Zafiros y esmeraldas

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 3 Conectados


Tan pronto uno mi mano a la de Terry, la quemazón se calma y recuperamos nuestras fuerzas, en parte, porque me siento débil, muy débil mientras estamos en el suelo de mi habitación, recostados uno del otro y respirando forzadamente.

—No entiendo esto, Terry... si no creyera en esas cosas diría que nos han hecho brujería.— Le digo con mi mano entrelazada a la suya y él mira un momento nuestras palmas, luego a mí. Siempre que me mira está buscando algo, algo que no entiendo.

—No lo entiendo tampoco, Pecosa.— Me vuelvo a quemar fuerte cuando me llama así, pero en seguida se alivia.

—Intenté dormir y no pude... la mano me quema demasiado.

—Pues tendremos que lidiar con eso, no pretenderás hacer una pijamada aquí.

—No suena mal la idea, sobre todo... contigo tan cómoda.— Me sonríe de lado y yo me siento desnuda, cubro mis piernas con la mano libre y me avergüenzo.

—No suelo recibir visitas de chicos a estas horas de la noche en mi habitación.

—Siempre hay una primera vez, preciosa. Siempre hay una encantadora primera vez. ¡Ah! ¡No lo hagas! No sin aviso.— Se queja y vuelve a tomar mi mano que aparté de él por hacerse el gracioso.

—¿Y qué te ha traído a Nueva York?— Me pregunta y sonríe, comienzo adorar su sonrisa. Deja de verse como un chico rebelde y malo y de pronto me parece muy adorable. Entonces reparo en su pregunta y mis ojos se nublan. Tratar de superar a Anthony me trajo a Nueva York, pero... no hablo con nadie de Anthony y no pienso hacerlo con él.

—Quería un cambio...

—¿Querías olvidar?— Pregunta distraído y está sobando nuestras manos unidas. Es algo que no entiendo. Sus piercings en la ceja y en la oreja, estaba fumando marihuana y de lejos se ve como el chico rebelde, pero a veces... a veces veo más que eso y a penas lo conozco hace menos de un día y de momento... es tan tierno, algo que no encaja con su apariencia, aunque miento si dijera que no atrae. Es guapísimo, es fuerte... y es un chico malo. Es lo que yo llamaría irresistible si Anthony no fuera aún una herida abierta.

—Vine a tratar de olvidar, sí. Tienes mucha razón...

—¿Estás sola y triste, verdad?— Me mira y es tan dulce la forma en que sus ojos me ven. Quiero contestar, pero no pude. Se me inflamó un nudo en la garganta y reacciono llorando. Mis lágrimas caen inmediatamente y muero de vergüenza ante él.

—Oh no, no, no Pecas. No hagas eso. No llores. ¡Joder!— Dice y me pega a él y me abraza y yo sólo lloro, lloro como una tonta y me aferro a los brazos del desconocido.

—Lo siento. Tenía algunos días que no lloraba, pero...

—No te disculpes. No podemos disculparnos de nuestro dolor, tenemos derecho a expresarlo. Si deseas, háblalo...

—No, no puedo. No puedo hablar de eso. ¡No puedo!— Me voy poniendo histérica y él me aprieta más fuerte.

—Está bien. No me lo cuentes. Pero por favor, trata de no llorar.

—¿Quién eres? ¿Cómo sacas tanta ternura siendo así...?— Me callo de pronto porque sé que estoy sonando despectiva y no quisiera ofenderlo cuando él se ha portado tan lindo conmigo.

—Incluso los rebeldes tenemos sentimientos, Pecosa. También tenemos sangre en las venas. Somos capaces de sentir dolor, pérdida... ¿Has perdido a alguien?— Asiento y mis lágrimas vuelve a caer, bajo la mirada. Todo sigue doliendo tanto.

—Conozco ese sentimiento. Desde que nací perdí a alguien.— Veo que sus ojos azulísimos se ponen aguados y se enrojecen. De pronto veo lo que hay detrás de su fachada. Un dolor agudo, muy profundo y mi mano vuelve a quemar. Siento algo muy extraño, un impulso y sólo quiero consolar a ese niño triste que está peleando contra sus lágrimas.

—Creo que nunca nos reponemos de eso...

—Nunca. Sobre todo cuando tienes a alguien que te lo recuerda constantemente.— Eso lo dijo con cierta rabia y sus ojos se oscurecieron. Con mi mano libre enjugo las lágrimas de él que cayeron de sus ojos cuando éstos ya no podían soportar más su peso. Con su mano libre, él toca la mía que está en su rostro y la retiene ahí, en su mejilla y mi palma quema más suave entrelazada a la suya.

—Mi madre... ella murió por mí. Para que yo naciera.— Se me oprime el pecho cuando dice eso y lo miro, mi mano libre sigue aferrada por él a su mejilla y él la va paseando por su rostro suavemente.

—Lo siento mucho, Terry... yo... yo no sé que haría sin mi madre... o sin mi padre...

—Mi padre me odia.— Mis ojos se ponen grandes al escuchar eso y en su rostro hay tanto dolor, tanta tristeza que siento que me parto nuevamente.

—No creo que sea así. Ningún padre puede no querer a sus hijos.

—Sí que los hay. Me odia por matar a mi madre.

—¡Por Dios! No digas eso, Terry... no tienes la culpa de haber nacido...

—Eso explícaselo a mi padre.— Expresa con rabia y ahora lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Su apariencia, la rebeldía, el deseo de portarse mal. Esconde su dolor detrás de su popularidad y su fachada de niño malo.

—Entonces yo hablaré con tu padre. Lo abofetearé si es necesario por haberte hecho creer semejante estupidez.

—Jajajajajaja. Eso tengo que verlo.— Rió a carcajadas y fue sencillamente hermoso. Es hermosa su risa, me llegó al alma.

—Bueno, Terry, no es que te esté echando, pero... creo que debemos descansar... yo aún estoy adaptándome a esta nueva escuela...

—Claro. No tardarás en hacer amigos. Eres muy linda y... simpática.— Se pone de pie conmigo de la mano que quema, por eso no la suelta, tenemos miedo de volver arder.

—Eso espero. Al menos a ti te conozco.

—Entonces soy tu primer amigo. Eso es todo un honor.

—Devuelve mi mano, Terry.

—Oh, sí, lo siento.— La va soltando lentamente y nos comienza arder, demasiado, es insoportable.

—Tiene que haber una manera... esto no puede ser así siempre.— Digo y nos estamos mirando, entonces él piensa en en algo. Toma mi palma ardiendo y la besa. El ardor desaparece, mi mano es aliviada y también la suya. Nos quedamos mirando sorprendidos.

—¿Cómo sabías que se nos quita así?

—No lo sabía.— Se defiende mientras yo sigo intrigada y muchas cosas más que no comprendo.

—No lo sabía, Candy.— Dice suave y me besa la mejilla, luego se va, cierra la puerta y yo sigo de pie en el mismo lugar. Mi mejilla está temblando. Llevo mi mano a la mejilla que besó, mi mano derecha, la que sufre las quemaduras y enseguida comenzó arder.

—¡Dios! ¿Qué me has hecho, Terrence Grandchester?

Dormí bien esta noche. Es la primera noche en que duermo bien. Me aseo y me pongo mi uniforme. Es mi segundo día de clases y aún no tengo amigas, no conozco a nadie, bueno, tampoco es que haya hecho un gran esfuerzo por socializar. Llevo mi bandeja de desayuno y miro hacia todas las mesas, en cada uno hay un grupo charlando animadamente y todos me miran indiferentes. No me siento bienvenida y no sé dónde sentarme.

—Karis, ven, siéntate con nosotras.— Para rematar, Susana me está llamando a sentarme con ella y sus amigas.

—Gracias, Sussy, soy Candice.— Le recalco y me siento luego de sonreir sin muchas ganas. Me pregunto qué pensaría ella si supiera que su novio estuvo en mi habitación anoche.

—Eh, sí, Candice. No soy buena con los nombres. Chicas, ella es Candice, amiga mía y de Terry. Candice, ella son Eliza y Luisa.— ¿Su amiga? Me pregunto y no puedo creerlo. Ella me cae súper gordo y me está presentando como su amiga. Sus amigas son como ella. Visten el uniforme de manera provocadora y no sé cómo el rector no dice nada, bueno, niños ricos, debe ser seguro un lamebotas. Eliza es peliroja y sus ojos son ámbar, es bastante delgada y Luisa es mulata, tiene el pelo parado en rizos muy finitos, como caracolitos,es guapa, pero su expresión es de arpía igual que la de Susana. Me quedo tranquila, después de todo han sido amables en invitarme a su mesa cuando todos me ignoran. De pronto en otra mesa veo a Terry, de lejos con sus amigos, algunos de ellos hacen bullyng a los a los nerds, Terry me ve, se me queda viendo con curiosidad y yo le sonrío con timidez.

—Cuéntanos, Candy, ¿de dónde vienes?— Pregunta de pronto Susana al darse cuenta de que miro a su novio, está sonriendo, pero es una sonrisa dura, de advertencia. Como diciendo, se mira, pero no se toca.

—De Chicago.— Respondo y sigo pendiente a mi cereal.

—No he estado ahí. Cambiando el tema. Yo soy la encargada de las actividades y del grupo de baile. Se nos fue hace poco una integrante y me gustaría saber si quisieras unirte al grupo. Te encantará. Hacemos concursos de moda, competimos con otras escuelas y nuestras fiestas son las mejores.

—Suena bien, Sussy, pero por el momento, no lo creo... no soy una chica de fiestas o divertida...

—¡Bah! Tonterías, te gustará el grupo. Sólo piénsalo y luego me dices.— Dice Susana con su sonrisota plástica mientras ella y sus amigas se levantan y siguen su camino. Yo respiro con alivio. Conozco bien las intenciones de Susana. Piensa que estoy invadiendo su territorio y me quiere cerca, me quiere vigilada y me ofrece su amistad para mantenerme controlada bajo un sentido de lealtad y así no le quitaré a su novio. La niña piensa que nací ayer. Además, no me interesa su novio. ¡Oh no! Otra vez no... me tengo que sobar mi palma ardiendo nuevamente. Miro de reojo a la mesa de Terry. Él también se está sobando la mano y de pronto nuestras miradas chocan. Bajo la vista de pronto.

Pasan tres días y me he acoplado a la escuela, a las clases, pero sigo rehuyendo de Susana y su grupo. Se me han ido acabando las excusas y tengo a la insoportable Sussy pegada a mi zapato como una goma de mascar. Voy caminando con el enorme libro de historia de Estados Unidos en las manos para dejarlo en el locker.

—Candy...— Terry me saluda sonriendo y lleva el uniforme de educación física y una toallita. Venía de correr y está sudado, su pelo recogido en una coleta. Se ve tan guapo y sexy. Mi mano poco a poco arde.

—Hola, Terry.— Le devuelvo una sonrisa amplia mientras aseguro mi locker.

—No te he visto en los últimos días. Pensé que éramos amigos.— Me reclama y sé que tiene razón. No he hido al lugar de nuestro primer encuentro y en cierto modo he estado evitándolo, porque estar cerca de él es como bañarme con feromonas y atraer a la víbora de su novia.

—Eh, sí... es que he estado ocupada... ya sabes, adaptándome...— Respondo y se me cae un broche con el que pienso sujetar mi cabello.

—Toma.— Me lo extiende Terry caballerosamente.

—Grac... ¡Ahh!— Tan pronto como se rozan nuestras manos nos quemamos.

—Sé cómo se cura, Pecas.— Besa mi palma y es alivio en seguida, pero... se queda con mi palma en sus labios y me mira...

—Terry, bebé, llevo rato buscándote.— Se aparece de pronto Susana y sus secuaces, me sonríe, pero es una amenaza y veo que Terry pone los ojos en blanco.

—Sussy, te dije que tengo ensayo con los chicos.— Responde Terry con fastidio y aparta de él las pegajosas manos de Susana.

—Oh, lo siento. Es que lo olvidé, mi amor.— Le dice melosa y le da un beso en la comisura de los labios. Mi palma arde, arde por abofetearla, pero sé que no puedo y además, no tengo razón alguna para hacerlo.

—Candy... ¿ya has decidido si entras al grupo?—Oh, ahí estaba nuevamente la chorrada del dichoso grupo.

—¿Al grupo?— Pregunta Terry sorprendido y curioso.

—Pues sí. Ahora que Dorothy no está... nos hace falta una integrante.

—Bueno, suerte con eso, chicas.— Se safa Terry de su novia pulpo y se va.

—Lo he pensado, Sussy, pero como te dije... eso como que no me va...

—Vamos, Candy... no seas tonta... te encantará...

—No lo creo, Sussy... ¿y que pasó con la tal Dorothy?

—Se salió de control.— Dice Eliza que casi nunca se dirige hacia mí.

—Quiso sobrepasar a Sussy que es la jefa.— Añade Luisa y me doy cuenta de lo patéticas que son las dos. Son las perritas falderas de la Sussy. Están locas si piensan que quiero formar parte de su círculo de amigas.

—Entonces intentó quitarme a Terry. Y hasta ahí llegó.— Me dice Susana muy cerca, tomó uno de mis rizos y luego lo soltó. Me sonríe como dejándome advertida.

—Pues que pena con lo de Dorothy, pero... mi respuesta es no. Lo siento Sussy.— La aparto de mi camino y sigo andando. Voy hacia mi lugar privado a leer mi libro. La historia me tiene intrigada. Veo que no tiene el marcador que había dejado en él, en cambio, hay una rosa aplastada en la página en que me quedé. Terry... él la puso ahí. Aún conserva su aroma y sonrío tontamente.

—Pensé que no ibas a encontrarla nunca, Pecosa.— Baja del árbol sonriendo de lado y a la vez exhalando el humo de su cigarrillo, al menos esta vez no es marihuana.

—Terry... ¿No te dije que no quiero que fumes en mi área?

—¿Tu área?— Pregunta levantando una ceja arrogante y volviendo a exhalar el humo.

—Bueno, el lugar donde vengo a leer.

—¿Y no te dije que cuando quieras algo sólo tienes que pedírmelo?— Me sonríe nuevamente, exhala el humo y entonces sonrío yo.

—Eres insufrible, Terry.

—Es uno de mis encantos, nena.

—¿Puedes apagar ya esa cosa?— Lo tira al piso y lo aplasta con su zapatilla.

—¿Complacida?

—Sí, gracias.— Digo y se sienta a mi lado en la banqueta.

—¿Te ha gustado el poema?

—¿Cuál poema?— Pregunto desconcertada.

—Vi que tenías un poema doblado en un papel dentro de tu libro... y te lo cambié por otro que me gusta a mí...— Sorpresa, sorpresa. Al rebelde le gusta la poesía. Rebusco dentro de mi libro y cae el papel delgadillo con un poema escrito a mano.

—No lo había visto, de hecho, pensé que era el papel que yo había dejado...

—Léelo, Pecas.— Desdoblo el papel y veo que está escrito a mano. Es la letra de Terry, cursiva, elegante, muy linda, pero varonil. Él está sentado a mi lado, espera con atención a que yo lea.

Yo: Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo, "la noche está estrellada y tiritan, azules, los astros a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.— A penas es el priemer verso y siento que este poema tiene magia. Me va atrapando y Terry está muy cerquita de mí. Me escucha atento, como si lo invadiera la misma magia.

Terry: Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Yo la quise y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.

La besé tantas veces bajo el cielo infinito.— Cuando Terry termina de pronunciar esa línea, nuestras palmas queman y desesperados las unimos buscando alivio, calor, cercanía.

Yo: Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.— Cuando yo pronuncio esta última línea, me asusto porque Terry de pronto soltó un quejido, como un dolor agudo. Todo es tan extraño y difirente cuando estamos juntos. Nos conectamos y al separarnos nos hacemos daño y todo me parece tan absurdo.

Terry: Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

Hoy la noche está estrellada y ella no está conmigo.— Siento un dolor en el corazón con esa línea, el poema está cobrando vida en cada verso. El dolor se hizo tan agudo que apreté más fuerte la mano que está unida a la de Terry.

Yo: Eso es todo. A lo lejos, alguien canta. A lo lejos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla, mi mirada la busca.

Mi corazón la busca y ella no está conmigo.— El ambiente se vuelve sombrío, triste mientras leemos. Es como si ese pesar que encierran estos versos lo hubiéramos vivido.

Terry: La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.— Esa línea hizo que su voz cosquilleara precisamente en mi oído y sentí escalofrío. El mundo era distinto desde los días en que conocí a Terry. Es como si estuviéramos encerrados en un universo alterno donde no habían amores muertos ni Susanas. Sólo él y yo y el misterio.

Yo: De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

Su voz, su cuerpo claro, sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.

Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.— La mano de Terry aprieta la mía más fuerte, como aferrándome, poseyéndome y es tan mágico ese sentimiento de pertenencia.

Terry: Porque en noches como estas la tuve entre mis brazos.

Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,

y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Nos miramos fijamente al terminar el poema. Nos sigue rondando la misma magia y mientras nos miramos fijo y nuestras palmas arden aún unidas, nuestros labios se acercan. Y nos besamos y el mundo es mágico. Mientras nos besamos está lloviendo y es como si fuera la primera lluvia de Mayo.

Continuará...


¡Hola!

Gracias por el apoyo a esta historia. Me está encantando mucho hacerla, me la estoy disfrutando y espero que hasta ahora a ustedes también. Gracias por la idea, LizCarter y no te desesperes, muy pronto sabrás cuál será la afición o el talento de los rebeldes.

Muchas gracias por los comentarios:

WISAL- norma Rodriguez- Carito Andrew- Amy C.L- zucastillo- dulce maria- Ingrid quintulen- dulce lu- verito- LizCarter- Val rod- Rose Grandchester- kary klais- Eunice97- Zafiro Azul Cielo 1313

El poema que leyeron Candy y Terry es el "Poema número 20" de Neruda. Aunque usé un par de versos en el epílogo de "Sálvame" siempre he amado este poema y su mensaje me lleva directamente a Terry, en mi opinión expresa perfectamente el triste final de su amor con Candy y por eso los lleva a esa sensación de dejá vu.

Por si acaso, mencioné en el primer capítulo el verano 2006, por tanto, durante la etapa del colegio, estamos en el 2006 ya que estoy basando esos personajes en mis tiempos y según culmine la historia, a mi edad (26).


Hasta mañana,

Wendy