Zafiros y esmeraldas
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 6 Aceptándonos
Escucho que la canción termina, se despide James Blunt y la gente aún aplaude mientras presentan a otro artista. Terry y yo seguimos en nuestro beso y la multitud eufórica dejó de existir para nosotros. Mi cuerpo está tan cerca del suyo. Siento su calidez, sus latidos. Sus manos firmes sujetadas a mi cintura y yo estoy acariciando su cabello por la nuca. Me doy cuenta que es muy suave, me gusta la forma en que mis dedos traspasan cada hebra. Terry me sigue besando como si saboreara un caramelo que no quisiera que terminara nunca. Su beso es tan embriagador y abrumador como su presencia. Se me acorta todo y es el beso más intenso que me han dado jamás. Comienza a llover nuevamente y esta vez ya se va poniendo el sol. Son más de las seis. Terry va abandonando mi boca lentamente. Sus manos siguen en mi cintura mientras nos miramos fijo, perdidos uno en el otro y la lluvia comienza a caer en gruesos chorros.
—Ven. ¡Corre!
Salimos corriendo de la mano hasta su auto, llegamos hechos una sopa, pero riendo, felices. Llegan a mi mente algunos remordimientos... pienso en Anthony... pero no quiero que eso arruine el momento mágico que estoy viviendo con Terry. Estoy comenzando aceptar nuestra conexión.
—Hay que secarnos pronto, Pecas. Ya sería la segunda ensopada y no me perdonaría que te enfermes.— Me dice ya sentados en su auto acariciando mi barbilla con su pulgar y dejando un suave beso casto en mis labios. Y se siente tan natural y familiar. No he puesto resistencia. Acepto que ya no tiene caso que lo haga, que rehuya.
—No quiero regresar al colegio, Terry...— Me quejo y hago un puchero, costumbre infantil que no he perdido. Terry toma mi mano y me mira indulgente.
—No tenemos que ir al colegio si no quieres. Podemos ir a mi casa.
—¿A tu casa?—Pregunto sorprendida y con los ojos agigantados. Ya tan pronto conoceré su casa.
—Sí, preciosa. Es fin de semana, no tenemos que regresar al colegio.
—Pero... mis padres no saben que no estaré en el colegio... seguro esperarán recogerme mañana...— Digo con preocupación porque no hay nada que desee más que quedarme con Terry, pero tampoco quiero molestar ni enfadar a mis padres. Son bastante flexibles, pero no puedo abusar.
—Aún pueden buscarte mañana. Sólo iremos un rato... tal vez pasemos la noche y tempranito te llevo a la escuela para que te recojan tus padres...
—¿Pasar la noche?
—No estaremos solos, Candy. Leia y las chicas estarán ahí. No quiero que pienses que intento aprovecharme de ti.
—No... no es eso... es que... bueno, me quedo contigo...— Le sonrío y él vuelve a darme un beso casto y enciende el motor camino a su casa. Mientras conduce me pregunto de qué chicas hablaba...
—Terry... ¿Cuáles chicas?
—Pues mis dos prometidas. ¿Te mencioné que tengo un harén?— Mi cara debió valer un millón porque Terry se está riendo tanto que creo que sus pulmones saldrán disparados de su boca.
—No tiene ni puñetera gracia, Terry.
—Lo siento... es que tu cara... te ves hermosa, Candy.— Acaricia mi mejilla y le manoteo. Sigo molesta y oculto mi cara detrás de mi enorme Scooby Doo que también ha sido víctima de la lluvia.
—¿Quiénes son las chicas?— Insisto y lo miro muy seria. Esta vez él no se ríe, pero sé que se está aguantando, veo sus labios temblar de diversión y burla.
—Mis hermanas, Candy. Gia y Mia. Dos gemelas de diez años que agotarán tu paciencia en cuestión de minutos.
—Al menos tienes hermanas, Terry. Yo soy hija única...
—Porque seguro has dado tanta lata que tus padres no se animaron nuevamente.
—¡Terry! ¿Por qué te pones tan desagradable?— Le reclamo mientras se aparca en un redondel de adoquines y hermosos arbustos. No hay que ser adivinos para saber que la familia de Terry es rica... igual que la mía...
Me abre la puerta y salgo con mi Scooby Doo que no tuve corazón para dejarlo abandonado en el coche. Terry me detiene un momento poniéndose frente a mí, me mira y caricia mi pelo húmedo.
—No quiero que sigas enojada conmigo, linda. Pronto te acostumbrarás a mis bromas. Es parte de mi forma de quererte.
—No me enojaré... pero es que a veces... ¡te pasas!
—No lo puedo evitar... me gusta hacer rabiar a chaparras pecosas. Hey, hey, era broma. Ya, cambia esa carita, ¿vale?— Y claro que la cambié, si me miró con esos ojos tan azules que comienzo adorar aunque... toda yo soy un mar de confusiones y sentimientos en este momento. Voy de su mano hasta la puerta de su casa y tan pronto como él abre, una mucama se apresura a recibirnos.
—Joven Terrence, no lo esperábamos...— Se disculpa la mucama sin razón alguna y me mira esperando a que Terry me presente.
—No te preocupes, María. Esto no fue planificado. ¿Está mi madre?— Le pregunta Terry a la mucama, es latina y tiene unos treinta años.
—Por supuesto que estoy aquí. Estoy siempre disponible para mi hijo favorito.— Me sorprendo cuando la veo aparecer. Es una mujer de unos treinta y cinco años. Es guapa, alta, elegante, rubia de ojos grises y está a acompañada de dos gemelas castañas de ojos grises. Preciosas.
—Hola mamá.— Terry la recibe con afecto y ella lo abraza y besa en ambas mejillas.
—Mamá, basta, no tengo cinco años.— Se queja Terry mientras la señora lo tenía envuelto en sus brazos. Me dio ternura la relación que tenía. Terry merece tener una madre aunque no fuera de sangre.
—¡Terry! ¿Qué nos trajiste?— Lo acaparan las gemelas revisándolo por completo.— Su madre me mira y sonríe con curiosidad y yo también espero el momento en que Terry nos presente para poder romper el hielo.
—¡Qué interesadas son! No les traje nada esta vez.
—Pero tampoco nos trajiste nada la otra vez...— Se queja una de ellas mientras la otra me mira con la misma curiosidad de su madre. Y ahí estoy yo, vestida de uniforme un viernes a las siete de la noche, ensopada, mi camisa sucia de ketchup y mostaza y aferrada a mi Scooby Duby Doo.
—Mamá... ella es Candy. Es mi...— Me mira dudando un momento, seguro al igual que yo, después de los momentos vividos, no sabe en que plan estamos o teme a mi reacción.
—Mi amiga de la escuela.— Dice finalmente y yo sonrío en apoyo.
—Mucho gusto, querida. Soy Leia.— Ella me extiende la mano y enseguida la estrecho.
—El gusto es mío. Candy.
—Y ellas son Mia y Gia, mis insoportables hermanas.
—Yo soy Mia.
—Y yo Gia.— Se presentan y sé que muy pronto olvidaré cuál es cuál porque son idénticas.
—Mucho gusto, Gia y Mia.
—Nooo. Yo soy Mia y ella Gia.— Me corrige Mia y Terry y su madre sólo sonríen.
—¿Ese peluche es para nosotras?
—Eh...
—No. Es de ella, así que ni lo sueñen.— Les advierte Terry y me saca del aprieto.
—Bueno, bueno... creo que deberían secarse y cambiarse, ¿no?— Dice la madre de Terry y yo de pronto recuerdo mis fachas y me muero de vergüenza.
—Mamá... necesito que ayudes a Candy con eso...—La señora parpadea varias veces desconcertada, pero me sonríe.
—Claro que sí... ven, linda, acompáñame.— Y la sigo escaleras arriba, admiro su caminar seguro y elegante, de una educación esmerada, sin embargo, no la he sentido estirada ni altanera. La espero en el pasillo mientras ella va y regresa de su habitación. Me extiende un pantalón corto y una playera. Luego me da un paquete de tres bragas sin abrir, muy finas y hasta me da vergüenza aceptarlas. También me ofrece un sostén finísimo sin estrenar y unas pantunflas en forma de chanclas, muy coquetas y felpudas en rosa que dejan mis pies al descubierto.
—Gracias, señora...
—Leia. Y no hay de qué. Gracias a ti por ser amiga de mi hijo.— Detrás de esas palabras había muchísimo más. Algo que en algún momento me gustaría averiguar. Tal vez Terry sera un alma solitaria, a pesar de su popularidad, nunca veo que pasara el recreo con nadie.
—Esta es la habitación de huéspedes. Tiene su baño, así que tendrás privacidad. Cuando estés lista, te esperaremos abajo para cenar. Le entregas tu uniforme a María.— Me sonríe y se va.
Entro a la habitación de húespedes. Es amplia y acogedora. Todo es blanco y las cortinas y juego de cama son crema. No me detengo a mirar mucho los detalles. Me quito primero los zapatos y mis medias mojadas, y mis pies están muy arrugados por la humedad. Me quito la falda, el short que llevo debajo, la blusa y me quedo finalmente como Dios me trajo al mundo. Tomo la toalla que me dio Leia y entro al baño, tan elegante y espacioso como el resto de la casa. Estoy tan ansiosa por sentirme limpia que no me dedico mucho a admirar la arquitectura. Me meto bajo la ducha y fue una bendición muy grande sentir sobre mí el agua tibia de pies a cabeza. Dejo solamente que el agua siga cayendo sobre mí por un rato y pienso en Terry. En su beso y mi mano quema aún mojada. Lo cierto es que Terry me gusta, me gusta mucho y me gusta estar con él. Hay algo muy fuerte que me lleva a él y aunque aún los remordimientos por Anthony me acechan... no puedo dejar de pensar en sus labios. Creo que me estoy enamorando de él, de él por lo que es, por lo que soy cuando estoy con él. Amo el fuego de mi mano, amo su voz cuando me habla... cuando canta... los dos besos que compartimos y amo incluso las cosas que me molestan. Comienzo a enamorarme de su alma herida y solitaria. De su rebeldía, su música, sus piercing... su tatuaje... es que todo en él dice algo, significa algo. Cuando me ha dado este segundo beso... nunca había experimentado tanta posesión... Terry me besa y me aferra tan fuerte... cómo marcándome y apartándome del resto del mundo y sólo le pertenezco a él en ese momento.
Me lavé bien el pelo y me lo sequé. La ropa de Leia me quedó perfecta. Un jean corto y una playera rosa GAP y las pantunflas eran tan cómodas. Me desenredé el pelo rogándole a Dios que se seque bonito. Cuando ya estoy lista para salir y con mi uniforme arruinado en las manos para entregárselo a María, me choco con Terry en la puerta.
—Pensé que no saldrías nunca, Pecas.— Me sonríe y tiene un pantalón corto encima de las rodillas blanco y a cuadros azules, una playera azúl claro, está descalzo y su pelo aún está húmedo. Me mordí los labios inevitablemente.
—Sí... me tardé con este pelo insufrible.— Me quejo y lo señalo, ajena al escrutinio de Terry hasta que fui conciente de ello y me puse nerviosa.
—¿Qué?
—Que es la primera vez que te veo sin uniforme. Te ves muy linda, Candy. Tú eres muy linda. No te hace falta nada. Y tu pelo también me gusta.— Se me acerca y el uniforme se me cae de las manos. Su presencia siempre me abruma por completo y me roba el aire. Mi mano arde como de costumbre.
—No te lo cortes nunca. Me encanta.— Enreda uno de mis rizos en su dedo y se me acerca más. Me besa y sus manos se sitúan en mi cintura. La camisa que me prestó Leia es un poquito corta y puedo sentir las manos de Terry sobre la piel de mi vientre. Su beso es suave, pero apasionado y esta vez cuelgo mis brazos de su cuello y me levanto un poquito. Terry es mucho más alto que yo.
—Voy a construirte una banquetita.— Me dice cuando nuestros labios se despegan, pero él aún aferra mi cintura y siento su tacto... se me enchina la piel.
—Aún puedo crecer.— Me defiendo y acaricio suave su cabello. Me voy moldeando a él como si lo conociera de toda la vida y no hace dos semanas. Todo esto ha sido de otro mundo... fuera de lo natural.
—Mientras creces será un honor partirme el cuello por ti.— Vuelve a besarme y puedo jurar que cada beso sabe más rico que el anterior. Nos besamos con más intensidad. Me va arrinconando en una pared y sus manos se adentran en el borde de mi playera, rozando el piercing de mi ombligo y se me escapa un leve gemido.
—Señorita Candy, vine por su uniforme... ¡Oh lo siento!— Dice María al encontrarnos tan acaramelados y también yo ardo de vergüenza mientras que Terry parece muy sereno.
—No te preocupes, María. Aquí está su uniforme. Ven, Candy. Nos esperan en la mesa.
Bajamos de la mano y en el comedor Leia nos espera con una gran sonrisa. También sus hermanas se veían contentas. Otra empleada disponía la comida y utencilios. Terry aparta una silla en el comedor para ocho personas y me siento. Él se sienta a mi lado. Su padre no está y muero por saber la razón. Me contengo porque sé que Terry aún es muy sensible a ese tema y no quiero arruinar un buen momento.
—¿Hoy no llegará el señor a cenar?— Pregunta Terry y todo se vuelve tensión.
—Está en Chicago. Tiene un caso con un cliente allá.— Se apresura a contestar Leia y sonríe forzadamente.
—Papá no nos quiere. Nunca está.— Se queja una de las gemelas con tristeza y Leia deja caer su tenedor ante la sorpresa de las palabras de su hija. Me dio tristeza escuchar eso. Yo soy muy apegada a mi papá y él me adora. Me cuesta imaginar que otros padres no sean iguales.
—No digas eso, Gia. Papá trabaja mucho.—Le dice Leia aunque sé que es una vaga excusa por la forma en que Terry tensa su mandíbula y pone los ojos en blanco.
—¿Y nunca se va de vacaciones?— Pregunta la otra gemela y se me encoge el alma. Hay cuatro seres en esa mesa que anhelan la presencia de esa persona. Su atención y cariño.
—Pues hablando de vacaciones. El próximo verano, si mantienen sus notas bien, iremos a Disney World todos.
—¡Sí!— Exclaman las gemelas al unísono.
—Pero... entonces Terry no podrá ir... él siempre tiene malas notas...— Expresa una gemela con tristeza y yo sonrío. Terry roza mi mano y me sonríe con la misma complicidad.
—Terry ya es mayor, cariño.
—Pero iré a Disney con ustedes. Y con Candy.— Me volteo a mirarlo sorprendida por su invitación que decía noteestoypreguntandosiquieresir.
—¿Tú sí tienes buenas notas, Candy?
—Bueno... son mejores que las de tu hermano, seguramente.
—¿Y también quieres ir al castillo de Cenicienta?
—Niñas, ya. Terminen de comer y dejen a Candy tranquila.
Terminamos nuestra comida en silencio, pero no fue incómoda. La madrastra de Terry es agradable y cálida. Sus hermanas son adorables y me duele que Terrence padre no aprecie eso. Tiene una mujer y tres hijos maravillosos. Mis padres sólo me tuvieron a mí.
—Bueno, chicos, están en su casa. Yo me iré a descansar. Vengan niñas.
—No... mamá...
—Queremos quedarnos con Candy... ¿podemos, Terry?— Suplica, creo que Gia a Terry haciendo pucheros y veo que Terry está entre la espada y la pared.
—Señoritas, ustedes me tienen que hacer caso a mí que soy su madre. Vengan.— Resignadas las gemelas desaparecen con su madre y Terry me invita al salón de estar familiar. Está equipado con todo lo habido y por haber de entretenimiento y hay también un piano.
—Ven, Candy...— Me llama a sentarnos en el sofá y puedo escuchar la lluvia caer a través de las ventanas de cristal. Me siento a su lado, muy cerquita suyo y él me acurruca mientras mi cabeza descansa en su pecho.
—Candy...
—Ummm.
—Eres especial para mí. Me gustaría... que lo intentáramos. Yo... quiero estar estar contigo y no sólo como amigos.— Me habla acariciando mi cabello casi seco y mi palma arde descontroladamente.
—Me gustaría también, Terry. Me muero por intentarlo... pero... no sé si aún esté preparada... yo aún no he superado a...
—A Anthony.— Termina por mí y su tono es molesto, aunque no alza la voz ni me aparta de él.— Levanto mi cabeza y me siento un momento para mirarlo directo.
—Lo siento, Terry. No te molestes conmigo. Es que... es una herida que aún está abierta y no puedo arrancármelo así... no por la forma en que lo perdí...— Mis ojos se llenan de agua y Terry me jala hacia su regazo y me abraza como a una niña. Me estoy acostumbrando a su ternura.
—Comprendo eso, Candy. Aún así me molesta y me duele, pero lo acepto. Pero él ya no está y yo sí y te necesito. Te necesito mucho. Sólo dame una oportunidad... y cambiaré lo que sea por ti. Déjame demostrarte que yo puedo hacerte feliz... que valgo la pena y puedo hacer que lo olvides.— Su súplica me llevó a besarlo impulsivamente. A consolar el vacío que él deseaba llenar. Lo beso con tanta ternura y tanta pasión. Quiero llenar su vacío y él también me besa, siempre tan hambriento. Me abruma y me nubla. Me tiene abrazada en su regazo mientras me sigue besando y mis manos están sobre su pecho, cerca de su corazón y no sé si fue efecto del beso, pero una luz sale de mi mano sobre su pecho.
—No te vas arrepentir. Deja que vivamos esto que nos sucede a los dos, Candy.— Asiento y él me continúa besando desesperado.
—Quiero hacerlo, Terry. Ayúdame a olvidarlo. A arrancarme todo este dolor.— Lloro y nuestros labios se mojan de mis lágrimas mientras él me besa. Fue un beso muy largo, dulce, intenso. Un beso con sabor y escencia de Terry.
—Haré lo que quieras por ti.
—Entonces no cambies. No cambies nada de ti. Quiero quererte y aceptarte así, tal como eres. Quiero tu música, tu ternura, tu sensibilidad, tu temperamento. Tus burlas, tus celos, tus juegos. Y quiero todo lo que veo, todo lo que tú eres.— Beso sus labios, sus piercings y el tatuaje de su brazo y luego vuelvo a besarlo intensamente traspasando mis dedos por su cabello.
No sé cuánto tiempo nos estuvimos besando. Cuánto tiempo me acunó en su regazo o cuándo fue que dejó de llover. Sólo sé que he encontrado en sus brazos la paz que mi corazón ha estado buscando. Todo lo he encontrado en su compañía.
—¿Qué hora es, Terry?— Despierto de pronto, me había quedado dormida sobre él y mis ojos desorientados se toparon con los suyos.
—Las doce. Es oficialmente mi cumpleaños.
—¿Tu cumpleaños? Pero... ¿por qué no me lo dijiste?
—Lo olvidé. Además, he tenido el mejor regalo. A ti.— Me besa y me envuelve nuevamente y yo cada vez me acostumbro más a sus besos. Los necesito y mi palma ardiente me muestra el momento exacto en que me va a besar.
—Terry... ¿cuántos años cumples?— Pregunto con cierta vergüenza por saber que hemos compartido tantas cosas y no sé ni los detalles más mínimos de él.
—Yo... veinte.— Admite con vergüenza al encontrarse en el último año de secundaria aún. Pero yo no me avergüenzo de él. En ningún sentido.
—Haré que puedas sobrepasar ese resentimiento que te hiere a ti mismo por herir a tu padre. Sé que has repetido los cursos por fastidar a tu padre y no porque no tengas la capacidad.— Él se me queda mirando, como reconociendo que no se me escapa nada. Como conciente de que estoy entrando en su mundo.
—¿Sabes qué es lo que quiero ahora?
—Dime.
—Quiero que veámos juntos el amanecer.— Y al tomarme de la mano para guiarme hacia la ventana, nuestras palmas ardieron con intensidad. Fue sofocante y un destello de luz muy potente nos deslumbró. De pronto toda la sala había cambiado. La casa se volvió distinta. Sentimos frío y estábamos en frente de una chimenea encendida.
—Candy... ¿estás viendo lo mismo que yo?— Me pregunta Terry desorientado y apretando fuerte mi mano mientras yo miro todo al rededor igual de incrédula y perdida.
—¿Dónde estamos, Terry?
Continuará...
¡Hola!
Aquí la estamos pasando con mucha lluvia, ¿y ustedes? Espero que este capítulo les haya gustado y les haya traído dulces recuerdos...
Gracias por sus comentarios:
zucastillo- norma Rodriguez- Eri- Wilmari Santana- kary klais- LUISA- LizCarter- WISAL- Iris Adriana- Amy C.L- VERO- bettysuazo- dulce lu- Lulú G.- Olga- Laura GrandChester
Hasta pronto,
Wendy'Lii
