CAPITULO 50. ACERCAMIENTOS


Chicassssssss... MIL PERDONES POR LA TARDANZA!

Pero he estado suuuuuper liada, y con el ordenador algo "pachucho" :-P

Aunque la buena noticia es que tengo un par de capis listos... Así que podréis seguir

el enfado de Bella, con una mayor continuidad.

Bueno... os dejo para que leais, que este capi viene con sorpresita.

Besosssssssssssss!

Estaba desayunando, o sea tomando un café con leche, leyendo el periódico cuando una sensación rara me recorrió la nuca. Alguno de los Cullen estaba cerca.

Alcé la cara y me encontré con Alice.

- ¿Puedo sentarme? – Pidió suavemente. Asentí. – Hacía días que no coincidíamos – Sonrió tímidamente – Yo… quería comentarte… - Titubeaba.

- Venga Alice, tú nunca has destacado por darle vueltas a las cosas. Suéltalo. – La anime con una leve sonrisa en la cara.

- Todos estamos muy preocupados por ti; por tu delgadez.

- Sí, he perdido algo de peso, pero bueno, aun sigo bastante disgustada – Le dije haciendo un mohín con la cara. Ella frunció el ceño y asintió.

- Solo quiero decirte, que como no hemos tenido ocasión de explicarte detalladamente nuestra naturaleza, - soltó con cierta sorna – nuestros ojos ven más allá de una capa de maquillaje o un buen antiojeras. – Abrí los ojos como platos y noté como el color inundaba mis mejillas. – Cuídate Bella, acabarás enfermando, en serio.

Acto seguido se levantó de la silla a mi lado y se fue. No me molestó con una charla larga y transcendental. Fue directa, como siempre había sido.

Según llegué a mi puesto después de la visita de Alice, un hombre entraba con un chico en brazos por las puertas de urgencias, completamente bañado en sangre.

- ¡Ayuda, por favor... Ayuda! – Gritaba desesperado – Le ha atacado un oso... Está perdiendo mucha sangre. Por favor... Mi hijo se muere... – Gritaba de forma desgarradora.

Carlisle y yo nos dirigimos una mirada de entendimiento. Dejando a un lado nuestras diferencias, la conexión como equipo, como compañeros, volvió. Ambos, trabajando juntos éramos los mejores.

Solo nos basto aguantarnos la mirada un par de segundos para reaccionar. Cada uno sabía a la perfección lo que debía hacer.

Carlisle corrió a socorrerlo de inmediato y yo lo acompañé empezando a dar las órdenes precisas en esos casos a nuestro equipo que se había congregado allí rápidamente al escuchar la llamada de auxilio.

El oso le había ocasionado unas heridas tremendas al chico; pero la mortalmente peligrosa era una que le había rasgado una de las arterias principales, que era por donde perdía de forma alarmante gran cantidad de sangre.

- Al perder a sangre - gimiendo alarmados por Carlisle - ponemos Tanta lectura, por lo que pierde ...

- Hay que llevarlo a quirófano y coser esa arteria, aparte, claro está, de suturar el resto de heridas.

Sin parar, y a contrarreloj como marcan estos casos, nos metimos en quirófano para intentar salvarle la vida al pobre muchacho.

Después de más de una hora en el box de urgencias, y casi tres de quirófano, al fin conseguimos cortarle la hemorragia, pero una vez allí nos encontramos con lesiones en órganos que hacían de su recuperación un caso milagroso.

La vida de ese chico estaba ahora en manos de Dios, ya que medicamente era imposible hacer más por él.

- Bella, ¿me acompañas a hablar con el padre? – Me cedió Carlisle.

- No, si no te importa ir tu solo... – Me miró con preocupación, ya que por norma, solía acompañarlo a hablar con los familiares. – No me encuentro demasiado bien, la verdad.

- Por supuesto... No te preocupes – Dicho lo cual se giró para acabar de asearse antes de salir a la sala de espera.

Yo hice lo mismo; me asee, me quité la bata completamente bañada en sangre y una vez adecentada salí de la sala de limpieza.

Tuve que sostenerme contra la pared ya que me encontraba muy mareada. La dejadez de salud de estas semanas me estaba pasando factura ahora de golpe y porrazo.

Fui arrastrándome pegada a la pared cual reptil, hasta que el cuerpo entro en colapso y no pude avanzar más, ya que las piernas no daban más de sí.

Justo cuando me dejé caer, apoyando la espalda en la pared, unos brazos fuertes se alzaron antes de que llegar a tocar el suelo.

- ¡Por Dios bendito, Bella! – Los ojos me pesaban tremendamente y no era capaz de abrirlos, pero el oído si que me seguía funcionando, por lo que pude reconocer rápidamente esa voz: Alice.

La escuche murmurar algo muy rápido, para a continuación sentir sus frías manos sobre mi cara.

- Estás helada... Y pálida. ¿Qué te estás haciendo mi niña? – Me murmuraba dulcemente.

- ¿Cómo puedes saber que estoy helada? Tú tienes las manos aun más frías que mi cara... – Le contesté protestando.

- Lo sé porque siempre estabas cálida y sonrojada... Y ahora pareces un cadáver. – Me devolvió con el mismo tono molesto.

- Tou ché - murmure.

Me metió en una sala de curas y me tumbó en la camilla.

- Bella... – Era Jasper – Voy a ponerte un suero glucosado, para que te suba el azúcar en sangre – Me iba explicando mientras me preparaba el brazo. – Notarás un leve pinchazo, pero en unos minutos comenzaras a encontrarte mejor. – Su dulce voz me calmaba; bueno, eso y seguramente su extraño don, el cual estaría aplicando sobre mí.

Efectivamente, al cabo de unos minutos noté como el control sobre mi cuerpo volvía a mí.

- Bella, has de cuidarte más... ¿Has visto lo delgada y pálida que estás? – Me preguntó Jasper. – Seguro que llevas días sin meter nada en el estómago. – Me limité a no contestar.

- Sí Edward te ve así, se volverá loco... – No la dejé acabar.

- ¿Es la frase del día? ¿Y qué si me ve así...? – No pude acabar la pregunta, ya que el susodicho entró como un vendaval en la sala.

Se me quedó mirando atónito, con los ojos abiertos como platos. Su mirada, en un principio enfadada, se dulcificó en cuanto nuestros ojos se encontraron.

- Bella... – Susurró – Pero... mi vida, por Dios... – El lamento y preocupación en su voz me desgarraban el alma sin piedad, por lo que giré la cabeza hacía el lado contrario. – Da igual que te gires... Puedo verte, créeme cuando te digo que te veo con bastante más claridad de la que tú misma te ves.

- Pues lo tienes bien fácil... No me mires. – Le solté déspota.

- Lo siento, pero eso me es imposible. – Respondió.

- Solo con verte, se ve a una legua que estás pasándolo horriblemente mal... Cielo, esto es mucho más fácil de lo que crees – Intervino Alice. – Si tan solo nos dieras la oportunidad de explicarnos... – La corté.

- ¿Por qué debería daros esa oportunidad? ¿Me distéis a mí la oportunidad de elegir en un principio si quería relacionarme con vosotros? ¿Si podría aceptaros? No... – Alargué la negativa, exagerándola – Me lo dijisteis cuando ya se me haría imposible sacaros de mi vida, cuando llevaba más de dos meses conviviendo con Edward... Y realmente no me lo dijisteis, sino que la casualidad hizo que os viera... Comiendo – Dije con repugnancia. Los tres agacharon la cabeza.

- Si, estás diciendo verdades como puños, y no te lo discutimos. Pero ponte por un segundo en nuestro lugar... ¿Cómo querías que te dijéramos algo así? Sobre todo cuando ya habías dejado claro varias veces que tú no creías en nada de esto. Que eran cuentos de terror para niños, guiones de películas para asustar a las chicas en los cines... – Fruncí el ceño dolida, Edward estaba usando las mismas palabras que yo había usado hacía tiempo– Sé que es difícil de asimilar, pero para lo tanto que dices que nos querías, nos estas dando de lado sin miramientos.

- En eso Edward tiene toda la razón. Cuando se quiere a alguien, al nivel que tu presumías de querernos, se le da un voto de confianza; por lo menos lo justo para poder explicarse... y tú no nos lo has dado. – Apoyó Alice a su hermano.

- Pero lo peor de todo es que sé que sigues queriéndonos, pero lo que no quieres es dar el brazo a torcer... Estás siendo muy necia. Nos adoras, como nosotros a ti. Me sigues amando al igual que yo a ti. Por eso estás así. No comes, no duermes; solo lloras, gimes y gritas... Y al final acabas exhausta y eso es lo que te hace poder dormir. – Relató Edward. Sus palabras eran tan reales como que estaba echada en aquella camilla. Pero lo que más me encolerizó no fue simplemente que tuviese más razón que un santo, sino el hecho de que había estado espiándome.

- Lo sabía; sabía que merodeabas por mi casa en la noche. – Lo acusé sentándome en la camilla – Te sentía, te notaba cerca... Era una sensación extraña y pensé que eran paranoias mías, pero no. Me vigilabas. – Alcé la mano acusatoriamente. – Que entraras dejándome cosas repartidas por la casa, valía porque dejabas la ventana como muestra de tu presencia… Pero estaba convencida de que por la noche entrabas mientras dormía.

- No te vigilaba, te cuidaba; velaba tu escaso sueño. – Se defendió. – Si supieras los esfuerzos que he tenido que hacer por no abrazarte, aunque fuera por la fuerza... No te haces ni la menor idea – Cerró los ojos apretándolos fuertemente, en un gesto desgarrador. – Te veía, aquí y en casa, pero creí que comías y que lo poco que dormías te servía… Siempre estabas activa. Pero porque el trabajo era relajado. En el momento en que tuviste que realizar un esfuerzo como el de hoy… las pocas fuerzas que tenías, desaparecieron.

Volví a girar la cara la cual se descompuso en un gesto muy parecido al de Edward. Sabía que en el fondo tenía razón.

Cuando se quiere a alguien se le da el beneficio de la duda... pero su engaño se pasaba de cualquier límite tolerable.

- Bella cariño... – Susurró.

De pronto, noté su fría y a la par, cálida mano acariciándome suavemente la cara. Cerré los ojos y por un instante lo disfruté. Añoraba tanto su contacto...

Abrí los ojos sobresaltada, girando la cara para apartar su mano de mi mejilla.

- No me toques... – Gemí – No vuelvas a hacerlo... – Respiraba entrecortadamente. Edward quitó la mano, pero se acercó sutilmente a mí. – No... No...

- Bella, por favor... mi vida... – Suplicaba.

Con las lágrimas pugnando en mis ojos por salir, el pulso descontrolado y la respiración errática, tuve un arrebato de genio enloquecido y de un manotazo me quité la vía, y de un brinco salté de la camilla.

De mi brazo comenzó a brotar sangre que me arrollaba empapándome el pijama sanitario.

- ¡Bella! – Gritaron los tres al unísono.

No gritaron no solo por haberme quitado el vial, que también, sino porque al bajar de la camilla un mareo inoportuno me hizo desequilibrarme cayendo en picado hacía el suelo.

Por suerte sus reflejos eran milagrosos, y milagroso fue el hecho de que no acabara de morros contra el suelo.

Edward me atrapo entre sus brazos, evitando mi caída. Y la conclusión del suceso fue que acabamos completamente abrazados, contemplándonos ensimismados.

Él devoraba mi boca y yo la suya con los ojos, el momento era el idóneo y lo deseaba; ansiaba sus labios sobre los míos. Los necesitaba como el respirar... Pero no. Si cedía ahora, no tendría argumentos con los que seguir defendiendo mi postura de aléjalos de mi. Además, no sabía cómo podría sentirme al besarnos.

- No... No puedo... – Susurré bajando la mirada al suelo.

En el paseo de mis ojos hacía el suelo, vi algo que me dejó completamente trastocada:

Edward estaba cortándome la hemorragia con su propia mano. Alcé mi mirada desorbitada hacía su cara, a sus ojos, y de ellos salía preocupación, bondad y amor. Sobre todo, amor.

- Bella… - Me llamó con cariño y cierto toque temeroso. – No quiero que esto te impresione. – Me miró tanteándome para continuar; yo ni pestañee. – Si no supieras nuestro secreto, no te habría causado ningún tipo de impacto esta escena.

- Pero lo sé – Susurré muy bajito – Y eso lo cambia todo. Absolutamente todo. – Dije deshaciendo el lio de brazos que habíamos hecho debido a mi caída.

Me levanté, pero Edward siguió con la mano apoyada en mi vena, evitando así que siguiera desbordándome sangre del brazo.

Jasper llegó con un kit de curas, y entre él y Edward detuvieron la hemorragia haciéndome un torniquete.

- ¿Y en que lo cambia? – Me preguntó una vez atendido mi brazo. – ¿Cambia tus sentimientos hacía mí… Hacía alguno de nosotros? La respuesta es no. Te repito que no te haces ni una idea de la claridad con la que yo, nosotros, vemos. Y es más que obvio, cuando dejas caer esa fachada absurda, que sigues mirándonos con devoción.

- Sí, pero eso no es suficiente… Ya no solo es el hecho de que me mantuvierais engañada todos estos meses, si no el hecho de lo que sois. – Inhalé aire – Ya he dicho en repetidas ocasiones que jamás he creído en cuentos de miedo… - Meneé la cabeza – No creo que por mucho que os quiera, pueda superar esto.

- Pero… has sangrado ahora mismo, y has visto que no ha pasado nada… - Intervino Jasper con la voz agitada – Incluso Edward ha puesto su propia mano, sintiendo como tu sangre le tocaba la piel… Oliéndola, teniéndola en su tacto. – Miró hacía su hermano con una sonrisa orgullosa – Te llama la atención porque tienes el roll típico de los vampiros, pero nosotros no somos como el estereotipo que el cine vende.

Alice le puso a su esposo una mano en el pecho, a lo que él calló, adelantándose un paso hacia mí.

- Bella… Te echo de menos… - Me miró con ojos tristes – Todos te echamos de menos. Nuestra vida no es la misma sin ti. – Parecía que fuese a echarse a llorar; pero no podía… Y eso me enfurecía, me hacía arder de rabia por dentro.

¿Por qué no podían ser humanos normales, como yo? ¿Por qué nada podía ser como antes?

Una lágrima traicionera se escapo rodando por mi mejilla, haciéndome jadear.

- Yo también os echo de menos… Y por supuesto que mi vida no es la misma sin vosotros… pero, de verdad. No puedo. – Apreté los ojos con fuerza – Es superior a mí. –Agaché la cabeza, notando como la tristeza me consumía. – Lo siento… muchísimo. Me voy, no puedo más.

Al pasar al lado de Edward lo miré, desbordando tristeza por los ojos.

- Dile a tu padre lo que ha pasado, y que tengo que irme. De verdad que no puedo más… - Susurré.

Edward me agarró por un brazo obligándome a girar otra vez en su dirección.

- Debes conocerme muy poco para pensar que te voy a dejar coger el coche en tu estado. – Lo miré frunciendo el ceño. – Estás pálida, sudorosa y temblando como una hoja. En cualquier momento volverás a desplomarte. – Me miró con una dulzura infinita – Te llevaré en coche a tu casa. Estate tranquila, te dejo allí y luego ya me vuelvo. – Sonrió con un deje travieso en la cara.

- No tengo ni fuerzas para protestar… - Su sonrisa se hizo más notoria. – Pero dejarme en casa y te vas… ¿ok? - Lo miré alzando una ceja. Él respondió a mi gesto levantando las manos.

- No te preocupes por tu coche… Alguno de nosotros te lo dejaremos en la puerta de tu casa – Me informó Alice. – Y si mañana no puedes venir, sabes que no hay ningún problema – Me sonrió cómplice.

En cuanto entré en el coche de Edward, una oleada de recuerdos me inundó la mente. Solo con respirar la fragancia que emanaba del coche, era una sensación desgarradora y maravillosa en compartida medida.

Fuimos todo el camino en silencio. Edward puso el climatizador para que estuviera fresca y una suave melodía en el reproductor.

Su semblante era sereno. Estaba cómodo, o por lo menos eso reflejaba su rostro.

La mitad del camino lo hicimos en silencio. No era del todo incómodo; Edward tenía el semblante sereno, pero estaba segura de que no era así. Por mucho que fingiera, lo conocía, y por dentro debía estar nerviosísimo; al igual que yo.

- Bella… Habla – inició conversación – Llevas desde que salimos revolviéndote en el asiento; estás poniéndome nervioso.

- Pues quién lo diría – Protesté – Tu semblante parece tranquilo.

No como yo Pensé mordaz conmigo misma.

- Por dentro estoy hecho un matojo de nervios, créeme… pero estoy tan feliz de verte ahí sentada otra vez. A mí lado… - Detuvo sus palabras con un suspiro. Y yo me sonreí a mi misma por dentro; eso me daba la confirmación de que realmente sí lo conocía.

- Por favor Edward… No me lo pongas más difícil. – Le supliqué. Él volvió a suspirar.

- No entiendo a qué te refieres, Bella… - Preguntó con tono molesto. – Te pido disculpas una y mil veces por haberte tenido engañada durante estos meses – Suspiró – Pero siento recordarte que te has relacionado con nosotros sin problemas; jamás ha pasado nada, ni el más mínimo percance – Iba a contestar, pero no me dio opción – Sí, sé que me vas a decir que notabas actitudes extrañas, aunque no llegases a relacionar nuestra enemistad con la tribu Quilletue con nuestra naturaleza. Pero… - Edward se giró hacia mí, y yo recule un poco hacía atrás; acabábamos de llegar a mi casa – Tu y yo nos hemos acostado, hemos compartido momentos de intimidad tan al extremo, que me parece imposible que ahora me tengas semejante repulsa. No puede ser posible. – Ante sus palabras, no pude más que cerrar los ojos y tragar saliva. No tenía argumento medianamente válido para contrarrestar sus palabras.

- Edward yo… - Lo dicho, no sabía qué decir. Me había dejado literalmente sin palabras.

- O es que todo lo que decías y sentías mientras hacíamos el amor… ¿Era mentira? – Me miró con el ceño repleto de arruguitas y los ojos cargados de dolor.

Agaché la cabeza y negué levemente. Me estaba sintiendo hundida, pequeña, acorralada… y muy mal conmigo misma.

Realmente no se puede dejar de amar a alguien, desde el nivel en que amaba yo a Edward, de un día para otro. No se puede echar a alguien así de tu vida, de tu lado…

- No Edward… No mentía, y lo sabes perfectamente – Levanté la cara hasta que nuestros ojos se encontraron. – Y siéndote sincera, aunque sigo tremendamente dolida y decepcionada porque me hayáis mentido… El enfado va poco a poco desapareciendo –Le sonreí tímidamente. – Pero no puedo cerrar los ojos y olvidarme de lo que sois. – Ahora fueron sus ojos los que se cerraron con fuerza. – Lo siento… No diferencio a nadie por raza, religión, nivel social… ¡Por nada! Pero… ¿Dónde os ubico a vosotros?

- Quitando los primeros años en mi nueva vida, hasta que me hice a mi naturaleza, he pasado casi 8 décadas sintiéndome cómodo y a gusto con mi condición… Hasta ahora. En este momento, daría todo lo que poseo por poder ser humano como tú y darte esa parte humana que tanto anhelas en mí. En este preciso momento aborrezco ser lo que soy. – Giró la cara hacía la ventanilla, pasándose la mano por el pelo, atormentado. Y otra vez, en menos de dos minutos, había vuelto a dejarme sin palabras.

- Edward… Yo no quiero eso, no quiero que te aborrezcas. Pero aunque ahora hiciese la vista gorda, me conozco. Sé que ante la más mínima situación yo me pondría en alerta; a la defensiva, y pensaría cosas tales como… "Claro, es que son vampiros… Si fueran humanos… No puedo tener ninguna clase de privacidad con ellos…" Y sé que llegaría a agobiarme. – Esperé unos segundos pero Edward seguía sin girarse. – Al final nuestra relación acabaría saliendo dañada. Seguro. – Suspiré. Parecía que estuviese hablando sola.

Lo miré, me mordí el labio, estiré los dedos de mi mano, volvía morderme el labio, cogí aire y al final, temerosa, alargué mi mano hasta tocar su brazo; el cual tenía doblado descansando la mano en su regazo.

- Te ha costado decidirte, ¿eh? – Se giró y me miró con una liviana sonrisa torcida, pero sus ojos estaban tristes. – ¿Te ha pasado algo? ¿Te he mordido, te he contagiado algo, te ha salido urticaria? – Escupió como veneno. – No. La respuesta es no. – Sus ojos ardían, y yo me sentía cada vez peor conmigo misma.

Se me quedó mirando unos segundos en silencio mientras yo permanecía con la mirada agachada. Realmente no sabía que contestarle. No tenía argumentos… Solo eso. Solo la sensación de que me daba "grima" saber lo que eran.

Y justo cuando alcé la cabeza y lo miré, cosa que estaba esperando, se acercó a mí en un movimiento más rápido del humanamente normal, me agarró la cara con ambas manos y me besó.

Sin más.

Estampó sus labios contra los míos con urgencia; con necesidad; con vehemencia. Pero envuelto en una suavidad indescriptible.

He de confesar que le devolví el beso. Fueron solo tres segundos, cuatro a lo sumo. Pero mi cuerpo, mi alma y mi mente lo necesitaban.

A parte de que el ambiente del coche nos estaba llamando y tentando a ambos.

Después de esos breves segundos, me removí intentando apartarlo. Él como un caballero que es, no me presionó y se apartó en seguida.

Me miró con ojos hambrientos. Con la pupila brillante y dilatada. Estaba excitado, y mucho.

- Edward… - Jadee. El beso había durado nada, pero la sensación aun recorría mi cuerpo calentando mi sangre.

- Lo siento Bella… No podía más. Tenía que besarte. Lo necesitaba… y tú también. – Afirmó.

- Edward… quiero preguntarte una cosa – Le dije mordiéndome el labio.

- Pregunta lo que quieras. No se te ocultara nada más. – Dijo con el rostro súbitamente encendido por la emoción de que me decidiera a indagar.

Edward sabía que yo soy una persona que necesito saber y comprender. Una vez mi cerebro asimilé todos los datos, mi alma descansa y tolera.

- Cuando vivíamos juntos… - volví a morderme el labio.

- Pregunta… Deja a tu curiosidad salir. Te lo contestaré todo. Por muy morboso o desagradable que te parezca. Todo es más sencillo de lo que crees. – Me alentó.

- Cuando ibas a cazar… ¿Alguna vez hemos hecho el amor nada más venir tú de caza? – Solté la pregunta del tirón, para no seguir titubeando.

Edward parpadeó perplejo por mi pregunta. Supongo que esperaría algo más fuerte, más morboso, como él había dicho.

- Sí. Mientras tú dormías, era cuando yo aprovechaba a ir a cazar. Y alguna vez que te has despertado pronto, o los días que descansábamos… Sí, varias veces ha coincidido. – Arrugó el ceño, perdido de a donde yo quería llegar con mi pregunta.

Hasta que yo misma le di la respuesta con un simple e inconsciente gesto. Me pase la lengua por los labios.

- Siempre que llegaba de cazar, me aclaraba los dientes con enjuague bucal. – Me sonrió – Tu nunca has saboreado sangre de mi boca. – Aparté la mirada de él, ya que noté como mis mejillas se sonrojaban.

- Y… ¿Cuándo tenía la regla? – Le pregunta sin poder alzar los ojos. Edward dejó escapar una pequeña carcajada.

- Empezaré diciendo que no he probado nada mejor que hacer el amor contigo siempre… pero hay dos momentos en el mes en el que me vuelves loco. – Alcé la mirada de reojo; él me miraba con cierto nerviosismo. Estoy segura que de poder, estaría colorado. – Cuando estas ovulando, porque tu esencia huele distinta. Es más llamativa. Solo con olerte te deseo. Y cuando estamos haciéndolo y te excitas, es una fragancia que me vuelve loco. Necesito poner más autocontrol en esos días contigo para no dejarme ir y hacerte daño. Y con la regla es un tanto de lo mismo. Pero no me excita oler tu sangre, si no el olor de tu cuerpo. – Pestañeé sorprendida con su respuesta; y algo cortada también. – No es un olor que un humano note; solo nosotros lo olemos. Es muy sutil, pero nuestro olfato tiene mucho alcance. – Sonrió - Aunque te quiero aclarar que no me pone nervioso tu sangre, por querer beberla, ni mucho menos. Esa sangre no nos atrae. Perdona por la expresión, pero es sangre sucia; residual. Y no huele rica en el plano alimenticio… Si no en el sexual. – Aclaró él poniéndose un poco más serio.

Mantuvimos un silencio cómodo durante unos instantes; Edward sabía que necesitaba unos momentos de asimilación.

- ¿Ves como preguntando todo es más sencillo? – Sonrió dulcemente. – Sigue… no pares ahora. – Me animó.

- Si, todo parece muy sencillo; pero… yo usaría eso en tu contra ahora que se la explicación. – Le expliqué.

- No tiene porque ser en contra. Puedes usarlo a forma simpática, seductora… - Contraatacó.

- Puede… pero me conozco. – Rebatí. Cerré los ojos sintiéndome de pronto muy cansada.

- Bella… - Me llamó acercándose a mí - ¿Estás bien, cariño? – Yo, de manera inconsciente, me aparté un poco. Él sonrió en respuesta quitándole hierro a mi reacción.

- Sí, solo que me siento agotada. Quiero irme a casa.

- ¿No quieres preguntar nada más? Ahora que te habías animado…

- Cada pregunta resuelta me lleva a darle más vueltas a todo. – Lo miré compungida – Pensamientos absurdos que no tienen sentido. Y tengo que obligarme a vérselo porque eres un vampi…- Callé de golpe. Aun no estaba preparada para decir esa palabra tan a la ligera.

- Bueno… es un progreso. Por lo menos dices en voz alta la mitad de la palabra. – Sonrió. Pero no le llegó a los ojos, y eso me mataba.

Le sonreí con tristeza, me giré y bajé del coche. Justo cuando iba a cerrar la puerta recordé algo simpático. Y en serio que necesitaba reírme de algo.

- Hoy no hay cena ni rosa… No te he dado tiempo – Le dije alzando las cejas de forma triunfal.

- ¿Me estás poniendo a prueba, nena? – Sus ojos brillaron de emoción; por fin esos orbes indescriptiblemente hermosos, volvían a lucir así: Hermosos.

- Hasta mañana, Edward… - Me despedí con una sonrisa, meneando la cabeza.

Él desapareció justo cuando abría la puerta. Dejé el abrigo y el bolso en el perchero, y me asomé al salón. La chimenea estaba apagada. Me reí en mi yo interno.

Por supuesto que no le podía haber dado tiempo.

Subí a la habitación y… ¡Sorpresa! Encima de la cama… Mi rosa roja de tallo largo. Pestañee varias veces sacudiendo la cabeza.

Debía de reconocer que gratamente sorprendida.

Era increíble lo rápido y sigiloso que era. Espeluznante y mágico.