CAPITULO 39. SOY FELIZ


El día siguiente llegó. Y volvía a sentir la misma sensación de felicidad absoluta. Se percibía tan bien, el despertarse y sentirse feliz… sin preocupaciones. Tenía trabajo, una casa, una familia que me adoraba y cuidaba, y ahora… Lo tenía a él. Al hombre más maravilloso del mundo.

Abrí un ojo, adormilada y vi a Edward vistiéndose. Traía una toalla anudada a la cintura y el pelo mojado.

- Ummm… Te has duchado – Murmuré con voz pastosa – Podría reconocer tu olor a mil kilómetros – Sonreí.

- Al igual que yo el tuyo, mi amor – Mi sonrisa se hizo grande como un mundo. – Voy a pasar por casa a cambiarme para ir al trabajo. Hoy acabaré pronto, de acuerdo? Y nos iremos a comer por ahí tu y yo solitos… - La idea era genial, pero teníamos compromisos.

- Edward… Quedamos en ir a comer a tu casa, recuerdas? – Abrí los ojos, sabía que se había acercado y que lo tenía a un palmo de mi cara.

Estiré los brazos y me aferré a su cuello. Él tiro de mí y me alzó dejándome de rodillas en la cama, enfrente a él. Pasó sus frías manos por mi espalda desnuda, haciéndome estremecer, pero no de frio precisamente.

- Bueno… me alegra comprobar que ya no te da pudor estar desnuda delante de mí – alzó una ceja pícaro. – Realmente me parecía una tontería… Te he visto, tocado, y saboreado por todo el cuerpo… - Calló de sopetón – Bueno… hay un sitio donde aun no te he probado… - Su mirada estalló en llamas – Y te prometo, que de hoy no pasa para que saboreé toda tu esencia en mi boca mientras te corres.

Sus palabras fueron como una lanza directa a mi entrepierna. Muy sutilmente, con un dedo revoltoso, le solté el nudo de la toalla, dejándola caer al suelo, y así tenerlo completamente desnudo ante mis ojos ansiosos.

Su miembro estaba empezando a ponerse juguetón.

- Nenaaa – Me llamó advirtiéndome.

- Es pronto… - Le insinué. Él meneo la cabeza diciéndome que no, pero sus ojos y su erección decían otra cosa.

Con una valentía desconocida por mí, me separé de él, me dejé caer suavemente de espaldas a la cama, y mirándolo fijamente, me metí un dedo en la boca, sacándomelo, degustándolo como si fuera un manjar, y comencé un viaje descendente entre mis pechos, mi vientre, y cuando llegué a mi zona púbica, abrí las piernas, ofreciéndome ante él.

Su erección era enorme. Yo creo que incluso mayor que la de la pasada noche.

- Dios… Bella… - Jadeó.

Sin darme tiempo a contestarle, se abalanzó sobre mí y me penetro sin más juegos. Directamente. Hasta el fondo. Hasta ese punto que sabía me volvía loca. Por supuesto, yo estaba más que preparada para recibirlo; podía sentir mi propia humedad.

Me agarró las manos por encima de la cabeza y comenzó a empujar casi con violencia, pero yo le pedía más. Gritaba de placer, y mi cuerpo se perló de sudor en cuestión de segundos.

Este hombre era un adonis del sexo. Con solo dos embestidas certeras, me hacía jadear, sudar y chillar lo que otros no habían conseguido con mucho más esfuerzo.

Fue un polvo rápido. Pero lo justo para empezar bien el día. Un polvo de buenos días, como lo bauticé entonces.

- Si, tienes razón que uno se va a trabajar de mucho mejor humor – Comentó mientras acababa de vestirse. Mientras, yo me quedé estirada en la cama, desnuda. Recuperando la capacidad de raciocinio. – Y más, con estas maravillosas vistas – Alzó las cejas, refiriéndose a mi posición en la cama, desnuda.

Holgazaneé un poco y dormí sobre una hora más. Me desperté descansada y con ganas de hacer cosas.

Así que me puse mi pijama, y comencé recogiendo la habitación. Cambié las sabanas, para que hoy cuando Edward viniera las notara frescas y limpias.

Cambié las toallas del baño, dejando alguna para mí propia ducha. Puse la lavadora. Y poco más tenía que hacer.

Así que me dedique a mi misma un poco. Me duche, me eché crema, me arreglé el pelo y me maquillé ligeramente.

Dejé la ropa escogida para cuando Edward me avisara de que venía a recogerme, solo tuviera que ponérmela.

Me puse un café del que Edward había preparado por la mañana, e inicié una de mis partidas interminables al juego del PC que Alice me había recomendado.

Debía aprovechar estos días, ya que cuando comenzase a trabajar ya no tendría tanto tiempo.

Las horas volaron. Y cuando quise darme cuenta, Edward estaba llamándome para avisarme de que salía ya del hospital.

Aunque fue su única llamada, si hubo varios wasaps a lo largo del día, que conseguían sacarme una sonrisa boba.

En menos de quince minutos, ya lo tenía en la puerta, tocando el claxon avisándome de su llegada. Yo ya estaba vestida, así que no le hice esperar nada. Porque yo misma no quería retrasar más el momento de verlo.

Salí y estaba esperándome como un caballero a la puerta de casa.

Nada más verle, sus ojos brillaron como si estuviese contemplando lo más hermoso de este mundo… aunque supongo, que los míos mostrarían algo parecido.

- Vamos, princesa? – Me dijo. Me encantaba cuando usaba esos nombres mimosos y cariñosos. Y él lo sabía. – Preparada para la avalancha que nos viene encima? – Hizo un gesto divertido con los ojos y yo fruncí el ceño.

- No será para tanto… No voy a conocer a tu familia de nueva, recuerdas? – Le contesté.

- Eso es verdad… Pero… - Me miró de forma muy dulce. – Lo que es nuevo, es que yo presente a alguien como mi pareja. – Contestó serio.

- Bueno, eso es todo un honor – Le devolví el gesto, acariciándole la cara con ternura.

Puso el coche en marcha y la verdad que según recorríamos metros, cada vez me sentía más feliz. Dichosa por entrar en aquella casa como parte de la familia de forma oficial… O casi, ya que no éramos matrimonio, pero yo tenía más implicación con "mi familia política" que muchos matrimonios.

- Bella… Quería comentarte un cosa – Me llamó la atención su tono de voz, cauteloso.

Me revolví en el asiento para quedar de frente a él.

- Seguramente tú no te has percatado del detalle que te voy a comentar, pero… - Se pasó la mano por el pelo. Estaba nervioso. En respuesta, yo fruncí el ceño comenzando a preocuparme – Has pensado como le vas a decir a Jacob Black que estamos juntos? – Su pregunta me pillo completamente por sorpresa.

Tuve que pestañear seguido varias veces para que mi cerebro asimilase la pregunta de Edward.

- Qué? – Le pregunté al cabo de casi un minuto de silencio.

- Qué cómo vas… - No lo deje terminar de repetir su pregunta.

- Te oí perfectamente… - Le contesté cortándolo – Me refiero que a que viene esa pregunta? – Le recriminé más que le pregunté.

- Bueno… te lo comentaba porque eres conocedora del poco afecto que nos tenemos – Suspiro – Y sé, que no se lo va a tomar a bien. Te lo digo solo para que estés prevenida ante su reacción. – En su tono había advertencia.

- Edward… Si se lo toma bien o mal, es problema de él. No nuestro. – Estaba empezando a sulfurarme. - Jake no tiene ningún derecho a opinar sobre a quien escojo yo de pareja. No me gustaría tener que recordarle a que fue debida nuestra ruptura… - Le dije abriendo los ojos, molesta. – Y yo, nunca he gurgutado al respecto. Nunca se lo eché en cara… Por muy mal que lo pasara entonces, por mucho que me llegara a doler, siempre entendí que le llegó el amor verdadero con ella. Ahora es mi turno de enamorarme… De estar con el hombre de mi vida – Miré a Edward el cual se había girado y me contemplaba embelesado.

En ese momento, me di cuenta de que ahora si tenía superado todo aquello.

Desde los primeros días de mi regreso, no había vuelto a pensar en eso, pero ahora, diciéndolo en voz alta, la sensación de malestar que hasta hacía pocas semanas aun me perseguía, se había evaporado como por arte de magia.

Eso, hizo que de mi boca asomase una gran sonrisa.

- Y esa sonrisa? – Me preguntó Edward curioso.

- Me he dado cuenta de que ya no duele, ni siquiera me molesta el hablarlo… - Le dije casi hasta perpleja de la revelación. – Antes, cuando regresé, es como si tuviésemos un vínculo, una conexión entre ambos, pero acabo de darme cuenta de que desde hace semanas me siento completamente liberada. – Le explicaba. Su mirada estaba fija en la carretera; concentrado en algo. En algo que él sabía y no quería decirme.

Edward aparcó el coche en el patio de entrada de su casa; el viaje se había echo extremadamente corto. Justo cuando iba a salir, lo agarré del brazo para que se girase y me encarase.

- Pero aunque este tema no me preocupe, usted, señor Cullen, un día de estos va a explicarme de donde viene originada su rivalidad. – Edward se puso tenso, si bien intentaba disimularlo. – Porque aunque me he dado cuenta de que esta "guerra" – apuntillé en el aire – abarca a toda la familia, entre tú y él, hay una tirantez extrema. Y quiero saber el motivo – Me quedé mirándolo fijamente, esperando a que dijera algo.

- Te lo explicaré – Contestó – Te lo prometo. – Su mirada cambió y se volvió otra vez dulce.

- Está bien… cuando estés preparado para hablar, yo lo estaré para escuchar. Pero… - No me dejó terminar la frase.

- No tardaré en contártelo, no te preocupes – Sonrió meneando la cabeza – Sé que eres curiosa e impaciente. – Me guiño un ojo, y con eso, dimos por concluida esa conversación. Por ahora…

Nos bajamos del coche, y antes de llegar a la puerta, una explosiva Alice salió a recibirnos brincando con su carita exuberante de felicidad.

- Ya está aquí la parejitaaaa! – Gritó corriendo hacía nosotros.

- Tranquila Alice – La reprendió Edward.

Cosa que a ella no le importó para nada, ya que vino y se me abrazó transmitiéndome un gran cariño en su gesto.

- Ahora si que somos hermanas… - Murmuró en mí oído llena de dicha. – Lo sabía, sabía que acabaríais juntos… – Estaba segura de que la frase no acababa ahí, pero Alice calló.

No mucho tiempo después, descubrí por la propia Alice como acababa aquella frase…

"… Incluso antes de que aparecieras"

Nada más entrar todos nos esperaban el hall para darnos la enhorabuena. Carlisle y Esme estaban pletóricos de alegría.

- Ohhh… Hijos…! – Nos saludó Esme abrazándonos a ambos a la vez. – No sabéis lo felices que nos hacéis – gimoteaba.

- Bella… Esto es un milagro… Mi hijo y mi niña, juntos y enamorados. Creo que no se puede pedir más a la vida – Sonreía Carlisle visiblemente emocionado.

- Bueno, ahora no empezarás a pedir nietos y esas cosas, verdad? – Pregunté yo a modo de broma.

Todos sonrieron, si. Pero parecía que el comentario no había echo demasiada gracia. Por un segundo, o tal vez dos, el ambiente se cargo de una tensión un tanto rara.

- Bueno, ahora lo que tenéis es que disfrutar la vida – Interrumpió el ambiente raruno Eleazar, ante el asentimiento de todos.

- Mi enhorabuena a ambos – Nos felicito Tania sincera. – Por fin ha llegado la mujer que enamore sinceramente al esquivo Edward Cullen, jajaja! – Rió, y todos la acompañamos.

Pero era tan extraño… Edward solo tenía 26 años, era muy joven para que toda la familia estuviera tan preocupada por su soltería. Si tuviera 20 años más lo entendería, pero con esa edad… Podría decirse que casi no había vivido la vida.

Alejé esos pensamientos turbios de mi mente, ese era un día de celebraciones, y así fue. Pasamos la tarde todos juntos en familia. Y fue de lo más divertido.

Pero Después de varias horas, Edward y yo queríamos volver a nuestro nidito de amor a disfrutar de la tan reciente estrenada intimidad entre nosotros.

- Bueno, nosotros nos vamos – Anuncio Edward.

Emmet nos miró con cara traviesa, pero no dijo nada al respecto. Solo una sonrisita pilla, que todos los presentes también pusieron, haciéndome sacar los colores.

- Bella, hoy no te voy a coaccionar para que te quedes – Me guiñó un ojo Alice. – Debéis estar juntos y solos. - Le sonreí agradecida.

- Pasaros cuando queráis hijos, no hace falta que os estemos invitando – Añadió Esme ante el asentimiento de Carlisle.

- Pues si me dais vuestro permiso, me voy a disfrutar de vuestro hijo… - Según lo dije en voz alta me di cuenta de como había sonado – Joder… Yo… Quería decir… - Aunque era a eso a lo que me refería, lo que quería realmente decir es que me lo llevaba a mi casa para estar solos… No dejar tan claro a qué.

- Tranquila hija… - Sonrió Carlisle de forma pícara – Te hemos entendido perfectamente – Al final, acabó por echarse a reír sin poder evitarlo al verme la cara completamente abochornada.

Al fin nos despedimos de todos, y nos fuimos a mi casa. A estar juntos, a conocernos, a intimar… a ser pareja.

- Que te apetece cenar? – Le pregunté a Edward una vez nos pusimos cómodos en casa, y él encendía la chimenea.

- Pues la verdad que no tengo a penas hambre. Piqué unos pastelitos de los que había hecho Carmen y me han quitado el apetito. – Me contestó, pero me sonó un poco a disculpa.

- Sabes? O tú comes muy poco, o yo soy muy tragona – Le contesté divertida.

- Puede que un poco de ambas… - Contestó tendiéndome la mano desde el suelo enfrente a la chimenea. – No me digas que no se está agustito aquí, al lado del fuego? – Me colocó de espaldas a él, entre sus piernas.

- Ummm… Sí… La verdad es que da gusto. Que calorcito manda… y entre tus brazos, dónde puedo estar mejor? - Ronroneé ante el calor de las llamas.

Edward comenzó a darme sensuales besos por el cuello, apartándome el pelo rozando mi nuca con sus dedos, haciéndome estremecer.

La parte de arriba de nuestras prendas pronto estorbaron y fueron eliminadas, por lo que él continúo su recorrido de besos por mi espalda.

Se puso de rodillas detrás de mí y pronto sus dedos se deshicieron del sujetador, para pasarlos por mis pechos desnudos.

En un movimiento ágil y rápido, me puso mirando hacía él.

- Eres tan hermosa… - Me susurró – No me canso de contemplarte… y más sabiendo que eres mía, para siempre. – Musitó con su voz cargada de erotismo.

- Si, tuya… para siempre… - Repetí con la voz tomada por el deseo.

Después de una larga y sensual tortura de besos, caricias y palabras susurradas al oído, Edward me tumbó sobre la alfombra y con gran delicadeza, hizo lo que había prometido esa mañana.

Después de besarme, lamerme e incluso mordisquearme todo el cuerpo, su lengua encontró un rinconcito entre mis muslos donde le encantó anidar y juguetear: Mi clítoris.

La sensación fue inigualable. A los pocos segundos de comenzar su "jueguito" yo ya tenía la espalda arqueada y mi respiración era igual que un tren de mercancías, haciéndome gemir como una posesa.

- Estate quieta nena… - Susurraba. Sus palabras autoritarias me encendían aun más. – Voy a saborearte… Quiero que te corras en mi boca. – Su mensaje fue claro y directo; directo a mi centro que comenzó a estallar en llamas.

Esa noche, hicimos el amor de mil maneras distintas. Descubriéndonos el cuerpo el uno al otro. Sintiendo y dando placer. Fue una velada de lo más sensual, erótica y romántica.

Noches como esa, fueron sucediéndose a lo largo de los días. Era nuestro momento íntimo, de estar el uno para el otro exclusivamente.

Ya que por el día, había obligaciones que nos reclamaban.

Y así, fueron pasando los días… las semanas… Y todo era felicidad en extremo.

Mil perdones por la tardanza...

Espero que os este gustando estos capis melosos y calmados...

Aunque dicen que despues de la calma, viene la tempestad...

Y no digo nada más...

Espero publicar mas seguido, ok?

Mil besosssssssssss