Capítulo 11

- De modo que es cierto.

Shaoran caminaba de un lado a otro, sobre la alfombra oriental del salón Chino, en casa del duque Sheffield, una residencia palaciega en Hanover Square que ocupaba casi en su totalidad un lado de la plaza. La estancia era también espaciosa, con techos pintados en negro y dorado, mullidos sofás tapizados con ricas sedas orientales, muebles de laca negra y jarrones de cinabrio profusamente tallados.

Rafe se encogió de hombros, y al hacerlo se movió la tela de su casaca azul marino.

- No podemos tener la certeza absoluta, pero madame Fontaneau suele ser una fuente de información muy fiable en estos casos.

- Ella dice que, cuando se trata de asuntos carnales – añadió Shaoran -, los apetitos de Harwood lo incluyen todo, desde muchachas a jovencitos, pasando por todas las gamas intermedias. Además se sabe que tiene algo de sádico. Y ése es el hombre que ejerce el control sobre Sakura y Tomoyo.

Rafe bebió un sorbo al coñac.

- ¿ qué piensas hacer?

Shaoran se mesó el cabello, alisándose unos mechones oscuros.

- Lo que mi honor me obliga a hacer desde que estuve con ella en el camarote de la goleta. Yo me llevé su inocencia. Sakura es hija de aristócrata. Así que tendré que casarme con ella.

Rafe lo observó por encima del borde de la copa.

- No creo que ella espere tal cosa. Tengo la impresión de que se trata de una joven bastante independiente.

- Tal vez sea el matrimonio lo que esperaba de mí. Quizás por ese motivo propició mis atenciones, para escapar del control de su padrastro. Una vez casada conmigo, habrá logrado el fin que se proponía.

- Pero ¿Y su hermana? Me has hablado en alguna ocasión de lo mucho que la protege. ¿Crees de verdad que planeó casarse contigo y dejar a Tomoyo a merced de un depredador como Harwood?

Lo cierto era que no.

- No, no creo que hiciera nada que perjudicara a su hermana.

- Suspiró mientras levantaba su copa y se dirigió al aparador-. Me parece que tomaré otra.

- Sí, creo que te la has ganado.

Shaoran quitó el tapón del escanciador de cristal y se sirvió un generoso chorro de coñac.

- Ya he ido a ver al magistrado y me ha dicho que estoy atado de pies y manos. Harwood es su tutor legal y yo no puedo hacer nada.

- Excepto proponerle matrimonio.

Shaoran bebió un sorbo del coñac.

- Exacto. Esperaba ampliar el patrimonio familiar. Últimamente había empezado a considerar la conveniencia de un enlace con Constance Fairchild.

- La pequeña Fairchild es una niña recién salida de la escuela. Te aburrirías muy pronto de ella.

- Hay modos de entretenerse más allá del hogar. – Miró por la ventana -. No puedo creer que vuelva a fallarle a mi padre. El pobre debe estar revolviéndose en su tumba.

Rafe se limitó a sonreír.

- Por lo que he visto, creo que tu padre alabaría tu decisión. Shaoran se encogió de hombros.

- Sakura no aportaría ni un penique. Carece de tierras y de herencia. – Soltó una carcajada -. Por los clavos de Cristo, jamás pensé que acabaría casándome con mi ama de llaves.

Rafe ahogó una risita.

- En realidad no lo es, amigo mío. – Plantó su manaza en el hombro de Shaoran-. A mí me parece que puede venirte muy bien. Tenga dinero o no lo tenga, tu vida con ella nunca será aburrida.

Shaoran no respondió. Sakura le había mentido, le había engañado y había dado al traste con sus futuros planes de futuro. Él tenía la esperanza de pagar a su padre la deuda que había contraído con él. Se lo había prometido, y ahora volvería a faltar a su palabra.

Estaba condenado al fracaso.

Una vez más.


La puerta de la alcoba se abrió con un crujido.

-¿Saku?- Vestida con camisón y una bata acolchada, Tomoyo entró con sigilo en el dormitorio de su hermana. El quinqué que descansaba en la mesilla de noche proyectaba su delgada sombra en la pared. Las arrugas que surcaban la frente de la joven denotaban preocupación-. ¿Estás bien?

Habían partido de Londres por la noche y habían llegado a Harwood Hall a última hora de la tarde del día siguiente. Después de cenar, el barón había exigido a Sakura que acudiera a su gabinete, donde la había castigado brutalmente por el robo del precioso collar de perlas y por todos los problemas que le había ocasionado.

Sakura se incorporó en la cama y esbozó una mueca de dolor.

-Estoy bien, y mañana estaré mejor aún.

Pero en la espalda le ardían las marcas rojas de los azotes que su padrastro le había propinado. Aquellos varazos no la habían sorprendido, pues los esperaba, y se enorgullecía de haberlos soportados sin un grito. No había intentado consentir que la doblegara.

- Te he traído un poco de ungüento. – Tomoyo cerró la puerta -. La cocinera dice que te borrará las marcas y te aliviará un poco el dolor.

Sakura se sentó más erguida, se desanudó el lazo del camisón y dejó los hombros al descubierto, mostrando las marcas. Al verlos, Tomoyo no pudo disimular la impresión. Se sentó en la cama, a su lado, y empezó a extender con delicadeza el bálsamo sobre las heridas.

- ¿Por qué siempre te azota a ti y no a mí?

Tomoyo seguía sin entender. No comprendía que era su belleza perfecta lo que le atraía de ella. Su padrastro no haría nada que la desluciese, al menos de momento.

- No te ha azotado porque sabe que no lo mereces. Fui yo quien me llevé el collar. Fui yo quien te convencí para que huyéramos.

- Tengo miedo, Saku.

También ella estaba asustada, aunque no por lo que pudiera sucederle.

- Tal vez… Tal vez el conde encuentre el modo de ayudarnos.

No dejaba de rezar para que así fuera, aunque en el fondo no creía que lo consiguiese.

El rostro de Tomoyo se iluminó.

- Sí, estoy segura de que lo hará – dijo con convicción, y su mente, como de costumbre, se evadió de la realidad inmediata hasta un lugar donde reinaba la luz y la esperanza, en el que no existía el dolor -. Lord Brant es un hombre de grandes recursos.

A la mente de Sakura regresó la imagen de Shaoran, fuerte, extraordinariamente apuesto. Luchó por apartar los recuerdos de los besos ávidos, la carne ardiente, el deseo feroz, la embriagadora pasión.

Forzó una sonrisa.

- Sí, lo es, y estoy segura de que se le ocurrirá algo.

Tal vez así fuera, pero ¿cuánto tiempo llevaría? ¿Cuánto tiempo tardaría Harwood en acosar a su hermana? Una vez finalizada la sesión de azotes, se había marchado de la casa, tras informar al mayordomo de que se ausentaba por negocios el resto de la semana.

Para cuando regresara… Dios, no se atrevía ni a pensarlo.

Tomoyo terminó de aplicar ungüento en los hombros.

- Gracias, cielo, ya me siento mucho mejor. – Se subió el camisón y se ató la cinta al cuello-. ¿Por qué no regresas a tu habitación y duermes un poco? Por el momento estamos a salvo, lord Harwood se ha ido.

Su hermana asintió. Había cambiado bastante desde su huida de Harwood Hall. Había perdido parte de su inocencia, y si el barón se salía con la suya, no tardaría en perderla toda.

Sakura oyó que la puerta se cerraba con suavidad y que Tomoyo se alejaba con sigilo. Allí, en la penumbra, se tendió de lado y empezó a contar las sombras que se proyectaban por la pared. Al otro lado de la ventana, las hojas de un gran sicomoro rozaban los cristales con chasquidos secos.

Cerró los ojos, pero no logró conciliar sueño.


- Disculpe señorita.

El mayordomo, un hombrecillo de unos setenta años que veía peligrar su empleo y trabajaba por menos dinero del estipulado, se acercaba a ella a toda prisa, y se detuvo al llegar junto al armario del vestíbulo donde se guardaba la ropa de cama, que en aquel momento la joven la revisaba. Aunque ya no era ama de llaves, sus obligaciones apenas habían cambiado.

- Tiene visita, señorita. El conde de Brant. Le he conducido al salón.

El corazón le dio un vuelco y empezó a latirle con fuerza. Shaoran estaba ahí. No había llegado a creer del todo que aparecería.

- Gracias, Paisley. El viaje desde Londres es largo. Pida a alguna doncella que disponga un cuarto de invitados para su uso.

Después de quitarse el delantal que protegía su vestido de muselina verde manzana, atravesó el vestíbulo en dirección al salón. Se detuvo junto a la puerta, se alisó los cabellos, lamentándose por llevar un peinado tan poco favorecedor. Ojalá sus manos dejaran de temblar alguna vez.

El conde estaba de espaldas a ella, frente a la chimenea, con las piernas algo separadas. Por un instante, ella se limitó a disfrutar de aquella visión, de sus anchos hombros, de su estrecha cintura, de su cabello castaño bien peinado.

Entonces se giró y, al momento, afloraron en ella todas las emociones que había luchado por sofocar. Los ojos le ardían, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no arrojarse en sus brazos.

- Milord – murmuró con voz dulce pero más firme de lo que creía, ocultando el torbellino que se había apoderado de su alma.

-¿Te encuentras bien? – le preguntó acercándose, con los ojos llenos de preocupación y de algo que ella no habría sabido describir.

Sakura tragó saliva. Todavía caminaba algo rígida y le dolían los azotes recibidos, aunque el barón se ocupaba siempre de su castigo no resultara visible.

- Estoy bien. Las dos estamos bien. Un día después de llegar, lord Harwood tuvo que ausentarse.

-¿Y cuándo regresará? – Sus ojos eran de un dorado más oscuro, ocultaban algún secreto que ella ignoraba.

- Debería estar de vuelta hoy mismo.

Shaoran asintió.

- Bien. Entretanto, tú y yo debemos conversar.

Ella se alisó el vestido y aspiró hondo.

-¿Quieres que pida té?

- Tal vez más tarde tome algo.

Se acercó a ella, con un gesto le indicó que tomaran asiento en el sofá de terciopelo verde. Lo hicieron, manteniendo una distancia prudencial.

Con todo, lord Brant no estaba para formalidades y fue directo al grano.

- En primer lugar, quiero decirte que he consultado con un magistrado. Por desgracia, me ha informado de que, respecto a tu custodia, no puede hacerse nada. – Sakura no pudo evitar un suspiro de decepción, y Shaoran le cogió la mano con gran ternura-. Eso no quiere decir que debamos rendirnos. Estoy contemplando diversas opciones. Encontraremos el modo de ayudar a Tomoyo.

Sakura deseaba mantener el optimismo, pero sentía una opresión en el pecho.

-¿Cómo?

- Todavía no estoy seguro, pero no he venido por eso.

Ella frunció el ceño.

- ¿Y por qué ha venido, entonces?

Shaoran le soltó la mano y se movió ligeramente en el sofá.

- He venido a pedirte.

- ¿A pedirme? – Su mente parecía no funcionar del todo-.

Supongo que comprendes que ya no puedo convertirme en tu amante. Ahora no.

Shaoran esbozó una tímida sonrisa.

- Mi propuesta no es indecente señorita Whiting. Vengo a pedirte en matrimonio.

Sakura se apoyó ligeramente en el cojín, algo mareada. El conde le proponía matrimonio. Por amor del cielo. Hasta entonces no se había percatado de lo mucho que había deseado ese momento.

Y entonces cayó en la cuenta: él le había robado la inocencia y ella era la hija de un barón. Es decir, estaba obligado a casarse con ella. La decepción se instaló en su corazón, aunque rogó que no se le notara.

- No se me escapa que dada las circunstancias, consideras un deber proponérmelo – repuso -. Te aseguro que yo jamás esperaba matrimonio cuando nosotros… cuando te acompañé a tu camarote. Los dos sabemos que no soy lo que buscas como esposa.

- Lo que yo busco ya no es importante. El destino ha intervenido y ya no nos queda otro remedio que casarnos.

Sakura negó con la cabeza.

- Tú planeabas casarte con una heredera. Incluso en el caso de que el barón se sintiera obligado a proporcionarme una dote, ésta sería escuálida en grado sumo, y en ningún caso lograrías aumentar con ella tus posesiones familiares.

-Sea como sea, nuestro futuro ya está escrito. He obtenido una licencia especial. Nos casaremos mañana.

Sakura no dio crédito a sus oídos. ¿Acaso creía que aceptaría la propuesta, sin más, a sabiendas de que él no la quería como esposa? Irguió los hombros y se puso de pie.

- No he respondido afirmativamente a tu proposición, y no he es mi intención hacerlo. Mi respuesta es no. No me casaré con un hombre que no me quiere.

Shaoran se levantó y se acercó a ella.

- Claro que te quiero. De eso estoy seguro, cariño, con la noche que pasaste en mi cama tuve suficiente para saberlo.

La atrajo hacía sí, inclinó la cabeza y la besó con pasión. Sakura intentó aparatase, pero él la abrazó con más fuerza. Le dolía la espalda, pero el deseo se apoderaba de ella por momentos y se olvidaba de las heridas. Sus defensas caían, cada vez estaba más cerca de entregarse a aquel beso.

Se acercó mucho a él, abandonándose a su cuerpo, y sintió una punzada de decepción cuando Shaoran la apartó de su lado. Al abrir los ojos, vio que en los del conde brillaba un destello de triunfo.

-Vamos a casarnos, así que será mejor que te acostumbres a la idea.

Sakura buscó las palabras, pero acabó negando con la cabeza.

- no pienso casarme contigo.

Los ojos de Shaoran se encendieron de ira.

- ¡Lo harás, maldita sea! – Volvió a agarrarla por lo hombros-. Escúchame bien Sakura. Tienes que salir de esta casa antes de que tu padrastro te haga más daño. Además… ¿has pensado que podrías estar esperando un hijo?

Sakura parpadeó. Jamás se le había pasado por la cabeza.

- Seguro que hay que hacerlo más de una vez para quedar en cinta.

El conde no pudo evitar una sonrisa.

- No sé si lo recuerdas, pero lo hicimos en más de una ocasión, y aunque no hubiera sido así, la posibilidad siempre existiría.

Ella pensó en aquellas palabras. Si las cosas fueran diferentes, le encantaría tener un hijo de Shaoran. Si él la amara, si no se sintiera obligado de casarse por un estúpido código de honor…

- No importa. No me casaré contigo. No creo estar en cinta, y hay otras cosas que debemos tomar en consideración.

-¿Cómo cuales?

Sakura alzó la vista al techo, pensando en las habitaciones de la planta superior.

- Mi hermana. Si… si deseas casarte con alguien, hazlo con Tomoyo. Es ella quien necesita tu ayuda.

El conde carraspeó.

No fue la inocencia de tu hermana la que arrebaté aquella noche en el barco. No era el cuerpecillo ardiente de tu hermana el que temblaba por mí, el que gemía por mí, el que susurraba por mí.

¡ Y no es con Tomoyo con quien quiero casarme, sino contigo!.

Sakura tragó saliva, pero no añadió nada. Estaba claro que Shaoran no iba aceptar un no por respuesta. Tanto deseaba casarse con él que el corazón le dolía. Pero, al mismo tiempo sabía que acababa de dar con la respuesta a la salvación de su hermana.

- Está bien, tú ganas – aceptó al fin-. Si estás seguro de que quieres eso, me casaré contigo.

La expresión del conde reflejó una emoción contenida. De no haberlo conocido antes, ella habría jurado que se trataba de un gesto de alivió.

- Hablaré con Harwood apenas regrese. Una vez solucionados los detalles, nos casaremos.

Sakura lo observó retirarse. En sus pasos había decisión y confianza de sí mismo. A la mente le vinieron las partidas de ajedrez que habían jugado. En el juego que ahora libraban, ella había hecho el primer movimiento cuando decidió yacer con él en aquel camarote. Hoy él había movido la ficha. Y ahora volvía tocarle a ella.

En todo juego, había ocasiones en que debían hacerse sacrificios, aunque ella habría preferido que aquel no doliera tanto.


En los últimos días, Shaoran se había mantenido muy ocupado. Tras su conversación con Rafe, había acudido a un segundo e infructuoso encuentro con el magistrado, y había vuelto a reunirse con Jonas McPhee, a quién ordenó que recabara cualquier información que pudiera usarse contra el barón, con la esperanza de liberar a Tomoyo de sus garras.

Había contratado al mejor abogado de Londres para que determinara de que manera podía beneficiarse su futura cuñada tras la boda. Había logrado una licencia especial para que el matrimonio se celebrara de inmediato, y le había comprado un regalo a Sakura. Un regalo muy especial.

Boda. Shaoran frunció el ceño al pensar en ella. Su intención había sido casarse con una heredera, y ahora iba a hacerlo con una joven humilde, su ama de llaves, para más señas. Una parte de él no podía evitar cierta sensación de enfado y frustración. Pero lo hecho, hecho estaba. Y no había modo de cambiarlo.

Por ello había regresado a Harwood Hall, pues aunque la idea le repugnaba debía reunirse con el barón. Suspiró al acercarse a la puerta del dormitorio que le habían asignado, mientras revivía mentalmente la conversación que habían mantenido aquella misma tarde.

Se habían reunido en el gabinete de Harwood. Shaoran había empezado por exponerle su intención de casarse con Sakura, lo que al parecer había sorprendido a barón.

- Cuando solicitó una entrevista, pensé que tal vez iba a pedirme en matrimonio a Tomoyo – admitió.

- Su hija menor es hermosa en extremo, como sabe bien, pero es muy joven y muy ingenua. Es la mayor la que ha atraído mi interés.

Harwood levanto una jarrita de porcelana que decoraba una de las mesas y la examinó con atención. Como en la anterior ocasión en que se había visto, llevaba una levita azul de raso que le quedaba algo grande, y una corbata negra arrugada. Era evidente de que, por mala que fuera la imagen que de él tuviera Shaoran, él se veía así mismo como un hombre elegante.

- No estoy seguro de que sea una buena idea. Sakura es joven y no está del todo preparada para convertirse en esposa.

Sus palabras traducidas, significaban: "Se encarga de la casa sin que deba pagarle por ello, y me gusta tenerla bajo mi control".

- Sí, bueno, ya tiene diecinueve años, y los dos sabemos que existen circunstancias especiales. Una mujer joven que ha vivido sin carabina en casa de un soltero… tarde o temprano los rumores acabaran por suscitarse. Si los chismosos se dedican a propagar sus habladurías, sin duda su reputación se echará a perder. Y tanto la suya como la mía también se verían perjudicadas. Nuestro matrimonio atajaría cualquier posible escándalo.

Harwood dejó la jarra sobre la mesa. Los dos hombres estaban en pie. Pues ninguno quería sentirse en desventaja.

- Debo meditarlo.

- Hágalo. Y mientras lo piensa, considere también que tiene otra hija. En mi condición de conde, y como cuñado de Tomoyo, la reputación de la joven también estaría a salvo.

Harwood se acariciaba la manga de la levita de raso.

- El asunto del collar sigue pendiente. Sakura debe permanecer conmigo hasta que repare el daño que me causó.

Shaoran sabía que el asunto sugería, y había ido con la respuesta preparada.

- Gustoso pagaré por el collar. Como esposo, sin duda asumiré todas sus deudas.

El rostro del barón se iluminó, como Shaoran esperaba. Durante la media hora que siguió, se dedicaron a discutir sobre su valor, y el conde acabó por ceder a ña suma que Harwood le proponía.

-El valor de una joya como ésa es incalculable – insistía el barón -. Y se trataba de una pieza irreparable.

No del todo, pensó Shaoran, que ya había dado con el collar y había conseguido comprarlo. Sakura le había hablado del prestamista de Dartfield que se lo había quedado por una suma irrisoria. Como en la localidad no había otros que se dedicaran a ese oficio, no le había resultado difícil dar con la joya. Tras pagar mucho más de lo que el prestamista había desembolsado por ella, logró recuperar el objeto de la discordia.

Como futuro esposo de Sakura, el honor le obligaba en enmendar el robo, y en un principio Shaoran pensó, sencillamente, en devolver el collar al barón. Pero al final, sin saber por qué, había decidido quedárselo.

Al ver la avaricia en los ojos oscuros Harwood, se alegró de haber tomado esa decisión. Aquella pieza tan antigua tan hermosa no merecía pertenecer a un hombre como él.

- Veo que está dispuesto a pagarme por el collar. ¿Acepta llevar llevarse a Sakura sin dote?

Shaoran tensó la mandíbula. Económicamente las cosas le habían ido bien en los últimos años, pero había prometido incrementar el patrimonio familiar, y le dolía el recordatorio de su fracaso.

- No se la pido.

Al fin, Harwood acepto aquel matrimonio casi de buen grado. Shaoran suponía que su alegría se debía más al hecho de que, una vez la muchacha se hubiera ido, se libraría del perro guardián que custodiaba a Tomoyo, y no tanto de la salvaguardia de la reputación de las hermanas.

Shaoran paseaba por su aposentos, bebiendo el coñac que le habían dejado sobre un velador, en una bandeja de plata, y el recuerdo de aquella conversación se difuminaba. El dormitorio que habían dispuesto para él era sorprendentemente agradable, aunque las cortinas verdes de damasco no se vieran precisamente nuevas y la colcha pareciera gastada. Aún así todo estaba limpio y abrillantado. Suponía que era obra de Sakura.

Retiró el cobertor y parte de las sábanas, que olía a limpio, y descubrió con sorpresa una pequeña nota, cuidadosamente doblada y lacrada, que reposaba sobre la almohada. Rompió el lacre y ante sus ojos apareció una letra femenina y pulcra.

Querido Shaoran:

Lamento mi reticencia de esta tarde. Estoy en deuda contigo por todo lo que éstas haciendo.

Y además está la atracción mutua que sentimos. Has dicho que me deseas,

y la verdad es que yo también te deseo. Ven esta noche a mi habitación,

que esta a dos puertas de la tuya, a la izquierda.

Te estaré esperando en mi cama.

Tuya

Sakura.

¡Dios del cielo! Por fin había aceptado casarse con él. Sabiendo lo testaruda que era, le sorprendía aquel cambio de actitud tan repentino, pero no cabía en sí de gozo. Además, por el modo en que le había devuelto el beso, sabía que el deseo que sentía por él no había mermado. Lo deseaba. Y él la deseaba a ella como jamás había deseado a nadie.

Estaba haciéndose tarde. Shaoran apagó la lámpara de su mesilla de noche y se aproximó a la puerta, pisando con sigilo la alfombra. Descalzó vestido sólo con su batín, miró a ambos lados para asegurarse que nadie le veía, antes de salir al pasillo. El corazón le latía con fuerza y su excitación le resultaba casi dolorosa.

En un momento se plantó frente al dormitorio de Sakura y abrió la puerta.


Y bueno, eso es todo por ahora.

Hola todos! Ahora va empezar un juego peligroso entre Shaoran y Sakura O.O

El padrastro es un avaro -.-

y Tomoyo siempre perdida en un mundo fantástico :) jaja

Espero sus comentarios y opiniones, realmente me hacen muy feliz leerlos.