La mañana siguiente, muy temprano, la señora Mills comenzó a instruir a Sakura en sus deberes. Por fortuna, la casa Harwood Hall, que ya había administrado, era bastante grande, aunque el tacaño barón mantenía la contratación de personal bajo mínimos y las jornadas de trabajo del servicio resultaban agotadoras.

A pesar de que Tomoyo nunca había trabajado en Harwood Hall, asumió sus obligaciones sin asomo de queja: recogía guisantes y habillas del huerto de la cocina, se acer5caba hasta el mercado a comprar el tarro de mantequilla que hacía falta para preparar la cena, y disfrutaba de la camaradería de trabajar con las demás sirvientas.

Desde que su madre, Nadeshiko Temple Whithing, Lady Harwood, muriese tres años atrás, la vida social de las dos jóvenes había sido casi inexistente. Cuando su hermana cayó enferma, Sakura residía en la academia de señoritas de la señora Thornhill. Tras la defunción de aquélla, su padrastro había insistido en que interrumpiera sus estudios, regresará a casa y se hiciera cargo de la administración en lugar de su madre.

A Tomoyo sí le proporcionaría instrucción privada en todo lo relativo a las hijas de su esposa, el barón era avaro en extremo. Pero ahora Sakura sabía que, además, vivía con la esperanza de acceder al lecho de su hermana.

Un escalofrío le recorrió la espalda. "Ahora Tomoyo por fin está a salvo", se dijo para tranquilizarse. Pero en realidad, el robo del collar y la posible muerte del barón se cernían sobre ellas como un sudario que oscurecía todos y cada uno de sus días. Aunque en realidad, si el hombre hubiera muerto, ya lo hubiera leído en los periódicos, y a ella ya la habrían detenido por el crimen.

También podía ser que el barón se hubiera recuperado y, sencillamente, no hubiera comentado nada para evitar el escándalo. Se trataba de un aristócrata obsesionado con su título, heredado a la muerte del padre de las dos jóvenes. Ahora el barón de Harwood era él. No desearía mancillar su apellido.

Su mente regresaba una y otra vez al collar. Desde el instante en que Miles Whiting lo vio quedo prendado de aquella hermosa ristra de perlas entre las que, engarzados, brillaban unos diamantes. Sakura creía que tal vez lo había adquirido para su amante, pero luego no fue capaz de desprenderse de él.

Sin duda las historias relatadas en voz baja, que hablaban de violencia y pasiones, de inmensas fortunas ganadas y perdidas por su causa, no eran más que leyendas producto de la fantasía.

Aunque… Sakura miró alrededor, pensando en la situación por la que atravesaba. Los fogones de carbón que quemaban bajo las ollas de la cocina le calentaban el rostro; no lograba mantener los cabellos de la nuca recogidos en su coleta y se le pegaban a la piel sudorosa. Tomoyo le vino a la mente, y con ella las intenciones del conde. Por un instante no pudo evitar preguntarse si en la maldición habría algo de cierto.

Tori trabajaba con la señora Mills, revisando todas las tareas de las que debería hacerse cargo como ama de llaves. Entre otras muchas atribuciones, habría de llevar las cuentas, preparar los menús, recibir los pedidos, mantener bien provista la despensa, tener siempre a punto la ropa de cama y transmitir los encargos de todos los suministros.

No fue sino hasta horas más tarde, cuando se disponía a revisar el armario de la ropa de cama en el ala oeste, cuando se encontró con el conde, apoyado en el quicio de la puerta del dormitorio. No le pasó por alto que era precisamente la estancia en su hermana cambiaba las sábanas. Su cuerpo se envaró al momento.

-¿Necesita algo señor?- Le preguntó, segura de cuáles eran sus intenciones.

-¿Cómo? Ah no, no… estaba solo… - Observó a Tomoyo, que en ese momento miraba por la ventana, con el montón de sábanas sucias entre los brazos-. ¿Qué estaba haciendo su hermana?

Sakura se asomó y vio que seguía de pie, inmóvil, como absorta. Entonces Tomoyo alargó un brazo y, extendiendo un dedo, logró que una polilla se posara en él. Siguió de ese modo, como una estatua, observando el batir de las alas del minúsculo insecto.

A Sakura se le encogió el corazón. Necesitaban aquel empleo. Se habían quedado sin dinero, sin alternativas. No tenían ningún otro lugar donde ir.

-No tema señor. Tomoyo es muy trabajadora. Ya verá que termina todas sus tareas. Tal vez más tarde que otra, pero lo hace todo a conciencia. Seguro que no tendrá quejas de ella.

El conde bajo la vista para mirar a Sakura. Sus ojos eran de un color miel poco frecuente, y resultaban algo inquietantes.

-No me cabe duda- dijo, antes de volver a concentrarse en Tomoyo, que seguía hipnotizada por el lento y grácil movimiento de la polilla.

Sakura se adelantó con paso resuelto para plantarse junto a su hermana.

Tomoyo, cielo. ¿Por qué no le llevas esas sábanas a la señora Wiggs? Seguro que le vendrá bien tu ayuda con la colada.

Tomoyo esbozó una sonrisa.

-De acuerdo.

Al dejar la estancia pasó casi rozando al conde que, con la mirada, siguió sus contoneos femeninos hasta que estuvo en el rellano.

-Como le he dicho, no debe preocuparse por Tomoyo.

Él volvió a mirarla y esbozó una sonrisa.

-No, tengo la impresión de que usted ya se preocupa por los dos. Sakura no respondió y abandonó también la habitación. El corazón le latía con fuerza y se la había encogido el estómago. Debía de ser el miedo de perder el trabajo que tanto necesitaban, se dijo. Pero al mirar de reojo, por última vez, a aquel hombre alto, de pelo castaño, temió que se tratara de otra cosa.

En el reloj que reposaba sobre la chimenea dieron las doce de la noche. Sentado frente a su escritorio, Shaoran apenas lo oyó, y siguió concentrado en el círculo de luz que, desde la lámpara de aceite de ballena, iluminaba el libro de cuentas que llevaba revisando desde que había terminado la cena. Cansado se frotó los ojos y se apoyó en el respaldo de la silla, pensando en lo mucho que se había hundido la fortuna familiar antes de que él se hubiera propuesto sacarla de nuevo a flote.

Hasta la muerte de su padre, no supo jamás la cantidad de problemas a los que este había tenido que enfrentarse. Shaoran estaba muy ocupado con sus amigos bebiendo y pasándolo bien, persiguiendo muchachas y haciendo todo lo que le venía la gana. No tenía tiempo para responsabilidades familiares, deberes que, como hijo mayor, en realidad le correspondían.

Pero entonces su padre sufrió un ataque de apoplejía y perdió el habla. Además, la mitad izquierda de su cuerpo quedó paralizada y su rostro atractivo desfigurado. Dos meses después, el conde de Brant murió, y la pesada carga de su condado, que económicamente hacía aguas por todos lados, recayó sobre los anchos hombros de su hijo.

Habían transcurrido dos años desde entonces, y Shaoran seguía preguntándose si su padre seguiría con vida de haber contado con él para compartir la carga que había llevado solo. Tal vez juntos habrían salvado al menos una parte de los problemas económicos que afectaban a sus propiedades. En cualquier caso, ya era demasiado tarde. Ya no podría liberarse del sentimiento de culpa, que le llevaba a hacer lo que debería de haber hecho antes.

En el silencio del despacho oyó el tic tac del reloj y suspiró. Se fijó en su propia sombra proyectada en la pared. Al menos sentía cierta satisfacción ante los logros obtenidos: diversas inversiones sensatas decididas en el transcurso de los últimos dos años habían devuelto las arcas a los Brant a un nivel satisfactorio. Había ganado lo suficiente para abordar las reformas necesarias en las tres fincas que pertenecían al condado, y había realizado nuevas inversiones en campos que parecían prometedores.

Sin embargo con ello no sentía en deuda con su padre por haberle fallado cuando lo necesitaba. Shaoran pretendía resarcirlo no solo recuperando la fortuna de los Brant, sino llevando a la familia a unas alturas hasta entonces desconocidas. Pero no solo había descubierto que sus dotes para hacer dinero eran destacadas sino que había trazado todo un plan financiero, entre cuyos pasos incluía el matrimonio con una heredera, alguna dama distinguida que contribuyera a aumentar las riquezas de su linaje.

No creía que su meta le resultase difícil de alcanzar. Shaoran conocía a las mujeres. Se sentía cómodo en su compañía, le gustaban – jóvenes o viejas, gordas o flacas, ricas o pobres-. Y ellas se sentían atraídas por él. En realidad, ya se había fijado en un par de posibles candidatas. Llegado el momento, no le sería difícil decidir con cuál casarse, pues las dos eran jóvenes hermosas y muy ricas.

Al pensar en mujeres, le vino a la mente la encantadora muchacha de ojos azules que dormía arriba. Nunca hasta entonces había seducido a una criada, ni a una criatura de tan obvia inocencia, pero con la bella de Tomoyo estaba dispuesto a hacer una excepción. Cuidaría muy bien de ella. Le proporcionaría una casa cómoda en la cuidad y sería generoso con su asignación, para que se hiciera carga de su hermana mayor.

El acuerdo beneficiaría a todos.

Era domingo. El primer día de Sakura como ama de llaves oficial en la casa de Lord Brant. Eran ya las primeras horas de la tarde y, hasta el momento, las cosas no estaban saliendo bien. Aunque el conde, al presentarla al servicio, se había referido llamándola "señora Temple", Sakura sabía que una joven de su edad le resultaría difícil ganarse la lealtad y respeto de sus empleados.

Contratar para el puesto a una persona de diecinueve años, los que ella había cumplido recientemente, no dejaba de ser una locura. A los criados no les gustaba nada recibir órdenes de alguien que carecía de experiencia. Aunque no fuera exactamente su caso, Sakura comprendía con el paso de las horas que no iban a permitirle demostrar lo contrario.

Por si eso fuera poco, todos los miembros del servicio estaban convencidos de que su puesto lo ocuparía la señora Rathbone, lógicamente se sentía ninguneada y furiosa.

-¿Saku?- Tomoyo llegaba corriendo a lo alto de la amplia escalera de caracol. Ni la cofia que llevaba sobre sus rizos negros, ni la almidonada falda negra de tafetán ni la sencilla blusa blanca lograban opacar el brillo de su hermoso rastro.- Ya he terminado de barrer las habitaciones de los invitados. ¿Qué hago ahora?

Sakura miró alrededor y se fijó que las flores recién cortadas que daban color a la mesa de la entrada, en el brillos de los suelos de madera. A primera vista el interior de la mansión parecía limpio, las mesas brillaban, los hogares parecían libres de polvillo del carbón. Pero tras una detallada inspección, había descubierto cosas que mejorar.

A la plata le hacía buena falta un abrillantado, las estancias de los invitados no se habían aireados en semanas, y había que deshonillar las chimeneas. Las alfombras pedía a gritos una buena sacudida, y a las telas de la casa no le había llegado el aire en siglos.

Se dijo que ordenaría que fueran acometiéndose esas tareas. No sabía como, pero acabaría por ganarse la colaboración de los criados.

-No he limpiado las habitaciones del ala oeste- apuntó Tomoyo sin moverse de su sitio. ¿Quieres que suba y barra allí?

Lo cierto era que Sakura no le entusiasmaba la idea. La cámara de Lord Brant se encontraba en aquella parte de la mansión, y ella había hecho todo lo posible por mantener alejada a su hermana del señor.

-Mejor baja a la despensa del mayordomo y ayuda a la señorita Honeycutt a abrillantar esa preciosa plata de Sheffield.

-Esta bien, pero…

-A mis aposentos les vendrían bien, sin duda que alguien pasara la escoba- interrumpió el conde, que apareció de pronto en la escalera, justo por encima de Tomoyo, posando sus extraños ojos dorados sobre el rostro turbado de su hermana.

Tomoyo hizo una reverencia. Trastabilló y estuvo a punto de caer rodando escaleras abajo. Por suerte el conde reaccionó a tiempo y la sujetó del brazo, ayudándola a recuperar el equilibrio.

-Con calma querida. No hace falta que te mates por el camino. El rubor volvió a apoderarse de las mejillas de la muchacha, ya de por sí sonrosadas.

-Perdóneme, señor. A veces soy… soy algo torpe. Voy ahora mismo a hacer lo que me ordena.

Dándose media vuelta, subió a toda prisa la escalera y pasó junto al conde, que se volvió para admirar su avance. Su rostro leonino permaneció inmóvil hasta que ella desapareció y, entonces giró hacia Sakura.

-Espero que usted se esté adaptándose bien a su nuevo puesto.

-Sí, señor, todo va bastante bien- mintió. Los criados apenas reconocían su existencia, y no estaba segura de lograr que hicieran lo que les pedía.

-Bien. Si necesita algo, hágamelo saber.

Se dio vuelta y comenzó a subir la escalera. La preocupación de Sakura por su hermana se disparó.

-¿Señor?

El conde se detuvo.

-¿Sí?

-Hay…hay un par de cuestiones que me gustaría abordar con usted.

-Un poco más tarde tal vez… respondió el ya desde el pasillo de su dormitorio.

-Se trata de asuntos importantes- insistió Sakura, siguiéndolo escaleras arriba .¿Le importaría dedicarme unos instantes.

Brant se detuvo una vez más y se volvió. Estudió fugazmente el rostro de la joven y adivino que pretendía exactamente.

Una tímida sonrisa afloró en el rostro de ella.

-Así que son importantes, ¿eh? En ese caso, bajaré en quince minutos.

Al llegar a la puerta de sus aposentos, Shaoran, todavía con la sonrisa en los labios, meneó la cabeza divertido. Aquella nueva ama de llaves tenía carácter, había que reconocerlo. Se trataba de una joven atrevida, y demasiado perspicaz para su gusto. La puerta estaba abierta. Su mirada se fijó al momento en la etérea criatura de cofia que pasaba la escoba con movimientos ligeros y rápidos, amontonando el escaso polvo que encontraba en aquel suelo de roble cuidadosamente barnizado.

Era demasiado hermosa. Y a diferencia de su hermana, ligeramente impertinente, mostraba hacia él un respeto rayano en el temor. Se preguntó que podría hacer para tranquilizarla.

Dio un paso al frente y volvió a detenerse, pues la muchacha no se había percatado de su presencia e involuntariamente le concedía., así el placer de contemplarla un poco más. La escoba siguió moviéndose hasta que Tomoyo hizo una pausa para admirar una cajita de música plateada que decoraba su escritorio. Levantó la tapa y al oír las primeras notas de una canción de cuna de Beethoven, pareció transfigurase.

Empezó a mecerse, usando la escoba a modo de pareja de baile, tarareando la melodía con su voz melodiosa. Shaoran observó sus gráciles y ligeros movimientos, pero en lugar de sentirse cautivado por ella, como le había sucedido el primer día, se descubrió frunciéndose el ceño. Por mas encantadora que sea, espiarla de aquel modo era como mirar por la cerradura de un reino privado, de cuento de hadas, como ver jugar a una niña. Aquel pensamiento no le gusto para nada. En ese instante ella se volvió y lo vio. Dio un respingo y cerró la cajita.

-Lo… lo siento mucho señor… pero es tan… tan hermosa. La abrí y la música empezó a sonar y… bueno espero que no se enfade conmigo.

-No- respondió él meneando ligeramente la cabeza. No me enfado.

-¿Señor?

Al oír el tono brusco de Sakura Temple, el conde arqueó las cejas y se giró. Al constatar la fiereza de su rostro, sonrió para sus adentros.

-¿Qué sucede ahora señora Temple? Creo haberla informado que bajaría en quince minutos.

Sakura cambio su expresión por otra más amable.

-Así es, señor, pero el caso es que tenía que pasar por aquí de todos modos para traer ropa recién lavada, y se ocurrió que podía ahórrale el esfuerzo de bajar.

Como pruebas de sus palabras levantó la cesta con la ropa, que desprendía olor a jabón, de tejidos almidonados, y el toque de algo femenino.

-Si, bien, es usted extremadamente considerad.

Y bastante imaginativa. Se trataba de una criatura protectora, de ello no cabía duda.

Tras dedicar una última mirada a Tomoyo, cuyo rostro, aun desprovisto de color, seguí poseyendo esa belleza etérea, distinta a todo lo que había visto hasta entonces, Shaoran cerró la puerta ya dejo a la joven sola, para que terminara sus tareas. Siguió a Sakura Temple hasta el rellano de la puerta y se detuvo junto a un candelabro dorado que sobresalía de la pared.

-De acuerdo,señora Temple, veamos esos asuntos importantes que desaba tratar conmigo… -Supuso que la chica habría tenido tiempo a pergeñar algo en los momentos en que había temido por la integridad de su hermana. Sintió curiosidad.

-Para empezar, está el tema de la plata. Supongo que desea mantenerla permanentemente abrillantada.

Él asintió muy serio.

-Sin duda. ¿Qué sucedería si llegara algún invitado y el servicio del té no se encontrara en óptimas condiciones?

-Exacto, señor.- Posó la vista en la puerta tras la que Tomoyo seguía trabajando. Hasta ellos llegaba un canturreo amortiguado-. Y también debemos de tratar el asunto de las habitaciones de los invitados.

-¿Habitaciones de los invitados?

-Deben airearse sin falta… si es que usted da su aprobación por supuesto.

Él contuvo la risa y conservó su rictus adusto.

-Airearse… por supuesto. No entiendo como no se me ha ocurrido antes

-Entonces cuento con su permiso?

-Desde luego. –Como si Sakura necesitará contar con él para cualquier cosa que se propusiera-. Cree usted que si un invitado respirara un aire no del todo puro, la ofensa sería grave ¿verdad?

-Y las chimeneas es importante que…

-Proceda por ellas como considere usted oportuno. Mantener limpia la casa es fundamental. Esa es la razón por la que le he contratado a una persona tan capaz como usted. Y ahora si me disculpa…

Sakura abrió la boca, creyendo que el conde iba a regresar en la estancia en la que estaba su hermana, pero la cerró al comprobar que se dirigía a la escalera. Riendo para sus adentros, Shaoran enfiló el camino de su gabinete. A sus espaldas oyó un suspiro de alivio.

Sonrió. No estaba seguro de que debía de hacer con aquellas dos hermanas, pero había algo de lo que estaba seguro: desde que habían aparecido en su vida, no había conocido el aburrimiento.

Sakura se levantó temprano la mañana siguiente. Como correspondía su puesto de ama de llaves, sus aposentos, que se encontraban en la planta inferior de la casa junto al comedor central, eran espaciosos, agradables, e incluía un saloncito bien amueblado y una cama de colchón cómodo, con almohadón. Sobre la cómoda descansaban una jofaina y un aguamanil decorados con flores de espliego. Sobre los tragaluces colgaban bellos cortinajes de muselina blanca.

Sakura vertió agua en la jofaina, realizó sus abluciones matutinas y se acercó al conjunto de falda negra y blusa blanca que componía el uniforme diario. Arqueó ambas cejas al sostener ambas de piezas, pues se percató que no se trataban de las que había dejado colgadas tras la puerta la noche anterior.

No, -las que disponía vestir estaban recién lavadas y desprendían un penetrante olor a jabón. Cuando las sacó del colgador crujieron de tan almidonadas que estaban parecían hechas de madera y no del fino algodón con que habían sido tejidas.

"¡Por la Virgen María! De todas las chiquilladas…" Sakura se interrumpió. No sabía cuál de los miembros del servicio lo habría hecho, aunque lo más probable era que se tratara de la señora Rathbone, la más veterana. Seguramente pasaban más de media mañana ideándola manera de echarla. Ignoraban con que desesperación necesitaba el trabajo, la falta que les hacía el dinero a su hermana y a ella.

No podían saber que incluso podían ser fugitivas de la justicia. Al menos a Tomoyo sí parecían haberle aceptado. Lo cierto era que su hermana resultaba tan dulce y generosa que casi todo el mundo la acogía de buen agrado. Era a ella,a Sakura, a quien consideraban un problema, de quien querían deshacerse. Sin embargo, fuera lo que fuese lo que los demás creyeran, le hicieran lo que le hiciesen, no pensaba dejar su puesto.

Apretando los dientes, se puso la blusa y se abrochó los pasadorres de los faldones, que crujían con cada movimiento. Las mangas de la blusa raspaban los brazos. Y el cuello se le hinchaba en la nuca.

Oír el roce de su propia ropa a cada paso que daba. Al pensar frente a un espejo de marco dorado que colgaba en el vestíbulo, constató lo horrible de su aspecto. Sus brazos, rígidos, parecían alas, y la falda se movía adelante y atrás como una vela negra solidificada.

-Por el amor de Dios, ¿Qué?

A Sakura se le heló la sangre al escuchar la voz del conde, y al volverse lo vio acercarse con las cejas arqueadas y gesto de incredulidad. "¡Qué mala suerte!" ¿Es que este hombre no tenía nada mejor que hacer que acechar por los pasillos?

Shaoran se detuvo delante de ella, se echó atrás y cruzó los brazos sobre su ancho pecho.

-Tal vez, señora Temple, cuando el otro día me formulaba aquellas preguntas sobre el mantenimiento de la casa, debería haberme pedido consejo sobre la colada. Le habría recomendado almidonar un poco menor la ropa.

Sakura sintió que se ruborizaba, su aspecto era del todo ridículo, y tal vez por eso mismo el conde se viera incluso más atractivo de lo que le había parecido el día anterior.

-Señor, de la colada no me ocupo yo. Aun así, le aseguro que en el futuro velaré por que las personas por usted contratadas recientemente reciban una mejor formación al respecto.

Shaoran esbozó una sonrisa

-Una idea muy sensata.

Pero no hizo ademan de marcharse, sino que se mantuvo en el mismo sitio, sonriendo, de modo que ella decidió sostenerle la mirada y levantar la barbilla.

-Si me disculpa señor.

-Por supuesto me imagino que tendrá mucho que airear y abrillantar.

El rubor asomó de nuevo las mejillas de Sakura. Dio media vuelta y se alejó, tratando de ignorar las risitas que oyó a sus espaldas, y de no ser hacer caso del frufrú de sus faldones.

Sin dejar de sonreír, pensando todavía en Sakura Templevestida con aquella ropa tan almidonada, Shaoran se dirigió al gabinete. Esa mañana tenía una reunión con el coronel PHoward Pendleton, del Ministerio de la Guerra. El coronel había sido buen amigo de su padre y había mantenido estrecha relación profesional con su primo Ethan.

Además de las horas invertidas en la reconstrucción del patrimonio familiar, Shaoran había dedicado mucho tiempo para la localización de Ethan Sharpe, que además de pariente era su mejor amigo. Se trataba del segundo hijo de Malcolm Sharpe, marqués de Belford. Su madre era tía de Shaoran. Cuando Priscilla y Malcolm Sharpe murieron tras el accidente de carruaje que los llevaba al campo, lord y lady Brant sa habían hecho cargo de los hijos de los marqueses, Charles, Ethan y Sarah, y los habían educados como suyos.

Al no tener hermanos Shaoran y sus primos habían creado vínculos muy estrechos. Había habido peleas entre ellos, como era natural, algún puñetazo en la nariz, un brazo roto en el transcurso de una lucha en la que habían acabado cayendo a un arroyo. Shaoran había recibido un severo castigo si Ethan no hubiera jurado que había caído al agua de manera accidental y que Shaoran se había lanzado tras él para rescatarlo.

El incidente había terminado de forjar la amistad entre ellos, a pesar de que Ethan era dos años menor. Tal vez para probarse a sí mismo, se había alistado en la Armada tan pronto se graduó en Oxford. De aquello ya hacia nueve años. Ahora llevaba tiempo fuera de la Marina, aunque seguía en servicio de su Majestad. Ethan Sharpe capitaneaba la goleta Sea Witch, sirviendo a Gran Bretaña como corsario.

O al menos eso había hecho hasta que tanto como él como su buque había desaparecido.

Alguien llamo suavemente a la puerta del gabinete. Timmons, el achaparrado mayordomo, entreabrió la puerta y asomó la cabeza.

-El coronel Pendleton está aquí, señor.

-Hazlo pasar.

Instantes después entró un hombre de pelo canoso, ataviado con su capa roja de oficial. Los botones dorados de su casaca brillaban con intensidad. Shaoran rodeó su escritorio para acudir a su encuentro.

-Me alegro de verlo, coronel.

-Yo también a usted, señor.

-¿No desea beber algo? ¿Coñac? ¿Té?

-No gracias, me temo que no dispongo de mucho tiempo. A Shaoran tampoco le apetecía tomar nada, pues su mente estaba con Ethan y su creciente preocupación por él. Llevaba casi un año buscándolo, negándose a contemplar la posibilidad de que el barco y la tripulación hubiesen naufragado durante alguna tormenta. Ethan era un capitán excelente, o eso creía Shaoran. Debía de haberle sucedido otra cosa.

Los dos hombres tomaron asiento en las cómodas butacas de piel, frente a la chimenea, y Shaoran fue al grano.

-¿Qué noticias trae, Howard?

El coronel esbozó una sonrisa.

-Buenas noticias, señor. Hace tres días, uno de los nuestros buques, El Victor, arribó a Portsmouth. En él viajaba un pasajero civil que responde al nombre de Edward Legg, y que asegura haber sido miembro de la tripulación del capitán Sharpe.

A Shaoran le dio un vuelco el corazón. Se inclinó havia adelante.

-¿Y qué contó de Ethan y su goleta?

-Ésas son las buenas noticias. Legg afirma que, en el transcurso de su última misión, dos buques de guerra franceses aguardaban frente a las costas de El Havre. Alguien les había informado de la llegada del capitán Sharpe, al menos eso cree Legg. Se libró una batalla y el Sea Witch quedó tan dañado que acabó hundiéndose, aunque casi ningún tripulante pereció. Practicamente todos fueron hechos prisioneros, incluído el capitán Sharpe.

-¿Y cómo acabó Legg a bordo del Victor?

-Al parecer, una vez llegaron a tierra firme, Legg y otro marinero consiguieron escapar. El otro hombre murió a consecuencias de las heridas que recibió durante la escaramuza, pero Legg llegó a España, dónde se encontró con el Victor, que regresaba a Inglaterra.

-¿Explicó dónde llevaron a Ethan?

-Me temo que no lo sabe.

-¿Hirieron a mi primo durante el combate?

-Legg informó de que el capitán sufrió una herida de sable y otras varias, pero no cree que fueran tan graves como para matar a un hombre como Sharpe.

Shaoran rogó que Legg estuviera en lo cierto.

-Necesito hablar con él. Cuanto antes.

-Me encargaré de los preparativos.

Hablaron un rato más, hasta que Shaoran se levantó, dando por terminada la visita.

-Gracias coronel.

-Me mantendré en contacto- respondió Pendleton avanzando hacia la puerta.

Shaoran asintió. Ethan vivía, estaba seguro. El niño que no había derramado una lágrima cuando le enderezaban el hueso roto del brazo se había convertido en un hombre más duro.

Y, all´´a donde estuviera, Shaoran estaba dispuesto a encontrarlo.