Capítulo 5

De pie en la penumbra de su gabinete, Shaoran avivó el quinqué, ahora que Sakura se había llevado su lámpara. Sonrió al pensar en los acontecimientos de la noche. Había regresado pronto a casa deliberadamente, con la esperanza de atrapar in fraganti al jugador secreto. Aunque le costaba reconocerlo, en el fondo esperaba que la infractora fuera Sakura Temple.

Le había sorprendido, y agradado, sus dotes para el juego. Le gustaban las mujeres inteligentes. Su prima Meiling era una mujer aguda e interesante. También lo había sido su madre, muerta hacía diecisiete años. Se imaginaba pasando horas deliciosas con Sakura frente al tablero, después de haber pasado otras, más deliciosas aún, en el lecho de aquella encantadora mujer.

Sin embargo, llegar hasta él tal vez no fuera tan fácil como había imaginado.

Shaoran se acercó al aparador de madera labrada y se sirvió un coñac. Había supuesto aquella misma noche que podrían llegar a un acuerdo. Sin duda aquella muchacha no podía ser tan ingenua como para no comprender que, como amante, su situación- y la de su hermana- mejorarían notablemente.

En la próxima oportunidad, le explicaría las ventajas en términos prácticos y objetivos, aunque tenía la sospecha de que no servía de nada. Sakura Temple era una mujer de principios. Se trataba de una muchacha soltera, por más que él hubiera creído conveniente llamarla "señora". Acostarse con un hombre que no fuera su futuro esposo no entraba en sus planes.

Aunque se sentía atraída por él, de ello no le cabía duda. Conocía a las mujeres lo bastante como para saber cuándo alguna correspondía a su interés. Y él se lo había demostrado. En realidad, su "interés" seguía vivo y coleando dentro de sus calzones, evocando la tibia suavidad de sus labios temblorosos, que tan perfectamente se habían amoldados a los suyos.

Su excitación creció, se endureció. Deseaba a Sakura Temple. No recordaba que otra mujer le hubiera gustado tanto como ella.

A menos claro, que todo aquello fuera teatro.

A Shaoran le gustaba las mujeres, pero también sabía lo taimabas que podían ser algunas. Por más educada que pareciera, por más distinguidos que resultaran sus modales y su forma de hablar, lo cierto era que a Sakura la había encontrado en la calle. ¿Estaría representando un papel, o era en realidad tan inocente como parecía?

Por el momento confiaría en su instinto y llevaría a cabo un plan que le permitiría resolver dos de sus problemas; iniciaría una sutil campaña de seducción. Después de todo, sería en beneficio de Sakura. Sin duda, y a pesar de las desgraciadas circunstancias en las que pudiera encontrarse en la actualidad, había recibido una buena educación. Se vería bien vestida, con ropas elegantes, en el interior de un carruaje negro. Y, con el dinero que le diera, podría proporcionarle muchas cosas a su hermana Tomoyo.

La idea le dio que pensar. ¿Quiénes eran exactamente Tomoyo y Sakura Temple? Shaoran tenía por principio conocer los puntos fuertes y débiles de las personas de su entorno. Tal vez no estuviera de más contratar a alguien que realizara algunas pesquisas. Debería pensárselo.

Se concentró en el tablero de ajedrez. La seducción no era tan distinta al juego que tenía delante. El hombre daba el primer paso, la mujer reaccionaba, el juego seguía desarrollándose hasta que uno de ellos resultaba victorioso. Él se veía sin duda en el papel del vencedor, aunque sabía que no sería fácil. Si deseaba obtener el premio, debía actuar según un plan bien trazado.

Sonrío. "El que gana se lleva el trofeo".

Sakura se levantó, ocultó un bostezo con la mano y sintió los ojos algo hinchados. ¡Había dormido tan poco aquella noche! La mayor parte de ella la había pasado dando vueltas y más vueltas en el lecho, avergonzada, sin dejar de pensar que se había puesto en evidencia, sin dejar de pensar que se había puesto en evidencia en el gabinete de lord Brant.

Dios santo. ¿Qué debía de pensar de ella, si le había permitido que se tomara aquellas libertades? A ella no la habían educado para comportarse de ese modo. Sus padres, y la academia privada de la señora Thornhill, le habían enseñado a conducirse como una dama, Sakura rezaba para que aquello no volviera a suceder.

Con aquella idea firmemente instalada en su mente, subió las escaleras que conducía a la planta principal. Debía de dar instrucciones a las criadas, asegurarse de que limpiaran los armarios roperos y de que los forraran de nuevo con papel nuevo. Había de ocuparse del suministro de velas, cerciorarse de que hubiera suficientes cuartillas y tintas en los escritorios.

Estaba cruzando el vestíbulo cuando Timmons apareció corriendo con el periódico matutino bajo el brazo.

-Ah, señora Temple. ¿Le sería mucha molestia? Debo ocuparme de una encargo urgente voy algo justo de tiempo- le dijo, alargándole el London Chronicle-. Al señor le gusta leerlo mientras desayuna- añadió, antes de desaparecer tras la puerta, y trasladando así a Sakura la responsabilidad de hacérselo llegar al conde.

"Y yo que esperaba no tener que encontrármelo más", se dijo entre suspiros. Esperanza nada realista, si su intención era conservar su empleo. Al menos, tras lo sucedido la noche anterior, a él le había quedado claro que no tenía interés en ser otra cosa que su ama de llaves.

La calva de Timmons brilló al sol cuando, mientras cerraba la puerta, se encontró en la calle. Sakura se dirigió al comedor donde se servía los desayunos, una estancia alegre, decorada en tonos amarillos y azules que daba al jardín. Tal vez el conde no hubiera bajado todavía. Si se daba prisa, podría dejar el periódico junto al plato, y así evitaría el encuentro.

Mientras se dirigía a la puerta desdobló el periódico y echó un vistazo rápido a los titulares. Cuando se encontraba a dos pasos del comedor se detuvo en seco, petrificada.

"El barón de Harwood llega a Londres y refiere un extraño suceso de robo e intento de asesinato".

Su corazón pareció detenerse en seco, lo mismo que sus pies, antes de reanudar sus latidos, convertidos ahora en palpitaciones aceleradas. Según el Chronicles, el barón había sido herido de gravedad en la cabeza en el transcurso de un robo cometido en Harwood Hall, su residencia campestre del condado de Kent. Su atacante le habría infligido un violento golpe que le había hecho perder temporalmente la memoria. Acababa de recobrarla en parte, y acudía a Londres en busca de los responsables del delito.

El artículo hacía referencia al valioso collar de perlas robado, aunque en él no se acusaba a sus hijastras. Al parecer, el barón valoraba demasiado su reputación como para suscitar un escándalo social. Lo que sí se facilitaba era una descripción somera de dos jóvenes a quienes el consideraba sospechosas del crimen. Por desgracia, dicha descripción encajaba punto por punto con el aspecto físico de Tomoyo y de ella misma.

"Al menos no lo maté", pensó Sakura con alivio, aunque a continuación, y no sin sentirse algo culpable, se le ocurrió que tal vez habría sido mejor haberlo hecho.

En aquel preciso instante, la puerta del comedor se abrió y entró el conde. Sakura dio un respingo, escondió el periódico tras su espalda y se obligó a mirarlo.

-Buenos días, señor

-Buenos días, señora Temple- respondió él, fijándose en la mesa-. ¿Ha visto usted mi periódico matutino? Timmons suele dejármelo en la mesa del desayuno.

El ejemplar parecía quemarle los dedos.

-No, señor. Tal vez esté en su gabinete. ¿Quiere que vaya a ver?

-Iré yo.

Tan pronto lord Brant se alejó ella escondió el periódico entre sus faldones. Le disgustaba tener que engañarle, pero se alegraba de que el momento hubiera sido breve.

O al menos una parte de ella se alegraba. La otra se lamentaba de que él fuera capaz de mirarla como si nunca le hubiera estrechado entre sus brazos, contra su musculoso cuerpo, como si nunca le hubiera besado los labios, como si su lengua no la hubiera explorado…

Se detuvo, escandalizada con el curso de sus propios pensamientos. Fuera cual fuese su situación actual, no dejaba de ser una dama, no una de las mujerzuelas con que se relacionaba el conde. Pensar en lo sucedido la noche anterior era lo que menos le convenía. Decidida a olvidar el incidente, dirigió a la planta superior en busca de Tomoyo, para advertirle de la publicación de aquel artículo.

Sin duda, lo más sensato en aquellas circunstancias era irse de Londres. Pero todavía no habían recibido la siguiente paga, y lo que habían cobrado hasta el momento apenas les alcanzaría para salir de la cuidad.

Después de mucho pensar, decidió que lo mejor sería seguir allí, pues era una manera de ocultarse a la vista de todos, con la esperanza de que no aparecieran más noticias en los periódicos o de que, si lo hacían, nadie relacionara la extraña historia del barón con su aparición en casa de lord Brant.

Un escalofrío le recorrió el espinazo. Ojalá así fuera. En caso contrario, no sólo acabarían en la cárcel; el barón tendría al fin, la vía libre para hacer con Tomoyo lo que quisiera.

Transcurrieron tres días. Nadie mencionó el artículo del periódico, pero Sakura seguía preocupada. Con todo, tenía muchas cosas que hacer, y debía supervisar las tareas de los demás empleados.

Una vez terminada la breve visita de Lady Aimes, ordenó que cambiaran las sábanas de las habitaciones de invitados e inicio la labor de inventariar la despensa de la cocina. Cuando hubo terminado, fue en busca de Tomoyo.

-Disculpe, señora Honeycutt, ¿ha visto usted a mi hermana? Creía que se encontraba en el salón azul.

-Ahí estaba señora Temple. Abrillantaba los muebles cuando el señor pasó por ahí. En ese momento ella miraba por la ventana. Ya sabe lo mucho que le gusta contemplar el jardín.

-Ya.

-Bien, el caso es que el señor le preguntó si le apetecía salir a dar un paseo. Comentó algo de mostrarle el nido de petirrojos que había encontrado.

La preocupación de Sakura disparó al momento, lo mismo que su enfado. ¡Menudo bribón! Hacía solo unos días había estado besándola a ella, y ahora se encontraba en el jardín intentando seducir a la pobre Tomoyo.

A paso ligero, se dirigió a las puertas ventana que daban al jardín, las abrió y accedió a las terrazas de ladrillo rojo. El perfume del espliego, mezclado con el de tierra húmeda recién arada inundó sus fosas nasales, pero no vio a Tomoyo por ninguna parte.

Sus temores se dispararon. Si Brant le había puesto la mano encima, si la había lastimado de algún modo…

Enfilando el sendero de grava, se dirigió a toda prisa hacia la fuente, punto donde todos los caminos del jardín confluían como los radios de, una rueda. Esperaba que, una vez allí, algo le indicara qué dirección habían tomado. Pero, para su sorpresa, no tardó en descubrir que se encontraban en plena luz del día, a pocos pasos de ella. Tomoyo contemplaba un racimo de hojas y bastoncillos que formaban un pequeño nido de ave.

Se encontraba a una distancia prudencial del conde, contemplando las ramas de abedul. Al oír los pasos de Sakura sobre la grava, lord Brant apartó la vista de Tomoyo y la clavó en ella.

-Ah, señora Temple, me preguntaba en que momento aparecería por aquí.

Ella intentó esbozar una sonrisa, pero descubrió que su rostro se mantenía rígido, como a punto de cuartearse.

-Vengo a buscar a Tomoyo. Hay bastante trabajo pendiente y necesito de su ayuda.

-¿Ah sí? El caso es que he invitado a su hermana a acompañarme. Me ha parecido que le gustaría ver el nido de petirrojos que ha encontrado el jardinero.

Al fin Tomoyo los miró con sus grandes ojos azules llenos de asombro.

-Ven a ver, Saku. Hay tres huevecitos azules moteados. Son preciosos.

Ignorando al conde que, lejos de enfadarse, mostraba un gesto parecido a satisfacción, Sakura ocupó el lugar de su hermana, se subió al taburete que el jardinero había colocado en la base del árbol y contempló el nido.

-Sí, son preciosos, Tomoyo.

Bajó, impacientemente por alejarse de Brant cuanto antes, y descubrió que se sentía algo celosa. Se trataba de un sentimiento del todo nuevo, jamás había experimentado, por más que fuera consciente de la belleza de su hermana. En realidad, no era de su hermana quien estaba celosa, pues aunque el conde se hubiera fijado en ella, su hermana no demostraba el menor interés por él.

-Supongo que el conde es un hombre agradable- le había dicho en una ocasión-, pero me pone nerviosa. Parece tan… tan…

-Bueno, sí, en ocasiones puede intimidar un poco.

-Sí, y es tan… tan…

-Lord Brant es… bueno… un hombre sin duda muy masculino.

Tomoyo había asentido.

-Nunca sé que decirle ni qué hacer.

La voz profunda de lord Brant disipó aquel recuerdo de la mente de Sakura.

-Vamos, señorita Marion. Parece que su hermana la necesita, de modo que nuestro agradable interludio ha terminado.

Miraba a Tomoyo y le sonreía, pero en sus ojos Sakura no reconocía el calor que había visto en ellos cuando ella era el objeto de su mirada. Tomó a su hermana de la mano y la ayudó a bajar del taburete al que una vez más se había subido para contemplar el nido.

El conde les dedicó una última y cortés reverencia, como si fueran invitadas en vez de ser sirvientas.

-Que pasen ustedes una buena tarde, miladies.

Una vez se encontraron lo bastante alejadas, Sakura preguntó.

-¿Estás bien?

Tomoyo la miró.

-Ha sido muy amable al mostrarme el nido.

-Sí… claro, muy amable.

Quería añadir algo, prevenirla de algún modo. Tomoyo ya había tenido una mal experiencia, aunque por fortuna no había sucedido nada irreparable. Se le hacía difícil creer que lord Brant pudiera resultar parecido a su padrastro, pero, si no era así, ¿por qué se habría molestado en salir al jardín con Tomoyo?

La oscuridad avanzaba al otro lado de la ventana. La neblina se apoderaba de las calles y cubría las casas. Después de la cena, Sakura se había retirado a sus habitaciones para seguir leyendo la novela de la señora Radcliffe que había sacado de la biblioteca. Poco después de las once, se quedó dormida en el sofá de la salita.

Al cabo de un rato la despertó alguien que llamaba a la puerta muy suavemente. Por un momento temió que fuese lord Brant, pero de haber sido él los aldabonazos habrían resonado. Se puso el batín y se dirigió a la puerta a toda prisa. Para su sorpresa, era su hermana.

-¡Tomoyo! ¿Qué diab…?

La hizo entrar y cerró la puerta, alarmada por la expresión grave de su rostro. Se acercó a la lámpara que ardía con llama baja y aumentó su intensidad. Al momento la salita quedó inundada por un resplandor amarillento.

-¿Qué sucede, Tomoyo? ¿Qué te pasa?

La muchacha tragó salida y, asustada, abrió mucho los ojos.

-Es… es el señor.

A Sakura se le heló la sangre.

-¿Brant? – A la luz de la lámpara, se distinguía la palidez de sus mejillas.- ¿Qué ha hecho el conde?

-Lord Brant me ha enviado un mensaje… lo encontré bajo mi puerta. –Con dedos temblorosos, alargó la cuartilla doblada, que Sakura cogió.

"Tomoyo: Desearía hablar con usted en privado. Suba a mi dormitorio a medianoche." Y firmaba simplemente "Brant".

-No quiero ir, Saku, tengo miedo. ¿Y si… y si me toca igual que hacía el barón?

Sakura releyó la nota y sintió que su indignación crecía por momentos. ¡Que Dios las protegiera! Sus temores sobre el conde eran fundados.

-No te preocupes, cielo. No tienes que ir. Iré yo en tu lugar.

-Pero ¿no tienes miedo? ¿Y si te pega?

Sakura negó con la cabeza.

-Puede que el conde sea malvado, pero creo que no es de los que van por ahí pegando a las mujeres- repuso, pero sin saber por qué le hacía pensar de ese momento. Hasta el momento se había equivocado del todo con ese hombre. Había llegado a creer que era distinto a los demás, más abierto, algo menos condescendiente, le habría importado más de la cuenta descubrir que él también carecía de escrúpulos.

Fuera la clase de hombre que fuese, esa noche pensaba enseñarle una lección sobre las consecuencias de intentar seducir a una muchacha inocente.

Shaoran echó otro vistazo al reloj de la chimenea, como ya había hecho al menos en otras veinte ocasiones. Pasaban dos minutos de las doce. Vestido sólo con camisa y calzones, se recostó en la cama. Esperaba que su plan funcionara, que su estratagema le diera la victoria.

Que sacrificando al peón lograría atrapar a la reina.

Era un movimiento peligroso, lo sabía. Aun así, Sakura Temple era una rival difícil, por lo que se había obligado a idear una aproximación distinta de la que en principio pretendía.

Sonrió al oír, al fin, cuatro golpes secos en la puerta. No se trataba de la forma de llamar suave e insegura que Tomoyo habría empleado, sino de una más firme y furiosa; sólo podía corresponder a su hermana.

-Entré- masculló. Esperó a que se abriera la puerta y constató que, en efecto, era Sakura. Pese a la penumbra, aunque no pudo verle el rostro reconoció su menor estatura y su ademán beligerante.

-Llega tarde- informó él, posando la vista en el reloj de la chimenea-. Especifiqué que debía presentarse a las doce. Y pasan tres minutos.

-¿Tarde?- repitió ella en un tono que no dejaba lugar a dudas respecto a la cólera que la dominaba-. Sean tres minutos o tres horas, el caso es que Tomoyo no va a venir.

Sakura avanzó un paso, penetrando en un espacio más iluminado por el claro de la luna que se filtraba por la ventana. Shaoran se fijó en que llevaba el pelo suelto, que se ondulaba ligeramente a la altura de sus hombros y resplandecía aquí y allá. Se moría de ganas de pasarle los dedos y palpar su tacto sedoso. Bajo el batín, sus senos oscilaban al compás de su respiración, y él deseaba cogerlos con las manos, agachar la cabeza y llenarse la boca con ellos.

-Siento decepcionarle señor, pero su plan de seducción ha fracasado. Tomoyo sigue a salvo en su dormitorio.

Shaoran se levantó de la cama y fue hacia ella, como un león dispuesto a atrapar a su presa.

-Mejor así.

-No lo entiendo. Usted le envió la nota y le pidió que viniera. Planeaba seducirla. Usted…

-Se equivoca querida Sakura. Le pedí que viniera porque sabía que usted no se le permitiría y se presentaría en su lugar. – Entonces puso le puso las manos en los hombros y sintió su tensión. Muy despacio, la atrajo hacia sí-. Es a usted quien deseo, Sakura. Así ha sido desde el principio.

Y la besó.

Sakura sintió que le faltaba el aire cuando la boca del conde se posó sobre la suya. Durante un instante, permaneció inmóvil dejando que el calor invadiera todo su cuerpo, absorbiendo su sabor, apenas consciente de la dureza del cuerpo varonil que se pegaba contra el suyo. Pero entonces recordó por qué se encontraba allí, que era a Tomoyo a quien lord Brant deseaba en realidad. Apoyó las manos contra su pecho para alejarlo, apartó la cabeza y forcejeó hasta liberarse de su abrazo.

-¡Miente!- exclamó con la respiración entre cortada por la ira, o eso quiso hacer creer-. Lo dice porque soy yo quien esta aquí y no Tomoyo. Retrocedió unos pasos- Tomaría usted a cualquier… a cualquier mujer que se presentara a sus aposentos.

El conde negó con la cabeza y avanzó hacia ella, que siguió reculando hasta que alcanzó la pared. Ya no podía alejarse más.

-¿No se lo cree? Usted y yo jugamos a un juego. Y el premio que yo deseo es usted, no Tomoyo.

-No me lo creo. Todos los hombres desean a mi hermana.

-Tomoyo es una niña y siempre lo será, por más años que cumpla. Usted es una mujer Sakura- Le clavó los ojos leoninos en los suyos-. En el fondo sabe muy bien que es a usted a quien quiero.

Sakura tragó saliva, miró a aquellos ojos castaños e hizo esfuerzos por no echarse a temblar. Recordó aquella misma mirada la noche en que había irrumpido en su cuarto, recordó como la había besado en su gabinete, las vagas indirectas sobre su deseo de convertirle en amante suya. Por más improbable que pareciera, creía que él decía la verdad.

El conde le levantó la barbilla, acercó el rostro y le atrapó los labios con los suyos. Fue un beso dulce y persuasivo, que le llevaba a entregarse, la seducía con cada roce. Luego le besó las comisuras de los labios y en torno al cuello.

-Si dice usted la verdad- susurró ella- ¿por qué no me envió la nota a mí?

Sintió que el conde esbozaba una sonrisa.

-¿Habría venido?

-No.

-Eso creía yo- convino él, y volvió a besarla.

Las manos de Sakura ascendieron por el torso del conde y se posaron sobre la pechera de su camisa. Dios bendito, aquello era como llegar al cielo, la dulzura y el calor de aquellos besos, aquellos labios blandos y duros a la vez que encajaban a la perfección a los suyos, que vencían todas sus defensas y la atraían, que daban y tomaba a la vez.

-Ábrete a mi- murmuró él, y su lengua se colocó entre sus labios.

Sakura se agitó, recorrida por un escalofrío. Los besos del conde eran cada vez más profundos, y ella sintió flaquear sus fuerzas. Le rodeó el cuello con los brazos y él la atrajo aún más hacia sí. Sakura temblaba.

Sabía que debía detenerle. Él era el conde de Brant, un conquistador y un vividor que la arruinaría si ella permitía que sucediera lo que estaba por suceder. A él todo le traía sin cuidado excepto el deseo de satisfacer sus bajos instintos. Sin embargo, percibía una necesidad en él, la había percibido desde la noche en que había penetrado en su dormitorio.

También su necesidad afloraba a la superficie a borbotones, renacía con cada embestida de su lengua, se hacía más profunda con cada caricia que él dedicaba a sus senos, demorándose en ellos, moldeándolos por encima del camisón, transmitiéndole un calor que le recorría el cuerpo. Le temblaban las piernas. El conde volvió a besarle el cuello mientras le abría el batín azul e introducía una mano en su interior, sobre la delgada tela de algodón. Cubrió su pecho y con el pulgar empezó a acariciarle el pezón.

-Dios, cómo te deseo- murmuró él, tirando de la cinta que le cerraba el camisón a la altura del cuello, aproximándose más para acariciar la plenitud de sus pechos. A Sakura se le secaba la boca. No podía tragar. Sus pezones presionados contra aquellas manos. Entrégate a mí- añadió él en voz muy baja. Sé que tú también lo deseas.

Dios santo, era cierto. Jamás había deseado tanto una cosa. Ansiaba saber dónde conducía aquel calor, deseaba que él la acariciara, que le besara todo el cuerpo. Él encerraba todos sus sueños prohibidos, todas sus desbocadas fantasías. Hacía tiempo que sabía que ella sabía que no era como Tomoyo, sino que sentía impulsos y deseos, y desde luego deseaba al conde.

Sakura meneaba la cabeza, intentaba escabullirse. El conde la mantenía firmemente sujeta.

-No me digas que no. Deja que cuide de ti. Tendrás una vida mejor, y podrás velar por Tomoyo. A ninguna de las dos os faltará de nada.

Lord Brant lo decía sin ambages. Quería convertirla en su amante. No deseaba a Tomoyo, la deseaba a ella, la hermana mayor, la más vigorosa, no a la bonita. La idea la aturdía. Considerando la vida a que debía enfrentarse y el deseo que sentía por él, no se trataba de una mala proposición.

Pero Sakura no se veía capaz de aceptarla.

Le sorprendió al descubrir que los ojos se le inundaban de lágrimas. Sin dejar de mover la cabeza de izquierda a derecha, apartó un poco, logró levantar la vista y vio aquel atractivo y malicioso rostro.

-No puedo… no puedo… por más perverso que sea, me gustaría poder pero… - volvió a negar con la cabeza- sencillamente no puedo.

Él, con gran ternura le rozó la mejilla con un dedo.

-¿Estás segura? No es algo tan perverso, entre dos personas que comparten necesidades similares, y además en tu caso debes pensar en Tomoyo. Las dos tendríais el futuro asegurado.

Sakura se sintió culpable. Tal vez si debería de hacerlo por ella. Aunque tal vez aquello fuera sólo una excusa.

En cualquier caso sencillamente no podría renunciar a sus principios de ese modo. Además si fuera poco, estaba el asunto del robo y el intento de asesinato de su padrastro. Tuvo que reprimir un súbito e imperioso impulso de relatarle todo lo sucedido, de echarse a sus brazos e implorarle su ayuda.

Pero no podía correr el riesgo.

-Estoy convencida, señor.

Con dulzura muy despacio, él se inclinó y le besó las lágrimas.

-Tal vez con el tiempo cambie de opinión.

Sakura dio un paso atrás y, temblorosa, aspiró hondo, aunque en aquel momento nada deseaba más que otro beso suyo, nada quería más que permitirle que le hiciera el amor.

-No cambiaré de opinión. Dígame que no volverá a proponérmelo. Dígamelo, o me veré obligada a marcharme.

Notó algo en la expresión del conde, un remolino de sentimientos que no era capaz de descifrar. Transcurrieron unos momentos y lord Brant suspiró.

-Si ése es de verdad su deseo- dijo, recuperando el trato formal-, no volveré a proponérselo.

-Quiero que me dé su palabra de caballero.

Las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente.

-Después de lo que sucedió esta noche ¿Todavía me considera caballero?

Ella logró esbozar una trémula sonrisa.

-Sí, aunque no me haga explicarle por qué, pues lo ignoro.

El conde se volvió y se alejó más de ella.

-Esta bien le doy mi palabra. Está a salvo de mí, señora Temple, aunque estoy seguro de que lo lamentaré mientras usted siga sirviendo en esta casa.

-Gracias, señor.

Se volvió para irse, convenciéndose de que había hecho lo correcto y sintiéndose tan desgraciada como el día en que le informaron de la muerte de su madre.

El débil eco de la puerta al cerrarse se le clavó como un cuchillo. Su cuerpo aún latía de deseo, le dolía de la frustración. Shaoran la deseaba mucho, más incluso de lo que había creído. No obstante, el sentimiento que ahora le embargaba no podía describirse sino como alivio.

Con los pasos de los años había ido sintiéndose algo hastiado de las mujeres, volviéndose más insensible a ellas, pero jamás se había rebajado tanto en sus intentos de seducción como esa noche.

Podría haber insistido en las ventajas que ella obtendría. Como amante, Sakura, junto con su hermana, habría estado bien cuidada. Él habría velado por su estabilidad económica, incluso después de que su relación hubiera terminado.

Sin embargo, no sin cierta prevención, le aliviaba que ella no hubiera aceptado. En las semanas que ella llevaba a su servicio en la casa, había llegado a respetarla e incluso admirarla. Se entregaba a su trabajo, por menos colaboración que recibiera del resto de los empleados. Era inteligente, aguda, decidida y leal con sus seres queridos. De la integridad de sus valores morales ya no le cabía duda aquella noche había vuelto a demostrárselo.

Se merecía mucho más que la breve relación sexual que había tenido con él.

Con todo, seguía deseándola. Al quitarse la camisa y los calzones, a punto de acostarse, su cuerpo seguía excitado. Recordó sus besos inocentes pero apasionados, y se estremeció con el dolor de su ausencia.

Pero Sakura Temple se encontraba a salvo de él. Shaoran le había dado su palabra y no la rompería. Ella seguía siendo su ama de llaves, y nada más.