Capítulo 3

El problema de la ropa de Sakura se resolvió. La señora Wiggs, la lavandera, defendió su inocencia con manos temblorosas cuando se acercó a examinar el uniforme almidonado en exceso.

Aquella noche, la mujer se quedó trabajando hasta muy tarde para lavar y planchar las prendas, y a la mañana siguiente se presentó con otro conjunto de blusa y falda que se sumaría al limitado ropero de Sakura. En ese caso, la longitud de los faldones sí era la correcta.

Aquel día, todo el servicio, junto con unos deshollinadores jóvenes a los que el ama de llaves había contratado, se hallaba inmerso en la limpieza de chimeneas. Los días cálidos habían permitido que los ladrillos se enfriaran, de manera que el único peligro al que se enfrentaban los mozos era una eventual caída desde una altura de tres pisos.

Sin embargo, según descubrió Sakura, las posibilidades de que eso sucediera eran escasas pue, como un grupo de monos, trepaban par los ladrillos con tal soltura que su trabajo, sin serlo, parecía sencillo. Varios criados hacían las veces de asistentes, entre ellos la señora Rathbone. Mientras que los deshollinadores y el servicio trabajaban, Sakura se dedicaba a inspeccionar las chimeneas.

Satisfecha con los progresos en el salón Azul, se trasladó al gabinete de Lord Brant, dónde este había estado trabajando horas antes. No le había pasado por el alto que el conde permanecía muchas horas en aquella estancia, estudiando montañas de papeles y revisando las columnas de sumas en los gruesos libros de cuentas que dispuestos en una esquina de su escritorio. En cierto modo, aquella dedicación le sorprendía.

Ninguno de los miembros de la adinerada elite que visitaba Harwood Hall trabajaba lo más mínimo. Hacerlo habría sido rebajarse, por lo que limitaban a dilapidar las sumas que hubieran heredado. El padrastro de Sakura se comportaba de igual modo.

Aquel pensamiento despertó en ella una oleada de ira. Miles Whiting, primo de su padre y persona más próxima a heredar el título, no sólo había logrado hacerse con las tierras y la fortuna de los Harwood, sino que había sabido ganarse el afecto de su madre viuda e incluso desposarla, despojándola así de la casa de sus antepasados.

En opinión de Sakura, Miles Whiting era- si es que aún seguía con vida- La forma más baja que podía adoptar un espécimen de la raza humana. Se trataba de un ladrón, de un canalla, de un vil ser que abusaba de las jovencitas indefensas. Además, durante los últimos años había empezado a sospechar que tal vez fuera responsable de la muerte de su padre. Sakura había jurado mil veces que, algún día, Miles Whiting pagaría por todas sus tropelías.

Aunque tal vez ya lo hubiera pagado.

Resuelta en no pensar en el barón y en su suerte, Sakura se acercó a la chimenea que ocupaba un rincón del gabinete.

-¿Cómo avanza el trabajo, señora Rathbone?

-Parece que en ésta hay problemas. No sé si desea echar un vistazo usted misma.

Sakura se adelantó un poco más, se agachó, metió la cabeza por la embocadura y miró hacia arriba en el momento en que un deshollinador desprendía un montón de hollín. La boca los ojos se le llenaron de polvillo negro. Tosió y, al aspirar, éste se le metió por la nariz. Aturdida y congestionada, se retiró de la chimenea y dedicó una mirada asesina a la señora Rathbone.

-Parece que ya han resuelto el problema- observó la vieja bruja.

Se trataba de una mujer flaca, de nariz aguileña y pelo negro y ondulado que asomaba por debajo de la cofia. Aunque no sonreía, a sus ojos asomó el inconfundible brillo del triunfo.

-Ya- convino Sakura entre dientes. Supongo que lo han resuelto.

Se dispuso a abandonar el gabinete, con las manos y el rostro cubiertos de hollín. Con la mala suerte que había tenido hasta el momento, no le sorprendió ver pasar al conde por la puerta, haciendo esfuerzos para no reírse.

Sakura le dedicó una mirada que había bastado para fulminar a un hombre de menos talla que la suya.

-Sé bien que el señor es usted, pero en este caso le aconsejo que no pronuncie ni una palabra.

Dicho lo cual se alejó, pasando por su lado y obligándolo a apartarse para no mancharse de hollín su entallada chaqueta marrón. Siguió sonriendo, eso sí, pero acató los sabios consejos de la nueva ama de llaves y no comentó nada.

De nuevo en sus aposentos, maldiciendo a su padrastro y las circunstancias que la habían llevado a caer tan bajo, Sakura se puso la muda del uniforme que la señora Wiggs, tan oportunamente, le había llevado esa misma mañana. Transcurridos unos momentos se recompuso y bajó a reanudar sus quehaceres.

Se le ocurrió que, de todos los miembros del servicio, su único aliado era el mayordomo Timmons, que a pesar de las apariencias era un hombre sumiso y bastante afectado. Pero Timmons apenas hablaba con nadie. No importaba, se dijo Sakura, como ya había hecho en ocasiones anteriores. No lograrían echarla.

Shaoran recuperó su gabinete a los quince minutos. Los deshollinadores se fueron a otra zona de la casa seguidos prudentemente de la señora Rathbone. No estaba seguro de si la anciana había tenido algo que ver con lo sucedido a la nueva ama de llaves, aunque sospechaba que sí.

No le gustaba la idea de que la mayor de las Temple tuviera problemas, pero no podía evitar sonreír cada vez que la recordaba negra de hollín, con unos cercos blancos alrededor de aquellos ojos que lo miraban furiosos.

Se notaba que las cosas no le resultaban fáciles. Con todo, Sakura Temple parecía capacitada para hacer frente al trabajo que le había encomendado y él no creía que una que una intromisión suya fuera bien recibida. Se trataba de una mujercita muy independiente, y eso era lo que admiraba de ella. Se preguntaba de dónde habría salido, porque tanto ella como su hermana poseían los modales y el acento que normalmente se atribuía a las clases altas. Tal vez, con el tiempo, aquella información acabaría por aflorar a la superficie.

Entretanto Shaoran tenía cosas más importantes de las que ocuparse que de sus sirvientas, por más intrigantes que resultaran. Aquella tarde, su intención era entrevistarse con el marino Edward Legg en relación con el paradero de su primo. La situación de éste ocupaba sus pensamientos, y su intención era explorar todas las vías que pudieran llevar a su regreso.

Shaoran echó un vistazo al tablero de ajedrez de la esquina, sobre el seguía en pie una partida inconclusa. Las piezas, talladas con intrincados motivos, llevaban casi un año en la misma posición. El juego a distancia se había convertido en una tradición entre los dos hombres siempre que Ethan se embarcaba. En las cartas que enviaba a Shaoran, Ethan le escribía sus movimientos y, en sus respuestas, el conde le informaba de sus contraataques. Su nivel de destreza era similar, aunque Shaoran había ganado dos de las tres últimas paridas que habían disputado.

En la que libraban ahora, Shaoran había movido su reina y enviado la información en una carta, que un mensajero militar había hecho llegar a Ethan. Pero nunca había recibido respuesta. El tablero seguía en su rincón como recordatorio silencioso de la desaparición de su primo. El conde había ordenado que nadie tocara las piezas hasta el regreso de Ethan. ¿Cuándo se produciría éste?, se preguntó entre suspiros.

Sentándose en su escritorio, se concentró en el montón de papeles que debía de revisar, inversiones que considerar y cuentas que repasar. Con todo, no tardó en distraerse un rato antes en ese mismo gabinete.

Una tímida sonrisa se instaló en sus labios al recordar que su ama de llaves había tenido la osadía de darle una orden, y que él, con buen criterio, la había acatado.

Al menos, el aspecto de la casa empezaba a mejorar, Los suelos de la planta baja brillaban tanto que Sakura veía en ellos su propio reflejo, y la plata refulgía de nuevo. Lograr que los criados terminaran las tareas encomendadas era como pedir manzanas al olmo, o como fuera aquel refrán. Con todo, poco a poco, empezaban a verse algunos resultados.

Y Tomoyo parecía feliz en su nuevo hogar. Por el momento, los temores de Sakura sobre las intenciones del conde no se habían materializado. Tal vez estuviera demasiado ocupado como para prestar atención a una joven sirvienta, por hermosa que fuera. Aun así, no se fiaba de él. Lord Brant era un hombre soltero, muy viril y cabía que se trataba de otro pervertido con malas intenciones hacia Tomoyo.

La cena había terminado. Como muchos otros sirvientes, Tomoyo se había retirado a su dormitorio a descansar, pero Sakura seguía recorriendo los pasillos en penumbra. No tenía ni pizca de sueño; quizás era su padrastro quien agitaba sus pensamientos. ¿Y si lo había matado sin querer? En aquel momento no había tenido otra salida.

Claro que, si había muerto, las autoridades habrían iniciado una investigación para dar con su asesino, o incluso ya lo habrían localizado. No había leído nada en los periódicos, aunque lo cierto era que no siempre había podido consultarlos desde su llegada a Londres, ocupada como había estado en sobrevivir.

Tal vez un libro le ayudaría a conciliar el sueño. Confío en que al conde no le importará que tomara uno prestado, así que cogió la lámpara de aceite y subió por la escalera. Al pasar junto al gabinete de lord Brant, caminó hacía la biblioteca, se percató de que éste se había dejado encendido en el quinqué del escritorio. Entró para apagarlo, y fue entonces cuando se fijó en el tablero de ajedrez de la esquina.

Ya lo había visto con anterioridad, había admirado el exquisito trabajo de talla, las piezas de marfil y caoba, se había preguntado cuál de los conocidos del conde sería su contrincante, pero los días transcurrían y las piezas seguían en el mismo sitio.

Sakura se acercó a él. El ajedrez se le daba muy bien, su padre le había enseñado a jugar, y antes de su muerte se enfrascaban a menudo en largas partidas. No pudo resistir la tentación de sentarse en una de las sillas de ornamento respaldo para estudiar los movimientos que había hecho el conde y su misterioso rival.

Al fijarse mejor constató que, aunque las piezas se encontraban libre de polvo, habían dejado unos cercos bajo las bases, prueba de que llevaban mucho tiempo en la misma posición.

Sakura estudio el tablero. Tras decidir que las piezas de ébano debían ser las del conde (no sabía por qué, pero le pareció que le iban mejor), y movida por su innato espíritu de competición, se inclinó y movió un caballo de marfil, situándolo en una casilla que amenazaba a un alfil negro.

Debía de volver a colocar la pieza en su sitio. Sin duda el conde se enfadaría si descubría que ella la había movido, peor una maliciosa parte de sí misma no le dejaba hacerlo. Se decía que, de querer, el conde siempre podía reponer el caballo donde estaba. Y si se quejaba, siempre podía alegar que, al quitarle el polvo, lo habían cambiado sin querer. Así pues Sakura no devolvió la pieza a su posición original.

Al fin apagó el quinqué del escritorio, cogió su lámpara y, soñolienta, enfiló el camino de su dormitorio.

El remate dorado de la puerta brilló iluminado por la lámpara que sobresalía a un lado del carruaje de Brant cuando éste se detuvo frente a la mansión. Era más media noche. Tras su improductivo encuentro de aquella tarde con Edward Legg, que tenía muy poco que añadir a lo que ya había contado con anterioridad – además de explayarse sobre lo caballeroso y valiente que se había mostrado el capitán Sharpe durante la batalla de triste final, y sobre lo mucho que él lo admiraba-, el ánimo del conde estaba por los suelos.

Dado que su aproximación a Tomoyo Temple se encontraba en una especie de punto muerto, y y que no deseaba volver a los brazos de su última amante, había sentido la imperiosa necesidad de visitar la muy exclusiva casa de placer de madame Fontaneau.

Todavía no estaba seguro de qué le había llevado a cambiar de opinión, por qué se había visto a sí mismo ordenando al cochero que se detuviera y lo llevara su club de caballeros, el White. Pero lo cierto era que allí había pasado varias horas, sentado en un cómodo butacón de cuero, saboreando su coñac, absorto en una partida de whist, ensimismado, perdiendo dinero.

Su buen amigo Rafael Saunders, duque de Sheffield, también se encontraba en White, había hecho todo lo posible por animar a Shaoran, aunque con escaso éxito.

Así, el conde había terminado su copa, había pedido su carruaje y regresado a casa. Y ahora, una vez el vehículo se detuvo frente al edificio de ladrillo de tres plantas y el lacayo abrió la portezuela, Shaoran descendió y entró en su mansión.

Metió los guantes de cabritilla dentro de su sombrero de copa, hecho con pelo de castor, y lo dejó en la mesilla que había junto a la puerta. Miró la escalera, consciente de que debía acostarse, pues tenía que revisar unos documentos importantes a primera hora, antes de la visita del administrador. Además últimamente no dormía demasiado bien.

Pero en lugar de dirigirse a la primera planta, tomó la escalera que, desde el vestíbulo, conducía a su gabinete. Anteriormente no sabía por qué, su mente se había alejado de su deseo de acostarse con una mujer y se había concentrado en el trabajo pendiente, en Ethan y, lo más sorprendente, en sus dos nuevas empleadas.

Esto último lo sorprendía en extremo. De haber tratado sólo de deseo carnal por Tomoyo, lo habría comprendido, pero la encantadora y etérea muchacha le atraía cada vez menos, mientras que la mayor, aquella hermana algo impertinente, le intrigaba cada vez más.

Era ridículo. Sin embargo, mientras observaba a Tomoyo Temple realizar sus tareas con el porte de una princesa de cuento, no podía apartar de su mente la idea de que seducirla sería totalmente injusto. Por lo que respetaba a las mujeres, Shaoran era un hombre de vasta experiencia, y sabía que Tomoyo… bueno, no estaba seguro de que la joven conociera siquiera la diferencia entre hombres y mujeres.

A decir verdad, seducirla sería como arrancar las alas a una bella mariposa.

Maldiciéndose por no concederse el alivio sexual que tanto necesitaba antes de regresar a casa, Shaoran miró de reojo el montón de papeles acumulados sobre el escritorio. Tras quitarse el abrigo y aflojarse el corbatín, se arremangó la camisa y se dispuso a dedicarle un par de horas al trabajo.

Al cruzar el gabinete, le llamó la atención el tablero de ajedrez, Frunció el ceño y se acercó a la mesa donde descansaban las piezas, flanqueada por dos sillas de alto respaldo.

Estudió todas y cada una de ellas. Sabía muy bien cual era su posición exacta, las había contemplado en tantas ocasiones que hasta dormido sabría reproducir su disposición en el tablero. Pero hoy había algo distinto, algo que no encaja del todo. Al darse cuenta de que una pieza no se encontraba en su sitio, Shaoran fue presa de la ira.

Se dijo que debía de estar equivocado, pero al ver que el caballo amenazaba al alfil, recordó el juego que Ethan y él habían iniciado, el juego que tal vez no terminaría jamás, y la tensión se acumuló en su rostro. Seguro de que la pieza la había movido algún criado, abandonó iracundo su gabinete y, hecho furia, descendió la escalera que conducía a las dependencias de servicio.

El recuerdo de Ethan le conminaba a continuar, y tras dejar atrás los pasillos de la planta inferior de la casa, atravesó la cocina. Al llegar al final y llamar a la puerta de la ama de llaves, seguía colérico.

No esperó a que ella respondiera, se limitó a levantar el tirador. Una vez dentro, cruzó la pequeña sala y se plantó en la alcoba.

Los golpes la habrían despertado. Cuando la puerta del dormitorio se abrió de par en par, estampándose contra la pared, Shaoran la vio incorporarse de un respingo en su estrecha cama y parpadear asustada.

-Buenas tardes señora Temple. Deseo tratar con usted un asunto de suma importancia.

Sakura seguía parpadeando.

-¡Aho… ahora?- Llevaba puesto un fino camisón de algodón blanco, y sus ojos, que por lo general eran de un verde claro, se veían algo hundidos por el cansancio. También sus labios estaban más hinchados que de costumbre. Una sola trenza castaña reposaba sobre su hombro, y varios mechones de pelo le cubrían las mejillas.

A él, hasta ese momento, el ama de llaves le había parecido simplemente atractiva, pero advirtió que era algo más. Con sus rasgos bien delineados, sus labios carnosos y su nariz recta Sakura Temple era una jovencita encantadora. De no haber quedado prendado por la belleza sobrenatural de la menor, se habría percatado de ello mucho antes.

Ella se movió en la cama, y el corazón del conde empezó a latir con más fuerza. La luz de la luna, que se colaba por la ventana de la alcoba, le permitió ver el perfil de sus pechos, las oscuras sombras de sus pezones, el pálido arco de su cuello bajo el lacito rosado con que ataba el camisón. El deseo le bajó en la entrepierna.

-¿Señor?

Se obligó a mirarla a la cara vio que ella lo contemplaba como si él hubiera perdido el juicio. En ese instante, la ira volvió a hacer acto de presencia en su interior.

-Sí, señora Temple, debemos abordar este asunto ahora mismo, en este mismo momento.

Sakura parecía haber despertado al fin. Bajo la mirada y fue consciente de su semidesnudez, y entendió que había un hombre junto a su cama. Soltando un gritito, se levantó las sábanas y se cubrió sus apetecibles senos.

-Lord Brant, por el amor de Dios! Es noche cerrada. ¿Acaso debo recordarle que resulta del todo inadecuado que se encuentre usted en mis aposentos?

Del todo inadecuado, y lo más excitante.

-Tengo un motivo señora Temple. Como ya le he dicho, deseo abordar con usted un asunto de vital importancia.

-¿Y de que se trata?

-Sin duda la señora Mills le habrá instruido en relación con mi tablero de ajedrez.

Sakura estaba echándose para atrás, arrastrando consigo las mantas, y se detuvo en medio camino al oír aquellas palabras, antes de seguir hasta que sus hombros tocaron el cabecero.

-¿qué sucede con él?

-La señora Mills y el resto del servicio recibieron órdenes estrictas de no mover las piezas en ninguna circunstancia.

-¿Me esta diciendo que alguien ha desobedecido esa consigna?

-Exacto, señora Temple, y espero que encuentre usted al culpable y se asegure de que no vuelva hacerlo.

-¿Ha entrado usted en mi alcoba a las… - Se giró para consultar la hora de un pequeño reloj que descansaba sobre la cómoda- tres y media de la madrugada porque alguien ha cambiado de sitio una pieza de ajedrez? No veo que sea un asunto de tanta importancia como para ello.

-Lo que usted vea o deje de ver no me interesa. No quiero que nadie mueva esas piezas hasta que mi primo regrese.

-¿Su primo?

-Exacto. Ethan Sharpe, capitán del Sea Witch. Tanto él como su tripulación están desaparecidos.

Sakura guardó silencio y luego dijo:

-Lo siento. – Shaoran no estuvo seguro de lo que ella adivinaba en su rostro, pero sin duda sus rasgos se habían suavizado-. Debe de estar muy preocupado por él.

Fue su manera de decirlo, o tal vez el modo de mirarlo al pronunciar las palabras. El caso fue que su ira desapareció, como si se hubiera escurrido por un agujero.

-Sí, lo estoy, y agradezco su compresión. En cualquier caso si descubre usted al hombre que ha movido la pieza, le ruego que le comunique a no hacerlo de nuevo.

Ella lo miró allí, a la luz de la luna, y se fijó en el cansancio que afloraba en su rostro.

-Tal vez sería mejor terminar la partida señor. En ocasiones los recuerdos causan más mal que bien. Siempre podrá comenzar otra nueva cuando el capitán Sharpe regrese.

A él ya se le había ocurrido esa idea. El tablero se había convertido en un recordatorio siniestro, en un elemento que le obsesionaba y no le permitía olvidar la desaparición de Ethan, su posible muerte.

-Haga lo que le pido, señora Temple- se obstinó.

Shaoran se fijó por última vez en la muchacha, que seguía parpadeando en el lecho, y pensó en lo apetecible que resultaba. A la luz de la luna, sus ojos brillaban como dos estanques verdes, luminosos, mantenía los labios apretados, como en un puchero. Deseó apartar aquellas mantas y levantarle el camisón, regalarse la vista con aquel cuerpo delicioso que se insinuaba bajo la tela de algodón. Ansió desnudar la cinta con que se sujetaba la trenza, pasar los dedos por sus mechones.

Su cuerpo se hinchó de deseo, y se dio la vuelta. Salió de la alcoba meneando la cabeza, preguntándose qué le pasaba últimamente. Nunca había sido de los que perseguían a las criadas pero en los últimos tiempos dos de ellas habían despertado su deseo.

No. No era eso. Una de ellas había estimulado su apreciación de la belleza, como un jarrón bellamente ejecutado o una pintura exquisita. La otra le intrigaba con su naturaleza deslenguada y protectora en grado sumo. Ahora que la había visto con ropa de cama, también había despertado su lasciva.

Debería de haber ido a casa de madame Fontaneau, re reprochó mientras subía la escalera. Pero el caso era que prefería mantener una relación con las mujeres con las que se acostaba. Al llegar al último peldaño, volvió a pensar en Sakura Temple.

Olivia Landers ya no formaba parte de su vida. Necesitaba otra amante. Ahora se había desvanecido el deseo que había creído tener por Tomoyo, empezaba a pensar que tal vez se hubiera fijado en el blanco equivocado. Si Tomoyo era tímida y asustadiza, Sakura era osada y no parecía sentir el menor temor ante él. Bajo su apariencia fría, percibía una apariencia apasionada.

Por supuesto cuidaría de ella. La mantendría como una princesa y le daría todos sus caprichos. Ella podría ocuparse de Tomoyo, que parecía su preocupación principal. En el fondo, les haría un favor a las dos.

Si, Sakura suponía un reto mucho mayor que el de su dulce e inocente hermanita. En realidad por la fiereza de su mirada cuando él había irrumpido en la habitación, la caza de aquella pieza no iba a resultarle fácil. Pero a él le encantaban los desafíos, y al final la haría suya. Sería mejor que Sakura Temple se resignara a su suerte.

A la mañana siguiente, Sakura reanudó sus tareas, realizó el inventario en la bodega y recibió los pedidos del carnicero y el lechero, en todo momento intentando apartar de su mente la aparición del conde en sus aposentos la noche anterior.

Pero cuando la recordaba, el corazón le latía con fuerza. Dios mío, qué enfadado estaba, seguro que su reacción no podía deberse sólo a que hubiera movido una pieza del ajedrez.

Era más probable que se debiera a su preocupación por su primo que al movimiento de la pieza en sí. Sin duda los hombres eran íntimos amigos. Ella sabía bien lo que era perder a un ser querido; se había quedado sin padre y al poco tiempo sin madre. Conocía el dolor que se sentía.

Aun así, no lamentaba haber movido la `pieza. Tal vez, en cierto modo, aquel estallido de ira le había venido bien a su patrón, le había ayudado a expresar su impotencia. Recordaba su mirada echando chispas, sus ojos dorados encendidos por la rabia y la frustración.

No llevaba puesta la chaqueta, iba arremangado y mostraba unos antebrazos recios. Los calzones negros le ceñían la cintura y marcaban su sólida musculatura de sus muslos. Respiraba con fuerza, y el pecho, ya poderoso en condiciones normales, se dilataba aún más.

Por más furioso que estuviera, era la primera vez que la miraba de verdad desde que se habían conocido. Y el calor que adivinó en sus ojos color miel le hizo sentir que sus huesos se derretían lentamente. Le pareció que el corazón le salía por la boca, que su cuerpo estaba a punto de echar humo. Y entonces, para mortificación suya, sus pezones se habían erguido bajo el camisón.

En secreto, ya se había mostrado preocupada por el curioso cosquilleo que sentía cada vez que se encontraba a Lord Brant. Ahora, Dios, sus peores temores quedaban confirmados. ¡Se sentía atraída por el conde!

Resultaba ridículo, absurdo. Ni siquiera estaba segura de que le gustara. Lo cierto era que no se fiaba de él y, además, se trataba de un conde, mientras que ella no era más que una sirvienta. Incluso en tanto que hija de un barón, lord Brant era el último hombre por quien ella daba sentir interés.

¿Acaso no había sido aquella misma mañana cuando había pillado a la señorita Honeycutt en la despensa del mayordomo riéndose de la historia que le contaba Alice Payne, camarera de la vizcondesa de Westland?

-Alice dice que esta hecho un semental. Dice que es capaz de cabalgar toda la noche y que por la mañana quiere más. Mi señora confiesa que quedó dolorida una semana entera la última vez que la mandó llamar.

Como toda joven, Sakura esperaba casarse algún día. Siempre había imaginado que lo haría con un hombre amable y considerado, con un caballero, con un hombre que se pareciera a su padre, que jamás había pronunciado una palabra más alta que la otra en presencia de sus hijas y su esposa. Sin duda no con un hombre como Brant, de temperamento fogoso y fogosas pasiones.

Por suerte, exceptuando las miradas encendidas que le había dedicado la noche anterior- debidas, no le cabía duda, a los instintos naturales masculinos en presencia de una joven semidesnuda-, lord Brant solo tenía ojos para Tomoyo. En ese sentido Sakura rezaba por poder mantenerse vigilantes. Si el conde era tan libertino como parecía, o incluso menos, su hermana seguía en peligro.

Sakura estaba más decidida que nunca a redoblar esfuerzos para proteger a Tomoyo de lord Brant.