CAPITULO 42. TIEMPO

La mudanza de Edward fue algo rápido y menos traumático de lo que esperaba. Se trajo una bolsa grande con su ropa y algunas cosas personales, ya que los artículos de aseo ya los había ido trayendo poco a poco en el transcurso del tiempo que llevábamos juntos.

El tener a Edward en casa me reconfortaba y me daba sensación de seguridad.

Estaba encantada.

Todo el mundo siempre dice que la convivencia es lo más difícil. Para nosotros fue todo lo contrario.

Incluso llegó un punto en que se me había ido por completo ese secreto que tenían que desvelarme después de navidades; Ya que pensándolo después, parecía que Edward ya no tenía tantas cosas raras que me llamaran la atención; aunque también pudiese haber sido que yo misma ya estuviera echa a esas "rarezas".

Porque de lo que sí era consciente, es que todos tenemos "cosas". Nadie es completamente perfecto. Y al igual que yo tendría cosas que a él no le gustasen, él tenía las suyas.

Qué me importaba a mí si tomaba más cafés o menos.

Si parecía tener una energía inagotable.

Su aguante heroico en la cama.

Su sensibilidad y empatía…

Eran detalles de su carácter que no tendrían porqué molestarme, sino todo lo contrario. Eran cosas que me beneficiaban.

¿No se quejan todas las mujeres de que su hombre no está atento a los detalles? ¿O que nada más acabar en la cama se duermen? Yo tenía el sueño femenino hecho hombre.

Con esa idea me quedé en Navidades y la verdad es que después, entre los festejos, la mudanza de Edward, el trabajo, los compromisos familiares y de pareja… el tiempo fue pasando deprisa; muy deprisa.

Cuando quisimos darnos cuenta, llegó Febrero. El mes de los enamorados, según los centros comerciales. Y Edward, muy estratégicamente, nos hizo un hueco en nuestra agenda laboral de cuatro días para disfrutar de nuestro viaje a Paris. El regalo de Esme y Carlisle de navidades; el cual habíamos guardado para cuando tuviésemos unos días libres.

- Te encantará París, Bella. – Edward me había repetido esa mantra durante mes y medio. – Pero en estas fechas, justo en el día de San Valentín, estará espectacular. Será algo inolvidable para ambos. – Relataba entusiasmado.

El viaje fue largo… Larguísimo. Pero mereció sobradamente la pena. París era una ciudad preciosa, mágica. Y como había dicho Edward, en esos días, decorada con motivos románticos, era algo imposible de olvidar.

Fueron cuatro días llenos de amor, pasión, complicidad y compañerismo entre nosotros. Nos sirvieron para conocernos otro poquito más. De hablarnos de pequeños detalles personales mutuamente; revelarnos sueños, creencias, planes de futuro… Y en esos planes, nos incluíamos a ambos.

Dimos paseos cogidos de la mano, como dos enamorados que éramos, por los sitios más emblemáticos de la ciudad. La torre Eiffel, el museo del Louvre, el museo de cera de Madame Tussauds… Incluso seguimos las rosas de Liz pintadas en el suelo que llevan al pico de la cúpula del museo del Louvre, donde el protagonista de "El código Da Vinci" descubre donde está la tumba de María Magdalena.

Eso fue de lo que más me entusiasmo, emocionada como una niña, iba siguiendo una a una cada flor endosada a la acera.

Era una gran fan de esos libros y de Robert Langdon, el protagonista.

- Buff… Qué pereza me da regresar – Protesté apoyando la cabeza en el hombro de Edward, una vez hubo despegado el avión. – No me importaría haberme quedado más días.

- Volveremos, cielo. No te preocupes. Nos queda mucha vida por delante… - Sus palabras perdieron fuerza, pero sabía que había una promesa tácita en ella.

Y el tiempo… siguió pasando. Veloz, casi a contracorriente. Los días se iban sucediendo sin ser casi vistos.

De eso, tenía mucho que ver el hospital. El cual, aunque me encantaba, había veces que me saturaba en demasía.

Y Edward me regañaba dulcemente al verme tan agotada y agobiada.

- Cariño… Te implicas demasiado – Me sermoneaba delicadamente Edward cuando nos acostábamos y caía destrozada entre sus brazos. – Por muchos masajes que te dé… Solo te alivian temporalmente. Acabaras enfermando. – Alzó la cabeza para mirarme de frente – ¿Has visto lo que has adelgazado últimamente? – Me preguntó retóricamente, preocupado.

- Sé que tienes razón… y tú padre me ha dicho lo mismo hace un par de días. Pero veo el agradecimiento en la mirada de la gente cuando la ayudas… y eso me puede. – Le contesté sincera. – Mucha gente mayor de aquí, está sola. Sus hijos o nietos han emigrado de Forks y no tienen a nadie que los asesore o esté pendiente de su salud.

- Lo sé cariño… Pero aunque es muy loable por tu parte, no puedes estar al tanto de urgencias y de las plantas donde deriven a tus pacientes. – Su tono se puso más serio – Cielo, tienes que aprender a desvincularte. Este es un hospital pequeño y todos nos conocemos, aunque sea de vista. Cuando esa gente mayor sube a planta, son atendidos con más cariño que en un hospital de ciudad. Y lo sabes.

Edward tenía razón. Toda. No podía estar pendiente de hacer mi trabajo en urgencias perfecto, acto que era agotador de por si. Y pretender llevar en cuenta cada uno de los ancianitos que ingresaban. Ya que había días en que salía del hospital dos e incluso tres horas después de acabar mi propio turno.

- Cielo, esta semana, no nos hemos visto prácticamente nada. – Se quejó, otra vez con razón. – Sales a las 10 de la noche de tu turno de tardes, y te das una vuelta para comprobar planta por planta como van tus ingresos, con lo cual, cuando quieres llegar a casa son más de las doce. – Agaché la cabeza – Te metes en la cama sin cenar y agotada. – Nuestras miradas se encontraron y la suya era dulce – Sabes que hace una semana que no hacemos el amor? – Lo miré extrañada.

- Tanto? – Le pregunte azotada. – No pensé que hacía tanto tiempo… Cariño… lo siento. Te tengo dejado de lado por completo. – Susurré angustiada.

- Nena, para mi el sexo no es lo más importante contigo, y lo sabes – Asentí – Lo que quiero es tu compañía. Llevo toda mi vida sin ti.

- Edward, solo tienes 26 años… - Puse los ojos en blanco ante su exageración.

- Sí, pero parece que llevara un siglo esperándote. – Aunque estaba agotada, como casi siempre, su declaración hizo reaccionar a todas mis terminaciones nerviosas y me lancé a por él enloquecida.

Esa noche hicimos el amor como hacía tiempo que no nos amábamos. Y durante nuestro encuentro amoroso, me prometí a mí misma que dejaría algunas de mis responsabilidades no obligadas en el hospital, y pasaría más tiempo con Edward.

De Jake, apenas tuve más noticias. Después de la bronca que protagonizaron él y Edward, me llamó para disculparse y poco más.

Recibí alguna llamada muy de tanto en cuando, y nada más.

Yo, desde las navidades, no había vuelto a subir a la reserva. Sabía de la animadversión de toda la gente de la Push por los Cullen, y no quería encontrarme con la mirada y las palabras recriminatorias de Billy.

La conexión con la familia de Edward, con mi familia, cada día era mejor. La complicidad, conexión y familiaridad adquirida con ellos, día a día, se palpaba solo con vernos interactuar.

Desde las navidades, las chicas, incluida varias veces Esme, habíamos salido de compras y a comer en contadas ocasiones. Estrechando así nuestro vinculo femenino.

Lo pasábamos estupendamente juntas. Cotorreando de nuestras cosas, quejándonos de los chicos y riéndonos al relatarnos alguna intimidad de cama.

Edward estaba encantado; maravillado con lo bien que conectaba con todos.

- No sabes lo feliz que soy cada vez que vienes contándome que has estado con la familia, Bella. – Me decía – No te haces una idea de lo feliz que me hace verte así con ellos – Sus ojos brillaban felices, y de algún modo me transmitía esa felicidad a mí misma.

- Cariño, yo soy la que está agradecida de cómo me habéis acogido… - Sonreí melancólica y Edward me miró frunciendo el ceño. – Estoy recordando los primeros días, cuando nos conocimos… Cómo tú y Rose os manteníais alejados de mí porque era una extraña.

- Y ahora no podríamos vivir sin ti, ni ella ni yo… ni ninguno – Enfacitó.

Sonreí feliz. El saberme tan querida por él y su familia me hacían sentir una sensación de bienestar absoluto; era la primera vez en mi vida que notaba que encajaba en algún sitio. Que realmente y por primera vez, era parte de una familia… Que tenía físicamente una.

Y así, el tiempo fue pasando. Rápido… muy rápido.

- Bella, Edward – nos llamó Carlisle – Habíamos pensado en ir a pasar unos días al refugio que tenemos en Vancouver – Nos ofreció. – Yo alcé rápidamente la cabeza y lo miré con emoción en los ojos.

- Queríamos esperar a Semana Santa, pero este año la nieve parece que va a desaparecer antes de lo habitual… Y yendo ahora, podremos esquiar – Añadió Alice.

- Me parece genial! – Exclamé – Yo nunca he visto la nieve… Bueno, a parte de la de aquí.

- No? – Me preguntó sorprendido Edward. Negué con la cabeza. – Y como no me lo habías comentado? – Preguntó casi molesto – Si hubiese sabido eso, te habría llevado hace tiempo.

- Bueno, pues entonces es la ocasión perfecta para ir todos – Ofreció Esme ilusionada con la idea. – A no ser que queráis ir solos – Añadió prudente.

- Nooo… Iremos todos, en familia… - Me apresuré a contestar. – Así será mucho más divertido.

En ese momento, hubo un momento de silencio. Una milésima de segundo, pero volví a notar esa sensación extraña de que se estaban comunicando de una manera extracorpórea… A "su" manera.

Y de pronto, recordé aquel asunto que teníamos pendiente de esclarecer. La confesión de ese secreto que los Cullen guardaban con tanto recelo.

Y que había deducido, se debía la animadversión que los Quilleutes sentían hacía ellos.

En aquel momento no quise mencionar nada. Preferí ser prudente y esperar. Algo me decía que ese viaje a Vancouver sería el momento en que mi familia se decidiera a revelármelo. Un ambiente fuera del habitual, un sitio más intermedio; con la excusa de la tranquilidad de un fin de semana de vacaciones.

El viaje quedó programado para dos fines de semanas después.

Por supuesto, Edward desde su puesto en el hospital, lo arreglaría para que todos tuviésemos esos días de descanso.

Y por mi parte, por mucho que lo intenté, durante esos días y en más o menos intensidad, anduve un poquito crispada.

Edward no preguntó nada, se limitaba a hacer oídos sordos a mis protestas absurdas debidas al mal humor que me causaba la incertidumbre. Pero sabía perfectamente que él era conocedor de lo que estaba originando mi humor gruñón de esos días.

Además, entre nosotros sabíamos que algo no iba bien, cuando no hacíamos ni el más mínimo amago de acercamiento sexual.

Casualmente, un día que Edward tuvo que quedarse hasta más tarde por un asunto interno del hospital, llegó a casa una visita totalmente inesperada.

Jacob

- Hola – Me saludó cuando le abrí la puerta.

- Jake?! – Exclamé sorprendida.

- Si… soy yo – Sonrió de esa forma divertida que solo él sabía.

- Vaya… qué sorpresa! Pasa, pasa… no te quedes en la puerta – Lo invité.

- No quiero ponerte en un compromiso con tu chico – Me miró con advertencia en los ojos.

- Tranquilo, Edward acaba de llamarme de que se va a retrasar, así que tenemos un ratito para poder charlar - Le comuniqué infundiéndole valor.

Estaba preparando algo de comer para mí, así que añadí algo más al menú e invité a Jake a comer conmigo.

Sabía que a Edward no le gustaría nada llegar a casa y encontrarse esa escenita: Jake y yo, comiendo juntos, charlando y riendo animadamente como dos amigos.

Pero claro… No éramos dos simples amigos. Él había sido mi gran amor de adolescencia, y del hombre del que me había quedado embarazada y el cual casi me cuesta mi propia vida.

Le conté de mi próximo viaje a Vancouver, de que íbamos a esquiar y que por fin iba a haber nieve de verdad.

- Me alegro mucho, se te ve emocionada – Sabía que intentaba ser políticamente correcto, pero notaba como un ligero temblor se apoderaba de sus manos.

- Gracias Jake, eres muy amable por hacer el esfuerzo de ser agradable con este tema.

- Qué remedio… Veo en tus ojos lo enamorada que estás de ese chico. Y agradezco que no lo menciones en demasía – Suspiro.

Le puse mi típica carita de angelito, y él rió meneando la cabeza resignado.

Después de un momento de silencio, cambiamos de tema y volvimos a una conversación más natural y animada; Al cabo de un rato y como si Edward pudiera saber que había una visita indeseada, para él, en casa, cuando ya salía del hospital me llamó para decírmelo. Avisarme sería un término más exacto.

- Nena, ya acabé… Siento mucho que la reunión se haya alargado tanto. – Oí un ligero suspiro al otro lado de la línea – En diez minutos estaré en casa, de acuerdo? - Conocía sus tonos de voz, y en ese sencillo e inocente mensaje, había un matiz de advertencia.

Pero… ¿Cómo sabía Edward que debía avisarme?

- Jake, Edward esta viniendo, yo… tu… debes… - No encontraba las palabras adecuadas para decirle que tenía que marcharse sin parecer que lo estuviese echando.

- Tranquila… - Me sonrió con dulzura – Me voy ya… No quiero protagonizar otra escenita como la de aquel día. – Mi rostro se destensó de inmediato, mostrando alivio.

Nos despedimos amigablemente, esperando poder repetir nuestra "cita" otro día.

Según la moto de Jake desapareció de la calle, el coche de Edward hizo acto de presencia al otro lado.

Era como si lo tuviese cronometrado. Era casualidad, si… Pero tan extraña. Tan medido al milímetro.

Yo me quedé en la puerta, donde me había quedado despidiendo a Jacob. A la distancia en que se encontraba el Volvo de Edward, era imposible que me hubiese visto, pero sin saber como explicarlo… Sabía que él ya me había vislumbrado allí parada. Además, no quería mentiras entre él y yo.

- Hola – Lo saludé animadamente acercándome al coche.

- Hola nena… ¿Qué haces ahí parada? – Me preguntó divertido.

- Verás… Jake ha estado aquí, en casa, conmigo… Un rato. – Edward quería parecer natural, pero sus fracciones faciales, tensas, lo delataban sin piedad. – Espero que no te moleste. – Lo miré cual gatito desvalido.

Él pasó a mi lado y me acarició la cara con dulzura, para posteriormente besarme los labios.

- No nena… No me molesta porque no me has mentido… Y podrías haberlo echo perfectamente – Me contestó reflexivo.

- No quiero mentiras entre nosotros, cariño – Lo miré transmitiéndole un mensaje claro:

Yo no miento… Tú sí.

Y lo entendió, vamos que si lo entendió. Su cara se desfiguró por un segundo en una mueca de dolor.

Sabía que le había dado un golpe certero… Pero su dolor, me confirmó que no me mentía por gusto, sino por algo serio.

Eso era lo que me hacía tener fe en él. Amarlo sin censura ni restricciones… Darle mi vida con sumo gusto.

- Este fin de semana… - Murmuró mirándome de reojo – Habrá cambios… - Alzó la cabeza y me miró directo a los ojos – Solo espero que puedas entenderlo.

Su rostro ahora no mostraba simple dolor… Sino tortura, agonía.