CAPITULO 40. FELICIDAD, ¿REAL?
¿Existirá un medidor de felicidad?
Con esa pregunta me despertaba muchas mañanas, pensando en que si hubiese uno, mi nivel reventaría el artefacto medidor.
Entre Edward y yo, no podía ir mejor. Nos habíamos complementado de forma excepcional. Era una persona tan sensitiva, tan atenta y entregada… Que resultaba imposible no enamorarse perdidamente de él, una vez lo conocías y por supuesto, se quitaba esa máscara de borde empedernido.
Llevábamos prácticamente dos meses juntos y parecía que llevásemos años. A parte de habernos entendido como pareja, nos entendíamos a la perfección como personas. Siendo el culmen de nuestro éxito el haber echo una buena base de confianza y amistad. Sobradamente queda mencionar, el amor incondicional que nos profesábamos.
Los fines de semana que yo libraba, que eran bastantes, nos íbamos a sitios distintos. Edward me llevaba a conocer mundo. Él había viajado mucho debido al trabajo de su padre y decía estar ansioso por enseñarme muchos de los sitios donde había estado.
- Oh nena… El mundo es nuestro – Me decía emocionado – Elige un sitio y te llevare donde tu quieras. – Y su promesa, estaba cargada de sinceridad.
Conocimos ciudades del estado de Washington, haciendo en cada una lo propio del turismo.
En unas, era hacer visita a algún museo concreto; en otras dar un paseo en barca; otras hacernos una foto en un punto concreto; comer en un restaurante determinado.
Incluso en una de ellas, montamos en globo. La experiencia fue brutal.
- Dios Edward… Esto es increíble! – Exclamé alucinada con las vistas en cuanto el globo comenzó a acoger altura. – Eres el mejor, cariño. Jamás podré olvidar esto – Estaba completamente emocionada.
- Cielo, esto no es nada con lo que te mereces… Para demostrarte lo feliz que me haces día a día – Me contestó estrechándome fuertemente entre sus brazos.
Incluso me llevo a Salem. Sabía que tenía muchas ganas de conocer el sitio de las famosas historias de terror, evocadas en las afamadas brujas, así que Edward programó una visita guiada por el pueblo, donde nos enseñaron los sitios más emblemáticos.
El hotel fue uno de los más encantadores donde nos habíamos hospedado en nuestros viajes. Chimenea frente a la cama, bañera grande y una cama enorme, y todo envuelto en un aura rustica.
- ¿No sabía que creyeses en brujas? – Me preguntó mofándose; a lo que se ganó un toque en el brazo por mi parte.
- No creo en brujas… Ni en personajes de terror, pero las historias me chiflan – Le contesté como una niña de cinco años. Él me miraba atento, como si el tema le interesase más de lo normal.
Cuando volvimos de Salem, que fue nuestro último viaje hasta las Navidades, Edward y yo nos sentamos a hablar de nosotros, ya en casa. Tranquilos.
- Creo que bueno… - comencé yo algo tímida – Sé que llevamos muy poco juntos, pero pasas más tiempo aquí que en tu casa… Así que había pensando, que… bueno… - No sabía cómo proponerle que viviera conmigo.
- Qué me está proponiendo, señorita Swan? – Me preguntó alzando una ceja.
- Algo completamente inmoral, señor Cullen – Le respondí en el mismo tono divertido.
Nos miramos y nos pusimos más serios. Me acomodé en el sofá, encarándolo. Le cogí una mano, acariciándosela. Acto que había descubierto que me tranquilizaba.
- Quiero que te mudes aquí, conmigo. – Le dije mirándolo a los ojos.
- Estaba impaciente porque me lo pidieses – Me respondió. Y su mirada se volvió tierna, enamorada.
- ¿Qué te parece si lo dejamos para después de Navidades? – Le propuse – Dejemos que pase todo el barullo de las fiestas y nada más que pasen… - Mi mirada se volvió más carnal – Será todo mio, señor Cullen.
A él le pareció genial la idea, y concluimos nuestro acuerdo tácito en una gloriosa sesión de sexo en el sofá.
Mientras Edward y yo avanzábamos a pasos agigantados en nuestra relación, había comenzado a trabajar mano a mano con Carlisle, otra vez, y eso ayudaba notoriamente que el medidor de felicidad se pasase del máximo.
El primer día estaba algo perdida y bastante nerviosa. Ahora ya no estaba de prácticas, sino que los pacientes realmente estaban a mi cargo y cuidado. Pero sabía que lo tenía a él apoyándome; él directamente ya que era mi jefe más inmediato, pero también sabía que tanto Edward como Jasper estaban al tanto de mi.
- Lo harás genial, Bella. – Me animó Carlisle el primer día – Tu profesionalidad y tacto se harán valer. No te preocupes… Además, con tu dulzura innata te ganaras a todo el mundo, tanto compañeros como pacientes. – Me abrazó para infundirme valor.
Los primeros días, él estaba muy al tanto de mí. Explicándomelo todo y haciendo varias rondas conmigo. Me sentía algo mal ya que le duplicaba su propio trabajo, pero sabía que era necesario para volver a adquirir las formas y costumbres del hospital.
A parte, claro está, de recordar lo aprendido a lo largo de los tres años de carrera.
Después de unas pocas semanas, ya estaba integrada en mi puesto. Ya había comenzado a realizar las rondas yo sola y a organizarme tanto a mí, como a mi equipo de tres enfermeras y cuatro auxiliares.
Era increíble que recién salida de la facultad ya tuviese mi propio equipo.
Y he de reconocer que no era mala jefa.
Carlisle me dio unos cuantos consejos siendo uno de ellos el de entrevistarme con mi equipo, como así hice.
Primero por separado y después en grupo.
Había alguna tirantez por ser tan joven, y ser "familia" de Carlisle; ya que mi relación con Edward saltó rápidamente a la luz. Aunque tampoco lo escondimos, ya que era una tontería y al final, daría más que hablar.
Los primeros días lo disimulamos, yendo y viniendo por separado, pero después de esas dos semanas, cuando ya me había echo a mi puesto, comenzamos a ir juntos a trabajar.
Dentro del hospital guardábamos las formas. Nos dábamos un beso para entrar y otro para salir, deseándonos buen día, pero dentro, él no bajaba nunca a urgencias.
- A parte de que yo casi nunca bajo, ahora es mejor que no me deje ver, ya que les daremos pie a más chismorreos. – Me había comentado Edward un día que le había preguntado de porque no bajaba nunca por allí.
- Si… creo que tienes razón – Le contesté pensativa – Si antes ya no bajabas… Ahora quedaría raro.
Dimos la conversación por finalizada, ya que a mi me parecía de lo más lógico y hasta respetuoso, y él no volvió a mencionarlo. Aunque en el fondo me hubiese gustado que el primer día, hubiese bajado a saludarme… pero no era algo a tener en cuenta ni mucho menos.
Con Jasper me veía bastante a menudo, ya que él era el psicólogo del equipo de Carlisle, al que yo pertenecía. Pocas veces trabajábamos mano a mano en algún caso, ya que él atendía a pacientes en consulta y en Forks no había demasiados casos urgentes para tratar por un psicólogo.
Pero para la hora del café o en algún descanso esporádico, Alice, Jasper y yo, nos juntábamos en la sala de relax dispuesta para el personal médico y nos poníamos al día con cotilleos, casos médicos y asuntos privados nuestros de familia.
A Edward subía a veces de escaqueo a verlo al despacho. Me llevaba allí un café y lo tomaba con él. Las primeras veces, subía café también para él, pero casi nunca lo tomaba, así que opté por no llevárselo y que me lo pidiera cuando quisiera. Cosa que no hizo nunca.
- Nena… siento mucho que te tomes el café sola… Pero sabes que tomo uno por la mañana cuando me levanto y ya no tomo más. Luego me sienta mal al estómago – Se había disculpado.
Disculpa. Eso es a lo que me sonó a mí. Este hombre era rarísimo con la comida. Casi no comía, no bebía… Era como si subsistiera del aire. Y esa "rareza" empezaba a darme ciertos quebraderos de cabeza.
En seguida me había echo con los pacientes, como me había dicho Carlisle por mi dulzura y buen tacto con ellos, yendo incluso a visitar a planta a los que quedaban hospitalizados.
En poco tiempo, se corrió la voz en el pueblo que había una nueva jefa de enfermeras que era una delicia.
Y del pueblo, pronto llegó a la reserva, de donde recibí una llamada de mi nuevo "ex prometido" y "nuevo amigo", Jacob.
La cual, fue el origen de la primera discusión fuerte y en serio entre Edward y yo.
- Hola preciosaaa! – Me saludó Jake simpático como siempre.
- Hola Jakeee – Le devolví el saludo con tono sonriente.
Desde aquella visita que le hice, cuando coincidí con Nessy, nuestra relación tuvo un golpe de aire, forjándose como amistad y una antigua complicidad perdida.
Nos llamábamos a menudo, y yo subía de tanto en tanto, cuando el turno con Edward no me coincidía. Ya que aunque no me prohibía para nada el subir a la reserva, sabía más que de sobra que no le haría nada de gracia saber de mis escapadas.
Por lo que Jacob estaba al tanto de mi nueva incorporación en las filas del hospital de Forks.
- Han llegado rumores de que hay una enfermera nueva que maltrata a sus pacientes, les habla mal y que no mira nada por ellos… - Me dijo con burla – ¿Tú sabes algo al respecto? – Me preguntó divertido.
- Algo he oído, pero la verdad es que aun no he averiguado quien es – Le seguí el juego.
- Mi total enhorabuena Bella – Cambió su tono por uno más serio – Siempre supe que serías una gran profesional – Me alabó. Y no sé porque, me encantó su elogio.
Mientras seguía mi conversación con Jacob, totalmente abstraída, riéndonos de nuestras chorradas, Edward llegó a casa sin percatarme de su presencia.
Una vez colgado con Jake, y aun sofocada de reírme de su última ocurrencia, me giré y ahí estaba Edward; plantado detrás de mí como una estatua, mirándome de malas formas.
- Joder Edwardddd! – Me llevé la mano al pecho y abrí los ojos como platos; realmente me había asustado.
- Hola – Me saludo seco.
- Hola cielo… - Cuando fui a acercarme para darle un beso, él me esquivo usando de excusa quitarse la chaqueta. Eso me dejó algo trastocada. – ¿Pasa algo? – Le pregunté con cierto temor.
- No lo sé… Dímelo tú, que estabas tan entretenida hablando por teléfono con tu ex. – Me soltó dejándome parada.
- Edwarddd… - Lo llamé sonriéndole con dulzura – ¿No me dirás que estás celoso? – Le pregunté con una sonrisa tierna.
- ¿Debería estarlo? – Negué con la cabeza – ¿Cómo te sentaría a ti si yo me hablara con Tania? – Me soltó mordaz. Su tono de voz estaba envenenado – ¿Y cuándo piensas decirle que estamos juntos? Ya han pasado semanas y sigues sin encontrar momento para decírselo… - Me miró desafiante.
- No creo que por teléfono sea lo más adecuado, no estaría bien. En cuanto suba a la reserva, se lo diré. – Le contesté casi en un susurro. Su comentario sobre Tania me había dolido, y mucho.
- ¿Y por que no se lo dijiste la última vez que subiste? O sea, ¿hace que… Cinco, seis días? – Eso me dejó completamente desarmada.
¿Cómo sabía Edward eso?
- Sí, sé que has subido varias veces. Cuando tenemos el turno cambiado – ¡Joderrrr! – ¿No dices nada? – Su mirada de prepotencia estaba matándome.
- Bueno… ¿y qué que haya subido? No solo subo a verlo a él, perdona que te diga. Allí tengo muchos amigos y me gusta pasar tiempo con ellos. – Le contesté enfadada. – Además… ¿Qué te dedicas a espiarme? ¿Cómo sabes tu eso? – Exigí.
- Eso no es lo que nos incumbe – Contestó zafándose de la pregunta.
- Sí… Sí es lo que nos incumbe, señor Cullen – Le contesté mordaz. Él abrió los ojos sorprendido por mi forma de dirigirme a él. – No creo que tenga que pedirte permiso para ir a ningún sitio. No estoy haciendo nada malo… Son amigos de la familia, y con Jacob las cosas están más que aclaradas, no hay nada romántico entre nosotros. – Le dije firme.
- Ya… también cuando llegaste decías tenerlo superado y lo primero que hiciste fue acostarte con él y quedarte embarazada… - Imagino que debió darse cuenta de cómo sonaron sus palabras y calló abruptamente. Yo en consecuencia sentí como la cara se me desencajaba de golpe. – Bella… cariño… Lo siento… Lo siento – Hizo ademán de acercarse a mí, pero yo me separé alzando mi mano a modo de protección.
- No te acerques, no me toques… - Le dije consternada – Imaginaba que antes o después me lo echarías en cara. Lo sabía. – Susurré.
- No mi vida… No quería que sonara así… Pero, pero, no entiendo porque estás retrasando el momento de decírselo. – Suspiro – ¿No estás segura de nosotros? – Me preguntó de forma preocupada.
Su cambio de actitud me hizo ablandarme un poco y él captó mi debilidad abrazándose a mí rápidamente y colmándome de besos y caricias.
- Jamás volveré a decirte algo así… De verdad que lo siento… Pero me pueden los celos – Confesó.
- Lo sé… por eso no te digo nunca cuando voy. – Yo también fui sincera. – Pero de ahora en adelante cada vez que vaya te lo comentaré. Y en cuanto vuelva a verlo, le contaré que estamos juntos. – Le prometí.
Esa fue nuestra primera gran bronca. Ahí comprobamos la potencia de nuestro carácter, aprendiendo a controlarlo para no herir al otro.
Nos amábamos demasiado como para ofendernos de forma tan vil y gratuita.
Y aunque nos habíamos reconciliado, esa noche no hicimos el amor. Edward se quedó como todas las noches a dormir y me colmó de besos y caricias, pero no había ninguna intención carnal bajo sus mimos, ya que sabía que yo aun no estaba de "humor".
Y esa, era otra gran "rareza", la forma tan certera de caparme; de percibir mis sentimientos. Nunca había conocido a nadie tan sensitivo. Era algo increíble.
Pero como todas las demás cosas "raritas" de Edward, las pasaba por alto por lo bien que estábamos; éramos felices y eso era lo único que importaba.
El tiempo fue pasando, veloz y ligero. Y cada día, era más feliz.
Nunca podría haber supuesto que en el mismo sitio donde vi desmoronarse mi vida en cuestión de unos segundos, me estaría esperando tanta felicidad y estabilidad en todos los aspectos.
Había encontrado a Edward, que era el mayor de los regalos, me rencontré con Carlisle y su familia me había admitido como un miembro más desde el primer día. Pero el anuncio de la relación entre Edward y yo, había echo que la confianza y amor entre nosotros se viese notoriamente aumentado.
Y para completar, había conseguido el trabajo de mis sueños.
Todo era perfecto y seguro. Nada podría ir mal. Para completar el cuadro, las Navidades se acercaban y eran las primeras que iba a pasar realmente en familia, lo cual me hacía estar pletórica.
Poco antes de las navidades subí a la reserva a hacerles una visita. Desde que Edward y yo habíamos protagonizado aquella pelea, distancié más mis visitas. Sabía que a él no le hacía ni pizca de gracia que subiera y aunque a mi me encantaba pasar allí tiempo en compañía de los Quileuttes, entendía que le molestara.
Los celos son un sentimiento poderoso y muy traicionero.
Ese día concreto, Edward y yo teníamos el turno cambiado, así que subí a su despacho y le comuniqué mi intención de hacerles una visita a la gente de la reserva.
- Bueno… - Suspiró – Hace tiempo que no subes y sé que pasas ganas de ir más a menudo… y que estás haciendo este esfuerzo por mí – Me sonrió – No me importa que vayas, pero sabes cual fue nuestro acuerdo – Me recordó.
- Sí, lo sé – Le contesté mordiéndome el labio – Sabes que la última vez que fui, Jake no estaba… Por eso no lo sabe aun. – Él asintió.
Les había comprado una flor de pascua, al igual que a mi suegra, Esme, así que antes de que se echaran más encima las fiestas, y ya que teníamos el turno cambiado, opté por subir ese día.
- Bellaaaa! – Me saludó Seth efusivo como siempre – Nos tienes abandonos últimamente – Se quejó entre risas.
- Lo siento Seth… Sé que hace algo de tiempo que no subo, pero estoy súper liada – Me excusé.
Ese día faltaban muchos de los chicos, así que fui directamente a casa de Billy. Jacob tampoco estaba, se había quedado en el taller acabando de arreglar un coche.
- Hola hija! – Me saludó cariñoso como siempre Billy. – Qué tal? Hace tiempo que no te vemos por aquí… - Sonrió pícaro – A parte del trabajo… Hay algo más que te robe el tiempo? – Rió.
Ese era el momento… Me lo había dejado en bandeja de oro. Aunque era una actitud bastante cobarde por mi parte, el poner de intermediario a Billy y así que fuera él quien se lo comunicara a Jacob.
- Bueno… pues la verdad es que sí, hay alguien que me roba el tiempo – Sonreí colorada. Él se sorprendió gratamente.
- ¡Oh Bella! Me alegro muchísimo hija! ¿Y quien es el afortunado, dime? – Preguntó interesado y feliz.
- Edward… Edward Cullen, el hijo del Dr. Carlisle Cullen – Nada más mencionarlos, a Billy se le desencajó la cara, oscureciéndosele el semblante por completo, y en consecuencia dejándome a mí bastante cortada.
De pronto, se hizo el silencio entre nosotros. Uno que resultó incomodo desde el principio y que iba en progresivo aumento.
- No sé que os pasa con los Cullen, en serio. – Rompí el hielo – Ni te lo estoy preguntando, pero me parece absurdo que vosotros que sois gente tan buena y honrada, tengáis esa hostilidad hacía esa familia. Son gente de lo mejor, me han dado cobijo, me han cuidado cuando me operé, y me han incluido en su familia como una más… Y ahora, que Edward y yo somos pareja, nuestra conexión y cariño se ha visto aun más reforzado. – Después del sermón, cogí aire y espere a la respuesta de Billy. Lo conocía y sabía que algo tendría que añadir; como así fue.
- Claro que te están cuidando… ¡Cómo no! Y ahora siendo pareja del único soltero, más. – Contestó con tono mordaz. – Están protegiendo a su próxima incorporación. – Su mirada era helada y llena de ira y decepción. Yo fruncí el ceño sin entender ni una sola de sus palabras. – ¡Vayaaa, lo que suponía! – Exclamó con sorna – No sabes absolutamente nada – Recalcó cada una de las palabras. – Abre bien los ojos y los oídos antes de llegar a más… Aunque, viendo como los defiendes, estas completamente integrada, aun sin saber donde te has metido. Te deseo mucha suerte Isabella.
Con esas palabras, se giró con su silla de ruedas dándome la espalda y dejándome pasmada.
- Adiós Billy, espero que tengáis unas felices fiestas. – Con esas palabras me despedí. Me monté en el coche y salí zumbando de allí.
Estaba completamente abrumada por la reacción de Billy. Sabía de su poca tolerancia a los Cullen, pero hasta tal punto de atacarme y hablarme de esa forma? Ni en sueños.
De camino a casa, fui meditando sus palabras. Hablaba igual que si los Cullen estuvieran metidos en una secta, o algo similar. Esa idea, de mano descabellada, fue cogiendo cierta forma.
Debía reconocer que tenían ciertos comportamientos no muy normales, y aunque yo quería pasarlos por alto, estaban llegando a ser en cierta forma, preocupantes.
Y sin querer, pero tampoco evitándolo, fui recopilándolos:
- No comían ni bebían casi nada.
- Dormían muy poco.
- Sus modales eran exquisitos.
- Controlaban las demostraciones afectivas.
- A penas se trataban con la gente del pueblo.
Y cosa a parte, eran sus "rarezas" físicas:
- Tenían un oído muy fino.
- Todos eran fríos y pálidos.
- Extremadamente hermosos y atractivos.
- Tenían una fuerza asombrosa, todos; incluidas las chicas.
- Y en los momentos íntimos, parecían no cansarse nunca.
Esto último lo había cotejado con Alice y Rose en una de nuestras salidas de "cuñadas", donde al final habíamos acabado hablando de sexo, ¡cómo no!
Cuando me di cuenta, estaba entrando en casa, donde Edward ya me esperaba viniendo a recibirme muy cariñoso.
- Hola mi vida, ¿qué tal tu visita? – Me preguntó. Nada más posar sus ojos sobre mí, ya notó que algo no había ido del todo bien. – ¿Qué ha pasado? – Su tono se volvió oscuro. Yo alcé la mirada hacía él y lo observé durante unos instantes.
- Edward, ¿por qué hay veces que tienes los ojos más oscuros? – Le pregunté; el asombro y un cierto temor, le cruzó la mirada.
- ¿Por qué me preguntas eso? – Se separó de mí un poco y me miró receloso. – ¿Qué ha pasado en la reserva? – Su voz ahora sonó a miedo.
- Jacob no estaba, pero Billy sí… Y bueno, la verdad es que me puso en bandeja el que le contara que estaba saliendo con alguien. Pero en cuanto te nombré, su sonrisa inicial se borró y su gesto fue de repulsa total. – Cogí aire – Edward, ya te dije que cuando estuvieras preparado, me contaras lo que pasaba entre vosotros… Hace prácticamente dos meses que estamos juntos y todavía no me has dicho nada… Y me gustaría que fueras pensando en decírmelo. – Le dije algo fría.
- Lo sé nena… Pero para contártelo, necesitamos estar preparados los dos. – Su respuesta me dejó completamente descolocada. – Los ojos se me oscurecen alguna vez porque tengo un cierto problema en la retina. Cuando me bajan las reservas de ciertas sustancias tales como el potasio, el hierro… bueno, me hacen reacción y por eso se me oscurecen. – Me daba rabia reconocerlo, pero su respuesta era completamente válida.
En ese momento, mi móvil sonó, Alice. La cual me tuvo al teléfono bastante tiempo, hablándome de la preparación de la fiesta de Noche Buena.
Esa noche transcurrió sin problemas. Le resumí lo que había pasado con Billy, y por supuesto Edward esquivó el tema de forma muy sutil, con ayuda, creo que premeditada, por parte de sus hermanas, las cuales me llamaron varias veces en la noche, para preguntarme sobre detalles para las cenas de Navidades.
Esa noche, fue la primera en esos dos meses que llevábamos juntos, en que me acosté molesta; rayando el enfado. Y por supuesto, Edward lo captó en seguida.
Cualquier otro hombre en su lugar, hubiese tardado más tiempo en darse cuenta de mi "ligero enfado", pero él no. Creo que incluso antes de que saliese del baño y me metiera en la cama, Edward ya sabía mi estado de ánimo.
Anduve un par de días algo esquiva con Edward, y él intentaba mostrarse lo más natural posible en consecuencia; intentando poner normalidad entre nosotros, supongo.
Pero empezaba a dudar qué era normal y qué no.
Espero les haya gustado...
Lo que empezó como un capi tierno... rozando lo pastelero, ha terminado en una Bella algo molesta.
Aunque está feliz y enamoradisima... Ya empieza a ir percatándose de detalles "sospechosos".
Bueno nenas... En unos días el siguiente, ok?
A ver que más va "pillando" Bella.
Besosssssssssssssssss!
