Capitulo 12

El viento soplaba con fuerza en exterior de la casa de ladrillo, pero aun así Saku oyó los pasos en el corredor, unos pasos que ya le resultaban familiares. Pegó el oído a la puerta y escuchó cómo la del dormitorio de su hermana se cerraba con sigilo. El corazón le retumbaba en sus oídos.

-No tienes escapatoria – susurró con voz amortiguada.

Tomoyo estaría mejor con el conde. Con él se sentiría a salvo. Sakura creía que era un hombre bueno, que sería tierno y paciente con ella, que le daría tiempo para adaptarse al matrimonio. Recordó lo dulce que había sido con ella la noche que habían hecho el amor.

El dolor le llenaba el pecho, pero Sakura hacía como si no existiera. Shaoran se pondría furioso cuando descubriera el engaño, pero no creía que lo pagara con Tomoyo.

Y, como para casi todos los hombres de su clase, tener esposa no le supondría necesariamente cambiar de vida. El conde disponía de varias prioridades. Tal vez él permanecería en la cuidad mientras su esposa se quedaba en el campo. Sakura podría ir a pasar largas temporadas con Tomoyo, que allí viviría feliz.

Pensaba en todo aquello cuando salió al pasillo. Se lo repitió sin cesar mientras avanzaba sosteniendo una pequeña lámpara de bronce para alumbrar el camino. La habitación se encontraba al fondo. No le costaría mucho despertarle.

Inspiró hondo, abrió la puerta del dormitorio de Tomoyo y empezó a gritar.


¡Por todos los demonios! Shaoran se apartó de la silueta que dormía en la cama y se volvió. Sakura estaba en el quicio de la puerta, en camisón y con el pelo recogido en una trenza. Gritaba como una poseída y le señalaba con el dedo, y la mitad de los criados se acercaban presurosos por el pasillo, encabezados nada menos que por el mismísimo barón.

Shaoran se volvió hacia el lecho. No acababa de comprender qué sucedía. Tomoyo, soñolienta, se incorporó de repente con gesto de perplejidad.

Si deseas casarte con alguien, hazlo con Tomoyo. Es ella la que necesita tu ayuda. Al instante se dio cuenta de lo que Sakura había tramado.

Apretó la mandíbula, tan furioso que le pareció que la cabeza iba a estallarle. Habría estrangulado a Sakura. La habría zarandeado hasta hacerle castañear los dientes. Le habría chillado hasta quedarse afónico.

El barón había llegado ya a la puerta. Y detrás tenía a media docena de criados.

-Oh, Dios mío… No puedo creerlo – exclamó Sakura, llevándose teatralmente la mano a la garganta -. Oí ruídos en la habitación de Tomoyo, acudí aquí y … el conde estaba inclinándose sobre el lecho de mi hermana. – No le miraba, mantenía los ojos fijos en el rostro airado de su padrastro-. La ha comprometido, señor, ha arruinado su reputación.

-¿Saku? – susurró Tomoyo con voz temblorosa.

Sakura trató de calmarla.

No te preocupes cielo, todo se arreglará.

Shaoran miró a Sakura y de pronto lo comprendió todo. Notó la desesperación en su rostro, el temor que sentía por su hermana menor. Y había algo más, un dolor muy profundo. Estaba claro que intentaba salvar a su hermana a cualquier precio. Era mejor no pensar en qué haría el barón si descubría sus maquinaciones.

Shaoran recordó en un instante todo lo que sucedió desde su llegada a la casa. Él había hecho un movimiento calculado al obligarla a casarse con él y Sakura había contraatacado a la perfección, desarmándolo por completo. No pudo evitar cierta admiración por ella.

En sus manos estaba ponerle las cosas fáciles o difíciles. La miró, miró al barón, vio el brillo despiadado en sus ojos, su furia apenas contenida.

-La señorita Whinting tiene toda la razón – dijo-. He entrado en el dormitorio de su hermana de modo totalmente accidental, se lo aseguro. Simplemente olvidé cuales eran mis aposentos. Aun así, el mal ya está hecho. Y no le quepa duda que haré lo que el honor dicta.

El barón dio un respingo.

-No creo que sea necesario.

-Se equivoca lo es. Me casaré con Tomoyo en vez de con Sakura. El resultado será el mismo. En tanto que conde, y como cuñado de Sakura, la reputación de su hija mayor también estará a salvo.

-No… no puedo consentirlo Tomoyo es demasiado joven, demasiado inocente. Además no ha sucedido nada, usted mismo lo ha dicho. Sakura ha llegado a tiempo.

Shaoran miró más allá del barón y vio que los criados lo observaban con gesto de reprobación. Se le había abierto el batín y había dejado el torso al decubierto, las piernas y los pies desnudos.

-Me temo, barón que usted no tiene alternativa.

El barón lo miró, cada vez más enrojecido. Shaoran le dedicó a Sakura una sonrisa tan fría que a ella le temblaron los labios.

-Habrá que iniciar los preparativos. Déjenlo a mi cuenta. Buenas noches, miladies.

Paso junto al barón, hizo una pequeña reverencia a los criados y siguió hasta su habitación. Sintió de nuevo la ira apoderarse de él, tan intensa que le costaba pensar. Sakura lo había engañado, había vuelto a ponerlo en evidencia.

No pensaba tolerarlo. Si él había caído en la trampa, también ella caería.

Su mente era un remolino de ideas, de posibles soluciones. Entre todas, una empezaba a cobrar fuerza. Se aferró a ella, decidido. Ella creía que había ganado, pero todavía no había llegado al final de la partida,. Sonrió.

Tal vez tendría que hacer alguna que otra trampa, pero cuando el juego terminara, Shaoran pensaba poseer la reina.


El tiempo se tornó húmedo y brumoso, y Londres se cubrió de un espeso manto de niebla. Shaoran sabía que no disponía de demasiado tiempo. Mientras permanecieran en Harwood Hall, Sakura y Tomoyo estarían en peligro. Rogaba que las amenazas más o menos claras que había proferido contra el barón sirvieran para mantenerlo a raya hasta el momento de la boda.

Shaoran se paseaba por el gabinete del duque Sheffield, que en realidad era una biblioteca con una altura de dos plantas, forrada de arriba a abajo de libros encuadernados en piel. Dos enormes lámparas de bronce y de cristal colgaban sobre una mesa, profusamente tallada, a lo largo de la cual se alineaban en una esquina, rodeado de cómodas butacas de cuero.

-¿Qué horas es? – pregunto Shaoran, consultando el reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea.

-Diez minutos más tarde que la última vez que lo has preguntado. Tranquilo. El muchacho no tardará en llegar.

Pareció que transcurrían horas, pero al final apareció. Pelo negro azulado, de piel muy blanca, algo nervioso y muy tímido. A sus veinticuatro años, Eriol Chezwick aún no se había desprendido por completo de sus rasgos juveniles, pero Shaoran creía que, cuando lo hiciera, se convertiría en un hombre extraordinariamente apuesto.

El duque le dio la bienvenida.

-Buenas tardes Eriol. Gracias por venir.

-Buenas tardes, excelencia, milord.

En las semanas posteriores a la cena celebrada en casa de Shaoran, Eriol había vuelto a ella con excusas, aunque con la intención oculta de ver a Tomoyo, aunque fuera sólo un instante.

En una ocasión Shaoran los había descubierto hablando, ambos ruborizados y con gesto tímido. Al muchacho no le había pasado por alto la mirada de advertencia del conde. Incluso ahora el joven parecía nervioso, como si Shaoran la había mandado llamar simplemente por haber albergado pensamientos dudosos respecto a Tomoyo.

-Sí, gracias por venir, Chez.

El uso el diminutivo para relajarlo.

-Siempre es agradable reunirse con ustedes.

Sheffield le invitó con un gesto a acercarse más.

-En realidad nuestra invitación va más allá de ser una mera visita de cortesía. Hay un asunto que Shaoran desearía tratar contigo. Le ha parecido que tal vez te haría falta algo de apoyo moral, razón por la cual nos hemos reunido aquí, y no en su casa. En su opinión, una vez oigas lo que tiene que decirte, tal vez te decidas a ayudarle.

-Por supuesto, si está en mi mano.

-No tan deprisa – le advirtió Shaoran-. Se trata de una cuestión que podría afectar el reto de tu vida.

El muchacho arqueó una ceja delgada.

-Sin duda ha despertado mi curiosidad.

-Me alegra oírlo… pues tiene que ver con cierta muchacha que conoces. Se llama Tomoyo. Creo que sabes de quien hablo.

El leve rubor que cubría sus mejillas se acentuó.

-¿Su doncella?

-Si, bueno, en realidad resulta que no es una criada, sino la hija de un barón. Ése es precisamente el problema.

Al rosto del joven asomó una súbita preocupación.

-¿Ha sucedido algo? ¿Le ha sucedido algo a Tomoyo?

-Todavía no – prosiguió Shaoran-. Pero si no procedemos con rapidez, es posible que suceda. – Se dirigió hacia las butacas agrupadas frente al escritorio-. ¿Por qué no nos sentamos y te lo cuento todo?

-Te serviré una copa ofreció Sheffield-. Me parece que la necesitarás.

Eriol tragó saliva, con un movimiento ostensible de la nuez.

-Gracias. Sí, tal vez me venga bien.


Casi dos horas después, Shaoran y Rafe se encontraban de nuevo solos en el espacioso gabinete.

-Bueno, creo que podemos dar el asunto por zanjado.

-Sí, eso parece.

Rafe ahogo una risita.

- Se notaba que el muchacho estaba radiante. Sin duda se ha encariñado con la chica. Parecía no dar crédito a su buena suerte cuando le sugeriste un enlace entre ellos. Por un momento me pareció que iba a saltar de la silla cuando le contaste las intenciones de Harwood para con ella.

- Eriol tendrá que hablar con su padre, pero con tu apoyo y el mío, no creo que Kersey se oponga.

-¿Y la muchacha? ¿Aceptará?

- Es inocente en extremo, pero no tonta. Entenderá que no tiene opción. No puede permanecer en esa casa, no sin Sakura. Además parecía que Eriol le gustaba.

- No se impacientará con ella.

-No.

Shaoran le había explicado con todo detalle al joven lo cándida que era Tomoyo, y él había convenido en darle todo el tiempo que necesitara, una vez casados, para que ella llegara a aceptar su papel de esposa.

Rafe sonrió.

-con lo tímida que es, tal vez nunca llegue a consumar el matrimonio.

Shaoran rió meneando la cabeza. Conversaron un rato más y luego se pusieron en pie.

-Bien, creo que todavía tengo algunas cosas que hacer.

Shaoran asintió.

-Meiling se hará cargo de los detalles – dijo-. Una boda íntima en Forest Glen, con la familia y los amigos más allegados. Asistirás, ¿no?

-No me lo perdería por nada del mundo – sonrió-. Casi no me creo que te hayan cazado por fin.

Parte de la satisfacción que Shaoran sentía se disipó.

-No – replicó con gesto sombrío-. Yo tampoco acabo de creérmelo.


El día era horrendo. Así había sido toda la semana: el celo estaba encapotado y el viento no amainaba. Los estallidos de ira del barón eran continuos, acusaba a Lord Brand de ser un pervertido y no dejaba de tirarse de sus escasos cabellos. Por lo menos no había descubierto la verdad, no sabía que Sakura había sido la que había manipulado lo ocurrido aquella noche.

Ojalá pudiera abrir y cerrar la puerta de los recuerdos a su antojo, pero no lo lograba. Tras llegar a lo alto de la escalera que conducía a la tercera planta, iluminada por un quinqué de bronce que sostenía en la mano, prosiguió por otra más pequeña que moría en el desván, decidida a concluir la tarea que se había asignado a sí misma.

La boda tendría lugar en dos días. Al pensarlo, se le hizo un nudo el estómago. Tomoyo había llorado y suplicado que no quería casarse con él conde, pero Sakura había acabado convenciéndola.

-Tomoyo, cielo, debes hacerlo. Es la única manera de que estés a salvo. Sé que sabes muy poco de… muy poco de lo que sucede entre en un hombre y una mujer, pero acuérdate de lo que ocurrió la noche que le barón entró en tu dormitorio. Ya sabes que su intención era hacerte daño. Es un hombre malo Tomoyo. Y por eso le tienes miedo.

Los preciosos ojos azules de su hermana se llenaron de lágrimas.

-Le odio. Ojalá mamá no se hubiera casado con él.

-Ya, tesoro, pero una vez te alejes de él, el conde te cuidará. Será bueno contigo. –Shaoran tenía un temperamento de mil demonios, pero ella nunca le había tenido miedo. Y creía que jamás haría daño a Tomoyo. Se le hizo un nudo en la garganta. Le amaba, pero él se veía obligado a casarse con Tomoyo.

-¿Y tú, Saku? ¿Qué sucederá contigo si te quedas aquí?

Se estremeció. No tenía ni idea de qué sería capaz de hacer Harwood. Se trataba de un ser malvado e impredecible. Pero ella sabía defenderse mucho mejor que su hermana.

-No te preocupes por mí – respondió-. Con el tiempo, conseguiré hacer mi vida.

Habían mantenido aquella conversación hacía apenas un día, pero a Sakura le parecía que habían transcurrido semanas. Se veía incapaz de concentrarse, de controlar el tiempo.

Con la lámpara aún en la mano, llegó al desván y abrió la puerta. La tenue luz de la tarde se filtraba entre los estrechos ventanucos. Al entrar, la luz de quinqué confirió un brillo fantasmagórico a las paredes, relajándose en el polvo que había levantado con los pies.

Había acudido a aquel lugar en busca de los baúles de su madre, que usaba cada año cuando, junto con su padre, se trasladaba a Londres. A su vuelta, los baúles solían regresar llenos de regalos y juguetes para sus hijas.

Tras el funeral de su madre, la intención de Sakura había sido inspeccionarlos, revisar la ropa que las criadas habían guardado en paquetes para dar parte de ella al vicario, que su vez la distribuiría entre los pobres. Pero en aquel momento la mera idea de rebuscar pertenencias de su madre le resultaba demasiado dolorosa, y hasta ahora no se había sentido con fuerzas de acometer la tarea.

Pero ahora Tomoyo iba a casarse. En el día de su boda, toda novia debería de llevar alguna prenda que hubiera pertenecido a su madre. De modo que Sakura hizo caso omiso al dolor que sentía y siguió adentrándose en el desván.

Las joyas de su madre seguían guardadas en uno de los baúles. Su padrastro se había apropiado de las de valor, pero no se había molestado en llevarse algunos broches y pasadores muy bonitos que a su madre le gustaba llevar. Sakura pensó en el collar de perlas y diamantes, e imaginó lo hermoso que habría lucido en el cuello de Tomoyo. Aunque el collar ya no estaba, confiaba en encontrar alguna pieza que su hermana pudiera ponerse.

Intentaba no pensar en el futuro esposo de Tomoyo. Prefería no recordar la rapidez con la que Shaoran había aceptado la situación en que se vio inmerso y que le llevaba unirse con Tomoyo en matrimonio. Trataba de ignorar el sentimiento de traición que la embrargaba.

Después de todo, la culpa de todo era suya, era ella la única responsable, no el conde. Pero igual le dolía. Había creído que significaba algo para Shaoran, y ahora veía que no era así.

Suspiró en la penumbra del desván, decidida a no pensar en él. Se arrodilló frente al primer baúl, levantó la tapa y empezó a revisar su contenido, en su mayor parte eran vestidos y guantes, además de un sombrero de plumas de avestruz, un turbante de raso plisado y un precioso manguito de armiño. Los vestidos se veían algo anticuados, pero en cualquier caso seguían siendo hermosos.

El segundo baúl contenía una variedad de zapatos de piel de cabritilla, medias, ligas, y una bella combinación con lazos rosados que se abrochaban por delante. Sakura pasó los dedos por la prenda, pensando en su madre, y al instante sintió el aguijonazo de la soledad que había tratado de evitar durante todos aquellos años.

Oh mamá como te echo de menos.

Ojalá su madre estuviera con ellas, ojalá su padre siguiera vivo. De ser así, nada de todo aquello estaría sucediendo. Cerró el baúl, consciente de que desear lo imposible carecería de sentido. Sus padres estaban muertos. No había nadie que velara por ellas y debían cuidarse solas.

Abrió el tercer baúl y encontró un pequeño abanico de encaje negro, una torera de terciopelo con borlas y varios mantones de vistosos colores. Apartando con sumo cuidado aquellos objetos, encontró el joyero de su madre, de laca negra y con incrustaciones de madreperla, que se hallaba en el fondo del baúl. Rozó con las yemas de los dedos su superficie brillante, lo agarró y lo depositó en el suelo.

La mano le temblaba al levantar la tapa. Recordaba varias de las piezas que reposaban sobre el forro de terciopelo azul: el camafeo de azabache; un pequeño broche de falsos brillantes con que su madre solía adornar las solapas de sus abrigos; una gargantilla de pedrería; un collar de cuentas diminutas, de un rosa muy pálido, con unos pendientes a juego.

Por debajo algo llamó su atención. Levantó el collar y descubrió un objeto envuelto en una tela de raso que parecía deliberadamente oculto. Retiró el envoltorio y quedó sin aliento.

Sostuvo, con mano temblorosa, el pesado anillo de granate que reconoció al instante, pues había pertenecido a su padre. Lo llevaba el día de su muerte. Los salteadores de caminos que lo asesinaron se lo había robado, junto con su monedero y los demás objetos de valor que llevaba encima. A su padre se lo había dado su abuelo, y era una joya de extraordinario valor sentimental. Su madre había lamentado la perdida de un objeto tan precioso.

¿Dónde lo había encontrado el barón? ¿Por qué no se lo había contado nunca? ¿Por qué lo había escondido?

Un escalofrío le recorrió la espalda mientras crecían sus sospechas. Miró en todas las direcciones, buscando desesperadamente el diario de su madre. Tal vez en sus páginas halara la respuesta.

Pero el diario no aparecía por ninguna parte.

Sakura recordó que su madre escribía en él casi todos los días, pero no tenía la menor idea de dónde había ido a parar tras su muerte.

La luz de la tarde, que se filtraba por los ventanucos, era cada vez más débil. El día terminaba y Tomoyo no tardaría en preocuparse. Envolvió de nuevo el anillo con la tela de raso y se lo metió en el bolsillo de la falda, cogió también el preciso collar rosado y los pendientes a juego y cerró el joyero. Volvió a esconderlo en el fondo del baúl, bajo la ropa, los chales y el abanico de encaje negro. Mientras bajaba la estrecha escalera, se metió la mano en el bolsillo. Aun a través de la tela de raso, el anillo parecía arder entre sus dedos.


Hola ! quiero pedir disculpas por la tardanza, pero espero que me tengan paciencia y sigan la historia.

Es el momento en Shaoran esta maquinando sus mejores planes, después de haber caído en las trampas de Sakura.

Shaoran ayudará a Tomoyo y a Eriol para que estén juntos y poder a la vez librarlas de su padrastro O.O

Espero no me abandonen y sigan la historia. También espero recibir más opiniones

Gracias :*