CAPITULO 41 PROBLEMAS
Unos dos o tres días después de mi último viaje a la Push, tuve una visita sorpresa, aunque en el fondo esperada: Jacob.
- ¡Quiero que me expliques una noticia que me acaba de dar mi padre! – Me avasallo nada más abrirle la puerta. Por unos instantes me quedé sin reacción. – Bellaaa! – Me apremió.
- Creo que no te debo ninguna explicación sobre mi vida privada, Jacob. – Le respondí bastante serena, aunque por dentro los nervios me carcomían.
- ¿¡Qué no?! – Exclamó furioso – Con un Cullen, Bella! No podías haber escogido a otro, no. Y mira que el día del funeral de tu padre me lo supuse, solo por como te miraba, como te protegió… Pero viendo que pasaba el tiempo y no me llegaban noticias, pensé que no tenías interés por él… Craso error, por puesto. – Cogió aire, para continuar – Pero has caído en su embrujo – Casi gruñó.
- Para, para… y coge aire antes de que te de un ictus cerebral, Jacob Black. – Le alcé la voz. – ¿Te recuerdo el motivo de nuestra ruptura? – Le dije mordaz, clavándole sin compasión una mirada envenenada.
- Eso fue distinto. – Murmuró mirando hacía abajo.
- ¡Claro! ¿Qué ibas a decir? Claro que fue distinto, porque me partiste el corazón, porque me tenías a mí… Y me cambiaste por otra - Grité – Pero yo no le hago daño a nadie, somos dos personas adultas, sin pareja y sin ánimo de meter el dedo en la yaga te diré, que nos amamos muchísimo. – Le confesé.
- ¿Amar? – Exclamó extrañado – ¿Qué saben ellos de amar? Eso es un sentimiento humano y ellos… - Y ahí se calló abruptamente.
- ¿Y ellos qué? – Le insté.
- Bella… no sabes nada de ellos. – Me dijo acalorado. – Debes alejarte de ellos. ¡Yaaa! – Me ordenó casi gritando. – Te harán daño… daño físico, no te haces ni una idea de lo que son… Te lo digo porque te quiero y deseo lo mejor para ti… - Suavizó el tono – Bella, cielo… por favor, aléjate de ellos. – Me rogaba.
Jacob estaba dejándome completamente desconcertada. No sabía qué decir, qué pensar… Qué nada!
Pero la intervención de alguien me hizo reaccionar, aunque de mano, me quedé aun más paralizada y casi aterrorizada.
- ¡Jacob! – La voz de Edward sonó a nuestro lado alta, mordaz y helada. – Aléjate de ella. - Su frase llevaba una amenaza implícita.
Pero… De dónde había salido? Cómo no lo había oído acercarse?
- Hombre… Imaginaba que vendrías – Le dijo en tono de mofa – Protegiendo lo tuyo, verdad Cullen? – Jacob se giró para encararlo, mirándolo con ojos envenenados, pero ardientes.
Frio y Calor. El uno contra el otro.
- Sepárate… estás temblando - ¿Temblando? Efectivamente, Jake tiritaba de pies a cabeza. – Quieres herirla? – Las palabras de Edward eran como dagas de puro hielo.
- Tú si que le harás daño, ¿verdad? ¿Ya tenéis fecha? ¿Se lo has contado? – Le preguntaba Jacob ante la mirada de puro odio de Edward.
- Cállate… no tienes derecho a decir nada ya que tú estás en la misma tesitura. Eres bastante cínico e hipócrita.
Pero… De qué coño hablaban?
Yo era la protagonista de esa reyerta y no tenía ni la más remota idea de qué iba todo aquello. Y eso me molestaba tremendamente.
Sus amenazas tácitas fueron en aumento, acercándose el uno al otro de forma peligrosa, muy peligrosa. Y yo cada vez esta más desconcertada, enfadada y sobre todo asustada.
Eran como dos titanes; no era la típica discusión de dos chicos por una chica; aquí había algo más, algo muy tenebroso. En ese momento, viéndolos juntos, discutir, me di cuenta de ello.
Cada vez estaban más cerca y el momento en que llegaran a las manos, también, así que en un arrebato de nervios, o de sentido común, según se mire, intervine.
- BASTAAAA! – Grité cual loca – ¡Separaos, vamos! – Obedecieron y yo me metí en el medio de ambos – No quiero más escenas. Fueraaa… Los dos. – Por fin sus miradas se separaron el uno del otro, para posarlas sobre mi persona; atónitos. – Os he dicho que fuera. Quiero que os vayáis. – Les grité con las lágrimas escapándoseme por los ojos, traicioneras.
- Bella… - Gimieron al unísono.
- Fueraaa… No quiero veros… No sé que coño pasa aquí, pero no os quiero cerca… - Aun no sé como conseguí articular palabra, ya que tenía un nudo enorme en la garganta que casi no me dejaba ni respirar.
Viendo que ya no podría decir nada más, me di la vuelta y me metí en casa. Subí las escaleras llorando desconsolada y me encerré en la habitación, la cual daba para atrás, así si se peleaban no los vería.
Al cabo de un rato, mi móvil comenzó a sonar y pitar enloquecido. Llamadas, mensajes…
De ambos.
Y a ninguno contesté.
Después de un rato, volvió a sonar. Esta vez era Alice, a la cual ignoré al igual que a ellos.
Después de llorar hasta hartarme, consiguiendo que mi nariz estuviese igual que un tomate, mis mejillas encendidas y un tremendo dolor de cabeza no me diera descanso de tanto pensar, acabé durmiéndome abrazada a un cojín.
Cuando desperté, estaba algo aturdida. Me incorporé en la cama con cuidado ya que me sentía algo mareada y esperé a que el riego me llegara al cerebro. Al cabo de un par de minutos fui reaccionando y me percaté de un detalle: Alguien me había tapado con el edredón.
Edward ha estado en casa…
Pensé. Y en ese momento no sabía si estar contenta, triste o enfadada.
De que me amaba no tenía ni la menor duda. Lo había estado demostrando desde hacía dos meses. Con cada gesto, con cada palabra, con cada mirada… Pero que estuviese escondiéndome un secreto, y por lo que parecía, tan importante, no me gustaba. Para nada.
Y encima Jacob sabía de qué se trataba; y era algo que tanto a él, como a los suyos les molestaba tremendamente.
Ese día comenzaba mi turno por la tarde. Así que tenía toda la mañana por delante para serenarme sin la presencia de Edward ni de nadie de su familia.
Error.
No había acabado de pensarlo, cuando mi móvil sonó. Alice.
- Dime, Alice… - Le contesté perezosa.
- Bella… Por Dios bendito, menos mal que me contestas. – Respondió alterada – Te he llamado cientos de veces, y te he dejado un millón de mensajes… Y no digamos Edward. – La sola mención de su nombre hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal. – Ayer llegó a casa completamente destrozado. Nos contó lo que había ocurrido con Jacob y bueno… nos puso al tanto de que llevas un par de días algo distante con él… - La voz se le fue bajando hasta callar. Sabía el motivo de porque yo estaba fría.
- Si, es cierto. – Le contesté algo tajante.
- Bella… No dejes que eso te malmeta en contra nuestra, y mucho menos en lo que tenéis Edward y tu – Me hablo preocupada.
- Y no quiero que eso ocurra… Pero, que es "eso" – Recalqué. – No puede ser algo tan malo o tan grave para que yo no pueda afrontarlo, para que no lo pueda asimilar. – Suspiré – ¿No somos una familia? – Le pregunté. Ella asintió en un susurró. – ¿Pues entonces, qué es lo que pasa, Alice? – Le dije exasperada.
- Bella, no es algo para contar por teléfono – Me contestó. – Pero tienes toda la razón. Qué te parece si esperamos a que pasen las navidades? Luego lo hablaremos en familia. No es algo que deba decirte Edward solo. – Sus palabras eran serias, tono raro en Alice.
- Está bien. No voy a estropearnos las fiestas. Pero cuando pasen, quiero que hablemos. – Le dije usando su mismo tono.
- Por favor Bella… no seas dura con Edward, está hundido. – Casi me suplicó. – No sabes hasta que punto te ama. Jamás había estado así… Su carácter se ha suavizado desde que tú has entrado en su vida, es otro. Tú no aprecias el cambio, pero nosotros sí, y te digo sinceramente que es sorprendente. – La oí suspirar - Si te perdiera, no sé que locura podría llegar a hacer. – Estaba compungida.
- Tranquila Alice, la sangre no llegara al rio… Pero… Después de navidades. – Le recordé.
La conversación con Alice me había subido el ánimo. Y después de procesar sus palabras y calmarme un poco, decidí no torturarme más con ese secreto inconfesable y que como había dicho mi cuñada, no consiguiera interferir entre Edward y yo.
Cuando llegué al trabajo y me dieron el planning del día, vi que tenía que subir hasta administración para arreglar el ingreso de un paciente de urgencias.
Esto era un hospital pequeño, y aunque estaba informatizado, para muchas cosas aun había que ir en persona y hacer las cosas "a mano".
Y más cuando era un ingreso que tuviese alguna particularidad, como una operación de urgencia, hospitalización larga y cosas similares.
En esta ocasión, Jasper tuvo que acompañarme, ya que era un trasplante de urgencia. Aunque pertenecía al otro turno, a mis compañeras no les había dado tiempo a dejarlo todo zanjado y a mi me toco el papeleo.
- Hola cuñada – Me saludó Jasper sonriente; aunque había un trasfondo de precaución.
- Hola cuñado – Esta era nuestra nueva forma de saludarnos. – ¿Listo para el papeleo? – Le pregunté alegre, dándole a entender que no pasaba nada.
Pero como siempre me pasaba en compañía de Jasper, una oleada de tranquilidad se apoderó de mi organismo. Sabía que había personas que te transmitían serenidad… Pero algo tan exagerado como lo de mi cuñado, no. Era… increíble. Podríamos decir que hasta mágico.
- Listo… por supuesto. – Contestó más sereno. – Y más siendo contigo. – Me sonrió – Manejas estas cosas espléndidamente – Me alabó. – ¿Y tu… tranquila?
Me apetecía alzarle una ceja y ponerle los ojos en blanco en plan:
¿Y eres tu quien me lo preguntas, cuando tu mismo eres quien me lo transmites?
Pero a parte de que él me tranquilizase, no estaba nerviosa para nada por subir a los despachos, ya que Edward había acabado el turno hacía casi media hora. Y por las tardes solo estaba la auxiliar administrativa de turno, que era la que preparaba el papeleo para la secretaria y para Edward al día siguiente, que eran los responsables.
Nada más abrirse el ascensor, ya comprobé que la secretaria de recursos, la "simpática", no estaba; su lugar lo ocupaba la auxiliar.
- Buenas tardes, Dr. Hale, enfermera Swan – Nos saludó muy profesional. Asentimos con la cabeza. – Pasen al despacho, el Dr. Cullen los está esperando. – Directa e instantáneamente infarté.
Incluso Jasper tuvo que darme un ligero empujón para que caminase porque me había quedado paralizada en el sitio.
Jasper al ver que no acababa de reaccionar, picó a la puerta y la abrió, cediéndome el paso. Yo lo miré aterrorizada. No estaba preparada para verlo aun. Y estuve toda la mañana tranquila porque había supuesto que no nos veríamos hasta la noche. Pero ahora… de golpe y porrazo íbamos a encontrarnos cara a cara.
Según atravesé el umbral de su puerta, noté como los nervios me carcomían las entrañas y un calor abrasador se instauraba en mi rostro.
- Hola Edward – Lo saludó Jasper de forma familiar – Al final se lió el tema del ingreso, pero bueno, no creo que te robemos mucho más tiempo
Nada más poner el primer pie dentro del despacho, Edward alzó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Aunque sabía que estaba oyendo a Jasper, también sabía que no lo estaba escuchando; su total y entera atención era para mí.
- Hola… No te preocupes – Le contestó sin apartar sus brillantes ojos de los míos. Y yo no pude más que acabar bajando la mirada; no podía aguantar su intensidad.
- Sentaos – Nos ofreció. – Hola Bella – me saludó. Me latía el corazón tan fuerte que pensé que me subiría a la boca.
- Hola Edward – Le contesté casi susurrando. No era capaz de articular mucho más, la verdad.
Jasper y él comenzaron con el papeleo propio del ingreso y a comentarlo. Yo me limitaba a escucharlos, y a intervenir con un simple: -Aja - Cuando se me preguntaba.
Firmamos los tres y la reunión se dio por finalizada treinta intensos minutos después. Jasper se adelantó a salir con una velocidad de vértigo y yo ralentice mi ritmo deliberadamente. Estaba deseando quedarme a solas con Edward.
- Bella – Me llamó cuando, lentamente, le di la espalda para irme – Espera… No te vayas aun.
Edward salió de detrás de su mesa y se posicionó a mi espalda, pero sin atreverse a tocarme.
- Cariño… Esta ha sido la peor noche de mi vida… - Confesó susurrante. – No quiero que nos peleemos… Lo siento, mil veces lo siento. Sé que has hablado con Alice, en cuanto pasen las Navidades hablaremos, no quiero que "eso" sea un motivo de distanciamiento entre nosotros. Te amo demasiado… He andado un larguísimo camino para encontrarte y ahora no puedo, ni quiero dejarte ir. Eres lo más importante en mi vida y no puedo imaginarme seguir viviendo sin ti – Su tono era desgarrador y sincero.
Me giré, lo miré con ojos brillantes debido a la emoción, y sin pensarlo me lancé a sus brazos, los cuales me recibieron sin dudar.
Permanecimos abrazados durante un tiempo indefinido. Yo me aferré a su cuello y él me acariciaba la espalda con necesidad.
- Yo también te amo, Edward. Y tampoco sería capaz de vivir sin ti… Ya no. Lo eres todo para mí. – Yo también fui sincera, era el momento de serlo.
Esos días anduve algo tocada, pero entre el trabajo, la casa, reuniones con los compañeros por las fiestas, la preparación de estas y la familia, anduve liadísima. Por lo que el tema fue olvidándoseme.
Por supuesto, Edward tuvo mucho que ver en ello, colmándome de atenciones y de sesiones de cama de lo más placenteras, pasionales y románticas.
Sabía que estaba esforzándose por que las cosas volvieran a la normalidad cuanto antes. Pero volverían cuando me revelaran "eso".
Y aunque era preocupante e inquietante, con el trajín navideño, se me pasó por completo.
Días de compras, tanto para los regalos como para los vestidos de los días señalados;Tarea que resultó de lo más divertida, ya que fuimos a Seattle la familia al completo, y luego tuvimos que estar jugando al gato y al ratón para comprar los regalos de unos y de otros.
Fue una tarde llena de risas y momentos entrañables. Algo que necesitábamos después de la tensión de los últimos días debido a la bronca entre Edward y yo, la cual afecto a toda la familia, por supuesto.
Ya que Carlisle me cogió en un aparte y habló también conmigo, como era de esperar.
- Bella… No lo pagues con Edward, por favor… - Me rogó – Es algo que debí revelarte ya hace tiempo, pero…Entre lo de tu padre, lo del aborto… No quería desestabilizarte más. – Su rostro mostraba su agonía. – Si hay un culpable, ese soy yo, que fui quien te conocí primero y quien te presentó a mi familia. – No pude más que abrazarlo e intentar reconfortarlo entre mis brazos.
El carácter desinteresado, noble y gentil de Carlisle era algo indescriptible. Era el ser más bueno que nadie pudiese conocer jamás.
Por lo que sus palabras fueron un bálsamo para mi. Intenté no darle más vueltas, como les prometí a todos, ya que cada cual a su manera me habían dedicado algunas palabras para amansar un poco mi mal talante de esos últimos días.
Confiaba en ellos. Sin duda alguna. Nada podría ser tan malo como para que no pudiese con ello. Eran mi familia y así seguirían siéndolo, eran las mejores personas que jamás hubiese conocido, e incluso cada día que pasaba, más quería parecerme a ellos. Así que… Nada, absolutamente nada, podría separarnos.
Con esa idea me quedé. Después de haber estado dándole vueltas durante días, decidí que aunque quería saberlo, por supuesto, no dejaría que interfiriese entre la familia.
La familia de Denali vino a pasar las fiestas con nosotros y todos nos alojamos en la casa Cullen para disfrutar de estos días familiares juntos.
Entre Esme y Carmen, con alguna intervención de Carlisle, que era un gran cocinero, prepararon el banquete de Noche Buena y Navidad.
A los jóvenes, no nos dejaron entrar en la cocina, por lo que las chicas decoramos la mesa con alguna intervención de los chicos; chinchándonos más que ayudando.
La casa estaba deliciosamente adornada; Esme nos asesoró, aunque Alice y Rose tenían un gusto exquisito para la decoración.
Pusimos un árbol gigante en el salón y adorno preciosos y muy caros, por toda la casa.
El ambiente navideño se respiraba transmitiéndonos paz, amor y alegría.
Tanto la cena de Noche Buena como la comida de Navidad transcurrió entre risas, villancicos y demostraciones afectivas entre toda la familia.
Fue algo completamente estimulante y alentador. Alentador, al pensar que había encontrado mi sitio. Allí es donde quería estar; con esa gente, en ese ambiente. Y que nunca había celebrado de ese modo las Navidades.
Nos entregamos los regalos los unos a los otros. Ropa, un casett nuevo para el coche, productos de belleza, un libro de medicina, una de las primeras ediciones y un viaje con todo pagado a París para Edward y para mí.
- Carlisle, Esme… Esto ha sido excesivo, en serio – Me quejé; poco a poco un nudo comenzó a formarse en mi garganta debido a la emoción.
- Bella… No sigas protestando porque vas a acabar llorando – Me advirtió simpático Jasper.
- No te lo voy a negar… - Le contesté mordiéndome el labio.
- Pues lo que tienes que hacer es disfrutarlo… los dos – Carlisle se acercó a mí y me abrazó con amor incondicional. – Eres mi niña… mi niña linda. – Murmuró a mi oído. Eso me hizo estremecer.
- Es poco para todo lo que te mereces… - Esme también vino a abrazarse una vez vio que Carlisle ya había tenido su dosis de mimos por mi parte.
Pero quedaba uno. El de Edward. Y ese, fue algo que no esperaba ni por asomo.
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- Dios mio Edwarddd! – Exclamé. El corazón comenzó a tronarme bajo el pecho cual tren de mercancías.
Había visto ese anillo en Google hacía unas semanas. Llevaba tiempo con ganas de comprarme un anillo así para el uso diario. Algo elegante, fino pero juvenil; un caprichito. Y enlazando páginas había llegado a esa joya en concreto, pero era de Chopard y costaba una barbaridad, por lo que se pasaba en demasía como "caprichito", a parte de que llevando los corazones, no quedaba demasiado bien que me lo regalase a mi misma.
- Te gusta? – me susurró con un brillo especial en los ojos.
- Que si me gusta? Me encanta… pero es… dema… - No me dejó acabar la frase.
- No, no es demasiado… Le copio la frase a mi madre… Es poco para todo lo que te mereces. Pero tenemos toda la vida para que te pueda compensar. – Su brillo ocular aumento considerablemente.
- Edward… pero… cómo? – Lo miré incrédula.
- Un día, hace unas dos semanas, te dejaste el Google abierto, y cuando fui a cerrarlo vi una pestaña enlazada. - Su gesto se volvió vergonzoso – Y aunque mi intención no era ser cotilla, la curiosidad me pudo; cuando lo vi, sabía que ese anillo era para ti. Mi regalo perfecto para nuestras primeras navidades juntos. – Su sonrisa era tan espectacular, que podría haber paralizado un mundo entero.
- Es precioso Bella – Lo alabaron las chicas acercándose a contemplar el anillo. – Te queda perfecto. – Yo solo podía asentir completamente emocionada.
Una vez recuperé la habilidad del habla, se me ocurrió una idea para también sorprender yo a Edward. Fui a mi bolso y escondí el pequeño paquetito entre mis manos.
- ¿Otro regalo? – Preguntó sorprendido – El diario de composiciones era más que suficiente… Es precioso, nena. Me ha encantado – Volvió a elogiar la elección de mi regalo.
Le había comprado un cuaderno en piel noble; una parte eran partituras y la otra, hojas en blanco. Perfecta para componer y anotar ideas… o lo que fuera. La portada estaba compuesta por una foto nuestra. La verdad es que era un cuaderno precioso.
- Bueno… - Dije misteriosa – Ya que tu a mi me has sorprendido, yo voy a hacer contigo lo propio. – Le alcé una ceja. Edward comenzó a sonreír travieso. – Iba a dártelo en privado… pero yo también quiero sacarte los colores, jajaja! – Reí de mi propia broma.
Abrí mis manos, dejando a la vista el pequeño paquete envuelto. Edward me miró agachando los ojos, y lo cogió.
Cuando lo abrió se quedó completamente pasmado.
- Pero… y esto? – Preguntó extrañado; aunque sabía perfectamente lo que era, y lo que representaba.
- Es un llavero para compartir, unas esposas jaja!… Y unido al llavero, va la llave de mi casa. – Le contesté muy solemne, pero muy emocionada.
- Bella… - Jadeó. – Esto es lo que creo que significa? – Quieres que yo… me mude a tu casa? – Preguntó fascinado.
- Si. – Le contesté conteniendo el aliento. – Sé que habíamos dicho que concretaríamos después de navidades. Pero… quiero que veas mi fe incondicional por ti; por nosotros. – Le hablé mirándolo fijamente a los ojos. La sala se sumió en un silencio sepulcral; todos contenían el aliento, emocionados.
- Claro que me iré a vivir contigo, cariño. – Anunció exaltado – Estaba deseando que me lo propusieras.
Con esas palabras, me alzó en brazos y bailó conmigo en volandas ante el aplauso de todos los presentes.
Carlisle y Esme vinieron en seguida a darnos la enhorabuena por nuestro progreso. Estaban exultantes de alegría.
En un momento durante la velada, Carlisle me pilló en un aparte y me susurró:
- Gracias, Bella. Gracias por tu fe ciega por nosotros. – su mirada estaba cargada de agradecimiento
Para la celebración de Año Nuevo, nosotros nos trasladaríamos a Alaska y pasaríamos las fiestas con nuestros primos en su casa.
Estaba completamente excitadísima con la idea.
Ir a celebrar la entrada de año a casa de unos familiares; algo completamente nuevo para mí.
- Me alegra que estés tan ilusionada con la idea, hija – Me había comentado Esme llena de júbilo – El que al final hayáis hecho tan buenas migas tú y nuestros primos, nos colma de felicidad.
- Bueno… ya se sabía que Bella y los Denali iban a llevarse bien – Intervino Emmet – Quien no se lleva bien con Bella? – Me dijo abrazándome por los hombros.
- Solo fueron unos ligeros celos, verdad, cuñada? – Agregó Jasper guiándome un ojo.
Lógicamente, ninguno de nosotros tuvo problemas para pedir unos días en el trabajo. Pero para que nadie pudiese decir nada, doblamos turnos los días previos como cosacos.
Yo, personalmente, llegaba todos los días a casa literalmente reventada.
Pero ahí intervenía Edward. Demostrando una vez más que era la pareja perfecta. Cuando llegaba, tenía el baño esperándome, lleno de burbujas, la casa calentita y la cena lista.
Perfección absoluta!
Los días de vacaciones con nuestros primos, fueron divertidísimos. Lo pasamos en grande todos juntos. Y su casa… guauuu! Era algo espectacular.
Nos atendieron como Jeques árabes. Todas las atenciones les parecían pocas.
Incluso uno de los días, nos fuimos a montar a caballo, afición que hacía tiempo que no practicaba. Aunque solo Tania, Alice, Edward y yo fuimos; Al resto no les seduzco mucho la idea.
La fiesta de Fin de Año fue preciosa. Los Denali tenían la casa adornada igual de exquisita que la de los Cullen, pero para esa noche concreta, la adornaron más. Luces, adornos, todo en consonancia con esa noche tan especial.
Los cuatro días que pasamos allí, volaron; y pronto llegó el momento de despedirnos, quedando en vernos en cuanto pudiésemos volver a juntar unos días todos juntos.
