Zafiros y esmeraldas
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 2 Renacer
La abuela Candy me enseñó a trepar árboles. Sigo mirando mi casita del árbol con la misma fascinación de cuando era un chiquillo y ahora que soy mayor y estoy casado, me he jurado que esa casita del árbol jamás se derribaría porque la quiero para mi futuro hijo o hija. Soy William Albert Andrew III y tengo la mejor abuela del mundo. Siempre la he admirado, en esa foto del despacho del abuelo William. Está ella en la flor de su juventud. La pintura tiene las iniciales T.G.G. Es un misterio que ella nunca ha revelado a pesar de que a mí me ha contado una fallida historia de amor, una que a veces he pensado que es la suya propia. Tal vez el misterioso hombre autor de su retrato.
En los últimos días la abuela ha estado muy cansada. Se la pasa en su cuarto y sé que a sus más de noventa años, debe pesarle cada año, cada hueso de la vida tan activa que tuvo. Está en su mecedora y con ella lleva un enorme cajón. No es la primera vez que la veo con ese cajón, ella lo llama el cajón de los amores perdidos. Pienso que tal vez la abuela amó a alguien y lo perdió para siempre porque... la vi ser feliz con el abuelo, cuyo nombre yo porto con orgullo, pero sin embargo... parecían hermanos. Dos seres que se protegían uno al otro con su vida, pero mirada enamorada, no... esa mirada nunca se la vi a ella, no con el abuelo. En cambio... mira recortes de periódicos, cartas y fotografías viejas y entonces se enamora su mirada, su semblante, todo en ella.
—Abuela, ¿otra vez viajando en el tren de la melancolía?
—Recordar es vivir, cielo mío. Recordar es vivir y vivir es algo que se me va escapando cada día.— Me sonríe y eso hace que sus arrugas se marquen más. Graciosamente anda con dos coletas, dos coletas rizas y completamente blancas.
—¿Recuerdas al abuelo Albert?
—Entre otras cosas, sí. También al abuelo Albert.
—¿Lo amaste?
—Claro, cariño. Él fue ese otro amor que terminé encontrando.
—No entiendo, abuela...
—No entenderías, querido Willie. Cielo, la vista ya no me alcanza. ¿Podrías leerme este fragmento que me encanta?
La abuela saca un pequeño libro de reflexiones y yo lo tomo, me siento a sus pies mientras ella se mece lentamente. Me gusta hacerle compañía a la abuela, es una costumbre que aún siendo un hombre, no pierdo. Me pongo a leer:
"Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas y vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos...
Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella...
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón e impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejas de intentarlo...
Te rindes y buscas a esa persona que acabas encontrando.
Pero te aseguro que no pasará una sola noche, sin necesitar otro beso suyo o tan siquiera discutir una vez más.
Sabes de qué estoy hablando, porque mientras estabas leyendo esto, se ha venido su nombre a tu cabeza.
Te libras de él o de ella, dejas de sufrir, consigues encontrar la paz (la sustituyes por la calma), pero te aseguro que no pasará un solo día en que desees que estuviera aquí para perturbarte.
Porque a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien que amas, que haciendo el amor con alguien que aprecias".
La abuela cerró los ojos sonriente tan pronto como terminé de leer. Su sonrisa es soñadora, está recordándolo. No tengo que ser un genio para saber que es a ese segundo amor que perdió para siempre a quien está recordando. Tal vez el protagonista de las discusiones tontas del San Pablo, ese con quien desprendió más energía discutiendo porque lo amaba y a su vez, amaba discutir con él, más de lo que amó ser amada por quien apreciaba. Ella hablaba de un arrogante inglés que se enamoró de una chica americana, nunca ha dicho que fuera ella y hoy... hoy yo he descubierto su secreto.
—¿Deseas tomar una siesta, abuela?
—No, cariño. Si paso la mayor parte del tiempo soñando. Ya me quedan los últimos soplos, déjame que se los dedique a mi amor.— Vuelvo a sonreir mientras ella sueña despierta, aunque sus ojos están cerrados. Escucho que tocan a la puerta.
—Adelante.
—William... Aquí estabas, cariño.— Mi esposa Eloise entra sonriente. El amor de mi vida, el único, con ella amo todo, discutir, amarnos, todo.
—Quería darles una gran noticia a ti y a la abuela.
—Te escuchamos, cariño.
—Es un milagro. ¡Un milagro!— Mi esposa está eufórica y llora de alegría. Yo no sé a qué se refiere, pero me contagio de su júbilo.
—¿Qué es un milagro, amor?
—Que vamos a ser padres.— Se muerde el labio esperando mi reacción.
—Padres... ¿Osea que...?
—¡Sí!— Exclama ella a viva voz y la beso y levanto por los aires.
—¿Escuchaste abuela? Vas a tener un bisnieto... ¿Abuela?— La llamo con terror porque aunque sonríe, sus ojos están cerrados y ella no reacciona. Su mecedora no se mueve, ella no se mueve.
Escucho que mi nieto me llama, pero su voz es lejana y yo me encuentro en otro lugar. Hay mucha luz, todo es blanco... estoy rodeada por hermosas, gruesas y blancas nubes. Hay una hermosa música que me transmite paz. Puedo ver mi reflejo en un manantial cristalino donde un cordero bebe apaciblemente. Me sorprendo... no estoy vieja... no tengo arrugas... me veo... me veo exactamente como cuando tenía diecisiete años. Me toco el rostro y miro hacia todas partes sintiéndome perdida. Veo ángeles, querubines, serafines... y una hermosa escalera de oro que me invita a descender. Escucho una melodía... la conozco. No la confundiría jamás. Es... es la melodía de Terry...
—¿Terry?— Me pregunto y él desde el final de las escaleras, tocando la armónica y me sonríe y extiende su mano invitándome a alcanzarlo. Él se ve exactamente igual que cuando tenía veinte años... cuando nos despedimos para siempre.
—Sí, Candy. Se acabó la espera, amor mío.
—¡Terry!— Voy corriendo hacia sus brazos, como en los tiempos de colegio. Lo abrazo fuerte, muy fuerte y lloro.
—Este no es el fin de la espera. Este es su renacer.— Dijo una voz poderosa, pero suave y comenzamos a buscarla. Hay un señor de edad incalculable, vestido con una túnica blanca, impecable y tiene dos bebés en sus manos, como si los estuviera moldeando, esculpiendo.
—¿Quién es usted?— Pregunto asustada y me aferro a los brazos de Terry.
—Yo soy el Creador. Y éste, éste es el cielo.
—Esperé mucho aquí por ti, querida.
—Y continuarás esperando, Terrence.— Dice el señor y sigue esculpiendo a los hermosos bebés.
—No entiendo por qué dice eso. He esperado demasiado para tenerla de nuevo conmigo. No fue posible en la tierra... ¿también me la arrebatarás en el cielo?— Mi rebelde con la vida y su paso siguió siendo impulsivo y voluble.
—Yo no te quité a nadie. A tu amor te lo quitó tu falta de determinación, tu cobardía. Y ella, ella te perdió por no tener sentido de posesión, por no saber defender lo que le pertenecía. Yo creo a cada uno con un propósito y los creo con amor. No te la estoy quitando. Les estoy devolviendo su amor. Tienen otra oportunidad para luchar nuevamente. ¿Se aman?
—¡Por supuesto!— Respondemos ambos indignados al unísono.
—Tienen una segunda oportunidad para demostrarlo.— Nuestros ojos se llenan de confusión y a la vez de una gran esperanza.
—¿Qué tenemos que hacer?— Pregunta Terry decidido y aprieta fuerte mi mano.
—¿Qué piensan de estos hermosos bebés?
—Son...muy lindos... adorables.— Respondo y me atrevo acariciar a la bebé rubia y el señor me la extiende. Se siente tan hermoso cargarla, es una sensación diferente a cualquier otra. El señor de la túnica de pronto le extiende el otro bebé a Terry. Él lo carga sorprendido y lo mira con curiosidad y cierta torpeza. El de él es un niño, de pelo castaño y ojazos azules.
—Me alegro que les gusten. Porque son ustedes. Volverán a la tierra y se encontrarán, pero... no lo sabrán. Regresarán como sus respectivos bisnietos.
—Terrence Grandchester...— Murmuro mientras el chico se me presenta y está con su mano extendida. Cuando la estrecho... me quemo, me quemo literalmente, fue como una corriente y mi palma aún arde.
—¿Qué fue eso?— Pregunta él desconcertado y al igual que yo se queda contemplando su palma.
—No lo sé... nunca me había pasado antes...—Respondo nerviosa. Nos quedamos mirándonos fijo, sin comprender y él vuelve a extender su mano, la pone en alto y yo uno la mía. Tan pronto como se unen, volvemos a quemarnos, pero es un ardor más suave y las dejamos pegadas, sin saber por qué y sólo nos miramos. Mis ojos verde esmeralda se funden ante la intensidad de sus dos zafiros.
—Candy... ¿estás segura que no nos conocemos de algún lugar?
—No... hace a penas unas semanas que llegué a Nueva York... ¿por qué?
—Porque... siento que te conozco... es decir, no te conozco, pero no te me haces extraña. Me siento... atraído a ti de algún modo... te he visto, sé que te he visto en alguna parte.
—Debe ser el efecto de la porquería que te fumaste.— Me burlo y retiro mi mano de la suya, pero al hacerlo... me quemé más fuerte. Era insoportable, dolía y él volvió a unir su mano con la mía. Volvió a ser cálido su tacto y ya no me dolía.
—Es extraño... tú, Pecosa, eres todo un misterio.— Me dice y recorre todo mi perfil con su dedo, enreda en él un mechón de mi pelo y yo... no lo conozco, pero... no me siento hostigada por su acercamiento cuando hace a penas minutos que lo conozco. Sigo mirando sus ojos y él mira los míos. Intento separar mi mano de la suya, pero... cada vez que lo hago, me quemo fuerte y duele.
—No la apartes. A mí también me duele mucho.— Toma nuestras manos entrelazadas y las besa. Yo no puedo decir o hacer nada... sólo perderme en su hechizo.
—¡Terry! Terry, papi, aquí estás.— Se aparece una chica delgada, rubia, lacia, la falda de nuestro unifome la lleva mucho más corta de mitad de muslo, los primeros botones de su blusa blanca están abiertos, mostrando bastante sus pechos, tiene zapatos negros de plataforma y sus medias blancas son hasta debajo de las rodillas. Se acerca a él melosa y lo besa sin ni siquiera reparar en mi presencia, rompiendo todo el contacto y mi conexión con Terry. Mi palma experimenta un gran vacío, un frío por el fuego extinto. Terry al parecer fue tomado por sorpresa, no correspondió al beso de la chica que parece más una stripper que una colegiala. Ella lo acaricia, pero él me sigue mirando.
—Eh, Susana... ella es Candice...— Me presenta él cuando sale de su estupor.
—Ah... sí, ¿eres la nueva, verdad?— Me sonríe con hipocrecía y me mira con desdén. Yo sólo me limito a asentir.
—Soy Sussy. La novia de Terry.— Me vuelve a sonreir mientras se pega de él como una lapa y siento algo muy extraño dentro de mí. Siento que la odio, sin ninguna razón, sin más. Siento una fuerte opresión en el pecho... algo que no entiendo, pero me resulta repulsiva la presencia de esa chica.
—Bueno, ya me voy... Terry, Sussy, fue un placer conocerlos.— Sonrío forzadamente y me voy a mi habitación sin mirar atrás. Me doy un baño, me coloco mi pijama, no tengo intención alguna de ir a cenar. La partida de Anthony ha causado estragos en mi apetito. Me recuesto en mi cama y abrazo el peluche de Anthony y lloro. Lloro porque lo extraño mucho, demasiado. El perro de peluche tiene en su panza un marco plástico donde debe ir una foto, tengo por supuesto una foto suya ahí, así que duermo con él cada noche.
Miro la fotografía con detenimiento. Anthony sonríe dulcemente... yo tomé esa fotografía, mi amor sólo tenía veinte años... Cierro mis ojos y de pronto... de pronto no puedo ver más el rostro de Anthony... ahora veo... veo a Terry y mi palma arde, me arde mucho y no puedo aliviarlo. Sólo su contacto lo alivia, pero... tendré que acostumbrarme a la sensación. No puedo tener su palma disponible y además está su horrible y frentona novia que tanto odio. Mis ojos se van cerrando lentamente y el ardor en mi palma no se alivia.
Despierto un par de horas después. Alguien está tocando a mi puerta. Deben ser de la ronda nocturna. Me levanto con pesadez y abro la puerta.
—¿Terry? ¿Qué haces aquí?— Pregunto alarmada y mirando a todas partes mientras él se queda en el marco de la puerta y me mira intensamente. Caigo en el hecho de que llevo una pijama muy cómoda y reveladora. Es de franelita, la tela es de licra, se pega a mi cuerpo como un guante y el short es realmente corto, me siento demasiado expuesta.
—Olvidaste tu libro...— Me dice y me lo extiende y entonces se escuchan los pasos de la guardia por nuestro pasillo. Cierro mi puerta inmediatamente y jalando a Terry hacia adentro.
—No deberías estar aquí. Pudieron habernos cachado.— Le reclamo muerta de nervios y con el corazón en un puño luego de librarnos de la ronda.
—Lo siento, pensé que querrías tu libro...
—Gracias...— Cuando me lo extiende, su mano roza la mía y otra vez nos volvemos a quemar, esta vez más fuerte. Mucho más fuerte.
—¡Dios! ¿Esto siempre será así? Llevo la mano ardiendo toda la tarde...
—También yo...— Murmuro y busco su palma con desesperación para calmar el dolor por el ardor despiadado que siento.
—Bueno... creo que debes irte...— Le digo y despego mi mano de la suya.
—¡Aaahhh!— Lo veo caer de rodillas al piso y se queja mientras se sujeta la mano.
—¿Terry? ¿Qué pasa? ¡Aaahhh!— Caigo también de rodillas junto a él y el ardor en mi mano es insoportable. Él se arrastra hasta mí y unimos nuestras manos. El dolor se va.
Continuará...
¡Hola! Espero que hayan disfrutado de este Nuevo capítulo.
Aclaraciones:
1. El que estaba cuando murió Terry de Viejo, era su nieto, Terry II, padre de Terry III que es con quien se encuentra Candy en el internado. Ellos reencarnaron en sus respectivos bisnietos.
2. Candy, al final se casó con Albert e hizo su vida, pero aunque lo quiso, nunca olvidó a Terry. El padre de Candy III es William Albert III, nieto de Candy y Albert.
3. Terry y Candy murieron en el momento en que las esposas de Terry II y William III anunciaron sus embarazos ya que reencarnarían en esos bebés.
El fragmento que William Albert III le lee a Candy pertenece a Paulo Coelho de su libro "El Sahir".
Gracias por tus comentarios:
norma Rodriguez- Eri- Amy C.L- Laura Grandchester- zucastillo- dulce lu- Eunice97- paola odalis- val rod- Luisa- Olga- Carito Andrew- Iris Adriana- Guest- Eva Mara Hernndez- LizCarter- CONNY DE G- WISAL- Zafiro Azul Cielo 1313- VERO- kary klais- Betk Grandchester- Mon Felton
Eunice97: Me gusta Paulo Coelho. Sin embaro, ese libro, "Once minutos" tendría que leerlo nuevamente, tenía 15 años cuando lo leí, osea, hace 11 años casi y no recuerdo bien los detalles... de él también he leído, "Verónica decide morir" "El demonio y la señorita Prym" y "A orillas del río piedras me senté y lloré". Todos ellos para la misma fecha, así que tengo que volver a leerlos.
Hasta mañana,
Wendy
