Zafiros y esmeraldas
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 5 Alma con alma
Nos miramos fijamente, sorprendidos. Luego que la intensa luz, demasiado fuerte, demasiado blanca nos cegara y nuestras palmas encontraron la unión por sí solas. Era un fuego que ardía, pero no lastimaba mientras seguíamos mirándonos. Reparo de pronto que estoy en el regazo de Terry y me levanto rápidamente llena de vergüenza e inevitablemente separamos nuestras palmas. Ardían como de costumbre y veo que Terry se está contemplando la suya con asombro.
—Candy... ¡Mira esto!— Me extiende su mano y nos quedamos mirando nuevamente asombrados. Terry tiene una marca que brilla, casi impercetible como la mía en la esquina de la palma de su mano, casi llegando a la muñeca y aunque dentro de nosotros mismos nos cueste aceptarlo, efectivamente es una "C".
—Yo... también tengo una marca...— Con timidez le muestro mi palma y él la toma con mucha delicadeza mientras la mira y recorre asombrado. Dibuja con su dedo el contorno de mi "T".
—¿No será esto una broma tuya? Porque si es así ya has ido demasiado lejos.— Le reclamo y veo como su rostro se transforma de la estupefacción al sombro, y del asombro, a indignado.
—¿Una broma mía? ¿Se te ha ocurrido que yo puedo pensar lo mismo de ti? Y además, ¿para qué querría yo hacer algo así? El fuego, la debilidad, los cambios de ambiente... ¿cómo voy hacer yo todo eso?— Me reclama y grita, me encojo. Su sola presencia es dominante y me vuelve pequeña aunque no apaga del todo mi desafío. Me pongo a pensar en lo fácil que es siempre discutir con él... y lo difícil que es desprenderse a la vez.
—Lo siento... es que todo esto es tan... tan confuso, tan abrumador y no lo entiendo...
—Me pasa igual, Pecas. Me pasa lo mismo y no he dejado de pensarlo...— Se pone de pie abandonando el piano y toma mi mano nuevamente que arde intensamente cuando discutimos.— La acaricia y la besa. La sensación no es extraña, mi ser reconoce su tacto.
—¿Por qué has venido?— Me pregunta y sigue explorando mi mano como si se tratara de haber encontrado una tierra desconocida y no una pequeña extremidad de cinco dedos.
—Yo... te estaba buscando... ¡y no para declararte mi amor!— Recalco molesta luego de recordar esa frase e inconcientemente trato de liberar mi mano de la suya, pero me la retuvo fuerte mientras sonreía de lado.
—¿Para qué me buscabas, Pecosita?— Suspiro profundo. Aún no decido si odio que me llame así o si estoy comenzando amar eso.
—Te iba a buscar para disculparme... por lo del otro día...— Bajo la vista y enrojezco de vergüenza y culpa.
—¿Y cómo supiste que estaba aquí?
—No lo supe... sólo escuché la música... la canción que tocabas me atrajo...— Se me enchinó toda la piel tan pronto como dije eso y nuestras palmas ardieron... pude notar, si es que no me he vuelto loca, que hasta hubo un fulgor.
—Discúlpame por mi reacción tan... brusca y fuera de lugar. Yo... admito que también me entregué al beso y lo disfruté...
—Oh... ¿Entonces viniste a repetir, Pecosa insaciable?—Me pongo roja nuevamente y esta vez consigo apartar mi mano de la suya y no me importó arder.
—¡Claro que no!
—¿Estás segura?— Me pregunta con pura diablura y toma mi mano nuevamente, más bien tira de ella y de pronto estoy muy cerca de su cuerpo. Él me retiene a propósito y no recuerdo en mi vida haberme sentido tan nerviosa. Lo cierto es que su intensidad me abruma.
—Terry... ya no juegues más, esto es en serio...— Digo sin ocultar mi pesar y él pone entre nosotros una distancia prudente, pero no separa nuestras palmas. Me mira con sinceridad y con un dedo de su mano libre recorre mi rostro. Me envuelvo con la dulce caricia y entonces él pasa el mismo dedo por mis labios entreabiertos... sólo un segundo y luego lo retira.
—No estoy jugando, Candy. Nada de esto es un juego. No juego con las chicas, si eso es lo que te preocupa. Respeto a las mujeres. Me gusta la música, los piercings, los tatuajes, me vuelo las clases, no soy el chico con el que tu madre soñaría para ti, pero tengo sentimientos y respeto a las mujeres.— Me transportaron sus palabras y a la vez me dolieron. Porque sentí que se defendía de mí, aunque hablaba suave y dulce, se estaba defendiendo de mis prejuicios... de los míos y de los del mundo.
—Lo siento, yo no quise hacerte sentir mal... y sé que tienes sentimientos, muy bellos, por cierto. También sé que eres sensible... la canción que escogiste lo dice todo... la forma en que la viviste y la tocaste... Pude transportarme a tu mundo por unos minutos.
—Eres una de las pocas personas que sabe apreciarlo.— Me dice y se sienta nuevamente al piano. Me siento a su lado y le sonrío.
—Hay que estar ciego para no apreciarlo y muerto para no sentir tu música. ¿Desde cuándo tocas el piano y cantas...?
Sus manos tocan gráciles las teclas, no conozco la melodía, sé muy poco de música clásica y no toco ni el silbato, pero puedo reconocer lo hermosa que es esa música.
—Aprendí a tocar a los ocho... y como a los diez descubrí que podía también cantar... entonces ella me ayudó a encontrar mi pasión y me he refugiado en la música.
—¿Ella? ¿Jennifer?— Pregunto seria recordando el nombre en su tatuaje.
—No. Jennifer era mi madre. También tocaba el piano.
—Entonces dejó su magia en ti.— Digo y de pronto uno mis dedos a los suyos en las teclas.
—Así. Colócalos así. Ven.— Me hace levantar de la silla a su lado y me siento en su regazo, no directamente, sino entre sus piernas y aunque suene íntimo, no hay aquí morbosidad, sino el impulso de un sentimiento. Coloca su cabeza en el hueco de mi hombro y me da instrucciones mientras guía mis dedos por el teclado.
—Muy bien. Relaja tus dedos y que sientan la música.— Me habla muy cerca del oído. Mientras intento tocar, mi palma arde, arde muy suave. Como si aprobara nuestra cercanía.
—Se llama Dulce espera. Mi madre la compuso para mí.— Giro mi cuello y lo miro de frente. Descubro sus ojos aguados. Su madre la escribió para él durante su embarazo.
—Es hermosa, Terry.
—Mi madre era hermosa. Como tú.— Bajo la vista y sonrío con timidez.
—¿Quién te alentó a tocar, Terry?
—Leia. La entonces esposa de mi padre.
—¿Tu madrastra?— Asiente y me giro totalmente hacia él. Toda mi atención puesta en él.
—Leia es un poco frívola, a veces altanera como suelen ser las personas de nuestra posición económica y social, pero... me quiso. Desde el primer momento... me ha querido más que mi padre. Desde los cincos años ella ha sido mi guardián.
—Entonces ella ha sido un buen balance a tu vida.
—Sí... ella me conoce bien. Nunca se ha olvidado ni de un solo cumpleaños mío y en los días de visita... es ella la que viene.
—¿Nunca viene tu padre?
—A veces. A ahorcarme por mis notas y las quejas de los maestros y de paso dejarme mi mesada. Esta cárcel es para mantenerme lo más lejos posible de él.— Otra vez su expresión se llenó de dolor y yo pude sentirlo.
—No pienso que no te quiera... tal vez está huyendo del recuerdo de alguien a quien amó demasiado y tú se la recuerdas... no sabe cómo reaccionar contigo...
—No le recuerdo a ella, físicamente soy una copia exacta de él y del bisabuelo. Yo sólo le recuerdo que fue por mí que ella murió.— Mis lágrimas cayeron cuando él dijo eso nuevamente. Puedo sentir su dolor como si fuera mío y él se queda mirándome misterioso. Como si no creyera que su dolor me duele. Que lo comprendo y que mis palabras y mi interés no es vacío.
—No llores, Candy. No por mí. Eso ya pasó y a mí ya no me duele. No me tengas lástima.— Su voz es sueve, pero es una advertencia mientras enjuga mis lágrimas.
—No te tengo lástima, Terry. Y no ha pasado y te sigue doliendo. Y te dolerá siempre. Es un estigma de tu alma. Es la porción de sufrimiento que debemos cargar todos los seres humanos para que sigamos siendo humanos.
—Te has puesto filosófica ahora.— Me dice con burla, pero lo ignoro. He aprendido que Terry suele escudarse en el sarcasmo y la ironía.
—Pienso, filosóficamente que tu padre no sabe el hijo que se está perdiendo.— Sonrío ampliamente y su rostro se queda congelado con mis palabras, como si no pudiera creerlas. Como si yo perteneciera a otra dimensión.
—Se te agradece la intención de querer animarme, Pecosa. Casi lo consigues.— Su sonrisa fue tan triste como sus palabras. No seguí con el tema y me limité a sentir la música que ofrecían sus gráciles dedos sobre los míos. Me envolví con su respirar suave cerca de mi cuello y me sumergí en su mundo por un momento.
—¿Quieres dar un paseo, Candy?— Me pregunta cuando finaliza su canción y me pongo de pie.
—¿Un paseo?
—Sí. Es viernes. Hay permiso para salir.
—Pero yo... yo no tengo permiso...
—Llama a tus padres y consíguelo. Sólo no les digas que vas conmigo...— Me duele la forma en que Terry se menosprecia a veces. Sé que le han inculcado eso de alguna forma. Llamo a mi madre y le digo que no me recoja y que iría de paseo con una amiga. Mi madre no puso objeción. Se alegraba de que comenzara a salir del caparazón en que me había metido y aproveché eso.
—¡Hey! ¿A dónde vas, Pecas?
—Pues... a quitarme este uniforme y darme un baño...
—Te ves bien así. Además no quiero que te arrepientas. Vámonos.
—Pero...— Toda protesta fue en vano. Terry me arrastró hasta la salida de la mano y me doy cuenta de que por primera vez estoy riendo. Riendo y feliz. En nuestro camino hacia fuera nos topamos con Susana y su grupo. Su cara se desencaja por completo al verme correr con Terry de la mano y todos los alumnos que están cerca también nos miran. Terry es popular y también Susana. Los cuchicheos no se hacen esperar. Susana me mira de forma asesina y yo siendo conciente de que llamo la atención, suelto la mano de Terry. Él vuelve y la toma de mala gana y me mira furioso mientras sigue caminando conmigo, casi corriendo. Me lleva a rastras por decirlo así.
—No apartes tu mano de la mía.— Me exige una vez llegamos a su coche.
—Es que... Susana...
—¡Al diablo Susana! Ella y yo rompimos. No tengo nada que ver con ella. Si es posible, espero que tú tampoco. Tú no eres como ellas.— Estoy tratando de analizar todo lo que Terry me dice y la vez me molesto. He descubierto otra cosa. Es un mandón de primera.
—Ya sé que rompieron. Es sólo que aún así es incómodo y además, no tienes que advertirme con quién debo juntarme. Estoy bastante grandecita para eso.
—Pues muy grande que digamos, no te veo, eh.— Se burla porque también heredé la escasa estatura de la bisabuela y Terry... Terry recibió bastante generosidad por ese lado.
—Tú sí que sabes cómo romper el encanto.
—Ah... ¿te parezco encantador?
—¡Me pareces insoportable!
—Y tú eres un duende entrometido y yo no digo nada.— Quiero golpearlo en estos momentos. Estoy casi arrepintiéndome de aceptar su paseo.
—¡Duende entrometido tu padre! Y sobre nuestro paseo, gracias, pero no gracias.— Giro sobre mis talones dispuesta a irme y es cierto que voy hecha una furia.
—Tú vienes conmigo así tenga que amarrarte y amordazarte.— Me da alcance y me retiene de la cintura por la espalda.
—¡Déjame!— Comienzo a patalear y mis pies ya no tocan el piso. Escucho a Terry reirse a carcajadas de mí. Eso me relajó. Su risa es única, divina. Las personas más tristes son las que poseen a veces la risa más bella.
—¿Cómo supiste que rompimos?— Me pregunta una vez estamos en su coche convertible y ni siquiera alcancé a fijarme en el modelo. Sólo sé que es negro. Siento un escalofrío cada vez que me subo a un coche. Me pongo tensa. Aprieto fuerte mis ojos cerrados para no revivir el accidente que me arrebató a mi amor.
—Estaba buscándote y entonces los escuché hablar sin querer... lo siento.
—¿Qué es lo que sientes?— Me pregunta suspicaz y yo me hago mentalmente la misma pregunta. ¿Qué es lo que siento?
—Pues siento haber escuchado tu conversación y siento... que hayan terminado...— Mi palma arde porque es mentira.
—Pues no lo sientas. Yo me siento muy aliviado. Yo no quiero a Susana, Candy. Ni ella a mí. Sussy es una persona de la que no puedes sacar nada. Hablar de nada importante o disfrutar un momento memorable. Es estar con alguien y seguir sintiéndote solo.
—Entiendo...
—¿Te has sentido así alguna vez?
—No... en mi caso él...— No terminé. No sé si a Terry le interesen los detalles de mi relación con Anthony, mi palma ardiendo me advierte que no y me callé.
—¿Él qué? ¿El adorado Anthony que mencionaste antes de que te desmayaras?— Me sorprende con eso y no sé si lo imagino, pero lo veo molesto... no sé por qué.
—No sabía que lo hubiera mencionado. Bueno, el caso es que mi relación con él no era vacía. Él me adoraba y yo a él. Éramos felices.— Terry me mira serio y luego vuelve a concentrarse en el camino que tiene delante.
—¿Y qué pasó?
—Murió. Lo perdí hace tres meses...— Terry me mira asombrado y con un gran arrepentimiento. Se aparca en un lugar despejado de la carretera por un momento.
—Lo siento, Candy. No es mi asunto y no debí entrometerme. ¡Oh no! No llores otra vez, no, por favor...— Me suplica luego de quitarse el cinturón de seguridad que le exigí ponerse y me abraza aunque estamos algo incómodos por estar en el coche.
—Ya... está bien, no voy a llorar.— Le digo aún con lágrimas y sonrío mientras mi respiración es cortada y sorbo mi nariz.
—Así es. No llores. Porque si te sigues estrujando la cara se te borrarán todas tus pequitas.— Pongo mis ojos en blanco. Él no puede evitarlo.
—No te enojes, linda. Ya me he dado cuenta que tus pecas son a prueba de agua. ¡Ouch!— Se queja porque le jalé la oreja en la que tiene el piercing.
—Y para la próxima te arranco el de la ceja.— Reímos ambos y cuando él retoma el camino, disimuladamente, entrelaza su mano a la mía otra vez.
—¿A dónde iremos, Terry?
—A la feria.
—¿A la feria? ¿Y yo con este uniforme horrible?
—Mejor así. De esa forma nadie te mirará. Y no estás horrible. Te asienta el uniforme. Aún siendo original.— Me dice mirándome de reojo. No lo he alterado como Susana y las demás.
—Le subiré el ruedo a mi falda. Casi parezco una monja.
—Te ves bien con él así. No cortes tu falda.
—Pues ni que te estuviera pidiendo permiso a ti.— Me quejo y él respira profundo. Me mira, intenso. Creo que algo molesto.
—¿Quieres arruinar otro momento?
—¿Yo?
—Sí, tú. Ya quieres cortar tu falda como las demás para que te miren más, ¿no? ¿Intentas gustarle a alguien?— Me reclama y no entiendo de qué va él.
—No quiero gustarle a nadie y además... ¡Qué te importa!
—¡Mucho!
—¿Por qué?
—Porque... porque eres mi amiga. Y no quiero que los demás te vean con otros ojos... eres muy dulce e... inocente... no sabrás lidiar con los buitres del colegio y se prospasarán contigo.
—¡Tú qué sabes!— Grito y él furioso golpea el volante y respira profundo.
—Haz lo que te de la gana, Candice. Imita a Susana y a sus amigas si eso es lo que quieres. Vuélvete como ellas.— Me escupe esas palabras mientras se aparca y me siento una idiota. Es la primera vez que me llama por mi nombre de pila y encima... me compara con Susana.
—¡No soy como ellas!
—Sé que no eres como ellas. Por eso no quiero que las imites. Eres bella así, Candy. Bella y dulce. Diferente. Me gustaría que te mantuvieras así...— Sus palabras me llegaron al alma. Fueron como una súplica. Terry se me está colando en los sentidos y eso me va asustando.
—Gracias, Terry. Siempre terminamos discutiendo por todo, espero que no sea siempre así. Gracias por preocuparte por mí. Pero me sé cuidar muy bien sola, eh. No te creas que soy una boba debilucha.
—Jamás he dicho eso. Ahora... ¿vienes?— Me invita a salir porque ya estamos en la Feria. Está sonriendo otra vez, encantador, bello.
Todo se ve increíble. Hay mucha gente y hay de todo un poco. Observo el martillo. Siempre le tuve miedo y ahora... ahora me gustaría probarlo.
—¿Ya te has subido al martillo?
—No...
—¿Tienes miedo?— Asiento porque es verdad, pero la tentación está gritando dentro de mí.
—Podemos probar otra cosa menos extrema...
—No... quiero el martillo.
—Bien. Hagamos la fila.
—¡Ay!— Me quejo porque tropecé con un chico y su hot dog se estampó en mi blusa blanca escolar dejándola manchada de ketchup y mostaza.
—¿Por qué no te fijas por dónde vas, imbécil?— Le grita Terry al chico que tenía cara de meimportaunamierda mientras yo intento inútilmente limpiar mi camisa.
—Déjalo, Terry. No es nada.— Voy conociéndolo cada vez más. Me doy cuenta de lo impulsivo que es. También sobreprotector. Mandón y hasta se me ocurre a veces por su actitud que hasta es celoso.
—Ni siquiera se disculpó y me dices que lo deje...
—Fue un accidente, Terry. Y yo fui la que se tropezó con él...
—¡Aún así!— Pongo los ojos en blanco otra vez. Él aprieta mi mano mientras seguimos en la fila hasta que llega nuestro turno.
—¿Estás segura?— Me vuelve a preguntar Terry sosteniendo mi rostro con ambas manos mientras me voy acomodando en mi silla.
—Sí.— Le aseguro y bajo la parte de arriba y me abrocho el cinturón. Debo sostener fuerte la barra de hierro. Terry está en la silla a mi lado y está relajado.
—¿Tú si te has subido antes?
—Sí. Es lo mismo todos los años, Pecas.
Bien. Ya va iniciar. La machina se llama el martillo porque justo tiene esa forma. Se mueve de izquierda a derecha desde lo bajo y luego muy muy alto. Primero subes hacia la derecha, muy alto y me pongo nerviosa, pero eufórica a la vez. Luego baja lentamente hasta el lado izquierdo y te da esa sensación súper fuerte en la panza cuando vas descendiendo desde tanta altura. Escucho algunos gritar. Otros arrepentirse, volverse religiosos suplicando a Dios que se detenga y algunos ríen histéricos o como idiotas. Entonces el martillo se vuelve al revés y ascendemos, muy alto y de cabeza. Eso sí me impresionó y tuve que gritar. Es emocionante, pero causa terror.
—¿Candy?
—Dime...— Contesto y hago una pausa cuando el martillo desciende nuevamente y se siente aquello en el estómago otra vez.
—¿Te está gustando?
—¡Me encanta!— Grito y en ese momento estamos de cabeza nuevamente.
—¡Uf!— Exclamo mareada al bajar y con el pelo tan revuelto como mi estómago. Me arrepiento de llevarlo suelto.
—Cuidado. Jajajaja.— Me dice Terry riendo y sosteniéndome porque aún estoy desbalanceada y puedo ver a la multitud bailando, aunque están quietos, es el efecto de tantas volteretas y todas las veces que estuvimos de cabeza.
—Fue increíble, Terry.
—Lo fue. ¿Tienes hambre?
—¡Mucha! Pensé que no me lo preguntarías.
—Candy... sólo tenías que decirlo. Te lo he repetido muchas veces.
—Bueno... es que de haberme subido con el estómago lleno al martillo lo hubiera devuelto todo...
—Es cierto. ¿Qué quieres comer?— Me fijo en todos los puestos. Veo pizza, hot dogs, hamburgers, corn dogs... y de pronto todo y absolutamente todo me apetece. No puedo decidirme.
—Creo que pizza estaría bien.
—¿Un pedazo o dos?
—Uno. También quiero un corn dog.
—Alguien está muy hambrienta...
—Sí... ¡Oh no!
—¿Qué pasa?
—No traje nada, Terry. No traje nada de dinero...
—¡Ay Candy! ¡Por Dios! ¿Cómo se te ocurre que te voy a invitar pretendiendo que tú pagues?— Y molesto me toma de la mano y hacemos la fila para comprar comida. Cuando hemos terminado nos sentamos en una de las pocas mesas desocupadas.
—Ummm... estaba deliciosa.— Digo engullendo el último bocado de mi pizza mientras Terry ya va por el segundo.
—Me alegro que estés disfrutando. ¿Quieres que vaya por tu corn dog?— Se pone de pie inmediatamente, dejando su pedazo de pizza a mitad.
—No, Terry. Come tranquilo... yo iré por el corn dog...
—Sola no.— Me advierte.
—Terry... el puesto está justamente aquí en frente...— Me quejo incrédula.
—Sola no, Candice. Hay mucha gente.
—¡Dios! No soy una niña, Terry.
—¿En serio? Pues la cirugía te ha quedado muy bien, casi me lo creo... ¿también te hiciste cortar el pene?
—¡Terry!— Le grito furiosa y avergozanda porque una pareja de personas mayores estaba sentándose en la misma mesa de nosotros en ese momento.
—Ven. Vamos por el corn dog de la niña.— Riendo burlonamente me toma de la mano otra vez y compramos el corn dog.
Seguimos caminando por toda la feria. Terry ganó un enorme Scooby Doo para mí cuando jugó tiro al blanco. Todo parece un sueño. Voy con Terry de la mano por la feria y con mi enorme peluche. De pronto recuerdo una de mis películas románticas favoritas, The notebook. Me río de mí misma por tonta y entonces escucho que presentan a varios artistas que cantarán en vivo como siempre hacen.
—Ven, Candy. No quiero perderme esta canción.— Me jala con él lo más cerca de la tarima y entonces presentan a James Blunt. Me lleno de recuerdos porque de él fue la canción que le escuché cantar hace un rato en el salón de música.
—You are beatiful, de James Blunt.— Anuncian y todo el mundo comienza aplaudir. El chico blanco, delgado,de pelo castaño y largo sonríe mientras se sienta y toma el micrófono junto al piano. Terry está emocionado como un niño y toma mi mano aún más fuerte. También conozco la canción. Me la sé de memoria. James Blunt comienza a cantar y la multitud tararea con él.
James Blunt: My life is brilliant.
My life is brilliant.
My love is pure.
I saw an angel.
Of that I'm sure.
She smiled at me on the subway.
She was with another man.
But I won't lose no sleep on that,
'Cause I've got a plan.
Mi vida es brillante.
mi vida es brillante.
Mi amor es puro.
Vi un ángel.
De eso estoy seguro.
Ella me sonrió en el tren.
Estaba con otro hombre.
Pero no voy a perder el sueño por eso,
porque tengo un plan.
Me deleito al esuchar a Terry seguir y cantar la canción mientras me sonríe y mi mano se quema suavemente entrelazada a la suya. James Blunt y todos los demás entonan el coro. También Terry y yo mientras nos miramos fijamente.
Juntos: You're beautiful. You're beautiful.
You're beautiful, it's true.
I saw your face in a crowded place,
And I don't know what to do,
'Cause I'll never be with you.
Mientras cantamos el coro, Terry me mira a los ojos y acaricia mi rostro, como si me estuviera cantando a mí. Me pongo nerviosa y me pierdo en sus ojos.
Eres bella. Eres bella.
Eres bella, es verdad.
Vi tu cara en un lugar atestado,
y no sé que hacer,
porque yo nunca estaré contigo.
De pronto comprendiendo la letra... de ese estribillo, siento lo que él me está diciendo realmente. Terry habla con la música. Piensa que nunca podría estar conmigo. Soy demasiado buena para él, según él. Su autodesprecio me duele muchas veces. Deja de mirarme y vuelve a poner su atención hacia James Blunt que sigue cantando.
James Blunt: Yes, she caught my eye,
As we walked on by.
She could see from my face that I
was Flying high.
And I don't think that I'll see her again,
But we shared a moment that will
last 'til the end.
Veo como Terry se vive el momento y mientras dijo la última oración me miró, intenso, recordé nuestro beso.
Sí, ella capturó mi mirada,
según caminábamos.
Pudo ver en mi rostro que yo estaba volando bien alto.
Y no creo que vuelva a verla
pero compartimos un momento
que durará hasta el final.
Como lo hiciéramos anteriormente, me vuelvo a unir con él en el coro. Nos miramos, y esta vez es diferente. Nos miramos diferente. Me embarga la emoción y el miedo mientras la última estrofa de la canción se nos va metiendo por los sentidos.
James Blunt: There must be an angel with a smile
on her face,
When she thought up that I should
be with you.
But it's time to face the truth,
I will never be with you.
Terry me sigue mirando fijo y canta suavemente esa estrofa junto con James Blunt.
Debió ser un ángel con una sonrisa
en su rostro,
cuando pensó que yo estaría contigo.
Pero es momento de encarar la verdad,
Yo nunca estaré contigo.
Mientras esa estrofa fue triste y me duele, seguimos perdidos en nuestras miradas. Él me va acercando más hacia él y dejo que su hechizo me arrastre y me lleve. Lo dejo que me bese... porque de verdad deseo que lo haga. Necesito su beso... mi palma arde hasta el momento en que nuestros labios se unen. Siento las manos de Terry situadas en mi cintura. Su boca demandante sobre la mía y su lengua saboreándome. Dirigiéndome.
Continuará...
¡Hola!
Espero que les haya gustado. Gracias por el inmenso apoyo y la aceptación.
Gracias por comentar:
dulce lu- Amy C.L- Laura GrandChester- Iris Adriana- Maria De Jesus L H- Eri- Kazy Tailea- kary klais- WISAL- LizCarter- Zafiro Azul Cielo 1313- Resplandor de la Luna- Betk Grandchester-
Hasta mañana,
Wendy
