CAPITULO 48. REGRESO

Llegué a Port Ángeles al medio día, después de cuatro horas de avión más otra de autobús desde Seattle. Cinco horas cargadas de nervios y tensión.

A cada kilómetro que me acercaba a Forks, una presión en el pecho me hacía sentirme más y más ahogada.

Una vez en Port Ángeles, como llevaba una maleta ligera y estaba hambrienta, decidí parar a comer algo en un burguer cercano a la estación.

Cuando estaba dejando mi bandeja en la basura, dispuesta a coger un taxi, ya mucho más relajada con el estómago lleno, noté como alguien me ponía la mano en el hombro.

Seth Clearwater.

Me quedé en estado de shock por unos instantes, hasta que la sonrisa amistosa y despreocupada del chico, me hizo volver a la realidad.

- Hola Bella… Veo que ya has vuelto – Comentó tan natural.

- Ajá… Acabó de bajarme ahora del autobús y… paré a comer algo. Aun me quedan 40 minutos hasta Forks – Le sonreí algo forzada.

- Yo he venido a hacer unos recados para mi madre, y me iba de regreso. Solo que me pareciste tú al pasar. – Ambos nos quedamos en silencio durante unos segundos – Podemos volver juntos… Así no tienes que pagar un taxi hasta casa y yo no voy solo. – Sonrió con ese aire inocente que caracterizaba a Seth.

- Bueno… yo… - La verdad que no tenía excusa, pero no me apetecía compartir con él el coche durante más de media hora. – No me importa ir en taxi, en serio… Así no te tienes que desviar…

- Bella, sabes que desde tú casa, también hay ruta directa hacía la Push… No pongas excusas estúpidas. – Me respondió; y entonces vi la madurez que empezaba a tener. Ya no era el niño que dejé cuando me fui a estudiar. – Además, - añadió acercándose un poco a mi oído – No te voy a morder, ni me voy a poner a aullar… Ni nada – Meneó la cabeza despreocupado con una sonrisa pilla.

Yo me quedé mirándolo con los ojos abiertos como platos. No creía que me hubiese dicho eso.

Pero lo que realmente me sorprendió fue ver, que la única que parecía darle una importancia relevante, era yo.

El resto le quitaba hierro al asunto, viéndolo como algo de lo más natural.

Al final no me quedó más remedio que aceptar su propuesta. Seth siempre había tenido un sitio especial en mi corazón, y ahora se me hacía raro hacerle un desplante de esa forma.

Una vez en el coche, pasó lo que me imaginaba iba a suceder: Toco charlita.

- Bella, veras… yo... Ya sé que me ves como un niño, pero ya no lo soy. – Cogió aire – Yo era uno de los lobos que estaba aquel día, el que descubriste ambos secretos. – Me miró para tantear la situación. Yo me mantuve entera, por lo que prosiguió – Sé que no fue la mejor de las maneras, pero en nuestro caso no podíamos revelártelo. Es un secreto que solo los miembros directos de la tribu pueden conocer… Solo Jacob puede dar el consentimiento para poder contarlo.

- ¿Solo Jacob? – Pregunté extrañada.

- Sí, él es macho Alpha… el jefe, para que me entiendas. – Sonrió, casi llegando a reírse.

- Pero, entonces… ¿Por qué no me lo dijo en su momento? Yo era prácticamente su prometida… - Murmuré esto último, acongojada.

- Él te conocía, o te conoce, mejor de lo que crees. Y en aquel momento creía que no era el más propicio para contártelo. Sabía de tu falta de creencia por "seres mitológicos", como nos llamaste el otro día – Rió – Aunque en su defensa diré que lo pasó realmente mal. No sabía cómo enfocarte el tema… y luego pasó lo de Nesy. – Arrugué el ceño, sin entender; ya que sabía que ese comentario llevaba algo más. – Bueno, es algo complicado… mucho. Son cosas de lobos. – Alcé las cejas, casi simpática – Pero Jake jamás dejó de quererte, lo de Nesy es algo… mitológico, pero él siempre vela por ti.

Ahí si me vi obligada a bajar la cabeza. Escuchar como ese chico de veinte años me estaba dando una lección de saber estar, de educación y de palabras sabias y coherentes, me estaba afectando. Cosa aparte era el tema que había comenzado a tocar.

Yo también era consciente de que Jake no había dejado de quererme. Sus gestos, sus palabras, su forma de obrar respecto a mí, eran señales inequívocas de que seguía sintiendo algo por mí.

Pero ya no era amor romántico, ni mucho menos. Era un cariño muy profundo y mutuo.

- Seth, por favor… no sigas… - Imploré. – Sé que estás haciendo esto con buena intención, y aunque no lo creas, entiendo lo que me estás explicando. Pero es superior a mi capacidad de razonar. – Le confesé mostrándome de lo más sincera. – No puedo entender que seáis hombres y de golpe y porrazo os convirtáis en lobos. – Abrí los ojos gesticulando, incrédula. – Es algo que mi cerebro no asimila.

Se volvió a hacer un silencio, y cuando volvimos a hablar cambiamos radicalmente de tema. Le conté que había estado visitando a mi madre y a mi hermano.

Información que sabía más que de sobra iba a llegar a oídos de Jake nada más aparcar en la Push.

- En serio nos alegramos de que hayas vuelto. Jacob andaba estos días de un humor de perros… - Cayó de golpe al darse cuenta de su propia broma. Ambos nos miramos, y al final, acabamos estallando en carcajadas.

- Muy buena, Seth… y muy acertada – Respondí cuando la risa me dio tregua para poder hablar.

Debía reconocer, pese a que me jorobaba, que el viaje con Seth había estado bien, divertido. Como antaño. Y que el último rato en coche no me había acordado en ningún momento que él no era un simple chico, si no un licántropo.

Entré en casa más despreocupada, las risas con Seth me habían ayudado a mitigar los nervios, pero la sensación de diversión duró más bien poco, ya que nada más entrar por la puerta y pese a que había ventilado toda la casa, que había puesto varias lavadoras y que llevaba dos semanas fuera, el olor de Edward seguía impregnado en aquellas paredes.

Olor que me golpeó en el olfato nada más poner un pie dentro de casa, haciéndome hasta retroceder por la impresión.

Era igual que si hubiese estado él allí durante mi ausencia… Esa idea, hizo que una bombillita se iluminara dentro de mi cabeza.

- ¡Por supuesto que ha estado aquí! – Exclamé en voz alta.

Eso me hizo tener dos reacciones:

Una mala, porque me sentí ultrajada, invadida y agobiada.

Otra buena, porque hizo sentirme halagada.

Cerré la puerta e intenté mantener mi genio controlado. Porque la tentación de coger mi móvil y mandar un mensaje a cierto vampiro entrometido me tentaba en demasía.

Pero usé mi cabecita y sabía que él estaría esperando a que yo hiciera eso, y así darle la confirmación de que había llegado a Forks.

Bueno… Eso si no lo sabe ya

No estaba segura del alcance de sus "dones" de vampiro, en ese momento me di de cabezazos mentalmente por no haber escuchado más el día del descubrimiento cuando toda la familia intentaba exponerse, y aunque no sabía explicar cómo, tenía la sospecha de que ellos estaban al tanto de mis movimientos.

Aunque había venido entretenida con Seth en el coche, desde que habíamos traspasado el cartel de:

"Bienvenidos a Forks"

Una sensación extraña de sentirme observada no me había abandonado mientras cruzábamos el pueblo.

Me distraje poniendo la ropa del viaje a lavar, saqué comida del congelador para la cena y para el día siguiente, me di una ducha relajante con chorritos y me acicalé con cremas y demás potingues.

Encendí la chimenea para que calentara el salón, ya que la casa estaba algo fría, encendí el ordenador… No sabía qué hacer para mantenerme entretenida y ocupada.

La chimenea…

El cesto de la leña estaba lleno de troncos y ramas, y yo no había recogido leña desde hacía mucho tiempo. Siempre era Edward el que iba al bosque a por ella. Y recordaba perfectamente que cuando me fui a Jacksonville el cesto estaba prácticamente vacío.

Estaba segura porque la noche antes de mi viaje, tuve que encender la calefacción porque no había suficiente leña para la chimenea y no me apeteció salir a recoger más por si Edward o Jacob seguían rondando por allí.

Lo sabía… Sabía que había estado en casa.

Entonces, una sensación extraña me recorrió la columna vertebral, y sin saber muy bien porque, me dirigí enloquecida hacía mi dormitorio.

Ya había entrado en él y no me había llamado la atención nada en concreto, pero tenía la sensación de que se me pasaba algo por alto.

En cuanto atravesé la puerta… ¡Bingo! Encima de la cama había una rosa roja de tallo largo; mis favoritas.

Pero lo extraño es que tenía la sensación de que la flor, cuando salí de la ducha y me puse el pijama, no estaba allí.

Me quedé con el ceño fruncido intentando recordar, pensando… Cuando de pronto, una brisa me rozó el pelo.

Giré la mirada y la ventana del dormitorio estaba abierta. Y recordaba perfectamente que la había cerrado, ya que cuando llegué abrí las ventanas, pero después de salir de la ducha las cerré porque comenzaba a entrar frío.

Entonces caí en la cuenta de que Edward entraba y salía a su antojo de mi casa sin darme ni la más mínima cuenta. Ya que cuando él deposito la rosa en la cama, fue después de vestirme y bajar al salón. Vamos, estando yo dentro de la casa.

No tenía miedo, ni mucho menos, pero quitando ese sentimiento, no sabía cómo sentirme al respecto.

Enfadada, era el primero de ellos, pero había muchos más detrás de ese:

Agobio, angustia, impotencia, fastidio… Y tras todos esos… Halago.

Debía de reconocer que aunque me molestaba, y mucho, en el fondo una sensación de vanidad me llenaba por completo.

Cerré la ventana mientras meneaba la cabeza fastidiada. Tenía que idear algo que pudiera detenerlo… que la próxima vez que quisiera entrar, no pudiese; o por lo menos, que le costara.

Con esa idea bajé de nuevo al salón a encender la chimenea, que con motivo del descubrimiento había dejado todo allí tirado: la leña, el cesto, el encendedor… Mientras bajaba las escaleras ya me estaba dando pereza el ponerme manos a la obra, ya que había veces que tardaba en encender y me hacía perder la paciencia…

Esa, era otra de las tareas de las que se encargaba Edward…

Suspiré, melancólica.

Al llegar al pie de la chimenea, lo que vi me hizo casi hasta infartar.

Estaba encendida.

Mis ojos, abiertos como platos, se giraron instintivamente hacía la ventana: Abierta.

- ¡Maldita sea… Edward! – Bramé enloquecida. – Deja de hacer estas bobadas, no seas infantil. – Le grité a la ventana.

La cerré con un fuerte golpe que hizo vibrar todos los cristales.

Esto se estaba pasando ya como broma; estaba empezando a molestarme muy enserio. Aunque lo que más me molestaba es que realmente no tenía pruebas de que fuera él, ya que no lo veía, pero siendo completamente sincera, la sensación interior de halago e incluso divertida, pero solo un poquito, era lo que más me incordiaba.

Me dirigí, como si estuviese poseída, hacía todas las ventanas de la casa, bajé las persianas y me aseguré de que los pasadores estuvieran echados.

No sabía muy bien si eso serviría para frenarlo si quisiera entrar, pero a mí me daba sensación de tranquilidad y seguridad.

Y sobre todo, de que si volvía a entrar, no le resultaría tan sumamente fácil como antes.

Este "juego" me mantuvo entretenida y cuando me quise dar cuenta se me había hecho tarde para cenar. Así que me apuré y una vez lista, me planté delante del ordenador y me puse con mi juego; con el que me había recomendado Alice.

Desde que Edward se había mudado, a penas lo había tocado; por lo que aproveche a jugar hasta que me dolieron los ojos. O sea, hasta bien entrada la madrugada.

Cuando me eché en la cama, estaba realmente agotada.

Yo que había creído que iba a tener que hacer uso de las pastillitas milagrosas del sueño… Al final, gracias al juego de Edward y el del Pc de Alice, no me hicieron falta, ya que una vez toqué el colchón, caí drogui.

A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador creí morir; literalmente. Me dolían hasta los ojos. Tener que levantarte a las 6:30 y acostarse a las 2… No es buena sintonía.

Intenté arreglarme un poco para estar presentable mi primer día después de la baja; tampoco era cuestión de llegar de cualquier manera, y menos, con las ojeras que se me habían puesto debajo de los ojos.

Bonito día para trasnochar, Isabella Pensé fastidiada.

Y… ¿para qué engañarnos? Quería estar presentable para él… Pero eso fue una ligera idea que cruzó mi mente cuando acabé de maquillarme y vi que el resultado no era del todo malo.

Idea que descarté rápidamente antes de que llegara a afectarme y se me acumularan más nervios aun en el estómago.

Cuando me metí en el coche… ¡Sorpresa! En mi asiento, había una taza de café para llevar. Del que Edward siempre me hacía para ir tomándomelo mientras íbamos hacía el trabajo.

Lo cogí y lo primero que hice fue darme la vuelta y mirar en todas las direcciones, pero nada. No había rastro de él.

Mi primera intención fue ir y tirarlo al contenedor que tenía enfrente de casa, incluso llegué a dar un paso en esa dirección, pero en el último minuto lo volví a pensar y caí en la conclusión de que esa, seguramente sería la reacción que él esperaría por mi parte.

Le di un sorbo y me regocijé del sabor en mi paladar. Exageré el gesto, porque suponía que Edward no andaría lejos para ver mi reacción al encontrarme con su regalo.

- Ummm… ¡Qué rico! – dije en voz alta mientras me montaba en mi coche.

Arranqué tan normal y aguanté el tipo mientras me alejaba. Cuando llevaba recorridos unos metros prudenciales, solté todo el aire que llevaba retenido en mis pulmones, y apreté los ojos para enjugarme las lágrimas que amenazaban con caerme.

Y por segunda vez, el trayecto hasta el hospital se me hizo eterno. Largo, pesado, y cargado de ansiedad.

Llegué y mi plaza de aparcamiento estaba libre. Como era de esperar; pero estaba tan sumamente nerviosa, que dudaba de cualquier cosa.

Nada más entrar, los compañeros de urgencias del turno de noche vinieron a saludarme e interesarse por mi salud.

- ¿Qué tal Bella? ¿Estás mejor?

- Se te ha echado de menos estos días.

- Si, hay poca caña últimamente, ¡jajaja!

- ¡Bienvenida!

Respondí a todos, y nos besamos afectuosamente; como si hiciese meses que no nos viésemos.

En Forks todo era así, en un plano familiar, afectuoso y cálido.

Me fui directa a la sala de enfermeras a cambiarme, para pasar por la cafetería de los empleados a tomarme el segundo café de la mañana.

Una vez allí, me fui encontrando con mis compañeros de turno, y con el grupo del que era responsable.

- ¡Hola! ¡Qué bien que hayas vuelto!

- Sí, el Dr. Cullen nos comentó ayer que te incorporabas hoy… Menos mal, porque esto estaba convirtiéndose en un caos.

- Sí, ya puedes venir con las pilas cargadas, porque hay unos cuantos casos de esos que te gustan a ti, de embrollos y papeleos.

- Estamos contentísimos con tu vuelta, Bella.

Todo eran palabras de afecto, de bienvenida, de acogida… Y eso me hacía sentirme bien. Integrada. Que estaba donde debía estar. Estaba en casa.

¿Realmente estaba dispuesta a desprenderme de esto, porque no sería capaz a mantener las apariencias con los Cullen? ¿Por el simple hecho de que no acepto lo que ellos son?

Esas preguntas comenzaron a remover, otra vez, los nervios en mi estómago