Zafiros y esmeraldas

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 25 Un niñito solo


—Hola, mi amor.— La escucho decir y sé que es ella. Es mi pecosa, sólo ella se podría presentar con ese alias. En su voz se nota que está llorando y a mí mismo se me hace un nudo en la garganta.

—Hola, chaparra. Te extraño un mundo...

—Esperen, esperen, a ver si entendí... ¿la señorita Pecas es tu novia?

—Así es, Robert. Esa es mi princesa.

—¡Oh por Dios! Ya lo escucharon, es la primera vez que pasa esto, gente. Estamos en vivo y en directo no sólo con Terry, sino también con su chica, la que inspiró "Just the way you are". Señorita Pecas, ¿qué se siente escuchar la canción de su novio sonar aquí?

—Es algo increíble, no tengo palabras, es indescriptible. Sólo llamé para decirte, Terry que... estoy muy orgullosa de ti, que siempre creí en ti y que sabía que lo lograrías, que te amo y que yo también te estoy extrañando un universo entero.— Lo dijo llorando, su voz se escucha rota y yo quisiera poder abrazarla en éstos momentos.

—¡Awwww! Hay una sobredósis de amor en el estudio, sé que ustedes también quieren escuchar qué tiene Terry que responder ante su musa, vamos Terry, expresa tus sentimientos.— Respiro profundo y sonrío mientras me preparo para que mis palabras afloren.

—No he podido respirar bien estos días sin ti, Candy. Te extraño cada segundo, cada minuto, sólo he estado sobreviviendo. Y quiero que sepas que... bueno que lo sepan todos que eres lo mejor y lo más bello que tengo en la vida y quería pedirte perdón por todas las veces que te decepciono y que mis actitudes te alejan de mí. Sé que no soy fácil y yo mismo me he preguntado por qué me amas, aún cuando menos me lo merezco, pero... yo no quiero perderte, yo te quiero conmigo en todo tiempo, te amo, chaparra.

—Me conmovieron, me salieron lágrimas, lo juro, chicos. ¡qué viva el amor! Tenemos que hacer una pausa comercial en unos minutos, pero antes tenemos que escuchar que Candy perdone a Terry por lo que sea que le haya hecho, así que Candy, no te nos hagas la difícil, sabemos que ya te ha convencido, así que vamos, dile que lo perdonas y que esta noche... lo esperas maquillada y en tacones.— La escucho reírse al escuchar a Robert y yo también me río.

—Claro que te perdono, tonto. Te amo...

...

Fui feliz porque escuché su voz. Mi amor, mi niño hermoso, mi todo. Dormí bien, hablé horas por teléfono con él como si estuviéramos conmenzando otra vez y nos prometimos vernos hoy, me habría gustado verlo anoche mismo, luego del programa de radio, pero estaba cansado, aunque insistió en venir, pero yo debo cuidarlo, no quería que manejara tan tarde hasta mi casa y que luego tuviera que ir de vuelta a la suya.

—¿Ya te vas?

—Sí, mamá. Me viene a buscar Leia.

—Me alegro verte animada otra vez. Sabía que podían superarlo. Te ves preciosa.— Me dice cuando termino de darme los últimos toques de maquillaje. Quiero estar perfecta para Terry. Me puse un jean corto azúl, con flequillos y pedrerías incrustadas, un suéter marrón de cuello de tortuga, y una chaqueta de cuero en color crema y botas largas del mismo color de mi chaqueta. Dejé mi pelo suelto como le gusta a Terry, me apliqué mousse y el resultado fue uno risos brillantes y perfectamente definidos, me maquillé suavemente, sólo un poco de polvo para eliminar el brillo, algo de rubor, rimel y elegí el labial más brilloso en un tono rosa pálido, quiero que más tarde él me lo quite con sus besos.

—Ya llegó Leia, mamá.

—Diviértete mucho, Candy. Piensen bien antes de actuar, son muy jóvenes, se aman, puede verse, pero no se olviden de vivir y disfrutar y que siempre habrán momentos oscuros, apóyense para que puedan estar juntos hasta el final.— Asiento y parpadeo, no quiero que se me agüen los ojos y se me arruine mi maquillaje.

—¡Qué guapa!

—Gracias, Leia. ¿Cómo estás?— Beso su mejilla tan pronto entro a su auto. Ella siempre tiene una sonrisa brillante, cada vez entiendo más por qué la quiere tanto Terry, tanto como para llamarla mamá.

—Yo, de maravillas. Mi hijo está feliz, después de tantos años... está feliz y enamorado, hasta los huesos.— Con su sonrisota a flor de piel y sus ojos puestos en el tráfico, veo sus ojos cristalizarse. A veces me cuesta creer que ella no sea su verdadera madre.

—Yo sabía que podía. Pero es tan terco... tan arrogante y tan...

—Tan adorable, fascinante, insufrible e imposible no amarlo.

—Sí... es un dulce tormento. Mi adorado limón.

—Jajajajaja. ¿Limón?— Me mira por un segundo luego de reirse, ya estamos llegando a su casa.

—Sí. Puede ser agrio, amargo, pero si lo endulzas con un poquito de amor, él es divino, tierno y olvidas hasta por qué querías matarlo hace minutos.

—Esa es la maldición que los Grandchester ponen sobre nosotras. Amarlos, odiarlos y amarlos otra vez. Si dices que Terry es un limón, su padre es un pomelo, a veces puede ser dulce, a veces amargo, si lo endulzas... es riquísimo.— Leia también está enamorada de su esposo, puede verse. Al principio pensé que el señor Grandchester no correspondía a ese amor, pero luego de su escenita de celos la última vez que estuve en su casa, me di cuenta que la amaba, con la misma pasión y locura que Terry me ama a mí, con todo y celos absurdos incluídos y lo vi acariciarla, acunarla en sus brazos cuando se sentaban en el sofá y también lo he visto ser cariñoso con las niñas, hasta con Terry lo vi bromear, él ama a su familia y a sus hijos, incluso a Terry aunque se le haga tan difícil demostrarlo.

...

—Cariño, ten en cuenta no quemar la casa.— Llegamos y el padre de Terry estaba en el patio ocupándose del grill, las gemelas jugaban con el perro.

—Si no la has quemado tú con tus disque habilidades culinarias...

—¡Terrence!— Le grita Leia avergonzada y me río, es como ver a Terry y a mí de mayores.

—Hola, señor Grandchester.

—Hola, linda. Ya te dije que me llames Terrence.

—Lo siento, siempre se me olvida.— Le sonrío y en seguida las gemelas corren hacia mí.

—¡Candy! ¡Candy!

—Hola, chicas, ¿cómo están?— Dejo que casi me tumben al suelo por sus turbulentos abrazos y besos.

—Bien. ¿Es cierto que dejaste a Terry?— La pregunta de Gia me sacó de onda, los ojos de mis suegros se clavaron en mí y sus mandíbulas estaban en el suelo.

—Eh... yo...

—¿No lo vas a perdonar?— Arremetió Mia mientra yo aún pienso en lo que voy a decir.

—Niñas, eso no es asunto suyo. Son cosas de mayores, vayan a seguir jugando.— Leia fue mi intermediario.

—Pero... Terry está muy triste. ¿Ya no lo quieres?— Se me aguan los ojos y se me forma nuevamente ese nudo en el estómago, pero no hablo.

—¡Niñas! ¿Qué les acabo de decir?

—Pero mamá... Candy tiene que ser su novia otra vez. Ahora Terry es famoso y está más guapo, tiene que perdonarlo.

—Pero será que yo hablo chino, ¿o qué? Eso no es asunto de ustedes. Vamos, a seguir jugando. ¡Entrometidas!— Ambas se van cabizbajas y siguen en lo suyo.

—¿Dónde está Terry, Leia?— Me trago todo el orgullo y finalmente pregunto por él.

—Sinceramente no lo sé, Candy. Me pidió que por favor te recogiera y se fue sin decir a dónde. Supongo que llegará en cualquier momento.— Me asegura sonriendo, pero la sonrisa que le di de vuelta no me llegó a los ojos.

—Bueno, supongo que lo esperaré.

—Candy... ¿me acompañas al salón?—Asiento y la sigo. Intuyo que tendremos una conversación de mujer a mujer, o de suegra a nuera.

—Bien, Candy... a pesar del poco tiempo que tengo tratándote, te aprecio mucho, todos aquí te queremos. Pero en especial Terry, Terry te adora, te ama, realmente te idolatra y eso hace que a su vez, todos nosotros también te amemos. Has ido sacándolo poco a poco de su oscuridad y has logrado mucho más de lo que he logrado yo en todos estos año tratándolo, tanto como madre y psicóloga...— Escucho antentamente mientras estoy sentada frente a ella en una butaca del salón. Me gusta escucharla hablar de Terry, lo hace con tanto amor, su mirada hasta se pierde, brilla ternura en sus ojos.

—Terry también te ama a ti, Leia. Se expresa de ti muy lindo. Incluso a su madre, cuando la visita, le habla de ti. Su amor por ti es recíproco.

—Lo sé, Candy. Terry es un chico muy especial. Él es fuerte, orgulloso, trata de esconder sus heridas y sé que no es fácil, lo sé porque llevo quince años casada con su padre y tratándolo a él. He vivido toda una vida con dos arrogantes insufribles, pero que amo con todo mi corazón.

—Yo también lo amo, pero es que a veces Terry dice y hace cosas que... que sólo me provocan matarlo. Tiene una extraña aberración hacia los niños...

—¿Hacia los niños? A Terry le gustan los niños, se les pegan como imanes...— Me dice muy sorprendida.

—Bueno, lo que quise decir es que tiene una aberración y un miedo anormal hacia los embarazos. Cada vez que lo hacemos él...— Me callo de golpe, mis ojos se abren como platos. Se me fue la lengua y le revelé algo que hasta el momento sólo lo sabía Karen.

—Continúa, Candy y no te preocupes por mí. Sé bien que lo de ustedes va muy en serio...— Me sonríe dándome a entender que está más que enterada de todo.

—Bueno, el caso es que... yo hace más de un año que tomo la píldora, porque mi periodo era irregular, por eso cuando Terry y yo... ya sabes... no hemos usado condón porque no es necesario.

—Entiendo.— Me hace una seña para que continúe.

—La primera vez que tuvimos relaciones, Terry no sabía que yo tomaba la píldora y no le importó... esto... bueno...

—Correrse dentro de ti.— Ella terminó la oración porque no fui capaz, se me hace aún algo incómodo hablar de sexo de una forma tan abierta.

—Sí. Yo luego le aseguré que no debía preocuparse porque tomo la píldora y lo vi respirar profundo y aliviado. Siempre está pendiente cada vez que me las tomo, durante todo el proceso, se me queda mirando desde que la saco del paquete, me la meto a la boca y me la trago, como si fuera un ritual y me hace toda clase de preguntas. Que si es seguro, que si no se me ha olvidado...

—Está siendo responsable. Y me alegro que lo hayan hecho así, son muy jóvenes y aunque un hijo siempre es una bendición sin importar las circunstancias...

—Ese no es el punto, Leia. Me cuido bien y no tengo ninguna intención de embarazarme ahora. El problema es que tu hijo no quiere saber del tema. La última vez...— Se me quiebra la voz y me avergüenzo al recordar nuestro último intento de sexo fallido porque la mente de Terry estaba en otra parte.

—¿Qué pasó la última vez, Candy?— Me alienta a continuar, con su voz dulce y su gesto comprensivo.

—Yo... como mucho, siempre he sido así, pero cuando están por llegar esos días del mes, mi apetito es más grande y mis antojos también y entonces... Terry se puso raro conmigo.

—¿Raro cómo?

—Preocupado. íbamos hacerlo... y nos acariciamos y ya sabes, todo lo que haces antes de...

—¿Y qué pasó?

—Pues como te dije, Terry estaba raro... y no se le...— Hago un gesto levantando mi mano para que entienda.

—Terry no se concentró y no pudo lograr una erección, ¿verdad?

—Sí. Eso nunca había pasado, pero no fue lo peor...

—Candy, puedes contarme cualquier cosa, todo quedará entre tú y yo.

—Me sentí muy avergonzada porque yo estaba...

—Excitada.

—Sí... y él no. Entonces se puso como un... anormal, perdona, no sé de qué otra forma decirlo, el caso es que... me comenzó a cuestionar sobre mis píldoras y no me quitaba la vista del vientre, hasta comenzó a tocarlo y apretarlo buscando no sé qué...

—Pensó que estabas embarazada.

—¡No confía en mí! Me ve tomarme las píldoras en sus narices y no confía en mí y yo tampoco podré confiar en él, porque si un día... si un día nos llegara a pasar, si me embarazara sin querer... no contaría con su apoyo...

—¿Y por eso lo dejaste?

—Bueno, no exactamente. Fue un impulso. Estaba ofendida, avergonzada por no haber sido capaz de excitarlo... y estaba a punto de tener mi periodo, mis emociones estaban al límite...

—Comprendo, Candy. Debiste sentirte fatal, pero... no pienses que es tu culpa. El que Terry no haya podido tener una erección no fue porque hubiera algo malo en ti, el hombre necesita tener su mente conectada al cuerpo para poder excitarse, si está pensando en otra cosa, o preocupado por algo, no conseguirá excitarse y eso fue lo que le pasó. Y además, son muy jóvenes, el verte comer así, sumado a sus miedos... él no pensó que se te acercaba el periodo, es un hombre, Candy, no entiende de esas cosas.

—Yo le dije que buscara ayuda y resolviera sus... mierdas... y que no tendría hijos con él nunca.— Le confesé casi llorando y la vi parpadear, sé lo crueles que fueron esas palabras en aquél determinado momento, pero yo estaba dolida.

—Yo he tratado de romperle ese miedo desde siempre, Candy. Terry no tiene nada en contra de los niños, a él le gustan. Pero desde que supo que su madre se murió al darlo a luz, se ha traumatizado de una manera terrible. No es que realmente no quiere niños, sino que teme que su mujer, en este caso tú, corrieras con la misma suerte de su madre. Es por eso que le tiene pánico.

—¿Pero por qué? Es absurdo pensar que...

—Voy a contarte algo, Candy. Tal vez puedas entenderlo un poco mejor...

—Señor Grandchester. No lo esperábamos...— Lo recibió la mucama sorprendido y mirándome a mí con curiosidad. Tenía veintiún años en aquél entonces, aún estudiaba y llevaba en mis manos uno de mis libros.

—¿Dónde está mi hijo?

—Está en el salón, jugando con el piano...— Noté que la mucama bajó la vista y habló muy bajito, con cierto temor, más tarde entendería por qué.

—¿En el piano? María, le he dicho varias veces que tiene prohibido jugar con ese piano... bueno, llámelo, por favor.— Aunque Terrence era encantador y dulce cuando se lo proponía, tenía un carácter fuerte y al igual que el Terry actual, muchas heridas en su alma.

—Aquí está el niño, señor.— María regresó con el niño más hermoso que yo había visto jamás. Estaba vestidito impecablemente con un conjunto de marinerito, su pelito lo llevaba largo, igual que su padre en aquél entonces. Me miró con sus preciosos ojitos azules, penetrantes, pero muy tristes, amé a ese niño desde ese momento.

—Hola, Terry. ¿No saludas a papá?— El pequeño fue lentamente hacia él y lo abrazó por las piernas, estaba en sus encantadores cinco añitos, todo un muñeco y muy guapo.

—Ella es Leia, ¿recuerdas que te hablé de ella ayer?— Terry asiente y me vuelve a mirar, luego mira hacia el suelo, concentrándose en sus zapatitos negros de belcro.

—Tienes que saludarla como un caballero. ¿Cómo te enseñó papá?— El niño me mira con recelo por un momento, luego toma mi mano, la lleva a su pequeña boca y deja un besito en ella. Me derritió con ese gesto encantador y lo comencé adorar.

—¿Cómo se dice, Terry?

—Mucho gusto, linda señorita.— Me lo dijo mirando hacia el suelo, con una tímida sonrisa de lado.

—Oh, el gusto es todo mío, caballero.— Me agaché hasta quedar a su altura y no pude resistir dejar un beso en su mejilla que aún conservaba el rubor infantil, entonces... el pequeño me abrazó, así sin más. Aferró su frágil cuerpecito al mío y se negó a soltarme. Terrence lo miró asombrado, luego el pequeño Terry deshizo el abrazo.

—¿Ella es mamá?— Le preguntó a su padre, mi rostro se desencajó de pena y dolor en ese instante. Conocía la triste historia de su nacimiento.

—No, Terry. Ella no es tu mamá.— Se me quebró el mundo cuando lo vi bajar la vista decepcionado.

—¿Mamá no va a volver del cielo?— Vi también la voluntad de Terrence quebrarse, tragó grueso antes de contestarle al niño.

—No, Terry. Cuando vas al cielo no regresas, pero mamá te cuida desde allá y te ama, lo sabes, ¿verdad?— Asiente y mis lágrimas cayeron inevitablemente.

—Pero puedo ser tu amiga, Terry, ¿te gustaría?— Asiente con su cabezita, me regaló por primera vez una sonrisa amplia y genuina de la que me enamoré y me propuse ver esa esa sonrisa cada día.

—¿Y qué hacías en el salón?

—Música. En el piano de mamá.— Me susurró en el oído para que su padre no escuchara, le sonreí y le guiñé un ojo, nos hicimos cómplices desde ese día.

—¿Y podrías tocar algo para mí?

—Pero es que yo no sepo todavía...

—Sé dice "no sé", Terrence.— Lo corrige su padre y hace énfasis en su nombre de pila.

—Ah, pero seguramente puedes aprender. Yo sé algo, ¿quieres que te enseñe?

—¡Sí!— Me fascinó esa exclamación tan animada. La algarabía típica de un niño de cinco años, su tristeza se esfumó por un rato.

—¿Puedo, papá?— Preguntó luego retrocediendo con temor.

—Bueno, son dos contra uno...— Su padre levantó las manos en señal de rendición y el pequeño galán me llevó hasta el salón. Me topé con el imponente piano de cola. Me señaló la silla y me senté.

—A ver... hace tiempo que no lo hago, veámos si aún me acuerdo de ésta canción...— Comienzo a cantar y acerco el finito micrófono para entonar la canción. Los ojitos de mi pequeño amigo se quedan fijos en los movimientos de mis dedos, luego me mira fascinado cuando empiezo a cantar.

You are my sunshine

my only sunshine

you make me happy when skies are gray

you'll never know, dear, how much I love you

please don't take my sunshine away

Termino de cantar sólo un pedacito y tengo a dos chicos mirándome embobados, ambos me robaron el corazón eternamente. Terry se sentó en mi regazo y seguía con la vista muy atento a mis dedos en el teclado.

Tú eres mi rayito de sol

mi único rayito de sol

me haces feliz cuando el cielo está gris

nunca sabrás, querido, lo mucho que te amo

por favor, no te lleves mi rayito de sol

No me costó nada a partir de ese día decirle que sí a Terrence cuando me puso aquél anillo en mi dedo anular. Es que no sólo me enamoré de él, sino también de ese precioso niño, mi rayito de sol. Le canté esa canción todas las noches por cinco años hasta que se quedaba dormido.

—¿Estás segura de querer hacer ésto, Leia? A penas has terminado tu carrera, imagino que querrás ejercerla y...

—Estoy segura, Terrence. Me he disfrutado a Terry durante estos cinco años, pero el niño está muy solo y sería bueno que tenga hermanitos, tiene nueve años... y yo estoy preparada. Pero si tú no quieres...

—No es que no quiera, Leia. Por supuesto que quiero. Yo... siempre quise tener muchos niños, esos eran mis planes, pero... cuando la mamá de Terry murió teniéndolo a él... me da algo de miedo y...

—¿Por mí? ¿Mamá se murió por mi culpa?

—¡Terry! Cariño, ¿qué haces aquí?— Su padre se quedó paralizado y yo traté de acercármele.

—¡Déjame! Tú también me engañaste. Mamá se murió por mí y por eso tú no me quieres.— Le gritó a su padre con reclamo, sus ojos azules y furiosos se clavaron en él, esos ojos iguales a los suyos.

—Terry, eso no es así, ven aquí...— Su padre lo llama, pero Terry no nos permite acercarnos.

—¡No! Yo tampoco los quiero a ustedes. Dijeron que mamá enfermó y por eso se murió. ¡Mentirosos!

—¡Terrence! Ven inmediatemente.— Su padre lo llamó con más autoridad, pero Terry también tenía su mismo carácter y necedad, se alejó y no quiso dar ni un solo paso hacia nosotros.

—¡No los quiero! Y tampoco quiero a ese niño que quieren tener.

—¡Terrence!— Ignoró a su padre y subió corriendo las escaleras. Su padre se quedó en el salón maldiciendo, tirando todo y pasando bruscamente sus dedos entre su cabello, una costumbre que también tiene Terry.

—¿Se puede?— Toco la puerta de mi pequeño revoltoso que está más que molesto, incluso conmigo.

—No.— Me contesta enfadado y sin abrir.

—Tengo que hablar contigo seriamente, Terry. De hombre a mujer, por favor.— No me responde, pero sé que lo he convencido, le gusta cuando piensa que lo estoy tratando como otro adulto.

—Habla pronto porque estoy cansado.— A penas abre un poco la puerta y no me invita a entrar.

—¿Puedo pasar?— Suspira y me abre la puerta por completo, la cierro una vez estoy dentro, me siento en su cama y lo invito a sentarse a mi lado.

—Quiero que entiendas algo, pequeño necio.

—¡No me digas así! No soy un bebé.

—Vale, vale, señor don Terry, quería que entendieras que nadie te ha engañado. Lo que le pasó a tu mami no es tu culpa...

—¡Sí lo es! Murió teniéndome.— Soy yo la que respiro profundo, no es fácil lidiar con dos Grandchester a la vez, dos clones exactos.

—Tu mami murió porque le dio una preeclamsia, es decir, una alta presión y eso, no es tu culpa, cielo. Es algo que podría pasarle a cualquier mujer embarazada. Tu papi me contó que cuando tú por fin naciste, tu mamá se fue al cielo sonriendo, luego de besar tu frentecita. Te besó un ángel, mi amor y los ágeles deben estar en el cielo. Y con su beso, tú también te convertiste en otro angelito precioso y te amamos.— Lo abracé fuerte y lloré con él, con mi pequeño hombrecito, mi primer hijo aunque no lo haya parido yo.

—Leia...— Me dice con llanto, su vocecita acortada y suplicando, una mano empuñaba mi pelo mientras yo acariciaba su espalda.

—Dime, cariño.

—No quiero que tengas otro bebé.

—¿Pero por qué, mi amor? No te dejaré de querer a ti, además tú me serías de gran ayuda.

—No. Tú no te puedes morir también. Los bebés matan, Leia.

—¡Terry! ¿de dónde sacaste eso? Eso no es cierto...

—¡Sí lo es! Ellos dan Pree... precla... la cosa esa que dijiste que mató a mi mamá.

—Terry... eso ha pasado en algunos casos, pero no en todos. Tu mamá ya tenía problemas con la presión, no fue tu culpa ni de nadie. Y no te preocupes... yo no me voy a morir...

—¡Mentira!

—Te lo prometo. No me moriré, ya verás que no.— Lo volví abrazar y se quedó dormido.

Dos meses después me enteré que estaba embarazada. Terrence padre dejó sus dudas y aceptó la idea con emoción. Se volvió más sobreprotector de lo habitual, pero estaba feliz y me llenó de atenciones.

—¿Cuántas semanas van ya?— Me gusta verlo acariciando mi panza, con ilusión y optimismo. Ya han pasado un par de meses más y se me nota el embarazo. Me siento feliz, pero... Terry no me habla desde que me embaracé, fue una traición de mi parte para él.

—Ya son veinte semanas. Traje estas copias de la ecografía y... ¡advina!— Le extiendo las imágenes y lo veo mirarlas sin entender nada.

—¿Están bien?

—De maravilla. Son... dos niñas.

—¿Niñas?

—Ujum.— Digo con mis ojos aguados, Terrence soba mi pancita otra vez y Terry se queda de lejos, mirándonos con cierto rencor.

—¿Quieres conocer a tus hermanitas, Terry?— Se acerca sin decir ni una palabra. Le extendemos las copias de la ecografía, las mira atentamente y luego nos devuelve las copias con desdén.

—Sólo veo dos cosas feas acostadas de cabeza.

—¡Terrence!

—Déjalo, amor. Ya cuando nazcan se le quitarán todas sus impertinencias.— A pesar de que la lejanía de mi pequeño insufrible me duele, no estoy molesta con él, sé que es un orgulloso y sé también que tiene un corazón enorme, no será capaz de odiar a sus hermanitas cuando las vea.

—Buenas noches, mi amor. Mamá Leia te ama.— Todas las noches, entro a su cuarto, le doy un beso en la frente y le digo que lo amo. Sé que se hace el dormido porque es orgulloso, pero yo no me acuesto ni una una noche sin que él sepa que yo lo amo.

Los últimos días de mi embarazo, Terry estuvo muy ansioso, nervioso, no me dirigía la palabra, pero estaba pendiente de todo. Me buscaba un vaso de agua si me escuchaba estornudar. Me ayudaba a caminar cuando mi barriga de gemelas estaba tan grande que mis movimientos se volvían torpes, sumado a mis pies y piernas hinchadas. Era orgulloso, pero sobreprotector y noble como su papá. Una semana después di a luz a mis gemelitas. Nacieron hermosas y cien por ciento saludables, mi parto fue una experiencia preciosa. Llegué a casa dos días después.

—¡Señores! ¡Qué alegría! Están muy lindas...

—Gracias, María. ¿Dónde está Terry?

—Lleva tres días encerrado, señor, desde que... ya sabe.

—Dígale que baje, por favor.— Nos vamos hacia el salón y yo me siento a alimentar a Gia que es la más desesperada de las dos, mientras que Mia duerme apaciblemente en los brazos de Terrence.

—Hola, Terry.— Saludo a mi pequeño amargadito que nos mira a distancia y no es capaz de hablar. Está algo avergonzado.

—Acércate. Conoce a Gía.— Termino de sacarle sus gases y luego se la muestro, Terry se queda mirándola fijo.

—Es pelona. ¿Y dónde está la otra?

—La tiene tu padre.— Se gira y va hacia él.

—También es pelona. Y tú que les compraste tantos lazos y moños...— Nos echamos a reir ante sus ocurrencias, lo maravilloso fue que él también sonrió.

—¿Quieres cargarlas?

—¿Yo? Pero... ¿y si se mezclan y luego no sé quién es quién?

—Oh, claro que lo sabrás. Míralas bien, nunca olvidarás sus caritas.

—Y de eso han pasado ya diez maravillosos años, Candy.— La vuelta al presente me sacó de la realidad. Estoy llorando, me conmovió la historia de mi adorado limón.

—Pero Terry aún no supera el miedo de los embarazos...

—Yo no creo que sea ya miedo a los embarazos precisamente. Creo que el miedo de Terry es perderte, de cualquier manera. Te ama, Candy y nada que represente perderte de alguna manera le hace gracia. Pasó sus primeros cinco añitos viendo a su padre amargado y depresivo por la pérdida de su madre, aunque lo quiso, le dedicaba poco tiempo, Terry creció con ese resentimiento...

—¿Escuché mi nombre?

—¡Terry!— Me levanté de mi butaca como un resorte y corrí a sus brazos como si no lo hubiera visto en años.

—¡Candy! Te amo, mi amor. Perdóname por...

—Shhh. Ya, está bien.

—¿Segura? Yo sé que...

—Te perdoné, mi amor. Si no, no estaría aquí...— Olvidamos el mundo a nuestro al rededor y nos dimos un beso tan ansioso, tan desesperado, me hizo tanta falta, se lo quiero decir con todos los besos que he ido guardando para él.

—Ejem, ejem. Con sus porquerías a otra parte, ¡por Dios! ¿Olvidan que hay dos niñas aquí?

—¡Karen!— Exclamo cuando al fin la veo, de la mano con las gemelas.

—La misma. ¿Pensaste que me excluirían de celebrar el éxito de mi primo favorito?

—Soy tu único primo.

—Por eso lo digo, porque de haber podido escoger...

—Bueno, ya, déjense de tonterías, la comida ya está.— Anuncia mi suegro y pasamos al patio. Yo me siento feliz y más enamorada que nunca.

...

—Karen, necesitamos un favor.

—¿Y cuándo no? Comenzaré a cobrarte, eh Terry.

—Sí, como tú digas.

—¿Para qué soy buena esta vez?

—Para que llames a casa de Candy y digas que se quedará contigo... en tu casa...

—Oh... en mi casa...— Nos da su mirada y sonrisa perversa, bueno los tres dibujamos la misma sonrisa. Pienso que para estas alturas mi madre deberá saber que no me quedo en casa de Karen, pero es más fácil que hablar de esos temas. Nos despedimos de todos y me voy con Terry al apartamento de Leia, que ya es prácticamente nuestro.

—Terry... ¿dónde estabas hacía un rato?— Le pregunto en el camino porque ese asunto me tiene intrigada... mandó a Leia por mí y no me recogió él.

—Tenía algo muy importante que hacer, Candy.— Me contesta todo serio y me pongo tensa. Me preocupa que se vuelva poner a la defensiva y pase lo mismo que... no, mejor no pienso en eso. Aprieto su mano, siento su calidez y me regala su sonrisa, ya estamos llegando.

—Te amo, Candy. No lo dudes nunca.— Me besa en la puerta del apartamento, no me deja ni respirar y cuando al fin estamos adentro, enciende la luz y no puedo creer lo que estoy viendo.

—¿Por esto fue que tardaste?— Le pregunto llevándome las manos al rostro, sorprendida y a punto de llorar otra vez.— El salón del apartamento se había convertido en una pequeña sala de concierto privado, luces blancas, velas, el piano en el centro, pétalos rojos sobre él, sobre la alfombra, una mesa con dos copas y una botella de champagne y varias cajas de regalo en diferentes tamaños, una encima de la otra, desde las más grande hasta una muy pequeñita y cuadrada en el tope. Hay globos blancos y rojos pegados al techo.

—Perdóname, Candy, por favor...— Se arrodilla y abraza mis piernas, está llorando, lo sé porque sus lágrimas han mojado mis muslos.

—Terry, mi amor, te perdoné hace rato.— Se levanta poco a poco y me abraza muy fuerte, me llena de besos y me carga, me cuelgo a su cintura y correspondo a sus besos con pasión y desenfreno.

—No me vuelvas a dejar, Candy, nunca.— Me acaricia tan deseperado, como si temiera que yo me fuera escurrir de sus dedos.

—Nunca vuelvas a desconfiar de mí.— Le digo también con cierto reclamo.

—No lo haré más, te lo prometo.— Me baja y de la mano me conduce hasta el piano. Coloca una silla para mí, de modo que yo lo vea de frente y él se sienta al piano.

—Planifiqué un concierto privado para ti.— Apaga la luz y sólo alumbra las velas y una luz suave que sólo alumbra al piano, no puedo dejar de llorar de emoción y me voy perdiendo en su voz, en sus dedos mágicos que le dan vida al teclado y me vuelvo a enamorar, lo vuelvo amar.

Continuará...


¡Hola!

Me parece que esta historia se alargará un poco más de lo que pensé y aunque aún hay momentos hermosos, ahora les advierto en serio que se vayan preparando para lo que viene, ahora sí que sí.

Gracias por comentar:

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Un abrazo fuerte, niñas lindas, gracias a todas por su inmenso apoyo y Amistad, su calidez y a las que prefieren leer en silencio, gracias también por tomar un poquito de su valioso tiempo para leerme.

Wendy