percatado de que su hermana era precisamente la razón por la que le ofrecía trabajo.
-En tanto que ama de llaves, tendrá la libertad de contratar a quien le plazca. Seguramente nos convendría disponer de otra doncella. Mandare llamar a la señora Mills. Ella le mostrará la casa y le instruirá sobre las tareas que habrá de asumir. Siendo este el hogar de un hombre soltero, considero más adecuado presentarla como señora Temple.
Sakura frunció el ceño al constatar que la mentira se imponía como mal necesario.
-Sí, supongo que es mejor. Y como imagino que para Tomoyo también será un problema, tal vez sea más adecuado que se refiera a ella como señorita Marion, que es su segundo nombre.
Shaoran hizo un gesto a Timmons, que fue en busca de la señora Mills. El ama de llaves, una mujer ancha de caderas, apareció al cabo de unos minutos, con expresión reticente.
-Señora Mills, ésta es la señora Temple- informó el conde- A partir del lunes ocupará su puesto.
-Pero yo creía que iba a ser la señora Rathbone la que…
-Como acabo de informarle, la señora Temple la sustituirá.
Y esta es su hermana, señorita Marion, que se empleará como doncella.
La señora Mills no parecía nada conforme, pero asintió e indicó a las dos mujeres que la siguieran. Juntas empezaron a subir la escalera.
Primero instalaremos a su hermana- informó la señora Mills- Y luego le mostraré su dormitorio. Se encuentra abajo, junto a la cocina.
Vamos Tomoyo.- Las palabras de su hermana le hicieron apartar la vista del jarrón-. La señora Mills va enseñarnos nuestras habitaciones. –Aunque se dirigía su hermana, no apartaba la vista de Shaoran. A él le pareció que con sus ojos estaba enviándole una velada y disuasoria señal de advertencia.
De alguna manera, aquello resulto divertido, que una sirvienta demostrará aquellas agallas. Por primera vez en semanas, Shaoran se descubrió pensando en algo que no fueran sus obligaciones de conde ni sus preocupaciones respecto a Ethan.
Dedicó una última mirada a Tomoyo, ascendía por la escalinata con su porte elegante y la cabeza agacha, pues al parecer se dedicaba a estudiar los dibujos de la alfombra. Se fijó en que un mechón de sus cabellos negros le caía sobre la mejilla, y una conocida sensación masculina le cruzó por el cuerpo. Sonrió al pensar en las intrigantes que de pronto le deparaba el futuro.
Entonces acudieron a su mente las montañas de papeles y documentos que le aguardaban en el despacho, y su buen humor se disipó al momento. Suspirando resignado, se dirigió a su gabinete.
