CAPITULO 59. TE DESEO
¡Sorpresitaaaaa!
Me puse a escribir... y me llegó la inspiración de golpe.
A parte, claro, que tuve tiempo libre extra.
Así que aquí os dejo otra actu. Asi vamos aligerando un poco la historia.
De aquí en adelante, creo, que va ir bastante más rápido...
Poco a poco nos acercamos al final.
Espero que os gusteeeeeeeee... Aunque sé, que os gustará... O por lo menos, ciertas partes ;-)
Al día siguiente, llamé a Jacob por teléfono para posponer nuestra cita unos días, ya que al quitarme la escayola, volvió a dolerme bastante la pierna. Y esperando un poco, podría moverme por mí misma aunque fuera torpemente.
De mano desconfió un poco de mis motivos, pero al final se dio por vencido y aceptó la espera.
Durante la semana, estuve haciendo rehabilitación con Carlisle. Las primeras sesiones fueron duras… Mucho. Me dolía tremendamente la pierna, y durante los ejercicios, más de una vez se me escapó alguna que otra lágrima.
También aprovechamos a ejercitar un poco la muñeca, la cual estaba algo torpe debido al reposo.
- Vamos Bella… ¡Un último esfuerzo cielo! ¡Tú puedes! – Me animaba Carlisle, a lo que yo solía responder con gruñidos de distinto tipo.
Pasados los primeros días, los ejercicios fueron a mejor y el dolor comenzó a cesar; y mi ánimo se vio recompensado al ver como poco a poco volvía a recobrar fuerza y movilidad.
A su vez, Edward me ayudaba a coger habilidad con las muletas, ya que siendo de condición torpe, el andar sostenida por esos dos palos, me era harto complicado.
Lo que sí, es que pasábamos ratos muy divertidos; y día a día, íbamos acercándonos más el uno al otro. Volviendo a coger confianza entre nosotros.
Y lo que no era confianza, también; ya que nos tocábamos, nos agarrábamos, nos rozábamos… Y eso, después de casi tres meses de abstinencia sexual, pasaba factura. Ya que, una vez acabado el entrenamiento de las muletas, solía tener que ducharme con agua bastante fresquita para quitarme el sopor, o más vulgarmente llamado, calentón no sofocado.
- ¡No me puedo creer lo hábil que eres en tu trabajo, y lo torpe que llegas a ser fuera de él! – Exclamaba exagerando teatralmente Edward ante mis morros fingidos.
- No siempre soy tan torpe… ¿O ya te has olvidado de lo hábil que soy en otros aspectos? – Lo miré alzando una ceja, de forma pícara.
Fue un acto inconsciente; salió de mis labios sin pensarlo, y él se me quedó mirando atónito, para rápidamente acercarse a mí con aire cazador y una mirada ardiente.
Yo abrí la boca, pero no salió ningún sonido, así que volví a cerrarla, mirándolo con aire angelical, y retrocediendo a pasos torpes.
- Edward… ha sido sin querer… - Me disculpé, pero notaba la tensión sexual que emanaba de mi rostro – No quería provocarte… En serio. – Y mientras, seguía retrocediendo a pasos inseguros.
- No puedes decirme eso… y más, siendo de forma inconsciente, y pensar que no voy a reaccionar – Contestó mirándome con una fijeza que me derretía las entrañas.
Al final, y como se veía venir, acabe perdiendo el equilibrio y por no apoyarme con la pierna mala, me iba de bruces al suelo, pero Edward con sus habilidades me agarro nada más comenzar a caer. Pero yo me removí insegura y al final, acabamos en el suelo del salón tirados. Él fue lo suficientemente ágil para darme la vuelta en el aire y así, que yo quedara encima de él, para que no me dañara contra el suelo.
Aunque algo me decía que si hubiese querido, habría evitado esa caía. Pero le vino de perlas la excusa para que quedáramos en esa "postura" comprometida.
Nos miramos… En silencio, fijamente. Hacía demasiado tiempo que no nos mirábamos así; profundizando el uno en el otro; perdiéndonos. Con las barreras completamente bajadas.
Entonces ocurrió lo que ambos llevábamos mucho tiempo deseando, sobre todo estos últimos días:
- Bella… Yo… No puedo más… Necesito be… - No llegó a acabar su petición.
Bajé la cabeza y apoyé mis labios en los de él. Necesitaba sentir sus labios junto a los míos. Ya no podía más. Todas las células de mi cuerpo lo deseaban. Y me deje ir… Apartando a un lado lo que él era; en ese momento no me importaba. Lo amaba… Si, con toda mi alma.
Durante unos segundos, dejamos nuestras bocas así, apoyadas la una en la otra. Hasta que Edward cambió el beso y comenzó a mover los labios, hasta que ambos abrimos el paso para que nuestras lenguas se encontrasen, y ellas, empezaran su propio beso.
Por necesidad de aire, tuve que separar mis labios de los de él, y nos miramos a los ojos. En ellos, había fuego, hambre… Deseo.
- Nena… - Edward, aunque realmente no lo necesitaba, respiraba errático. – Estamos solos en casa… Todos tardaran en volver… - Sus pupilas brillaban de lujuria.
- Te deseo… - Se lo dije claro, sin titubeos y mirándolo fijamente a los ojos.
No hizo falta decir nada más. Cuando quise darme cuenta, estábamos en mi habitación, y al segundo, llevábamos la mitad de la ropa puesta.
Besos, toques, caricias…
Todo nos resultaba poco. Era tal la necesidad del uno por el otro, que parecíamos dos hambrientos saboreando una exquisita comida.
Parecía que nada nos bastaba. Entonces nuestras últimas prendas, que ya sobraban, desparecieron quedando completamente desnudos.
En ese momento, las caricias subieron varios grados de temperatura e intensidad; tocándonos en partes que llevaban demasiado tiempo pidiendo clemencia por ser rescatadas del olvido.
- Quiero hacer una cosa… Una prueba… morbosa – Notaba mis ojos llameantes.
- Umm… Con esa forma de mirarme, pídeme lo que quieras. – Contestó Edward con ojos ardientes.
- Quiero ver como bebes mi sangre – Le pedí sin titubear. Edward se quedó paralizado, y sus ojos cambiaron a unos temerosos. Llenos de dudas. – Necesito vértelo hacer, mientras me haces el amor.
- ¿Ahora? – Preguntó aun con el temor instaurado en sus preciosos orbes.
- Ahora… Es el culmen del morbo. Por lo menos entre un vampiro y una humana.
- Bella… No sé si tú, estarás preparada para algo así… - Dudaba.
Me giré, y mientras él seguía sumergido en sus dudas, yo saqué un abre cartas del cajón de mi mesita. Justo cuando lo apoyé en la palma de mi mano, Edward me detuvo. Ahora ya no había temor, había auténtico miedo.
Clavé mis ojos en los suyos, transmitiéndole seguridad. Él soltó mi mano y me dejó hacer. Con cuidado, me hice un pequeño corte en la palma y mi sangre comenzó a brotar.
Juguetona, le pasé la mano por delante de la cara y la retiré, mirándolo retadora, observando como sus ojos se oscurecían.
- Quiero que la bebas, cuando me penetres. – Mis ojos no abandonaban los suyos. Realmente no sé de donde saqué el valor. - ¿Podrás? – Edward asintió.
Y así lo hizo. Me colocó en la cama y él se posicionó encima de mí. Con mucho cuidado, y poco a poco, dirigió su miembro a mi entrada y comenzó a introducirlo.
- ¡Dios nena! Estás empapada… - Exclamó perplejo, haciendo que la lujuria volviese a sus ojos.
- Vamos Edward… métemela. ¡Métemela ya! – Jadee. – No seas tan cuidadoso… necesito sentirte. Demuéstrame como es follar con un vampiro – Le exigí sobre excitada y completamente enajenada por las sensaciones.
Mis palabras cargadas de puro morbo parecieron activar a Edward, el cual dejó de lado tanto remilgo y me penetro de una estocada, haciéndome gritar de placer. Se quedó parado, dejándome disfrutar de la sensación de sentirme llena con su enorme pene dentro de mí.
Poco a poco comenzó a moverse, haciéndome tocar el cielo.
- Ya que has sido bueno… - Lo miré pícara – Te mereces un premio – Sonreí.
Moví mi mano ensangrentada y se la acerqué a la boca. Edward me miró, pidiéndome permiso, y yo asentí.
Él, sin sacar su esplendoroso miembro de mi interior, incluso moviéndose ligeramente, me agarró la mano y se la acercó a los labios.
Instantáneamente comencé a sentir unos dulces calambres en varias partes del cuerpo, que me hicieron percibir sensaciones que jamás antes, había sentido ni de lejos.
- ¡Eres exquisita… Me vuelves loco! – Farfulló con tono ronco sobre mi mano.
- Sigue, Edward… Más… Más… - Le pedía extasiada.
Edward incrementó la fuerza de sus movimientos, a la par que sentía como me chupaba la mano; como se alimentaba de mí.
No sabía que me daba más morbo; si el pensamiento del acto, o el propio acto en sí.
De pronto, chupó más fuerte y embistió con más ímpeto, regalándome tener el más intenso y bestial orgasmo de toda mi vida.
- ¡Dioss Edward… Siiii! – Grité enloquecida.
- ¡Oh, nena…! – Me acompañó él, emitiendo un gruñido gutural a la vez que se corría conmigo.
Nos quedamos quietos, acompasando nuestra respiración; hasta que Edward notó como mi pulso se relajaba y se movió, quedándose recostado sobre su hombro, a mi lado; mirándome. En sus ojos había cautela; incluso cierto miedo.
- ¿Bella? – Me llamó después de unos minutos en silencio. Yo no era capaz de responder.
Por un lado, porque aún no me había recobrado del devastador orgasmo que acababa de tener, y por otro, porque estaba comenzando a ser consciente de lo que había pasado. De cómo me había dejado ir, completamente enajenada.
- ¿Te arrepientes, verdad? – Aunque lo formuló como una pregunta, realmente no lo era. – Contéstame por favor… Tu silencio me está volviendo loco.
- No… No me arrepiento… Pero… - No sabía explicar lo que sentía.
Edward se incorporó en la cama, quedando sentado mirándome con un tremendo dolor en los ojos.
- Sabía que era mucho para ti. No debería haber aceptado a probarte… - Se llevó las manos al pelo; en un gesto inequívoco de nerviosismo en él. Le cogí de las manos, para que me mirara.
- No me arrepiento… Realmente – Noté como mis mejillas se coloreaban – Me ha parecido tremendamente sexy – Sonreí pícara – Pero… - pestañee varias veces, mostrando mi propio alucine – Ha sido, ¡guau!
- Si… pero… Porque sé que hay un pero – Contestó él, con el rostro tenso.
- Me siento un poco abrumada.
Me levanté tapándome con la sábana, la cual estaba manchada por mi sangre, y me fui al baño.
- No quiero que te lo tomes a mal… Pero… Necesito unos momentos a solas – Le pedí con la voz lo más inocente posible.
- Cuando salgas del baño, no estaré aquí. Tranquila. – Me respondió serio. Demasiado serio.
Durante unos días, lo estuve evitando; y la verdad es que no me fue difícil, porque él mismo no hacía por cruzarse demasiado conmigo. Estaba dándome espacio de asimilación.
Y para escaquearme de las clases con las muletas, las cuales ya iban siendo una excusa para estar juntos más tiempo, lo tuve sencillísimo; ya que cuando un par de días después de nuestro glorioso encuentro, vino a buscarme, le di una disculpa que lo dejó sin palabras.
- Preferiría posponer las clases unos días… - Edward iba a protestar, pero seguí – También me he disculpado con Carlisle, porque no soy capaz de moverme; tengo el cuerpo completamente dolorido. – Se quedó de piedra. Pestañeó varias veces, y se pasó la mano por el pelo.
- Pero… Tú…
- Sí, estoy bien, tranquilo. Simplemente estoy algo adolorida. – Bajé la mirada avergonzada – A Carlisle le he dicho que perdí el equilibrio y que me di un golpe con la cama. Creo que lo ha creído – Rodé los ojos – O por lo menos no ha dicho nada al respecto.
Aunque lo usé como excusa, no era mentira. Tenía el cuerpo magullado, con varios moratones y las caderas me dolían casi más que cuando desperté del accidente.
Pero siendo sincera conmigo misma, tampoco me arrepentía del motivo de mis dolores actuales.
Al cabo de unos días, y ante la insistencia de Jacob, al fin quedamos para nuestra pospuesta cita a comer.
Vino a recogerme, y despacito, pude ir yo sola hasta el coche ante la mirada de orgullo de Carlisle, el cual había salido hasta la puerta porque decía, no se fiaba aún de mi equilibrio.
Fuimos en silencio más de la mitad del viaje. Ambos estábamos pensando como comenzar a hablar, sin alterar al otro; o qué tema sacar primero.
Casi llegando a Porta Ángeles, Jacob comenzó a hablar de trivialidades, haciéndome reír y despejando el ambiente, el cual se había cargado ligeramente en los últimos minutos.
Al yo no poder andar demasiado bien, y haciendo aún bastante frio, decidimos ir directamente al restaurante.
Una vez pedimos los platos, Jacob inició la conversación.
- Bella… - Solo por su forma de decir mi nombre, sabía que la plática, había comenzado. – Antes de nada, tengo… necesito explicarte un poco las cosas…
Me relató de forma muy amena, incluso podríamos decir que divertida, como su tribu se transforma en lobos por la cercanía de vampiros. Que es una medida de protección, para salvaguardar a la gente de la reserva. Y que por supuesto, no a todas las tribus de indios les pasaba lo mismo.
- Pero… dices que hacía muchísimo tiempo que no había transformaciones en tu tribu – Comenté, metida de lleno en el relato – Que se saltó la generación de tu padre… Entonces… hay algo que no me cuadra…
- Eran los primeros Cullen. Fue ahí cuando se firmó el tratado, con mi abuelo, y los abuelos de Quill, Embry y los demás. – Yo me quedé muda, así que él continuó. – Eran Carlisle, Edward y Rosalie. Sabíamos que había dos más. Otro macho y otra hembra…
- Emmet y Esme – aclaré yo ante su asentimiento.
- El tratado lo acordamos con Carlisle como patriarca del aquelarre y Edward su segundo.
Me siguió relatando que una vez se habían ido ya que después de unos años, ya comenzaban a llamar la atención, y que durante décadas no habían vuelto a saber de ellos. Hasta aquel verano. Cuando nosotros éramos novios.
De ahí su cambio conmigo… Porque realmente él había cambiado. Era el Jefe de su tribu.
- Estaba asustado por ti, Bella. – Aclaró – Sabía que los que hacían el papel de hijos, irían al instituto. A tu instituto. Estarías en demasiada cercanía a ellos.
- Si, pero ellos comenzaban en primero, y yo estaba en último curso. Sabes que en los institutos, no hay relación habiendo tantos cursos de distancia. Novatos y veteranos, no se juntas – Sonreí sacando la lengua, recordando aquellas estúpidas reglas y normas.
- Si… pero igualmente… Ellos atraen, Bella… O, ¿no lo sabes ahora de primera mano? – Preguntó alzándome una ceja, pícaro.
Nos demoramos bastante explicándome y aclarándome su cambio de carácter, el porqué de estar tan suspicaz e irritable. Y fue algo que comprendí rápido. Ya que aquello no era del todo normal, ya que Jake es de los que te dejan a tu aire… Sin agobiarte. Y por aquel entonces, era todo lo contrario.
Seguimos avanzando y llegamos a la parte de la "imprimación". Se lo había oído a Carlisle en el coche el día anterior, pero preferí no preguntarle al respecto, ya que hoy tenía mi sesión de "charla" con Jake y sabía que me lo explicaría; como así fue.
- Es algo que no se puede controlar. Y aunque daría mi vida por Nessy, porque la adoro por encima de todo… A ti te quería por elección propia, como un simple humano. Nunca dudes, que estaba realmente enamorado de ti. Quería un futuro juntos. Jamás te mentí sobre eso. – Asentí, notando como las mejillas se me coloreaban; él al ver mi rubor, sonrió dulcemente.
Seguimos hablando de la imprimación, de la "imprimación a 3" que según el Viejo Quill se había producido, y me relató la conversación que habían tenido cuando él se había imprimado; justo el día antes de subir yo a la reserva y enterarme; y eso, nos llevó al gran tema… Al bebé.
- No sé cómo no me lo contaste… - No había recriminación en su voz, solo disgusto. Tristeza.
- Jake… Ponte en mí lugar… Aparezco después de tres años, y al cabo de unas semanas, anuncio que estoy embarazada… - Abrí los ojos, exagerando el gesto – Ya no es que me destrozara la vida… qué también, pero ¿y la tuya? ¿Qué le hubieses dicho a Nessy? La destrozarías.
- Lo entiendo… Llevo todo este tiempo, desde que descubriste el secreto dándole vueltas. Y aunque he estado muy enfadado por ello… Te entiendo. Solo se lo he dicho al Viejo Quill, el cual ha alucinado, ¡jajaja! Ya que le parece muy difícil que estando imprimado de Nessy, fuese capaz a sentir un deseo sexual tan fuerte por ti, como para engañarla… - Jake rodó los ojos, perplejo.
- Y… bueno… ¿qué te dijo? – Le pregunté curiosa.
- Que se confirmaba lo que él había predicho años atrás. Que antes o después nuestros caminos, volverían a encontrarse ya que por alguna razón, nuestras vidas debían seguir ligadas.
- Ya… pero… ahora ya no hay bebé… Ya no tenemos ataduras. – Contesté metida de lleno en la historia.
- No… No hay bebé – noté cierto deje de tristeza en su afirmación, pero lo pasé por alto – pero no podemos estar el uno demasiado separado del otro… - Agaché la cabeza ante su afirmación – Porque aunque hayas estado enfadada… O aún lo estés… - Me miró pillo – Sé que me has echado de menos, como yo a ti. – Su mirada era tierna – Pero bueno, él le encuentra explicación a que mis sentimientos hacía ti no desaparecieron al imprimarme; tú eras mi elegida por voluntad propia, y Nessy fue la fuerza de la ley lobuna. Así que de ahí que fuera capaz a saltarme la imprimación – Noté como sus mejillas se teñían de un ligero rubor – Lo que sigue sin explicarse, es cómo después de que lo que sería nuestra atadura y explicaría 100% nuestra unión, o sea… el bebé, sigamos manteniendo esta amistad más allá de lo que alguien imprimado podría.
- Ya… es verdad. – Miré a la nada, pensativa. – Bueno… a lo mejor es que todo lo que hemos vivido juntos, nos han llevado a querernos de una forma más firme. Más… intensa. Porque… - Mis mejillas volvieron a colorearse – Igual que te reconozco que desde que nuestros ojos se encontraron, el día que llegue, sentí como me ardía el cuerpo de deseo... Fue una sensación devastadora. – Abrí los ojos, asombrada por el recuerdo de aquella sensación – Necesitaba tu contacto tanto como el respirar… Un contacto, íntimo – Lo mire con intención para que me entendiera. – Pero ahora, todo ha cambiado. Te quiero, pero de una forma muy distinta.
- A mí, me pasó exactamente lo mismo. Según pose la mirada en ti… No sé cómo pude contenerme hasta el día siguiente… Aun lo pienso y no me explico cómo no te seduje en ese mismísimo instante. –Rió pícaro – De mano creí que era el anhelo de verte después de tanto tiempo… Y eso, ¡de verte! Porque… ¡guau! Te has convertido en un auténtico monumento – Me guiño un ojo, haciéndome sonrojar nuevamente. – Pero después de acostarnos, me di cuenta de que no era una simple atracción por una mujer hermosa… Porque pasadas unas horas, no me arrepentía, pero estaba relajado – Yo le alcé una ceja de forma traviesa - ¡Nooo! No solo por haber tenido un polvazo contigo, que también – me sacó la lengua – Si no, estaba en paz. Como si fuera algo pendiente que realizas al cabo de mucho tiempo y te quedas… Eso, tranquilo. – Me explicaba, mientras yo asentía.
Seguimos dándole vueltas al tema, inventándonos una y mil historias del porqué de nuestra "mística" conexión, a cual más disparatada, haciéndonos doblar, literalmente, de risa; igual que hacía años atrás, cuando nos pasábamos las horas muertas haciendo bromas, riéndonos y disfrutando de nuestra compañía, sin mayores problemas.
Ya anocheciendo, decidimos que era hora de volver. Estaba haciéndose tarde y yo estaba bastante cansada, ya que era la primera vez que salía desde hacía ya unas semanas.
De la que volvíamos, Jake saco un par de temas, "escabrosos", pero con mucha delicadeza. Aun tratándose, uno de ellos, de algo que a él, no le hacía ni pizca de gracia.
- Bella… - Otra vez ese tono de voz – Has pensado, aunque fuera solo una vez, ¿qué habría pasado si hubieses tenido el bebé? – Me preguntó sin mirarme. Estaba tenso y susceptible por mi respuesta.
- Sí. No creas que fue una decisión fácil… ¡Para nada! No fuiste un polvo de una noche que da en el blanco… Era muchísimo más complicado justamente por eso. Porque eras tú. No quería hundirte la vida… Ni tampoco la mía. Pero sobre todo, no quería hacerte daño. Sé cómo eres de responsable con tus actos, siempre lo has sido, desde niño… - Sonreí, orgullosa – Pero esto, eran palabras mayores. – Él asintió, con una sonrisa tristona. – Si no existiera Nessy… Seguramente te lo habría dicho y entre los dos, decidiéramos cuál iba a ser el futuro de esa "sorpresita" – Inconscientemente, bajé la mirada hacía mí vientre.
- ¿De cuánto estarías ahora? – Me preguntó en un susurro siguiendo de reojo la dirección de mí mirada.
- De casi 8 meses… - Callé de golpe, ya que había contestado demasiado rápido. Entonces él se giró y me clavo la mirada; cristalina y cargada de sentimientos, para posteriormente sonreír.
- ¿Te arrepientes de haber abortado? – Preguntó, esta vez sin mirándome.
- No lo sé… Sé que fue lo mejor. A corto y largo plazo… Pero a veces me entra cierta añoranza. Sobre todo cuando estamos así de bien, hablando y pasando un buen rato juntos… Pero, es un sentimiento pasajero, porque… - Callé.
- ¿Por qué…?
- Porque… Tú te iras con la mujer que realmente amas… Y yo… Y yo, amo a Edward. Vampiro, humano, vivo o muerto, no puedo borrar mis sentimientos por él. Lo siento.
Guardamos silencio durante un rato. Pero no había incomodidad. Al cabo de unos minutos, Jake rompió el silencio.
- Bella, quiero explicarte algo. Le tengo repulsa a Edward por ser lo que es. Entiende que yo estoy programado genéticamente para matar a los de su especie. – Yo agache la cabeza – Pero él, como persona, como hombre… Me parece un tío de lo mejor. Incluso, si por un segundo, emito que es un chupasangre, me parece perfecto para ti. – Su confesión me dejó atónita. – Pero es lo que es Bella… Y es un detalle a tener muy en cuenta. Mucho.
- Lo sé. – Murmuré.
- Para seguir con vuestra relación, tendrás que convertirte en lo mismo que es él. Y esa idea me horroriza. Que la chica que he amado de forma natural, mi primer gran amor, llegue a convertirse en una vampira… - Noté su escalofrío desde mi asiento. – Piénsalo bien, Bella… Por mucho que lo ames, y puedo llegar a entenderlo. No soy quien para criticar el amor, habiendo sido imprimado… Pero, si cambias por él, no habrá vuelta atrás. Es una decisión eterna, año tras año, década tras década…
Giré la cabeza hacía la ventanilla. Aunque Jake me estaba hablando con muchísimo tacto, y como realmente un amigo que te quiere, eso no evitaba que sus palabras dolieran y me hiciesen reflexionar.
Eso era algo en lo que llevaba pensando un par de días, y que me tenía tanto agotada como agobiada.
Y tal como decía Jacob, era una decisión totalmente irrevocable.
Eso me llevo a tomar una decisión:
Tocaba charla con Carlisle.
Además, lo quería a él. A nadie más. Sería como una de nuestras tantas y tantas conversaciones de nuestra época de profesor – alumna.
Al llegar, Jacob, tan gentil como siempre, me ayudo a bajarme del coche, cargándome en sus brazos.
- No hace falta… - Me quejé; lo que no me sirvió de nada.
- ¡Vamos! No seas tan autosuficiente – Me recriminó sacándome la lengua.
¡Qué diferentes eran él y Edward. Uno ardía y el otro helaba al tacto.
A dos pasos de llegar a la puerta, Edward salió a recibirnos.
- Hola… - Nos saludó educadamente. Pero su tensión era palpable.
- Hola Edward. – Jake se limitó a hacerle un gesto con la cabeza.
- Trae, dámela. – Me pasaron de unos brazos a otros, como si fuera un bebé. – Gracias
Jake pestañeó sorprendido por la actitud tan honrosa de su enemigo acérrimo; incluso he de reconocer que yo misma me sorprendí por lo cortés y políticamente correcto que estaba siendo.
Jacob y yo nos despedimos, quedando en vernos pronto. Edward espero, conmigo en brazos, hasta que mi amigo dio la vuelta con el coche y se alejó.
- Gracias Edward. Tu comportamiento dice mucho sobre ti… Y sobre… - Me callé, notando como un rubor crecía en mis mejillas. Aunque eso no era novedad en el día de hoy, ya que me había pasado medio día sonrojada.
- ¿Y sobre…? – Me mordí el labio; no estaba preparada para acabar la frase. – Sé perfectamente como acaba la frase, pero esperaré hasta que tú quieras o sientas, que debes concluirla. – Su mirada se tornó dulce y cariñosa. Yo asentí con un ligero meneo de la cabeza.
Subí a la habitación, para asearme un poco y ponerme el pijama. Aunque iba con unos leggins y un jersey suelto, el cuerpo me pedía más comodidad.
- Llamaré a alguna de las chicas para que te ayude. – Justo él salía de la puerta, Alice entraba, con cara expectante. Yo la miré alzando una ceja, haciéndome la desentendida.
- ¡Oh… vamos! ¿No me vas a contar nada? – Preguntó poniendo pucheros. Esa ya iba siendo mi Alice.
- ¿Qué quieres que te cuente? – Le pregunté con tono cariñoso. Ella abrió los ojos ilusionados. – Todo. Os habéis pasado un montón de horas fuera, habéis tenido tiempo de arreglar los problemas políticos de la OTAN. ¡Jajajaja!
Mientras me ayudaba lavarme un poco y ponerme el pijama, le relaté resumiendo, lo que habíamos hablado. Omitiendo la conversación, o más bien, el consejo que me dio de vuelta a casa.
- Bueno… entonces, deduzco que os habéis amigado – Afirmó, con tono cauteloso. Yo asentí, con una gran sonrisa.
- Estoy en fase de recuperación – Sonreí por mi propia broma. Ella abrió los ojos, mostrando una gran ilusión ante mis palabras. – Solo que hay heridas que tardan más en cicatrizar. – Ella captó la indirecta al vuelo, por supuesto.
- Claro… - Y otra vez esa mirada de decepción, de tristeza. Igual a la que puso el día anterior cuando Jake y yo nos abrazamos. – Bueno… te dejo para que te acuestes… Edward no tardará en subir a leerte… - La corte.
- Voy a cenar a bajo. - Ella se giró hacía mí en el acto. - ¿En serio? – Asentí. – Te puedo bajar yo misma… como ayer. – Le mostré una gran y sincera sonrisa mientras volvía a asentir.
- Bella… ¿Puedo preguntarte algo? –Solo por su tono de voz, y como me miró, deduje que sabía lo de Edward. – Tu y Edward… - Preferí acabar yo la frase.
- Sí, nos hemos acostado… Y aún estoy asimilándolo. Sé que fui yo quien le pedí que se dejara ir… Que me probara… Pero, ha sido mucho de golpe… Y ahora me siento cohibida en su presencia.
- ¡Jajaja! – Rió ella.
- ¡Oh, vamos Alice! – La regañé. Pero a mí también se me escapaba la sonrisa.
- Esme ya está esperándote abajo… Pero ya hablaremos, ¿de acuerdo? – Asentí, agradecida por que no me bombardeara a preguntas.
Cuando llegamos a la cocina, Esme ya me tenía la mesa preparada y la cena estaba casi lista.
- ¡Vaya! En esta casa no existen paredes, ¿eh? – Reí.
- No cielo… No muchas – Me miró con cierta culpa.
- No, no pongas esa cara… Era una broma – Me disculpé.
- Lo sé, tranquila. Lo que siento, es que te incomode… Y no me malinterpretes, es normal. Uno tarda en adaptarse de que hay seis personas a tu alrededor que pueden escucharte desde varios metros a la redonda… Incluso que pueden oír tus pensamientos – En esto último, alzó un poco la voz.
- Te he escuchado, mamá – Le contestó Edward desde el salón con tono jocoso. A lo que ella sonrió maternalmente.
Con Esme fue más de lo mismo; un breve resumen de mi día con Jake. Y la misma reacción que Alice. Estaba feliz por mí, pero notaba ese trasfondo de tristeza, de envidia sana.
Rose que se había sumado a la reunión, también puso el mismo gesto.
- No hace falta que me evites la cara, Esme… Ni tu tampoco Rose. – Les dije. – Entiendo que en cierta forma, os moleste que con Jacob me muestre más comprensiva con su secreto que con el vuestro… Pero, aunque lo de él es tremendo… Lo vuestro es indescriptible. – Abrí los ojos exagerando el gesto. Ninguna contestó nada, así que seguí. – No quiero que nadie se dé por ofendido, ¿de acuerdo? – Las miré una por una a las tres – Pero entender que él, aunque se transforme en lobo, no deja de ser humano… Quiero decir, que sigue vivo. Por sus venas corre sangre, su corazón late, puede morir… Pero morir de verdad. – Puntualicé.
- Y puede engendrar hijos – Apuntilló Rose, con tono bastante mordaz, agachando la cabeza de inmediato.
Ante sus palabras, el silencio de la cocina se hizo espeso; tanto, que podía cortarse con un cuchillo.
Y yo, no sabía realmente qué contestarle. Podría haberme puesto soberbia y contestarle algo tan ofensivo como su comentario, pero preferí seguir por el camino del buen dialogo.
- Sí, Rose… Puede engendrar hijos… Eso solo es un añadido para definir que Jacob es humano. Ese detalle, no ha tenido nada que ver con el hecho de que a él lo allá aceptado y con vosotros siga manteniendo las distancias.- Suspiré – Diciendo eso, solo te haces daño a ti misma. – Puso un mohín de fastidio – Créeme cuando te digo que eso no ha tenido nada que ver.
- ¿Me vas a decir que el hecho de que Edward no pueda darte hijos, no es un obstáculo entre vosotros? – Pestañee sorprendida por su pregunta – Porque si no, realmente no entiendo qué es lo que pasa… Para nosotros las cosas, las emociones, los gestos, son mucho más evidentes que para ti, Bella. Nuestros sentidos nos dotan de percepciones que por mucho que te explique, no te acercarías a entender. – Yo seguía enmudecida. – Y se puede ver a kilómetros tus sentimientos hacía mi hermano… En cuanto él entra en la misma habitación, se te iluminan los ojos, aunque tú no te des cuenta…
- Rose… ¡Basta! – La mando callar Esme, autoritaria. – Bella estaba hablándonos de forma muy cordial. De manera muy educada y adulta, nos ha pedido tiempo para intentar asimilarlo, y está haciendo grandes esfuerzos. No la agobies. – Rose refunfuño algo inteligible para mis oídos, me miró con cierta disculpa y salió de la cocina.
- Lo siento… - Me disculpé – No quería ofenderla… Yo… - De pronto me sentí hundida.
Extremadamente cansada y así lo comuniqué.
- Imagino que hoy ha sido un día largo, agotador y mentalmente estresante. Deberías subir e intentar descansar algo. – Me animó Esme.
Cuando se disponía a cargarme, Alice intervino.
- Habéis tocado el tema del bebé, ¿verdad? – No era una pregunta, lo cual me dejo estática en mi sitio, y a Esme también.
- Sí, así es. – Agache la mirada.
- Y eso… ¿te supone realmente un impedimento tal y como ha dicho Rose? – Edward entró en la cocina sin que me diese cuenta, mirándome fijamente.
Alcé la cara, desencajada. Y volví a sentirme cohibida con su presencia. Pestañeando seguido y evitándole la mirada.
- Aunque yo no pueda darte hijos… Siendo tú humana, podríamos tenerlos haciéndote una inseminación. Engendrarías nuestro hijo, lo parirías… Seríamos papás. – relataba ilusionado.
- Tú… ¿admitirías eso? ¿Que no fuera hijo tuyo biológico? – Le pregunté sintiendo la emoción instaurarse en mí pecho. No tardó ni un micro segundo en contestar.
- Claro que sí. Tú lo llevarías en tu interior y lo criaríamos juntos. Sería nuestro niño… O niña – Sonrió tierno - ¿Cómo puedes pensar que no aceptaría eso? ¿Entonces las parejas que se inseminan porque no pueden tener hijos? – En eso llevaba razón.
Me quedé pensándolo un momento. Realmente eso sería una solución. Porque aunque ahora mismo no quisiera tener hijos… Pasados los años… Estoy segura de que sí que añoraría el no poder tenerlos, si llegara a convertirme.
- Pero… Entonces… habiendo la solución de la inseminación… ¿Por qué Rose no lo hace? – Pregunté extrañada.
- Las mujeres vampiras no podemos engendrar hijos. No podemos reproducirnos – Contestó la propia Rose. - Estamos… secas por dentro. – La miré perpleja. – No tenemos óvulos que puedan fecundarse y nuestro útero no hace los cambios pertinentes para albergar un bebé. Carlisle lo estudio, hizo mil pruebas, lo intentó hasta el infinito para darme un hijo pero… Es imposible. – Contestó ella con una más que visible emoción.
Metida en mis pensamientos, Carlisle entró en la cocina y me miró. Fijamente; con una liviana sonrisa en los labios. Me conocía. Parecía como si él, sí pudiese escuchar mis pensamientos.
- Ahora sí… ¿Verdad? – Su sonrisa se hizo más notoria y yo me mordí el labio – Es el momento… Ahora si estás preparada para escuchar; para informarte y preguntar. – Todos los presentes en la cocina, Esme, Alice y Edward, nos miraban de hito en hito, sin acabar de entender. Hasta que a Edward le cambió la mirada por una llena de luz; esperanzado.
Había leído los pensamientos de Carlisle.
- ¿Qué es lo que pasa? – Preguntó Esme – Ahora está preparada, ¿para qué?
- Para mantener esa conversación pendiente. – Contesté yo. Se escuchó un leve jadeo de sorpresa y esperanza – Pero… - No me dejó acabar.
- Solos tú y yo. Como en los viejos tiempo – Me guiñó un ojo y me miró con ternura. Yo asentí en silencio.
Permanecimos con la mirada atrapada en los ojos del otro durante un tiempo que no sabría calcular; pero noté esa sensación de confort, de comodidad, de aprendizaje que tenía olvidada.
- ¿Qué os parece si hacemos una partida de caza? Así dejamos al profesor y alumna con su "clase". – Sugirió Edward. – Bella estará más cómoda si sabe que ninguno de nosotros puede escucharla. - Lo miré y le sonreí, agradecida por su mano izquierda.
Dicho y hecho. Todos se organizaron en cuestión de minutos para su expedición de caza. Mientras, Carlisle me subió a su despacho, para que la decoración y la sensación fuera lo más parecida a aquellas conversaciones que teníamos hace meses.
- Voy a subirte una taza de chocolate, Esme acaba de preparártela, y unos bollos. Necesitarás algo de azúcar para estar despierta y ágil en la conversación. - Dicho lo cual, sin darme tiempo ni siquiera a decir un simple gracias, desapareció por la puerta, y en su lugar, apareció Edward.
Se había cambiado, y ahora llevaba un vaquero desgastado negro, y una camiseta del mismo color de manga larga. Estaba arrebatador.
Se acercó hasta la butaca donde estaba sentada; se agachó de cuclillas para quedar a mí altura y me observó durante unos segundos.
- De esta conversación, solo puede haber dos resultados posibles. – Fruncí el ceño – O huyes despavorida de aquí, no queriendo saber nada más sobre nosotros… O nos aceptaras y las cosas vuelven a su cauce. Pero el cambio en tu actitud será notorio.
- Bueno… - Intenté replicar, pero no sabía muy bien cómo. Edward me cortó, sacándome de mi lio verbal.
- Carlisle no va a reparar en detalles, te aviso – Me miró con advertencia. – Pero es la única manera que todo te quede claro. No podemos seguir con más remilgos… Eres fuerte, eres adulta y eres muy inteligente. O lo aceptas o no. No hay más. – Sentencio muy tajante. Mi respiración se hizo más y más pesada.
- Y… ¿si no pudiera con ello? ¿Qué pasaría? – Mi voz era un débil susurro.
- No quiero pensar en esa opción… - Frunció el ceño, mostrando un gesto cargado de dolor, el cual me partió el alma.
Entonces, tuve que hacerlo. No sabía lo que pasaría después de hablar con Carlisle… Esta, iba a ser una conversación bastante más dura que la de Jacob.
Y por si mi opción era que no podía con ello… Necesitaba decírselo, quizás, por última vez.
- Te quiero Edward… - Él me miró atónito – No sé cuál será mi decisión… Pero, necesitaba decírtelo. Estoy completamente enamorada de ti…
Casi no había acabado de decirlo, Edward agarró mi cara con sus manos, y estampó sus labios contra los míos. En un gesto cargado de romanticismo.
Nos dimos dulces y amorosos besos durante un largo rato. Transmitiéndonos todo el amor que sentíamos el uno por el otro. Hasta que el sentimiento fue cambiando por uno igual de intenso… O incluso más:
El deseo. Otra vez.
Edward suspiró en mis labios, haciéndome sonreír, y se apartó solo unos centímetros.
- Yo también estoy completamente enamorado de ti. Irrevocablemente enamorado. – Sonrió al venírsele una idea a la cabeza, yo lo miré alzándole una ceja – Desde el primer instante en que vi tu rostro en los pensamientos de Carlisle. – Su mirada, la cual se había oscurecido, ahora, mirándome fijo a los ojos, era del color del oro líquido. – No he tenido la ocasión de contártelo, pero yo también necesitaba confesarte esto… Por si no hubiese más oportunidades… – Ahora sus ojos mostraban una tristeza infinita.
Le acaricié la cara, mostrando el reflejo de su tristeza en mi propio rostro.
- Es hora de marcharme… Y que tu charla informativa comience. – Su boca sonrió, pero sus ojos seguían mostrando gran tristeza. – Espero… y créeme que es lo que más he deseado en mí vida, poder verte mañana.
Se alzó, me besó la cabeza en un beso largo y profundo, y se encaramó hacía la puerta. Pero antes de que saliera, lo llamé.
- Edward… Gracias por permitirme hacer esto sola. – Él me miro confundido – Sí… me refiero a que no has hecho mención a querer quedarte e intervenir en la conversación.
- Es algo que debéis hacer entre tú y Carlisle. Vosotros os entendéis a un nivel distinto. Os complementáis y, eso… Os entendéis. Si yo me quedara, intoxicaría vuestro ambiente. Tú no te sentirías cómoda y no indagarías en preguntas, que estando yo delante no harías. – Asentí, y él también.
No se despidió. No dijo absolutamente nada. Solo me miró, por última vez antes de salir por la puerta. Y yo, en ese preciso instante, me sentí morir.
Morir, porque sabía que existía un alto porcentaje de que no pudiera con todo lo que Carlisle iba a exponerme, que fuera demasiado para mí. Demasiado para asimilar por una mente humana tan cerrada y escéptica como la mía.
Carlisle llegó al cabo de un momento, con una bandeja con el chocolate y los bollos. Los depósito a mí lado en su escritorio. Él se sentó en el sillón al lado del mío.
- ¿Preparada? – Sonrió, pero al igual que a su hijo, el gesto no le llegó a los ojos. Asentí.
Durante casi dos horas seguidas, dejé a Carlisle relatarme sin interrumpirlo. Estaba anonadada. Notaba como mi pulso se había acelerado casi desde que había comenzado a hablar, y tras dos horas, seguía igual de acelerado.
- ¿Quieres hacer una pausa? – Me preguntó en un par de ocasiones. A lo que yo me negué.
Después de ese tiempo. Él paró. Mantuvimos un silencio durante unos minutos y comencé la ronda de preguntas; y tal y como me había avisado Edward, no escatimó en detalles.
Cuatro horas seguidas estuvimos hablando. Sin para a nada. No podía dejar de escucharlo. Y más, cuando yo comencé a preguntar. Todo me quedó claro. Clarísimo.
Pero, era demasiado. Tanta información de golpe me sobrepasaba.
- Necesito pasar un tiempo a solas… - Le pedí. – En mí casa. – Apuntillé. – Aquí, no estaría sola, y lo sabes. – Sonreí, pero no me llegó el gesto a los ojos.
Sin intentar hacerme cambiar de parecer… Me llevó a mi casa.
- Aun no estás demasiado recuperada… Pero entiendo que necesites tranquilidad para reflexionar sobre todo lo que te he contado. Cuando quieras volver… Si es que eso ocurre, solo tienes que llamar. ¿Lo sabes, verdad? – Me dijo con tono gentil y mirada dulce. Asentí. No era capaz de hablar, ya que un nudo enorme en mi garganta se había apoderado de mi capacidad del habla. – Nadie te molestará… o por lo menos, esa orden les daré.
Me ayudó a entrar en mí casa, hablamos unos instantes y me dejó allí. En la tranquilidad y soledad de mí casa.
Estaba agotada, así que sin desvestirme si quiera, me fui hasta mi dormitorio y me eche en la cama. Necesitaba dormir; descansar y desconectar.
Cuando despertara, pondría mis ideas más en orden… pero ahora me era imposible. Estaba agotada.
