Capítulo 6

Al menos en ciertos aspectos, el destino parecía estar de parte de Sakura. En los siguientes días, no se publicó nada más acerca del robo sufrido por el barón de Harwood, ni del ataque que había sido objeto. Sin dudas las habladurías no cesarían en la alta sociedad, pero lord Brant estaba demasiado ocupado para hacer caso a rumores y escándalos.

Brant. Sakura lo hacía lo posible por no pensar en él. No quería verlo, no quería mirar aquellos ojos castaños, recordar sus arrebatadores besos, su cuerpo fundiéndose con el suyo, sus caricias… No quería volver a sentir la horrible tentación a la que había estado a punto de sucumbir aquella noche.

Ni reprimir de nuevo su deseo de estar con él.

Por suerte, había logrado ocultar a Tomoyo los agitados pensamientos que poblaban su mente. Cuando Sakura volvió a bajar aquella noche, su hermana la estaba esperando. Ella le comunicó que lo de la nota había sido un malentendido, que el conde había escrito "medianoche" pero que había querido decir "mediodía", y que lo que en realidad quería era saber si ellas se sentían a gusto con sus nuevos trabajos.

La historia era de lo más inverosímil, y sólo una persona tan ingenua como Tomoyo la habría creído. Sakura se sintió culpable por mentirle, pero agradeció a Dios que su hermana no la pusiera en duda, y dio el asunto por zanjado.

Desde aquella noche, sólo veía al conde cuando por azar se cruzaban por los pasillos, y entonces el mostraba una gran cortesía y reserva. Una cortesía y reserva que, en el fondo, a ella le resultaban desesperantes.

En su gabinete el tablero de ajedrez permanecía olvidado en su rincón, y cada vez que Sakura lo veía, debía reprimir el impulso de acercarse y mover pieza, para retarlo de nuevo. Pero sabía muy bien adónde conducía aquel camino: al desastre.

Y entonces una mañana, en el London Chronicle apareció otra noticia de la búsqueda que seguía llevándose a cabo en relación con los delitos cometidos contra el barón Harwood. Por suerte, Sakura había logrado hacer desaparecer aquel ejemplar, lo mismo que había hecho con el anterior.

Sin embargo, no dejaba de preguntarse cuanto tiempo más lograrían ocultarse en la mansión de lord Brant. Ahorraban todo lo que podían en previsión de que tuviesen que escapar precipitadamente, y cuanto más tiempo se mantuvieran en servicio del conde, más dinero reunirían, y cuanto más dinero tuvieran, más posibilidades habría de que su huida terminara bien.

Además, siempre reservaba la esperanza de que el barón se cansara de seguir buscando y regresara a Harwood Hall, o que se convenciera de que ellas se escondían en un algún lugar remoto de la campiña. Todas las noches rezaba porque así fuera.

Entretanto, el conde le había hecho llegar una nota con los nombres de los invitados a la cena que aquella noche ofrecería en la casa. Entre ésos se encontraban su prima Meiling y su esposo, lord Aimes; el coronel Pendleton, del Ministerio de Guerra, Lord Eriol Chezwick. También asistiría el duque de Sheffield, además del doctor Geoffrey Chastain, su esposa y la mayor de sus hijas, Grace.

Cuando Sakura leyó el último nombre de la lista el corazón le dio un vuelco. Ella conocía a Grace Chastain. Habían ido juntas a la academia de señoritas de la señora Thornhill. En realidad, Grace había sido su mejor amiga durante aquellos años.

Ahora le parecía que de todo aquello hacía siglos, que había sucedido en otra era, en otra vida. Cuando el barón le prohibió regresar a la academia, Sakura había recibido pocas noticias de Grace, más allá de alguna carta ocasional. Con los problemas que tenía en casa, las respuestas de Sakura habían sido parcas y esporádicas, sus amigas habían acabado por distanciarse de ella.

Con todo, Grace la reconocería al instante, por más que llevara aquel horrible uniforme de ama de llaves. Así, no le quedaba otro remedio que mantenerse alejada del comedor, y no entrar bajo ningún concepto.

-Ah, aquí está, señora Temple.

Sakura se puso rígida al oír aquella voz profunda y familiar a sus espaldas. Armándose de valor, aspiró hondo y se volvió.

-Buenas tardes, señor.

-Sólo deseo asegurarme de que estará todo listo esta noche.

-Por supuesto, señor. Precisamente ahora revisaba los nombres para poner las tarjetas en la mesa.

-Supongo que sabe cómo deben sentarse los invitados.

Lord Brant parecía tan ausente, tan distantes, que se diría que jamás había mostrado el menor interés por ella. Ojalá el que ella sentía por él se hubiera esfumado con la misma rapidez.

-Los invitados deben sentarse según su rango, señor.

-Bien, dejaré, el asunto en sus manos- repuso él, asintiendo, antes de alejarse por donde había venido.

Sakura lo vio desaparecer por el pasillo, e hizo esfuerzos por no fijarse en sus anchos hombros, sus largas piernas y sus elegantes movimientos. Esfuerzo por ignorar aquellas manos fuertes, el recuerdo de ellas acariciándole los pechos, demorándose en sus pezones. Esfuerzos por no pensar en el placer embriagador que le había hecho sentir.

-¡Sakura!

Tomoyo venía hacia ella por el pasillo. Había estado trabajando abajo, ayudando con los preparativos de la cena, es decir supervisando que las doncellas que iban a servirla dispusieran de todo lo necesario.

-¿Qué sucede, cielo?

-La señora Reynolds acabade despedirse. La ha ofendido que le ordenaras añadir más especias al relleno de perdices. También se negó a echar más ron a los pasteles borrachos. Y cuando supo que pretendías que pusiera unas gotas de zumo de limón en la salsa de espárragos, arrojó su delantal sobre la mesa y salió por la `puerta de atrás dando un portazo. La señora Whitehead, su ayudante, la ha seguido.

-¿Se han ido?¿Las dos?

-Sí, y han dicho que no volverán hasta que… hasta que el infierno se hiele, e incluso entonces sólo si tú ya no estas al servicio de esta casa.

-¡dios bendito!- Sakura bajó corriendo a la cocina, seguida de su hermana-. No puedo creerlo. Tal vez no se cocinera, pero sé bien que sabe bien y qué no. La comida que preparaba la señora Reynolds era comestible, pero demasiado sencilla e insípida. Creía que… he estado leyendo un libro de recetas francesas maravilloso. Lo encontré en la biblioteca. Me pareció que añadiendo especias, logrando unos sabores más definidos, todo sería mucho mejor.

-Supongo que la señora Reynolds no era de la misma opinión.

-No, parece que no.

Cuando Sakura entró en la cocina se encontró con un verdadero caos: las ollas borboteaban, había vapor y humo por todas partes, las llamas bailaban en los quemadores. La señora Honeycutt tenía los ojos como platos, y a la señora Conklin le temblaban las manos.

-¡Vaya, vaya!- exclamó la vieja. Ancha de caderas, de pelo rubio desaliñado y con un ligero acento londinense, era una de las pocas criadas que siempre la había tratado con educación-. ¿Qué vamos hacer ahora?

Sakura echó un vistazo a los cuencos llenos de ostras vivas que esperaban convertirse es sopa, se fijó en los manojos de espárragos todavía sin cortar, el cuarto de ternera que se asaba en los espetones y enviaba columnas de humo por la chimenea de la lumbre.

Echó atrás los hombros para transmitir un aplomo y una calma que no sentía, y dijo:

-¿Hay alguien más en el servicio que sepa algo, por poco que sea, de cocina? ¿La señora Rathbone, tal vez?

-No, señora. Sólo la señora Reynolds y la señora Whitehead, y ahora las dos se han ido.

Sakura suspiró.

-Muy bien, entonces sacaremos esas sartenes del fuego para que las salchichas no sigan quemándose, y luego terminaremos la cena nosotras mismas.

-Pero, señora… nosotras no… la señora Honeycutt y yo no solemos trabajar en la cocina. No tenemos ni idea.

Sakura cogió un trapo para agarrar el mango de la sartén de hierro y apartarla del fuego.

-Bueno, no puede ser tan difícil, y más si tenemos en cuenta que más de la mitad de la comida ya está preparada.

La señora Conklin miró los fogones con desconfianza.

-No sé, señora, no sé.

Sakura se recogió las faldas, cruzó con paso decidido la cocina y se puso el delantal de la señora Reynolds.

-Tenemos que hacer lo mejor que podemos, eso es todo. Entre las cuatro ya iremos solucionando las dificultades a medida que surjan. – Se obligó a sonreír -. Tengo la absoluta convicción de que esa cena será una de las que más satisfecho quedará el señor.

Pero transcurrieron las horas, y ella, limpiándose las manos de grasa y sacudiéndose la harina del delantal, se había convencido que aquello no sería así.

Con todo, vertió la sopa de ostras en una sopera de plata, dispuso la ternera, demasiado hecha, en una fuente y colocó en otra las perdices asadas, algo crudas todavía en ciertas partes. Mientras disponía el relleno de salchichas chamuscadas en los cuencos de plata, ordenó a los lacayos que llenaran las copas de vino hasta el borde, con la esperanza de que los invitados se achisparan lo suficiente para que, una vez servida la cena, no reparasen el desastre.

Al menos, las horas pasadas en aquella asfixiante cocina hicieron nacer cierta camaradería entre ambas hermanas y el resto del personal: las señoras Honeycutt y Conklin, los lacayos recién contratados y los señores Peabody y Kidd, cuyos servicios también requirió. Además, durante todo ese tiempo se puso al día de un montón de chismes.

Había pocos secretos en una casa del tamaño de la del conde. El más destacado la búsqueda que lord Brant hacía de su primo, el capitán Sharpe. Más intrigante resultaba lo que la señora Honeycutt había ido recopilando a partir de fragmentos de conversaciones entre el conde y su prima, lady Aimes: el señor pretendía casarse con una heredera.

-Su padre, el anterior conde, que Dios lo tenga en su gloria- intervino la señora Conklin -, dejó a su hijo en una situación algo apurada. Perdió la mayor parte de su fortuna. Pero el hijo, éste si que es listo. Había sabido arreglra las cosas y ahora todo vuelve a ser como antes. Y al parecer su intervención no sólo era recuperarse de las pérdidas, sino incrementar el patrimonio familiar.

Sakura había preferido no enterarse de aquellas cosas.

-¿Ya vuelven los lacayos! – Exclamó la señora Honeycutt, sacando a Sakura de su ensimismamiento y devolviéndola al desorden de la cocina-. Es el momento de servir el postre.

Todos pusieron manos a la obra, ayudando a Peabody a llenar las bandejas, mientras Kidd se cargaba una en el hombro. Las cuatro mujeres sonrieron cuando una de ellas colocó la tapa semicircular sobre la fuente en que habían dispuesto los bizcochos borrachos de ron, muy borrachos.

-Con éstos terminarán como cubas- comentó la señora Conklin, maliciosa-. Cuando acaben de comérselos, sobre todo si los acompañan con un poco más de licor, no advertirán que parecen caras de cerdo.

Tomoyo miró a su hermana de reojo y se tapó la boca, pero de todos modos se le escapó una risita. Y, por más que lo intentó, Sakura también logró ahogar la suya.

Era cierto, el interior de los moldes se asemejaba a un gorrino. La señora Honeycutt y la señora Conklin se unieron al concierto de carcajadas, que cesaron súbitamente cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe y entró el conde.

Echó un vistazo a la montaña de cazuelas y sartenes sucias, a la comida esparcida por los mármoles y a la harina que cubría el suelo, y arqueó las cejas.

-Muy bien, ¿qué diablos está ocurriendo aquí? – Tomoyo se ruborizó y las señoras Conklin y Honrycutt empezaron a temblar, asustadas. En cambio, Sakura sólo pensó que el pelo se le había rizado y salía por debajo de la cofia, porque durante el zafarrancho de la tarde se la había retirado, y debía de verse horrible, y que además tenía la blusa y la falda lenas de grasa-, ¿Señora Temple?

-Lo… lo siento, señor. Soy consciente de que la cena no ha salido bien como esperábamos, pero…

-¡Tan bien como esperábamos!- estallo él -. Mis invitados están ebrios y la comida, si es que se puede denominar así, sabía a rayos y centellas.

-Sí, supongo que sí, pero es que…

-Pero es que qué.

-En el último momento la cocinara y su ayudante se despidieron, de modo que las que quedamos… bueno, hemos intentado hacer lo mejor posible. – Miró fugazmente a las demás-. Para serle franca, creo que un poco de práctica no tardaremos en formar un buen equipo.

El atractivo rostro del conde pareció encenderse y sus mejillas se tensaron. Sin embargo, respondió en un tono engañosamente sosegado.

-Me gustaría hablar un momento a solas con usted, señora Temple.

Vaya, su enfado era más serio de lo que imaginaba. Se preparó para lo peor, intentando no demostrar el nerviosismo que la reconcomía. Caminado delante del conde, cruzó la cocina en dirección al vestíbulo.

Respiró hondo y se volvió.

-Como ya le he dicho, siento lo de la cena – se excusó de nuevo-. Esperaba que saldría mejor.

-¿En serio?- Lord Brant le clavó una mirada dura-. Deduzco que tiene más dificultades de las previstas para asumir sus responsabilidades.

Había algo en su forma de mirarla… como si estuviera hablando con la señora Rathbone o algún lacayo. Como si jamás la hubiese besado, como si nunca le hubiera acariciado los pechos.

Algo en la frialdad de su expresión hizo que, de repente, Sakura la abandonara su sentido común.

-Pues en realidad no tengo ningún problema. Sin embargo, algunos miembros del servicio sí los tienen para aceptarme como superior, y debo decir que la culpa es del todo suya, señor.

Lord Brant abrió los ojos desmesuradamente.

-¿Mía?

-No fue justo de su parte contratarme a mí en lugar de ascender a la señora Rathbone, y el resto de los criados lo sabe.

El conde arqueó una ceja, incrédulo.

-No estará sugiriendo que la despida…

-¡No! Quiero decir que no, claro que no… Necesito este trabajo. Y creo que estoy más preparada para él que la señora Rathbone. Con el tiempo, espero poder demostrarlo. Una vez lo logre, el problema quedará resuelto.

Lord Brant frunció el ceño y la observó un largo instante antes de dar media vuelta y alejarse.

-No se preocupe más, señora Temple- dijo sin girarse-. Mañana solucionaré su problema.

-¿Qué?- inquirió Sakura, y corrió hacia él. Le agarró la manga y le obligó a volverse-. Ni se ocurra meterse en esto. Lo único que conseguirá sería empeorar la situación.

-Supongo que deberemos de esperar y ver qué sucede.

-¿Qué… qué piensa hacer?

-Mañana a las diez- zanjó él-. Asegúrese de que todo el personal de servicio esté presente. Entretanto, le agradecería que iniciara lo antes posible las gestiones para la contratación de una nueva cocinera.

Sakura lo vio subir las escaleras camino del comedor. Dios santo, ¿por qué le había hablado de aquel modo? No podría pegar ojo hasta que descubriera qué se traía el conde entre manos.

La cena había sido un desastre, sí, pero allí, sentado con los hombres, disfrutando del coñac y los puros, Shaoran no dejaba de ver el lado divertido de la situación. Contemplar a Sakura tan despeinada y desaliñada, con harina y el pelo rizado casi compensaba la pésima calidad de los platos servidos.

Que aquellas circunstancias hubiera demostrado aquel valor para expresar lo que sentía no dejaba de sorprenderle. No le pasaba por alto que se trataba de una mujer realmente extraordinaria.

Si la cena había sido un desastre sin paliativos, la compañía era agradable,. Aunque su buen amigo Sherffield se reía con más ganas que de costumbre y el joven Eriol Chezwick no disimulaba su estado de embriaguez, resultaba evidente que sus invitados la pasaban bien.

Pendleton se mostraba todo un caballero, como siempre.

-Espero recibir a un mensajero en los próximos días – comentó un poco antes de que todos se terminaran el coñac y se dispusieran a reunirse de nuevo en el salón-. Aguardando noticias de su primo.

Shaoran sintió una punzada de emoción.

-¿Cree usted que su hombre puede haber encontrado la prisión donde lo retienen?

-Max Bradley es muy eficaz en esta clase de asuntos. Si hay alguien que pueda descubrir el paradero del capitán Sharpe, ése es él.

-Entonces aguardaré impaciente su comunicación.

Pendleton asintió y se retiró, devolviendo a Shaoran una esperanza que prácticamente había perdido hace mucho tiempo. Se disponía a regresar con el resto de los invitados cuando salió al paso de Eriol Chezwick, amigo del esposo de Meiling, Jonathan, que avanzaba algo tambaleante.

-Debo decirle, señor, que me he enamorado perdidamente. –Puso los ojos en blanco-. Dios misericordioso, jamás en mi vida había contemplado un rostro de tal hermosura. Era como un ángel. Cuando me ha sonreído, juro que mi corazón casi ha dejado de latir. Y vive aquí, bajo este mismo techo. Debe revelarme su nombre.

Tomoyo. Debía ser ella. Por el gesto atribulado del joven Eriol no podía llegarse a otra conclusión.

-La dama se llama Tomoyo, pero me temo que no es para usted. Tal vez no se haya percatado, pero se trata de una empleada de servicio. Y es inocente, Chez, no de las que se usan para el rato. Además, sospecho que su padre no aprobaría un enlace entre usted y una criada.

Eriol miró hacía el vestíbulo, pero Tomoyo no se veía por ninguna parte. Era del todo atípico que un joven mencionara siquiera a una mujer en público. Shaoran suponía que el vino ingerido le había proporcionado una inyección de moral.

En cierto sentido era una lástima que el estatus los separara de aquel modo. Eriol Chezwick era un soñador, lo mismo que Tomoyo, un joven ingenuo con la cabeza llena de pájaros que escribía unos poemas y que no los leía por timidez. Se trataba de un muchacho, de pelo oscuro, de ojos azules y atractivo para el sexo opuesto. También era el hijo menor de marqués de Kersey, por lo que su matrimonio con una camarera era harto improbable.

Además, por curioso que resultara, Shaoran había desarrollado una especie de instinto protector hacia Tomoyo. No consentiría que ningún amigo suyo se aprovechara de ella. En realidad, le alegraría verla bien casada. Tal vez con el tiempo él mismo la ayudaría a lograrlo. Sus pensamientos le llevaron a Sakura. A ella también podría conseguirle marido, pero la idea no le satisfacía de igual modo.

Shaoran siguió al coronel Pendleton y a lord Eriol hasta el salón. Meiling y Jonathan, se encontraban ahí, una pareja de oro, enamorada aún tras ocho años de matrimonio. Conversaban con el doctor y la señora Chastain, mientras Grace, al parecer se había escapado al cuarto de damas.

Shaoran suspiró. Su prima había vuelto a las andadas y había vuelto a propiciar un encuentro entre ellos. Parecía no entender que no sentía atraído por la hija del medico, por más hermosa que fuere. Él iba a casarse con una heredera. En los últimos tiempos pensaba cada vez más en Constance Fairchild y Mary Ann Winston. Ambas eran rubias y bellas, y ambas poseías considerables fortunas.

Un conde no era un trofeo pequeño en un matrimonio. Cualquiera de las dos aceptaría su proposición, y sus riquezas aumentarían de manera nada desdeñable en el momento que tuviera lugar la ceremonia.

Se lo debía a su padre. Pretendía resarcirlo de la única manera que sabía.

Se acercó al aparador y se sirvió un coñac. Su mente abandonaba el pasado y regresaba en la cena desastrosa que había dado esa noche. Pensó en los bizcochos demasiado borrachos y sonrió mientras regresaba junto a sus invitados.

Grace Chastain cruzó el vestíbulo en dirección a la gran escalinata de la habitación de damas. La velada estaba resultando interminable. Decir que la comida había sido horrible era poco, y además la habían sentado junto al coronel Pendleton, que no era mal conversador pero sólo sabía hablar de guerra, tema que Grace hacía esfuerzos por olvidar.

Ahora que la cena había terminado, Meiling proseguiría con su labor de alcahueta, pues ésa era la verdadera razón por la que sus padres y ella habían sido invitados: propiciar un encuentro entre el conde y ella. Su madre estaba contentísima y no dejaba de insistirle en que hablara más con lord Brant. Pero poco importaba que lo hiciera o dejara de hacerlo. Todos en Londres sabían que lord Brant sólo se casaría con una heredera.

Grace no veía el momento de regresar a casa.

Tas asegurarse de que el corpiño de su vestido entallado de seda color burdeos estaba bien puesto, se sujetó las faldas, bordadas con perlas, y se dispuso a iniciar el ascenso. Al girarse distinguió una figura delgada que le resultaba familiar, y ahogó un grito.

-¡Saku! ¡Sakura Temple! ¿eres tú verdad? – Alejándose de la escalinata,volvió a cruzar la escalinata, volvió a cruzar la entrada en dirección contraria, agarró del brazo a la joveny, ya en el pasillo, la obligó a girarse-.

¡Saku! ¡Soy yo! Grace. ¿No me reconoces? – estrechó a su amiga en un cálido abrazo, y así transcurrieron varios segundos hasta que se dio cuenta de que ésta no mostraba el mismo entusiasmo. Entonces la soltó y retrocedió un paso-. ¿Qué ocurre? ¿No te alegras de verme?- Sólo entonces se fijó en su atuendo, en la falda almidonada de tafetán negro, en la blusa blanca de algodón-. Vamos a ver… ¿qué está sucediendo aquí? ¿Por qué vas vestida como una sirvienta?

Sakura suspiró y bajó la cabeza.

-Oh Grace, albergaba la esperanza de que no me vieras.

-¿Qué estas haciendo aquí? Supongo que no estarás trabajando al servicio de esta casa verdad?

-Tengo tanto que explicarte… han sucedido tantas cosas desde que deje la academia… - Echó un vistazo a la puerta del salón- Esta noche no tengo tiempo. Prométeme que no le dirás a nadie que estoyaquí.

-Si estas metida en algún problema…

-Te lo ruego, Grace. Si sigues considerándote mi amiga, prométeme que no dirás ni una palabra.

-Está bien, no diré nada, pero con una condición: mañana nos reuniremos y me explicarás qué pasa.

Sakura negó con la cabeza.

-Sería mejor que las dos olvidáramos habernos visto en estas circunstancias.

-Mañana Saku. La taberna King ésta aquí cerca, al doblar la esquina. Se trata de un lugar apartado y tranquilo. Nadie nos verá. Nos encontraremos a la una en el comedor.

Sakura asintió, resignada.

Grace vio alejarse a su amiga. Su mente se pobló de pensamientos, de preguntas, de preocupación. Hacía años que no veía a Sakura. ¿Qué le habría sucedido en todo ese tiempo? Se preguntó si la vida de su mejor amiga se habría complicado como la suya.

n.a: Lamento dejar a Tomoyo y a Eriol como los tímidos de la historia. En este caso son Shaoran y Sakura los atrevidos y maduros.

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