Capítulo 4

-¿Sakura?- Tomoyo subía corriendo las escaleras. Habían transcurridos tres días desde que el conde había irrumpido en su dormitorio y las cosas parecían haber vuelto a su normalidad-. Gracias a Dios te encuentro.

-¿Qué sucede, tesoro?

- La señora Green y su hija Hermione. Han tenido que retirarse. La señora Green dice que tiene fiebres, y cree que Hermione también las ha contraído.

-¿Fiebres? Esta mañana se las veía perfectamente.

Entonces recordó que les había encomendado la tarea de preparar dos de las habitaciones de invitados de arriba, pues el señor esperaba la llegada de Lady Aimes, una de sus primas, que vendría con su hijito Teddy. Aquello no era sino otro intento de boicotearla y obligarla a abandonar el puesto, pero ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.

Se volvió consultó el reloj de la entrada. El día avanzaba con rapidez. El resto del personal se encontraba ocupado, trabajando a regañadientes en las tareas que les había asignado. Cualquier intento de reorganizar sus horarios no haría sino empeorar las cosas, y el remedio sería peor aún que la enfermedad.

-Ya me ocupo yo de todo, Tomoyo. Tú vuelve junto a la señora Wadding y ayúdale a terminar. Está fuera, sacudiendo alfombras.

Tomoyo bajó apresuradamente la escalera para incorporarse a sus labores, y Sakura se dirigió a la planta inferior a buscar la escoba, la fregona y un balde.

Todas las habitaciones de la casa eran preciosas, y las dos que había escogido para alojar a los invitados de lord Brant daban al jardín. Los colores elegidos para la decoración de una de ellas eran el melocotón y el crema, mientras que en la otra predominaban los tonos azul celeste.

Tras decidir que ésta debía ser la del niño, puso manos a la obra. Abrió las ventanas para que la brisa estival la aireara, ahuecó los almohadones de plumas, quitó el polvo de los cuadros y de la repisa de la chimenea. Cuando acabó, repitió la misma operación en el otro dormitorio, cuando al ver que al menos ya habían cambiado las sábanas. Acto seguido, se dispuso a fregar los suelos de parqué.

Se encontraba arrodillada, frotando una mancha especialmente rebelde, cuando un par de brillantes zapatos de hombres aparecieron en su campo de visión. Alzó la mirada, que recorrió unas piernas largas masculinas, un amplio torso y unos hombros anchos.

Sakura se incorporó y quedó en cuclillas, mirando al conde.

-¿Señor?

-¿Qué demonios está haciendo?

Sakura bajó la mirada y constató que se le habían mojado los faldones, que la blusa, se le pegaba a los senos y siluetaba sus pezones.

Al parecer, Brant se había dado cuenta, sus ojos se mantenían clavados en ese punto, y parte del calor había intuido en su mirada días atrás volvió asomar en ellos. Como él seguía concentrado en la tela húmeda adherida a su escote, Sakura acabó por ruborizarse y tragó saliva, fingiendo que todo era normal.

-Dos de las camareras se han puesto enfermas- aclaró-. Así que las sustituyó para terminar las tareas antes de que lleguen sus invitados.

-¿Es eso cierto?

El conde apretó la mandíbula. Sakura sintió deseos de salir huyendo de allí. Cuando Brant le agarró del brazo y la levantó del suelo, no pudo evitar soltar un gritito.

-Maldita sea, no la he contratado para que friegue suelos sino para que lleve la casa. Hay una gran diferencia entre ambas cosas.

-Pero es que…

-Hay un ejército de criados en esta casa. Busque a alguien que se ocupe de las habitaciones. –La expresión de horror que detectó en el rostro de ella lo desconcertó -. No se moleste, ya envío yo mismo a alguien.

Para asombro de la muchacha, el conde abandonó el dormitorio y se dirigió a la planta inferior. Le oyó llamar a Timmons a voz en cuello y, minutos después la señorita Honeycutt y la señora Wadding se presentaron en la habitación.

Decidida a actuar con al menos esbozo de la autoridad de un ama de llaves, Sakura les ordenó que terminaran de fregar el suelo de los dos aposentos y que luego rociaran unas gotas de esencia de espliego sobre los cojines bordados.

Como todavía debía de organizar los menús de la semana y preparar listas de compras, las dejó solas y regresó a la planta de servicio. Cuando iba camino a su habitación para cambiarse de blusa, pasó frente al gabinete del conde, cuya puerta estaba abierta. Sus pasos parecieron ralentizarse en contra de su voluntad, y se descubrió a sí misma volviendo la cabeza para echar un vistazo. Su mirada buscó el tablero de ajedrez.

Le sorprendió que el caballo blanco no hubiese sido devuelto a su casilla original, sino que seguía exactamente en la que ella lo había dejado. Y, aún más sorprendente, el conde había contraatacado con otro movimiento.

No es que él supiera que la partida había continuado ella. Sin duda creía que se trataba de algún criado, pues durante la escena de la otra noche había usado el género masculino para referirse al responsable del desaguisado. Aquello era lo que más le irritaba. Tal vez el conde creía que había sido Timmons quien lo había desafiado, o uno de los lacayos contratados no hacía mucho.

Como fuese, al mover su alfil en respuesta del desafío, era evidente que había aceptado el reto. O eso, o se trataba de una trampa para descubrir si el responsable tenía agallas como para desobedecer una vez más a sus órdenes.

Sakura sopesó esa segunda opción, temerosa ante la posibilidad de perder su trabajo. No obstante se dijo que el señor o la despediría por una simple partida de ajedrez. Y así, segura de que podría convencer al conde si hacía falta, incapaz de no asumir cualquier desafío que se le presentara, se sentó frente al tablero y pensó en la mejor manera de responder al contraataque de rival.

Caía la tarde. Había transcurrido otra jornada. Los días de junio eran cada vez más largos y calurosos. Con tanto proyectos en marcha Shaoran apenas tenía tiempo para recibir visitas. Su prima Meiling era la excepción.

Sentada en un sofá turquesa pálidos con brocados, en el salón azul, Meiling Sharpe Randall, vizcondesa de Aimes, era la hermana que Shaoran nunca tuvo. Pelo negro, piel clara, era alta, delgada y con una estructura ósea privilegiada. Cuando eran niños, Shaoran siempre se había mostrado protector con ella, la única fémina entre tres niños salvajes, aunque, a decir verdad, Meiling era más que capaz de cuidar de sí misma.

Shaoran cruzó la estancia de techos altos, de los que colgaban una araña y se detuvo ante el abigarrado aparador para servirse otro coñac.

-¿Cómo esta Jonathan?- preguntó, refiriéndose al esposo de la vizcondesa-. Espero que bien.

Sosteniendo una delicada taza de porcelana ribeteada de oro, Meiling bebió un sorbo de su manzanilla.

-Aparte de quejarse por haber contraído compromisos con anterioridad y no poder acompañarnos, se encuentra bien. Te envía recuerdos.

Shaoran bebió su copa.

-Teddy ha crecido mucho desde la última vez que le vi. Apenas lo reconocí.

Meiling sonrió complacida. Su esposo y su hijo eran las personas más importantes en su vida.

-La verdad es que cada vez se parece más a su padre.

-Tienes una familia encantadora Meiling.

-Sí, soy afortunada en ese sentido. Tal vez va siendo hora de que tú también pienses en tener la tuya, Shaoran.

El conde se acercó al sofá con la copa en mano.

-Últimamente he pensado bastante en ello. Intento armarme de valor para entrar en el mercado del matrimonio, aunque admito que, por el momento, no me siento con fuerzas.

-Al menos ya has empezado a considerar la idea, que no es poco.

-Y no solo la he considerado. He decidido casarme. Ahora ya solo es cuestión de escoger a la mujer adecuada.

-¿Has pensado en alguna en concreto?

Sus candidatas, por el momento eran Mary Ann Winston y Constance Fairchild, las dos jóvenes encabezaban su lista particular, aunque de momento no se sentía preparado para revelar ningún nombre.

-No, aún no.

-Dime al menos, que has abandonado la absurda idea de casarte con una heredera. Por experiencia te digo que es más importante amar a la persona con la que vas a compartir tu vida.

-Tal vez para ti lo sea- objetó él, y bebió sorbo de su coñac-. Me temo que yo no podría reconocer siquiera ese sentimiento, aunque veo que tú eres feliz con Jonathan, se te nota en la cara.

-Soy muy feliz Shaoran. Y si no lo soy del todo es porque echo de menos a Ethan.

Aquél era el motivo de su visita. Había acudido a obtener noticias de su hermano, y esa misma mañana, durante el desayuno, ya había hablado brevemente de él. Shaoran dejó la copa sobre un velador.

-Ojalá pudiera contarte más. Al menos sabemos que el Sea Witch no se hundió durante una tormenta. Según Edward Legg, Ethan estaba vivo cuando le sacaron de la goleta.

-Sí, y en cierto modo supongo que es una excelente noticia. Mi hermano es un hombre fuerte, y los dos sabemos lo testarudo que puede llegar a ser. Debemos creer que sigue con vida. Lo que implica que nuestra misión ha de consistir en averiguar dónde lo han llevado.

-Ojalá fuera tan fácil, pensó Shaoran. Aspiró hondo, haciendo acopio de fuerzas para explicarle las dificultades a las que deberían hacer frente en su renovado esfuerzo por localizar a su hermano. Cuando se disponía hablar, alguien llamó tímidamente la puerta.

-Será Pendleton- aventuró Shaoran, y agradeció la interrupción-. Está mañana he recibido un mensaje suyo, tal vez haya obtenido más información.

Abrió la puerta, y el coronel de pelo plateado entró en la sala. Hizo una reverencia a Meiling y se fijó en su pelo negro suelto, en sus hermosos rasgos, en su vestido de seda verde pálido, que se ajustaba como guante a sus curvas femeninas.

Intercambió frases con Shaoran, antes de dirigirse a Meiling.

-Supongo, lady Aimes, que lord Brant le habrá informado de las últimas noticias del capitán Sharpe.

-Así es. Los dos esperábamos que tal vez llegara usted con información de su paradero.

-Por desgracia, todavía no es así. Sin embargo esta mañana ha arribado a las costas de Francia un informante contratado por nosotros con la misión de localizar la prisión en que tal vez se encuentre su hermano.

El semblante de Meiling se demudó.

-Una prisión. Supongo que siempre me he negado a contemplar esa posibilidad. No soportó la idea de que mi hermano se encuentre sufriendo en un lugar así.

-Estimada dama, no desespere. Una vez conozcamos con exactitud el paradero del capitán, hallaremos la manera de rescatarlo.

Meiling asintió y logró esbozar una temblorosa sonrisa.

-Sí, estoy segura de que así será.

-Entretanto- intervino Shaoran, el coronel Pendleton ha prometido mantenernos informados de todas las nuevas que reciba, y yo haré lo mismo.

El encuentro se prolongó unos minutos más, y al fin Pendleton se marchó. Meiling, que quería asegurarse de que Teddy se encontraba bien, salió tras él, dejando solo al conde.

Una vez más las noticias sobre Ethan habían sido positivas. Por primera vez en un año, sentía que hacían progresos.

Al pensar en Ethan, su mirada se trasladó al tablero de ajedrez. Había algo distinto. Se acercó y constató que alguien había movido otra pieza. Un arrebato de ira lo recorrió.

Estaba seguro de que el ama de llaves había transmitido sus órdenes a los criados. Para cerciorarse, había tendido una trampa al malhechor, retándole a desobedecer una vez más sus instrucciones. El cabello de marfil seguía en su sitio, pero en respuesta a su contraataque, ahora la reina blanca había avanzado tres casillas.

Estudió el tablero. Se trataba de un movimiento intrigante. Su alfil seguía igual en peligro, y si no se andaba con cuidado, tal vez perdiera la torre. Se dijo que debería volver a colocar las piezas en su posición original. Era Ethan quien debía de proseguir la partida, pero no lograba convencerse del todo. Tal era buena señal que, con las últimas noticias de su primo, el juego se hubiera reanudado.

Se preguntó si Timmons se había tomado la molestia de desafiarlo, con la intención de darle ánimos en el asunto de Ethan. Quizás, como ya lo había pensado la otra noche, se trataba de alguno de sus nuevos lacayos.

De pronto una idea turbadora cruzó por su mente. Seguro que Tomoyo Temple no tendría ni idea de cómo jugar a algo tan sofisticado como el ajedrez, pero su hermana… No podía ser. Sakura Temple no podía estar jugando- y ganando- la partida.

Eran pocas las mujeres que jugaban, y menos aún las que lo hacían con un mínimo de destreza, y sin embargo aquellas últimas jugadas demostraban que su nuevo- o nueva- contrincante sabía lo que hacía. Que su rival fuera Sakura Temple le resultó, además de insoportable, intrigante en grado sumo.

Se sentó en las ornamentadas sillas y siguió estudiando el tablero. En el silencio del gabinete oía el tictac del reloj. El tiempo transcurría. Levantó su caballo y respondió al último embate de su misterioso oponente.

Sakura se desperezó y arqueó la espalda, tratando aliviar la tensión en los hombros y cuello. La jornada había resultado más dura que la anterior. El ambiente que se respiraba en la planta de servicio era inequívocamente hostil hacia ella, y el enfado silencioso de la señora Rathbone atacaba los nervios de todos.

Sakura, en tanto que ama de llaves, estaba facultada para despedir a aquella mujer y contratar una sustituta, pero en cierto modo no le parecía justo. Lo que debía hacer era ganarse su lealtad, aunque no tenía la menor idea de cómo lograrlo.

Después de todo el día trabajando, le pareció que le convendría respirar un poco de aire puro, de modo que se acercó a los ventanales que daban al jardín y, casi sin querer, los abrió; al momento se sintió bañada por rayos de sol de aquel sol de verano. Nubes blancas surcaban el cielo, una con forma de dragón, otra con forma de damisela atormentada. Aquella última imagen no le gustó demasiado y se puso a caminar por el jardín, frondoso, verde, con vivas flores de azafrán que crecían en los senderos de grava y pensamientos gigantes que, lánguidos, le salían al paso.

No debía estar ahí afuera. Ella no era una invitada, sino una sirvienta. Sin embargo, hacía tanto que no disfrutaba del murmullo del agua de las fuentes, de la fragancia del espliego en el aire… se detuvo junto a la fuente redonda, esacalonada, cerró los ojos y aspiró hondo.

-¿Es ustede señora Temple?

Sakura abrió los ojos al momento. Bajó la vista y se encontró con un niño pequeño, de pelo castaño oscuro.

-Eh… sí, lo soy- sonrió-. Y tú debes ser el señorito Teddy Randall.

El pequeño sonrió también y, al hacerlo, reveló la ausencia de los dos dientes delanteros. Tenía cinco o seis años, unos preciosos ojos azules y una sonrisa que le iluminaba el rostro.

-¿Cómo ha sabido mi nombre?- preguntó el niño

-Oí que tu madre y a lord Brant durante del el desayuno. Hablaban de ti.

-Yo también he oído hablar de usted a alguien.- levantó más la cabeza para mirarle a los ojos-. Por qué no cae bien a nadie?

Sakura torció gesto.

-¿Fue el conde quien hablaba de mí?

Teddy negó con la cabeza.

-No, una señora que se llama Rathbone, y que le decía cosas a un cocinero. Le decía que es usted la amancebada de lord Brant, que por eso la ha contratado. ¿Qué es amancebada? Yo creía que era algo como un cereal, o algo así.

Seguro que se había ruborizado hasta las orejas. ¡Cómo se atrevía a decir algo así! Volvió en pensar en la posibilidad de despedir a aquella arpía, pero una vez más se contuvo.

-Bueno, una amancebada es una mujer que hace algo que no debe. Pero no es verdad. Y por eso mismo tú no deberías de hacer caso de los chismes de la gente.- Se agachó y le agarro la mano. Tenía que cambiar de tema cuanto antes-. ¿Te gustan los cachorros?

El niño asintió con vehemencia.

-Bueno, pues entonces estás de suerte. En las caballerizas acaba de nacer una nueva camada de perritos.

El niño sonrió y un hoyuelo se formó en la mejilla.

-Me encantan los cachorros, en especial los negritos de pelo rizado.

-Vamos para verlos- dijo Sakura, aliviada. Sin soltarle la mano, tiró de él para que lo acompañara.

Teddy lo acompañó sin soltarle la mano. Cuando iban a entrar en las caballerizas, en ese momento lord Brant salía de ellas.

El conde se detuvo enfrente a los dos.

-Vaya, veo que ya se conocen.

La calumnia de la señora Rathbone resonó en su mente, y con ella volvió el rubor a sus mejillas. Habría querido gritarle, decirle que él era el culpable de las habladurías que circulaban por la casa, pero lo cierto era que ella también tenía parte de responsabilidad pues jamás habría debido de aceptar el puesto de ama de llaves. Trató de mantener las formas.

-Sí, nos hemos conocido en el jardín- dijo con cierta dureza en su voz. Ojalá tuviera el coraje de despedirse en ese mismo instante. Pero no podía hacerlo de ninguna manera. Debía de pensar en Tomoyo y en lo que le sucedería a las dos silo hacía-. Teddy y yo hemos venido a visitar a los cachorros. Si nos disculpa, señor.

Pero Shaoran no se movió lo más mínimo y siguió allí, alto y tan ancho de hombros que les impedía el paso.

-Sí, he oído que ha nacido una camada del chucho del cochero. Si no le importa la compañía, a mí también me apetecería verlos.

Sí que le importaba la compañía, y mucho. Los criados ya habían empezado a murmurar. No quería echar más leña al fuego de aquellas lenguas viperinas.

Sin embargo, tampoco podía echarlo de sus propias caballerizas. Teddy y ella avanzaron y el conde les siguió, situándose junto al ama de llaves. Sakura dio un respingo al sentir el roce de su mano en la cintura mientras la guiaba por el umbrío recinto. Pasaron junto a un carruaje negro y brillante estacionado al fondo.

Oyó el amortiguado frufrú de sus propios faldones en contacto con la pierna del conde, y el corazón empezó a latirle con más fuerza. Cuando su brazo musculoso le rozó el pecho en el momento de cederle paso a través de la puerta conducía a un espacio de dimensiones más reducidas, lleno de arneses y cubierto de heno, sintió un vacío en el estómago.

Al fin llegaron al cercado donde los cachorros dormían junto a su madre, una perra flaca, blanca y negra, pero el conde seguía pegado a ella, Sakura intentaba mantener la distancia, pero en realidad no podía, pues el lugar era muy estrecho.

-Tienen apenas unos días de vida- comentó con dulzura y ella, que sintió su aliento en su mejilla, empezó a temblar, azorada.

-¿Puedo coger uno? – preguntó Teddy sin apartar la vista de los cachorros, tan fascinado como si se tratase de ejemplares de pura raza.

-Son demasiados pequeños- respondió lord Brant, que se agachó y cariñosamente, despeinó al muchacho-. Tal vez la próxima vez que vengas de visita.

-¿Crees que podría quedarme con uno?

El conde sonrió y Sakura sintió un hormigueo en el estómago.

-Si tu madre te deja. ¿Por qué no vas a preguntárselo?

Teddy salió como un rayo de las caballerizas, dejándola sola con lord Brant en la penumbra de aquel lugar.

-Yo… eh… será mejor que vuelva a la casa. Tengo mucho que hacer.

-Parece algo acalorada- apuntó él, clavándole la mirada-. ¿Se encuentra bien, señora Temple?

El conde se había acercado tanto a ella que oía los latidos de su corazón, y veía con todo detalle la curva de su labio inferior, el ligerísimo pliegue que se le formaba en las comisuras.

-Es que… es que esto está un poco encerrado, creo que me vendría bien respirar aire fresco.

Shaoran esbozó una sonrisa.

-Sí, por supuesto. – Se apartó tan bruscamente de ella que estuvo a punto de perder el equilibrio. Pero entonces alargó la mano y la algo débil. Permíteme ayudarla.

-¡No! Quiero decir… estoy bien. De verdad.

-Déjeme al menos que la ayude a salir.

¡Dios santo! La ayuda de Brant era precisamente lo que menos le convenía. Lo que de verdad le hacía falta era salir corriendo de allí, alejarse de él lo antes posible. ¿Por qué de pronto aquello se convertía en una tarea tan difícil?

Intento ignorar la cercanía de sus cuerpos, la fuerza de la mano de aquel hombre que le agarraba de la cintura y la guiaba por la caballeriza camino del sol, que se ocultaba tras la fuente del jardín. Aun así, no podía evitar el rubor en las mejillas y un aleteo incesante en el vientre.

Al salir al aire libre recuperó parte del control y se sintió algo mejor.

El conde educadamente, se retiró unos pasos.

-¿Se encuentra mejor?

-Sí, mucho mejor, gracias.

-Entonces me retiro para que pueda seguir con su trabajo. Buenas tardes, señora Temple.

Sakura lo miró alejarse. El corazón le seguía latiéndole con fuerza y le temblaban las piernas. Se había comportado como un perfecto caballero y sin embargo, ella seguía sin aliento. Dios del cielo, ¿y si en verdad tuviera aviesas intenciones respecto a Tomoyo?

En aquel estado de desasosiego, regresó a la casa, más preocupada que nunca por la honra de su hermana.

Una tormenta de verano barría la cuidad y nubarrones ocultaban la delgada rendija de la luna. Los truenos resonaban más allá de las ventanas, Sakura avanzaba con sigilo por la casa en penumbra, camino al gabinete del conde. El reloj de la pared de la entrada dio las doce. Ya era medianoche.

En Londres, la temporada social estaba en su apogeo. Lady Aimes asistía a una fiesta en compañía de amigos y, como era su costumbre, el conde había salido aquella noche.

Hacía un rato que la mayoría de los criados se había retirado a sus habitaciones, entre ellos Sakura. Tendida en la cama, se repetía una y otra vez que no debía moverse de allí, que debía de ignorar el último movimiento de lord Brant en la partida de ajedrez. Sin embargo el desafío le resultaba insoportablemente tentador.

Tan pronto la casa quedó en silencio se fijó de inmediato en el tablero de ajedrez. A la luz del quinqué, las piezas de ébano y marfil proyectaban sus largas sombras. Iba descalza y el suelo de madera estaba frío, aunque no lo notaba. Avanzó sigilosamente de puntillas hacia el tablero y sentó en una de las sillas de respaldo alto que lo flanqueaban.

Tras dejar la lámpara en la mesa, estudió la evolución de la partida, apenas consciente del crujido de las ramas que rozaban a la fachada del ladrillo y de las fugaces apariciones de la luna entre las nubes pasajeras. Al contemplar la posición de las piezas tuvo un instante de satisfacción. El conde había mordido el anzuelo. La trampa que ella le había tendido le haría perder la torre.

Levantó un peón para cobrarse la pieza, pero se dio cuenta de que la reina quedaba desprotegida. Sonrió. Aquel hombre no era tan tonto. Debería proceder con más cuidado. Se puso a meditar, y así seguía, totalmente absorta en sus pensamientos, planeando una estrategia que le permitiera ganar la partida, cuando una voz ronca a sus espaldas, le devolvió a la realidad.

-Tal vez lo mejor sea comer la torre, como quería en un principio. Siempre existe la posibilidad de que su contrincante no se dé cuenta del peligro en que deja a su reina.

La mano de Sakura quedó petrificada sobre el tablero. Se giró despacio y, al alzar la vista, se topó con el rostro del conde.

-Eh… no creo que… que le pase por alto. Creo que él… que usted es un excelente jugador.

-¿En serio? ¿Es por eso que ignoró mis deseos y ha seguido jugando a pesar de que le ordené que no lo hiciera?

Sakura se incorporó, confiando en reducir de ese modo la desventaja en la que se encontraba. Pero al levantarse se percató de su error, pues al ponerse de pie quedó a apenas un palmo de lord Brant que, lejos de retirarse, la obligó a permanecer en su sitio, atrapada entre la silla y la sólida muralla de su pecho.

-¿Y bien, señora Temple? ¿Es por eso que desobedeció mis órdenes? ¿Por qué soy un excelente jugador?

Sakura tragó saliva. El conde era un hombre muy alto, de complexión fornida, y ella conocía de primera mano lo volátil de su temperamento. De su padrastro había aprendido que sucedía cuando hacías enfadar a esas personas. Aun así, por algún extraño motivo, no sentía miedo.

-No… no sé decirle exactamente por qué lo hice. El ajedrez es un juego que me encanta. En cierto modo me sentí retada. Cuando usted entró a mi dormitorio la otra noche yo… Me pareció que volver a jugar le haría bien.

Lord Brant se relajó un poco.

-Quizá usted tiene razón y sí me ha hecho bien. Por qué no se sienta señora Temple? Está preparada para su próximo movimiento, ¿verdad?

También la tensión en Sakura remitió, sustituida por un nerviosismo diferente. En un acto reflejo, se humedeció los labios con la punta de la lengua. A la luz de la lámpara, el dorado de sus ojos parecía oscurecerse. La miraba con tal sensualidad que sintió un calorcillo en el estómago.

-Sí, señor, estoy preparada.

Era una locura. Iba descalza y llevaba ropa de cama. Si a alguien los descubría, el escandalo sería mayúsculo.

Incapaz de ponerse freno, y consciente del riesgo que corría, se arrellanó de nuevo en su silla, rezando para que la mano no le temblara demasiado, y levantó el alfil. Lo hizo correr en diagonal sobre los hermosos recuadros de colores alternos, y atacó con él a uno de los caballos del conde.

Éste ahogó una risita y se sentó frente a ella.

-Ésta segura de que matarme la torre no habría sido más inteligente de su parte?

La confianza de Sakura regresaba por momentos.

-Bastante segura, señor.

Él estudio la jugada y al fin movió la reina, que se acercó peligrosamente a un peón de Sakura.

La partida proseguía. El viento ululaba y arrancaba las hojas de los árboles, pero en el interior de aquel pequeño círculo de luz, en el gabinete del conde, Sakura se sentía curiosamente protegida.

Ahora sí movió su torre.

-Me temo que es jaque, señor.

Brant frunció el ceño.

-Lo es, lo es.

Siguieron jugando. Las piezas caían como en una batalla salvaje. Ya habían dado las dos cuando tuvo lugar el movimiento final.

-Jaque mate, señor.

En lugar de enfadarse, como había temido que tal vez sucediera, el conde se echó a reír. Meneaba la cabeza y no dejaba de mirarla.

-Nunca deja de sorprenderme. Señora Temple.

-Espero que ello signifique que conservo el puesto de ama de llaves.

Lord Brant arqueó una de sus cejas castañas.

-Tal vez debería dejarse ganar de vez en cuando para asegurarse el trabajo.

Sakura sonrió.

-Creo que en realidad eso no le gustaría lo más mínimo. El conde también esbozó una sonrisa.

-Tiene razón, no me gustaría nada. Espero que me conceda la revancha, señora Temple, en un futuro cercano.

-Estaré encantada, señor.

El conde se puso de pie y le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Sakura se encontró exactamente en la misma posición en que había estado por la tarde, tan cerca de él que se perdía en el dorado profundo de sus ojos, parecían mantenerla clavada en el suelo, con los pies pegados a la alfombra. Sintió que la mano del conde le rozaba la mejilla, que le levantaba el rostro, que su boca se unía a la suya.

Entornó los párpados y se vio envuelta por un calor suave. Él no se acercó más. Siguió besándola, moviendo lentamente los labios sobre los suyos. Los saboreaba, se aventuraba cada vez más, los entreabría. Hasta que llegó a traspasarlos con su lengua. Ella empezó a temblar. Involuntariamente, adelantó una mano y se agarró de la solapa de su batín de noche. Él emitió un sonido y la rodeó con su brazo, atrayéndola hacía sí con firmeza.

En ese preciso instante, al notar el alcance total de su excitación, Sakura recobró los sentidos con la intensidad del viento que soplaba al otro lado de la ventana.

Interrumpiendo el beso, se echó hacía atrás tratando de liberarse de él, de recobrar el dominio de sí misma.

-¡Señor! Sé… sé qué debe estar pensando usted… está usted del todo equivocado si cree que yo… si por un momento ha creído que yo… que yo… si por un momento ha creído que yo haría… haría…

-Ha sido solo un beso, señora Temple.

¿Solo un beso? A ella le había parecido como si el mundo se hubiera puesto patas para arriba.

-Un beso que no debería de haber existido. Una indiscreción que no… volverá a suceder.

-Siento que no lo haya disfrutado. Le aseguró que a mí sí me ha complacido.

Sakura se ruborizó al oír aquellas palabras. Sí lo había disfrutado. Y demasiado.

-No está bien. Usted es quien me ha contratado, y yo soy su ama de llaves.

-Eso es cierto. Tal vez podríamos hacer algo para solucionarlo.

¿Qué demonios quería decir con eso? La palabra amancebada regresó a su mente.

-¿No está sugiriendo que..? No es posible que pretenda que yo…

Con las piernas temblorosas, irguió mucho los hombros y levantó la lámpara de mesa.

-Me temo que debo desearle unas buenas noches, señor.

Dicho lo cual se dio vuelta y se alejó.

Mientras cruzaba el gabinete, sentía que los ojos del conde se clavaban en su espalda, la quemaban por dentro.

-Buenas noches, señora Temple- respondió él cuando ella franqueaba el quicio de la puerta.